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La conocí en el Metro: Una mujer grande, rubia, pura sensualidad subida a unos tacones de vértigo. Enseguida atrajo todas las miradas del vagón. Tenía mucho desparpajo en cada movimiento, como si estuviese acostumbrada a ser un foco de atención constante.

—¿Alguien sabe llegar a O´Donnell? – Preguntó con su acento extranjero.

No entendió las respuestas simultáneas que le dieron varios viajeros a la vez. Volvió a repetir la pregunta y en esta ocasión, los que la rodeaban, le hicieron el vacío como si no la oyeran. Desde el lugar donde me encontraba, nos separaban unos cuantos metros, la llamé para que se acercara a mi rincón y explicarle cómo debía hacer para llegar al destino que deseaba. Vino a mi lado iluminada de sonrisas y de historias, contoneándose y haciendo que los hombres babearan y las mujeres volvieran la cabeza para otro lado:

  • “Vengo de Mallorca. Estaba en la cárcel porque no tenía papeles ni dinero”- Explicó en un segundo -“El español con el que vivía me echó de casa. La fianza para poder salir de la cárcel la pagué con mi cuerpo. Eso siempre les interesa a los hombres”- Y rió divertida  -“Mi niña está en una casa de acogida, mi pareja tampoco la quiso a ella”- Una bruma triste nubló por unos segundos su mirada azul y continuó explicando -” Una compatriota me espera en la salida del metro de O´Donnell;  regenta una casa de masajes… que, por cierto ¡Los doy muy bien! Ella me ha prometido un trabajo”

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Se trababa en cada frase, intentando resumir una vida en menos de un minuto. Me dijo que se llamaba Marina, había llegado de Rusia hacía dos años. No sabía leer en nuestro idioma por eso, por mucho que la explicaban, se pasaba de parada una y otra vez. Decidí acompañarla al lugar por el que preguntaba, sentí una lástima inmensa por esa mujer que parecía tan resuelta, pero que en realidad se encontraba muy desvalida. La extranjera había estado dando vueltas en el metro toda la mañana y faltaba muy poco para la hora de su cita.

Marina la rusa, llevando una bolsa de plástico por equipaje, veinte euros, un paquete de chicles y el sueño de conseguir dinero para volver con su hija a Moscú,  llegó a su destino. La acompañé hasta la salida. En la despedida nos abrazamos, amarradas las dos, sabedoras de cuál sería su futuro. Voluptuosa y valiente desapareció escaleras arriba susurrándome:

  • ¡Te quiero amiga!-

La impotencia me ancló al suelo por un buen rato.

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3 comments

  1. Que historias tan tristes lleva consigo la vida real, además de hacer que la rutina de carrera diaria que llevamos, haga con que seamos poco piadosos en general con la gente a la que no conocemos, e incluso con los más cercanos. Como siempre tus descripciones hacen que nos situemos exactamente en el lugar y el ambiente donde ocurren, y sentimos esa pena que en este caso trasladas en tu corto relato. Me ha gustado mucho.

  2. ¡Cúantas veces nos habremos sentado, sin saberlo, al lado de personas valientes y extraordinarias como Marina !
    Estoy segura de que podría reconocerla en cualquier lugar porque tienes un inmenso talento para describir lo indescriptible. Me ha conmovido muchissimo tu relato.
    Mª-josé

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