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En un olvidado rincón del armario tropecé con algo singular, unos minúsculos zapatitos. Dos pares iguales, amarillos con rayas blancas, y tan pequeños que parecían pertenecer a algún duende. Apoyándolos en la palma de la mano, cual mágico resorte, volé al país de los recuerdos de caramelo: Días de sol y parque, de columpio, cubo y pala; de andares inseguros con besos de babas; de “Jesusito de mi vida” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”.

Perdida en mis ensoñaciones no escuché el ruido de la puerta de la calle al cerrarse.

-¡Mamá hemos encontrado trabajo!-

Y los duendes se metamorfosearon “ipso facto” en hombres hechos y derechos. Los miré sorprendida: ¿En qué parte de ellos vivirían esos bebés, dueños de los zapatos?

La respuesta la encontré en sus ojos. Ahí bailaba la mirada de cristal de unos niños felices.

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4 comments

  1. Los armarios siempre guardan muchas sorpresas, sobre todo los antiguos, los que están llenos de cajas y bultos poco definidos, recuerdos amontonados y …mucho cariño. Tu lo describes mejor que nadie, a través de tus palabras yo veo perfectamente a dos niños felices. Sigue así, es muy bonito poder leer tus creaciones.

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