MIS PRIMERAS VACACIONES

postiguet pabellones

La primera vez que vi el mar tenía seis años. Fuimos la familia al completo, mis padres, mis tres hermanas y yo. Después de un viaje interminable que duró toda la noche, llegamos al fin a la estación, en  Alicante, ciudad que se ubicaba en la misma costa. Cuando descendimos del tren nuestras piernas temblaban y no de la emoción precisamente, sino por el traqueteo al que habíamos estado sometidos durante las largas horas que duró nuestro viaje.

Después de dejar las maletas en la pensión, oscura, antigua, con olor constante a comida y con muchas y lóbregas habitaciones, decidimos ver el mar. Rápidamente nos pusimos el bañador, elemento indispensable para ir a la playa, preparamos además la bolsa con las toallas y la sombrilla. La carga se repartió entre mis padres y mis hermanas mayores. Las más pequeñas llevábamos el cubo y la pala que ya era suficiente lastre para nosotras. Cogimos un autobús que nos acercó a la playa de Postiguet, una gran playa que se extendía cerca de un castillo en pleno corazón de la ciudad.

Por primera vez sentimos el tacto de la arena en los pies descalzos, que se nos pegó a la piel y ya no hubo forma humana de librarse de ella en todas las vacaciones. Mi padre plantó la sombrilla, igual que si fuera un pino, cerca de la orilla del mar entre cientos de hermanas que se arracimaban unas al lado de las otras. Mi hermana pequeña y yo, deseosas de meternos en aquella bañera gigantesca, nos quitamos la ropa en un santiamén y nos dirigimos al agua.

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—¡Todavía no os podéis bañar, falta una hora para terminar la digestión! ¡Poneos el gorro que os puede dar una insolación! ¡A ver que os eche crema para que no os queméis!— Se oyó la juiciosa voz de mi madre.

Embadurnamos de crema de arriba abajo nuestros cuerpecillos del color de la leche, y esperamos pacientemente la hora señalada jugando con la arena. Entre las cuatro hermanas tratamos de construir una pequeña ciudad que se desmoronaba cada dos por tres, debido a los continuos pisotones de la muchedumbre concentrada en ese mismo lugar. Por fin mi madre dio luz verde al baño. Mi padre infló los flotadores para nosotras, las pequeñas. Las mayores aunque no sabían nadar, se metieron en el mar y se quedaron remojandose en la orilla. Con cierta aprensión hundimos los pies entre el vaivén de las olas y mi padre nos llevó mar adentro, lejos de la orilla, o eso me pareció a mí. El agua estaba fresquita y además sabía a sal. Allí estuvimos un buen rato bajo la atenta vigilancia de mi padre que nos daba consejos sobre cómo desenvolvernos en el mar y nos demostraba que sabía nadar como un pez. Cuando aprendimos a bucear, tiempo después, nos dimos cuenta de que tenía una peculiar forma de nadar:  cuando braceaba siempre dejaba una pierna apoyada en el suelo de arena.

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No nos imaginábamos que lo peor estaba por llegar. Se acercaba la hora de comer y debíamos volver a la pensión donde nos tendrían la pitanza preparada. Con los bañadores casi secos y tiesos por la sal y la arena,  un rato antes de dejar la playa estaba prohibido darse más baños para no subir al autobús mojados como pollos;  con el sol del medio día dándonos de lleno, y con la paciencia agotada, esperábamos nuestro transporte que tardó lo suyo en llegar y venía de bote en bote; viajar en plena canícula en el autobús era indescriptible, donde el hecho de respirar se convertía ya en una hazaña.

Al fin pudimos regresar a la pensión asfixiados de calor y rascándonos la piel, ya medio enrojecida, y tan desmayados que apenas nos quedaban fuerzas para comer. Aun así hubo que tragar lo que nos pusieron en el plato, una receta desconocida que a ninguno nos gustó. Después de la obligada siesta, otra vez a la calle paseo arriba y abajo contando palmeras, para más tarde patear el puerto y ver los barcos que llegaban y los que se iban al son de la brisa que nos despeinaba continuamente. Así nos encontramos en el mejor momento del día, el de beber horchata ¡Eso sí que fue un placer! ¡Estaba fresquita y deliciosa!

Y llegó la noche. El ardor de la piel era tal que no nos dejaba dormir. Todos, rojos cual tomates, y con la sensación de que salían llamaradas de nuestra espalda, nos sentíamos presa de un calor sin límites que no nos dejó descansar hasta la madrugada. Mi madre fue quien lo pasó peor y tuvo que dormir envuelta en tomate rayado durante días, receta especial de la dueña de la pensión, que fue lo único que le calmó el ardor de las quemaduras solares.

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Esta rutina playera se repitió durante los quince días que estuvimos allí. Cuando regresamos, muy morenos por cierto, encontramos nuestra casa doblemente acogedora. Todos suspiramos aliviados. ¡Se habían acabado las vacaciones!

Aún así volvimos a repetirlas durante varios años más, encontrando ese regusto de felicidad en estar todos juntos, en ese lugar en el que el cielo y el mar se fundían, donde los barcos de pesca siempre traían un montón de tesoros de las profundidades. Allí mi padre desbordaba felicidad; meciendose en la brisa  del mar Mediterráneo recordaba su infancia a orillas de otro mar, el Cantábrico  ¡Sólo por eso, merecía la pena haber ido tan lejos!

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5 comments

  1. Seguramente los mayores nunca nos damos cuenta real de lo que significan ciertas cosas para los más pequeños, pensando en lo mejor para ellos quizás no nos llegamos a poner en su lugar. No se me había ocurrido pensar que unas vacaciones pudieran ser tan monótonas y tan trabajosas. Todo no es maravilloso pero siempre he sacado momentos inolvidables de tan buenos,que perduran en mi mente aún hoy y me traen las vistas y los olores de entonces.

    1. Ten en cuenta que es un relato “novelado” y corresponde a los recuerdos de una niña de 6 años. Sin duda que en todos los años de vacaciones que pasé con mi familia, hubo días verdaderamente geniales. Ya hablaré de ellos en otros escritos, tal y como se merecen.

  2. Tener recuerdos de la niñez es estupendo,con el tiempo se valoran mejor las cosas, yo al menos lo hago, y mis vivencias cobran una importancia que antes no tenian.

  3. Lo interesante de tus relatos es la descripción de los pequeños detalles, porque hacen que seamos capaces de asomarnos a las sensaciones de entonces. Yo por mi parte recuerdo momentos de aburrimiento generados por no entender el porque de muchas cosas, de tener que recorrer distancias tan largas, o por qué hacía tanto calor o por qué no podíamos beber agua del grifo como en Madrid; pero tus relatos de recuerdos de la infancia me hacen sonreír siempre y avivar imágenes que ya estaban olvidadas en el baúl de los recuerdos.

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