DIOSES OLVIDADOS .- (Historia publicada en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE).-



 

“Donde miremos hay frescor de luces de dioses y de Budas” (Masaoka Shiki)

 5-DIOSES OLVIDADOS,. (Relato publicado en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE, de Amazon) (En versión kindle y en libro) (Pinchad en la imagen para seguir el enlace)

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La primera visión llegó cuando estaba trabajando en el laboratorio de restauración arqueológica de la universidad. La mayor parte del equipo se encontraba escarbando en el interior de un sarcófago egipcio hallado recientemente en Sakkara. La madera de la tapa mostraba una hermosa representación de la anfitriona, de nombre Ekmut, que aparecía al lado de una fórmula mágica del Libro de los Muertos. Turbada ante la visión de un rostro tan bello, quise rendirle un merecido homenaje recitando en alta voz todos los signos del lenguaje antiguo que acompañaban a esta desconocida muchacha, coronando cada sonido gutural con todo el énfasis de la emoción. Mientras lo hacía, pensaba en esa religión arcaica profesada por tan espléndido ser que imaginó poder vivir eternamente.

            La fuerza de las palabras en el antiguo lenguaje era extraordinaria, salían de mi laringe dotadas de vida propia.

—“Oh ser bello, renaces y te vuelves a hacer joven bajo la forma de Atón. Los muertos suben para verte, respiran el aire y miran tu cara cuando Atón brilla en el horizonte”.

Al acabar la última silaba, escuché un eco extraño en algún punto del recinto; la vibración de mi voz, rebotando de pared a pared, fue perdiéndose en los pasillos del centro.

            La momia cubierta de vendas grisáceas de los pies a la cabeza, se escondía tras una máscara de oro que le ocultaba el rostro y se encontraba en perfecto estado de conservación. Los antiguos operarios de la Casa de Los Muertos habían realizado un buen trabajo con ella. La mujer yacía reposando en una de las mesas de acero inoxidable de la sala especial, donde la atmósfera de humedad y temperatura se adecuaban para trabajar con tan sutil y quebradizo material. En la radiografía, hecha previamente, se observaba su pertenencia al género femenino y, lo que más me interesaba, la posición exacta de cada talismán protector entre los vendajes; conté siete en total, uno en el pecho, y el resto repartido en abdomen, brazos y piernas. Los órganos no se encontraban desecados en el cuerpo, exceptuando el corazón, sino guardados celosamente en los vasos canopos que acompañaban al reciente lote de antigüedades. Este hecho me indujo a pensar que había sido embalsamada conforme a una alta posición social.

Mi trabajo consistía en hacer una pequeña incisión en las vendas milenarias, procurando estropear la menor superficie de tela posible. Extraía el amuleto, seguidamente lo fotografiaba, luego lo sometía a las pruebas de carbono 14 para datar su antigüedad y por último lo volvía a dejar en su sitio, cerrando el corte diminuto con resina y cera, respetando su composición original. Entre los objetos incautados al cadáver encontré un escarabeo de lapislázuli situado en el pecho muy cerca del corazón, propiciador de la vida eterna; en cada mano portaba un ojo de Horus wadjet, de oro esmaltado, para rechazar los encantamientos malignos; la cruz ansata, el Ankh, sinónimo de vida, aparecía ubicada en la fisura del abdomen por donde el cadáver había sido vaciado de sus vísceras. También tomé una pequeña muestra de tejido óseo para determinar el ADN, así podríamos conocer diversos lazos familiares entre las momias estudiadas hasta el momento.

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“Nunca hice nada malo en mi vida, por eso los dioses me aman. Si alguien toca mi tumba, se lo comerán un cocodrilo, un hipopótamo y un león”. Volví a recitar en alta voz este viejo encantamiento de los muchos que se hallaron a la entrada del enterramiento, pensando en lo severa que sonaba pronunciada con el áspero lenguaje de los jeroglíficos, y en lo ingenuas que resultaban en nuestra época ese tipo de expresiones. De repente, advertí que de la momia salía una especie de neblina roja; Muy alarmada me acerqué a toda prisa armada con el extintor de la pared seguida por mi compañero de equipo. Pensábamos, sin lugar a dudas, que el viejo cadáver se estaba quemando por algún tipo de reacción química al exponerlo a una atmósfera distinta de la que disfrutaba en su tumba. A la par que alcanzamos el cuerpo embalsamado, escuchamos una voz femenina y atronadora que repitió tres veces las mismas palabras:

—¡Ayuda a Usermaatra!..

Ante ese grito abrumador mi ayudante y yo nos quedamos petrificados. La bruma escarlata se disipó rápidamente dejándonos estupefactos.

—¿No será una de tus bromas? Pregunté enfadada

—¡Te aseguro que no!— Respondió mi compañero lívido de terror.

Sin atrevernos a respirar apenas, estuvimos inmóviles hasta que la razón venció al miedo. Cuando la adrenalina se nos disolvió en la sangre recordé dónde había oído el misterioso nombre.

—Manu, ¿recuerdas la exposición itinerante del museo arqueológico, la que acaba de llegar con material de las últimas excavaciones? En la propaganda que he leído esta mañana cuando pasaba en el bus por delante de la fachada, estoy segura de haber visto la palabra “Usermaatra” entre los personajes cuyas pertenencias estarían en la exhibición. Deberíamos ir a echar un vistazo. Me pica la curiosidad, me gustaría por fin saber si hay alguna relación entre nuestra momia y esta celebridad ¿Qué opinas al respecto?

Dijo que sí entusiasmado. Por eso Manu era un compañero ideal para compartir cualquier tarea en la que hubiera trabajo y emoción. Ponía el corazón en cada labor que emprendía. Para mí, sus opiniones eran de lo más valiosas, añadiendo ese toque “sensible” tan característico de su personalidad.

            Merecía la pena investigar el apelativo “Usermaatra” que habíamos oído tan claramente en esa especie de ensoñación momentánea. Quedamos de acuerdo en acercarnos al evento arqueológico después de terminar nuestra jornada. Seguimos con la difícil tarea de catalogar los trebejos que escondía entre sus vendas la buena de Ekmut, que se dejó hacer sin volver a interferir en nuestro trabajo.

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            Ya situados en las inmensas estancias de la exposición del museo descubrimos, después de un buen rato de observación, lo que estábamos buscando. Para llegar a tan feliz hallazgo, nos habíamos dividido, mi ayudante y yo, las salas de exhibición en dos cuadrantes que comenzamos a supervisar de inmediato, cada uno por un lado, repasando objeto por objeto allí expuesto, procedente de los últimos descubrimientos realizados en las excavaciones en las que nuestro equipo estaba llevando a cabo en Egipto, y que se habían expuesto primeramente en el Museo arqueológico de El Cairo. Buscábamos alguna pista que nos iluminara acerca de las misteriosas palabras escuchadas en la universidad.

Colocada en el centro de uno de los recintos, una enorme figura de piedra atrajo mi atención de inmediato. Sentí como si un poderoso imán tirara de mí en aquella dirección. Me acerqué a observar la gigantesca escultura. Inconfundible, hierático, imponente, el faraón más famoso de todos los tiempos me miraba con pétrea expresión.  En un cartel pegado a un costado se podía leer claramente: “Usermaatra Setepenra – Ramses Meriamon, (Poderoso en la justicia de Ra, El elegido de Ra)”. El gigantón era nada menos que “Ramsés El Grande”.

Sin embargo, aunque su boca de labios gruesos no se movía, observé una luminiscencia en la base de la estatua. Letras de fuego componían el siguiente mensaje:   “¡Extranjera, tienes que ayudarme! ¡Acepta la súplica de un dios olvidado! ¡Ayúdame te lo ruego! “

Con un respingo salí corriendo del museo aterrorizada. Pensé por un momento que podía tratarse de una broma de mal gusto, pero enseguida deseché la idea. Mi compañero me siguió alarmado ante mi huida sin explicaciones. Por fin me detuve frente a la puerta de la cafetería esperando a Manu, entramos y buscamos un rincón donde pudiéramos mantener una conversación privada. Después de narrarle lo sucedido, habiendo hecho acopio de valor tras tomar un café bien cargado, y razonar sobre el extraño asunto en el que nos hallábamos metidos, pensamos que lo mejor era volver junto al coloso para recabar más información acerca del extraño fenómeno que estábamos experimentando.

La regia figura, estática en su aspecto, redobló sus ardientes peticiones de auxilio. Más tranquilos proseguimos nuestra inspección rodeando el recio monumento.

          —¡Mira aquí!— Indicó Manu – ¡Nos está señalando el lugar a dónde quiere que nos dirijamos! ¡Observa cómo flamean las letras!

Los caracteres del sagrado lugar danzaban un bailoteo de llameantes ráfagas componiendo las ardientes palabras “Abu Simbel”.

Al salir del museo buscamos un sitio donde cenar y, mientras reponíamos fuerzas, comenzamos a analizar nuestra asombrosa vivencia.

            —¡Parece que Ramsés El Grande necesita ayuda urgente!

            —¡Esto es de locos! Estamos haciendo caso a una estatua de un museo. ¿Estaremos perdiendo la cabeza?

            —¿Los dos al mismo tiempo? ¡Algo o alguien nos necesita y con premura!

            —¡Pero, no podemos ir a Egipto así sin más! Aunque hayamos tenido una buena colección de “regias alucinaciones”, no disponemos de dinero para el viaje y si abandonamos nuestro trabajo nos retiran del proyecto— Contesté preocupada— ¡Esto es de dementes! ¡Nos envían mensajes desde el mundo de los muertos por medio de una momia y con letras que escupen fuego!— Comenté al borde de un ataque de nervios.

Manu como siempre, sereno y cabal, después de engullirse una enorme hamburguesa encontró la solución perfecta.

              —Tenemos un equipo trabajando en Sakkara ¿No es así? Quizá podríamos pedir el traslado. Con la gran cantidad de nuevas piezas descubiertas, necesitaran más mano de obra para catalogarlas antes de la temporada de las lluvias, y estaríamos más cerca para hacer una excursión a Abu-Simbel, uno de los templos de nuestro faraón preferido, teniendo la oportunidad de investigar el origen de todo esto ¿Qué te parece la idea?

Yo seguía reflexionando sobre la suma de hechos de los que habíamos sido testigos.

               —¡No se me ocurre qué asunto puede soliviantar a un personaje de más de 4000 años de antigüedad, ni la forma en la que podríamos  ayudarle!

            La petición de traslado siguió su curso y en menos de dos semanas estábamos a bordo de un avión, con momia incluida, que como una hija pródiga, retornaba a su país de origen para vivir el más allá en una sala acondicionada del museo de El Cairo. Igual que en un sueño, aterrizamos envueltos en una anaranjada puesta de sol, salpicada de ocres arenas del desierto y azules reflejos de agua del Nilo.

Después de regatear con el taxista el precio de los 30 kilómetros que teníamos que recorrer hasta nuestro destino, la ciudad de Sakkara nos dio la bienvenida con su vetusta y única pirámide escalonada. Esta antigua urbe de los muertos, era el cementerio de la vieja Menfis, una de las antiguas capitales del imperio antiguo. Llegamos, por fin, al campamento que nos iba a servir de casa en los próximos seis meses.

Los compañeros de las excavaciones nos recibieron con los brazos abiertos; más manos para ayudar en la inmensa tarea que se les avecinaba. A la tumba recién descubierta se accedía por un estrecho corredor, el cual desembocaba en una sala decorada con motivos religiosos y escenas de la vida cotidiana de diversos artesanos; ceramistas, escultores, pintores y arquitectos se daban cita en las coloristas escenas de los muros. Una rampa considerablemente inclinada conducía al gran recinto donde reposaban los sarcófagos recientemente hallados, en madera y roca, embutidos en los huecos de la gruta. Todavía quedaban varios de ellos colocados en su lugar de origen a los que no se les había podido estudiar convenientemente. A los lados se abrían dos pequeñas estancias, la capilla y un reducido cuarto para las ofrendas.

El enterramiento se había librado milagrosamente de las garras de los salteadores de tumbas y, siglos después, siguió invisible para los “nada escrupulosos” recolectores de cadáveres embalsamados, que empleaban cantidades ingentes de momias molidas para la elaboración de medicinas y pócimas, que revendían a precios exorbitantes a los crédulos turistas para curar todo tipo de enfermedades.

El número de momias halladas era de 32, incluida la de un gato. Cada una de ellas se encontraba insertada en un bello nicho decorado con papiros y hojas de acanto y encerradas en sus milenarios estuches. Calculábamos que databan de alrededor de tres o cuatro mil años de antigüedad. El estudio de la disposición de las vísceras en multitud de vasos canopos, amuletos, posturas, acompañado de las pruebas radiológicas de huesos y otros detalles más, serían de gran valor cronológico para encuadrarlas en una dinastía, un estatus social y para determinar el sexo. Por la estatura y los dibujos de sus sarcófagos, dos de ellas eran niños sin lugar a dudas. E cadáver de un felino, la diosa con cabeza de gato Bastet, se encontraba entre los infantes como dios protector, portando una advertencia –“¡Tal vez viniste para hacer daño a este niño, no permitiré que le hagas mal!”- Esta vez no me atreví a leer la sentencia en voz alta.

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Los mensajes en los sueños comenzaron a alcanzarme desde la primera noche que pasé en el campamento. Una Ekmut joven y radiante en su blanco vestido de lino, habiendo dejado atrás sus vendas de momia y sus amuletos, se paseaba por mis visiones llenándolas de gran cantidad de información.

Con dulce y modulada voz, la joven aparición, comenzó una extensa explicación:

             —“Como fiel servidora de los dioses y siendo reclamada por uno de ellos, conocido como “Glorioso sol de Egipto” e “Imagen perfecta de Ra”, te envío el mensaje íntegro de aquél que te suplica su ayuda”— Igual que si recitara una sagrada letanía, la adolescente fue desgranando la historia y por fin averigüé el motivo por el cual nos encontrábamos a cientos de kilómetros de nuestra casa:

            —“Edificado en Nubia, patria de Nefertari “Por la que brilla el sol” y muy amada esposa real de Ramsés El Grande, el complejo de Abu Simbel se construyó formado por dos templos; el más grande dedicado a cuatro de los grandes dioses de Egipto, Amón, Ra, Ptah y Ramsés (el faraón reinante y artífice de esta magna obra).  El templo más pequeño fue consagrado al culto de Hathor, diosa del amor y la belleza, así como a Nefertari, considerada la encarnación de esta diosa”.

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La chica-momia siguió dándome lecciones de historia sobre el lugar en cuestión, información que en algún momento de mi carrera almacené “no sé dónde” y que olvidé en recónditos cajones de mi memoria.

          —“Los hombres prescindieron de los antiguos dioses y durante milenios este múltiple recinto religioso quedó oculto, tragado por el desierto; las tormentas se abatieron sobre él y cayó en su eterna sepultura de polvo y olvido. Al principio del siglo dieciocho fue descubierto y limpiado de toneladas de arena; su cálido y seco sudario resultó ser un inmejorable ambiente para mantener las edificaciones intactas durante tan larga espera”— Aquí la voz cambió su modulación para hacerse triste y casi un susurro —“En la segunda década del siglo veinte, los templos se desmantelaron y se trasladaron 65 metros más altos y 200 metros más alejados del punto de origen, para evitar ser engullidos por el agua almacenada en una gran presa, Asuán, acabada de construir en aquella época.” –

¡Qué versada me pareció Ekmut! Continuó su exposición con esa suave voz gutural que la caracterizaba. Sus palabras sonaban con la emoción contenida al borde del llanto:

         — “Al cambiar la ubicación de los templos, el arcaico circuito mágico que los unía quedó roto. Los esposos reales se vieron atrapados cada uno en su lugar de adoración, sin posibilidad de poder comunicarse entre sí. La desesperación se adueñó del dios-faraón y comenzó a enviar cientos de llamadas de socorro. Hasta ahora sois los únicos que habéis acudido a esta tierra después de recibir el mensaje ¡La esperanza y el futuro de esta real pareja se encuentra en vuestras manos, extranjeros! ¡Debéis restablecer el recorrido sobrenatural que existía antaño! Si esta acción no se llevara a cabo, las ánimas de los esposos se desvanecerán sin remedio de la mano de la tristeza y el desaliento, y nunca volverán a reunirse en el más allá”-

Desperté con lágrimas en la cara y el corazón encogido. Me vestí a toda prisa y fui a hablar con Manu. La sorpresa volvió a dejarme muda de asombro. Habíamos compartido el mismo sueño durante la noche. Coincidía conmigo en que debíamos intentar algo para solucionar esta penosa situación de los milenarios esposos.

          —Sintetizando el problema, se podría definir como “una gran historia de amor interrumpida por una mudanza”

          —¡No te burles Manu!— Contesté un poco enfadada —El amor es el protagonista; Igual que una gran fuerza que mueve montañas, que perdura a través de la muerte y que lo impregna todo

        —¡Eso mismo es lo que acabo de decir!—Dijo Manu defendiéndose —¡Es impresionante! O sea que, ¡Estamos aquí por amor!— Y se quedó unos momentos pensativo y concentrado. Recuerdo una cita de San Agustín sobre este sentimiento tan poderoso: “La medida del amor es amar sin medida”. Ramsés amó a esta mujer más que a cualquiera de sus otras esposas. Quizá tenga que ver el hecho de que Nefertari murió muy joven, y se convirtió en su “amor idealizado”.

         — Ahora lo más importante es viajar a nuestro destino, Abu-Simbel e intentar solucionar el problema – Dije entre susurros; varios compañeros se acercaban a nuestra mesa con las bandejas del desayuno— Tenemos que investigar los ritos de sacralización de los templos; lo que hacían los sacerdotes egipcios para consagrar los lugares destinados a los dioses. Parece que ésta será nuestra labor. Y sé además quién nos puede ayudar en esta tarea.

Cuando terminé mi turno de trabajo busqué a Alberto, un compañero con el que había estudiado parte de mi carrera, experto en textos antiguos; los leía como su propia lengua materna; interpretaba los jeroglíficos sin ninguna dificultad, siempre que estuvieran completos y no faltara ningún carácter. A la hora de improvisar se quedaba en blanco y había que echarle un cable. Le encontré en una de las casetas prefabricadas en la que se amontonaban gran cantidad de papiros de la tumba en la que estábamos trabajando.

           —¡Hola! ¿Estás muy ocupado? Quería que me informaras sobre unos temas que dominas muy bien – Esbocé mi más encantadora sonrisa e hice mi pregunta estrella:

                —¿Dónde podría encontrar información sobre poderosos hechizos hechos por los antiguos sacerdotes y oraciones dedicadas a los principales dioses? –

Levantó los ojos del manuscrito que estaba traduciendo y me dijo:

                — ¡Vaya, por fin!… ¡Ya era hora de que me dedicaras unos minutos! He estado intentando entablar una conversación contigo miles de veces, sin ningún éxito hasta ahora. Tu amigo, “el pegatina”, siempre te arrastra afuera a ver no sé qué. ¡Qué raro que no vengas con tu sombra inseparable!— Estaba claro que eso lo decía por mi ayudante Manu. Y pude descubrir en sus palabras cierto regusto de envidia. Con tono de guasa le contesté:

              — Cualquiera diría que estas sufriendo un ataque de celos…Pero no he venido a que me recrimines. Estoy haciendo un memorándum sobre una de las momias y necesito cierta información que solo tú, como gran experto, puedes resolver. El tiempo apremia y te agradecería con toda el alma que me dieras la información que te he pedido. ¡Y deja de decir bobadas sobre sombras!— Salí por la tangente vistiendo mi mejor gesto de inocencia. Hacía dos semanas que nos habíamos unido al grupo de excavaciones y desde entonces él trataba de ligar conmigo; la verdad es que la idea no me disgustaba pero tenía la cabeza en otra parte y no estaba para romances precisamente.

 Al principio comenzó la explicación de mala gana e intentando disimular su mal humor, pero luego, conforme avanzaba en sus descripciones, sus enormes ojos comenzaron a despedir chispas verde esmeralda, su voz se tornó tan sensual… y sus manos cobraron vida propia por la emoción de tener una alumna que bebía, literalmente, cada una de sus palabras y frases.

            — Los altos servidores de los dioses, cuando oraban murmuraban fórmulas del libro de Las Siete Puertas acompañadas de algún objeto o pintura emblemática de cada dios al que fuera consagrado el recinto.

Lanzado como estaba en uno de sus temas favoritos comenzó a mostrarme, con todo lujo de detalles, diversas pautas y palabras que me hacía repetir en alta voz hasta que le daba el tono que él consideraba adecuado. Este fue el comienzo de unas memorables clases particulares y de algo más.

Durante diez días acudí puntualmente a su tienda, después de cambiar turnos y hacer lo indecible por estar a la hora que me citaba. Me empapaba de todo lo referente a rituales y fórmulas mágicas escritas hacía miles de años para las celebraciones de una buena colección de ceremonias de esta religión panteísta. En este lapsus de tiempo, hubo un acercamiento entre profesor y alumna, traducido en pequeños detalles tales como miradas que se alargaban, roces de manos que nos hacían callar de pronto, sonrisas bobaliconas sin venir a cuento ¡Le encontraba tan terriblemente atractivo con sus gafas de intelectual! Siempre le hallaba con la nariz metida en algún antiguo papiro o estudiando fotos de inscripciones de tumbas, y en ese instante tenía que hacer esfuerzos para no lanzarme a sus brazos. Poseía un aura tan misteriosa y hechizante que fui arrastrada a su mundo de dioses, signos y otras ternuras, perdiendo en el camino mi claro concepto de no meterme en líos.

Uno de los días en los que estuvo especialmente optimista, me comentó su más reciente hallazgo: creía haber encontrado un paralelismo entre el grupo de momias descubiertas recientemente y uno de los templos más emblemáticos construidos por Ramsés el Grande, Abu Simbel. El destino o la casualidad me mostraron la oportunidad que Manu y yo andábamos buscando. En la conversación que manteníamos puse mi granito de arena para llegar a un objetivo concreto, mientras escuchaba la perorata de Alberto.

—Las momias podrían ser miembros de un equipo de construcción de Abu Simbel. Necesitamos un estudio detallado de las inscripciones que aparecen en los dos templos. Los artesanos solían firmar las obras a golpe de cincel, seguro que buscando estos signos concretos, encontramos algún  nexo de unión con nuestras momias.

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Las palabras surgieron en torrente de mi garganta:

– Manu y yo haremos las fotos de cada centímetro de los recintos y las tendrás de inmediato para que prosigas con tu investigación ¡Deseo tanto ver con mis propios ojos el templo más famoso de Nubia! ¡Me haría tanta ilusión realizar este trabajo! – Con expresión algo contrariada me dio el visto bueno. Sellamos el pacto con un increíble y apasionado beso, preludio de un romance que nos uniría a través de los años. Se cumplía, una vez más, la máxima de que el amor mueve el mundo.

            Me hice con una colección ingente de encantamientos antiguos y unos cuantos arcaicos y preciosos amuletos que tomamos prestados de los recientemente encontrados en las excavaciones. Sin más, el anochecer nos sorprendió saliendo con dirección a Nubia y a nuestro objetivo. Las pequeñas figurillas, tan importantes para los rituales que íbamos a realizar, se encontraban escondidas en los pliegues de nuestros pantalones y en el forro de la gorra que portábamos. No queríamos exponerlos a la vista de nadie. Estábamos moviendo objetos protegidos y, si nos veían con ellos, podríamos ser condenados como salteadores de tumbas, hecho penado con la muerte en aquel país.

            Formábamos parte de una caravana de veinte coches pertenecientes a investigadores y periodistas de diversos países; íbamos flanqueados por turismos de la policía que nos protegerían de cualquier eventualidad hasta nuestro destino. Era una larga travesía por el desierto y, a veces, grupos de asaltantes atacaban los autocares de extranjeros. La hora de llegada estimada sería alrededor de las 4 de la mañana. Eso nos daría un margen de 3 o 4 horas para trabajar, antes de ser invadidos por la ingente masa de turistas.

La noche nos arrullaba con su oscuridad y frescor y así medio dormidos, el estruendoso frenazo nos cogió totalmente desprevenidos. Ante nuestro coche se alzaba una tormenta del desierto, un muro de arena pulverizada que nos impedía avanzar y reunirnos con los demás vehículos. El conductor, obligado por la fuerza del viento, nos empujó hacia una oscura construcción que se divisaba entre el polvo. Ya cerca del objetivo vimos que era una mastaba, un enterramiento funerario, predecesor de las pirámides.

            Bajamos a toda prisa y nos refugiamos en el oscuro interior de la misma. Nuestras linternas se pusieron en funcionamiento al instante para descubrir un largo pasillo que se deslizaba hacia el interior de la tierra. El guía nos aconsejó que nos quedáramos cerca de la puerta pero nuestro grupo, formado por dos periodistas y varios estudiosos, decidió que era la hora de investigar. Así comenzamos nuestro descenso al interior del monumento. Cuando llevábamos un buen rato caminando comencé a vislumbrar una luminiscencia que marcaba claramente el camino a seguir. En este instante nuestros compañeros de aventuras se echaron atrás e intentaron convencernos de que hiciéramos lo mismo. Sentían pánico a seguir la senda. Manu y yo acordamos continuar el camino iluminado que se perdía en las revueltas de la distancia. Intentaron convencernos para retornar juntos y al final nos tacharon de irresponsables. Apagamos nuestras linternas. Según íbamos avanzando el resplandor crecía y no necesitábamos ayuda extra para ver, con todo lujo de detalles, nuestra ruta y la decoración de la mastaba que se encontraba desdibujada por el paso de los milenios.

Seguimos descendiendo durante un buen rato. Tanto Manu como yo misma percibíamos las palabras de aliento de nuestra chica-momia. Alcanzamos una enorme sala presidida por un sarcófago de basalto. Sentada sobre la tapa nos esperaba la hermosa Ekmut.

            —Bienvenidos al reino de las sombras. Los amuletos que portáis os sirven de protección y salvoconducto entre los devoradores de almas, los pobladores de la noche. Mi dios, Osiris, me ha enviado para conduciros hasta vuestro destino sin sufrir ningún daño. ¡Seguidme extranjeros!

            Sin más preámbulos caminamos a la guisa de tan sin par criatura, bella y extraña, precediéndonos en los interminables vericuetos del camino. Después de lo que nos parecieron horas, salimos al exterior donde la sorpresa nos esperaba de nuevo.

            Ante nuestros asombrados ojos, se recortaba en el tibio y rosado amanecer, la silueta de una montaña que resultó insólita desde la primera ojeada. Cuatro grandes colosos, que reproducían los rasgos físicos del faraón Ramsés II, en el esplendor de su juventud, nos contemplaban con sus ojos vacíos, desde la fachada del santuario. Ekmut y la boca del túnel que nos habían conducido hasta allí se esfumaron sin dejar rastro.

            El lugar estaba desierto. El convoy de vehículos no había llegado todavía, la tormenta los mantenía prisioneros a medio camino. Con pasos decididos nos dirigimos a la entrada del templo más grande, sin dejar de admirar el tamaño de los gigantes de roca que, imperturbables, contemplaban el reflejo del sol de sangre en las aguas de cristal líquido del Nilo. Pudimos reconocer entre las pequeñas estatuas, colocadas a los pies de las enormes esculturas, a la madre del faraón, a Nefertari y a varias princesas.

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            Ya en la primera sala las monumentales columnas nos sorprendieron por su singular belleza; las cabezas de Osiris seguían con la pauta de todos los monumentos levantados por el faraón, reproduciendo su rostro en cada una de las esculturas. Pasamos a la segunda sala sostenida por cuatro enormes columnas y decorada con pinturas del anfitrión abrazado por diversas deidades. Tres puertas nos condujeron al tercer recinto donde pudimos admirar escenas de ofrendas y adoración. Por fin llegamos al sitio más sagrado, el santuario; un altar aparecía en primer término; al fondo, igual que en una muda reunión de trabajo, sorprendimos sentados juntos a los cuatro dioses: Ptah, Amón, Ramsés y Ra. Estaban tallados directamente en la roca de la montaña, y nos observaban con pétrea curiosidad. Pero algo ocurrió.

Repentinamente uno de los cuatro dioses de piedra de los que se encontraban sentados en el fondo de la cripta, se puso en pie con brusquedad. La estatua de roca comenzó a licuarse transformándose en un joven alto y apuesto, ataviado con un inmaculado shenti o falda corta, y llevando en la cabeza el nemes de franjas azules y blancas terminado en una cobra dorada, distintivo característico de un faraón. Su rostro revestido de autoridad, aparecía hermoso, de labios gruesos y nariz prominente. Nos encontrábamos en presencia de Ramsés el Grande luciendo todo el esplendor de su juventud ¡Realmente era un personaje muy atractivo, bronceado, musculoso… pero también triste y abatido. El apuesto fantasma despedía un halo tan sugestivo que nos hizo borrar de nuestra memoria los conceptos que sobre él habíamos estudiado en la universidad, tales como “indiferente al hambre del pueblo, mujeriego, tirano, déspota, megalómano y cruel”.

            Con la esperanza y el agradecimiento pintando su mirada nos habló en los siguientes términos:

          —¡Bienvenidos extranjeros! ¡Os aguardaba impaciente! No os preocupéis por los individuos que os acompañaban, ellos acaban de llegar en este instante a este mismo templo, pero no los veremos, tampoco ellos a nosotros. Ahora nos movemos en un plano atemporal donde las ánimas moran en los lugares que amaron. ¿Estáis preparados?— Se movió hacia mí e instintivamente busqué la protección de Manu —¡Mujer!— dijo mirándome con sus ojos de halcón:

            —Tus palabras en el antiguo idioma tienen una fuerza superior a la de muchos sacerdotes de mi época. Te recomiendo cautela en tus futuras acciones, podrías despertar a divinidades que no aman a los vivos.

Al escuchar estos últimos vocablos, un escalofrío recorrió mi espalda al tiempo que un enorme rugido llenaba el recinto. Despierto de su sueño de milenios Ptah, señor de la oscuridad, habló así:

          —Extranjeros, sois extraños  en mi templo. Como Señor de la magia os conmino a salir inmediatamente de aquí o apresaré vuestras almas en la piedra y os atormentaré eternamente.

Manu y yo nos pusimos a temblar como la gelatina, sobre todo cuando la estatua hizo ademán de levantarse. Ramsés se dirigió a ella con premura:

           —¡Yo los he llamado! Están aquí para realizar el ceremonial para conectar estos templos al circuito de magia que une todos los lugares de culto de los dioses. Te ruego paciencia para que terminen su labor.

            —¡Qué vengan los sacerdotes a restablecerlo! ¡Ellos son los que deberían estar aquí!

          —Ya no hay nadie que nos rinda culto, ni sacerdotes ni plebe. Fuimos olvidados hace miles de años. Sólo éstos extraños han atendido mis ruegos.

         —¡Los hombres nos aman y temen porque somos eternos y poderosos! ¡No puede ser que vivamos en el olvido!— Atronó la estatua una y otra vez hasta que se quedó totalmente quieta y muda. Después de unos momentos Ramsés nos invitó a ponernos junto al altar frente a la triada de dioses que no mostraron el menor signo de vida en sus pétreos rostros. Comenzamos a colocar los utensilios para la ceremonia en el orden que creíamos debían ser utilizados. Nuestro regio guía los reorganizó señalándonos la correcta disposición de las mismos.

          —¡Que hable solo la mujer! —Ordenó con voz de trueno— ¡Ella tiene el poder de las palabras!

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Mis nervios estaban tan tensos que tuve que hacer varias inspiraciones antes de comenzar. En la mano derecha sostenía la representación de un disco solar alado, de tamaño pequeño y con esmaltes, que había sacado de un pliegue de mi pantalón; con la izquierda y, acompasadamente, tocaba el sistro, un instrumento musical egipcio parecido a un sonajero, que había viajado escondido en el fondo de mi bolso. Y comencé:

— ¡Ra eres dios del templo y del espíritu! ¡Se ha quebrado la casa y los espíritus de la muerte la dominan! ¡Con tu poder de brillo celestial que sube todos los días, restablece lo que se ha partido!— En ese instante un rayo de sol penetró del exterior barriendo todas las salas hasta posarse en la estatua de Ra. Una indicación del monarca me hizo continuar con mis fórmulas. De reojo veía a Manu temblando y pude sentir el frío de su mano al entregarme el amuleto de un carnero de arcilla. Pasé a invocar al siguiente dios:

—¡Amón eres el único creador de cuanto existe, el sublime sanador. Los seres humanos proceden de tus ojos y los dioses son el fruto de tu palabra! ¡Ayuda a mantener el nuevo equilibrio restablecido en este templo como transformación de las tinieblas a la luz!— Al finalizar la última sílaba otro haz de luz solar iluminó la estatua del dios protagonista de la plegaria.

Ramsés seguía las oraciones asintiendo con la cabeza en todo momento; aprobaba mi entonación y, con el fulgor de sus ojos oscuros me animaba a seguir. La voz de Alberto, lejana, sonaba como una letanía en mi memoria, recordándome la justa entonación de cada sílaba mil veces repetida. El pobre Manu controlaba a duras penas el temblor de sus miembros y con mirada desorbitada observaba la inquietante ceremonia.

            El turno del tercer dios, el díscolo, había llegado. Con el talismán de lapislázuli en forma de buey en mi mano comencé a recitar:

—“Tú tejiste la tierra, reuniste tus componentes, abrazaste tus miembros, y te encontraste en la condición de Uno que hizo su sede y formó las Dos Tierras”, “De la misma forma te rogamos que tejas un camino de protección para el nuevo equilibrio de este lugar sagrado, con las gotas de sangre del buey Apis”

            El frasquito con sangre de vaca que llevaba oculto en mi gorro se había roto. Miré al monarca desolada pidiéndole ayuda, no sabía de dónde iba a sacar las gotas de sangre que se pedían en la fórmula mágica. Su respuesta fue instantánea; cogiendo el amuleto, lo frotó enérgicamente y, de la nada, apareció un espléndido y manso animal, un buey negro con una gran mancha blanca en la frente. El filo del puñal real brilló en la oscuridad y de un gran tajo comenzó a manar un chorro de sangre; llené el recipiente que me tendió Manu y preocupada por el bovino, me quede observando la manera en que se cerraba la herida, el bicho empequeñecía nuevamente para retornar a su forma original. El amuleto que representaba al buey quedó suspendido en el aire antes de caer al suelo estrepitosamente. Vertí la sangre sobre la estatua del dios que, haciendo gala de su fama tenebrosa, se hizo más oscura; un halo de sombra la cubrió de la cabeza a los pies y dejó escapar un sonido doliente y horrible. Miré alarmada a Ramsés, pero el asintió con la cabeza. Recordé de pronto que cuando el sol penetraba por la puerta del santuario, hecho que solo ocurría dos veces al año, el único dios que quedaba en las sombras era Ptah, el soberano de las tinieblas. Y así quedó en la más densa negrura.

Manu y yo nos volvimos hacia el faraón para decirle lo siguiente: —Ahora es su turno Señor de Las Dos tierras. Este recipiente contiene agua del Nilo y cuando comience a recitar las antiguas fórmulas, deberá ir vertiendo unas gotas de líquido a la par que nos vamos moviendo hacia el exterior— Asintió con enérgico gesto y agarró la botella de agua.

Continué con el ceremonial asiendo en mi mano derecha una pequeña figura que reproducía a un hipopótamo, representación de Hapi dios del Nilo, comencé a recitar las invocaciones: —“Usermaatra, glorioso sol de Egipto, Montaña de Oro, Imagen perfecta de Ra, Sol de todos los países, abre el ojo de Horus en este día, ven en paz para regar con gotas de Hapi los rayos que Ra ha extendido en este sacro lugar. Sigue la estela del río sagrado, haciendo que puedas entrar y salir según tu deseo de la montaña del Oeste”-

Fuimos saliendo hacia el exterior dejando un reguero de gotas de agua. En el instante de traspasar el umbral, Ramsés se detuvo un momento, por fin iba a poder salir; primero adelantó un pie, luego el otro, y caminó unos pasos por el exterior sin terminar de creérselo. Su rostro se iluminó con una sonrisa esplendorosa. El templo había recobrado la magia de los dioses, ahora debía conectarse con el de Nefertari.

—¡Vamos no hay tiempo que perder, caminemos en busca de mi gran amor! ¡Deprisa!

En pocas zancadas estuvimos en la entrada del templo dedicado a Hathor diosa de la belleza, la música y la danza, y sobre todo a Nefertari como muestra del gran afecto que le profesaba su real esposo; uno de los pocos templos dedicados a una mujer. El testimonio de la pasión por su consorte había quedado grabado en la piedra, hacía miles de años, con estas palabras:-“Una obra perteneciente por toda la eternidad a la Gran Esposa Real Nefertari–Merienmut, por la que brilla el Sol”.

Detail of Mural Painting of Queen Nefertari in her Tomb in the Valley of the Queens --- Image by © Roger Wood/CORBIS

            A pesar de la prisa, no dejamos de admirar las seis figuras de diez metros que, adosadas a la pared, presidían la fachada. Cuatro de ellas eran estatuas de Ramsés esculpidas hábilmente con la Nemes y la doble corona del Alto y Bajo Egipto; a su lado y con la misma estatura que el gran faraón-dios, aparecía Nefertari encarnando a la diosa Hathor con altas plumas y cuernos de vaca.

Entramos en la sala hipóstila; seis columnas con capiteles de la deidad, se revestían con inscripciones a cerca del rey y la reina rodeados de diversas fórmulas y encantamientos destinados a conseguir el eterno favor de varias deidades femeninas. Seguimos hacia el santuario donde la diosa de piedra nos aguardaba.

            Una sombra salió a nuestro encuentro después de que el faraón gritara el nombre de su consorte con desesperación. El monarca corrió a fundirse con su amada. Poco a poco la neblina se pintó de formas y colores. Apareció ante nosotros una joven bellísima de piel oscura como el ébano, de cabello largo con pinceladas de azabache y perla. El noble rostro, adornado de grandes y rasgados ojos negros, nos observaba inquisitivo. La sonrisa vistió sus labios, donde unos dientecillos de marfil asomaron curiosos. Un vestido-tubo, de lino semitransparente, dejaba entrever las sinuosas formas de la reina.

Los esposos, después de murmurarse toda clase de ternuras, nos indicaron que comenzásemos la ceremonia de restablecimiento de la sagrada magia en el recinto, no sin antes escuchar unas palabras de la exquisita boca de Nefertari. –“Gracias hombre y mujer de un país lejano por venir en nuestra ayuda, mi desesperanza estaba destruyéndome “.

            Manu y yo nos miramos sorprendidos por la sinceridad de sus palabras. Ya más tranquilo, mi compañero se mostró eficiente a la hora de preparar los diversos presentes para el repertorio de diosas mayores y menores que habitaban el santuario. Las fórmulas mágicas iban acompañadas de instrumentos musicales, el sistro que manejaba con mi mano izquierda y los címbalos o platillos que tocaba Manu acorde con el ritmo y la cadencia de mis palabras. Parecíamos un grupo de música étnica interpretando melodías para un selecto y real público. Haciendo oídos sordos a nuestro sentido del ridículo procedimos con el ritual.

            Después de nombrar a todas y cada una de las deidades y hacer las consiguientes ofrendas en forma de ushebtis o estatuillas de piedra, plumas y cuernos de animales, dimos por terminado el rito con las siguientes palabras:

—“Restablecido el circuito mágico, tú Nefertari, Señora de las Dos Tierras, Esposa del Dios, Princesa Heredera, Amada de Mut, ya puedes entrar y salir según tu deseo de la montaña del Oeste”.

Las sombras tenebrosas del templo desaparecieron como por encanto y nos dejaron contemplar la belleza deslumbrante de las pinturas que decoraban los muros.

La pareja real con las manos entrelazadas nos precedieron en nuestra salida al exterior. Un tibio sol de primavera nos contempló con su cara amarilla y caliente. Más adelante la transparencia del Nilo se fundía con el cielo en una mezcla de líquidos reflejos dorados, añiles y turquesas. Los soberanos se volvieron para hablarnos:

—¡Os decimos adiós sabios extranjeros, nuestra gratitud os acompañará más allá de la muerte! ¡Llevaos nuestra bendición de dioses para toda la eternidad! ¡Qué vuestras vidas se tornen llenas de dicha y prosperidad!”.

Hacia la orilla se encaminaron mirándose a los ojos, felices y majestuosos. Estuvimos observándolos hasta que se fundieron con la bruma del río.

Regresamos despacio al gran santuario. Estábamos agotados y emocionados por el feliz final de la historia de amor. Al entrar por la puerta advertimos que el grupo que nos acompañaba en el autocar y que habíamos dejado en la mastaba, se encontraba deambulando de una a otra estancia del templo. Se mostraron sorprendidos y encantados por nuestra aparición. Cientos de preguntas quedaron en el aire sin respuesta coherente. Dijimos que no recordábamos nada de nuestra excursión por la mastaba. Por fin, convencidos con nuestra amnésica actuación, nos dejaron en paz. El material fotográfico yacía en el suelo en un rincón donde el guía, bien adiestrado, lo había amontonado; nos dirigimos hacia allí.

—No tendremos mucho tiempo para realizar las fotografías, pongámonos inmediatamente manos a la obra— Dije, consultando el reloj —¡Qué raro! Manu ¿Qué hora tienes?

—¡Es increíble! ¡Solo han transcurrido sesenta minutos desde que nos desligamos del grupo en el pasadizo de la mastaba!

—El tiempo en el plano en el que nos hemos movido sigue un ritmo diferente al nuestro.

—Sí, sin duda, no creo que las leyes de nuestro universo tengan nada que ver con las de allá.

No perdimos más tiempo haciendo conjeturas y nos pusimos a trabajar.

            Cuando llegaron los primeros autobuses de turistas ya habíamos acabado de sobra el reportaje fotográfico de los dos santuarios. Contentos y muy cansados nos dirigimos a nuestro vehículo a la espera de que la escolta nos diera luz verde para regresar a Sakkara. En una hora la comitiva de turismos se puso en marcha hacia el desierto para desandar el camino realizado durante la madrugada.

            En el campamento me esperaba una romántica cena con velas, suave música y una noche de ternura inolvidable. Quedo claro para Alberto que Manu tenía otras preferencias sexuales que no tenían nada que ver con las suyas. Manu y yo, de común acuerdo, no narramos nada de lo acaecido en el lapsus de tiempo que estuvimos perdidos entre dos mundos. Era tan increíble que no queríamos aparecer como un par de pirados. Seguimos con nuestro trabajo rutinario. Días después las fotos de nuestro documental llenaban varias paredes del local de Alberto. Nos felicitó a los dos por la labor realizada, en especial, por una imagen que estaba dando la vuelta a medio mundo; varias publicaciones la habían adquirido, y ya estaba colgada en Internet.

La instantánea aumentada a tamaño colosal reproducía a los monarcas de Abu Simbel, los auténticos, esos que tan bien conocíamos, en todo su regio esplendor vestidos de oro y piedras preciosas, rodeados de varios sirvientes que les ofrecían alimentos; una escena de ensueño. Como fondo de las imágenes asomaban las bellas columnas de la sala hipóstila del templo de Nefertari.

—¡Qué composición tan bella! ¡Os ha quedado genial! ¡Me tenéis que contar como lo habéis logrado! ¿Quiénes eran los modelos? ¡Qué disfraces tan magníficos llevan los actores! ¡Con tan poco tiempo y que bien lo habéis organizado!—Respondí lo primero que me vino a la mente:

—No te podría narrar paso a paso el método seguido, sería demasiado… complicado de explicar. Me gustaría que lo vieras bajo un punto de vista mucho más romántico, quizá como una “instantánea” de los regios fantasmas que habitan los recintos sagrados.

—Bueno, no os obligaré a confesar vuestro secreto— Exclamó Alberto— Debéis saber que hasta nuestra universidad nos ha felicitado. Va a ver varias donaciones para seguir con nuestra labor aquí durante años. ¡Ah, por cierto, las momias eran de los múltiples maestros artesanos y de sus familias! Debió ser un regalo del faraón en agradecimiento por su labor.

Manu y yo nos miramos y prorrumpimos en carcajadas. Los reales fantasmas nos estaban favoreciendo desde el más allá. Alberto, sin saber el motivo de nuestra particular algazara, también se unió al coro de risas.

En días sucesivos las ofertas de trabajo no se hicieron esperar. Unos recientes terremotos habían sacado a la luz unas momias en la selva de Perú. Seis meses después, Alberto, Manu y yo, nos encontrábamos a bordo de un avión que nos llevaría a la inhóspita selva inca. Manu haciéndome un guiño, me susurro al oído:

—¡Mucho cuidado con recitar en alta voz palabras del pasado inca!

Sonreí traviesa. No sabía si iba a poder resistir la tentación. FIN.

María Teresa Echeverría Sánchez (escritora)


 

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