Pequeñas perlas de mi niñez – 1

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La plaza donde yo vivía, en Madrid cerca de Ventas, bullía de vida desde primeras horas de la mañana. Las tiendas se apiñaban unas al lado de otras, sin hacerse sombra, habitando cada rincón de la zona, donde los carros con caballos y pequeñas furgonetas se peleaban por descargar los géneros que traían a los comercios.

Siempre en primera línea se aposentaba el bar de la esquina que, desde su lugar privilegiado, miraba al parque; al lado, la cacharrería, que tenía algunas muñecas escondidas en ciertos huecos, a las cuales visitábamos mi hermana pequeña y yo, bastante a menudo, porque las encontrábamos muy solas, entre tanto cacharro. Luego estaba la relojería, el estanco, y pegando a mi portal, la tienda de ultramarinos que, aparte de galletas, sal, fideos, aceite…Poseía lo más valioso, un perro, llamado “bolita”, que se cubría de rizos marrones en invierno, adueñándose del felpudo del portal durante todo el año, cosa que enfadaba a la portera sobremanera.

Bajando un poco por la acera se encontraba la carbonería donde comprábamos el carbón y las astillas para encender la cocina de mi casa. El carbonero era un ser especial, muy simpático, que lo único que tenía blanco de su persona eran los dientes y los ojos. Subía a mi casa el saco de carbón con una caperuza en la cabeza e iba dejando a su paso montoncitos de polvo negro que luego mi madre tenía que barrer. A continuación se ubicaba la tienda de dulces y caramelos que siempre olía a azúcar y fresa, luego “Novelas” donde cambiabas tebeos y libros y, justo al lado, la droguería con su eterno aroma de lejía, perfume y regalos. Allí se hallaba un aparato increíble para arreglar los puntos saltados de las medias. No me cansaba de ver cómo en un segundo desaparecían “las carreras” sin dejar rastro. ¡Eso era pura magia!

En el centro de la plaza estaba el mercado, lugar de encuentros y charlas a la hora de comprar. Enfrente de mi hogar estaba la farmacia y una clínica donde ponían inyecciones. Ésta, a la que odiábamos profundamente, la visitábamos poco, no porque no estuviésemos enfermas, sino porque mi padre solía ponernos las inyecciones él mismo. Era un ser maravilloso que sabía hacer casi de todo, al igual que mi madre que desempeñaba mil oficios, en esos tiempos en que los electrodomésticos apenas asomaban en las tiendas, y si lo hacían, eran tan caros que no se podían adquirir.

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Había una vaquería, muy cerca de mi casa, donde íbamos a por la leche. Acostumbraba a acompañar a una de mis hermanas mayores que portaba una lechera de metal. Allí contemplaba a las vacas, colocadas en fila, mientras el vaquero llenaba el cacharro de leche. Mi madre la cocía en un recipiente especial, dedicado exclusivamente a éste líquido, el cueceleches. Dentro metía una plaquita de metal esmaltada en blanco, que avisaba con repiqueteo de pandereta, el momento en el que la leche comenzaba a hervir. Ése era uno de los sonidos que poblaban mi casa junto con los trinos de “Manolo”, un canario blanco como la nieve que cantaba contento en su lujosa jaula con bañera.

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Mi lugar favorito, sin duda, era el parque. Frondoso, con árboles altos y tupidos, perdidos en caminillos rodeados de setos que en verano creaban un microclima excepcional. No había columpios, pero sí tierra, palitos, hojas y piedras con los que jugábamos a mil cosas, sin aburrirnos ni un segundo. Allí se sentaban las mamás, con sus sillas plegables, a charlar y a hacer punto, mientras vigilaban a los niños de todas las edades que, como pequeños gnomos pululábamos por allí. En una esquina había una fuente, y allí nos apostábamos para ver a mi padre venir, al acabar la jornada de trabajo, caminando desde la boca de metro de Ventas. Le recibíamos entre besos y abrazos, a la puesta de sol, poniendo broche de oro al final de un día perfecto, como los que todos guardamos en la caja de recuerdos, muy dentro de nosotros.

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7 comments

  1. Que bonitos recuerdos. Vivíamos un cotidiano feliz, necesitábamos muy poco para entretenernos, y las golosinas sabían diferente, sabían mejor, hasta el calor resultaba más soportable que ahora y lo paliábamos con un pequeño ventilador y vaso de limonada bien fría. Resulta triste constatar lo dependientes que nos hemos vuelto de las tecnologías y de todo lo artificial para divertirnos un poco. Este relato tipo costumbrista, me ha parecido muy entrañable y melancólico, armonizando perfectamente con nuestra querida estación de primavera en la que os encontráis ahora en España.

  2. Todo tenía un color y un olor diferentes…. muy de verdad. Quizás nos hemos acostumbrado a que todo sea más arfificial y a tener tanto donde elegir que realmente no se le da importancia. Muy bonitos recuerdos que comparto y que puedo revivir aún solo con cerrar los ojos.

  3. Me he sentido transportado a la casa de los abuelos, el sabor de la bolita de anís en mi boca, el salón, la cocina y aquella nevera en el pasillo, que bueno, estaba en el pasillo porque no cabía en otra parte… El parque de las ventas, el mercado, las tiendas especialmente aquella que todavía cuando yo era pequeño tenía el logotipo de “Camy” de los años 60′. Muy melancólico, muy romántico y muy, muy bonito.

  4. Muy bonitos recuerdos, parece que no fue como lo cuentas, con que poco nos conformábamos y disfrutábamos.
    Me gusta tu forma de contarlo.

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