DONDE VIVEN LAS LÁGRIMAS.-

Relato incluido en el libro “Relatos inquietantes de la nube” publicado en Amazon en versión kindle y en libro. Si es de vuestro agrado podéis  seguir los enlaces pinchando en las portadas de los libros.

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“El alma no tendría arcoíris si los ojos no tuvieran lágrimas” (John Vance Cheney)

Viernes 10 de Septiembre-

Debo escribir lo que siento, aunque el dolor me impida intentarlo cortándome la respiración. Esta quemazón insoportable que se cuela en los pulmones, me ata las piernas, taladra mi cabeza y entumece mis manos… Me percibo como una inmensa llaga supurante y doliente…. Mi hijo, mi niño, mi trocito de alma, se ha ido para siempre. Nunca volveré a verle. No oiré su voz llamándome, ni encontraré en casa su risa alocada y estruendosa de adolescente. Esta certeza se ha adueñado de mi pensamiento, me ha golpeado como un puñetazo en este preciso instante. Siento tal soledad y desesperación que solo puedo llorar y llorar hasta que no me queden lágrimas o hasta que me seque por dentro. Quiero morir con él.

Todavía puedo verle, como en un sueño lento y agónico, con la alegría de sus doce años, cruzando la calle con el semáforo en verde, tal y como se le había enseñado desde que era un bebé. Me saludaba con la mano y su sonrisa de pícaro le bailaba en la boca. Su mochila roja colgada del hombro iba, como siempre, repleta de libros. El balanceo carmesí de la bolsa ha quedado colgado en mi memoria como preludio de lo inevitable.

  Yo le esperaba al otro lado de la calle para ir de compras. Su cumpleaños estaba al caer y él ya había decidido los regalos que deseaba. Sería el próximo sábado, es decir, mañana 11 de Septiembre.

 Tenía escrita escrupulosamente su lista de cosas para comprar conmigo: pantalones, zapatillas y camisetas nuevos. Se sentía cada vez más independiente, en plena transición a la etapa de adulto que deseaba alcanzar con muchas prisas, aunque todavía era de esa clase de chicos que estaba encantado de ser adolescente.

 De pronto un coche tomó la curva tan rápido que no le dio tiempo a frenar en el semáforo. Mi hijo fue arrollado delante de mis ojos, sin que pudiera avisarle ni prevenirle. Murió entre mis brazos en pocos segundos. Sentí como se aflojaba en mi abrazo, como por mucho que yo intentaba protegerlo y defenderlo, su vida se me escurrió entre los dedos. Durante horas no fui capaz de emitir ni un sonido, solo llorar en silencio hasta el agotamiento.

Estos últimos días he perdido la noción del tiempo, flotando entre abrazos y besos de gente, envuelta en susurros, en sorbos de tila y pastillas tranquilizantes, sollozos y coronas de flores. Solo tenía ojos para mirar a Luis, dormido en su cajita de madera. Seguía con la esperanza de que la horrible experiencia fuera un mal sueño, una pesadilla terrible, que se diluyera en el amanecer y todo volviera a ser como antes; pero he despertado y la realidad me ha aplastado con toda su crudeza.

Hace dos años que me divorcié; Luis y yo ya empezábamos a sentirnos cómodos con esta situación, a acostumbrarnos a estar sin su padre. Nuestra nueva casa era pequeña pero la estábamos decorando a nuestro gusto; teníamos nuestros planes de vacaciones, de comprarnos un coche, un nuevo ordenador, de tantas cosas…

Es de noche, a través de la ventana veo las luces apagadas de las casas, la ciudad duerme y me siento sola, la mujer más sola y más triste del mundo. No encuentro sentido a seguir viendo una mañana más u otro verano sin mi hijo. Me voy a dar unos meses de plazo para poder vencer la desesperación y hacerme más dura, si no lo logro me rendiré definitivamente y buscaré el camino para seguir a mi hijo donde quiera que haya ido.

Sábado 3 de Enero –

Durante mucho tiempo no he sido capaz de escribir una línea. Hoy, en cambio, puedo apunar algo positivo. He logrado anestesiar la desesperación y el dolor. El secreto es trabajar sin descanso hasta que caigo rendida… Sigo en mi oficina concentrada en mi labor, aún después de que mis compañeros se hayan ido. Adelanto proyectos, dibujo tras dibujo, línea tras línea, horas y horas sin descanso. Es lo que me impide pensar. En este paréntesis me olvido de mí misma, de mi vida y del desgarro de mi alma.

Lo peor llega siempre cuando estoy de vuelta en casa y voy a la habitación de Luis. Veo el avión que estaba construyendo, con las piezas pulcramente alineadas; los deberes a medio hacer en su mesa de estudio. Acaricio la pluma y su reloj intentando sentir esa huella que todavía sigue en ellos, y allí mismo sin comer y sin desvestirme me duermo llorando en una noche sin fin. ¿Dónde estás, cariño mío? Me pregunto una y otra vez.

Sábado 25 de Febrero-

Por fin he decidido salir. Al coger aire apenas duele cuando respiro, como si una anestesia me impidiera sentir. En un ataque de valentía, he recogido los objetos de mi hijo y guardándolos en el trastero. No he querido que nadie me echara una mano, ha sido tan doloroso y amargo como imaginaba, no deseaba testigos de mi profunda pena. Esta tarde he decidido cambiar la rutina, voy a ir al cine. Mis compañeros de trabajo me han recomendado una película que han estrenado hace poco y que tiene buena crítica. Tengo que ir sola, todavía no soy capaz de hablar con ninguno de mis amigos de lo que estoy pasando. Temo deshacerme en llanto y ponerles en un aprieto; no soportaría su compasión y sobre todo que me vieran hecha un mar de lágrimas. No soy capaz de pedir ayuda. Todavía no puedo.

Últimamente me pregunto dónde irán mis lágrimas y las de otros padres y madres que pierden a sus hijos para siempre, esos proyectos de futuro, tan amados, tan protegidos, tan nuestros. ¿Dónde se esconden estas gotas tristes vertidas a raudales por la gente que sufre, que enferma sin esperanza?…Amargo líquido salado, hecho de trocitos de desesperación concentrada, que fluye y se pierde…quizá en la nada.

lágrimas

Lunes 27 de Febrero –

Hoy estoy releyendo el último párrafo que escribí hace dos tardes y, desde entonces, siento algo muy extraño, porque tengo la impresión de que alguien está a mi lado, observándome, pero por más que miro a mi alrededor mis ojos no captan ninguna imagen, es solo una sensación.

Veamos, desde que vi la película, ésa que todos mis conocidos me recomendaban una y otra vez, algo cambió. Pensando detenidamente en ésa tarde que decidí ir al cine llego a la conclusión de que viví momentos muy extraños. Cuando me encontraba aproximándome a la sala de proyección, alguien atrajo mi atención gritando mi nombre de pila. Un chaval de la edad de mi hijo me hacía señas desde la boca de una estrecha callejuela. A mi alrededor no había ni un alma. Me quedé parada sin saber qué hacer, solo observando al muchacho. Aquel extraño volvió a llamarme otra vez haciéndome gestos de que me acercara. Saliendo de mi parálisis me dirigí hacia él.

            -¡Marta, venga por aquí! ¡Vamos, dese prisa la estamos esperando!

Corrí tras él hasta llegar a un escondido local llamado “Cine de las almas heridas”. Jamás había oído hablar de él. Penetré en el recinto y me encontré en un salón muy elegante y glamuroso, parecía haber salido de una foto de hacía cincuenta años. La taquillera con su boquita de corazón pintada de sangriento carmín, me sonrió.

           —¡La sesión va a comenzar en breves instantes, todavía está a tiempo de ver la película desde el principio!

Miré alrededor intentando localizar al muchacho que me había servido de guía, le vi desaparecer dentro de la oscura boca de la sala de proyección. Pagué mi entrada y acompañada de un amable acomodador entré en la sala de butacas. La comodidad y el lujo de los asientos me dejaron anonadada. No hice más que sentarme cuando las luces se apagaron y comenzó la proyección del film. La gigantesca pantalla creció hasta ocupar cada rincón de mi visión. Parecía estar suspendida en la nada viviendo dentro de las imágenes que me rodeaban.

 Desde el comienzo del film las escenas atraparon toda mi atención. Olvidé que era una historia y viví todo aquello como un personaje más. Me sumergí en atardeceres de nubes de nata y rojo carmesí donde canciones de agua y flores tropicales me acariciaban y envolvían. Incluso me llegaba su olor. Y así en pocos minutos el sosiego me envolvió de los pies a la cabeza. Me olvidé de todo, de mis lágrimas, de mi hijo, del trabajo, incluso de la película. No recuerdo el momento exacto en el que salí de allí. Recuperé la conciencia cuando divisé mi portal. ¿Alguien me habría drogado? ¡Pero qué bien me sentía!

Al día siguiente recomendé a mis compañeros el lujoso cine y por supuesto la película, cuyo título y argumento fui incapaz de hallar en mi memoria. En la cartelera no había rastro de la extraña sala en la que estuve la tarde anterior. Todos en la oficina me miraron con una mezcla de lástima y extrañeza. Leía en cada cara el mismo mensaje: ¡Pobre Marta, el sufrimiento la ha vuelto loca!

Pero ya no me importaba lo que creyeran de mí. Por fin, después de muchos meses, había tenido unas horas de descanso maravillosas. Aquella misma noche cansada de caminar y aprovechando la tranquilidad que me invadía, me metí inmediatamente en la cama. Fue el primer sueño que dormí sin llorar, lleno de imágenes dulces y tranquilas. Viajé a un lejano lugar, al País de las Lágrimas, encontrando allí al compañero más querido y al que jamás pensé que pudiera volver a ver, mi hijo. Me recibió con su eterna sonrisa de pícaro que tan bien conocía. La calma más absoluta anidó en mi alma. La alegría salió a raudales enganchando nuestras miradas. Me tendió las manos.

              —¡Hola mamá!— Exclamó abrazándome —Hace tiempo que te esperaba, pero era tan gigantesca la capa de dolor que te cubría, que mis llamadas no te llegaban—

Yo me sentía tan feliz que apenas oía lo que me decía.

              —Ven conmigo, tengo algo que te gustará ver—Yo le seguí encantada y emocionada. No podía creer que estuviera a mi lado, aunque sabía perfectamente que era un sueño, me encontraba disfrutándolo igual que si fuese real.

Me enseñó un enorme lago de agua cristalina rodeado de nubes de blanquísima lana y montañas con capa de merengue que se asomaban muy juntas a la superficie de espejo. Unos metros más abajo pude contemplar otro estanque de color turquesa, llenándose gota a gota de una oculta tubería escondida entre las flores. Grandes macizos de colores pugnaban por ocultarlo de la vista.

          —¿Ves mamá, donde están esas lágrimas que creías perdidas? Aquí las tienes, goteando desde la tristeza y el desencanto de muchas personas.

         —¿Y el embalse gigantesco cómo se ha formado, con lágrimas también?- Pregunté a mi guía haciéndole una caricia en la mejilla.

         —Sí, con lágrimas muy especiales, que no son de dolor. Este estanque se abastece de la alegría, ilusiones y esperanzas de muchos de nosotros. Los sabores de los dos depósitos varían. ¡Ven y prueba ambos líquidos, verás lo que ocurre! No tengas miedo, estoy aquí contigo, siempre lo he estado aunque tú no me podías sentir— Y su sonrisa me iluminó hasta los huesos.

Bebí un sorbo tanto de uno como del otro, y lloré y reí casi al mismo tiempo; pero cundo probé la mezcla de los dos lagos a la vez, me sentí renacer, como si algo roto volviera a funcionar. De pronto me embargó el deseo irresistible de ver el sol, de echar a correr, de comenzar nuevas cosas… de vivir otra vez.

Me desperté, tranquila, descansada y con la imagen de Luis en mi cabeza, de esa sonrisa burlona que me dedicó cuando comenzó a diluirse en mis fantasías.

La semana transcurrió entre trabajo, más trabajo y alegría. Al principio pequeña y tímida, con tambaleantes pasos de recién nacida. Pero conforme pasaban los días, se afianzaba en mí y me hacía vibrar con renovadas ganas de existir.

Y llegó el fin de semana y no fue terrible como lo era en el pasado. El sábado hacía un magnífico día de primavera y me atreví por fin a llegar hasta el paraje donde con mis manos había colocado las cenizas de mi hijo. En la ladera de sus montañas favoritas, rodeadas de brumas tornasoladas en otoño y nieves de nata batida en invierno. Al llegar al pié de la elevación me quedé inmóvil, asombrada. Toda la pequeña ladera donde descansaban sus restos aparecía cubierta de un tapiz de flores azules. ¡Era increíble! Me acerqué para acariciar esa alfombra maravillosa y oler su perfume. ¡Mi hijo estaba allí! Lo podía sentir.

Volví a casa con el corazón henchido de sentimientos encontrados. Y lloré, pero mis lágrimas eran dulces de sabor a esperanza, no amargas de desesperación. De golpe me volvieron las ganas de ver a mi familia, a mis amigos. Sentí que mi vida caminaba otra vez, como si un oculto resorte hubiera sido accionado por expertas manos.

Domingo 11 de Septiembre –

Casi no tengo tiempo ya de escribir, pero debo dejar constancia de todas las cosas tan importantes que han sucedido en estos últimos meses.

He adoptado un niño, tiene 7 años y le falta la mano derecha. Se llama Julio y tiene unos increíbles ojos negros, tan soñadores y que a veces presentan ese toque de picardía que yo tanto valoraba en mi hijo. Ha llenado mi casa de alegría y de preguntas.

Por fin soy feliz, sobre todo porque Julio lo es también. El pequeño tenía tantas ganas de tener una familia; tengo aquí su foto sacada en la última fiesta de cumpleaños con su nueva familia, rodeado de tíos, primos, abuelos; su carita aparece transformada en una expresión de puro deleite. Ahora lo que más desea es tener un perro para cuidarlo y tenerle de compañero. Creo que pronto adoptaremos uno.

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He vuelto a pintar lienzos mezclando varias técnicas y cambiando completamente mi estilo. Ya estoy preparando una exposición para Navidad. No me reconozco en esta persona en la que me he convertido, llena de planes y de esperanza.

No olvido el País de las Lágrimas y sobre todo a ti, Luis, mi niño. ¡Te percibo en tantas cosas que me rodean! Una parte de mí se fue contigo y no regresará jamás, pero el otro pedazo de mi persona la siento reconstruida y quiero luchar aun cuando me golpeen una y mil veces más y derrame cientos de lágrimas. ¡Gracias, cariño, por recordarme que pase lo que pase, vivir siempre merece la pena!


 

María Teresa Echeverría Sánchez   (novelas, relatos y cuentos para niños)

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2 comments

  1. Bueno… menos mal que ha acabado bien. Que dolor trasladas a través de este relato,que tristeza y esperanza al final. Superar la muerte de un hijo debe de ser de las cosas más difíciles a las que enfrentarse. Pero es verdad que a través del amor que nunca nos abandona, se puede seguir viviendo y con ilusión. El País de las lágrimas debe existir en algún universo, además de en nuestro corazón.

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