EL PEZ

798px-Hombre_Río_(Cordoue)Nabu paseaba por la orilla de la playa como cada día. Solía marcharse de casa al clarear la mañana, siempre con el máximo cuidado de no despertar a su esposa. Ella era una mujer fea, enorme y adiposa, con un carácter terrible y temible, y cualquier excusa servía para cubrir a su marido, al que odiaba profundamente, de insultos y reproches. Los gritos de la fémina se oían por todo el pueblo, convirtiéndole en objeto de burla permanente por parte de la mayoría de los habitantes.

 Nabu meditó sobre su vida, mientras veía ascender el sol en el horizonte. Había sido un ser triste desde el mismo momento en que nació. El amor de su madre se evaporó cuando sus ojos se posaron en su persona. Su aspecto físico no había mejorado con los años, muy al contrario, el espejo le devolvía, una y otra vez, su patética imagen: delgado como un filamento, patizambo, narigudo, enclenque y calvo; la piel presentaba un tono amoratado, como si su cuerpo hubiera estado años sumergido en vino tinto; su extraña apariencia se veía coronada por una enorme cabeza, brillante como un cristal, en la que nunca había anidado ni un solo pelo. Era un hombre feo, horroroso. Los niños pequeños rompían en llanto histérico ante su presencia y los adultos evitaban cruzarse con él. Nunca entendió el asomo de interés que despertó en su mujer, en aquel tiempo una joven de gran envergadura, algo masculina y de un genio de mil demonios, pero que en algunos momentos le había mostrado algo parecido a una sonrisa.

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Siguió pasando lista a su triste existencia. En dos horas tendría que comenzar su trabajo. Lo odiaba terriblemente. Ser cartero era agotador, corriendo de un lado a otro sin parar durante horas, bajo la insolente mirada de sus vecinos que no paraban de reírse y ridiculizarle en cuanto aparecía en su campo de visión.

 Algo centelleó en la orilla del mar. Nabu se acercó intrigado. Acostado en la arena descubrió un pez. Las escamas lanzaron brillos de plata y cristal, parecía un ser mágico y embriagador sobre todo porque en la boca del ser se dibujo una línea curva similar a una sonrisa. Un calor abrasador estalló en el pecho de Nabu invadiendo sus frágiles entrañas. Había encontrado su primer y único amigo.

 Rápidamente intentó empujar al argénteo ser para devolverlo al agua con el fin de evitar su muerte por asfixia, pero algo parecido a unas grandes uñas retenían a éste clavado en la arena. Resultó evidente que el animal no deseaba marcharse. Con cuidado Nabu excavó una especie de piscina en la arena para evitar que el pez muriera deshidratado. Satisfecho con su obra contempló a su nueva mascota. El bicho le devolvió una mirada de agradecimiento sin límites. El corazón del hombre volvió a saltar de gozo. Buscó unas algas para alimentarlo, y se sentó a su lado, viendo fascinado como su plateado amigo engullía hasta el último bocado de ensalada marina. Se separó de él con la promesa de volver cada día para cuidarlo. El pez lo despidió con una mueca de tristeza.

pez dorado gigante

 Día tras día volvía a la playa con la ilusión de una cita. Se sabía importante para el pez, el cual dependía totalmente de él, y se juró a sí mismo que no le defraudaría. Cada mañana al despuntar el alba Nabu se acomodaba al lado de la criatura marina, en la arena, tentándole con mil golosinas. El agradecido animal tragaba cualquier alimento relamiéndose de gusto, desde carne hasta frutas. Esta desacostumbrada dieta hizo que el ser fuera creciendo aceleradamente, obligando a su dueño a cambiar, casi a diario, el diseño y tamaño de la piscina de arena. Pero este pequeño inconveniente no le importó en absoluto. Haría cualquier cosa por él. Le amaba cada vez más profundamente e intuía que era correspondido de igual manera por la mascota. Le relataba hasta el menor de sus pensamientos. A su lado narró su triste vida, desgranó las vejaciones sufridas desde que era un tierno infante hasta llegar a la infame existencia que soportaba en la actualidad. En su presencia lloró lágrimas de frustración en días negros de penas y pesares. El animal escuchaba atentamente cada una de sus palabras, observándole con ojos acuosos. Intentaba consolarlo con las caricias de su cola espumosa. Y comía sin parar, devorando todo lo que estaba a su alcance.

 El tamaño de la mascota sobrepasó con creces al de su dueño. Cantidades ingentes de alimento eran succionadas por los enormes labios del bicho. Aprendió a dar grandes y sonoros besos a su cuidador que se encontró sumido en una onda de cariño jamás imaginada.

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 Un día Nabu llegó cojeando a la playa, todo su cuerpo se hallaba cubierto de hematomas. El animal lo examinó con pena infinita. El hombre llegó hasta su lado y se tumbó con él en la piscina. El ser acuático lo consoló lo mejor que pudo, con besos y caricias, pero su amigo seguía sollozando desgarradoramente. Algo dentro de él se había echo pedazos. La mascota pensó, con su cerebro pisciforme, en la manera de ayudarlo. Por fin tomó una decisión. En su mirada líquida y argéntea se leyó la determinación y todo el amor del mundo fundidos en estrecha armonía. Observó que su amo ya había sufrido bastante y que debía encontrar la manera de conducirlo a un mundo feliz. De un solo bocado lo engulló. De esta forma el pez y Nabu se unieron en un solo ser. El animal se escurrió hacia el océano y voló sobre la espuma de las olas. Enseguida encontró compañía entre las ballenas y cachalotes que lo aceptaron sin reserva, no importándoles su extraño aspecto.

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Si surcas alguna vez un gran océano puede que lo reconozcas al cruzarte con él, se trata de un pez enorme del tamaño de una casa, de cabeza gigantesca de color amoratado, de labios gruesos y rojos donde se dibuja una eterna sonrisa de felicidad.

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4 comments

  1. Si ya decía yo… que uno se encariña mucho con las mascotas… Un relato muy bonito, pero si me siento muy desgraciada y la mascota ha crecido mucho procuraré no acercarme mucho y darle el trato cariñoso que él me hubiera “regalado”.

    1. Cuidado con tu periquita!, mímalá pero no la des mucho de comer, a ver si una mañana te encuentras a un pollo gordo en el salón y qué dilemá!. Jeje, es broma, se que es muy viejita y cariñosa.

  2. Desde el principio ya pensé que era un pez, por la descripción claro, pero no me imaginaba el final. Moraleja, a veces las cosas más simples y con menos explicación son las que determinan nuestro futuro, en este caso final feliz para Nabú. Muy tierno. Ojalá fuera tan fácil para muchos escapar de la desgracia verdad?.

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