EL PARQUE DE LA FUENTE DEL BERRO – Un antes y un después

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Este pequeño rincón verde ha estado siempre presente a lo largo de toda mi vida. Allí iba con mi familia algunos domingos, luego con mis amigos y más tarde con mis hijos. Recuerdo la primera vez que estuve en este marco incomparable, tendría alrededor de seis años. Fue toda una aventura alcanzar el oasis que se adivinaba en la lejanía. Para acortar camino desde nuestra casa, mi padre propuso bajar por un empinado terraplén y cruzar el lecho de un río seco, en la actualidad la M-30, para llegar a la orilla opuesta y poder acceder al parque. Llegamos terriblemente acalorados y cubiertos de polvo de los pies a la cabeza.

Quedé extasiada al descubrir mil caminos secretos, escaleras de piedra sinuosas, una cascada, un estanque con patos, un palomar habitado de cientos de inquilinos alados, pavos y la casita de Blancanieves ¡Sí, como lo oís! ¡Allí estaba en todo su esplendor! En realidad era una caseta para guardar los aperos de los jardineros pero con una línea encantadora de casita de cuento. Justo delante tenía un estanque con un pequeño chorro de agua. Por más que busqué no puede encontrar a los enanos, asunto que me sumió en una honda tristeza. Pero no duró mucho, mis hermanas y yo jugamos a saltar pequeñas canalizaciones, y entre la espesura hallamos una estatua, con cara de pocos amigos, que tenía un jarrón “mágico” de donde salía agua sin parar.

Las praderas, alfombradas de césped esmeralda, se encontraban alambradas y lucían carteles de “Prohibido pisar el césped”. Para hacer cumplir esa norma a rajatabla estaban los guardias del parque, personajes con uniforme marrón en el que resplandecía una gran chapa dorada. Llevaban en la boca casi constantemente un silbato que soplaban en el instante en que descubrían a algún niño pisando donde no estaba permitido. La poca gente que deambulaba por los contornos se sentaba en los bancos y disfrutaba de la quietud, de los olores de las plantas y de la vista incomparable de este romántico lugar.

Descubrimos la fuente que da el nombre al parque en una de sus salidas, hundida en un rincón. Varias personas se arremolinaban para llenar sus garrafas de aquel agua purísima. La probamos. A mí me supo como la de casa pero mi padre dijo que era una de las mejores que había paladeado. No volvimos por el mismo camino sino por Ventas, a mi madre no le gustó nada la aventura del terraplén.

Aún hoy sigo paseando por los mismos lugares que conocí cuando era pequeña. Pero ¡Han cambiado tantas cosas! Aparte del trino de las cotorras verdes que han desbancado a las cagonas palomas, de los silbidos de los mirlos y los chillidos de los pavos, hay un rumor de fondo desagradable, el que hacen los coches en la M-30 al pasar por uno de sus costados.

La casita de “Blancanieves” sigue en pie, pero desapareció la estatua del jarrón mágico. Primero alguien la decapitó y después se evaporó y con ella el chorro incesante de agua. Cerca de allí se ubica un nuevo estanque, el del cocodrilo, una plataforma con la línea de un saurio donde los galápagos trepan para tomar el sol. La cascada sigue cantando melodías de agua y espuma. Los patos se bañan en un estanque sucio y descuidado. Las praderas ya no tienen alambres ni carteles, ni casi hierba. En las horas de asueto grupos de futbolistas toman estos sitios como campos de fútbol, estas llanuras naturales que deberían estar dedicados a la lectura y a los juegos tranquilos. Con las patadas han ido arrancando toda la hierba. Grandes calvas aparecen aquí y acullá. Ríos interminables de gente, acompañadas de perros, bicicletas o niños invaden cada rincón, unas veces disfrutando y respetando el entorno, otras destrozando y ensuciando.

He descubierto que la mejor hora para visitarlo es la primera de la mañana cuando los jardineros, los pocos que quedan, están trabajando. Las estaciones más recomendables para pasear, sin duda, el invierno y la primavera, encuentras pocos paseantes y algún que otro deportista corriendo desaforadamente. La riqueza de árboles sigue siendo inigualable: castaños, magnolios, pinos piñoneros, secuoyas, prunos y muchos más se parapetan detrás de los aligustres. Hay estatuas a la memoria de Bécquer, a un conocido poeta y también a un violinista. Entre los rosales surgen dos esculturas modernas muy deterioradas, oxidadas, se caen a trozos. La fuente, famosa por sus aguas, en 1977 se enganchó a la canalización del canal de Isabel II. El líquido tan preciado en otros tiempos se había contaminado.

Hoy regresaba de la zona de Goya y al coger la calle que me conducía al Parque de La Fuente del Berro, justo a mitad de la misma, me he topado con un pavo azul y su harén de tres pavitas. Se encontraban bastante lejos del parque. Me han mirado con esos ojos saltones diciéndome adiós:- “¡Nos vamos, esto ya no es lo que era!” “Viajamos en busca de un lugar donde se nos respete y nos encontremos más tranquilos” – Y ganas me han dado de acompañarles.

 

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4 comments

  1. Que bonito es Madrid y que bien describes sus rincones, aunque ya no sean tan puros como hace unos cuantos años. Yo escucho los trinos de los pájaros cuando los escribes, y el agua corriendo por la fuente, las partes menos bonitas me gustan menos porque también me las imagino!, pero sigue siendo estupendo leerte.

  2. Ese terraplen por el que os llevó tu padre, es el sin par Arrollo Abroñigal,
    a mi me gustaba mas el parque como tu lo describes , Ahora ya no es igual,pero seguro que tu le sacas algo de poesia.

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