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Al salir de casa, el otoño me golpeó en la cara con frío aliento de viento y agua, haciéndome tiritar en cada esquina.

Los últimos jirones de sueño, enganchados a mis mejillas, se esfumaron en un instante y la rutina, reina de mis mañanas, se impuso dura e inquebrantable, obligándome a apresurar el paso.

Subí por la calle de los sueños interrumpidos, que escapaban a través de las ventanas abiertas, todavía con olor a tibias sábanas y a lechos recién abandonados.

No lejos de donde me hallaba, en mitad de ningún sitio, parte calle, parte niebla, distinguí a un perro con un chubasquero azul. Iba unido a su dueño por medio de una larga correa, como si de un cordón umbilical  se tratara.

El can era adorable, de un color blanco algodonoso, pequeño y rechoncho. Lucía en su linda carita de mascota dos ojos como dos canicas de azabache. La oscura nariz, delicada e inquieta, iba y venía igual que una aspiradora recorriendo cada rincón y obligando a su amo a pararse una y otra vez, trabajando incansablemente en clasificar el aroma encontrado.

Su propietario no le permitía ni un segundo de asueto en su incesante búsqueda. El hombre luchaba contra la cortina de agua y viento, blandiendo un paraguas a modo de escudo, que le obligaba a caminar medio encorvado. De su boca salían sin parar un rosario de exabruptos como una letanía.

Ambos, perro y dueño, llegaron a una farola y la crisis estalló. De las patas del sabueso parecieron crecer garfios que se anclaron en el suelo. Su mirada se tornó desafiante y un gruñido sordo salió de la boca entreabierta:- “¡Ya está bien! Es mi tiempo ¡Permíteme disfrutarlo!”- Pareció gritar. La tensión de la correa se sostuvo durante unos largos segundos, de repente se aflojó de golpe. El can había ganado la batalla. Su hocico se fundió con fruición en el metal del iluminado poste.

Me dio tanta envidia su coraje, que eché a un lado mis obligaciones vespertinas. Decidí hace uso de mi colección de instantes sin gastar, de “mi tiempo”, con una llamada de teléfono: -¿Nos tomamos un café?-

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7 comments

  1. Me encanta tu imaginación, leyendo esta historia me he reído un montón al sentirme identificada con cada uno de los personajes . Con el dueño del perro, yo he tenido un perrito y entiendo cuando vas con prisa y se van parando en todas las esquinas. Con el perro, al exigir su tiempo.. y contigo por saber disfrutar del momento.
    Sigue haciéndonos disfrutar.

    Teresa

  2. Me ha gustado tu relato.
    Me recuerda a la importancia de disfrutar del momento. Algo que a menudo olvidamos con tanto trabajo y estrés.
    A seguir así.

  3. No nos damos cuenta, pero es verdad lo que relatas. Todas las personas que tenemos perro nos identificamos, pues yo misma todos los días por la mañana le digo a “LUNA”, venga hoy date prisa en hacer tus cosas que no tengo tiempo; ella me mira y sigue para adelante sin parar.
    Tengo ganas de que llegue mañana, para ver con que nos deleitas

  4. Mi perrita también se llama Luna y es como describes el perro del chubasquero azul. Es verdad que lo que para nosotros es una rutina a veces muy aburrida para ellos es el tiempo de sentirse perros de verdad, meter el hocico en todo lo que aparece frente a sus ojos y al fin de cuentas sentirse más libre. Los días de lluvia además son especialmente desagradables por lo menos en la ciudad, seguro que en el campo es más divertido. Desde que escribiste este relato observo más a los perros y sus dueños, y a veces me acuerdo del perrito del chubasquero.

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