El viajero

El viajero Se ajustó la piel. Resultaba más beneficioso para su descanso alisar los pequeños pliegues y dejar que el oxígeno fluyera convenientemente. Con un tentáculo de acero se sujetó con firmeza al anclaje del asiento. Abandonaban en ese instante Saturno. Sintió el acelerón en las entrañas provocándole una sensación de nausea.

Su mente, embotada por la presión, divagó sobre lo vivido en los últimos meses. La primera visión de aquel divino planeta, ubicado muy cerca del sol, fue apabullante. El grupo, del que formaba parte, llevaba el traje de supervivencia bien ajustado sobre su propia dermis, precauciones necesarias para visitarlo y no correr riesgos. Eran una docena, más que suficientes para divertirse y pasar desapercibidos entre los foráneos.

La oscuridad lo llenaba todo, apenas rota por unas pulsaciones titilantes que provenían del espacio. El silencio dolía en los pabellones auditivos, casi violentamente. El aroma desconocido penetraba a través de los filtros y se procesaba en su cerebro como algo delicioso. Aquel rincón se asemejaba a un campo de siembra en el que se arracimaban los más exquisitos manjares. Había oído hablar de este viaje hacía décadas. Formaba parte de su sueño más deseado: cada jornada se veía a sí mismo en aquel lugar placentero, una tierra prometida de comida sin fin. Oyó a sus compañeros cómo sacaban las pequeñas excavadoras y se ponían manos a la obra. Debían cosechar, cuanta más comida, mejor.

La maquinaria que acarreaban, dragas no más grandes que una mano, eran ligeras y apenas audibles. El problema podría presentarse no obstante, ─sus ondas intracraneales, excitadas en demasía, al pisar el planeta, emitían pequeños estallidos de placer─, si sus devaneos energéticos eran interceptados por criaturas peligrosas. No podían evitar este contratiempo, constituía su instinto incontrolable, igual que respirar o comer.

Escuchó el ruido de las mandíbulas machacando aquel suculento manjar. Les habían informado que aquellos nidos de comida abundaban en el planeta del agua, y que los recolectores tardarían cientos de años en acabar con sus existencias. Un dato interesante para la subsistencia de los de su raza. Desenterró con cuidado las golosinas. Algunas estaban colocadas a gran profundidad. En la mayoría de los casos éstas se hallaban ya peladas, con lo que resultaba fácil y rápido llenarse las dos bocas con tan suculento comestible.

El grupo devastó el lugar. Las bolsas se habían llenado hasta los topes e incluso, algunas de ellas, de tan rebosantes como iban, perdían pequeñas porciones reflectantes de manjar. Recordaba con claridad cómo la nave los había recogido de inmediato y poco después los había trasladado a otro caladero, algo más pequeño. La primera noche resultó muy provechosa, la segunda también, pero a partir de la tercera, el asunto cambió. Según volaban sobre zonas más cálidas, la luminosidad aumentaba y resultó imposible ponerse a recolectar sin que algunos focos de luz, surgidos entre las sombras, les persiguieran hasta la misma entrada de la nave. Ciertamente ésta no fue descubierta, resultaba indetectable para los órganos perceptores de las criaturas que allí habitaban. Antes que sus potentes luces, a las criaturas les delataban sus deliciosos olores, tan suculentos, muy parecidos en su composición a las golosinas que buscaban con tanto ahínco.

Dentro de la nave, los compradores de mercancías subastaban lo recolectado. Él se sintió feliz por sacar un importante beneficio. Aún pudo guardar un poco de aquello para llevar al hogar. El color rojo de su medidor de riqueza denotaba el cambio drástico de su suerte, habitualmente varado en el blanco. Se durmió al viajar mucho más rápido que la luz.

Oyó la voz de la azafata pronunciando su parada. Se preparó para la descompresión. Observó por la ventanilla el azul pálido de Urano. Se quitó el disfraz y su cuerpo se expandió cuadruplicando su tamaño inicial. Agarró su bolsa de golosinas y corrió apresuradamente, tan rápido que algunas de ellas quedaron varadas en la rampa de llegadas. Al fin estaba en casa.

El calcio de los huesos diminutos, olvidados en el suelo de la zona de llegadas, aumentó su fulgor salpicando la oscuridad con apetitosos efluvios de estrellas fugaces.

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LA CITA

Se puso ante el espejo, una vez más. Sentía los nervios agarrados al estómago, tirando de él, amenazando con desgajarlo.

Como los fotogramas de una película, en su cabeza reprodujo del primer al último mensaje. Una colección increíble de palabras que arracimaba en un hueco secreto de su escritorio. A fuerza de leer uno tras otro, había memorizado hasta la última coma de los escritos. La letra era recia y elegante, a veces contundente, como si la tinta no bastara para reflejar lo que aquella mano quería expresar.

Acarició el retrato tan amado en el hueco de su mano. Jamás le había visto antes. Supo de su existencia por la primera carta. La halló en un ibro de lectura que olvidara en el jardín.

Al principio no hizo caso, se limitaba a leer los mensajes y a guardarlos sin más. Le pareció un juego divertido, algo con lo que entretenerse. Hasta que en una de las misivas leyó lo siguiente: “Veo al sol encenderte como una antorcha y parpadean los rizos de tu nuca en un vaivén de dulzura dorada, que más parecen hilos de nácar intentando escapar hacia el infinito. Atrapo tu sombra al pasar y la bebo sediento haciéndola mía”.

A partir de esa lectura, buscaba incansable los mensajes que su enamorado solía dejar en el jardín. Halló uno en la estatua de Eros. Otro en el pedestal de Afrodita y unos cuantos más suejtos con alfileres a las hojas de cierto arbusto bajo el que leía poemas ardorosos y citas llenas de pasión.

Se hizo adicta a las cartas. Si no hallaba ninguna en su paseo matutino, no era capaz de comer ni descansar hasta que, horas después, tropezar con tres de ellos, juntos, puro nectar. El tacto del papel le quemaba los dedos y la sangre. Jadeaba sedienta al engullir por los ojos el elixir prohibido.

Su amado estaba muy cerca, lo intuía, lo sentía en cada fibra de su ser. A veces, en sus paseos, se volvía de pronto para soprender a quien le había robado el alma, pero sólo encontraba el susurro del viento enredándose entre las hojas de los sauces.

Esta vez la nota era escueta, apasionada, suplicante. “Te espero señora de mis latidos, a las nueve en el cenador”.

¿Cómo sería sentir su mano en la suya? ¿Y si sus besos no sabían a eternidad como ella creía? O quizá -pensó- el olor de su piel desagradara a su amado.

Moviéndose entre las sombras de los árboles para no ser vista, recorrió el camino iluminado por la luna. Al acercarse al cenador detectó su presencia. El arrobo la paralizó, quedándose inmovil como una estatua de nieve en medio del sendero. El tacto de una mano de fuego desheló su inmovilidad y, por primera vez, se miró en los ojos de su amado. Sintió la unión. De inmediato, lo que quedaba de ella se diluyó en aquel ser de plata.

LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


Novelas para vivir cien vidas:

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EL REGRESO DE LOS FANTASMAS.- (Relato angustioso).-

Los fantasmas habían regresado. Los encontró cuando recorrió la casa, habitación por habitación, intentando hallar los ecos de las últimas visitas, tan alegres, tan deseadas… recordando la visión de su hogar engalanado de luces, respirando el aroma de los turrones y de las charlas de familia.

Siempre pasaba lo mismo, olvidaba a los espectros cuando se metía de lleno en los días festivos de diciembre, ─arrinconando la visión de aquel primer encuentro: del horror que le erizó la nuca con un frío antinatural, justo cuando había muerto su marido, hacía ya unos cuantos años─.  Desgranaba las jornadas de celebración, una detrás de otra, igual que un crío goloso, agotando sus días en poner adornos, preparar comidas, urdir reuniones y hacer mil compras. Los fantasmas se escondían y no daban la lata.

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En la primera habitación sintió de inmediato el gélido aliento de uno o, quizá, de varios de estos entes. ─A veces era imposible saber su número exacto, pues les gustaba estar pegados unos a otros, frotándose el polvo de la tristeza con ahínco, a la cual eran muy aficionados─. En la estancia contigua observó con espanto cómo se curvaban los visillos de la ventana adoptando una forma humana con los brazos extendidos hacia ella, mientras bisbiseaba inconexas y retumbantes exclamaciones de dial de radio mal ajustado. Escapó corriendo al salón en un intento de salir de la pesadilla. No pudo. Allí las formas brumosas se esparcían por el sofá emitiendo sonidos amenazadores. Se levantaron todas a la par y pasaron sobre ella unas cuantas veces hasta que la derribaron. Su venganza no tenía parangón, ella lo sabía muy bien.  Se fue arrastrando hasta la pared de la ventana y se incorporó con dificultad. Esta vez la habían golpeado con especial saña. La abrió de golpe provocando que varios espectros salieran disparados hacia el exterior. Vano intento. Esperaron pacientemente ─porque eso sí, los fantasmas tenían una paciencia infinita─ a que un haz de luz del atardecer penetrara en la gran sala, y por ahí se colaron nuevamente.

Conocía de sobra lo que vendría a continuación: cuando lograba escapar a la calle durante el día, haciendo que el retorno se tornara insoportable. Esos monstruos incorpóreos le hacían pagar sus ganas de vivir, su lozanía de vida, no dejando que el sueño cerrara sus párpados o, por el contrario, sumiéndola en un duermevela de pesadillas terroríficas.

No se volvía loca porque mantenía la esperanza atizada, ese pequeño  fuego escondido que se adivinaba en cada suspiro: junio llegaría pronto tragándose a la estantigua espectral.

Se metió de lleno en sus rituales, esos pequeños actos consoladores que daban a su existencia cierto aire de normalidad. Se duchó, peinó y contó las arrugas del entrecejo ─tantas había que pensó que se le rompería la piel por esas horribles hendiduras tragándose su cara sin remedio ─.

Por temor dejó de salir a la calle. Decidió no abrir la puerta a nadie y desconectó el teléfono. Se impuso tan dura penitencia con la certidumbre de que de este modo no echaría tanto de menos lo que no veía. Y se pasó el tiempo jugando al mus con los bultos tornasolados que se sentaban en las sillas del comedor. De vez en cuando la dejaban echar un sueñecito para despertarla con gritos desgarradores. Parecía estar sumida en un oscuro túnel que no tenía fin.

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Fue comiendo cada vez menos hasta que ya no lo necesitó. ‹‹El cuerpo se acostumbra a todo››, solía decir su madre. Al principio de tan frugal dieta caminar unos pasos se hacía una labor del todo imposible pero, a fuerza de ejercitarse, sus pies adquirieron una ligereza sin igual, apenas rozando el suelo al moverse. “Eso nos convierte en seres deslizantes que vivimos un presente continuo como almas errantes”, la golpeó la frase de Argullol almacenada en algún recuerdo. Un ser deslizante, así se sentía, resbalando en una inmensidad tenebrosa, pegajosa como el barro.

Llegó junio y, a pesar de las persianas cerradas, de los visillos y espesor de las cortinas, los dedos del sol del verano se filtraron en las estancias recordando a los espectros la hora de partida. Estos se fueron a regañadientes, protestando y chillando como cada estío, arrastrados por la calima de los caminos de luz.

La mujer se sentó en una silla, respirando esas motas doradas que le hacían cosquillas en la pituitaria. Estornudó varias veces y se quedó allí muy quieta, saboreando su bien merecida tranquilidad; horas después seguía en el mismo lugar mientras la penumbra de la tarde apagaba el salón. No quería moverse. Tomó conciencia de que flotaba hacia el techo y luego se desparramaba por las habitaciones, esponjándose o adelgazándose, mientras hacía flotar la colcha, las toallas, las cortinas de las ventanas, moldeando su figura en mil formas, todas malévolas y amenazantes. Se paró en seco. Tomó conciencia de su nuevo estado. ─Ya no era la misma─ Se había convertido en lo que más odiaba, en un fantasma. Intentó largarse subiéndose a los rayos de luz de la mañana, quería ir muy lejos, a otras tierras y recuperar su otro yo. Pero no pudo. Estaba ligada a su casa, a su memoria y le era imposible romper esa unión esclava. Era un espectro con recuerdos humanos, un ser que no era ni dejaba de serlo. Gritó y odió el aroma que llegaba a través de la ventana, que no era otro que el de la vida, el elixir que un fantasma jamás alcanzaría.

El invierno trajo de nuevo a los fantasmas. No tardaron en huir. Un terrible espíritu habitaba el lugar, no imaginaron de dónde habría venido. Jamás regresaron.

María Teresa Echeverría Sánchez.


Pastelito, el reno cojo.- (Incluido en “CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD”).-

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Pastelito nació, junto con su hermana Niebla, una templada tarde de primavera, en el rincón del bosque donde los zarzales y el espino se entremezclaban creando un refugio natural que cobijó a la indefensa madre y sus dos cachorros. El pequeño fue bautizado con este nombre tan dulce debido, sin duda, a la apariencia singular de su hocico: una gran nariz, negra como el carbón, entre denso pelaje níveo, exactamente con el mismo aspecto que un merengue de nata adornado con una enorme trufa de chocolate.

Se oía el aullido de los lobos en la lejanía y la nueva madre se alegró de estar tan bien resguardada, puesto que el último vástago que alumbró era débil y minúsculo, demorándose más de una jornada en ponerse en pie. Normalmente las crías eran capaces de correr, junto con sus madres, a las pocas horas de su nacimiento pero el pequeño Pastelito no podía andar bien. Una de sus patas traseras resultaba bastante más corta que las demás y se movía renqueando, lo que hacía que su caminar fuera desigual y muy lento.

Cuando al fin retornaron con la manada, se hizo un gran silencio entre los miembros del numeroso clan mientras observaban a la cría bambolearse de un sitio a otro. Los mayores movieron la cabeza en señal de lástima: de sobra sabían que si eran atacados por osos o lobos, el primero en caer sería el pequeño cojo. Las demás crías se acercaron a saludar a los dos recién llegados, parándose al lado del diminuto ejemplar que se movía con un vaivén que los hipnotizaba. Trataron de imitarle y varios se escurrieron dándose un buen trompazo. La mamá de Pastelito, muy protectora, resguardó a la cría entre sus patas y espantó a las demás emitiendo varios bufidos. Era tan dulce la mirada de ese retoño que le lamió con cariño mientras le cantaba una dulce melodía.

Las últimas camadas fueron creciendo a buen ritmo, excepto Pastelito que conservaba un tamaño bastante más escaso que el resto de sus compañeros. Aun así intentaba intervenir en los juegos que se desarrollaban entre brincos y mugidos junto con Niebla, pero siempre se quedaba rezagado en las carreras o no era lo suficientemente alto para alcanzar algunas de las jugosas bayas que crecían entre los espinos. El otoño, corto y lluvioso, dejó sitio al invierno que llegó anunciándose con una gran nevada.

Pastelito aprendió a jugar solo. Hablaba con amigos imaginarios y le gustaba ver su imagen reflejada en el hielo. En uno de esos días en los que platicaba a solas, escuchó a un pájaro que, posado en una rama cercana, le preguntó su nombre. De inmediato se hicieron amigos inseparables. El ave dormía sobre el lomo del reno, bien abrigado entre su pelaje. Jugaban a las escondidas, a hacer carreras por el hielo y a contarse historias disparatadas, asunto que les producía un mar de carcajadas.

Los jóvenes de la edad de Pastelito ya eran capaces de procurarse su propio alimento. Para el pequeño reno, encontrar algo para comer resultaba todo un reto, por esa razón se hallaba tan diminuto y escuálido. Si no se nutría lo suficiente, el frío del largo invierno acabaría con sus escasas fuerzas. A partir de conocer a Piquín aquel problema de supervivencia dejó de existir. El ave, haciendo un extenso vuelo raso y poniendo en juego su poderosa visión, le indicaba los lugares en los que había pasto enterrado bajo una ligera capa de nieve. Hacia allí se dirigía el reno encontrando un sinfín de sustento. Las frutas silvestres, muy escasas ya, que aún se veían en los infranqueables matorrales dejaron de ser inaccesibles para su corta estatura, pues el pájaro las arrancaba de los altos setos y las dejaba caer al suelo donde Pastelito daba buena cuenta de ellas. Tan excelsa sociedad formaron que el pequeño creció un montón hasta ponerse a la misma altura que los de su edad. Su mamá, observándole desde su lugar entre las hembras de la manada, se sintió muy dichosa. Quería con locura a su retoño, y se mostró muy complacida cuando Pastelito se negó a seguir aceptando parte de su comida. Ya era hora de que su madre mirara por sobrevivir sin preocuparse de él, pensó el reno.

Ese mañana ocurrió algo muy especial: la manada vio llegar a los elfos en su trineo conducido por dos enormes renos. Los conocían de sobra, eran los que habían sido reclutados el invierno anterior para formar parte del grupo destinado a llevar el mágico vehículo de Papá Noel. Los jóvenes del rebaño se agruparon para pasar la inspección anual, todos, menos Pastelito que ni siquiera se acercó a las diminutas criaturas. ¿Para qué? ─Pensó cabizbajo─ Era cojo y resultaría inútil para correr y mucho menos para volar. Muy triste se internó en el bosque alejándose de los vítores y bramidos de alegría que emitían sus congéneres al ser seleccionados por los elfos.

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Tantas horas anduvo ensimismado que la noche se le echó encima igual que un negro manto estrellado. Los aullidos de los lobos se dejaron oír con especial cercanía. Pastelito tembló de terror. Ni siquiera le acompañaba Piquín que había salido a hacer una batida en busca de alimento. No supo qué camino tomar y se quedó parado, totalmente perdido entre las ramas de los abetos.

Un gigantesco lobo plateado hizo su aparición justo delante de él.

─Hola muchacho. Estas lejos de tu rebaño. ¿Qué te trae por aquí, si puede saberse?

El reno temblaba esperando que, de un momento a otro, el carnívoro le hincara el diente.

─Estaba… buscando… comida. ─Contestó balbuceante.

─Es difícil encontrarla en invierno ¿verdad? Me ocurre exactamente lo mismo que a ti. Si quieres podríamos buscarla juntos. Conozco un lugar subiendo la ladera que te encantaría. ─Exclamó el lobo luciendo la mejor de las sonrisas por donde asomaban unos gigantescos dientes.

─Creo que no comemos lo mismo…ya sabe, señor lobo.

─Muy cierto pequeñín. ¡Ja, ja, ja!─ Rio la fiera divertida. ─Te será muy trabajoso hallar alimento con una pata tan… ¿fea?… ¿corta? ─Comentó el carnívoro observando la cojera de Pastelito.─ Seguramente los otros renos se ríen de ti y piensan que eres un lisiado que no sirve para nada. ─Continuó el lobo viendo a Pastelito derramar dos gruesas lágrimas. Y cambiando su áspero tono de voz continuó susurrando dulcemente: ─Pero tengo una solución para eso. Si quieres te puedo matar de una dentellada y todos tus problemas se borrarán en un instante.

Al fin, Piquín, después de mucho volar y buscar, había dado con su amigo. Escuchó muy enfadado lo que el lobo acababa de decir y, sin pensárselo dos veces, comenzó a emitir un zumbido de socorro que podía escucharse a varios kilómetros de distancia.

─¡Vamos, pequeño! ¡No tengo toda la noche para esperar tu decisión! ¿Término con tu insignificante existencia de una vez? Deberías estar agradecido a alguien que te quiere hacer un favor.

El sonido de unas campanillas hizo volverse al enorme carnívoro. Justo detrás de él apareció Papá Noel.

─¡Buenas noches, Boris! ¿No estás muy alejado de tu manada? Me prometiste que no cazarías en mis territorios.

─¡Hola Santa! Es cierto que lo prometí y lo he cumplido día tras día, aun cuando el hambre aprieta. No estaba cazando sino intentando hacer un gran favor a un amigo desesperado.

─¡Oh Boris, eres un pícaro! ¿No te da vergüenza pretender convencer a un crío para que se deje comer? Y tus hijos ¿qué pensaran si se llegan a enterar de esto? El gran cazador perdiendo el tiempo con una cría de reno.

El lobo, abochornado, bajó la cabeza, y despidiéndose rápidamente se perdió en la negrura del bosque. Pastelito, mientras tanto, se había secado las lágrimas y miraba fijamente a Papá Noel.

─No te alejes nunca de tu rebaño, pequeño. La crudeza del frío es dura para todos, especialmente para los lobos, que necesitan llevar con urgencia alimento a sus retoños.

─El lobo me debía haber matado, así hubiera resultado mucho más útil. No sirvo para nada, ni siquiera para encontrar mi propia comida.

─¡Ya veo que el frío te hace decir tonterías! ¡Ven, Pastelito, sube al trineo! Y mientras regresamos, charlaremos un buen rato. ─Ordenó Santa al reno─.

Ya acomodados en el vehículo, Papá Noel comentó con gran seriedad:

─Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir. Eres muy joven y tienes una vida larga y feliz por delante. Encontrarás el modo de resultar provechoso para la manada, ya lo verás. Te ayudaré a conseguirlo. Pero lo más importante de todo es que confíes en ti mismo; y lo harás, estoy seguro.

Continuaron la travesía corriendo por caminos helados. La temperatura bajaba rápidamente y el reno gigantesco que los llevaba interrumpió su loca carrera para cambiar el ritmo por un tranquilo trotecillo, señal de que el suelo que pisaba era muy frágil. Y estaba en lo cierto: con el peso del animal y del trineo, la superficie del lago ─que poseía una delgada capa de hielo─ se agrietó, y todos se precipitaron al agua helada sumergiéndose de inmediato.

Pastelito, de menor tamaño que los demás, alcanzó la superficie enseguida. Nunca había nadado pero flotaba igual que un pez. Se dio cuenta de que el reno y Santa seguían sumergidos y tomando aire buceó en su busca. Subió primero empujando a Santa que, volviendo en sí, logró trepar hasta salir del lago. El animalito retornó al fondo del lago una vez más. Esta vez se entretuvo dando firmes bocados a los arreos que impedían nadar a su congénere. Ya liberado, el gigantesco ejemplar alcanzó rápidamente la superficie. Un grupo de elfos, llegados en distintos vehículos, rescataron el trineo del lecho del lago. Papá Noel, ya seco y sonriente, se dirigió a Pastelito.

─¡Gracias por salvarnos, pequeño reno! ¡Has sido muy valiente y esa cualidad me gusta mucho! ¡Quedas reclutado para mi establo! ─Antes de que Pastelito fuera capaz de decir lo que pensaba, escuchó de labios de Santa lo siguiente: ─Por supuesto que puedes traer a tu amigo alado. Necesito animales tan llenos de coraje como vosotros dos. Seréis muy bienvenidos a las instalaciones del Polo Norte.

Pastelito fue colocado cómodamente en un habitáculo de las inmensas cuadras. Se le suministró heno y chocolate a partes iguales, dieta que seguían todos los herbívoros que habitaban el establecimiento de Santa. El pájaro siguió sin despegarse de su amigo ni un instante.

Varios elfos, especialistas en tallar juguetes en madera y trabajar delicados metales, se personaron para conocer al insigne personaje que había salvado la vida de Papá Noel. Le acariciaron y cepillaron, sin dejar de observar la pata atrofiada que el reno poseía. A la siguiente mañana comenzaron a sumergir el miembro encogido en agua caliente y a suministrarle friegas con aceites medicinales. Con el transcurso de las semanas, la pata tullida mejoró visiblemente. La articulación dejó de estar anquilosada y la pezuña en forma de garfio fue estirándose poco a poco. Los elfos, todos los días, le sacaban al gran corral: allí era donde aprendían a volar los renos que se preparaban para sustituir a los que iban envejeciendo. Pastelito debía ejercitarse durante horas, apoyando la pata atrofiada y fortaleciendo los músculos de la misma. A veces paraba unos instantes para admirar los volatines de sus compañeros, envidiando sus locas carreras para coger velocidad y elevarse ligeramente hacia el cielo.

La determinación de Pastelito no tenía límites y durante horas se afanaba por ejercitar su miembro encogido hasta que consiguió que se estirase del todo. Pero algo fallaba, la pata no había crecido conforme lo habían hecho las demás, y aunque recuperada y con fuerza no llegaba en altura a las otras. Los elfos, que conocían este hecho, le tranquilizaron e idearon un tacón que unieron mediante clavos a la pezuña del animal. De nuevo tuvo que educar ese miembro con prótesis hasta que fue capaz de responder igual que los demás.

El joven reno había pasado tantas jornadas observando las maniobras de sus compañeros intentando remontar el cercado que, una tarde, sin que nadie lo viera, repitió punto por punto, todas las consignas que los maestros impartían una y otra vez. Lo que ocurrió fue indescriptible: con tanto ejercicio las extremidades del reno se encontraban en un estado de total elasticidad y respondieron a los pasos que recomendaban los maestras, es decir, correr, tomar impulso y patalear, igual que si se estuviera nadando. Pastelito salió disparado hacia la luna en un rápido vuelo que le llevó a gritar de pánico durante los primeros segundos, y de alegría después. Surcó el cielo atravesando nubes esponjosas y sintiendo las cosquillas en sus patas de las copas de los abetos al sobrevolar los bosques. Llegó la hora de aterrizar y, para su sorpresa, descubrió que a esas clases no había asistido y no tenía idea de cómo hacerlo. Piquín dio la alarma rápidamente.

Unos cuantos renos, procedentes del escuadrón de Papá Noel, se pusieron a su lado de inmediato, acompañándole en sus volatines. Fueron dándole las órdenes precisas para que el aterrizaje fuera suave y sin consecuencias para sus patas.

Sin más contratiempos, Pastelito tomó tierra en pocos segundos. Papá Noel, en persona, se acercó a hablarle:

─¿Cómo se te ha ocurrido volar sin supervisión? Las consecuencias podrían haber sido terribles si no llegas a aterrizar correctamente.

─Lo siento mucho Santa. Sólo pensé en elevarme, en alcanzar la luna. Me dejé llevar, fui un necio.  No volverá a ocurrir, te doy mi palabra.

El anciano se rio con ganas de la promesa del joven reno. Acababa de tomar una decisión y así se la hizo saber:

─Desde ahora formarás parte de los renos sustitutos. La próxima Navidad será tu estreno. Debes practicar y hacer caso a tus instructores. ¡Volarás, Pastelito!

El reno no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que un ser que había nacido tullido, pudiera formar parte de lo más destacado del escuadrón? Recordó en ese instante las sabias palabras de Santa cuando le salvó del ataque del lobo hacía unos cuantos meses: “Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir”.

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En el desfile de Navidad del siguiente invierno, los trineos fueron pasando al ritmo marcado por los tambores de los elfos: ¡Pom, pom, pom! Primero lo hicieron los artesanos, luego los pintores, después los compositores de música navideña y, para terminar, los habitantes de la cuadra al completo, adornados con campanillas y arreos de terciopelo rojo, marchando marcialmente a lo largo de la linde del bosque. Todos los animales que habitaban en la foresta salieron, de inmediato, a admirar el espectáculo. Los osos, lobos, liebres, aves, renos, linces y glotones, hermanados en tan singular festividad, prorrumpiendo en vítores cuando aparecieron los protagonistas indiscutibles de la Navidad: Santa, enfundado en su traje escarlata y saludando risueño, seguido de un escuadrón de elfos y los doce renos que, formando un equipo perfecto, habían repartido, durante la pasada Nochebuena ─en las más mágicas horas del año─ millones de juguetes por todos los rincones del mundo

Mamá reno, llena de orgullo, junto con su hija Niebla vieron desfilar a Pastelito enganchado al magnífico trineo mientras las patas le caracoleaban en el aire. Gigantesco, poderoso y muy risueño el reno hizo sonar sus múltiples campanillas al divisar a su familia. Un sueño inalcanzable se había hecho realidad.

Posado en la oreja de Pastelito iba Piquín que le susurró entre gorjeos:

─¡Feliz Navidad, querido amigo!

FIN