HISTORIAS DEL RETIRO (capítulo 9 – El Palacio de Cristal) Promoción

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Hola a todos.  Ante todo gracias por visitar mi página. Es muy gratificante observar que no solo me habéis visitado desde España sino también desde varios puntos de Europa, América del Norte y del Sur. No deja de ser sorprendente ese hilo mágico que nos conecta a lugares lejanos en distancia, pero que en un momento se convierten en cercanos, tanto, que os aproximan a Madrid, a mi barrio, igual que  si fuéseis mis nuevos “vecinos de al lado”.

Para todos vosotros, queridos “vecinos de al lado”, aquí os dejo un nuevo capítulo de mi segundo libro HISTORIAS DEL RETIRO, publicado en Amazón en papel y en versión kindle. Es una obra de lectura fácil, os la recomiendo sobre todo en esta época de vacaciones tanto para llevar en la maleta (pesa poco 84 pags.), como para leerla en la playa o la piscina. ¡Animaos a echarle un vistazo, os gustará!

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Capítulo 9 de Historias del Retiro – EL PALACIO DE CRISTAL

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Amaneció nublado y con pronóstico de alguna tormenta aislada. La atmósfera estaba cargada del bochorno estival. Más parecía caldo que aire para respirar lo que entraba por las ventanas de mi piso cuando estuve completando la limpieza del mismo. Acabada la tarea, me dispuse a aprovechar las horas libres que me separaban de la comida, saliendo a la calle en dirección al Retiro. Hice el trayecto andando, de tal guisa que, cuando alcancé mi meta, me hallaba chorreando de sudor. El sumergirme en aquella área verde y con abundante presencia de agua fue como un bálsamo para mí.

Anduve sin rumbo fijo durante un rato en espera de vislumbrar al caballero que, últimamente, me servía de guía en el descubrimiento de otro Retiro alternativo. No di con él. Juzgué que estaría ocupado con otras personas, mostrándoles esas mismas maravillas que yo ya había contemplado. No me sentí celosa pero sí un poco apesadumbrada por no tener el placer de tan insigne compañía.

Paseé por el lago, mirando el cielo plomizo que se reflejaba en el agua, imagen que se rompía de vez en cuando al pasar una barca de remos. Me dirigí a uno de mis lugares favoritos, El Palacio de Cristal.

El camino bordeado de castaños me condujo hasta la misma puerta de la construcción, custodiada por una escalinata que daba paso a un atrio donde grandes columnas clásicas de piedra indicaban la disposición de la entrada. La estructura metálica que lo sostenía apenas se notaba, quedando totalmente eclipsada por la estratégica colocación de paredes y techos de cristal, siguiendo la forma de trébol de la planta, y coronada por una pequeña cúpula parecida a la de las iglesias, sostenida aquí y acullá por una buena colección de columnas jónicas fabricadas en hierro, que le daban al edificio un innegable aire de templo griego. Un pequeño friso de cerámica en el que se observaban ánades y motivos vegetales, ponía cierta nota de color de naturaleza en tan transparente espacio. El exterior se encontraba rematado con unas gárgolas de animales en cuyas bocas se insertaban los canalones para una rápida evacuación del agua de lluvia. Su apariencia de invernadero lujoso y gigantesco ya que, en realidad, se construyó para ese fin, se adivinaba al primer vistazo.

La razón de ser de aquel edificio tan especial, no fue otra que la de servir de gran escaparate: En 1887 tuvo lugar la  exposición de Filipinas, colonia española por aquel entonces, con el fin de enseñar al mundo entero nuestro poderío de ultramar. Se ubicó en el parque más grande y representativo de Madrid, El Retiro. El Palacio de Cristal o, como también se le denominó en las crónicas de aquella época, “catedral de vidrio sobre una colina de césped”, se levantó para acoger a la multitud de plantas tropicales que se trajeron desde allí. Pero según las antiguas informaciones, aparte de la vasta colección botánica transportada desde lejanas tierras, también se trasladó una importante carga humana de nativos pertenecientes a las islas, llamados igorrotes, a los que se les obligó a vivir al lado del lago en construcciones similares a las que ellos poseían en sus ignotos hogares, actuando como pequeños personajes de teatro en una obra de grandes proporciones. A la puerta de las chozas éstos nativos se dejaban fotografiar y pintar por cientos de visitantes, cual atracción de feria, incluso se los podía observar surcando las aguas del lago con sus barquichuelas de madera construidas a mano por el canal que entonces existía y que comunicaba con el gran estanque. Este hecho resultó un espectáculo de lo más espléndido que no obtuvo la resonancia internacional que se hubiera deseado, pero sí resultó un magno acontecimiento para los españoles de aquellos tiempos.

Me senté en uno de los peldaños de la escalinata que descendía adentrándose en las aguas del estanque, donde un surtidor de agua se elevaba varios metros sobre las cabezas de patos y cisnes que pululaban muy ufanos por sus alrededores. Ensimismada en la contemplación de la escena, una voz conocida me trajo de vuelta a la realidad, al mismo tiempo que gruesas gotas de lluvia comenzaban a caer como preludio a una gran tormenta.

            —¡Hola, querida amiga! ¡Vayamos dentro antes de que nos empapemos!

Escaso público quedaba dentro del pabellón acristalado; en esos momentos no se exhibía ninguna exposición y los pocos que entraban lo hacían solamente por el placer de admirar la estructura de cristal sin adornos ni artificios, y para poder contemplar a través de esos antiguos vidrios una singular visión del lago y del bosquecillo de castaños que, amorosamente, resguardaba la construcción transparente.

Mi acompañante presentaba el mismo aspecto de siempre, patillas atildadas, bigote recortado, ojos chispeantes, traje antiguo y su eterno aire de misterio. Me condujo a uno de los rincones más apartados de la puerta y dijo:

            —¿Dispuesta para un nuevo viaje?

            —¡Claro que sí! ¡Vamos allá!

            —Cierra los ojos, y cuando cuente hasta tres, ábrelos inmediatamente.

Y así lo hice. Mis párpados se abrieron a una gran luminosidad. Me encontraba en el mismo sitio que unos minutos antes. El sol calentaba el recinto y entraba a raudales convirtiendo el lugar en un invernadero donde costaba respirar el aire tropical. El olor a verdor era altamente exagerado. Todo el reciento aparecía abarrotado de plantas gigantes de grandes hojas lanceoladas, algunas alcanzaban el techo de cristal. Unas cuantas palmeras descollaban entre los vegetales que nos rodeaban. Enfrente de la puerta distinguí un trono encumbrado en una plataforma y rodeado de palmeras y tapices. Pero ¿qué acontecimiento sería aquel en el que nos hallábamos sumidos?

La orquesta, que se ubicaba en el exterior comenzó a tocar el himno nacional. Dos filas de indígenas emplumados, vestidos con sus trajes típicos y sus armas, se colocaron a cada lado de la entrada del recinto. La gente de nuestro alrededor, compuesta de la aristocracia, altos dignatarios, militares, senadores, diputados y ministros, representantes de lo más selecto de la sociedad española, estábamos ubicados a cada lado de la alfombra tapizada que partía desde la puerta hasta el trono. Las indumentarias eran de lo más extraordinarias, sedas, sombreros y trajes de etiqueta se vislumbraban por doquier. Todos los allí presentes comenzaron a vitorear a la reina regente Doña María Cristina, viuda del rey Alfonso XII. La silueta de la dama se recortó en la puerta, vestida totalmente de negro, llevando como acompañante a su hija Isabel que con un elegante traje azul ponía el contrapunto en la pareja. Instantes después se declaró inaugurada la exposición y todos los  presentes nos movilizamos para visitar los pabellones allí expuestos.

Yo estaba encantada con aquella “Muestra”, máxime llevando una compañía tan culta que me informaba “de todo” y “de todos” con los que tropezábamos. Salimos del Palacio de Cristal y atravesamos un encantador puente de madera que se elevaba sobre un canal. Admiramos el poblado Igorrote, construido con casas de madera y caña. Alquilamos una barquita pilotada por un hábil nativo que nos condujo por todos los rincones del lago. En uno de ellos descubrimos una cabaña donde un grupo de mujeres se afanaba en tejer con sus telares manuales, hilos sacados de capullos de gusanos de seda y fibras extraídas de la planta del abacá. Entre los animales que se encontraban diseminados entre los bosquecillos pudimos admirar lémures voladores, jabalíes, venados y varias alimañas endémicas de las islas del Pacífico.

Al regreso pasamos por el palacio de Velázquez donde se concentraba el grueso de los productos traídos de ultramar. Visitamos las cinco secciones en las que admiramos la antropología, mineralogía, etnografía, productos típicos traídos de las islas Filipinas y terminamos la visita con la botánica y la zoología.

Multitud de dibujantes y retratistas trataban de plasmar el ambiente exótico de aquel día. Nos hicimos dibujar por un artista entre un pequeño grupo de carolinos y jaolanos. Probamos comida típica filipina y cuando el sol comenzaba a ponerse, comenzaron a sonar los tambores acompañados por los cantos de los aborígenes,  voces cargadas de nostalgia por la lejana tierra.

Regresamos al interior del Palacio de Cristal y en un segundo me vi de nuevo en el rincón del que había partido hacía unas cuantas horas. Curiosamente mi reloj marcaba cerca de las dos de la tarde, hora de regresar a mi casa.

            —¿Qué te ha parecido el viaje de hoy?

            —¡Encantador e instructivo! Jamás hubiera imaginado que aquí se celebró tal evento. Fue una pena que no tuviera el eco internacional que se esperaba. Se hizo un gran esfuerzo.

         —¡Es cierto! Un gran trabajo por parte del Gobierno, intentando estrechar lazos entre los filipinos y los españoles. Unos años después reclamarían la independencia, entraríamos en guerra y perderíamos la colonia para siempre.

            —Pero quedó en el recuerdo de muchos, este bonito día de inauguración. Y sobre todo la permanencia de este recinto mágico de cristal y recuerdos.

Nos dirigimos hacia la salida e igual que ocurría en todas mis visitas, el personaje no dio ni un solo paso fuera del recinto del parque, de la misma manera que si una invisible barrera le impidiera tal hazaña. Le vi saludarme con la mano cuando el autobús arrancó camino de mi casa.

En el dominical apareció un artículo dedicado a los países que anteriormente habían sido colonias españolas. Lo devoré con avidez. Encontré el apartado de Filipinas, su historia, dibujos y fotografías de la época. En uno de los grabados en los que se reproducía la escena de inauguración por parte de la reina regente, aparecíamos todos y cada uno de los personajes que nos dimos cita allí. Y digo “aparecíamos” porque allí nos encontrábamos, perfectamente retratados a plumilla y acuarelas, mi ufano acompañante al lado de mi humilde persona. Se me reconocía perfectamente dado lo extraño de mi indumentaria, un vestido corto negro y blanco, y mi peinado de coleta de caballo, tan atípico entre atildados moños con adornos de flores o tocados de perlas y encajes.

Recorté con unas tijeras la increíble reproducción del periódico y con mimo la deposité en mi cajón de los tesoros, ese lugar que algunos poseemos, donde guardamos aquellos objetos que son muy valiosos sólo para los dueños de los mismos, gotas de preciosos recuerdos vividos, o tal vez soñados. FIN

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3 comments

  1. El Retiro es y ha sido siempre un lugar especial de encuentro, disfrute de la naturaleza y espacio para la cultura. Ha conocido tiempos mejores y esperemos que recupere pronto su lozanía. La exposición referida debió ser un gran acontecimiento al que me habría gustado asistir, que maravilla que hubiera más canales y se pudiera ir en barca por este sitio tan precioso. Una historia estupenda.

  2. Un estupendo paseo por la historia, colmado de detalles e imaginación. El detalle del retrato me emociona porque a lo mejor eso sucede en realidad, pensando en que hemos podido vivir otra vida… o varias diferentes y ser protagonistas en momentos históricos.

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