MIS NUEVAS OBRAS PARA REGALAR EN NAVIDAD

MIS NUEVAS OBRAS PARA REGALAR EN NAVIDAD

Para los adultos os recomiendo mi nueva novela «Tierra de princesas«: El libro comienza en 1871 en Mobile, Alabama (Estados Unidos). Es la historia de Olivia y Prairie, madre e hija, de cómo sus diferentes experiencias las modelaron con dolor y miedo. Dos épocas de vaivenes y tragedias que las unieron bajo la misma bandera, la de ser unas luchadoras infatigables.
En Nueva York, Olivia se hará la reina indiscutible entre las capas más rancias de la sociedad, educando a Prairie para un papel de princesa europea respondiendo a su ambición de emparentar con la nobleza. ¿Logrará ser feliz al fin?…

Amor, desamor, lucha de clases, momentos históricos y alguna que otra pincelada de fantasía. Recomendado para los amantes de la novela romántica de época victoriana.

Para los niños os presento mi nuevo cuento «Laura en el valle de la luna» (recomendado a partir de 7 años) con preciosas ilustraciones . El argumento es el siguiente: Laura, una niña muy especial amadrinada por Luna y Estrella Polar, quiere celebrar su cumpleaños con sus amigos pero su familia es muy pobre y su casa está hecha una ruina. Sus dos rutilantes madrinas le darán la solución y, a partir de entonces, su vida se convertirá en una eterna aventura…

En este libro se pone de manifiesto el amor a la familia, la amistad, el respeto, el esfuerzo y la generosidad.

Una aventura inolvidable para leer en familia.

Recordad que un libro es el mejor regalo que se le puede hacer a un niño/a.

Felices Fiestas, siempre con literatura para niños y mayores.

Teresa Echeverría en Amazon.

AQUELLAS VACACIONES DEL PASADO

AQUELLAS VACACIONES DEL PASADO

Las vacaciones, palabra que contenía en sí misma tintes mágicos, comenzaban justo en el momento que mi padre se subía a la escalera y bajaba las maletas del altillo situado en el armario de su habitación. La familia al completo esperaba con alborozo este solemne momento.

Las maletas eran dos, de cuero marrón claro; una era grande pero nada que ver con la segunda que resultaba gigantesca. Hoy en día me pregunto cómo mi padre podía acarrearla cada verano de acá para allá, sin ruedas, porque debía pesar una tonelada.

A este momento, seguía el ritual de hacer las maletas, Poníamos en primer lugar lo más importante, los bañadores, los sombreros de paja, las esterillas de colores, las chancletas, la crema protectora y el «aftersun».

Aprendimos en nuestro primer año de playa que este último, el «aftersun» era imprescindible para nuestra supervivencia. La primera vez que pisamos la playa, mi madre, con la que el sol se encarnizaba especialmente, antes de ir a la cama tenía que embadurnarse con zumo de tomate hombros, espalda, cara y piernas, ya que poseía un gran efecto refrescante para las quemaduras. A partir de llevar en la maleta la loción calmante, el destaparse al sol se hizo más llevadero.

Ver el trajín de mi madre colocando los montones de ropa en las maletas despertaba en mí un gusanillo que me alteraba los nervios, mezcla de ilusión por ver el mar y miedo al mareo. En aquellos años me mareaba en cualquier vehículo y me sentía morir.

El día del viaje, que solía ser de noche, apenas comía. Con las maletas hechas, llevando en sus vientres abultados el equipaje de seis personas, mi padre iba a buscar dos taxis para que nos condujeran a la estación de tren.

Nada más llegar a la estación de Atocha, comenzaba mi estómago a danzar de arriba abajo. Iba dejando mi marca personal en aceras, en bolsas que me daba mi madre, y hasta en las vías del tren, hasta que me comenzaron a dar pastillas para el mareo. Esto redujo bastante mi padecimiento, aunque no del todo.

Toda la noche íbamos traqueteando y durmiendo a ratos, viendo estaciones, cientos, porque el tren paraba en todas. Hasta que llegábamos a Albacete que era de madrugada. Allí estaban los eternos vendedores de cuchillos y navajas, famosos en aquellos años. Todo el que iba a la playa terminaba con navajas o cuchillos en la maleta.

Ir al baño en el tren era toda una experiencia. En el aseo era justamente el lugar en el que el tren se movía con más vehemencia. Era una tarea difícil aliviarse en esa batidora andante.

Mamá repartía tortilla de patata a diestro y siniestro y agua de limón en vasos azules, que tenía un sabor a plástico y en definitiva, a vacaciones.

Muy temprano entrábamos en la estación de Alicante, emocionados, cansados y con ganas de ver el mar. Descargar aquellos maletones, no tropezar al bajar esos estrechos e incómodos escalones metálicos tan empinados y, después, coger un taxi, resultaba una aventura tan impresionante como viajar en el tren.

Ya en la pensión de turno, y con el traqueteo del tren todavía rodando por las venas, respirábamos maravillados. La playa seguía en el mismo lugar que la habíamos dejado el año pasado. Las olas, el olor salobre, la humedad, el autobús para bajar a Postiget, las aglomeraciones… la sal pegada al cuerpo, la libertad de nadar… no cambiaba estaba allí un año más.

Lo vivido a la ida y a la vuelta, merecía la pena. Alicante fue y seguirá siendo en mi recuerdo, el sitio en el que pasé las mejores vacaciones del mundo.

Teresa Echeverría Sánchez

POEMAS DE PELÍCULA

POEMAS DE PELÍCULA

En mi contribución al programa de poesía que emite Ondas de Cristal Radio los miércoles a partir de las 19 h., he ido leyendo algunos poemas que se han hecho famosos por aparecer en ciertas películas o series de televisión. Aquí os dejo mi selección.

1.- En la película «La decisión de Sophie» (Meryl strep y Kevin Klane) se lee el siguiente poema de Emilly Dickinson.

Que la cama sea ancha,

que esté hecha con cuidado;

esperad en ella hasta que llegue el juicio final

sereno y perfecto.

Que el colchón sea firme,

que la almohada sea redonda;

y que ningún ruidoso amanecer

perturbe la paz de esta tierra.

(Emily Dickinson)

2.- En la película «Sentido y sensibilidad» y también en «El fantasma de Canterville» se habla del soneto 116 de William Sakespeare.

No permitáis que la unión de unas almas fieles
admita impedimentos. No es amor el amor

que cambia cuando un cambio encuentra
o que se adapta a la distancia al distanciarse.
¡Oh, no!, es un faro imperturbable
que contempla la tormenta sin llegar a estremecerse,
es la estrella para un barco sin rumbo,
de valor desconocido, aun contando su altura.
No es un capricho del tiempo, aunque los rosados labios
y mejillas caigan bajo un golpe de guadaña.
El amor no varía durante breves horas o semanas,
sino que se confirma incluso ante la muerte.
Si es esto erróneo y puede ser probado,
nunca escribí nada, ni ningún hombre ha amado.

(William Sakespeare)

3.- En la película «Patch Adams» (el médico de la risoterapia), aparece como panegírico un poema muy famoso se trata del «soneto XVII» de Pablo Neruda.

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio  
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.

Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.

Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,

sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

(Pablo Neruda)

4.- Vamos con la película «El club de los poetas muertos», (Robin Williams) en el que se declama un poema que originariamente fue concebido en honor de Abraham Lincoln se trata de «¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! de Walt Whitman.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado,
la nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio,
próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,
siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave;
más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!
No ves las rojas gotas que caen lentamente,
allí, en el puente, donde mi capitán
yace extendido, helado y muerto.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adornardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes,
es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes.
¡Ven capitán! ¡Querido padre!
¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza!
Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente.
Extendido, helado y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles,
mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
la nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluido.
¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje!
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
mientras yo con dolorosos pasos
recorro el puente donde mi capitán
yace extendido, helado y muerto.

(Walt Whitman)

5.- Esta vez nos vamos hacia «Los puentes de Madison», película en la que Meryl Strep y Clint Eastwood viven una inolvidable historia de amor. Este es el poema de Lord Byron que rubrica ese sentimiento entre los protagonistas.

«Hay placer en los bosques sin senderos,

hay un éxtasis en la costa solitaria,

hay compañía, allí donde nadie se hace presente,

al lado del mar profundo, y música en su rugido.

No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza,

a partir de nuestros encuentros,

a los que asisto sigiloso,

a partir de todo lo que puedo ser,

o que he visto antes,

para fundirme con el universo y sentir,

lo que nunca puedo expresar

aunque me sea imposible ocultar».

Lord Byron

6.- En la serie «This is us» para la televisión, en uno de los capítulos se habla de la poesía «Yo, también» de Langston Hughes.

Yo, también, le canto a América.

 Soy el hermano oscuro.

Me mandan a comer a la cocina

Cuando vienen las visitas, pero yo me río,

Y me alimento bien,

Y crezco fuerte.

Mañana,

Me sentaré a la mesa

Cuando vengan las visitas.

Nadie se atreverá

A decirme

“Come en la cocina”

De nuevo.

Entonces,

Ellos verán cuan hermoso soy

Y se avergonzarán.   

Yo, también, soy América. (Langston Hughes)

7.- En un capítulo de una serie que no recuerdo su título se declama el poema «Inventario» de Dorothy Parker. Por eso le llegué a conocer y me pareció muy especial.

Dorothy Parker en Nueva York (elpaís.com)

«Cuatro son las cosas que conozco y me hacen más sabia:

Pereza, pena, un amigo y un enemigo.

Cuatro son las cosas sin las cuales todo hubiera estado mejor:
amor, curiosidad, pecas, dudas.

Tres son las cosas que nunca lograré:
Envidia, profundidad y suficiente champagne.

Tres son las cosas que tendré hasta la muerte:
Risa y esperanza y un ojo en compota».

(Dorothy Parker)

Nos vemos entre versos

EL MONSTRUO DE MI ARMARIO

EL MONSTRUO DE MI ARMARIO

En el armario de mi habitación vivía un monstruo. Era feo, grande, con el mismo tamaño de un dinosaurio de cuatro pisos de altura.  Su cuerpo gigantesco estaba forrado enteramente de unas cerdas duras, iguales a las que llevan los cepillos de fregar el suelo. Su gran barriga, que al andar se movía como un pudin de gelatina, poseía las mismas dimensiones de una montaña;  a cada paso que daba, el temblequeo ventrudo dibujaba en su abdomen la sonrisa siniestra de una bruja desdentada, que se borraba cuando el corpachón enorme entraba en reposo. Las manos poseían unos dedos largos que se retorcían igual que un montón de gusanos, poseyendo cada uno vida propia. El rostro embrutecido presentaba una boca enorme por la que sobresalían dos colmillos largos y amarillentos. La nariz chata y de grandes agujeros dejaba salir, de tanto en tanto, unas nubecillas de vapor con tufo a cebollas fritas. Las orejas puntiagudas le sobresalían en lo alto de la testa, haciendo compañía a un mechón rojo de púas rebelde que se empeñaba en producir un ruidillo temible cuando el monstruo sacudía la cabeza.

Lo cierto es que la primera vez que apareció ante mí, tenía unos siete años, me desmayé del susto. Cuando abrí los ojos, ya recuperada la consciencia, el rostro horrible que estaba ante mí, presentaba un par de ojazos de dulcísima expresión y de un cálido color avellana que me observaban con gran preocupación.

—¿Estás bien, niña? –dijo el monstruo con voz llena de aflicción.

—Sí gracias —respondí como una niña bien educada, tal y como me habían enseñado que contestara a esta pregunta. Aunque me dio la risa porque pensé que resultaba muy cómico hablar con tanta cortesía a un monstruo que en cualquier momento abriría la boca del tamaño de una tabla de surf y  me comería enterita—. ¿De dónde has salido? —pregunté.

—De tu armario.

—…Eso resulta imposible. Mi madre lo suele ordenar a fondo después de que yo haya intentado hacerlo. Soy bastante desorganizada… y nunca te hemos visto ninguna de las dos en él. No mientas. Si lo haces nadie confiará en ti.

El monstruo esbozó una sonrisa un tanto siniestra y contestó:                                               

—Puedo pasar totalmente desapercibido si me lo propongo. Me encojo y me estiro según me convenga. Soy un tipo un tanto escurridizo, pero en ningún caso mentiroso. Y siempre digo la verdad. Odio a la gente que miente.

La niña lo observó durante largo rato, pensando sobre lo que había dicho el monstruo.

—Si no deseabas que te viera, ¿por qué estás delante de mí en este momento?, ¿acaso has decidido comerme, es eso?

—¡No, no y no! Nunca te haría daño. Nací para ser tu guardián y tu amigo. No me gusta la carne humana… no demasiado.

—Sigo sin entender el motivo por el cual has aparecido ahora.

—Te oí llorar.

—…Pero he llorado muchas, muchísimas veces  antes y no has venido.

—Hoy lloras porque te han maltratado en el colegio. Tus rabietas o caprichos no tienen que ver con el sufrimiento que ahora reflejan tus ojos. Es por eso que estoy aquí.

Era cierto. Hacía unas jornadas que un grupo de niñas, de las que la capitana era una niña mayor que la demás, llamada Isabel la maloliente, porque soltaba un tufillo a pescado horrible, se había empecinado en pegarme y romperme los deberes. Y ocurrió este hecho a raíz de que defendí a un niño al que la tal Isabel y sus secuaces le tiraban de las orejas durante los recreos hasta hacerle llorar.  Me lie a patadas con todas ellas hasta que rescaté al niño de sus garras. A partir de entonces la tomaron conmigo.

—Tú no puedes hacer nada, esas niñas son intocables—le contesté—, se lo diré a la tutora…  aunque después mis compañeros dirán que soy una chivata… no sé qué haré, estoy muy angustiada…

—Yo lo arreglaré —contestó el monstruo—. Me ocuparé de que la cabecilla del grupo de maltratadoras salga de tu vida para siempre.

Dicho lo cual el monstruo desapareció en una ráfaga de viento que penetró en el armario cerrando tras de sí las puertas del mismo. De inmediato dejé mi cama para mirar dentro del armario porque pensé que había sufrido algún tipo de alucinación.

Niña llorando de Giovanni Bragolín

Al día siguiente, la tutora nos informó sobre la muerte de aquella niña horrible llamada Isabel, esa a la que tanto odiaba. Las cuatro secuaces que formaban parte de su grupo aparecieron días después en clase con algún miembro escayolado, unas un brazo, otras una pierna. Años después supe que Isabel no había muerto por causas naturales: los restos de su persona se encontraron esparcidos por su alcoba, eso sí, sin una gota de sangre. La policía no encontró a los culpables…  y sobre las fracturas sufridas por sus amigas, estas no pudieron explicar cómo se habían hecho las lesiones, se durmieron tranquilas y despertaron gritando de dolor por las fracturas sufridas durante sus sueños.

No volví a saber del monstruo hasta años después, cuando yo era una adolescente bastante crédula y me dejé embaucar por un chico de mi clase, que se rio de mí colgando un vídeo en el que aparecíamos los dos besándonos un buen rato, para acto seguido gritarme que yo no le gustaba y que le dejara en paz.

                Las imágenes se hicieron virales en el instituto y yo me quería morir de angustia y vergüenza. Estaba en mi habitación valorando la posibilidad de contarle este hecho a mi madre para que no me forzara a ir al colegio cuando apareció el monstruo.

—¿Qué haces aquí? –pregunté con cierto temor.

—Ya veo que me necesitas. Ese compañero tuyo ha sido muy cruel contigo, así como los que se han reído de tus imágenes. A partir de ahora mismo no tienes por qué preocuparte, ya está todo arreglado.

Me quedé inmovilizada, me daba miedo preguntar.

—¿Le has matado, como hiciste con Isabel?

—No mato a nadie, ajusto los cerebros de algunas personas, si no tienen solución, ellas mismas se destruyen… Vive tranquila, yo velo por ti.

—Oye, ¿Cómo sé que…?

Un tifón de niebla se metió en mi armario cerrando las puertas tras de sí dejándome con la palabra en la boca.

Volví a clase al día siguiente y sentí que los compañeros no me miraban como lo habían hecho en días anteriores, es decir como a un bicho raro, nadie se rio a mis espaldas ni encontré mensajes ni notas con insultos. El chico que me había maltratado no asistió a clase en toda la jornada y eso me preocupó. Le odiaba por lo que me había hecho pero temía por su vida. Pasaron unos días sin que hubiera noticias sobre él hasta que una mañana la tutora nos dijo que nuestro compañero ausente había cambiado de ciudad. Respiré tranquila. Por lo menos, esta vez no había cadáveres de por medio.

«Mañana soleada» Edward Hopper

Olvidé el episodio cuando comencé la universidad y me dediqué de lleno a lo que más me gustaba, estudiar. En mi último año de carrera conocí a un chico que estudiaba psicología y nos hicimos amigos. Después, la relación desembocó en algo más. Era un muchacho un tanto lúgubre y muy inteligente. Huía de las fiestas en las que alcohol y las drogas campaban a sus anchas, vestía siempre de negro y siempre estaba en cualquier reunión, pero no disfrutando sino analizando con la mirada el comportamiento de cada uno de los que íbamos. Dejé de asistir a las fiestas y me dediqué a disfrutar de largos paseos en su compañía por los cementerios de la ciudad, a los que este era muy aficionado, así como a las películas de terror. Me sentía muy atraída por él, quizá porque era la antítesis de cualquier chico que conocía.

Ya poseyendo nuestros respectivos títulos universitarios, encontramos algunos trabajos que nos permitieron alquilar un pisito entre los dos. Mi compañero trabajaba poco pero seguía asistiendo a cursos carísimos de lo más rocambolescos, donde los integrantes de los mismos hacían prácticas psicológicas unos con otros… Mi novio no entraba en detalles con respecto a esto, pero algo en él había cambiado. Dejó de mirarme con esa mezcla de curiosidad y ternura que tanto me conmovía y comenzó a observarme como a un espécimen de laboratorio. Notaba su mirada fija en mí todo el tiempo que permanecíamos juntos. A raíz de un extraño sueño, comencé a tener lagunas de memoria, y me hallaba sumamente preocupada, no me atreví a decírselo a mi novio … me daba miedo.

Uno de los días que iba al trabajo, al salir del metro, me crucé con un hombre mayor que se acercó a mí blandiendo una enorme sonrisa por la que asomaban unos dientes postizos, que parecían sacados de la boca de algún conejo gigante…, y que me dijo con voz zalamera y misteriosa:

—Hace tiempo que no vienes a visitarme, te echo de menos. Adoro los modelitos que llevas en estas visitas, sobre todo el de “niñita mala”…  —exclamó con voz ansiosa—, dile a tu jefe que pagaré lo que me pida con tal de que la próxima vez, estés toda la noche conmigo.

Dicho lo cual, el hombre me pasó un dedo por la mejilla, me rozó los labios y el mismo dedo se lo llevó a la boca para lamerlo. Di un respingo hacia atrás muerta de asco. Menudo viejo asqueroso.

—¡Me confunde con otra persona, déjeme en paz o llamo a la policía! —exclamé alarmada apartándome de él.

El se rio y respondió:

—¡Qué bien juegas a hacerte “la estrecha”!, sabes cuánto me gusta. Esta noche te daré lo que te mereces…

Ne quedé tan sorprendida como desolada. Se me revolvió el estómago. Aquel tipejo me conocía y yo no conseguía recordarle. Suspiré llena de temor pensando en los lapsos de tiempo que se habían borrado de mi memoria. Me sentí tan mal que decidí llamar al trabajo y dije que me había puesto enferma. Me fui directa a casa. Mi novio no estaba. Solía regresar a la misma hora que lo hacía yo… No dejaba de dar vueltas al desagradable encuentro y a mis lagunas de memoria que parecían ir acentuándose cada vez más… Sentí pánico.

Una sospecha comenzó a crecer en mi interior. Me fui a la habitación que él utilizaba como despacho y comencé a registrar los cajones. Hallé una llave pequeña entre sus cosas y me entretuve en buscar el lugar donde esta debía encajar. Al fin di con la cerradura; estaba en uno de los cajones que poseía doble fondo. Al abrir la tapa de la cajonera, vi unos cuantos fajos de billetes… allí había más de quince mil euros. Un escalofrío me recorrió la espalda. La angustia se adueñó de mí y corrí a mi habitación para hacer la maleta. Nada más abrir la puerta del armario, halle al monstruo esperándome. Me llevé un susto tan tremendo que caí al suelo cuan larga era.

—Tranquila, soy yo, tu guardián.

—Valiente guardián estás hecho si ni siquiera has podido salvarme de las garras de los tipejos a los que mi novio me ha estado vendiendo —grité muy enfadada.

—Hoy tu novio iba a enviarte sola a casa de ese viejo que has conocido.

—Este no es el armario de casa de mis padres, entonces ¿cómo sabes que yo me encontraba aquí…, cómo has averiguado lo de mi novio?

—Conozco todo sobre ti y la gente con la que te rodeas. Está en tu memoria, solo tengo que leerla. Me puedo mover de armario en armario, no existen las distancias para mí. Siempre que tengas un armario en la cercanía, estaré a tu lado protegiéndote.

—¿Por qué no me has salvado antes de las garras de mi novio y has dejado que abusaran de mí?

—Aún nadie te había hecho daño físico ni mental, pero hoy tu novio ha decidido dar el paso definitivo, apalabrando un encuentro y recibiendo mucho dinero por ello. No temas, yo te protegeré. Recoge tus cosas y vete lejos de aquí. Tu novio posee un alma tan negra como la tinta china y deberá pagar por ello. Vete ya, te encontraré si me necesitas.

El monstruo se esfumó en un segundo desapareciendo dentro del armario, y yo hice las maletas a todo correr.  Salí de allí para no volver más. Estuve pendiente de los periódicos del día siguiente. Leí cómo el cuerpo de mi novio y el del horrible viejo habían sido encontrados en un hotel, uno al lado del otro. No tenían cabeza. Estas estaban guardadas en el armario y les faltaban los ojos. Esta vez el escalofrío llegó junto con un sentimiento de puro alivio.

«Habitación de hotel» Edward Hopper

Pasaron los años y mi vida cambió mucho. Estaba volcada enteramente en mi trabajo. Desempeñaba un puesto directivo en una empresa comercial muy importante que me absorbía cada minuto de cada jornada. En breves semanas saldría elegido un director general entre los cuatro que ostentábamos las diferentes jefaturas de la empresa. Deseaba con toda mi alma obtener este cargo, me lo había ganado a pulso, ser mujer en una jefatura significaba trabajar el doble que cualquier competidor masculino.

Esa tarde, terminé de contestar los correos, di mi visto bueno a un par de dossiers y me propuse llegar a casa un poco más temprano. Ya en mi hogar, me faltó tiempo para ponerme el pijama  y poner música para bailar. Di de comer al gato y al canario y me dispuse a tomar un largo baño. A punto de meter un pie en la bañera, llamaron a mi puerta. Volvieron a insistir. Me puse el albornoz y miré por la mirilla para ver quién venía a importunarme. Era nada menos que el dueño de la empresa en persona. Me extrañó verle allí plantado, delante de mi puerta. Habíamos tenido una reunión durante la mañana y resultaba bastante chocante que estuviera a las puertas de mi hogar.

Le franqueé la entrada. Con su habitual voz de mando, —le encantaba ordenar a unos y otros y hacer que corriéramos como gamos para conseguirle aquello que él deseaba en tiempo record—, dijo:

—Iré al grano. He venido hasta aquí para informarla de que usted será la elegida para presidir la empresa, tanto a nivel nacional como internacional.

—Muchas gracias por haberse molestado en venir a comunicármelo en persona.

Me miró y se pasó la lengua por los labios.

—Es muy fácil mostrarme agradecimiento.

Se acercó a mí y me aflojó el cinturón del albornoz in tentando meter su mano en a través de la abertura. Yo lo sujeté con fuerza para que no se abriera ni un ápice y retrocedí.

—Vamos, no me diga que no se imaginaba que tendría que hacer algo por mí si yo lo hacía por usted. Teniendo a tres hombres capaces para ocupar el puesto, he preferido darle una oportunidad a usted… y espero, aparte de su agradecimiento aquí y ahora, que este encuentro sea el preámbulo de otros muchos, todos los que yo quiera…

Estaba tan aturdida por aquella situación que me costaba hablar. Aun así hice un esfuerzo y exclamé:

—No me interesa lo que usted me propone. He rechazado sus ofertas de salir a cenar, de ir a comer, de acompañarle en sus vacaciones durante estos años. Creí que le había dejado claro que no me interesaba. No estoy dispuesta a ceder a este chantaje inmoral y machista. Creo que he pagado de sobra el nombramiento de gerente con mis desvelos y mis muchas horas de trabajo. He atraído a los mejores clientes engrosando considerablemente la cartera de la compañía. He viajado como abanderada de la empresa durante años consiguiendo los mejores contratos… no me venga usted con esta situación tan vejatoria. No estoy dispuesta a aceptarlo.

El hombre se puso rojo de ira y se abalanzó sobre mí. Me tiró al suelo abofeteándome. Un hilo de sangre corrió por la comisura de mis labios. Puso una rodilla en mi estómago y me agarró del cuello apretándolo  con fuerza:

—Vas a hacer lo que te diga ahora mismo o pagarás con tu vida.

En ese instante, en el que yo luchaba por una bocanada de aire, algo distrajo a mi agresor pues su mirada se transformó en una máscara de horror. Se puso en pie en una fracción de segundo y salió huyendo despavorido.

El monstruo vino hasta el suelo del salón y cogiéndome entre sus peludos brazos me llevó al dormitorio. Me posó suavemente sobre la cama y se quedó allí, mirándome, mientras yo recuperaba el resuello poco a poco.

—Gracias por salvarme. Me he quedado sin trabajo y casi muero, ¡qué día de mierda llevo!…  Después de lo que he luchado por la empresa, no me puedo creer que me haya pasado esto.

—Tranquila, yo lo arreglaré. Mañana ve a trabajar como siempre has hecho.

—Pero él me lo ha dejado muy claro, y me…

Antes de que hubiera terminado la frase, el monstruo desapareció de mi vista penetrando en el armario.

Pase una noche terrible con pesadillas de monstruos que tenían la cabeza de mi jefe. Me dolía la garganta allí donde mi agresor había apretado, las marcas negras lo recordaban… pero lo que más me dolía era el alma. Me levanté temprano, iba a luchar por mi futuro. Siguiendo el consejo del monstruo, me incorporé a mi puesto de trabajo con la normalidad de la que fui capaz de aparentar. Entregada a mi rutina llegaron las doce sin que hubiera señales de que el director hubiera llegado. Así transcurrió el día sin la menor noticia sobre él. En las oficinas el ambiente era relajado, se trabajaba, pero sin la urgencia arbitraria que imponía la sola presencia del dueño.

Regresé a mi casa a la hora acostumbrada. Me puse el pijama, y mi gato y yo nos sentamos a ver las noticias en la televisión. De repente la foto de mi jefe llenó la pantalla. Lo habían encontrado muerto en su hogar. El cadáver presentaba los síntomas de haberse ahogado en una cantidad ingente de agua. La policía investigaba este extrañísimo caso.

Una sobrina del fallecido, única heredera de la empresa, tomó la decisión de venderla. Cogí mi cartera de clientes y me establecí por mi cuenta, logrando una de mis metas en esta vida, tener mi propio negocio.

El trabajo agota, aun cuando se haga con gusto. Y eso fue lo que me ocurrió a mí. Cuando más boyante iba mi empresa, decidí venderla y tomarme un respiro. Iba hacia la madurez y no me había dedicado ni un momento de asueto desde que dejara la universidad, ya era hora. Me hice con una pequeña fortuna que bien administrada me duraría muchos años.

Y estalló la guerra. No fue en mi país, sino en uno que no distaba mucho del mío. Una gran potencia había decidido anexionarse un país vecino, así, sin más. La lucha se hizo encarnizada, aun cuando los defensores estaban en posición de extrema debilidad con respecto a los invasores. Empezaron la muerte de inocentes. Los habitantes huyeron a miles para ponerse a salvo de los bombardeos que arrasaban las viviendas, las escuelas, los hospitales… todo.

Los primeros refugiados llegaron a mi país, y acogí en mi casa a una familia, eran una  mujer y sus tres hijos. Me contaron lo que habían sufrido para llegar a estar a salvo en mi casa. En su hogar, medio destruido por los bombardeos, quedó el abuelo, que no podía caminar, y el padre de los niños. Estuvimos recibiendo noticias de ellos durante dos semanas, a veces directas por el móvil, a veces por medio de alguien que los había visto. Una bomba acabó con sus vidas. El dolor indescriptible de aquella mujer y de aquellos niños que habían visto cuerpos destrozados y niños como ellos muertos en la cuneta, me alcanzó de lleno. Lloré su pérdida más absoluta, su vida se había trastocado de la forma más vil.

Deseé con todas mis fuerzas que aquel ser abominable que había ordenado masacrarlos de aquella manera, dejara de existir. Lloré, recé y me ocupé lo mejor que pude de aquellas personas destrozadas.

La noche pasada el monstruo del armario me visitó. No me extrañó verle, le estaba esperando. Me dijo así con su voz cavernosa:

—No te preocupes. Yo lo arreglaré.

—Pero una guerra no se para así como así —repuse yo— ojalá fuera tan fácil.

—Confía en mí. Lo haré.

—Es imposible, habría que hacer desaparecer al demente que ha comenzado toda la debacle.

—Armarios hay en todos los lugares. Llegaré hasta él, no te preocupes.

Y desapareció.

Ahora mismo me encuentro pegada a la televisión, esperando la noticia que más deseo oír. Esta vez no sentiré el menor remordimiento… como decía mi madre: “A cada cerdo le llega su San Martín”. (Teresa Echeverría).

Nos vemos entre letras. Si os interesa la poesía o los comentarios sobre libros me encontraréis en «Ondas de Cristal Radio» los miércoles (poesía) y los jueves (libros).

LIBROS RECOMENDADOS PARA LOS ENAMORADOS

LIBROS RECOMENDADOS PARA LOS ENAMORADOS

El primer título corresponde a Cumbres borrascosas de Emily Bronté.

El argumento es el siguiente:

El argumento de Cumbres borrascosas es el siguiente: Dos familias adineradas comparten territorio, los Earnshaw viviendo en su mansión “Cumbres borrascosas”, que tienen dos hijos: Hindley, y Catherine, y sus vecinos Los Linton que habitan La granja de los tordos y, a su vez, poseen dos hijos, Edgar e Isabela. Es tiempo de capas sociales muy encorsetadas, de orgullo de sangre y de desprecios a las clases más bajas. Con este panorama Los Earnshaw adoptan a un niño gitano, Heathcliff, el protagonista indiscutible de la novela. Catherine y este último se enamoran con una pasión terrible y destructiva. Pero no se casa con él, no es de su estatus social y le desdeña. Decide aceptar como marido a Edgar Linton. Tienen una hija Cathy y Catherine  muere en el parto.  Hindley también se casa y tiene un hijo al que llama Harenton. Heathcliff despechado abandona el territorio para regresar, años más tarde, convertido en un rico terrateniente y dispuesto a vengarse de aquellas familias que le maltrataron a lo largo de los años.  Para ello se casa con Isabela  Linton y tienen un hijo al que llaman Linton.  La maldad ha anidado de tal forma en el corazón de Hearhcliff que convertirá la vida de los que le rodean en un auténtico infierno. ¿Logrará completar su venganza?

El segundo libro recomendado es: Guerra y paz de León Tolstoi

Argumento:

Los protagonistas de la obra pertenecen a cuatro familias distintas, pero entre ellos destacan el Príncipe Andréi, inteligente y culto; el conde Pierre, amigo de Andréi y heredero de una cuantiosa fortuna, la bella  Natasha, cuya familia arrastra una gran cantidad de deudas. También está la Princesa María, la hermana de Andréi, una mujer tímida, sensata y no muy agraciada, pero con una gran historia.

El amor es el hilo conductor de la trama, amor profundo y sincero, amor no correspondido, amor traicionado, amor verdadero y fiel. Cada pareja lo sufre de diferente manera y, por desgracia, no todas consiguen gozar del fruto final.

Tercer libro seleccionado: Señorita, de Juan Eslava Galán

Argumento:

Durante La guerra civil española, otros países, incluyendo a Alemania experimentaron y probaron la eficacia de sus artefactos militares. Todos nos acordamos del tristísimo y  famoso episodio de nuestra historia, el bombardeo de Guernica inmortalizado por Picasso, ¿verdad?

En la novela Adolf Hitler, que ya tenía trazada su estrategia para la ocupación europea, envió a España su arma secreta: el Stuka, un avión de bombardeo en picado. Con este telón de fondo, el Servicio Secreto Soviético instruye a una muchacha española para que seduzca al capitán Rudolf von Balke, jefe de la operación. Al mismo tiempo, envía a España al piloto Yuri Antonov, antiguo amigo de Von Balke, que recibirá el apoyo de un pintoresco comando de milicianos españoles. Años después, curtida por los innumerables riesgos de las batallas, Carmen, la audaz joven española, busca entre las ruinas del Berlín de la posguerra el rastro del hombre al que, pese a todo, amó. Una historia de amor y muerte que engancha desde las primeras páginas. Muy recomendable para los amantes de las novelas histórico-romántica.

Cuarta novela seleccionada: El buen alcalde de Andrew Nicoll

Argumento:

Tibo Krovic, conocido en la ciudad de Dot por sus conciudadanos por el apelativo de “el buen alcalde”, ya que tiene contentos a la gran mayoría, esconde un secreto. Está perdida y locamente enamorado  de su secretaria, Agathe Stopak, con la que lleva trabajando unos cuantos años. Agathe es una mujer casada, respetable y voluptuosa. Esta, a su vez, es muy infeliz en su matrimonio y las horas de trabajo junto al alcalde le sirven como un bálsamo para su triste vida. Un día Tibo decide invitar a Agathe a comer en un restaurante italiano… este será el principio de un cambio radical en la vida de los dos.

El buen alcalde es una fábula sobre la felicidad y el amor y por mucho que el amor se esconda, al final surge triunfante desmontando las realidades de las personas y llenándolo todo de magia.

Quinta novela elegida: Orgullo y prejuicio de Jane Austen

Argumento:

La historia tiene lugar en una zona rural de Inglaterra a comienzos del siglo XIX.

Elizabeth Bennet, la segunda hija de un pequeño terrateniente, es la protagonista indiscutible de la novela. Es una joven provinciana, bella, orgullosa, de personalidad fuerte y vanguardista para su tiempo. Se revela contra los convencionalismos de la época, matrimonio forzado, herencia solo para hijos varones, etc. Llegan al pueblo dos jóvenes solteros y de familias muy adineradas (El sr. Bingley y el sr. Darcy). La madre de  Elizabeth, que tiene cinco hijas solteras, ve la oportunidad de casar a algunas de sus hijas con estos jóvenes. El sr. Bingley, hombre muy agradable y distinguido, se enamora de Jane Bennet, la hija mayor. Su amigo, el sr. Darcy le aconseja abandonar esos sentimientos al no ser una dama de su nivel social. Lo que todavía no ha procesado es que él mismo se ha enamorado de Elizabeth Bennet. El orgullo desmedido y la diferencia de clases sociales hacen que los jóvenes desaparezcan de un día para otro del lugar. El destino hará que unos y otros se vuelvan a encontrar en varias ocasiones dejando que el amor haga su trabajo por encima de impedimentos, personas importantes y sentimientos encontrados.

Y por supuesto os recomiendo mi última novela: La ciudad de la niebla. Tiene dosis de amor, magia y fantasía para arrastraros a un mundo increíble.

Espero que os haya gustado la selección. Hasta pronto, nos vemos entre letras.

Teresa Echeverría
CONFÍA EN MÍ, AMOR

CONFÍA EN MÍ, AMOR

¡Confía en mí, amor!

Se giró hacia la puerta. Esa voz tan conocida y adorada, la hizo suspirar de ansiedad. Notó el sudor corriendo por las axilas y cómo las mejillas se incendiaban sin remedio. Hacía más de un año que no se veían, el tiempo que ella había estado en la estación de Metis cuando pidió el traslado para alejarse de él.

Nadie podía esconder su cuerpo en ropajes con el uniforme obligatorio. A través de la malla, que se pegaba al cuerpo como una cuarta capa de piel, observó la silueta de aquel hombre al que había amado apasionadamente. Se notaba bastante más redondeada en algunas áreas, sobre todo en la del estómago y los muslos. El rostro presentaba unas cuantas arrugas más, una buena colección para añadir a las ya existentes en su memoria. Ahí reencontró la sonrisa eterna de vendedor de coches, de segunda mano, prendida de los labios junto con los ojos pequeños, −quizá más que lo que recordaba−, oscuros y fijos en ella como los de un saurio.

−Te doy las gracias desde el fondo de mi corazón por tu decisión de darme otra oportunidad para formar parte de tu vida, amor; adoro ser tu compañero en la vida y en el equipo de trabajo, para cuidarte como te mereces, mi reina. No te defraudaré nunca más, lo prometo –dijo con esa voz zalamera que solía modular para seducir.

Era un seductor nato, aunque ella desconocía el hecho de si ya lo era cuando se formó en el vientre de su madre, o se fue haciendo con los años. Resultaba un hombre divertido, reflexivo −en lo que le interesaba−, un inmaduro encantador que poseía un ligero barniz de cultura que exhibía como una piedra preciosa en una vitrina.

Ella se limitó a sonreír. No le abrazó ni besó, aunque se moría de ganas. Tiempo habría para la intimidad. Debían cumplir su horario de trabajo tal y como señalaba el tablero, y este ya había comenzado hacía unos minutos.

−¡Bienvenido! –exclamó restando emoción a su voz. –Hay un fallo en el panel central, iré a cambiar las piezas dañadas… ponte el traje por si tuvieras que salir a echarme una mano. De momento quédate aquí vigilando las lecturas que te envíe desde el exterior.

Ella tenía puesto el traje espacial a falta de encajar el casco. Le observó mientras él se embutía en el equipo de trabajo. Satisfecha le hizo un guiño que él contestó con zalamerías, y se dispuso a penetrar en la esclusa. Se ajustó la escafandra, comprobó el oxígeno y pasó a la antesala de despresurización. Llevando el maletín de trabajo en una mano y cogida al cable de seguridad, se lanzó al espacio en una grácil acrobacia hasta alcanzar la zona en la que debía efectuar los ajustes necesarios. Se asió al metal y comenzó la evaluación de daños.

Al mismo tiempo que ella salía al espacio, dos mujeres muy atractivas penetraban en la sala donde él vigilaba a su compañera haciendo los arreglos pertinentes. Se volvió hacia las recién llegadas esgrimiendo su sonrisa lobuna más cautivadora:

−¿A qué debo el placer de recibir esta inesperada visita de unas mujeres tan bellas como vosotras? –exclamó sacándose el traje por la parte de los brazos para que estas pudieran admirar el gran abultamiento de sus bíceps.

Ellas le valoraron de arriba abajo antes de contestar con una irónica sonrisa:

−Somos nuevas en la estación y hemos escuchado varias historias sobre tu fama en lanzamiento de sondas. Deseábamos conocerte y que nos enseñaras tu lugar de trabajo… pero vemos que estás “algo” ocupado.

−Mi compañera hace un arreglo rutinario, no necesita de mi ayuda, puedo dedicaros unos minutos… ¿qué no haría para complacer a dos “sirenas” del espacio tan bellas y atractivas?

En el exterior, ella había quitado el panel fundido y soldaba, en la burbuja de oxígeno, unas cuantas conexiones para fijar las nuevas piezas. A la par que hacía su trabajo, no podía sujetar los pensamientos que giraban invariablemente entorno a él, su hombre.

Su relación había sido maravillosa. El amor los inundaba, no era para menos con alguien tan cariñoso y tierno. Siempre tenía una palabra dulce para ella, la mimaba y ella se había volcado en esa relación dando lo mejor de sí misma. Desfilaron ante sus ojos los planes de boda, la mudanza a un habitáculo más grande, el viaje de novios a  los anillos de Saturno… el juramento de amor eterno que habían realizado en aquella salida bajo las estrellas… hasta que llegó ese día aciago. Él la dijo que ese fin de semana no contara con su presencia. Debía arreglar unos asuntos familiares urgentes. Ella se quejó porque los últimos fines de semana que la había dejado sola, se hacían interminables sin él. La sorpresa que ella le tenía preparada, la de llevarle a la estación de Isla Luna, quedaba aplazada de nuevo… aunque a última hora, decidió ir por su cuenta con tal de distraerse un poco de su soledad. Y fue. Recordó el momento que penetró en el comedor del complejo super lujoso de Isla Luna, encantador y tan romántico, el sitio idóneo que reservaban las parejas para refugiarse en su círculo de amor. Le vio abrazando a aquella mujer. El cerebro se negaba a procesar lo que sus ojos captaban. Se quedó como una ballena varada en la arena. Reaccionó y salió de allí. Camelándose a uno de los camareros con una excesiva propina averiguó que la extraña pareja de “empalagosos maduros”, tal y como los describió, había comido y cenado durante varios fines de semana sucesivos. Se alojaban en una de las estancias enormes pensadas para recién casados.

Ella no desapareció sin más, tal y como le pedía su decepción. Esperó el regreso de él para cortar la relación cara a cara. Él dio las explicaciones más absurdas sobre aquellos encuentros con aquella mujer, a los que calificaba de «familiares», «un encuentro con una prima», «un compromiso ineludible», «una mujer que lo perseguía», «una loca»…

Durante doce meses con sus días, él le pidió perdón de las formas más originales y sofisticadas: a veces con poemas copiados de algún almibarado poeta, o de su propia autoría, que eran malísimos pero poseían una ternura sin igual. Grabó juramentos en rocas de carbón marciano, que aparecián flotando bajo sus ventanales a la menor oportunidad; le envió lágrimas de amor teñidas de rojo en frasquitos de cristal diamantino, ramos y ramos de flores espaciales, que picaban muchísimo cuando se las tocaba, y bombones con mensajes, que explotaban en el paladar entre “te quieros” de voz apasionada. La furia por el engaño terrible no aminoró hasta casi el año cumplido. Todavía le amaba y le perdonó.

Volvió a la realidad. Se concentró en la labor que tenía entre manos, las soldaduras parecían haber quedado bien amarradas. Recogía ya el equipo cuando notó un impacto en el casco que la lanzó al espacio quedando colgada del cable de seguridad. Se agarró a él y pidió socorro a su compañero. Este se había deslizado los auriculares al cuello para poder conversar con las mujeres, olvidando por completo a su compañera, tratando de seducir a la audiencia con versos y frases de sus autores favoritos. Era una de sus tácticas de seducción favoritas, recitar frases de eruditos, tenía la suerte de poseer una memoria fotográfica- y dejaba boquiabiertas a las féminas que deseaba camelar.

La mujer pidió socorro unas cuantas veces mientras iba trepando por el cable con el fin de alcanzar las asas para sujetarse a la estación y regresar a la esclusa. Conocía el riesgo de padecer los golpes de los meteoritos, para eso estaba el compañero que se quedaba dentro de la estación, para socorrerla en un caso como aquel.

Por fin tuvo al alcance de la mano la estructura metálica con los asideros, iba a engancharse a ellos cuando un nuevo impacto le segó el cordón umbilical que la unía a la estación y salió despedida hacia el espacio. Siguió gritando como una posesa, sin entender la razón por la que su compañero no la contestaba, las comunicaciones parecían seguir bien según la señalización de la muñeca.

Él, en el fragor del coqueteo más absoluto, notó una ligera vibración en el cuello que le alertó. Se asomó por el ventanal y ante sus ojos la vio flotar en la negrura, alejándose, mientras él se ajustaba los cascos llenos de gritos a los oídos. Sus célebres y afamados reflejos se activaron y regulando el arpón salvavidas, lo lanzó sin dilación. La distancia de separación era ya considerable. El artefacto dio en el blanco y atrapó a la mujer. Con rapidez la condujo a la puerta de la esclusa. La luz verde le indicó que ya podía abrir la puerta para ayudar a su compañera.

La mujer estaba aturdida de tanto como había gritado viendo su fin, perdida en el firmamento, en la soledad más absoluta. Sus ojos enfocaron el rostro tan amado lleno de preocupación. Le oyó exclamar las más dulces ternezas y se sintió cautivada. Al romper el abrazo para liberarse del traje vio a las dos preciosas mujeres que aplaudían sin cesar mientras exclamaban: “la comida a la que nos ibas a convidar ya la pagamos nosotras. Ha sido un espectáculo increíble. Eres nuestro héroe, además de un poeta lleno de imaginación. Qué suerte haber pasado este rato inolvidable contigo. Hasta luego, sé puntual”.

Ella le miró y advirtió que su compañero tenía el traje a medio colocar, colgando de la cintura. Se entretuvo un buen rato en la profundidad de sus ojos. Vio las lágrimas asomando ya. Él musitó: −¡Amor, no es lo que parece! –Ella se quitó la escafandra, se fue hasta el panel de trabajo, cargó la grabación de su accidente y dio al botón de emergencia. Después dijo: −No me encuentro bien. Espero relevo de inmediato. ¡Pido traslado urgente a Júpiter!

Felices lecturas. Espero que os haya gustado

Teresa Echeverría

LOS TRES REYES MAGOS Y LA ROSA DE SANÓN

LOS TRES REYES MAGOS Y LA ROSA DE SANÓN

Ante la proximidad de la noche mágica del 5 de enero, en la que los Reyes Magos de Oriente, según la antigua tradición española, visitan a los niños que les han escrito una carta dejándoles un regalo al lado de su zapato, os dejo este poema.

Estos tres insignes personajes eran los encargados de hacer la Navidad muy larga y llena de emoción durante muchos años y a varias generaciones de niños y niñas entre los que me encuentro. No teníamos tradición de Papá Noél y ni de Santa Claus.

Dedicado a este insigne trío y a «mi noche de Reyes» de cuando era niña, en la que apenas dormía de la emoción, he escrito este poema-cuento. Espero que os guste.

Melchor, Gaspar y Baltasar

LOS TRES REYES Y LA ROSA DE SANÓN

Los tres Reyes atravesaron el mar del desierto,

embozados y protegidos por sus lujosos mantos.

La tormenta de arena, terrible, eterna,

les había retrasado.

Acostumbrados a viajar durante milenios,

trepando dunas, montañas y cerros,

la aventura corría por sus venas

con resortes de vida plena.

Las estrellas guiaban su destino,

y la más brillante, la de la estela blanca,

los resucitaba del olvido

cuando el frío arreciaba.

Su caravana de camellos,

cargados de mil presentes,

se movía entre las arenas del tiempo,

cual descomunal serpiente.

Y en la noche santa,  

velarían el sueño de los niños,

dormitando en sus camitas blancas,

dejando en sus zapatos

los juguetes ansiados .

Melchor, cansado de sus muchos años,

de sus luengas barbas, de tanta caravana,

entornó los ojos al alba y halló la señal buscada.

La vio destellar en la pradera de lava:

la primera rosa malva, la avispa,

la de la trompetilla blanca con chispas.

Melchor curvó sus labios en sonrisas,

gritó a Baltasar y Gaspar

que dormían en sus sillas de brisa:

“La noche nos llama,

la rosa de Sanón habla,

visitemos a los niños

en sus sueños de plata”.

Y así los tres Reyes de Oriente,

 dejaron su estela dorada

al abrigo del tiempo, entre algodones de infancia,

de camellos, mazapán, de carbón dulce y esperanza. (Teresa Echeverría Sánchez)

Felices Reyes, que vuestros sueños se cumplan.

Teresa Echeverría Sánchez
UNA HISTORIA DE NOCHEVIEJA.-

UNA HISTORIA DE NOCHEVIEJA.-

puerta del sol

Solo en mi hogar sentía la efervescencia del último ocaso de diciembre, teniendo como telón de fondo los edificios de mi barrio, y el sonido familiar que acompañaba ese instante inigualable con sensación de fin del mundo: bullicio de gentes trasegando de un lugar a otro, petardos, ruidos de coches pasando sin cesar… y los recuerdos pesando en mi ánimo igual que el plomo. Se podía percibir en el ambiente una alegría enlatada llena de esperanza, aguardando estallar a la medianoche.

fiesta

 Mis padres habían fallecido recientemente y mis primos, cercanos en distancia y lejanos en afecto, flecos de lo que quedaba de la familia, poseían su propia camada con la que celebrar tan hogareños festejos. Huérfano de afectos, triste y en pijama, me dispuse a leer un rato antes de meterme en la cama, con el fin de abstraerme de tan singular y bullicioso evento.

habitación

 En todas las Nocheviejas anteriores había sido testigo mudo del último lapso de tiempo, marcado por el reloj justo a las doce de la noche, según algunos videntes, considerado el momento puntual en el que se borraban las fronteras del pasado, presente y futuro. Y en esta ocasión también lo fui, pero algo especial ocurrió. Con la primera campanada del reloj se abrió una nueva puerta en el muro, justo al lado del vestidor, y apareció mi padre en batín y fumando su inseparable pipa. El humo de la cachimba con aroma de chocolate lo llenó todo. Sin pensarlo dos veces, me lancé a su encuentro lleno de indescriptible júbilo. Cuando llegué a su lado, mi estatura había menguado considerablemente. Con suma agilidad trepé a su regazo junto con mi osito Sam que fue uno de mis mejores amigos de la infancia. Mi padre me acunó entre sus brazos antes de comenzar la narración de mi cuento favorito. Su cadenciosa voz, tan amada y mil veces recordada, me sumió en aquel mundo maravilloso de Nunca Jamás, perlado de niños voladores y hadas de mil colores. Cuando Peter Pan se disponía a luchar con el Capitán Garfio, me quedé dormido arrullado por piratas y tesoros, pulpos y tiburones.

hombre pipapeter pan

 La luz del sol de la mañana me despertó, colándose sin permiso hasta el fondo del cuarto. Observé con gran desencanto que no existía ya puerta alguna en la pared. El encuentro con mi progenitor había sido un sueño de nochevieja, un anhelo mil veces deseado. Abatido, me encaminé al gran butacón donde momentos antes aquella silueta tan querida había reposado. Pude ver en la mesita mi viejo cuento de Peter Pan, manoseado, desgastado y envejecido de leerlo mil veces. Mis ojos se abrieron asombrados, junto al libro, en el cenicero, se apoyaba la humeante pipa de mi padre.

pipa


¡Atentos a ese momento! ¿Quién sabe las puertas que se pueden abrir en un instante? ¡Feliz año para todos vosotros!

Recortada7

María Teresa Echeverría Sánchez

SELECCIÓN CUENTOS DE NAVIDAD

SELECCIÓN CUENTOS DE NAVIDAD

Os dejo una selección de mis cuentos navideños, para que los leaís con los más pequeños. Historias que saben a familia, a amistad y a Navidad. Se acompañan con preciosas ilustraciones que ponen cara a los protagonistas de estas historias singulares.

El primero: CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN (haced clic en la imagen para más información sobre los cuentos que componen este volumen).

Segundo título: CUENTOS DE JENGIBRE Y TURRÓN, (haced clic para más información sobre los cuentos que componen el volumen).

Tercer título: CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD (Haced clic para más información sobre los cuentos que componen este volumen)

Cuarto título: HERMOSOS CUENTOS NAVIDEÑOS (haced clic para más información sobre los cuenos que componen este volumen)

Espero que disfrutéis con estas lecturas. Felices Fiestas queridos lectores y lectoras. Teresa Echeverría en Amazon.

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AQUELLOS DOMINGOS DE MI INFANCIA

AQUELLOS DOMINGOS DE MI INFANCIA

Era domingo y casi la hora de ir a misa. Mi hermana pequeña y yo, que contábamos alrededor de cinco y seis años, solíamos ir a la de doce y media con las dos mayores. Antes de salir, había que hacer recuento de las cosas que era obligatorio llevar: el misal, que solía estar en latín y que era imposible de descifrar, el velo para la cabeza y las monedas para las ofrendas.

Corríamos las cuatro hasta alcanzar la iglesia. Menos mal que estaba cerca de casa. Mis hermanas tenían las piernas largas y nosotras, las pequeñas, íbamos boqueando como los arenques fuera del agua, de tanto mover los pies para seguirlas.

En el atrio, antes de penetrar en la iglesia y haciendo por recuperar el resuello, nos poníamos el velo con muchas prisas: la mayor llevaba uno negro y me parecía muy feo; las demás uno blanco de puntillas y festones, que nos daba el aspecto de veladorcitos inmaculados de cortas y rechonchas piernas. En aquellos años, tanto las mujeres como las niñas, debíamos llevarlo prendido en el pelo con un alfiler, al igual que nos cubríamos los brazos con una chaqueta de punto, aunque la temperatura del verano fuera para asar pollos en la calle. Era pecado si lo olvidabas y había que decirlo a la hora de confesarse.

«La misa» de José Benlliure y Gil

Ya dentro de la iglesia, nunca encontrábamos sitio en los bancos, con lo cual mi hermana mayor nos guiaba hasta uno de los altares laterales desde donde se podía seguir la ceremonia confortablemente, pues unos escalones nos servían a las más pequeñas para sentarnos y gesticular como los mimos, sin que nadie nos viera o nos oyera cantar, cosa que hacíamos a pleno pulmón, sobre todo aquellas canciones que nos sabíamos, haciendo gorgoritos y desafinando sin pudor.

Mi hermana, sentada a mi lado, me decía muy bajito: “Ya me sé los sacramentos. El primero bautismo…”, y nos quedábamos atónitas al observar la llegada tardía de una señora de enorme trasero, siempre la misma matrona, misa tras misa, que se dirigía hacia las primeras filas de los bancos, como un buque de gran calado camino de los muelles, donde un huequito de unos quince centímetros brillaba como el oro atrayéndola como un imán. La mujer metía las posaderas en ese pequeño espacio, haciendo que se hiciera más grande, me parecía que hacía magia, empujando rítmicamente con el trasero de izquierda a derecha mientras bisbiseaba el credo. Alguien en el otro extremo del banco, debía abandonar su lugar a riesgo de morir aplastado. Las dos nos reíamos sin ruido y mi hermana seguía desgranando los sacramentos hasta que llegaba al quinto y decía: “el quinto Extremadura”, y yo “no, es extremaunción” y ella dale que dale con Extremadura hasta que mi hermana mayor nos miraba con ojos de dragón, parecían de fuego, y callábamos de inmediato.

«Monaguillos» de José Benlliure

Nos maravillaban los monaguillos que llevaban esos trajes rojos y blancos con puntillas tan chulas, que sabían cuándo arrodillarse y tocar la campana haciendo un ruido de mil demonios. Más de una vez deseé ser monaguillo pero era tarea reservada a los chicos, algo incomprensible para mí, porque estaba segura de cumplir con el toque de campana mucho mejor que aquellos niños. Y recuerdo un domingo en especial, por la gran decepción que me llevé, cuando vi al sacerdote arremangarse las vestiduras y observé que llevaba pantalones debajo de la casulla. Casi lloro. Imaginaba que aquellos hombres santos tenían que vestir unas enaguas de festones coloradas, mucho más bonitas que las de las señoras. ¡Menuda desilusión! A partir de entonces ya no los miré con los mismos ojos de adoración de antaño.

Y llegaba el momento más esperado para nosotras dos, las pequeñas, esa oración en la que volcábamos todo nuestro ardor infantil de almas inocentes en un grito. Comenzaba el sacerdote diciendo muchas cosas que no entendíamos y había que contestar una letanía que nos sabíamos al dedillo y que nos encantaba porque nos daba mucha risa, y la gritábamos a pleno pulmón: “el moscón frío” en lugar de «en vos confío». Nadie pareció darse cuenta en ninguna ocasión de nuestra equivocación; aún tardamos unos años en percatarnos de que en los rezos, no se mencionaban insectos de ningún tipo.

«En misa» de José Gallego

Así mismo el momento de las ofrendas se acercaba, y unas señoras de luto, oscuras como la tinta de calamar, pasaban cestas en las que la gente echaba monedas. Nosotras presurosas, esperábamos que llegaran cerca para arrojar la moneda, pero había tal gentío, que dichas mujeres, disfrazadas de elegantes cuervos, recorrían únicamente los pasillos centrales entre los bancos.  La decepción por no cumplir con nuestro deber de «buenas cristianas» nos duraba poco. Mi hermana mayor lo solucionaba presurosa. La moneda era depositada al final de la misa, en una hucha de hierro, medio oxidada, y hasta podíamos encender una vela. Eso sí era mucho mejor que perseguir a las señoras de la cesta.

Las misas en invierno resultaban soporíferas: con el calorcillo del abrigo que nos cubría hasta los pies, sentadas en los escalones, y bajo la cadenciosa voz del celebrante, cual nana repetitiva, mi hermana y yo nos echábamos alguna que otra siesta. Era imposible mantener la apostura de “santa” aprendida en las estampillas que inundaban los misales y que en casa imitábamos a la perfección: los ojos atentos al altar, las manos juntas, la mirada en el Cristo y rezando «Jesusito de mi vida» al mismo tiempo. Dejé de intentarlo. Labor imposible para los que no fueran santos, estaba claro que yo no lo era.

(pin de Valenciayanira006 Pinterest)

Cuando la celebración acababa, las cuatro salíamos medio dormidas y con un hambre increíble. Menos mal que en casa nuestra madre nos tenía ya preparada la comida. Además el domingo era el único día que mi padre no iba a trabajar y la jornada poseía el perfume a pura fiesta, a sol aunque lloviera, a pollo frito, a palulú y a flan de caramelo… y no dejábamos que lo estropeara la radio de mi padre, esa que solía escupir por las tardes de domingo partidos de futbol sin remisión. Y mi padre, muy atento al aparato, seguía contestando nuestras interminables preguntas con infinita paciencia mientras nos arreglaba los zapatos. Recuerdo ese olor imborrable a cobijo caliente de casa, a risas y regañinas, a comer castañas en la cocina todos sentados alrededor de la mesa… el inconfundible olor de mi familia.

Teresa Echeverría