EL AMIGO DEL BOSQUE –

1.- EL AMIGO DEL BOSQUE.-  (Narración incluida en el libro CUENTOS DE JENJIBRE Y TURRÓN de Amazon, versión kindle y en libro).

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La última semana de noviembre llegó revestida de frío invernal. Hilachas de viento traían aparejados remolinos de nieve y hielo. Las cumbres se despertaron con un gorro de merengue helado. Al alba el bosque se estremeció de terror, habían llegado los taladores. El sonido de sus motosierras se extendió por la floresta.

El primero en caer fue el árbol más alto y majestuoso del collado. Su color verde refulgió como escarcha esmeralda cuando se precipitó hacia el suelo. Ese ejemplar único adornaría la plaza del pueblo en las fiestas que se avecinaban. A éste le siguieron muchos más, de todos los tamaños y formas, hasta que los camiones estuvieron bien cargados. Cuando el sol comenzó a ascender en el horizonte, los vehículos se movilizaron hacia la ciudad. Mientras, el bosque dio un hondo suspiro de alivio.

Los abetos murmuraron despedidas en el viento por los amigos que habían perdido. Poco a poco movieron sus raíces y se arremolinaron en torno a un pequeño montículo. Había que proteger al nuevo rey de la colina. Las ramas se entrelazaron formando una pared vegetal. El viento sopló travieso dejando al descubierto a un abeto diminuto de hojas de oro. Su padre, antes de caer, había sacudido sus ramas de nieve, enterrando al arbolito para que no pereciera. El pequeño gimió como lo hacen los abetos, moviendo sus ramitas de un lado al otro. La tristeza invadió su corazón de corteza y paró su crecimiento. Decidió secarse. No quería ser mayor para ser talado. ¡Echaba tanto de menos la compañía de su padre! El bosque susurró melodías de sosiego para tranquilizarlo, y al fin se durmió.

Jaime se despertó temprano, un estruendo en la lejanía lo sacó de la cama. Era sábado y no era día de trabajo. Su familia dormiría unas cuantas horas más. Asomó la nariz por la ventana y aspiró el aroma gélido del otoño. Observó el manto nacarado de la primera nevada. Una sonrisa se columpió en los labios. Iría al monte para hacer un enorme muñeco de nieve. Desayunó a toda prisa. Se abrigó a conciencia. A sus once años sabía de sobra como el viento serrano se podía colar entre los pliegues de la ropa y regalarle un buen resfriado. Tomando el trineo y la mochila salió hacia la colina.

Durante la ascensión comenzó a divisar tocones de árboles cortados. La ladera se percibía llena de huecos. Sacudió la cabeza con tristeza. Eligió un calvero para empezar su trabajo con la nieve. Algo le distrajo de su labor. Un voluminoso insecto se posó en su guante. El chaval lo estudió con detenimiento: era transparente como el cristal. En la cabeza portaba un diminuto gorro verde del que sobresalía un rojo flequillo. El bicho le habló con una vocecita chillona: ─¡Sígueme! ¡Te necesitamos!─. El chico, asustado, se quedó paralizado durante unos segundos, los suficientes para entrever una gran procesión de alados de cristal indicándole el camino.

Jaime culminó su ascensión. Un círculo de árboles fuertemente entrelazados coronaba la colina. Los seres de escarcha atravesaron la pared vegetal invitando al chico a que hiciera lo mismo. Le costó encontrar un hueco entre la prieta espesura. Al cruzar, por fin lo vio. Un arbolito de apenas un palmo de alto, todo oro y sol, tiritaba aterrorizado: ─¡No me hagas daño!─. Lloró el abeto. El chaval se sentó a su lado: ─¡Tranquilo, no te haré nada!─. Acarició las hojas del ejemplar suavemente hasta que se calmó. Cantó canciones y hablaron largamente hasta que las risas y la complicidad unieron a ambos. El abeto de oro, al fin feliz, creció un palmo.

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Las mariposas de escarcha se posaron en torno al chico, entablando una conversación: ─Gracias por la ayuda. Ya te puedes ir, nosotras cuidaremos del bosque─. Jaime respondió: ─Por lo que he visto allá abajo, no lo habéis hecho muy bien. ¡Tendríais que cambiar de métodos!─. Juntaron las cabezas, tocadas con gorros de colores, para conversar entre ellas y después le preguntaron: ─¿Y qué sugieres tú, humano? Ten en cuenta que no podemos atacar ni hacer daño a las personas─. El chico reflexionó unos instantes antes de contestar: ─¿No podríais alterar su percepción? Hacer que encuentren ciertas zonas desagradables… Confundirlos un poco─. Los entes de hielo movieron los flequillos en señal de aprobación: ─¡Eso haremos! Ahora vete y borraremos este lugar de tu memoria para mantener este lugar escondido─. La voz del arbolito de oro sonó enfadada: ─¡Ni hablar! ¡Es mi amigo y siempre será bien recibido en el círculo del bosque!─. Las mariposas respetuosas, sin rechistar, acataron la orden del rey de la colina. Jaime volvió a visitarle la jornada siguiente y muchos días más.

Llegó Navidad y Papá Noel hizo su incursión durante la noche en todas las casas del pueblo. Jaime alborozado encontró muchos regalos al pie del árbol de Noel. Halló la lista completa de lo pedido en su carta a Santa, y cargó el trineo con parte de aquellos presentes. Cuando llegó al círculo de piceas vació los sacos, esparciendo agujas y cortezas de pino alrededor del arbolito para protegerlo de las ventiscas. El abeto, de pura alegría, aumentó su tamaño unos cuantos centímetros y le mostró una minúscula piña dorada que había creado: ─Es para ti, ¡Feliz Navidad!

Pasaron los años y los amigos crecieron al unísono. La venta de las piñas que Jaime fue recibiendo del arbolito, le permitió ir a la universidad y estudiar medicina. El abeto alcanzó una altura gigantesca, comparable a su sabiduría de Señor del bosque. Ambos compartían vivencias y consejos en horas y horas de charlas, de silencios y de risas. El tiempo no empañó una amistad que surgió cuando eran simples aprendices de la vida, sino que la hizo más fuerte y profunda.

La montaña volvió a recuperar su manto esmeralda de piceas. Nadie sabía qué se escondía en la cima de la colina porque, en el instante que alguien decidía ir a investigar, a los pocos minutos de comenzar la ascensión, olvidaba su propósito. Y cuando eso sucedía se escuchaban en el eco del valle unas carcajadas de escarcha y cristal. FIN.

ArbolDorado


Felices Fiestas. María Teresa Echeverría Sánchez.

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