EL CLAVO – (Relato incluido en el libro “RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE”)

Incluido en el libro publicado en Amazon: “Relatos inquietantes de la nube” para versión kindle y en papel.

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Marcos salió de su oficina a las seis de la tarde. Como cada jornada se dirigió a la parada del autobús, después de echar una última mirada de envidia a la gente que se dirigía hacia el parque, el más grande y famoso de toda la ciudad.

Se sentía tenso y desmoralizado. Su trabajo, día a día, se tornaba más insufrible. Notaba los nervios estrujando todavía su estómago. Trató de relajarse dejando que su mente vagara sin rumbo., estaba solo en el banco bajo el parasol de la parada del autobús, entrecerró los párpados un momento y apoyó la cabeza contra la columna del asiento. Las imágenes llegaron de golpe a su cabeza, visualizándolas con todo lujo de detalles. Revivió aquella visita que realizó al parque, hacía varios meses: Caminó por sinuosos senderos, perdidos entre la fronda hasta llegar a un gran lago donde una veintena de barquitas eran acunadas por el viento. Igual que en una película, cada escena apareció diáfana en su ensoñación. Desde el estanque divisó la avenida de las petunias azules, cuajada de añil y verde, y muy al fondo descubrió la afamada y legendaria fuente de la fortuna, grande, bella y cantarina con su chorro sin fin. Leyó el cartel escrito en bronce, luciendo las siguientes palabras: “Todo el que traiga un presente al borde de estas aguas, será recompensado por la Cuidadora del Surtidor con los deseos que pidáis”.

¡Qué ilusas eran algunas personas! ¡Siempre necesitando creer en cosas irracionales y absurdas para mejorar sus vidas! Pensó para sí mientras admiraba el hermoso chorro.

Con cierta mueca de desdén siguió meditando: ¿Y quién era la deidad que habitaba ese rincón de espesura? Nada menos que La Cuidadora del Surtidor, personaje emblemático, moradora desde hacía siglos de aquel vergel cantarín, fruto de la imaginación de algún escritor o juglar de una época remota. De vez en cuando aparecían en la prensa dibujos y pinturas del ser inventado, encarnado invariablemente en la imagen de una bellísima mujer. Con el tiempo, el mito había creado tan singular costumbre en las personas que visitaban el parque, llevándolas a aproximarse al mágico chorro, donde depositaban su ofrenda con la esperanza de ver sus deseos cumplidos.

El joven rememoró la sensación de alivio y frescura que experimentó al sumergir las manos en esas aguas heladas, limpias y transparentes. Allí mismo observó el reflejo del grandioso montón de ofrendas en el acuoso elemento y, en ese instante, se percató de que lo único que llevaba en el bolsillo para regalar a tan insigne pléyade de la fuente, si esa hubiera sido su intención, era un clavo oxidado. Había olvidado por completo pasar por la ferretería. Debería haber comprado, esa misma tarde, el sustituto del deteriorado elemento que afeaba y restaba seguridad a su balda favorita, la que sujetaba sus tesoros más preciados, situada en una pared del salón. Apretando el tornillo firmemente en la mano pudo percibir su pequeñez frente a la enormidad de los presentes allí acumulados. Meditó unos instantes: “Ya que estoy aquí, podría dejar algo, por si acaso…”. Aleteó en su mente la imagen del amor de sus sueños, esa chica que vivía tan cerca y que le volvía loco. La misma que le paralizaba el alma cada vez que se la cruzaba… ¿Y si dejaba efectivo? Sacó la cartera y acarició un buen montón de billetes mientras releía el cartel una vez más: “El dinero no se considera válido para el trueque”. Estaba claro que había que entregar algún objeto significativo para atraer a la caprichosa fortuna.

 

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Sin más dilación depositó el clavo mohoso al lado de la voluminosa montaña de ofrendas. Había joyas de valor incalculable, pequeñas figuritas de marfil, cobre o plata; perlas de diversos tamaños y hasta una jaula con un loro dentro. El inmenso erario no se encontraba custodiado por guardia alguno; no se veía un alma. Los objetos se agrupaban unos encima de otros, guardando un absurdo equilibrio de chamarilería. Quedaba verdaderamente escaso y deslucido el pobre clavo al lado de las riquezas allí expuestas. Marcos volvió a registrarse los bolsillos en busca de cualquier cosa que añadir a la exigua ofrenda; encontró un caramelo de menta. El dulce acompañó al clavo en su silencioso posar. Momentos después, tal y como mandaba la tradición expresó el deseo en alta voz:

          —“Deseo que a cambio de mis humildes presentes, a partir de ahora, mi vida se llene de emociones, amor y prosperidad”.

El eco rebotó en la piedra de la fuente haciendo que la última palabra se alargara durante segundos. Repentinamente se notó observado. Escudriñó repetidas veces todo el perímetro sin localizar al autor de la candente mirada. El silencio súbito de los pájaros y la ausencia de brisa despertó tal sensación de temor, que se alejó a toda prisa del lugar. Cuando perdió de vista la fuente, el sobresalto se disipó y una sonrisa culpable asomó a sus labios. Había realizado una ceremonia pagana, iniciada al menos cinco o más siglos atrás, y casi ensucia los pantalones de miedo. Se sintió totalmente ridículo y cobarde. Al poco rato ya había olvidado el acontecimiento, sumergido en un mar de gente, terrazas, compras y música callejera.

Marcos, abandonado a sus pensamientos, se sobresaltó cuando el autobús llegó a la parada con un chirriante sonido de frenos. Tenía bastante prisa. Hoy tocaba hacer compra y cocinar para la semana, tareas que llevaba a duras penas. Suspiró resignado y recordó el terrible día que había pasado en el trabajo. Su jefe le había machacado sin compasión delante de todos los compañeros. Le dijo que sus ideas eran penosas, sin fuerza. Y lo que más le dolió fue la frase demoledora:-“¡Cuando te contraté prometías tanto y ahora…Mírate! ” Sintió la quemazón de las lágrimas a punto de derramarse. Bajó en su parada con la mirada nublada. Esperó un rato a que pasara el mal rato disimulando ver una revista en el puesto de periódicos. Para consolarse un poco, al llegar a su calle, compró un helado en el quiosco que, igual que una seta después de la lluvia, había crecido en pocas horas al lado de su portal.

            Pasó por el supermercado y subió a su piso cargado de bolsas. Dejó la compra en el rellano mientras buscaba la llave. A su espalda una puerta se cerró y oyó la voz de Mar:

—Buenas tardes, Marcos— Se volvió y se quedó paralizado como siempre que le encontraba. Haciendo un gran esfuerzo logró decir tartamudeando:

—¡Hola, Mar!

—¡Qué cargado vienes! ¿Te ayudo con las bolsas?

—¡No, no hace falta! Gracias.

—¡Vale! Pues… ¡Hasta otra Marcos!

—¡Adiós, Mar!

Mientras colocaba la compra, se dio de cabezazos contra la pared por lo tonto que había sido. Pero ¿cómo no había aceptado la ayuda de la chica? En esas estaba cuando oyó el timbre de la puerta. Un poco malhumorado por ser interrumpido en plena tarea, le gustaba ser metódico y organizado en sus labores, abrió la puerta de la calle. Odiaba recibir visitas cuando todo estaba tan desordenado. En el umbral apareció una mujer de aspecto extraño que le observó en silencio.

—¿Qué desea?— Espetó con tono seco y cortante.

La desconocida abrió la mano y le mostró su contenido. Marcos no entendió el ademán de la mujer y se quedó allí plantado mirando de hito en hito a la dama y al objeto. De pronto recordó, creyendo reconocer en él, la ofrenda que había dejado hacía unos meses al borde de la fuente.

—¡Vengo a reclamar mi regalo!— Contestó la mujer.

—¿Qué regalo?— Exclamó Marcos enfadado.

—Soy la Cuidadora de la Fuente, quiero saber de qué elemento formaba parte este clavo antes de que tú me lo ofrecieras a cambio de emociones, prosperidad y amor ¿Recuerdas?

—El clavo es la ofrenda. Sujetaba una estantería del salón ¿Escuchó lo que dije aquel día verdad? ¿Cómo se atreve a seguirme hasta mi casa? ¡Me está acosando y voy a llamar a la…–

Mientras Marcos hablaba, la dama hizo intención de entrar en la vivienda, el joven intentó sujetarla sin resultado. Sus manos se perdieron en el vacío de un cuerpo de aire. Como una brisa pasó a través de él, vaporosa y ardiente, dejando el desconcierto enmarcado en su rostro. En ese mismo instante se convenció de que el ser que tenía delante no era, para nada, convencional.

Tartamudeando dijo:

—¡Es usted la verdadera Cuidadora!

—¡Ya te lo dije antes! –

—¿Siempre visita a todos los que le llevan algún presente?

La sorpresa iba cediendo a la furia y realmente estaba muy enfadado.

—Solo cuando suscitan mi curiosidad. Éste, precisamente, es el caso: Un desconcertante y atípico regalo. Si estás dispuesto a obtener tus deseos, tendrás que mostrarte un poquito más amable conmigo. Por cierto, el caramelo estaba pasado y asqueroso.

            Los rasgos de la mujer iban cambiando junto con sus palabras. Tan pronto aparecía hermosa como un ángel, suspicaz, con aspecto de un zorro o sabía igual que una lechuza. Fascinado, el joven no podía apartar los ojos de aquel rostro misterioso, cambiante y fuera de la realidad. Por fin logró concentrarse en la conversación y se dirigió a la pared central del salón seguido de la mujer.

—Ésta es la estantería a la que pertenecía el clavo ¿Se la va a llevar?— Exclamó Marcos.

La Cuidadora de la Fuente se acercó e incrustó su mirada felina en los objetos que se amontonaban allí, amorosamente colocados. El orden y la limpieza reinaban en cada centímetro de la repisa. Una veintena de libros, algunos viejos y manoseados, cuidadosamente dispuestos por autores, descansaban contra un busto de Nefertiti.

—¡Vaya, vaya! ¿Tus…tesoros? Echaré un vistazo.

Marcos ante su proximidad se quedó allí plantado, sin moverse, quizá esperando instrucciones o un alarde de fuerza paranormal. Nada. Le dolían los ojos de no pestañear aguardando algo. Por fin llegó: Un aroma de primavera, de ribera de río, envolvió todo como una ola de espuma. Olía dolorosamente a naturaleza pura, ese tipo de fragancia que tienen solo los sueños. Se sintió transportado a tierras desconocidas, cien veces intuidas en esos libros que componían sus riquezas más preciadas.

La mujer cogió varios de los ejemplares allí colocados, y se dispuso a hojearlos, uno por uno, con total parsimonia. Marcos se sintió absurdo, plantado como un poste en medio del salón. Temiendo doblarse de cansancio invitó a la extraña a sentarse con un ademán. La expresión de seriedad y cautela del ente cambió al examinar los tomos. Un gesto de deleite impregnó su cara antigua de esfinge.

—¡Me encantan los libros! Únicamente he recibido tres ejemplares como presentes en los últimos quinientos años. Resulta bastante monótono releer las mismas historias una vez tras otra, por mucho que éstas me gusten.

—¿Y cuáles son los títulos que obran en su poder? Interesantes, espero.

           —Quizá lo fueron en el momento que los acogí como regalo; se han ido convirtiendo, a través de los años, en objetos muy queridos; me han evitado muchos momentos de tedio, pero ahora apenas los hojeo. Conozco cada línea y diálogo al dedillo.

Y comenzó a recitar a voz en grito:

—“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”… El Quijote fue el primero y más querido de todos. Después le siguió Las fábulas De La Fontaine: “Cantó la cigarra durante todo el verano, retozó y descansó, y se ufanó de su arte…”— Declamó la mujer con un vozarrón cavernoso —Y ahora el último, a ver si lo reconoces: “Creced y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla”. En efecto, es la Biblia, y sí, me la sé de memoria.

Marcos asintió, estupefacto, ante el derroche de teatralidad de la sorprendente dama.

—Tú también has leído todos éstos— Dijo señalando la estantería —muchas veces. ¿Tus favoritos quizá?— Y se sumió en hondas cavilaciones hasta que exclamó:

—Podríamos llegar a un trato si te parece bien.

—¿Qué clase de trato? – Preguntó Marcos, incrédulo.

—Mi ayuda incondicional e inestimable para que progreses y consigas todo lo que ambicionas, a cambio de que me proveas de libros para leer durante los próximos… veinte años.

—Pedí emociones y prosperidad hace unos meses y mi vida sigue tan monótona como siempre.  Usted nada ha hecho por mí. Permítame que ponga en duda ciertas capacidades “extraordinarias” que se atribuye sin más.

—Es cierto que hasta hoy no he comenzado a trabajar en tus deseos, me intrigabas, tenía que estudiarte. A muy poca gente le hago favores. Los regalos no me importan nada, pero sí el corazón de las personas y éstos suelen ser bastante oscuros— Siguió hablando el ente —¿Te parece “poca emoción” este ratito que llevamos juntos, o quieres más?

Al joven se le mudó el color del rostro y exclamó suplicante:

—¡No por favor, he tenido bastante! Acepto el trato, le llevaré libros a su fuente cuando usted quiera ¿Contenta?

—Tengo que añadir una petición más: Aparte de los libros, necesito un lugar donde pueda estar concentrada y sin que nadie me moleste con sus peticiones de deseos banales. En este piso hay mucho espacio. Esa habitación del fondo, el trastero, aunque es pequeño puede resultar muy acogedor.

—¿Conoce mi casa?… ¡Claro! Imagino que puede “vislumbrar” mucho más que cualquier otra persona. Ese “cuartito” está lleno de trastos y no tengo tiempo de hacerle sitio. Además tendrá que estar de guardia en su fuente. Es su trabajo ¿no?

—La habitación está ya lista y ordenada, en este mismo instante, mientras hablamos. Puedo ocuparla inmediatamente. No pongas esa cara de susto, para mí es sencillo hacer “esto”. Durante siglos me han sometido a toda clase de retos mucho más arduos que cambiar una habitación. A veces el nivel de exigencia era indescriptible. Respecto a la calidad de los deseos, concedo los que creo convenientes, pero he de decir que no tengo poder sobre la vida o la muerte, no soy ninguna diosa. Puedo estar en otro lugar que no sea la fuente y continuar vigilándola. Ahora mismo oigo las ambiciones expresadas en voz alta desde el parque, pero es más distraído estar aquí, charlando contigo— Y sonrió.

—¿Si no es una deidad, entonces quién es exactamente?— Preguntó el joven.

—Fui una mujer mortal, inusual para la época en que nací hace miles de años: erudita, inteligente, segura de mi misma. Decían de mi persona que era una elegida de los dioses. Uno de ellos, cuyo nombre no viene al caso, hizo realidad este apelativo, convirtiéndome en lo que ahora soy. Tengo que seguir en mi puesto como Cuidadora de la fuente hasta que venga mi sustituta. Este hecho, está escrito en cada gota de agua de mi manantial.

—Y en el momento que acontezca el evento, imagino que muy esperado por usted, podrá disfrutar haciendo lo que quiera. ¿A qué se dedicará entonces?

—Cuando viva por fin ese instante, mil veces deseado, mi tarea habrá concluido. Mi época murió junto con mis amores y amigos. Desapareceré como si nunca hubiese existido, igual que una bruma o una nube de polvo.

Se quedó callada y perdida en mil recuerdos. Marcos aprovechando los segundos de silencio de su invitada, se levantó y caminó hasta el final del pasillo. Abrió la puerta del trastero y asombrado encontró un habitáculo recién pintado, y escasamente amueblado. La única silla existente, de tosca madera, se arrimaba a una hermosa mesa justo debajo de la ventana. Una estantería, copia exacta de la que había en el salón, presidía la pared opuesta de la reducida sala.

—¡Vaya! ¿Dónde ha colocado todo lo que estaba aquí?

La mujer se acercó al muchacho:

—¡En la basura! Lo único de tu propiedad que merecía salvarse, era la maleta que descansa en tu armario y que necesitarás próximamente.

La fémina penetró en el cuartito diciendo:

—Sigue con tu vida, no te molestaré— Dijo La Cuidadora de la Fuente encerrándose en la estancia junto con uno de los libros de Marcos.

No hizo ningún comentario más. ¿De qué hubiera servido? Despacio el joven se dirigió a la cocina donde continuó colocando la compra como si nada anormal hubiera ocurrido. Al cabo de unas horas, cuando creyó que la inesperada visita había sido producto de su imaginación, la insólita fémina salió de su encierro. Abandonó el libro sobre la mesa de la cocina y se despidió de su anfitrión con una sonrisa de complicidad:

—¡Volveré!

—¡Espera un momento! No tienes llave de la casa

—¡No la necesito!

Sin decir nada más, la mujer milenaria desapareció.

            Marcos se sintió especial, repentinamente, pletórico de energía. ¿Serían efectos secundarios de la visita? Si esto era cierto, su futuro se pintaba con los colores que siempre había deseado: sorpresas y emociones sin límite. Su vida estaba al borde de un gran cambio. Lo intuía. Quien hubiera imaginado que un humilde y oxidado clavo, fuera el origen de tal perturbación.

            La imagen de Mar se esbozó en su mente, se imaginó acariciando su mejilla. Un timbrazo le sacó de su nebulosa de fantasía. Cuando se dirigía hacia la puerta, adivinó quien iba a estar al otro lado. La emoción le embargó.

La Guardiana de la Fuente regresó día tras día a su encierro consentido, devorando un libro de cabo a rabo en cada visita. El joven se vio en la obligación de comprar un buen montón para mantener abastecido el apetito insaciable del ser de agua. Una cierta intimidad entre los dos comenzó a tejerse a medida que pasaba el tiempo. Cuando salía de su encierro la mujer se sentaba en la cocina a observar a Marcos trajinando entre los cacharros. Historias antiguas e increíbles sobre dioses, pléyades, reyes y faraones se desgranaron en aquellos momentos. El joven escuchaba extasiado cada capítulo de la extensa existencia de aquel ente milenario lleno de sabiduría.

La relación con Mar se fue afianzando en horas de confidencias, besos y conversaciones. Era tal y cómo la había imaginado. Despierta, luchadora, alegre y llena de esperanza. Justo la compañera que necesitaba. Aunque la joven observaba con cierto temor a la mujer que vivía en el hogar de Marcos. Coincidieron varias veces en sus visitas a la casa y en todas las ocasiones vislumbró en esa mirada extraña, ecos de eternidad insondable, pozos tan profundos que daba miedo estar atrapado en ellos. Incluso sus ropas eran fuera de lo común. Las telas vaporosas daban la sensación de estar siempre húmedas, presentando unos estampados sorprendentes de algas y peces que parecieran moverse de un lado al otro del vestido. Su cortesía era indudable al igual que su desdén. Se veía claramente que la mujer no estaba interesada en conocerla lo más mínimo. En cambio ese rictus cambiaba con respecto a Marcos, creyendo entrever en esos terribles ojos, algo parecido a la admiración.

El ambiente tenso de la oficina del joven mejoró de la noche a la mañana. El tirano que llevaba las riendas de la empresa hacía décadas y que, en los últimos tiempos, había logrado el odio más exacerbado de toda la empresa, fue sustituido por otra persona más joven, que le dio al equipo un enfoque moderno y vanguardista con el que todos se sintieron identificados. Marcos enseguida destacó con sus ideas inverosímiles y arriesgadas. Un importante cliente le reclamó una temporada en Japón. Después viajó a China y Argentina. El joven estaba entusiasmado con este ir y venir continuo que se asemejaba al montón de nuevas ideas que bullían en su cabeza.

Marcos aparecía con libros de todas las partes del mundo para obsequiar a su insigne huésped. Ella los leía encantada en cualquier lengua, ya fuera mandarín o hebreo y luego hacía un somero resumen verbal de su contenido. Con estas informaciones gratuitas, el joven se fue convirtiendo en un erudito en las modernas publicaciones a nivel mundial. Este dato le añadió notoriedad en su trabajo, le impregnó de “universalidad” y abrió su mente creativa de forma extraordinaria.

Llegó un momento en el que la extraña mujer leía a tanta velocidad que más que leer libros parecía que los devoraba. Marcos observaba los grandes montones de ejemplares apilados en el salón de su casa. Tuvo la sensación de que algo apremiaba a la Guardiana a ser lo más rápida posible.

Cuando regresó del último de sus viajes, no encontró a tan insigne huésped en casa. Pasaron los días y la mujer no aparecía. Marcos comenzó a preocuparse y decidió acercarse al parque para visitar el manantial, una tarde al salir del trabajo.

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Divisó la Fuente al final del paseo emergiendo, con su chorro enhiesto, entre la densa arboleda. Ahí estaba la montaña de ofrendas atrapando la luz en sus piedras preciosas, pero no encontró ni rastro de la peculiar fémina. Revolvió el agua con la mano, llamó a gritos a la Cuidadora y espero y siguió esperando. Cuando el sol se ocultaba vislumbró una sombra que se perfiló en el atardecer. Despacio, el ser se dirigió al encuentro del joven llevando en la mano una jaula y una caja. Llegando a su altura los apoyó en la orilla de la Fuente.

            —¿Qué te ha pasado? ¿Estás enferma?— Musitó quedamente Marcos.

            —No te preocupes. Estoy feliz porque al fin he encontrado a mi sucesora. Me siento débil, como es lógico, ya que todo mi poder se lo he traspasado a ella. Hubiera ido a despedirme a tu casa pero ya no me quedaban fuerzas. Gracias por venir, así estarás conmigo hasta que deje de ser y me vaya.

            —¡No quiero que te vayas, ahora no! ¿No puedo hacer nada para que te quedes?

            —Ya sabes cuál es mi voluntad. Quiero legarte estos presentes, los que poseen más valor que todo ese montón de joyas que ves ahí. El loro es ya viejo, cuídalo, necesita compañía. Mis tres libros engrosarán tu valiosa y entrañable colección. Si quieres renovar tus deseos de emociones, prosperidad y amor ¿Recuerdas esos anhelos? Sólo tienes que hacer una ofrenda y mi suplente te los concederá sin reservas. Me voy feliz porque por primera vez no voy a ver morir a alguien que me importa y al que estimo. Gracias por tu amistad Marcos.

            —¡Mil gracias por devolverme la confianza en mí mismo!

            —¡Era lo único que necesitabas, un ligero empujón! ¡Sé feliz, amigo!

Dicho lo cual la Cuidadora de la Fuente comenzó a diluirse en el agua, gota a gota. El aroma a bosque se hizo más intenso que nunca. Lo último que el joven vislumbró en el líquido fueron unos ojos llenos de agradecimiento. FIN


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María Teresa Echeverría Sánchez, autora.

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One comment

  1. Una historia bonita y llena de esperanza, porque los sueños y los deseos siempre se pueden cumplir, mientras haya vida. Habrá que observar con más atención esa fuente en El Retiro.

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