MIS TERRORES INFANTILES

Estoy segura de que la mayoría de los que estáis leyendo esto, habéis sufrido algún tipo de miedo, quizás desmesurado, cuando eráis tiernos infantes. En mi caso particular, siendo una niña tremendamente emotiva y un poco torpe, me hallaba en posesión de una buena colección de ellos. Véase unos claros ejemplos de los mismos: Las cuestas inclinadas, tan atractivas para mis amigos, me causaban una ansiedad desmedida porque siempre acababa en el suelo llena de roces y heridas. Los truenos me producían tal terror que gritaba inconsolable buscando un cobijo que nunca lograba. El coco, ese ser tenebroso con ojos brillantes que moraba en la zona más fría y oscura de mi casa, habitaba también en mis sueños, convirtiéndolos bastante a menudo en terribles pesadillas. Pero el que marcó mi fobia más absoluta durante muchos años fue, sin duda, Don José.

Don José dueño y director del colegio de mi barrio era mulato, alto y delgado como un junco. Su legado africano se encontraba no solo en el color de su piel, o en el pelo crespo y rizado como la lana, sino también en los gruesos y prominentes labios que solían curvarse con una sonrisa siniestra. Sus manos enormes abofeteaban mejillas, levantaban a los niños en vilo del pelo, y de su boca, de rictus malévolo, solo salían gritos y frases demoledoras, arrojando al pasillo a los castigados, siendo colocados cual penitentes de Semana Santa, de rodillas y brazos en cruz. Se movía como un rey despótico y cruel en la inmensa aula donde los alumnos nos sentábamos divididos en dos zonas, mayores y pequeños, separadas por su mesa y un pasillo.

A mis nueve años, asistir al colegio de mi barrio se convirtió en un auténtico infierno. El insomnio y los vómitos se hicieron mis compañeros asiduos, algunas veces paliados por los medicamentos que recetaba el médico, siempre escoltados con las mismas frases de aliento de mi madre: “Aguanta hija, es solo este curso. Si apruebas el acceso al instituto podrás perder de vista este lugar”. Espoleada por el éxito de mi hermana mayor, que había volado del horrible colegio hacía tiempo y contaba maravillas de su profesorado, aprobé, comenzando así una nueva etapa de mi vida en la que no tenía cabida el viejo profesor. O eso creía yo.

Allá quedó mi hermana, la más pequeña y última de nuestra saga, sufriendo en sus carnes el duro curso presidido por Don José y su diabólica instrucción. Ella también logró aprobar el acceso a la nueva escuela, aunque más arduo fue su rescate. Su libro de escolaridad, mil veces reclamado a tan funesto personaje y necesario para comenzar en el nuevo centro, había salido díscolo según palabras del malcarado director. Se había extraviado o traspapelado en la Inspección de Educación. Y de esta guisa nos vimos abocados a realizar una larga serie de peregrinajes, sin asomo de éxito, a tan amargo colegio con el fin de reclamar el dichoso documento. Fueron protagonizados en su mayoría por mi madre y mis hermanas mayores, pero hubo dos ocasiones en las que mi hermana pequeña y yo realizamos tan fragosa misión, sufriendo en nuestras carnes el escarnio y la burla de este ser y de todos los que allí se encontraban.

La última palabra la puso mi padre en una única visita de cinco minutos de duración a tan insigne rey del barrio. En escasos instantes mi progenitor salió del colegio llevando en sus manos el codiciado libro de escolaridad y dejando a un aterrorizado director con las solapas de su impoluta chaqueta hechas un guiñapo, señal de que había probado un buen sorbo de la medicina que él repartía con tanta generosidad.

A pesar de los muchos años transcurridos, Don José sigue vivo en mis recuerdos, en mis pesadillas, imagen de un pasado que nunca debió ser.

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