EL REGALO MÁS DULCE .- (Aventuras de una compradora en pleno trajín navideño)

Era víspera de Navidad. Las calles aparecían cubiertas de alfombras humanas que se deslizaban arriba y abajo en un flujo incesante de empujones y algarabía atronadora. Y precisamente allí me encontraba yo, justo en el medio de todo el jaleo, parada bajo el alero del tejadillo de un quiosco de periódicos. La lluvia se había sumado a la escenografía, pintando un ambiente de agua y frío. Los charcos reflejaban las luces de colores de la iluminación de las fiestas. Miré mis pies, las botas se habían calado y notaba la humedad trepando por los tobillos. Las manos llenas de voluminosas bolsas, los regalos que había comprado para mi familia, ahogaban al paraguas que, tímido, se escondía en el pliegue del codo, no mostrándose dispuesto a cobijarme en los momentos que más le necesitaba. Le odié por eso con la intensidad con la que se desprecia a los objetos contra los que nos hemos golpeado o se interponen en nuestro camino.

Agotada, había intentado encontrar algún hueco en las cafeterías cercanas, sin éxito, solo para entrar en calor y poder liberarme, por unos instantes, de las bolsas que parecían haberse incrustado en mis manos. Pero aquí no acababa mi pequeño drama: había perdido los guantes, mis preferidos, los forraditos de piel de borrego, tan calentitos como suaves; además, mi pelo chorreaba sobre mis hombros con un goteo de tortura china y se erizaba en todo su esplendor de melena rebelde, después de haberme sometido a una interminable y carísima sesión de peluquería; la mascara de pestañas se había corrido, ocasionándome un continuo y molesto escozor en los ojos. Al borde del llanto me acurruqué contra la pared y cerré los ojos en un vano intento de despertar en el calor de mi cama. No funcionó tal tentativa de fuga, allí seguía yo bajo la lluvia y cargada de paquetes, igual que un camello de los reyes Magos.

cabalgata noche2

A través de las lágrimas, prismas de cristal de pura desesperación, que comenzaban a aflorar ya sin vergüenza, divisé un dorado fulgor que fue en aumento. Parecía una cabalgata acercándose rápidamente hacia mi posición. Pensé por un instante que mi mala suerte me iba a abandonar para dejarme disfrutar del espectáculo en primera fila. Y llegó la exhibición llena de luz y música de villancicos serpenteando entre la muchedumbre hasta alcanzar mi ubicación. La lluvia torrencial se esfumó repentinamente y dejó paso al engalanado grupo de oropel, cristal, plata y oro. Delante de mí se abrieron las filas de los integrantes de tan fastuosa troupe, franqueando el paso a un personaje alto que portaba una extravagante y vistosa indumentaria, dándole el aspecto de un príncipe escapado de algún cuento infantil. El atractivo joven llegó hasta mí luciendo en su rostro la más encantadora sonrisa que jamás imaginé. Me alzó en sus brazos y me besó larga y apasionadamente como nunca nadie lo había hecho.

Me despertaron las campanadas de la media noche. Cuando abrí los ojos, mis paquetes y yo estábamos en casa disfrutando del calor de la chimenea.

María Teresa Echeverría Sánchez

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