HISTORIAS DEL RETIRO (Capítulo 1)

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Historias del Retiro es mi nuevo libro. Aquí os dejo el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis.


 

FotoPasteles

EL GUÍA

 Estaba sentada en un banco que asomaba al estanque del Retiro, “el parque por excelencia” de los muchos que adornan mi ciudad. Como cada mañana de sol y buen tiempo, había decidido dar un paseo, y qué mejor lugar que este parque al que dirigirme para disfrutar de las horas que tenía por delante. Era casi verano, hacía calor y el bullicio de la gente se mostraba en todo su esplendor, sobre todo a las orillas del lago, que presentaba un trasiego ininterrumpido a todo lo largo del paseo que lo bordeaba.

 Estuve observando la superficie del agua que reflejaba un cielo de junio, azul y sin nubes, interrumpido de vez en cuando por el boqueo de las carpas en su eterna búsqueda de comida. El sonido recordaba a los tiernos besos que dan los niños cuando están aprendiendo a hacerlo. Me puse a estudiar mi libro de inglés, me encontraba a las puertas de un examen final, y me esforzaba por entender cada párrafo, concentrada en tan ardua labor, no me di cuenta en qué momento llegó el que sería mi amigo, mi compañero de aventuras y mi llave a la fantasía.

 Repentinamente una sombra me envolvió, y allí estaba él. No era gran cosa físicamente: más bien bajo, delgado y calvo. Pero tenía unos ojos claros que me traspasaban.

 ─¡Hola! ¿Me puedo sentar?- Preguntó, mientras dibujaba una sonrisa burlona en sus labios.

 Le observé atentamente esperando las mismas frases banales, mil veces repetidas, de los que se acercaban pretendiendo una conquista: “¡Qué ojos tan bonitos tienes!” o “Te invito a un café”. Estas palabras solían ser los preliminares para tomar asiento y pasar a la siguiente fase: exposición de charla ¿quizá ingeniosa?, aderezada con toda suerte de miradas y estudiados gestos teatrales, con el fin de conseguir toda mi atención o mi número de teléfono.

 Pero no fue así en esta ocasión. Desde el mismo minuto que nuestras miradas entraron en conexión, comenzamos a charlar sobre la gente que pasaba, de pequeñas anécdotas acontecidas en el estanque; mentamos la falta de timidez de las ardillas, contemplamos las barcas mecerse bajo el sol abrasador y comentamos la gran diversidad de árboles que nos rodeaban…Irradiaba tanta tranquilidad y seguridad en sí mismo que no podía dejar de prestarle toda mi atención. Además presentaba ese toque de misterio indefinible que le envolvía de pies a cabeza. Tal vez fuera el traje oscuro que llevaba, bastante pasado de moda pero elegante, o los ademanes extremadamente educados, similares a los de mi abuelo. Su aureola misteriosa y su charla inteligente me intrigaban sobremanera y, así, la admiración hizo mella en mí a los pocos minutos.

 ─¿Te gusta el Retiro, verdad?─ Me preguntó taladrándome con su penetrante mirada.

─¡Me encanta! Siempre que puedo, me escapo un rato a algún pequeño rincón de este asombroso lugar─ Respondí alegremente.

─Ya me he dado cuenta, te he visto mucho por este parque─ Contestó el individuo.

 No pude dejar de sentir una punzada de temor. ¿Y si era un loco ó un maníaco? Pero no, era imposible, mi intuición me decía que podía fiarme de él. Esperé unos minutos en los que mis sentidos estaban en máxima alerta, preparada para abandonar el lugar por la fuerza y a la carrera si la situación se tornaba desagradable. Al final, decidí darle una oportunidad.

─Ya que conoces también mis costumbres me gustaría saber algo de ti ¿Quién eres tú? ¿Trabajas aquí?

─ Soy…alguien que estabas buscando hace mucho tiempo. Y sí, en cierto modo se puede decir que trabajo aquí. No salgo de este recinto nunca, formo parte de él ¿Está satisfecha tu curiosidad? Y he de decirte que tengo muy buen ojo con la gente, y creo que contigo voy a dar en el clavo─ Siguió explicando, ajeno a mi lucha interior.

 ─No pienses que busco pareja o algo por el estilo, te aseguro que no es mi intención, y si me dejas, te demostraré, llevándote a ciertos lugares de este vergel, que lo único que quiero es que desarrolles un sexto sentido que posees. Ya verás como una nueva perspectiva, la de averiguar cosas de este emblemático parque, de “sentir su historia”, va a propiciar que tu mente se abra a cosas que ni siquiera puedes imaginar…esta experiencia te puede hacer muy dichosa. Y si tú eres feliz, vas a lograr que lo sean los que se encuentran próximos a ti. Para terminar con esta parrafada, en pocas palabras, voy a decir qué es lo que ha provocado mi acercamiento, la decisión de ponerme en contacto contigo ¿De acuerdo?-

 Asentí con la cabeza, sin parpadear apenas. La curiosidad y el asombro se iban adueñando de mi persona a pasos agigantados.

─ ¿A qué lugar exactamente del parque se proponía llevarme?─ Pregunté con cierto temor, porque la verdad era que no pensaba moverme del parque para nada. Dejé que siguiera hablando…intentando descubrir sus intenciones.

 ─Eres una romántica y tu gran imaginación te hace capaz de creer en otras realidades que presientes, que están muy cerca de ti y que quieres descubrir ¿Me equivoco?─ Me preguntó interesado.

─¿Sabes? ¡Acaba de dar justo en la diana!─ Contesté expectante.

─ Entonces, ¡Sígueme! Te enseñaré el Retiro a mi modo. Lo verás a través de mis ojos ¿Preparada? No temas, no vamos a ir muy lejos ¡Vamos pues!─

 Tardé unos segundos en decidir si seguía adelante con esta extraña situación o salía disparada hacia mi casa. Una oleada de tranquilidad repentina hizo que mis piernas siguieran al individuo acompasando mis pasos a los suyos.

 Seguimos paseando unos cortos minutos y, de repente, apartó un seto y me indicó:

─¡Pasa por aquí, con cuidado sin romper las ramas! –

Allí, entre la fronda, había un camino diminuto de tierra que se dirigía a un bosquecillo de castaños.

─¡Ven vamos a seguir el sendero!- Exclamó alegremente.

Y así lo hicimos, dimos un pequeño rodeo de unos cuantos metros, y para mi sorpresa desembocamos de nuevo en el paseo del estanque. Pero algo extraño ocurría. La multitud de gente ruidosa, que minutos antes llenaba a tope la franja de terreno en torno al pequeño embalse, había desaparecido, amén de los vendedores ambulantes, todos y todo…Los árboles que observaba ahora eran diferentes, incluso el olor era más penetrante. El lugar era el mismo sin lugar a dudas pero muchas cosas habían cambiado: No había barcas por doquier, ni turistas haciendo fotos. La vegetación vestía, en algunos sitios, un traje de verdor mucho más tupido. El silencio apenas era roto por los trinos de multitud de pájaros.

En la lejanía, por fin, vislumbramos a dos personas paseando. Se trataban de un hombre y una mujer, vestidos con elegantes ropas de siglos pasados, cuchicheaban secretos que les hacían sonreír a cada paso. Los dos llevaban las manos enguantadas. El caballero, de largas patillas y bigotes retorcidos, se cubría del sol con una chistera gris, y la joven, de moño trenzado y adornada su cabeza con un lindo sombrero de paja con cintas de seda, se escondía del sol bajo una sombrilla de encajes, que hacía juego con su elegante y fresco vestido largo. En el momento de cruzarnos por el paseo nos saludaron con una inclinación de cabeza, un poco sorprendidos de nuestra presencia allí. Pensé que quizá eran actores disfrazados para posar en las fotos de los turistas. Seguí haciendo conjeturas hasta que interrogué con la mirada a mi compañero. Me respondió de inmediato:

—Como ves, no importa el tiempo o la época en la que ahora nos encontremos, el Retiro sigue estando aquí. ¡Puedes observarlo como era antes y disfrutarlo! – Exclamó con voz soñadora y esbozando una sonrisa. Me quedé pasmada.

Había muchas más flores, compitiendo en colorido, tamaños y formas, que las que había visto nunca por allí; el aire era más intenso, como si la carga de oxígeno estuviera concentrada, con aromas de sol y aderezado de primavera y de promesas de verano. El estanque presentaba unas aguas de cristal, limpias y transparentes, sin botes de refrescos flotando en su superficie. Peces de colores nadaban tranquilos en su pequeño mar de agua dulce. Solo había dos diminutas barquitas con dosel, semejantes a cáscaras de nuez, habitadas por sendas parejas de enamorados, mirándose intensamente y sonriéndose tontamente; pensé que de un momento a otro se iban a derretir de puro amor.

No me cansaba de mirarles, de coger flores a mi paso ¡era todo tan extraño y encantador!

El caballero me hacía notar con sus comentarios la atmósfera de tranquilidad y sosiego que se respiraba en esos instantes. No se apreciaban edificaciones asomando entre los árboles, era igual que haber viajado al pasado. ¿Sería una ilusión, mi imaginación desbocada la que me hacía soñar? ¿Quizá vivía una realidad alternativa? El hombre se mostraba correcto en todo momento, hablando cadenciosamente como si el tiempo no tuviera importancia. ¡El tiempo! Miré mi reloj y dije pegando un salto:

—¡Es tardísimo! ¡Lo siento, tengo que volver a mi casa! ¡Me esperan para comer!- Exclamé apenada y presurosa.

Mi acompañante no intentó retenerme, ni siquiera protestar. Prestamente dimos la vuelta y con total confianza le seguí diligente. Mi sentido de la orientación, de por sí bastante deficiente, se hallaba totalmente trastocado. Encontramos nuestro camino de vuelta sin problemas, reconocí varios troncos de árbol retorcidos con formas imposibles que se habían grabado en mi memoria, y así en pocos minutos, retornamos al moderno estanque que tan bien conocía, bullicioso y lleno de gente, con patos y palomas volando a ras de suelo, con echadores de cartas bajo sus sombrillas de tela a rayas. La tranquilidad y el sosiego habían sido reemplazados por gritos y jaleo de ir y venir, el barullo típico de un día de verano.

Nos despedimos en la  salida de la Puerta de Alcalá. Le di las gracias por tan extraño viaje al pasado y quedamos en que él me encontraría cuando volviera a pasear por allí.

—Sabré que estás aquí— Susurró misterioso —Tengo un sistema de radar infalible para detectar a mis personas favoritas— Comentó, mientras me lanzaba una de sus miradas penetrantes cargadas de ironía y buen humor.

Salí corriendo para alcanzar el autobús que estaba a punto de salir de la parada, y que  hacía escala en mi barrio. Tan concentrada en mi objetivo me encontraba, trotando a todo gas, que, sin querer, tropecé con dos personas que se cruzaron inesperadamente en mi loca carrera. Me disculpé sin pararme apenas hasta que, de súbito, caí en la cuenta de que los conocía: ¡Oh Dios mío, eran ellos! ¡La extraña pareja vestida de época! ¡Los enamorados del viejo estanque! Reconocí sus caras, a pesar de sus peinados y prendas de última moda. Me miraron e inclinaron la cabeza en señal de complicidad, igual que si me hubieran reconocido.

Intensamente turbada, llegué al autobús y subí. Desde mi asiento los seguí con la mirada a través de los cristales de la ventanilla. Iban de la mano, en vaqueros, riéndose de nimiedades, mirándose el uno al otro perdidos en su mundo de dos. El pasado y el presente no tenían barreras para los fantasmas.

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