AQUEL VERANO EN EL CASTILLO DE SANTA BÁRBARA (Segundo capítulo y último).-


 

 

Íbamos las tres de la mano, caminando despacio, aterrorizadas y así cruzamos el enorme portón que nos condujo a un amplio patio empedrado con adoquines albos y otros ambarinos, del que partían varios corredores. Nos hallábamos dando una vuelta en redondo a la plazoleta, no sabiendo qué dirección tomar cuando escuchamos unos lloros y lamentos que venían de uno de los pasajes. Sin soltarnos las manos, seguimos el eco de los sollozos hasta desembocar en el jardín más encantador que pudiéramos imaginar. Una fuente de piedra blanca igual que una nube, adornada con varios chorros de agua, cantaba su melodía de cristal mientras en el borde de la misma, se sentaba una joven revestida con etéreos y lujosos ropajes. Aquella ninfa de ojos de azabache y cabello oscuro, se cubría con una saya en negro y azul con bocamangas de hilo de oro y granillos de aljófar, luciendo sobre la cabeza un fustul o velo colorado con cabos de oro y calzando unos chapines de terciopelo rojo a juego con el velo. En ese instante creímos estar en presencia de un hada.

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La muchacha levantó su hermosa cabeza mientras se secaba las lágrimas y nos invitó a acercarnos.

            ─¡Nos hemos perdido y no sabemos cómo regresar con nuestros padres!─ Dijimos asustadas.

            ─No os preocupéis yo me ocuparé de vosotras.

La joven dio dos palmadas y, al momento, se personaron ante ella unas cuantas doncellas que inclinaron la cabeza en señal de respeto.

            ─Traed dátiles, dulces y leche con miel para estas niñas.

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En un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos comiendo a dos carrillos unos pastelillos de almendra y miel, regados con un buen vaso de leche, que sirvieron para calmar el hambre voraz que nos había producido el miedo y la caminata hasta el castillo, mientras la joven nos miraba embelesada.

Cuando finalizamos el ágape, le dimos las gracias y nos presentamos una por una. Ella contestó a nuestro saludo de esta manera:

            ─Soy la princesa Cántara, y os doy la bienvenida a mi humilde palacio. Hace mucho tiempo que perdí a los dos seres que más quería en este mundo, mi amado Ali y mi padre, el califa. Nunca los he vuelto a encontrar por más que he buscado.

Nos miramos las tres estupefactas.

            ─ Entonces…¿Eres un fantasma, verdad?

            ─Sí, lo soy. Cuando me enteré que mi gran amor se había suicidado, corrí a arrojarme desde ese pico que veis ahí─ Dijo señalándonos una cresta que sobresalía cerca de la fortaleza. Pensé que en el más allá estaríamos juntos…Pero aquí no los he encontrado.

La joven comenzó a llorar otra vez con sollozos que nos encogían el alma. No sabíamos qué decir o hacer, al fin y al cabo éramos solo unas niñas.

            ─Quizá podríamos ayudarte. Si quieres darnos un mensaje, puede que cuando regresemos a nuestra casa los encontremos por el camino y así les podamos indicar dónde deben buscarte.

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La princesa dejó de sollozar y nos miró con los ojos muy abiertos. Acto seguido se quedó meditando mientras metía las manos en la fuente, intentando coger uno de los peces de colores que habitaban entre las cantarinas aguas, mientras tarareaba una cancioncilla:

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

Cómo quieres que el sol salga

si lo tienes en prisiones;

hasta que tú te levantes

y a la ventana te asomes.

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa…

La princesa dejó de cantar súbitamente. Se desprendió los pendientes que llevaba en el lóbulo de las orejas y me los puso en la mano.

            ─Toma estos zarcillos para el instante en el que te cruces con ellos; le darás uno a mi amado y otro a mi padre, así sabrán que vas de mi parte. Ellos conocían bien estas joyas pues son las de mi madre que murió siendo yo una niña. Las joyas los traerán a mi lado.

pendientes

Instintivamente los guardé en el bolsillo de mi pantalón corto mientras unas nubes negras, amenazantes y llenas de lluvia, cubrían el cielo en un santiamén. La tormenta no se dejó esperar. El viento sopló con fuerza y corrimos en pos de la princesa que se esfumó ante nuestros ojos en la misma muralla de la fortaleza, mientras exclamaba: ¡Decid a Ali que le amo!

            ─¿Y ahora qué hacemos, dónde vamos?─ Comentó mi hermana temblorosa, poniendo voz a los mismos pensamientos que nos preocupaban: ─Si esto era el más allá…¿Nos habríamos convertido las tres en fantasmas?

Los relámpagos comenzaron a iluminar el éter con sus culebrillas de luz, y los truenos sonaron como gritos de gigantes enfadados. Chillamos aterradas sin atrevernos a dar un paso, una vez más ancladas al centro de una tormenta. Nos abrazamos intentando protegernos de aquel cataclismo de agua y electricidad, muy juntas igual que una piña, y rezamos en alta voz todo lo que se nos ocurrió. Cuando la tromba amainó abrimos los ojos. La sorpresa nos dejó sin palabras, nos hallábamos de vuelta en el corredor, empapadas de agua de arriba abajo. Enseguida aparecieron nuestros padres que nos hicieron entrar en las habitaciones para cambiarnos de ropa.

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            ─Pero ¿dónde os habíais metido? Os hemos buscado por toda la pensión.

Intentamos explicar el motivo de nuestra desaparición pero nadie nos creyó.

            ─¡Ni morita, ni morito! ¡Ni princesa, ni príncipe! ──Mi madre cuando nos regañaba, siempre decía el femenino o el masculino de la palabra que pronunciábamos, fuera ésta cual fuese. Moda de madres por aquel entonces── ¡Dejaos de tonterías, niñas! Ya sé que os encanta jugar al escondite pero ya os he dicho que no os mováis de aquí para que os podamos vigilar. ¡Menudo susto nos habéis dado! ¡Estáis castigadas, todas!─ Exclamó mirando a mis otras hermanas.

            ─Pero nosotras ¿qué hemos hecho?─ Exclamaron mis hermanas mayores.

            ─¡No cuidar de las pequeñas! Que es vuestra obligación.

Mi madre era así, cuando se enojaba castigaba a diestro y siniestro. ¡Y menos mal que no se quitó la zapatilla para atizarnos! Acabamos las cuatro enfadadas unas con otras y, entre tanto, los pendientes quedaron olvidados en el bolsillo del pantalón.

Aquella noche la tormenta descargó en el mar. Desde la balconada vimos los rayos iluminar las olas mientras el mar rugía encolerizado, saltando con enormes olas espumosas cual jinetes de sal y viento.

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Dos días después, decíamos adiós a Alicante mientras el tren dejaba la estación entre pitidos y traqueteos. Después de un montón de horas ──Antes se tardaba muchísimo en ir y venir de la costa── llegamos a Madrid y a nuestro hogar. Mi madre lavó toda la ropa antes de guardar las cosas de la playa en las maletas, y nunca dijo una palabra de ninguna joya encontrada entre nuestras pertenencias, y nosotras jamás volvimos a recordar  semejante misiva.

Después de aquello, retornamos dos veranos más a Alicante, pero no a la pensión de la balconada sino a un piso más pequeño, donde mis padres alquilaron dos habitaciones a un matrimonio encantador, Marieta y Pepet, que nos trataron igual que si fuésemos de su propia familia. Cuando cumplí once años mis padres decidieron que era hora ya de cambiar de ambiente y nos decantamos por un punto de la costa valenciana donde conocí a mi primer amor. Pero eso es otra historia que en su momento contaré.

maleta

De vuelta a la realidad, al triste momento del reparto de los bienes de mis padres, escuché a una de mis hermanas mayores comentar que aquellos pendientes los encontró mi madre en Francia cuando era una niña, en el internado en el que estuvo junto con mi tía.

Este comentario me hizo pensar que aquel encuentro con la princesa Cántara fue uno de mis fantásticos sueños en los que corría cientos de aventuras, porque dicho sea de paso, mi imaginación desbordante me acompañaba siempre, despierta o dormida. A veces era difícil distinguir la realidad de la fantasía. Pero una tarde en la que me hallaba viendo la televisión con mi hermana pequeña, escuchamos a un grupo musical que recuperaba canciones antiguas, algunas de ascendencia mozárabe. Comenzaron a interpretar la primera y el corazón me dio un vuelco:

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

Tu madre te está criando

como una mata de trigo

y yo te estoy esperando

para casarme contigo.

Cómo quieres que el sol salga

si lo tienes en prisiones;

hasta que tú te levantes

y a la ventana te asomes.

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

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 Mi hermana me miró inquisitivamente:

            ─¡Conozco esa melodía!… ¿Dónde la he oído antes?

El silencio se instaló entre las dos, mientras el pensamiento de ambas volaba a un hermoso patio de arcos de herradura, en el que habitaba una doncella, sentada en una fuente de peces de colores, cantando incesantemente melodías de agua y recuerdos. FIN


DESCUBRE LOS MUNDOS QUE SE ESCONDEN DETRÁS DE ESTOS LIBROS.-

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One comment

  1. Vaya!!, pobre princesita de los labios de rosa. Muy bonita historia que nos hace viajar a los mejores recuerdos de nuestra niñez.

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