Pequeñas perlas de mi niñez – 2

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Muy cerca de nuestra casa se encontraba la parroquia del barrio, que tenía su entrada por la céntrica calle Alcalá. Era un edificio de ladrillo ennegrecido, muy viejo, que lindaba con una casa de vecindad. Se llegaba hasta el templo por un portalón oscuro que daba a un patio lleno de luz y plantas con aroma de cocido y lentejas con chorizo; desde éste, se accedía a la iglesia. Allí fue donde nos bautizaron a mis hermanas y a mí. Años después fue derruida y se construyó una iglesia más grande y monumental, ubicada dos calles más abajo.

Para acceder al templo, solo las mujeres y las niñas debíamos ponernos un velo en la cabeza. Mi hermana mayor llevaba un pañuelo de encaje negro y un breviario de oraciones y nosotras, las más pequeñas, un velo de color blanco, que se parecía más bien a la tela de las cortinas de las ventanas. Para evitar que resbalase de la cabeza había que sujetarlo con un alfiler.

Cuando sonaban las campanas anunciando la inminente misa, salíamos de casa endomingadas con los vestidos de gasa, cual capullos abullonados, que mi madre había almidonado la noche anterior; subíamos la cuesta a todo correr, nos colocábamos el velo y penetrábamos en la iglesia para descubrir que no quedaba ni un hueco para sentarnos.

La parroquia era minúscula para la cantidad de gente que asistía a la celebración, pero poseía gran cantidad de recovecos con algunos altares presididos por legiones de vírgenes y santos. En uno de ellos nos ubicábamos y así disponíamos de los escalones, que elevaban el ara, para poder sentarnos si nos cansábamos y una vista inmejorable de lo que ocurría en el altar mayor. Nosotras, las pequeñas, nos aburríamos como ostras a los cinco minutos y comenzábamos a bostezar hasta que llegaban las canciones y los trozos interactivos entre sacerdote y fieles. Por ejemplo el sacerdote decía: – “Jesús” o “Divina Misericordia- Y los fieles contestábamos: -“En vos confío”- . Como nosotras no entendíamos de qué iba todo aquello, no le encontrábamos el menor sentido a aquellas palabras, sobre todo mi hermana pequeña, que contestaba a pleno pulmón: -“El moscón frío” y se quedaba tan tranquila. Las dos cantábamos hasta desgañitarnos, pero no importaba, siempre había alguien que lo hacía mucho más fuerte y peor que nosotras.

Después paseábamos un rato por el parque hasta la hora de comer. El domingo era el mejor día de la semana. Primero porque había comida especial, “pollo frito” y “espaguetis con tomate”, todo un lujo para aquellos días, y segundo y más importante, ese día mi padre no iba a trabajar y podíamos estar todos juntos. ¡Eso sí que era estupendo!

bellas pinturas de niñas
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4 comments

  1. Me mondo!, esa asociación de ideas que nos lleva muchas veces a decir auténticos disparates. En fin entretenido, entrañable y divertido!. Sigue por favor

  2. Me lo estoy pasando pipa…. la verdad es que las madres trabajaban muchísimo más que ahora, me refiero dentro de casa claro, lavando la ropa hasta que se pudo disponer de lavadora, almidonando y planchando….. cocinando…. pero el domingo, era una gozada…

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