UN VERANO EN MORALZARZAL – 2

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Las ventanas de la casa de piedra, enormes y colocadas a un palmo del suelo, se abrían igual que grandes ojos, a un patio con robles y nogales entre los cuales distinguimos un balancín. Alborozadas por tan portentoso hallazgo, quisimos hacer de él parte de nuestros dominios, para lo cual seguimos los pasos de Mónica, que a sus once años era la más intrépida del grupo, y tomando la iniciativa saltó por una de las ventanas que daba al jardín. Las más pequeñas imitamos su ejemplo a toda velocidad llenas de alegría ante este nuevo desafío. Mi madre gritó alarmada ante la posibilidad de que nos rompiéramos algún hueso. El resultado se convirtió en una buena reprimenda para mi hermana y en la segunda prohibición de la jornada:”Nada de saltar por las ventanas aunque fueran bajitas; obligatoriamente había que salir por el gran portón para alcanzar el jardín”. He de decir que esta regla la infringimos en determinadas ocasiones. No lo podíamos evitar, nos resultaba muy divertido  acceder al jardín de esta peculiar forma.

Adosado a la casa había un cobertizo en el que se guardaban los útiles del jardín y, donde apareció uno de los juguetes más codiciados por nuestra mente infantil, una bicicleta. Se encontraba un tanto oxidada pero para mi hermana Mónica resultó un descubrimiento fuera de serie; se adueñó de la misma que le iba como anillo al dedo, y así en pocos días logró mantener el equilibrio sobre el artilugio y rondar por la propiedad a toda velocidad. Las pequeñas la mirábamos con envidia y ella que enseguida se compadecía de nosotras, intentó enseñarnos el arte recién aprendido. Pero el cachivache nos quedaba grande, aun así Mónica nos ayudaba a las dos a trepar y a colocar el trasero en su sitio. Una de las veces mi padre nos sorprendió cuando me hallaba subida al sillín de la bici, con las piernas estiradas al máximo en un vano empeño de llegar a los pedales, a punto de volcar a pesar de los ímprobos esfuerzos de Mónica por mantenernos a mí y a la bicicleta en pie. La tercera regla quedó expresada así:

“Las pequeñas no montarán en bicicleta, a no ser que el sillín sea sujetado por mamá o papá”.

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Un poco enfadadas terminamos meciéndonos a toda velocidad en el balancín, asunto que también obtuvo su regañina correspondiente. Pensé que los mayores tenían la misión de fastidiar en cualquier ocasión todo juego que resultara divertido.

A pesar de estas duras leyes y otras más que fueron dictando mis padres sobre la marcha, Diana y yo aprendimos a disfrutar dentro de nuestras limitaciones de niñas de pocos años. Teníamos mucho que explorar por el jardín y la nueva casa y estábamos convencidas de que encontraríamos algún juguete especial para nosotras. ¡Y vaya si lo encontramos!

La primera noche transcurrió eterna para mí, en esa casa de mil sonidos. Mi madre nos había repartido por las habitaciones, juzgando que las dos pequeñas debíamos dormir con una de las mayores por si sentíamos miedo durante la noche. Me alegré mucho de que me tocara como compañera de cama a mi hermana Mónica que era muy alegre y vivaz y sobre todo no se enfadaba por nada. No le importó en absoluto adaptarse a mi rutina de niña extremadamente miedosa. Así antes de abandonarme al sueño, contaba las arañas que vivían en el techo de nuestro cuarto, que eran muchas por cierto. No podía dejar de pensar en ellas cuando me metía en la cama. Me aterraban, sobre todo por si decidían bajar a explorar y pasearse por encima de nosotras. Sumida en un sueño intranquilo, cada dos horas despertaba a mi hermana que, pacientemente, encendía la luz de la mesilla. Entre las dos contábamos los arácnidos del techo, haciendo balance de que no faltara ninguno, asegurándonos que seguían ocupando los lugares de origen antes de volvernos a dormir. Esta intempestiva costumbre se extendió a las catorce noches que pasamos en la casa. Aunque mi madre intentó deshacerse de los bichos en numerosas ocasiones, eran reemplazados inmediatamente por individuos semejantes. Llegué a la conclusión de que debían pertenecer a una familia muy numerosa.

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La hora del baño también revestía, a mi entender, una buena dosis de valentía. En el desagüe de la bañera vivía un impresionante zancudo del tamaño de una mano. Se agarraba con sus largas patas a la rejilla del sumidero y aguantaba la tromba de agua y jabón que caían en cascada después de utilizar la ducha. Le observábamos salir indemne de cada ataque reclamando el albo recipiente como dueño y señor, donde se paseaba arriba y abajo como un perro guardián. En el cuarto día de nuestra estancia, perdió la batalla frente a mi madre que vació media botella de lejía con abundante agua por el conducto, arrastrando a tan insolente huésped.

La luz del sol disipaba como por encanto los terrores nocturnos y siempre traía nuevos descubrimientos. Ese día después de tomar el desayuno, las tres pequeñas bajo la vigilancia de mi hermana mayor, nos dirigimos al jardín. Jugamos en el balancín un buen rato. Cuando nos cansamos de columpiarnos en todas las posturas posibles, decidimos fabricar tesoros y esconderlos por varios puntos de la parcela. Mi madre nos regaló un surtido de chapas, tapones de corcho y tapas de tarros, que nos parecieron objetos preciosos. Cavamos pequeños huecos con nuestra pala de playa y los fuimos rellenando con un sinfín de cacharros. Después de tapar la oquedad, señalábamos el lugar del enterramiento con una piña o una rama de árbol. Así estuvimos unas cuantas horas, sepultando y encontrando cosas. Cuando el juego perdió interés, corrimos al interior de la casa donde mi madre se encontraba trasteando por la cocina cerca de nosotras, y por esa razón, mis hermanas mayores relajaron la estrecha vigilancia a la que nos tenían sometidas y nos dejaron a nuestro aire.

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Diana y yo nos dedicamos a registrar todos los armarios que pudimos abrir. Algunos estaban atascados y no fuimos capaces, con nuestras fuerzas de niñas, de mover las puertas ni un milímetro. En uno de los más grandes, hallamos una casita de muñecas con algunos enseres para jugar. Sacamos con cuidado el estupendo juguete entre las dos y dispusimos la pequeña mansión en el suelo del salón. Construida enteramente de madera, sus tres plantas tenían fácil acceso desde todas las ventanas de la misma. Aunque estaba bastante deslucida, a nosotras nos pareció el artefacto más maravilloso del mundo; hasta que reparé en un imponente reloj de pared que parecía averiado. Me acerqué atraída por un influjo invisible colocándome frente a él.

Arrimé un banquito para utilizarlo a modo de escalón y me subí para observarlo con detenimiento. El mecanismo estaba encerrado en una caja de oscura madera; su esfera de color marfil con números pintados en laca negra brillaba bajo la luz del mediodía. La hora que marcaba eran las seis y cuarto. Me fijé muy bien porque acababa de aprender a leer las manecillas de los relojes. Un péndulo de latón colgaba inerte. Intenté impulsarlo pero siguió inmóvil. En ese momento apareció mi padre y me “pilló” con las manos en la masa. No hubo amonestación, sino que sus hábiles dedos buscaron un objeto. Cuando lo halló, reconocí una especie de llave metálica que, seguidamente, introdujo en un agujero y la hizo girar varias veces. Puso el reloj en hora y movió el péndulo que automáticamente se puso en movimiento. Extasiada contemplé dar las doce y media. La caja de resonancia sonó con un grave tañido. ¡El mecanismo estaba vivo! A partir de entonces procuraba no perderme cada toque horario. ¡Por fin había encontrado un juguete inigualable! CONTINUARÁ…

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2 comments

  1. Una aventura real, llena de vivencias simples pero muy marcantes en la vida de una familia humilde. Un paseo por nuestro pasado, lleno de añoranzas.

  2. Tiempos felices de descubrimientos y aventuras, gustos sencillos y el calor de la familia. Cuando se ha nacido y crecido en una gran ciudad, pasar unos días en el campo tiene ese tinte de “viaje a lo desconocido” que pellizca nuestra imaginación y nos hace disfrutar doblemente de las cosas más normales.

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