AQUEL VERANO EN EL CASTILLO DE SANTA BÁRBARA.- (Capítulo primero)


Con la muerte de mi madre se cerró un periodo importante de mi vida. Su ausencia dejó un rastro doblemente doloroso, no solo por la pérdida de su persona, tan querida, sino porque hubo que vender la casa en la que habíamos nacido las cuatro hermanas y en la que vivimos hasta que nos casamos. Así que con todo el dolor de nuestro corazón, dividimos las pertenencias de mis padres en cuatro montones iguales, incluyendo ropa de casa, muebles y joyas. En la caja donde mi madre guardaba los objetos de más valor, sobre todo sentimental, llenos de mil recuerdos, aparecieron un par de pendientes de oro, muy antiguos, fabricados en preciosas filigranas, adornados con pequeños topos o bolas que hermoseaban sobremanera aquellos delicados zarcillos, que ninguna de nosotras recordaba haber visto antes. Fue al ponerlos en mi mano cuando, de pronto, recordé su origen, y mis recuerdos me condujeron a unas lejanas vacaciones de mi niñez.

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A partir de los seis años, todos los veranos nos marchábamos unos días de asueto fuera de la gran urbe, dejando Madrid desierta, porque la mayoría de los madrileños volábamos hacia la costa. Así se veía la ciudad, con cuatro gatos y seis coches achicharrándose en plena canícula. Era entonces cuando aparecían los “Rodríguez”, fauna personificada por todos aquellos cabezas de familia que habían aposentado a esposa y prole a la orilla del mar, durante los meses de verano, volviendo solos al hogar vacío y tranquilo, para incorporarse a su jornada laboral. Muchos de ellos eran los que llenaban los pocos bares, casas de alterne y discotecas que aún quedaban abiertos en la capital. Mi padre no fue nunca uno de ellos, ya que nosotros viajábamos en paquete, “todos juntos”, tanto a la ida como a la venida. Por lo tanto nuestras vacaciones se reducían a dos semanas en una pensión de la costa, que era todo lo que mis padres podían pagar por aquel entonces.

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Con ocho años en mi haber, volvimos a Alicante, un año más, para alojarnos esta vez en una curiosa pensión encastrada, nada menos que en el monte Benacantil, elevación asomada al mar y lugar en el que se ubicaba el imponente Castillo de Santa Bárbara. La construcción se erigía justo donde fuera edificada la fortaleza primitiva a finales del siglo IX, cuando esas tierras estaban bajo la dominación musulmana. El nombre de la santa se debía a que el día de su festividad, 4 de diciembre de 1248, fue conquistado a los árabes por el futuro rey Alfonso X el Sabio.

A los pies de esta alba montaña se extendía la playa de Postiguet. Aunque la orilla del mar parecía cercana, no lo era tanto a la hora de caminar desde la pensión hasta alcanzar la arena de la playa, y así nos veíamos abocados, una vez más, a depender del transporte público para subir y bajar las enormes cuestas que se interponían entre el mar y nosotros.

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La pensión era oscura nada más entrar, sobre todo el recibidor y el comedor, con perpetuo olor a refritos, donde se servían desayunos, comidas y cenas a todos los que nos alojábamos allí. Dejando atrás el pasillo y la cocina, se salía a un corredor abierto sujeto a la ladera del monte, teniendo a nuestra izquierda una increíble panorámica de las murallas del castillo que parecían a punto de sepultarnos, de lo próximas que se hallaban; al frente se divisaba el mar en todo su esplendor. Todas las habitaciones, incluyendo las nuestras, una para mis padres y otra para nosotras cuatro, daban a este corredor en el que también estaba el baño a compartir por todos los inquilinos del pasillo. Nos pareció un lugar hechizante desde el primer minuto que pisamos la singular terraza suspendida en la roca; allí se veía despuntar el sol que calentaba durante la mañana; por la tarde se retiraba dejando paso a una agradable brisa y, por la noche, la luna puntualmente se colgaba del cielo, siempre con el sonido de fondo de las olas y su cadencioso ir y venir.

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Teníamos nuestra mesa grande para comer los seis juntos, y un menú que la dueña de la pensión nos cocinaba con mucho amor, gran cantidad de aceite y abundante sal. Mis hermanas mayores y mi madre protestaban por aquellas patatas saladas como salmuera, nadando en una balsa de aceite de girasol, mientras la mujer, haciendo oídos sordos a los reparos, trataba de agradarnos contándonos mil historias.

            ̶ ¡Oh Alacant, la millor terreta del món! (¡Oh Alicante, la mejor tierra del mundo) ̶  Decía la señora en valenciano, mientras intentábamos tragar la pasta o las lentejas que se bañaban en un espeso caldo de grasa y sal.

            ̶ ¿No sabéis por qué esta ciudad se llama Alicante? ̶  Nos preguntó un día a las más pequeñas. Ante nuestra negativa la mujer continuó relatando ̶  Os contaré la historia mientras coméis: “Esta tierra, aunque no lo creáis, tiene un pasado musulmán pues hace muchos años, siglos diría yo, habitaba esta urbe un califa muy rico que tenía una hermosa hija, la princesa Cántara. La muchacha había entrado ya en la edad de casarse y su padre quería hacer una buena boda.

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Entre los pretendientes a obtener la mano de la princesa había dos que se hallaban perdidamente enamorados de la joven: Almanzor, un guerrero curtido en varias batallas y Alí un muchacho de muy buena familia y de porte de príncipe.

El califa no sabiendo qué partido tomar, dejó la decisión en manos de Alá, y así resolvió que el primero en llevar a cabo una gran hazaña, que fuera de su agrado, se casaría con su hija.

Almanzor partió de inmediato con dirección a las Indias donde esperaba obtener productos de aquellas tierras con los que agasajar al califa, con la intención de establecer una ruta comercial para enriquecimiento de la ciudad.

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Ali se quedó en la corte, con la idea de abrir una acequia que trajera agua a la ciudad, bien muy escaso por aquel entonces, desde la lejana ciudad de Tibi, enclavada entre montes y rica en el líquido elemento.

Ali, aparte de trabajar en la acequia, también se ganó el cariño de la princesa a la que dedicaba más tiempo que a su gran obra de ingeniería. Los jóvenes se enamoraron profundamente en este intervalo, tanto, que se olvidaron del otro pretendiente.

Entre tanto Almanzor consiguió su objetivo, regresando al reino del califa cargado de sedas y especias de mucho valor, dote que ofreció al padre de Cántara que inmediatamente le concedió la mano de su hija.

El primero en enterarse de las nupcias dispuestas por el califa fue Ali que se hallaba tierra adentro, trabajando todavía en su obra de aguas. Desesperado y viendo que perdía a la mujer de su vida, decidió suicidarse tirándose a un barranco. Al caer al fondo del mismo, la tierra se abrió como por encanto, llenando inmediatamente de agua la acequia que tanto trabajo costara fabricar, dando lugar a la gran presa de Tibi, que abastecería posteriormente a la ciudad.

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En cuanto Cántara se enteró de lo sucedido, tomó la decisión de seguir los pasos de su amado y así, subió a la cercana Sierra Grossa y se arrojó al mar desde el pico de San Julián, conocido desde entonces como el Salto de la reina mora.

El califa y padre de la princesa, tras conocer la triste noticia, entró en un periodo de depresión y melancolía aguda que le condujeron a la muerte. En el mismo instante que su espíritu volaba al encuentro de Alá, su triste perfil quedó grabado en el monte Benacantil, el mismo en el que os halláis ahora, queridas niñas. Desde la playa podréis observar la cara de un hombre vista de perfil llevando un turbante en la cabeza. ¡Ese es el califa!─ Siguió narrando la mujer mientras comíamos aquel pisto salado igual que el bacalao─  La corte del califa desolada ante esta cadena de desgracias, decidió premiar el amor de los jóvenes amantes cambiando el nombre de la ciudad, así siempre estarían unidos mientras la ciudad se llamara Alicante, formado de la unión de Ali y Cántara”.

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Nos pareció una leyenda preciosa y en la primera ocasión que tuvimos, echamos un vistazo al monte desde la playa. Enseguida encontramos la acongojada faz del califa dibujada en la roca viva.

Aunque también la mujer nos advirtió sobre los fantasmas que vivían en la pensión, cosa que a mi madre le pareció de muy mal gusto, sobre todo porque yo tenía muchas pesadillas.

            ─Algunos inquilinos dicen que han visto a una muchacha árabe que canta dolientes canciones de amor. Otros en cambio cuentan que en las murallas del castillo han divisado la figura de un hombre que grita el nombre de Cántara… No os asustéis si los encontráis por el pasillo, no son peligrosos.

A partir de entonces me pareció escuchar susurros al atardecer, sobre todo cuando íbamos al baño por parejas. Como la puerta no tenía pestillo, solo un cartel que hizo mi hermana mayor en el que se leía “libre” u “ocupado”, mientras una de nosotras hacía uso del baño, la otra cuidaba de que nadie la molestara. En esos instantes en el que estaba sola en la balconada, oí susurros de una voz de muchacha, incluso llegué a atisbar una capa de seda que se perdió en las tinieblas del pasillo. Más que asustada me encontraba intrigada y apenada por aquella pareja de novios que nunca pudieron casarse.

Cuando comentaba estos hechos con mis compañeras de cuarto, mi hermana pequeña callaba mirándome con los ojos muy abiertos, mientras las mayores decían que la imaginación me había jugado una mala pasada. Pero una tarde algo extraordinario tuvo lugar en el corredor abierto…

Aunque no teníamos coche, salíamos igualmente de excursión, así nos recorrimos la costa en autocar: Santa Pola, Guardamar, Torrevieja, Calpe, Elche. El resto de los días transitábamos por la ciudad. En una ocasión salimos de excursión en una barquita que daba una vuelta por la bahía y cruzaba al exterior pasando el rompeolas. Llegamos tan mareadas que no volvimos a montar más.

Nuestra rutina de las tardes se resumía en pasear por el puerto admirando las muchas embarcaciones que llegaban con la pesca viva o estaban ancladas en los muelles, y descansar sentados en una terraza para tomar una horchata bien fría, acompañada de unos cuantos dátiles que mi madre compraba en cualquier tienda. ¡Nos deleitaban! A mi hermana pequeña como no le gustaba nada esta bebida blanca que parecía leche pero que sabía dulce y especial, le traían un granizado de limón. Luego comíamos un cucurucho de chufas remojadas o unos cuantos trozos de cocos recién cortados e íbamos a la lonja para observar la descarga de los barcos pesqueros. ¡Olía a pescado terriblemente! A nadie parecía molestarle tanto como a mí. Me tapaba la nariz y respiraba por la boca para evitar el insoportable hedor.

El calor abrasador de aquellos días de agosto había dado paso a un periodo de fuertes tormentas. Esa tarde comenzó a llover a mares razón por la que tuvimos que renunciar a salir y quedarnos en la pensión. Pero encontramos una amiga de nuestra edad alojada allí mismo, madrileña, y que estaba encantada de poder jugar con nosotras. En la balconada nos pusimos a bailar las tres niñas al son de un transistor que nos prestaron, después jugamos un rato al escondite. Nuestros respectivos padres se hallaban tranquilos en la habitación oyéndonos jugar y reír animadamente. Serían alrededor de las seis de la tarde y en ese preciso instante un rayo cayó justo en lo alto del castillo llenándolo todo de electricidad y olor a chamusquina. Este hecho nos produjo tal estado de pavor que nos hicimos un ovillo las tres juntas, temblando de miedo. Cuando el viento cesó y el tufo a quemado se disipó, abandonamos nuestra postura defensiva para descubrir que no estábamos en la pensión sino en medio de un sendero en la misma montaña donde divisábamos el mar y el mismo paisaje que cuando jugábamos en el corredor abierto. Nos cogimos de la mano y echamos andar pendiente arriba pues allí distinguimos una gran construcción hecha de piedra dorada. Cuando alcanzamos la puerta vislumbramos a dos guardias vestidos a la manera morisca con sendos turbantes y pantalones bombachos, que rápidamente cruzaron sus cimitarras prohibiéndonos el paso.

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Una joven se asomó por una de los ventanales en forma de herradura.

            ─¡Dejadlas pasar, solo son unas niñas y mis invitadas!…CONTINUARÁ.

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One comment

  1. Que recuerdos!!. Un relato tierno y didáctico porque no sabía el origen del nombre de esa hermosa ciudad. Pobres enamorados, como siempre, que difícil es ser feliz!.

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