UNA HISTORIA DE DRAGONES (Incluida en RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE).-

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portada relatos inquietantes

 

“Hasta un niño feo y deforme puede mirar el mundo desde arriba si va a lomos de un dragón” (George R.R. Martín)

UNA HISTORIA DE DRAGONES.-

CIUDAD PERLA

Tier se sentó en una roca justo en el borde del precipicio. Desde allí admiró la magnífica vista de ciudad Perla: la cúpula gigantesca y traslúcida de nácar y oro del Palacio del Consejo destacaba sobre los demás tejados, construidos con espuma marina desecada. Las calles amplías y sinuosas, pavimentadas en su totalidad en mármol blanco, polarizaban la escasa luz que se difuminaba suavemente en el amanecer. Todo era calma en aquella hora en la que los dos soles gemelos apenas se insinuaban en el horizonte. Las tres lunas, igual que gotas de sangre, ponían una nota de color en las lenguas de plata de los ríos que cercaban la metrópolis; el Dulce, conduciendo su caudal desde las montañas Amarillas y el Salado, penetrando como una tromba desde el mar al encuentro de su contrincante, peleando una batalla de siglos entre ambas corrientes.

Perla era una ciudad floreciente, con el paso de los años se había ido extendiendo por la gran llanura donde disputaba sitio a los campos de cultivo y a los grandes lagos de peces irisados. Los ciudadanos vivían una época próspera sin igual, reflejándose en el barroquismo exagerado de las construcciones, recargadas de oro, piedras preciosas y escamas de dragón. Cuando llegó a este punto de inflexión, Tier no pudo evitar una mueca de disgusto. La noche anterior, mientras él hacía la guardia, un grupo de “ciudadanos modélicos” había descubierto un huevo de dragón en un cobertizo. Lo sacaron a la plaza y entre todos molieron a palos la cáscara pétrea hasta que se hizo añicos. No se atrevieron a matar al bebé que había dentro, tan parecido en el aspecto físico al que tenían sus hijos. Sin embargo no consintieron que nadie se acercara a auxiliarlo, a pesar de los llantos de los que hizo gala el recién nacido. A las pocas horas murió de frío e inanición. En el pasado esas escenas eran de lo más corrientes, encontrándose huevos resquebrajados en los vertederos. En cambio ahora, estos hechos sucedían muy de tarde en tarde, quizá demasiado.

            Miles de años habían transcurrido desde que la sangre de los dragones y los hombres se habían mezclado, y la razón no fue otra que el amor, puro y verdadero. Una reina y un dragón habían unido sus destinos dando lugar a una nueva raza. Expulsados ambos por sus respectivos pueblos, volaron muy lejos de los confines conocidos hasta encontrar un lugar donde sus hijos pudieran vivir en paz. Sus descendientes nacían humanos, tanto si eran paridos como si lo hacían de un huevo. La naturaleza seleccionaba quién se transformaba en dragón o, por el contrario, seguía siendo hombre. Los elegidos, una vez que eran instruidos por los dragones más sabios, tenían la virtud de transmutarse en una u otra naturaleza, según les conviniera. Los hombres que no recibieron esta dualidad o que no se hacía patente a lo largo de su existencia, con el paso de los siglos, se tornaron soberbios y altaneros, temiendo la amenaza de convivir con aquellos seres superiores. Elaboraron una lista de todos aquellos que no se ajustaban a lo que ellos definieron como “humanos” y los obligaron a desterrarse. Desde entonces los pocos dragones que todavía habitaban Estérion, trasladaron su morada a la isla Dragonia.

Los humanos, infectados de envidia, enfermedad más terrible que el hambre, porque era hambre del espíritu, obviaron los genes de dragón de los que eran portadores y no quisieron comprender la labor inconmensurable que realizaban los seres alados para la supervivencia de Estérion.

Los dragones, seres inteligentes, gigantescos, valientes, justos y leales, siguieron manteniendo el equilibrio del planeta. Todas las noches sin excepción, una pareja de dragones volaba hacia el universo para corregir la atracción que ejercía la galaxia cercana sobre el planeta de los soles y las lunas. Con su inmensa fuerza empujaban y colocaban milimétricamente todos los elementos del pequeño cosmos, evitando que se dirigiera hacia una colisión con los planetas más cercanos. Con esta ardua labor conseguían que las cosechas de los hombres se triplicaran, que los ríos fluyeran con más fuerza y originaran mucha más energía, que el mar se oxigenara y los animales marinos se multiplicaran dando lugar a una armonía entre todos los elementos, incluso afectando a los más temibles enemigos de los hombres, los Festeriones. Éstas eran plantas autóctonas de Estérion, únicos habitantes del planeta desde el origen, hacía millones de años, ocupaban parte del vasto territorio de Estérion. Ante la primera invasión de hombres y dragones se tornaron belicosas, comenzaron a desarrollar ciertos poderes en su lucha contra las razas que ocupaban su planeta. De las raíces crecieron unos pseudopiés que les permitían recorrer cortas distancias. Podían lanzar sus esporas a cientos de kilómetros, simientes envenenadas que devoraban hombres, casas y lo que encontrasen a su paso. Los dragones eran los únicos que las mantenían a raya. Comían sus esporas no permitiendo que se reprodujeran más allá de las montañas Amarillas.

Quedaban muy pocos individuos en Dragonia, escasos para tan fragosa tarea. Con sus bocas descomunales llenas de dientes afilados, sus escamas de vistosos colores y la permanente columna de humo que salía de sus hocicos, presentaban la inconfundible imagen de criaturas ancestrales. Su alimentación no era demasiado variada, aparte de las semillas de Festeriones, se nutrían de rocas que extraían del fondo de la tierra con sus poderosos hocicos, obteniendo los metales que les daban esa fuerza descomunal.

Tier había puesto a salvo a algunos de los muchachos y muchachas que se transformaban, evitando su ejecución. Ahora, su reloj biológico marcaba su inminente transformación. El cambio se aproximaba, quizá más tardío que en otros individuos, y debía emigrar a la isla de los dragones para completar su educación. Sintió su corazón latir desbocado, el instante se acercaba pero antes debía despedirse.

DRAGONIA

Corrió hasta el hogar de Iris, su mejor amiga, la que siempre sabía escuchar, la de la eterna sonrisa, la mujer a la que adoraba. No encontró a nadie, ni rastro del trasiego del desayuno. La casa en forma de seta gigante, blanca y roja, parecía abandonada. Probablemente estaría de guardia en uno de los muros. Deslizó una nota por debajo de la puerta contando la razón por la que se iba de ciudad Perla. De sus botas comenzaron a salir pequeñas volutas de vapor. Debía apresurarse antes de que sustituyeran la guardia de la noche, soñolienta y cansada, si no quería morir ensartado por una saeta de largo alcance a manos del relevo de la mañana. Llegó hasta su casa donde percibió el aroma del desayuno. Ésta vez sus tripas no rugieron hambrientas. ¡Eso sí que era extraño! El vapor salía con más fuerza de sus botas, dando la impresión de que caminaba en una nube.

            —¡Madre, ¡Mírame!—Dijo señalando la emanación azufrosa que le envolvía— ¡Ha llegado la hora! Parto hacia Dragonia.

La mujer abrazó a Tier con desolación.

—Cuando puse el huevo, sabía que un día tendrías que partir muy lejos para salvar la vida. ¡No volveré a verte más!

Se echó a llorar con desolación entre los brazos de su hijo.

—Encontraré la manera de regresar. No he podido localizar a Iris, cuando la veas, dile que volveré.

Dejó a su madre echa un mar de lágrimas y se deslizó hasta la playa. Entre unas cañas encontró el bote escondido y se echó al mar. Comenzó a remar vigorosamente mientras los soles se asomaban en el horizonte tímidamente. Cruzó la línea peligrosa, allí donde podía ser alcanzado por una gran ballesta, y en ese instante una nube de gas lo envolvió de pies a cabeza. Después de unos segundos de incertidumbre entre la densa humareda, la barca cedió y cayó al mar. No sintió frío, al contrario, encontró el agua muy agradable y arrancó a nadar con una rapidez asombrosa hasta que vislumbró la costa de Dragonia. Se acercó a la isla en unos segundos y salió del agua pesadamente. Observó las garras de sus manos y pies, y las escamas enormes y duras, hechas de diamante, que le cubrían todo el cuerpo. Se miró en la orilla del mar. Quedó impresionado, un monstruoso dragón de quince pisos le devolvió la mirada. El rojo de su cuerpo relumbró en la playa al mismo tiempo que emitía un rugido ensordecedor. Y de repente, la ilusión se desvaneció, volviendo a recuperar su aspecto humano. Desnudo, buscó algo con lo que medio cubrirse, lo único que halló tirado en la arena fue una de sus escamas rojas y grandes. La sujetó con las dos manos y comenzó a caminar hacia la línea de maleza, utilizándola de parapeto, muerto de vergüenza, en aquellos desiertos parajes. Alcanzó un bosquecillo y trenzó un taparrabos rápidamente con unas hojas largas y carnosas. Se puso la prenda y salió a explorar la isla. Subió a un pequeño montículo desde donde divisó parte del enorme farallón. A lo lejos, posado en una roca al borde del océano, un dragón blanco dormía plácidamente.

Caminando, se acercó hasta la primorosa criatura nívea que descansaba entre ronquidos de humos. Un ojo gigantesco se abrió de par en par y el dragón se enderezó para contemplar al intruso. No sintió temor ante tan monstruosa presencia.

            —¡Hola dragón! Soy Tier y acabo de llegar de Perla. He sufrido la primera transformación. ¿Podrías indicarme cuál es el lugar al que debo dirigirme para hallar a un maestro?

            —¡Vaya, vaya, lo que tenemos aquí! ¡Un recién llegado! Soy hembra y mi nombre es Ahgrya. ¡Monta en mi cabeza! Te llevaré a la Gran Cueva.

dragones3

Tier se subió a la dragona sujetándose fuertemente a los dos cuernos que crecían en la parte superior de la descomunal testa. El animal extendió un par de alas monumentales y se elevó por el aire majestuosamente. Admiró el brillo sin igual de las escamas que relumbraban como un espejo. El transporte se detuvo ante la boca de la caverna más gigantesca que jamás hubiera podido imaginar. Talladas en la roca se apreciaban unas columnas ciclópeas que terminaban en capiteles hermosamente trabajados con dibujos de hombres y dragones. La puerta abierta en arco de medio punto, se adornaba con la cabeza de un dragón esculpida en la piedra viva. El hombre entró a un pasaje abovedado de cientos de metros de altura. Sintiéndose igual que un insecto, siguió a Ahgrya que le condujo a una sala colosal, situada a unos cuantos metros bajo tierra, donde un dragón viejísimo, de un extraordinario tono plateado, se afanaba en escribir un papiro. El habitáculo cómodo y acogedor, se encontraba decorado con más de un centenar de estanterías, todas ellas llenas de libros y legajos. El mobiliario era de lo más austero reduciéndose a una larga mesa y a unos cuantos bancos, todos de piedra, para soportar el peso de los que habitaban aquellos espacios.

            —¿Qué me traes, pequeña? Un voluntario más ¡Eso es estupendo! ¡Bienvenido a Dragonia! Que tu estancia aquí te resulte provechosa. Ya que los maestros más jóvenes están ocupados destruyendo esporas de los Festeriones, yo seré tu mentor a partir de ahora.

El anciano individuo le indicó que se sentara a su lado. La dragona después de un saludo de complicidad, desapareció por un largo pasillo. La mirada del hombre siguió a la belleza alba hasta que el último brillo de sus escamas se esfumó. Soltó un suspiro de nostalgia ¡Echaba tanto de menos a Iris!

            —Guapa ¿Verdad? Cuando acabemos podrás ir a buscarla. Vas a necesitar algún amigo con el que practicar. Parece que le has causado buena impresión, haréis buena pareja— Dijo el dragón dándole una pequeña palmada en la espalda con la uña.

—Mi nombre es Sleroth. Soy uno de los más ancianos de la isla junto con otros tres. Ya no puedo transformarme en humano, el esfuerzo me mataría. Los viejos estamos para pocos trotes. El fin de nuestra raza está cerca, los humanos con su prepotencia han dejado de admitir su esencia de dragón y destruyen cualquier vestigio que les recuerde sus orígenes. No se dan cuenta que su fin está unido al nuestro. Un viejo filósofo dijo una vez: “Más reinos derribó la soberbia que la espada, más príncipes se perdieron por sí mismos que por otros” Y esto sucederá si no hacemos algo. Nos reuniremos los dragones que quedamos en la isla para dilucidar qué acciones deberíamos emprender para parar esto. Todas las opiniones serán bien recibidas, es estupendo que estés aquí— Dijo el anciano con emoción y después cambió de tema— Ahora, haremos unos ejercicios de relajación para que te transmutes, tengo que evaluar tu aspecto de dragón.

Les llevó toda la mañana y algunas horas de la tarde conseguir que Tier recuperara su aspecto de gigante rojo. Cuando lo hizo, ocupó gran parte del espacio libre de la cueva dejando anonadado al anciano.

            —Ahora que tu aspecto es el de un dragón, puedes elegir un nombre. En el instante en que lo pronuncies de viva voz, será sagrado, y te otorgará ciertos poderes de los que careces. Se te permite optar por el que quieras, siempre que no sea el mismo al que respondes siendo humano.

Tier pensó unos momentos hasta que tomó una decisión firme:

            —Mi nombre será el de Bahteg el Rojo

Al instante de pronunciarlo, Bahteg sintió que el pecho le ardía terriblemente, salió a toda prisa de la sala hacia el aire libre. Emprendió el vuelo y emitiendo un estruendoso rugido, sopló con todas sus fuerzas hacia las montañas de la isla. Éstas se iluminaron súbitamente pasto de las llamas. Poco a poco el fuego se extinguió no dejando ni rastro de chamusquina. El dragón sintió un gran alivio. No quería dejar la isla convertida en cenizas. A su espalda sonó una risita femenina. Ahgrya dominando las carcajadas se le acercó:

            —¡No te preocupes por el fuego! La isla tiene una protección especial para evitar la devastación. Imagina lo que podrían hacer tres aprendices en un segundo. ¿Qué nombre has elegido?

            —¡Bahteg el Rojo!— Otra vez notó ese calor que quemaba su pecho y gritó escupiendo fuego en dirección al mar.

            —¡Increíble! Ninguno de los que estamos aquí tenemos esa potencia de fuego, y ni mucho menos tu tamaño. ¡Ven conmigo! Daremos una vuelta por la isla e iremos a comer.

La pareja recorrió el farallón de cabo a rabo. Era un hermoso lugar donde las montañas escondían cataratas gigantescas que se perdían en pequeños lagos. Geiseres de aguas hirvientes convivían con los bosques en una total armonía. Advirtió la presencia de numerosa fauna pero ni una sola planta de Festeriones. Bajaron a la playa a comer conchas marinas que saborearon igual que un exquisito manjar. Luego emprendieron vuelo hacia las selvas, columpiándose en la punta de árboles de una altura imposible. Después regresaron al laberinto de cuevas para tomar su ración de metales. Unos cuantos dragones, de todos los colores que uno pudiera imaginar, aterrizaron detrás de ellos. Muy educados, se presentaron uno por uno. No le preguntaron su nombre ni él hizo intentos de decirlo, no quería dejarlos ahumados nada más conocerlos. Todos juntos se dirigieron a lo más profundo de la tierra. Caminaron durante un buen rato hasta que alcanzaron lo que parecía la orilla de una gran laguna. Pero lo que brillaba despidiendo un sabroso aroma se encontraba allí mismo en esa gran poza. El grupo de individuos estiró el cuello para alcanzar ese suculento manjar. Lo mismo hizo Bahteg. Lo probó con un pequeño sorbo. El líquido al rojo vivo se deslizó por su garganta haciéndole temblar de placer. Volvió a beber otra vez, y varias veces más, hasta que Ahgrya le paró.

            —¡No estás acostumbrado al oro líquido y puede que te emborrache! Por hoy ya es suficiente. Sígueme, vamos a comer rocas.

El dragón, algo mareado, siguió a la hembra pegando traspiés hasta que ésta se paró delante de una gran piedra. De un mordisco la dejó reducida a pequeños trocitos. Bahteg probó las piedras entre murmullos de placer. Comieron hasta reventar. La energía les duraría unos cuantos días. Se sentaron a orillas de la laguna a echar una siesta. Lo último que vio Bahteg antes de caer inconsciente fue la dulzura reflejada en la mirada de Ahgrya.

LA LOGIA DE LOS DRAGONES

Un bramido infernal resonó en los confines de Dragonia. Era la señal para que todos sus habitantes acudieran a la gigantesca sala de asambleas. En pocos minutos el grupo de dragones del gran peñasco se situó en torno a una pétrea mesa ovalada. La estancia, excavada en el subsuelo, ocupaba más de las tres cuartas partes de la superficie de la isla. Estaba decorada con multitud de retratos de antepasados desconocidos, pintados en la misma pared de piedra. Los colores de las obras de arte se conservaban inalterables, no solo por los hechizos protectores formulados, sino por la temperatura constante del ambiente. Luces incandescentes, construidas con diamantes, iluminaban la estancia igual que si lo hicieran los dos soles del exterior. Los veinte dragones, de los cuales cuatro eran ancianos, tomaron asiento.

El más viejo, Sleroth, comenzó la reunión:

            —¡Sed bienvenidos a esta asamblea! Antes de comenzar, tanto los que ya habéis hecho el juramento de nuestra logia, como los que acaban de llegar recientemente, repetid las siguientes palabras: “Juramos por nuestras almas de criaturas milenarias que siempre defenderemos la justicia, la bondad, la solidaridad y la paz allá donde vivamos”.

Las voces de los allí reunidos repitiendo el compromiso ancestral, se escucharon en cientos de kilómetros a la redonda igual que truenos en una tremenda tormenta. La magia reverberó en las lámparas de cristal y recubrió a cada miembro de la logia. Minutos después el viejo filósofo reanudó su discurso:

            —Cada uno de los que estamos aquí sabemos que los hombres quieren aniquilar a los dragones. Tienen envidia de nuestro poder y temen que los destruyamos. Nunca los hemos hecho daño porque sería castigarnos a nosotros mismos. Desde hace miles de años, trabajamos en este planeta para hacerlo habitable tanto para los humanos como para los dragones, aunque como ya sabéis “somos” la misma raza con un aspecto u otro. Esto es lo que “no” entienden los habitantes de Perla, que todos nos fundimos en uno, indisolubles y unidos por el amor, el primer vínculo que hubo entre las dos razas,  que solo desaparecerá cuando las dos partes sean aniquiladas. En esta frase de un sabio filósofo escrita hace mil años se resume nuestra esencia: “Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la humanidad, excepto la humanidad misma”- Un silencio sepulcral envolvió la sala durante unos minutos. Después Sleroth continuó con su arenga: -El juramento nos impide batallar con ellos, infringirles daño alguno, debemos intentar que comprendan la verdad de alguna manera. Ahora os toca a vosotros decidir qué deberíamos hacer para no extinguirnos.

Baghteg, replicó:

            —En determinadas ocasiones se envió una embajada desde Dragonia. Fui testigo de la aniquilación de cada uno de los embajadores a manos de los ciudadanos. Sus escamas de colores adornan multitud de casas de Perla, trofeos vergonzosos. Ninguno de nosotros debe volver con aspecto de dragón, sería una muerte segura para los emisarios.

            —¿Y entonces qué propones Baghteg?

El joven se quedó mudo y se concentró en encontrar una respuesta. Tanto esfuerzo hizo que, sin darse cuenta, se transmutara en humano. Los demás miraban divertidos el frágil aspecto de Tier, pequeño y desnudo, que con los ojos cerrados estaba sumido en hondas cavilaciones.

            —¡Tengo una idea!…Pero ¿Qué os pasa por qué me miráis así?

            —¡No hagas caso! Cuéntanos lo que has pensado, estamos muy interesados.

El anciano regañó con una mueca a los demás dragones e invitó a Tier a seguir hablando:

            —Si no quieren que vayamos a Perla, traigamos al Consejo aquí, a nuestra isla. Les mostraremos al detalle nuestra labor y trataremos de razonar con ellos. Creo que hay posibilidades de que unos cuantos despierten de su obtusa y peligrosa forma de discernir. No van a querer aceptar una invitación formal, por lo que propongo que los raptemos.

Hubo un revuelo entre los dragones que no se aquietó hasta que Sleroth hizo un llamamiento a la calma.

—Graoth y Miltraugh, ¿Qué tenéis que contestar a la propuesta del joven?

—Creo que es una acción violenta y nosotros hemos hecho un juramento de paz, tanto para cumplirlo en situaciones propicias como adversas.

—Si se hiciera de un modo en el que nadie resultase herido, no tendría por qué contravenir nuestra esencia— Contestó el anciano — ¿Cómo crees que podríamos hacerlo, Tier?

Al escuchar su nombre humano, Tier dio un respingo intentando ocultar su desnudez de alguna forma. El filósofo le tendió una tela para que se cubriese.

            —Estaréis cambiando constantemente de aspecto en uno u otro momento, no os avergüence el hacerlo delante de vuestros compañeros. Y vosotros, evitad reíros de estos pequeños contratiempos que definen de una forma tan explícita nuestra mezcla de sangres. Continúa muchacho con lo que ibas a decir.

            —No olvidemos que también somos humanos, con este mismo aspecto- Dijo señalándose- nos disfrazaríamos y así seríamos capaces de entrar en la ciudad sin ser reconocidos. Podríamos hacerlo el próximo día que El Consejo se reúna. En la bebida les echaríamos un potente somnífero y los traeríamos dormidos. Claro que hay que sedar también a la guardia y a los vigilantes del muro sur, el que domina el mar y por donde llegaremos y partiremos.

            —¡Es un plan muy arriesgado! Las posibilidades de sobrevivir a esta misión son muy pocas— Contestó Struvonion, uno de los más ancianos

            —¿Y qué alternativa tenemos, morir lentamente? ¿Seguir permitiendo a los perlanos que destruyan más huevos? Debemos hacer algo enseguida.

         —¡Yo voto por hacer lo que dice Tier! Aunque haya riesgo, hay que intentar que se den cuenta de lo que están destruyendo— Contestó Ahgrya mirando aprobadoramente al hombre.

Todos hablaron por turnos exponiendo en voz alta sus opiniones. Discutieron algunos puntos y, al final, votaron. Lo hicieron a favor de la propuesta de Tier, con las reticencias, todo hay que decirlo, de algunos de los miembros más ancianos.

            —En una semana se reunirá el Consejo de Perla, necesitamos cinco dragones para acometer esta hazaña ¿Quiénes desean ir?

Los más jóvenes se ofrecieron voluntarios inmediatamente entre ellos Ahgrya y Bahteg que, en unos instantes, se había transmutado en dragón. Los planes fueron trazados concienzudamente durante las siguientes horas. Cuando las lunas colgaron en el cielo de Estérion, un par de dragones, uno rojo y el otro blanco, se dirigieron hacia el espacio para iniciar las tareas nocturnas de ajustes de órbitas. La dragona enseñó a su compañero a empujar correctamente el planeta sin dañarlo. La terrible fuerza de Bahteg se hizo notar enseguida. Las lunas fueron separadas convenientemente y aletearon, con sus gigantescas y membranosas alas desplegadas, durante un buen rato para alejar las órbitas de los planetas que se les venían encima. La noche pasó en un suspiro y los primeros rayos de los soles gemelos Atis y Nemes, les sorprendieron en tierra de los Festeriones, dándose un buen festín de semillas que explotaban entre sus dientes nada más engullirlas.

Regresaron a Dragonia para seguir con su entrenamiento. Se despidieron en el vestíbulo y cada uno de ellos fue al encuentro de su maestro respectivo. Bahteg estaba confundido. Notaba en su pecho cierta opresión. Ahgrya le gustaba mucho y se sentía culpable con respecto a su querida Iris. Algo muy fuerte y extraño le empujaba hacia la dragona. Intuía que ella y nadie más podría ser la madre de sus hijos. Con la mente confundida por estos sentimientos se sentó al lado de Sleroth que, compasivo, intentó aconsejarle.

        —¿Enamorado? Era lo que cabía esperar. Estáis hechos el uno para el otro. Pero ¿Hay otra chica, verdad?…No te preocupes. A veces la solución de un problema la tenemos justo delante de nuestras narices… ¡Vamos a trabajar un poco!

EL RAPTO

Cinco seres alados salieron de Dragonia en plena oscuridad. La bizarra misión estaba en marcha. Las tres lunas parecían estar confabuladas con los dragones en su insignificante resplandor de cuartos crecientes. Apenas un leve resplandor amarronado manchaba las oscuras aguas del océano. Los dragones nadaban en el mar tumultuoso, iban menos rápidos que si volaran, pero al ir sumergidos serían invisibles desde las murallas. Después de un largo rato de bucear cadenciosamente, emergieron en total silencio, sin emitir la más mínima estela de espuma que los delatara, frente a la costa de ciudad Perla. Saliendo del agua, inmediatamente se transmutaron en humanos, tres hombres y dos mujeres, y se dirigieron al amparo de los cimientos del muro. La oscuridad era tan densa que adivinaban la presencia de los compañeros gracias a su oído extraordinariamente desarrollado desde su primera conversión.

            ─¿Ahora qué hacemos?─ Preguntó uno de los muchachos.

            ─Necesitamos conseguir disfraces y sé dónde los podemos encontrar ¡Seguidme!─ Susurró una voz de mujer.

Los integrantes de la expedición se pusieron en movimiento guiándose por el leve roce de las pisadas de la guía. Con una asombrosa agilidad escalaron el alto muro, igual que si les hubieran crecido ganchos en los dedos. Se cercioraron con un rápido vistazo de que nadie rondaba en ese trozo de muralla. Al abrigo de la oscuridad se encaminaron hacia la ciudad. Rodearon los barrios mejor iluminados para acercarse a una casa con aspecto de champiñón gigante. Tier reconoció inmediatamente la morada. Una pequeña lucecita alumbraba la puerta. La muchacha rebuscó debajo de una maceta hasta encontrar la llave que buscaba, la introdujo en la cerradura y abrió de par en par la puerta. Cuando se volvió para indicarles que la siguieran, Tier se quedó petrificado, la bombilla enmarcó una conocida silueta, la mujer le sonrió traviesa.

            ─¡Me debes una explicación! ¿No crees?─ Comentó el muchacho muy enfadado.

Los otros tres hombres se quedaron mirándolos sin comprender el motivo de la discusión.

            ─¡Prometo que te la daré! Pero antes pongámonos algo de ropa.

Se dirigieron a la planta superior donde Iris guardaba una buena colección de prendas. Rebuscó concienzudamente entre todo aquel arsenal y obtuvo lo que buscaba, unos cuantos pantalones elásticos en colores oscuros, dos faldas de colores chillones y unas camisas blancas.

            ─¡Nos disfrazaremos de gimplis,  los típicos vendedores ambulantes que siempre abundan los días de mercado.

Se vistieron las prendas y las ajustaron a sus cuerpos con unas cinchas que Iris encontró en el amasijo de ropajes. Después sacó el maquillaje y fue pintando la cara a todos ellos. Los gimplis llevaban multitud de tatuajes tanto en la cara como en los brazos. Les fijó los dibujos con cola de rábanos pegajosos, hasta que quedaron irreconocibles. Remató la faena con ella misma, tiñéndose la cara en tres colores y pintándose una monstruosa cicatriz en la mejilla. El pelo se lo ciñeron a la frente con una cinta de oro y perlas, tan comunes en la ciudad entre los menos poderosos y distintivo típico de los buhoneros. Cuando todos estuvieron listos, la luz del amanecer comenzaba a colarse por el resquicio de las persianas.

            ─¿Por qué no me dijiste que eras tú, Iris, cuando te encontré el primer día en aquella roca?

            ─Sentía temor a que me rechazaras bajo mi nuevo aspecto. ¡Estaba tan insegura! En mi familia nadie había experimentado el gran cambio. Nací del útero de mi madre, no de un huevo, pasé la adolescencia sin sentir ningún síntoma de transmutación, con lo cual di por hecho que seguiría el destino de los de mi sangre, pero hace unas semanas, de pronto comenzaron a arderme los pies, en un segundo mi vida cambió. Tuve que esconderme hasta llegar a la playa, menos mal que había ya anochecido. En la arena se produjo la transmutación. Milagrosamente no me vieron desde los baluartes. Me sumergí en el mar y llegué a Dragonia. No pude avisarte. Pero yo sabía los pormenores de tu nacimiento, imaginaba que tarde o temprano aparecerías por la isla, si no te mataban, y podríamos estar juntos. ¡Lo he deseado tanto! ¡Te esperé cada día desde entonces atisbando el océano!

            ─Sigo sin entenderlo. No tenías nada que temer, igual que te he adorado como mujer, lo sigo haciendo cuando te conviertes en dragona. Pensé que eras más valiente, que entre nosotros no había nada que pudiera interponerse. ¡Me has decepcionado!

Unas cuantas lágrimas escaparon de los ojos de Iris. Los compañeros asistían atónitos al duelo verbal que allí se desarrollaba, hasta que Mirtan intervino:

            ─Tier, tú desde que eras niño te has estado preparando para este momento, en tu fuero interno no se presentaba como una incertidumbre, era un hecho seguro que tarde o temprano cambiarías. No obstante, para Iris ha sido muy diferente. Desconocía su destino, seguramente pensó que jamás se transmutaría y aun así ella aceptó tu amor, sabiendo que te iba a perder tarde o temprano. ¡Eso es ser muy valiente! No digo que haya sido correcto mantener su personalidad escondida, pero quizá tú deberías haberte percatado del lado humano de Ahgrya. ¡Ella era la mujer de tu vida y no la reconociste bajo la capa de escamas!

Los dos jóvenes se miraron largamente y se fueron acercando con timidez. En voz baja se pidieron perdón. Cuando iban a pasar a mayores, los tres individuos que esperaban les instaron a ponerse en movimiento.

Irreconocibles para el mundo entero salieron a la calle y se dirigieron a la plaza. Por la puerta oeste comenzaron a llegar los transportes que abastecerían la reunión del Gran Consejo de los Diez. El grupo se dispersó y entre la algarabía de los que acompañaban los convoyes, se encaramaron al techo de los mismos, sin el menor esfuerzo, tan sutilmente que nadie reparó en ellos. Ayudaron a los toneleros a descargaron los bidones de dulce bebida que consumirían no solo los dirigentes de la ciudad, sino todos los cuerpos oficiales que se encargaban de defender la ciudad. A su lado, para no entorpecer el tráfico de convoyes, se colocaron los recipientes herméticos con la comida, la misma que se serviría en el rancho de los cuidadores de las fronteras. Dos de los muchachos se agazaparon detrás de la enorme montaña de viandas primorosamente envueltas, mientras el tercero con las dos chicas, comenzaron a cantar y bailar pícaras canciones acompasándolas con mucho ruido de palmas. Enseguida atrajeron a una pequeña multitud que los jaleó jocosa. Los otros dos individuos, al abrigo de las miradas, optaron por introducir en cada uno de los recipientes de comida una nube de gas aturdidor. Terminada la operación, el grupo se diluyó igual que habían llegado, confundiéndose en el trasiego de individuos que llevaban los productos hasta el gigantesco edificio de la cúpula dorada.

Apostados en la lejanía de sus escondrijos observaron el buen hacer de los porteadores llevando los alimentos gasificados a cada punto de la muralla. Haciendo uso de sus habilidades recién adquiridas, cada miembro del grupo insurgente se mimetizó con la pared justo cuando la guardia de los políticos entraba en tromba, echando a todo el que quedaba en el patio. Tier, el más novato en la vida de dragón, intentó localizar a su amada perdiendo la concentración. Por escasos dos segundos la imagen de un gigantesco dragón rojo adornó las arcadas de la vasta plaza. Sólo un miembro de la guardia se percató del extraño suceso. No hizo nada al respecto, pensó que la resaca de la noche anterior le estaba jugando una mala pasada. Aparecieron los vehículos de los miembros del Consejo deteniéndose en el centro del gran patio. De los carruajes surgieron los prohombres engalanados de oros y sedas. Con muchas prisas desaparecieron en un ascensor que les conduciría hasta la misma sala de reunión. La suerte estaba echada.

Hacia mediodía, coincidiendo con el descanso del Consejo, se repartió el singular rancho, tan esperado, entre los cuidadores de las amuralladas defensas. En pocos minutos todos los individuos visibles se desplomaron en el suelo. El grupo especial escondido todavía en la plaza, se deslizó entre los cuerpos dormidos, dirigiéndose a la Gran Sala. Las puertas no estaban cerradas y los cuerpos de los sirvientes probadores de venenos se desparramaban por los pasillos. Penetraron en el enorme habitáculo. Cada uno de ellos debería acarrear dos miembros del consejo hasta Dragonia. Sacaron a la colección de prohombres a la gran terraza de que disponía el edificio. Allí se transmutaron. Abriendo sus gigantescas fauces acomodaron en ellas, a sendos lados de la lengua, a los ilustres dirigentes de ciudad Perla. Partieron volando en dirección a la isla a toda velocidad. De algún lugar de la muralla sur alcanzaron a sentir dos detonaciones. No todos los guardianes habían comido y bebido de la sustanciosa pitanza que les habían regalado.

Ahgrya gritó herida. Una gigantesca flecha se había clavado en la membrana de una de sus alas y comenzó a volar escorándose. Inmediatamente Bahteg acudió en su ayuda, acompasando su ritmo al de la dragona, colocó una de sus alas debajo de la que presentaba una gran rasgadura. De inmediato equilibró el vuelo de Ahgrya que se precipitaba hacia el mar. Remontaron hasta envolverse en densas nubes y así llegaron a Dragonia sin más contratiempos. El trabajo había sido todo un éxito. Ahora quedaba la parte menos peligrosa pero quizá la más ardua.

UNA NUEVA ERA PARA ESTÉRION

Los invitados de los dragones fueron despertando de su corto letargo. En sus caras se dibujó primero la sorpresa de encontrarse cara a cara con los poderosos señores de Dragonia para, más tarde, trastocar el gesto en puro terror. Comenzaron a gritar horrorizados, y así estuvieron durante unos largos minutos, hasta que se dieron cuenta de que los enormes seres que los observaban no habían movido ni un músculo.

El prohombre más anciano, con el pelo blanco de canas, regordete cual barril de vino, habiendo recuperado parte de su natural prepotencia, abrió la boca para gritar a pleno pulmón:

            —¡Monstruos degenerados! ¿Cómo osáis raptarnos? ¡Engendros del demonio, devolvednos a nuestra ciudad! ¡Acabaré con todos vosotros, bestias inmundas!

Los demás callaban en espera de algún tipo de respuesta. Después de unos minutos, Sleroth contestó impasible:

            —Os hemos conducido hasta nuestra morada, Dragonia, para explicaros el peligro inminente que nos acecha, tanto a los hombres como a los dragones, al fin y al cabo somos una sola raza, unida desde hace miles de años. Habéis desequilibrado nuestro universo con vuestras matanzas de huevos y dragones. Quedamos ya muy pocos y las múltiples tareas que realizamos para salvaguardar este planeta nos resultan, cada vez, más difíciles de cumplir.

Tres de los miembros del Consejo gritaron airadamente ante las palabras del dragón, exigiendo su inmediata puesta en libertad y amenazando con exterminar a todos los individuos pobladores de Dragonia. El viejo Sleroth haciendo caso omiso de los chillidos histéricos de estos hombres, prosiguió con su explicación:

            —Hace siglos que olvidasteis la importante labor que los dragones ejecutamos en esta tierra. Pero esto tiene fácil solución, os invitamos a acompañarnos para que seáis testigos de los quehaceres del día a día de un “escupe fuego”. También os comunico que algunos de vosotros tenéis descendientes que han sobrevivido a vuestra sed de matanza y han encontrado en esta isla su nuevo hogar.

Al instante cuatro de los dragones cambiaron su aspecto al de hombre. Uno de los consejeros se levantó emocionado y corrió a abrazar a su hijo.

            —¡Desapareciste hace unos años, de repente! Me hubiera gustado despedirme, jamás hubiera movido un dedo contra ti, igual que no destruí tu huevo cuando naciste. Tu madre y yo siempre hemos tenido esa losa de pesar en el alma, no verte nunca más. Y ahora… ¡Mírate, hijo mío!

Entre lágrimas, el hombre se mostró muy interesado en conocer las verdaderas tareas de los dragones que la propaganda, en ciudad Perla, los tachaba de vagos, bestias incendiarias y grandes consumidores de los recursos del planeta. Un grito se oyó entre las palabras de ternura entre padre e hijo:

            —¡Traidor! Acabas de renegar de tu raza. ¡Quedas desterrado tú y tu vil familia de ciudad Perla para siempre! Mejor aún, ¡Os mataremos a todos! Que no quede ni un solo miembro de tu clan para seguir con esta aberrante sucesión.

Los otros jóvenes se acercaron a sus respectivos progenitores para cambiar impresiones. Al principio los consejeros se mostraron reticentes y avergonzados, pero poco a poco la curiosidad de ver sus propios rasgos en aquellos rostros juveniles, la educación de la que hacían gala a cada instante los muchachos, el cariño con el que se dirigían a ellos, fue socavando la coraza de hielo que envolvía su corazón. Aunque no hubo palabras tiernas, ni abrazos de reconciliación, fueron capaces de hablar tranquilamente sobre sus respectivas vidas. Estos hombres también se mostraron interesados en las excursiones que les proponía el viejo dragón.

            —Y ahora, queridos invitados, vamos a comenzar por la tarea más elemental, hacer emerger vuestra parte de señores del fuego, aquella que habéis querido enterrar muy dentro de vosotros. Con nuestra poderosa magia invocaré su presencia ancestral en cada uno de los miembros del Consejo. No es una tarea dolorosa si no os resistís. Dejad que fluya vuestro verdadero yo,  que prevalezca la mezcla de sangres antiguas.

Sleroth pronunció una fórmula mágica en el lenguaje de los hechizos e inmediatamente los consejeros se transformaron en dragones. Poco le duró su transmutación a Mardil que, chillando horrorizado, cayó al suelo sin sentido, fulminado por el horror y el asco más absoluto. Los demás, aceptaron el cambio con más o menos resignación, observándose unos a otros con curiosidad. Sus imágenes de “escupe fuegos”, eran pequeñas y en dos de los individuos se debilitaron enseguida, otras, siguieron aprovechando el momento para estudiarse las alas, escupir alguna bocanada de fuego y emprender pequeños vuelos por la cueva.

Salieron al exterior para que los recién convertidos disfrutaran de su nueva libertad. Surcaron el aire, divertidos, y siguieron a los más jóvenes en sus correrías por la isla. Allá quedaron tres de los prohombres que rehusaron disfrutar de la aventura. Los dragones regresaron cuando anochecía, después de la larga excursión donde se bañaron en grandes cataratas de peces voladores y se columpiaron en el pináculo de cientos de rocas, probaron el oro líquido y masticaron rocas ricas en metales. Se les notaba contentos cuando retornaron a su antigua imagen.

dragones1

La noche llegó mientras las lunas alumbraban tenuemente las aguas del mar. Prepararon a los tres senadores que se mostraban más circunspectos y que no soportaban la idea de una nueva transformación. Cariacontecidos, aguantaron que forrasen sus cuerpos y cabeza con diamantina líquida que resistiría los vaivenes por el universo. El trío fue sujetado fuertemente a los cuernos de sendos dragones y el gran grupo de entes alados partió para efectuar la ronda nocturna. El cráter del volcán que presidía el planeta en su cara noroeste, en erupción desde hacía cientos de años, fue apagado con aliento helado para evitar la ruina de muchos campos a punto de ser cosechados. Las lunas se empujaron convenientemente devolviéndolas al sitio correcto que debían ocupar. Corrigieron con enérgicas presiones los movimientos de traslación y rotación de Estérion. Acto seguido, todos ellos aletearon con fuerza, para separar el planeta de la galaxia contigua que amenazaba con engullirlos. Para terminar la tarea, ya en pleno amanecer, se posaron en la tierra habitada por las plantas carnívoras más voraces que jamás existieran, los Festeriones. Vieron el avance que, durante la noche, habían hecho estos especímenes, habiendo colonizado parte de las faldas de las montañas Amarillas, primera muralla natural en su lento acercamiento a la conquista de ciudad Perla.

La cuadrilla de dragones quemó varios kilómetros de las plantas asesinas. Los nuevos dragones-consejeros no entendían el porqué de no abrasar las miles de hectáreas que ocupaban éstos organismos. En sus cabezas resonó la palabra clave de todo: “Equilibrio”. Estos habitantes, al parecer, inútiles y voraces, se ocupaban de una misión trascendental para la raza drago-humana, y no era otra que la de fabricar la capa de oxígeno que envolvía la atmósfera de Estérion. Comprendieron en ese instante que nada ni nadie resultaba inservible en aquel mundo.

Bien entrada la mañana regresaron de sus correrías nocturnas. Los tres consejeros más obtusos guardaban silencio, aturdidos por tanto movimiento. Los demás charlaban animadamente sobre lo que habían presenciado.

            —¡Jamás imaginamos que vuestro trabajo fuera decisivo para la supervivencia de nuestra especie! Hemos sido tan injustos con los dragones, negando nuestra esencia e intentando aniquilar su origen, que habíamos olvidado el fortísimo lazo que nos une, que es lograr el bienestar para cada individuo de este planeta, hombre, dragón, animal o planta. Tienen que saberlo en ciudad Perla. Deben conocer vuestra insigne labor.

Así hablaron los prohombres-dragones que, después de un severo escrutinio mental por parte de los viejos dragones, en el que vieron la verdad escrita en sus mentes, fueron acompañados hasta la zona límite donde podrían llegar los disparos de las catapultas, para que se reincorporaran inmediatamente al mando de la ciudad. Un nuevo futuro asomaba a la gigantesca urbe, destruyendo el antiguo régimen de terror constante que imperaba en cada familia a la hora de concebir un hijo.

Bahteg, Ahgrya, Vahlga, Graoth, Sleroth y todos los demás dragones, celebraron el fin de ese tiempo de horror con numerosas fiestas y excursiones con los ciudadanos de Perla. El dragón rojo como el fuego y la dragona alba  como las nubes, se erigieron como los primeros padres en educar a su hijo, nacido de un hermoso huevo azul, en ciudad Perla. La pareja, junto con Sleroth, fueron designados Consejeros, ayudando a dictar nuevas leyes para la perfecta integración de la raza dual.

Mardil y sus dos secuaces, se quedaron a pasar una larga temporada con los dragones. De sus bocas siguieron saliendo toda clase de improperios y sandeces. Sus almas negras de altanería, egoísmo y terror nunca se recuperaron, ni la de muchos de sus seguidores que presentaban una mente cerrada y obtusa a la nueva tendencia de universalidad que invadía Perla.

Fueron desterrados muy lejos, a un diminuto planeta cerca de la Vía Láctea. Tuvieron noticias de su supervivencia durante siglos, porque un reducido número de los dragones que nacían allí, escapaban a su muerte, peregrinando hacia Estérion el planeta del consenso. Al correr de los milenios este pequeño goteo se interrumpió para siempre. FIN.


Si os ha gustado la historia, no os perdáis los siguientes títulos:

libro asombrososhistorias librorelatos inquietantes de la nube (II)

Si preferís las novelas podéis optar por:

destino magicola nueva vida libro

María Teresa Echeverría Sánchez (Escritora)


 

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