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Querido amor,

Seguro que sabes quién soy. Me atrevo a escribirte porque con tu actitud de estos días, me has demostrado que correspondes a los sentimientos que me embargan desde que tuvimos nuestro primer encuentro.

He de confesarte que cuando me enteré de que había un inquilino nuevo, justo encima de la portería, sentí una emoción indescriptible. Me dijeron que eras de mi edad, que llevabas un extraño aspecto con tus pelos de punta y tus vaqueros rotos por donde asomaban horrendos tatuajes de arañas y, además, que te acompañaba una guitarra eléctrica. Al escuchar estas descripciones detrás de la puerta de las basuras, comprendí que eras mi alma gemela y me dispuse a conquistarte.

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Lo tenía todo pensado para coincidir contigo en el rellano del portal. Cuando escuché que salías del piso, me quité las gafas porque soy miope, y mi madre dice que lo único bonito que tengo son los ojos ¡Ya sabes cosas de madres! Después me escurrí hasta la escalera para esperarte. Me emocionó en gran manera, sentir un lametón en mis dedos apoyados en el pasamanos y juzgué que podría ser el preludio de un romance muy apasionado, sobre todo cuando oí tu voz profunda que me saludó con un gracioso gruñido. Aunque también he de decir que me pareciste un poco bajito y peludo, pero ¡Tan varonil!… Luego Don Cosme interrumpió el encuentro cuando sacó su perro a pasear, aunque no me importó la intromisión porque quedó patente que te había gustado.

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A partir de este momento me devané los sesos buscando una forma de alcanzar tu corazón. Llegué a la conclusión de que la música sería ese camino para llegar hasta ti. Me compré un ukelele e hice un cursillo por internet en tres lecciones. Esa misma noche te acompañé con mi instrumento mientras tocabas la guitarra. Debió de gustarte mucho mi forma de hacerlo, porque inmediatamente y con un entusiasmo sin límites, dejaste la guitarra para acompañarme con un palo con el que golpeabas rítmicamente el techo de mi habitación ¡Me sentí tan unida a ti!

Te esperé el otro día en el vestíbulo junto al espejo, donde la luz del sol daba de lleno. Estuve ensayando posturas sexis para tentarte y he de decir que el resultado fue óptimo. Me maquillé y peine especialmente para esta ocasión, haciendo hincapié en el bermellón de mi cabello que conseguí poner de punta. Estoy segura de que mis labios de color sangre terminaron de dejarte sin una palabra en la boca, porque cuando pasaste por mi lado, emitiste un grito de sorpresa tal, que se me llenaron los ojos de lágrimas. En ese momento se me hizo una contractura en la espalda de aguardarte durante toda la mañana, pero en dos semanas y cinco sesiones con el “fisio” quedé como nueva.

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Esta noche te espero a las nueve, en el cuarto de las basuras, donde nadie nos molestará a esas horas. Esta vez llevaré las gafas para poder ver cada detalle de tu cara. Como no he podido hacerme ningún tatuaje, mi padre ha amenazado con matarme como se me ocurra aparecer con uno ¡Ya sabes cosas de padres!, me he puesto unas pegatinas de Spiderman que vienen en los chicles. Seguro que te encantan.

Espero impaciente este momento. Te envío un beso como adelanto de mi amor eterno.

Firmado : La hija de la portera

P.D.: ¡Llevaré el ukelele!

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3 comments

  1. Me parto , que divertido!. La verdad es que son muchas veces las que percibimos cosas que no son y dan lugar a los ridículos más espantosos, pero desde luego el encuentro en el cuarto de basuras promete.

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