LA MALDICIÓN (Relato para el Día de Difuntos).-

4.- LA MALDICIÓN.- (Historia incluida en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II).

relatos inquietantesrelatos inquietantes de la nube (II)

Llovía a mares cuando salimos del Getty´s Bar, el sitio de moda donde se daban cita todos los artistas sin dinero que pululaban por la ciudad del Sena. Los charcos reflejaban las luces ambarinas de los cabarets que iluminaban la noche parisina. Precisamente esa velada había decidido dejar atrás la tristeza de sentirme huérfana aceptando una invitación de mis amigas. Hice que me cortaran la melena a la altura de los pómulos, me puse mi mejor vestido recubierto de flecos de plata, en el que destacaba mi única joya, un antiguo broche de zafiros y rubíes que heredé de mi madre junto con un abrigo de pieles bastante ajado. Ella murió cuando yo tenía un año, dejándome al cuidado de un inexperto padre, también fallecido recientemente.

Disfruté tanto de la fiesta, llena de charlestón, jazz y tangos, que por un momento olvidé que debía volver a mi piso, frío y desierto, que hacía tiempo había perdido la cualidad de llamarse hogar. Mis amigas decidieron asistir a la actuación de Josephine Baker, en un garito de snobs, dos calles más abajo. Ella era una cantante de color que se encontraba muy de moda en aquellos meses. Yo me hallaba tan agotada que paré al primer taxi que pasó y me despedí de ellas para regresar a mi casa. Comuniqué mi dirección al chofer y el coche partió a toda velocidad atravesando La Place Vendôme y perdiéndose entre mil callejuelas. De repente, observé aterrada que nos encontrábamos a las afueras de París, cruzando como una centella el Bosque de Boulogne.

—¡Oiga, pare inmediatamente! ¡Este no es el camino que le he dicho!— Grité desesperada. Pero el coche continuó con su loco traqueteo—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me han secuestrado! ¡Ayuda!— Seguí chillando como una posesa hasta quedar afónica. El conductor siguió haciendo caso omiso a mis gritos. Pensé en saltar del coche pero era tal la velocidad y los bandazos que íbamos dando que desistí. Me preparé para lo peor. Ya me imaginaba violada, asesinada y enterrada en aquel bosque donde nunca encontrarían mi cadáver. Comencé a temblar y a buscar entre mis pertenencias algún tipo de arma con el que defenderme. Cogí el alfiler que me sujetaba el gorro y lo sopesé en la mano. Armada con mi humilde estilete con cabeza de perla, aguardé mi destino.

El coche se internó por un caminillo de piedras y se detuvo a la puerta de una mansión vieja y deslustrada, pero que todavía conservaba el halo de haber sido, hacía años, un edificio elegante, de líneas clásicas, con cierto toque renacentista en unas columnas dóricas, lugar en el que se asentaba un porche que se abría a un enorme jardín. La luz de la luna me reveló una gigantesca extensión de verdor donde un lago reflejaba el astro de la noche bañado en brumas de agua. Al fin, el coche se detuvo justo ante la puerta principal de la edificación. El chófer, un hombre maduro y bastante atractivo, vestía un anticuado uniforme, y me tendió una mano solícita para ayudarme a bajar del vehículo. En su rostro vi reflejado un sentimiento de lástima inimaginable. Lo achaqué a mi lamentable aspecto. El mareo de tan ajetreado viaje todavía me producía ciertas dificultades al caminar, y tuve que agarrarme a aquel brazo obsequioso y galante que me condujo a través de un portón de madera, hasta pararse en el interior de un fabuloso salón en el que ardía una alegre fogata, quizá demasiado escasa para tan magno recinto. Un anciano, envuelto en un batín de seda, se levantó con mucha dificultad para saludarme efusivamente.

broche

—¡Mi querida niña! ¡Qué alegría conocerte al fin! ¡Soy tu bisabuelo! Sé que te estarás haciendo mil preguntas y ahora mismo voy a responder a cada una de ellas. Pero ¡Siéntate, por favor! Acércate para que te mire. Eres la viva imagen de tu madre. Mi única hija te apartó de esta casa intentando evitar lo inevitable. ¡No podemos perder más tiempo! ¡Arrímate al calor de la chimenea y escucha atentamente lo que tengo que decirte!

¡No podía creer lo que estaba oyendo! En diez minutos fui informada sobre una maldición hecha hacía cinco siglos, que condenaba a morir a las mujeres de la familia cuando cumplían los veinticinco años. El viejo observó el broche que llevaba sujeto en mi vestido e inmediatamente señaló uno de los cuadros que presidía el salón. Una mujer vestida con ricas y antiguas ropas, exhibía la misma joya que yo portaba, aposentada entre un mar de encajes. El prendedor era inconfundible, presentaba la silueta de una cortesana danzante, absolutamente tachonada de zafiros y rubíes colocados estratégicamente que, al atrapar la luz, producían la ilusión óptica de movimiento constante. La sorpresa me dejó sin palabras, y no solo esa noche sino varios días después. Me instalé en la mansión con mis pertenencias, abandonando el húmedo y lúgubre piso en el que había vivido hasta ahora, olvidando mi mala situación económica que mi bisabuelo se encargó de mejorar notablemente. Allí me dediqué en cuerpo y alma a tratar de salvar la vida de un horrible fin. Tenía de plazo un año para intentar zafarme de la terrible amenaza que se cernía sobre mí. Se me asignó el ala izquierda de la mansión donde encontré cantidades ingentes de material de estudio que había pertenecido a mis antepasadas.

La felicidad que experimenté al encontrar a mi bisabuelo quedó eclipsada por las terribles muertes de mis antecesoras, narradas por mi pariente con pelos y señales, haciéndome temblar de puro terror ante mi destino.

—¡Todas perecieron entre las llamas!— El bisabuelo susurró entre gemidos. Testigo de la muerte de su hija primeramente y de su nieta años después; vio arder a ambas en el lago próximo a la mansión.

La información que me dio mi pariente, junto con ciertas investigaciones que realicé por mi cuenta, me revelaron, sin ninguna duda, el origen del sortilegio que había perseguido a las mujeres de mi familia desde hacía cuatro siglos: El vizconde de Marais, personaje viudo, rico y muy poderoso, ligado con cierta secta adoradora de Isis y los sacrificios humanos, profundamente prendado de la belleza legendaria de una de mis antepasadas, Marguerite Campagne, quiso añadirla a su colección de esposas. Ella haría la número seis, cifra cabalística  muy arraigada en las creencias del futuro esposo en cuestión.

Puso en marcha todo su encanto y también su dinero para conseguir la mano de mi antepasada; como muestra de su profundo amor y para la petición de mano, la obsequió con el magnífico broche, que ahora yo poseía, realizado por un misterioso orfebre y cabalista judío.

La muchacha, embarazada de pocos meses, de un novio que resultó muerto en el campo de batalla, se hallaba en situación desesperada al igual que el honor de su familia. Cuando tal propuesta llegó a manos del Marqués de Campagne, padre de la joven, no dudó un segundo de que la proposición de matrimonio era la respuesta del cielo a sus plegarias, una solución perfecta para su hija. Así, en el corto plazo de dos semanas, la muchacha, cuyo embarazo apenas se notaba, fue obligada a casarse con un hombre al que no amaba.

En poco tiempo una llama de pasión brotó entre ambos esposos, sentimiento que quedó extinguido cuando la vizcondesa dio a luz una niña, perfectamente formada, a los cinco meses de su matrimonio. El marido percatándose del engaño del que había sido objeto, juró venganza ante la estatua de Isis e inmoló a su consorte en una pira, pronunciando la pavorosa maldición con la que condenaba a muerte a todas las descendientes de su esposa. Oyendo los alaridos terribles de su esposa quemándose en la hoguera, a la que había llegado a amar profundamente, arrepentido de su acción saltó a la misma intentando salvarla. Pero ya era tarde y los dos perecieron abrasados.

Encontré la tumba de los Vizcondes de Marais, ubicada en el cementerio de Montparnase. En una lápida medio destrozada por el paso del tiempo, aún se adivinaban los nombres de los aristócratas. Y allí, ante ellos, me juré a mí misma que yo sería la excepción de la larga lista de muertes en mi familia.

Dejando mi tesis doctoral abandonada, me dediqué por entero a “salvar mi vida”, sumergiéndome de lleno en el estudio de muchos de los papeles que poseía. Así comencé un profundo estudio sobre la diosa Isis, cuyo terrible poder me dejaría convertida en una pavesa humana si no me espabilaba:

Isis

”Por muchos milenios, Isis fue una diosa de los antiguos Egipcios, que mantenía el equilibrio entre el Mar Mediterráneo y el corazón de África, puente entre la cultura Europea y Africana. Después, hace poco más de dos mil años, el culto a Isis emigró alrededor del Mediterráneo hacia el mundo griego, más tarde a Roma, extendiéndose por el inmenso Imperio romano, llegando incluso a las tierras más lejanas de occidente hasta la mismísima Gran Bretaña. A medida que su culto se movió más allá de los confines de Egipto, Isis absorbió las cualidades y atributos de las otras grandes diosas del mundo Mediterráneo y de las tierras de alrededor. Ella se convirtió en Isis de los muchos apelativos y de cientos de naturalezas: Isis Reina del Cielo, Estrella del Mar, Isis Fortuna, Isis Minerva, llegando a ser conocida por gran cantidad de nombres más”. De este modo averigüe cómo una deidad del Antiguo Egipto había echado raíces en la capital del Sena.

Barís

En un manuscrito de la obra de Boccaccio, llamada “De claris mulieribus”, conservado en la Biblioteca Nacional de París,  encontré una miniatura en la que se veía, con toda claridad, una figura sentada en una barca arribando a una ciudad que se parecía mucho a París.  Bajo la imagen, el capítulo comenzaba de este modo: “La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios…”. Me quedé atónita al descubrir la palabra “Barís” (muy semejante a París) escrita con letras góticas en aquel bote que transportaba a la divina mujer. La villa del dibujo representaba una ciudad fluvial muy semejante a la capital de Francia que, en aquel tiempo, fue designada con ese mismo nombre Barís que luego evolucionaría a París. La diosa egipcia tuvo su primer templo no lejos del Sena en la que hoy en día es la iglesia de Saint Germain-des-Prés (el templo más antiguo de París).

san germain des pres

Hacía allí encaminé mis pasos dispuesta a conocer, al fin, a mi rival. No había ni rastro de estatua alguna, sólo unas páginas en las que se decía que en el siglo XVIII se había descubierto una escultura de esta diosa donde se la describía igual que una mujer delgada, alta, erguida, negra, casi desnuda, portando ropa vaporosa adornada de pliegues alrededor de sus extremidades, y que se encontraba situada en la pared del lado norte, al lado del crucifijo de la iglesia y era conocida como el ídolo de Saint-Germain-des-Prés. La iglesia a finales del mismo siglo había sufrido una explosión fortuita que afectó al claustro y un incendio que destruyó su importante biblioteca. La estatua desapareció en aquel periodo sin dejar rastro.

Para no regresar a mi hogar con las manos vacías, me hice con un gran garrafón que llené, con el permiso del párroco, de ingentes cantidades de agua bendita, líquido que nunca venía mal contra las fuerzas oscuras. Me di un buen baño con ese elixir pero no noté nada especial. La maldición seguía acechándome.

Probé toda clase de baños para alejar el mal: de hojas de ruda y clavo de olor que, según decían, ahuyentaba las influencias negativas; encendí velas blancas, dibujé seres de luz que me protegiesen cubriéndolos de pétalos de rosas y claveles blancos como la nieve. Mi bisabuelo me observaba muy preocupado mientras probaba, incansablemente, fórmulas mágicas que iba consiguiendo en libros antiquísimos, con el fin de librarme de mi destino. Al mirarle a los ojos vi que temía no sólo por mi vida, sino por mi equilibrio emocional.

Entre investigaciones y estudios llegué a la fecha anterior a mi aniversario y me encontré absolutamente desesperada.

Mi ánimo se tornó de lo más sombrío ¡Iba a morir sin remisión! Un terror sin precedentes me dejó por unos momentos paralizada. Luego mi naturaleza combativa salió a flote. Me vestí con mis mejores ropas, que dicho sea de paso, eran muchas y lujosas, regalo de mi bisabuelo que demostró siempre hacia mí un cariño sin límites, quizá porque yo era el único miembro de su familia que todavía quedaba con vida o tal vez porque estaba convencido de que iba a morir en breve y deseaba darme cualquier capricho en este corto periodo de tiempo.

En la solapa lucía el broche de la bailarina de piedras preciosas a juego con una pulsera que me había regalado mi bisabuelo recientemente. Agarré mi bolsa de herramientas, el frasco de agua bendita, mi colección de crucifijos, amuletos de todos los tamaños y formas, más una selección de reliquias compuesta por una veintena de objetos sagrados de muchas religiones que, por su pequeño tamaño, eran fáciles de transportar.

El chofer, hombre que siempre estaba a mi servicio, que en estos últimos meses se había mostrado leal y dispuesto a acompañarme en las aventuras más descabelladas, cargó con mis utensilios mientras yo me despedía de mi bisabuelo.

            —¡No te vayas, niña! Quiero estar a tu lado pase lo que pase.

            —¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada! ¡No quiero que veas cómo me consumo! Lo que me llena de tranquilidad es saber con certeza que la maldición morirá conmigo. No tengo descendientes que puedan transmitir este estigma y, por fin, esta pesadilla que comenzó hace tres siglos se terminará.

Con un gran abrazo lleno de lágrimas y de puro agradecimiento hacia el único superviviente de mi familia, monté en el vehículo y me dispuse a ir al escenario ideal para abandonar mi corta vida, la tumba de mis antepasados.

cementerio

Cuando el crepúsculo del atardecer teñía el cielo de rosas y grises, el chófer y yo saltamos por una de las vallas más deterioradas del cementerio de Montparnasse y nos internamos en él, recorriendo caminillos y vericuetos que nos condujeron hasta el mausoleo familiar. Faltaban pocas horas para la media noche y quería aprovecharlas hablando, gritando e increpando a los que me habían metido en tan descomunal atolladero. Comencé mi perorata que fue subiendo de tono conforme mi enfado salía a la superficie. A la luz de las linternas observé esas viejas esculturas que no reflejaban odio ni terror, un hombre y una mujer vestidos con ropajes antiguos que  miraban con amor al bebé de piedra que sostenía la mujer entre sus brazos. Me subí en la plataforma de mármol para observar mejor las tres estatuas. Los fui acariciando uno por uno, en un vano intento de hallar algo de calor en el trío familiar que, inamovible, miraba al vacío. Mis dedos tocaron al niño de piedra, recorriendo su carita redonda de rasgos de angelote. Percibí que esta escultura no parecía haberse tallado en el mismo bloque que las de los adultos. Había cierta holgura entre ellos. Solicité la ayuda del chófer para separar aquella pequeña estatua del conjunto de mármol. No costó demasiado esfuerzo hasta que sostuve entre mis manos al bebé de piedra. Un gran agujero se abría entre las estatuas. Alumbre con una antorcha aquella oquedad que parecía esconder algo en su interior. Con mano decidida, ya no tenía nada que perder, me apresuré a inspeccionar el agujero con detenimiento. Toqué un objeto que pude sacar sin esfuerzo por la boca de la oquedad. Se hallaba envuelto en una funda de tela encerada. Ante mis ojos vi aparecer a Isis en todo su esplendor de oros y piedras preciosas, presentando en su pedestal unas cuantas frases grabadas en latín. Leí atentamente aquellas palabras antiguas y supe de inmediato, aún sin conocer ese lenguaje, que se trataba de la maldición. ¡Por fin tenía delante a mi rival, la diosa que había destruido a todas las mujeres de mi familia!

Me separaban escasos minutos de la media noche, fecha en la que oficialmente cumpliría veinticinco años y una vez más la maldición caería sobre mí, como única descendiente de Marguerite. Decidí aprovecharlos al máximo. Bañé a la diosa en agua bendita, le colgué unos cuantos crucifijos y recé fervorosamente a mi Dios implorando su ayuda; no rogué ni con el pensamiento a aquella diosa antigua que me repugnaba sobremanera siendo el origen de la maldición familiar.

Aterrada, vi desfilar en mi mente las imágenes de mis antepasadas portando el lujoso broche. Me lo quité de la solapa y lo acuné entre mis manos y, en ese instante, un círculo de fuego me envolvió. La estatua de la diosa, apoyada en la tumba, pareció reírse de mi infortunio. Furiosa como jamás lo había estado, cogí una piedra y destrocé la preciosa joya machacándola, pulverizándola sin piedad. Un grito desgarrador de dolor inconmensurable escapó del broche, llevándose con sus alaridos las llamas abrasadoras que habían prendido en mis zapatos. No quedó rastro del fuego que hacía un instante amenazaba con engullirme. Pasaron unos minutos de las doce de la noche y yo seguía viva. Casi no me atrevía a respirar por temor a que el fuego hiciera de nuevo su aparición. Pero no fue así, el hechizo se había roto, por fin, al destrozar esa prenda de amor que guardó tan celosamente mi antepasada. Me percaté, sin embargo, de que la estatua de la diosa antigua había desaparecido. Por más que la busqué no pude dar con ella. Pero ya no me importó.

Ante mis ojos atónitos el mundo se llenó de color. El chofer y yo nos abrazamos emocionados ¡Por fin había recuperado mi futuro! FIN.  (Historia publicada en el libro Relatos iquietantes de la nube (II), de venta en Amazon.


 

 

 

 

Anuncios

2 comments

  1. Una bonita historia que acaba bien. A veces las herencias preciosas encierran un terrible destino. Y como siempre la información sobre los lugares donde suceden todos tus relatos, es curiosa y útil.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s