UN VERANO EN MORALZARZAL

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Nada hacía preveer que a partir de entonces, este pueblo iba a formar parte de mis imágenes más queridas, esas que se guardan forradas de terciopelo en el cajón de los tesoros de la memoria. Conocí Moralzarzal por primera vez cuando tenía seis años. Fue en la primera quincena de septiembre de 1964.

Mi padre hacía varios años que trabajaba como encargado en una papelería en la céntrica plaza de Tirso de Molina, establecimiento muy antiguo con más de cien años de existencia que sin duda se reflejaba en la fachada de madera oscura y medio carcomida donde se insertaban unas vitrinas adornadas de objetos de mil colores consistentes, sobre todo, en una extensa gama de papeles y cartulinas, envases de cartón de varios tamaños, objetos de escritorio y, lo que tenía más valor para mí, una buena colección de cuentos. El jefe de mi padre, le dejó las llaves de un chalet que poseía cerca de Madrid, a unos cincuenta kilómetros, en el pueblo de Moralzarzal. El aceptó encantado y cuando llegó la fecha señalada, toda la familia se movilizó, llena de ilusión, hacia esta localidad de la sierra.

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A falta de un turismo familiar, ya que los recursos económicos de entonces eran bastante precarios, nuestras personas y demás enseres, fueron transportados por la furgoneta de la papelería hasta la misma puerta de la mansión serrana. Mi padre iba sentado al lado del chófer y el resto de la familia, mis tres hermanas y mi madre, en la parte de atrás, acomodándonos en unos banquitos que poseía el vehículo para transportar las mercancías. Así comenzamos las vacaciones entre bamboleos de baches y el mareo que se adueñó de todas las que íbamos, cual paquetes, arremolinadas en la trasera del Citroën dos caballos.

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Al bajar del coche, tras acomodar nuestros pies y estómagos a tierra firme, asunto que llevó su tiempo, lo primero que nos impresionó fue el maravilloso olor. El perfume de tomillo y jara se nos metió muy dentro, llenándonos por completo con el aroma de aire del campo, tan limpio que nos cosquilleaba la nariz, dibujándonos una alegre sonrisa en nuestros rostros. Quedamos gratamente sorprendidos por el espacioso recinto. El chalet, la viva imagen de la casita de campo soñada, era de madera y piedra muy abundante en el lugar; se encontraba ubicado en una gran parcela de unos dos mil metros cuadrados. Tenía dos pozos de roca; uno enorme, de altas paredes, situado detrás de la casa, y otro en la parte delantera de la fachada, con brocal y tapado con una chapa en la que se arremolinaban tiestos con flores. Todavía no sabíamos que nos encontrábamos en “el pueblo del agua”, como descubrimos más tarde en nuestros largos paseos por la zona, y también en la imagen del escudo ubicado en la fachada del ayuntamiento: una fuente de piedra manando agua sin fin a través de dos caños de latón.

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La casa, a mis ojos de niña, parecía inmensa. Su estructura se componía de una planta principal a nivel de la calle en la que se encontraban la cocina, el baño, el salón con una gran chimenea y tres habitaciones. Las chirriantes escaleras que conducían a la buhardilla, se percibían medio carcomidas, resultando bastante peligrosas. Sólo mi padre se atrevió a acceder a dicha estancia, firmemente agarrado al pasamano. Allí, según sus palabras, se amontonaban multitud de viejos enseres y apolilladas ropas. La primera prohibición de las vacaciones quedó fijada:

 “Bajo ningún concepto deberíamos trepar por los viejos escalones y aventurarnos en el polvoriento recinto”. Las cuatro asentimos con la cabeza, la palabra de mi padre, refrendada por la seriedad de su mirada, era la ley…CONTINUARÁ

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2 comments

  1. Veraneo memorable…….. quizás debiéramos mirarlo todo con esa limpieza y sorpresa que tiene la mirada de un niño, las cosas serían siempre mejores y llenas de sorpresas.

  2. Estoy de acuerdo con Maribel. Ademas como siempre tus descripciones nos trasladan a lugares y epocas donde conseguimos revivir sensaciones estupenda.

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