Pequeñas perlas de mi niñez – 4

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En aquello años, el único sueldo, más bien exiguo, que entraba en casa era el de mi padre, que trabajaba como encargado de una papelería de lunes a sábado. Mi madre, la administradora por antonomasia de nuestra familia de seis individuos, tenía que hacer malabares para llegar a fin de mes. No teníamos lujos, pero comida siempre había y de lo más variada, gracias también al buen hacer de mi abuela que enviaba productos de la matanza, harina de trigo, huevos y algún que otro habitante de corral que ayudaban, en gran manera, a enriquecer nuestra dieta.

Paloma-mensajera

Un día mi abuela nos envió una paloma , criada por ella misma, como regalo culinario para las más pequeñas. El animalito era de lo más lindo; mi hermana y yo le dábamos miguitas de pan y granitos de arroz que comía con gran voracidad. La pusimos nombre y todos los días la visitábamos en el baño, donde mi madre la tenía presa en un gran barreño. Llegó el domingo y, como siempre, hubo comida especial, pollo para los mayores y media paloma para cada una de las “niñas”. Cuando echamos el primer vistazo a aquel trozo de carne frita, y nos enteramos de que era nuestra amiga alada, el disgusto fue monumental. No hubo consuelo para nosotras, tanto es así que no pudimos comer. Mi abuela no volvió a enviar ninguna paloma más.

Lo que sí nos hizo llegar para Navidad, fue un pollo vivo, a través de la tartana que hacía el recorrido del pueblo a Madrid. Mi hermana mayor se encargó de ir a buscar a tan insigne huésped que, metido en una cesta, la acompañó hasta casa. Igualmente se le obsequió con un alojamiento en el baño, donde le dábamos de comer de vez en cuando hasta el momento en que mi padre, ejerciendo de matarife, le hizo pasar a mejor vida.

pollo

Llegó el día señalado para preparar el suculento manjar, y procedieron a encerrarse en la cocina los tres protagonistas de la obra: mi padre, mi hermana mayor y el pollo. Mi madre se quedó con nosotras para evitar que presenciásemos la ejecución y, de este modo, evitar que vinculásemos las tajadas que íbamos a comer, con nuestro amigo emplumado. En la cocina la escena se desarrollaba así: Mi hermana sujetó al pollo, en el tronco de madera que teníamos para partir astillas, intentando que no se moviera; mi padre empuñó el hacha y decapitó al animal de un solo tajo. El bicho, zafándose de manos de mi hermana, correteó por la cocina, a todo gas y sin cabeza, salpicando de sangre a diestro y siniestro. Aquello resultó tan surrealista que mi abuela no volvió a enviar más bichos vivos.

Mi abuela vivía en el pueblo, nos hacía visitas esporádicas y por eso precisamente, más apreciadas;  murió cuando yo tenía cinco años.  Aún tengo grabadas ciertas escenas de su estancia en casa, antes de que cayera enferma y falleciera. Por las mañanas en cuanto desayunábamos, mi madre nos dejaba ir a buscarla a su habitación y allí penetrábamos como una tromba. De carácter amable y risueño, siempre nos prodigaba una calurosísima buenvenida. Me sentaba a su lado, en la cama, observando sin pestañear cómo se peinaba el pelo, extremadamente largo y canoso, con unas peinetas de concha. Luego lo trenzaba meticulosamente y, después, se hacía un rodete en la nuca. La miraba embobada, igual que si fuera testigo de algún hechizo de cuento. Nos narraba muchas anécdotas del pueblo, sobre todo de animales, que era lo que más nos gustaba, en especial, la de “Cana” la yegua blanca,  un ser bueno, inteligente y noble, que siempre compartía el almuerzo con mi abuelo cuando trabajaba en el campo. Cuando estalló la guerra, unos milicianos requisaron el animal, con gran pena de mi abuelo. La devolvieron enseguida por inservible, la yegua cojeaba tanto que no resultaba útil. En cuanto estas personas desaparecieron de su vista, la terrible cojera se esfumó como por encanto. O también la historia del cerdito que se quedó encanijado y había que alimentarlo con biberón y los seguía a todas partes como si de un perro se tratara. Era tan pequeño que le vistieron con una camiseta para que no pasara frío, pero salió adelante y pudo indorporarse a la vida normal de la granja.

Mi padre, mi madre y mi abuela hace tiempo que se fueron, pero me dejaron tantos preciosos instantes, que brillan igual que pinceladas de oro en la historia de mi vida.

 abuelas

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4 comments

  1. Que bien recoges los sentimientos infantiles, y esos recuerdos se quedan fijos para siempre en la memoria, imágenes que incluso mezclamos con la imaginación, esa época feliz en que lo más importante era calcular si teníamos dinero para chuches y todo lo demás era diversión , escuchar historias y descubrir cosas nuevas.

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