RELATO VENECIANO – (Incluido en “Relatos inquietantes de la nube”).-

Historia incluida en le libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE (Amazon) en versión para kindle y en libro de papel.

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“Algunos sostienen que la palabra VENETIA significa VENI ETIAM, es decir, vuelve una y otra vez, porque por muchas veces que vengas a esta ciudad, siempre verás nuevas cosas y nuevas bellezas” (Jacopo DÁntonio Sansovino)

RELATO VENECIANO.- (“Relatos inquietantes de la nube” – de venta en Amazon)

Había llegado el momento de la gran elección. Acabada mi carrera de arte ahora tenía que decidir el tema de mi tesis.

De todas las asignaturas que cursé, la que me había producido una especial fascinación durante los años que la investigué, fue sin duda la pintura, lo cual reducía el campo de estudio considerablemente; ahora tenía que elegir un pintor o un tema, incluso un cuadro para centrar en el mismo mi riguroso estudio.

Andaba fascinada por las pinturas de la escuela veneciana, pero no me decidía por ninguna obra concreta de Tintoretto, Tiziano o Veronés. Me atraía sutilmente Catena con sus cuadros de hermosas mujeres retratadas con etérea delicadeza y lujo, pero quería otro enfoque. Tal vez algo de tipo mitológico o incluso religioso. Necesitaba tiempo para meditarlo tranquilamente.

Comenté mis dudas en casa, una noche cenando la familia al completo; mis hijos y mi marido estuvieron de acuerdo que lo mejor que podía hacer, sin lugar a dudas, era pasar unos días en Venecia. Me encantó la idea y sobre todo que surgiera de ellos, así tan espontánea; sin pensarlo dos veces, decidí realizarlo cuanto antes.

En la agencia de viajes del barrio me encontraron billete para salir de inmediato. En dos días, me encontré volando con rumbo a la ciudad de las góndolas y los canales.

En el avión me dio tiempo a reflexionar sobre lo que había sido mi vida hasta este momento. Me vino a la memoria mis tiempos de secretaría antes de tener a mis hijos; mis años de mamá oca dedicada exclusivamente a educar y disfrutar de mis niños gemelos; luego mi etapa de estudiante ya entradita en años; lo difícil que me había resultado adaptarme a la universidad, sobre todo al principio, pero luego lo gratificante que fue aprender cosas nuevas, volver a estudiar, a hincar codos otra vez igual que cuando era adolescente; y sobre todo ver el orgullo en la mirada de los míos, cada vez que aprobaba un examen o les servía de guía en alguna de nuestras excursiones.

Por fin llegué a mi destino. Un transporte del hotel me esperaba y sin más llegué a mi residencia en el barrio de la “Accademia”. Dejé mi maleta y de inmediato me sumergí en las calles de la que iba a ser, por una temporada, mi nueva ciudad.

palacio ducal

No había visitado nunca este esplendoroso lugar. El encanto flotaba como una neblina enroscándose en cada rincón. Había oído decir que la Serenísima era una ciudad museo o también se la definía como un tentador escaparate de caprichos carísimos. Nada más lejos de lo que sentí recorriendo sus calles, algunas con solitarias plazas donde los pozos labrados de antaño todavía coexistían con modernas canalizaciones de agua; paseando por sus numerosos puentes veía pasar las góndolas, tranquilas, reflejándose en las verdes aguas de los canales que atrapaban en sus aguas una luz especial. Recordé una frase de Nietzsche que traducía en aquel instante mi visión de la ciudad: “Cien profundas soledades forman juntas la ciudad de Venecia, ésa es su magia”.

Perdida entre los pliegues de la Divina, desemboqué en una estrecha calleja atestada de gente que literalmente me llevaba, me resultaba incluso difícil detenerme para admirar los escaparates de máscaras, maravillosamente trabajadas en vivo y en directo por los artesanos, o los bordados de Burano, tan tenues y elegantes. El cristal de Murano de lámparas y figuras multiplicaba las chispas de luz, transformando las vitrinas en joyas irisadas. Embrujada por tanto encanto me detuve ante un escaparate de divinas máscaras y allí quedé con la nariz pegada al cristal admirando cada centímetro de lo expuesto, ajena al ajetreo de la zona.

            Repentinamente alguien me asió del brazo, arrastrándome con fuerza sobrehumana al interior de una de las tiendas. Me volví furiosa dispuesta a encararme con mi agresor, para encontrarme con un vejete de cara afable que me dijo entre susurros de misterio:

           —Señora, ya tengo su máscara terminada ¡Pase y pruébesela!

           —Pero yo no he encargado ninguna… ¡Eh! ¿Pero qué hace?

El anciano volvió a cogerme del brazo y me llevó a la trastienda. Para ser tan mayor tenía una fuerza sobrehumana. La protesta quedó congelada en mis labios al contemplar los increíbles antifaces que yacían esparcidos por las estanterías. El eficiente viejo trasteaba entre los rincones en busca de lo que me quería vender a toda costa. En unos segundos me encontré con una máscara atada a la cabeza y admirando el resultado frente a un espejo.

La carátula, en negro y oro y de apariencia felina, se adaptaba a mi cara como un guante; piedras preciosas ribeteaban las ranuras para los ojos. El acabado era impecable y poseía una apariencia de ser una pieza única, parecía muy antigua.

          —¡Es preciosa! Resulta muy cómoda de llevar, pero le repito que no he hecho ningún encargo.

          —Usted misma no, pero su tía vino hace unos días a pedirla expresamente para que estuviera lista para hoy.

mascara

Sin quitarme la máscara me volví a replicarle; el hombre había cambiado su ropa por un disfraz, o eso me pareció… al mirar hacia la tienda descubrí a otros personajes vestidos con trajes arcaicos que deambulaban entre los objetos de artesanía, probándose tocados y revolviendo el género. Confusa y asustada me quité la máscara y se la devolví al artesano. La gente de alrededor seguía allí pero, increíblemente, había recobrado su aspecto más moderno, el de nuestro tiempo. Un vahído se apoderó de mis sentidos. Me apoyé contra una de las estanterías hasta que el malestar pasó. Cuando abrí los ojos, todavía aturdida por la extraña visión, el anciano me colocó un envoltorio en las manos.

          — ¡Tenga su paquete, señora, y que la disfrute!

No sabiendo muy bien como encajar todo aquello, seguí paseando por callejuelas encantadoras, con mi bolsa de la mano, intentando quitarme el regusto de temor y sorpresa que el incidente me había producido.

En los escaparates, la pasta italiana se mostraba de todos los colores del arco iris, de grosores y tamaños inigualables. A la vista de tan suculento manjar, comenzó a entrarme hambre; compré una porción de pizza y una botella de agua y sentada sobre un puentecillo, di buena cuenta de tan exquisito banquete.

Me dirigí a la parada más próxima del “vaporetto”, la línea de barquitos que servían de autobuses acuáticos y que recorrían la ciudad y las islas cercanas. Compré un bono para varios viajes, resultaba más barato que pagarlos uno a uno, y me subí en el primero que llegó, comenzando así mi travesía por el Gran Canal.

Palacios con pies de agua se extendían pegados los unos a los otros, formando como alguien dijo “la calle más hermosa del mundo”. Los más antiguos se remontaban al siglo XIII, con detalles bizantinos, luego estaban los de estilo gótico como el que pasaba en ese instante delante de mí, ”Ca d’ Oro” con sus arcos entrelazados igual que un gigantesco encaje de bolillos. Las entradas de los edificios se encontraban por la parte del canal, rivalizando en ostentación y en algunos casos decrepitud y abandono. Recordando la última información que había leído sobre la ciudad y desplegando mi plano, encontré algunos edificios muy curiosos envueltos en leyendas negras. Uno de ellos enseguida lo ubiqué, se trataba de la “Casa Asesina” envuelta en mil leyendas que invariablemente siempre acabaron con la muerte de todos los dueños que la habían poseído. Había sido adquirida hacía poco tiempo, otro nuevo dueño intentaba romper la maldición ¡Pobre! ¡Lo que le esperaba! En el paisaje que contemplaba en esos instantes aparecieron los palacios del siglo XVI con la impronta renacentista y los edificios barrocos de una opulencia sin precedentes.

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Miré mi paquete, lo había guardado en una bolsa plegable y lo saqué para tantearlo. No me atrevía a abrirlo. Con los dedos seguí el contorno del objeto que se hallaba en su interior. No me quedaron dudas al respecto ¡Era una máscara! ¡La misma que alguien había encargado en mi nombre!

Volví a guardar el envoltorio. Su tacto me producía sentimientos encontrados de temor y atracción. Ya decidiría qué hacer con ella más adelante y seguí disfrutando de mi paseo. Después de un buen rato de navegar y observar el entorno con un enfoque de turista maravillada, llegué a la Plaza de San Marcos. Una emoción incontenible hizo que mis ojos se empañaran al punto del llanto.

La basílica con sus cinco cúpulas bizantinas, hermosa y orgullosa de sentirse especial, se mostraba ante mí con su exquisito vestido de oro y mármol.  El sepulcro de San Marcos descansaba rodeado de los elementos más lujosos que jamás hubiera imaginado, vigilado por las innumerables pinturas religiosas que lo bordeaban.

Cuando salía de allí me tropecé con un hombre que casi me tira al suelo; me pidió un montón de disculpas en italiano. Yo le contesté en español y enseguida entablamos conversación.

            —¡Qué bien habla el castellano!

            —Estuve un año trabajando allá, en su patria

            —¿Le gusta esto?

           —¡Por supuesto! Pero curiosamente “callejear” es con lo que más disfruto, imaginando cómo era la ciudad en su época más esplendorosa. Encontrando esos rincones que apenas visitamos los turistas y que son los que guardan la esencia del pasado.

           —Puedo acompañarla a lugares escondidos con una historia pintoresca que solo conocemos los de aquí, y después cenar juntos y así le puedo mostrar… mi pequeño palacio.

           —¡No, gracias! Prefiero descubrir los secretos de Venecia por mí misma.

          —Una dama tan gentil no debería ir sola por ahí. Permítame ser su guía mientras esté aquí. Estoy muy interesado en conocerla más…a fondo.

Decliné amablemente su oferta varias veces. Ya me marchaba cuando me ofreció una rosa que llevaba prendida en la solapa intentando impresionarme. El hombre se conducía de forma muy empalagosa. Lo cierto es que poseía un porte muy atractivo, alto, moreno, de ojos oscuros, el típico “amante latino” que, sin lugar a dudas, tenía mucho éxito con las extranjeras, un pequeño Casanova acostumbrado a llevarse a su lecho de seda oscura a toda la que se le ponía al alcance. Allí se quedó buscando una nueva presa.

Resultaba halagador que “todavía” siguiera recibiendo ciertas ofertas. Con una sonrisa en los labios subí al Campanile, donde pude disfrutar de una impresionante vista de la ciudad; luego vino la visita obligada al Palacio Ducal, el puente de los Suspiros, por el que los condenados se despedían del cielo y el mar con un último suspiro antes de ir a las mazmorras, lugar en el que estuvo cautivo el siempre recordado Casanova. Me fijé sobre todo en las magníficas pinturas de Tintoretto, decorando salas y techos.

Agotada y desfallecida, decidí volver al hotel. El día siguiente iba a ser decisivo en mi elección, cuando inspeccionara por primera vez el Museo de la Accademia. Al ser gratuito, podía visitarlo tantas veces como quisiera y estudiar detenidamente las obras que llevaba en mi guía cuidadosamente seleccionadas. Una de ellas sería la elegida.

La mañana llegó y a las 9 y media estaba ya en el museo, pateando la primera planta. Me entretuve con Bellini, luego pasé a “La Leyenda de Santa Ursula” de Carpaccio, después le llegó el turno al “San Marcos” de Tintoretto. Al entrar en una de las salas, mi vista se vio atrapada de inmediato por un cuadro que sobresalía entre los demás, “La Tempestad” de Giorgione. Lo miré y admiré desde todos los ángulos. Por fin ya tenía mi tema para la tesis.

la tempestad giorgione

Me senté en un banco para seguir admirando su luz y los personajes de la obra. Allí mismo sentí una intensa vibración seguida de un gran fogonazo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, observé que la estancia había cambiado y me encontraba en un estudio de pintura. Lienzos sin terminar se mostraban en los caballetes. Otros descansaban contra las paredes de oscura madera. Colgados por todas las enormes paredes se exhibían telas pintadas que tenían algo en común, los colores, la luz y los temas. Me acerqué al que parecía ser el maestro. Ni siquiera levantó la cabeza para saludarme o preguntarme qué hacía allí. Estaba pintando el cuadro que unos segundos antes se encontraba colgado en la pared del museo.

           —¡Oh, Dios mío, el maestro Giorgione en persona! – Exclamé en voz baja. No sé cuánto tiempo estuve admirando su técnica en mezclar tonos, en rectificar y colorear.

            —Esta mañana has venido temprano ¡Pásame el bermellón y siéntate ante tu lienzo a trabajar! Hoy tienes que procurar acabarlo para que seque bien. Hay que entregar el encargo enseguida— No me echó ni un vistazo y siguió poniendo y quitando colores totalmente abstraído.

Cuando iba a abrir la boca para preguntar sobre qué pintura debía trabajar, la escena desapareció y me encontré de nuevo sentada en la sala del museo. Venecia me afectaba la mente de un modo aterrador, o quizá existía otra explicación que ahora no llegaba a comprender. ¿Se estaría formando un coágulo en mi cerebro? Pero me encontraba bien, no tenía vahídos ni jaquecas. Era buena señal, decidí seguir con mi rutina e ignorar los insólitos hechos como si nada hubiera ocurrido.

 Ante mí se abría el comienzo de una intensa investigación, tanto del cuadro como de su autor, personaje misterioso con un pasado un tanto singular. El lienzo, datado en 1508, de 82 x 73 cm, mostraba un paisaje tormentoso con algunos rayos al fondo; en primer plano se observaba los arrabales de una ciudad, que servía como escenario a una mujer semidesnuda sentada a la derecha, amamantando a un rollizo bebé. A la izquierda un hombre sonriente miraba más allá de la mujer, como si la ignorara ¡Una pintura realmente inquietante!

Decidí darme un respiro para reponerme de tanta emoción y salí a pasear. El Canal me invitaba a visitarlo de nuevo; me dejé seducir por la imaginaria llamada y subí al “vaporetto”. La luz quedaba atrapada entre el agua y los palacios, tiñendo el entorno con ese aire antiguo de siglos pasados. Comencé a fijarme en la gente. Muchas mujeres iban con una rosa. Se celebraba el día de San Marcos y los amantes gentilmente ofrecían un capullo de rosa a sus enamoradas. Miré la que había recibido del seductor caballero de la catedral y sonreí divertida.

En una de las paradas que hizo el barquito, subió una anciana muy bien vestida y enjoyada; a pesar de sus años se podía adivinar la excepcional belleza que había sido en su juventud. Se encaminó hacia el hueco libre que había quedado a mi lado. Me lanzó una mirada perspicaz de sondeo profundo que no alcanzó su objetivo, pues en un segundo ésta se transformó en desmesurada sorpresa. Chocó contra el asiento y a punto estuvo de caer al suelo sino la hubiera sujetado del brazo. Su rosa salió volando por los aires y fue a caer al otro lado de la nave. Me levanté para recuperar la flor y solícita se la devolví.

          —Perdóneme por favor— Exclamó la mujer —Siento haberla molestado, joven.

Le aseguré que no tenía de qué preocuparse y comenzamos a charlar. De vez en cuando se quedaba callada observándome con ojos sabios y escrutadores. Fui estudiada concienzudamente y sin duda aprobada por la sonrisa que apareció en la comisura de su boca.

          —Ya llego a mi parada, todavía me siento algo mareada— Exclamó la anciana— Si no tiene nada que hacer ahora, ¿le importaría mucho acompañarme un rato? Perdone si abuso de su buena voluntad, pero debo decirle que estoy encantada charlando con usted ¿Qué contesta?

Accedí a su ruego. Cómo no aceptar una ocasión tan interesante como la que se me ofrecía en bandeja para aprovechar los conocimientos de tan extraordinaria guía.

Cuando nos bajamos del “vaporetto”, me tomó del brazo y tarareando una dulce musiquilla nos dirigimos a su casa. No lejos de allí me enseñó uno de los puentes más sorprendentes “Ponte delle Tette”. Con su voz de experta narradora comenzó su relato:

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          —“Antiguamente los pescadores embarcaban durante cinco o seis meses al año. No veían a ninguna mujer en ese periodo. Puede imaginar que satisfacían sus oscuros deseos entre ellos. Cuando llegaban a tierra después de este largo periodo, seguían con las mismas costumbres sodomitas adoptadas durante el viaje. El Dogo siendo testigo de esta práctica que ponía en peligro la demografía de la república, y bastante preocupado por ello, permitió que las mujeres se exhibieran con los senos desnudos en este punto, atrayendo las miradas y el deseo de los hombres. Más tarde quienes heredaron esta costumbre fueron las prostitutas”—

          —Curiosa historia— Comenté— ¡Seguro que sabe muchísimas más!– La anciana sonriendo dijo:

          —Ya lo creo, tantas que estaría días hablando sin parar.

Seguimos comentando y riendo hasta que llegamos a un hermoso palacete de tres plantas. Llamó al timbre e inmediatamente la puerta se abrió de par en par. Una gruesa mujer nos miró con simpatía desde el interior.

          —¡Ahora ya está a salvo en su casa!—Dije— Es hora de que continúe con mi paseo— Con grandes aspavientos la anciana retuvo mi mano entre las suyas.

           —No querida niña, es usted mi invitada y comerá conmigo, además tengo que hacerle una proposición— Intrigada, acepté de buen grado y la seguí al interior de la mansión.

             —Ante todo voy a presentarme debidamente, me llamo Ana, la condesa Ana Stampalia.

Mi asombro llegó al límite ese día. ¡Una condesa, madre mía! Contesté a mi vez:

           —Soy Alicia Sánchez, estudiante de arte.

Debí de poner una expresión muy cómica porque la buena señora prorrumpió en carcajadas mientras me hacía ademanes de que la siguiera. De esta manera, entre lagrimones, comenzó a mostrarme el impresionante edificio. De la nada se materializaron cinco gatos; negro, marrón, gris, canela y blanco; cada uno de un color diferente; rollizos, bien alimentados y muy zalameros.

—Aquí estimamos mucho a los felinos, desde hace siglos— Comentó la anciana.

           —La Santa Inquisición los consideró malditos pues según su versión, el diablo se encarnaba en ellos. Fueron masacrados; las ratas sin tener como guardianes a sus enemigos naturales, comenzaron a invadir la ciudad y con ellas apareció la Peste Negra y la muerte. Miles de personas murieron aquí. A partir de esa aciaga época, los gatos han formado parte importante de las casas en toda la ciudad.

            La mujer se tomó unos momentos en los que me observó atentamente:

          —¿Así que estudiante de arte? Venga por aquí creo que esto le va a entusiasmar.

Abrió la puerta de una enorme sala y la seguí. Singular y lujoso mobiliario se extendía a lo largo de la estancia. Las paredes aparecían revestidas de cuadros antiguos, algunos oscuros, con la pátina de los siglos a cuestas. Reconocí varios de ellos.

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           —¡Qué colección tan asombrosa exclamé— ¡Cómo me gustaría tener tiempo para estudiarlos uno por uno!— Ella respondió:

          —Esa es la propuesta de la que le hablaba anteriormente. Podría venir a alojarse aquí, como verá, aparte de María, mi ama de llaves, Catalina, la cocinera y mi querido Martin, no tengo más familia. Piénselo mientras comemos, y ya me contestará luego, sin prisa.

La comida típicamente veneciana consistió en pasta con deliciosas verduras, pescado con polenta y unos extraordinarios dulces. Nuestra conversación siguió y entrelazamos temas de familia, trabajo, política y religión. Cuando llegó el café nos habíamos hecho muy amigas; a pesar de ser una mujer octogenaria su visión de la vida era dinámica y moderna.

Mi respuesta a tan generosa proposición fue afirmativa y esa misma tarde acompañada de Martín, el chofer-gondolero, el hombre de confianza de la condesa, hice la mudanza del hotel a la mansión, incluyendo en ella la bolsa con la máscara que me había sido regalada en tan extrañas circunstancias. La corta excursión me permitió subir en la góndola privada de la condesa y disfrutar como nadie de los pequeños canales por los que navegamos.

El muelle del palacete donde acababa de fijar mi nueva residencia, era pequeño y viejo y se encontraba señalizado con redondos maderos de colores, ubicado en la imponente fachada del edificio, solo visible si se entraba por el Gran Canal.

Mi habitación me encantó, era enorme, alegre y soleada y miraba con sus ojos de vidrio a un pequeño canal propiedad de la casa. La gran cama con dosel presidía la estancia. Las cortinas y la colcha se perdían en hojas de otoño que la vista seguía a través de unos sillones tapizados a juego. Los gigantescos armarios guardaban en su interior multitud de vestidos de épocas diferentes, lo que pude observar después de abrir varios de ellos. En el último encontré suficiente espacio para guardar mis escasas pertenencias.

Enchufé mi ordenador, colocado en la mesa de despacho junto a uno de los ventanales y me senté sintiendo bajo mis pies la mullida alfombra que cubría todo el cuarto. Me felicité por haber aceptado la oferta de la condesa, era igual que si hubiera reservado una suite en un hotel de cinco estrellas.

María me avisó de que la cena estaba lista. Mi anfitriona y yo disfrutamos nuevamente de nuestra mutua compañía y de la frugal cena que elegimos. Había sido un día muy largo e intenso y temprano me retiré a dormir.

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Y soñé que era despertada por la condesa Ana y María la doncella. Llevaban cada una un candelabro con multitud de velas encendidas.

           —¿Qué ocurre?— Pregunté soñolienta.

           —Vamos niña, deprisa, sal de la cama y ponte este vestido.

           —¿Ahora mismo? ¡Pero si es de noche! ¿Vamos a algún sitio?— Dije ahogando un bostezo.

           —Naturalmente que sí querida— Contestó la condesa— Esta noche es la recepción del Dux y estamos invitadas.

            —¿Yo también lo estoy?— Inquirí comenzando a desentumecer el cerebro.

            —¡Por supuesto que sí! ¡No preguntes más y ven que te voy a maquillar yo misma!

Me encontré embutida en un vestido de terciopelo verde esmeralda. La condesa me extendió por rostro y escote unos polvos que guardaba en un bello estuche de porcelana, haciendo especial hincapié en el antojo en forma de corazón que poseía en el seno izquierdo; delineó mis ojos con un precioso lápiz de oro; los toques de colorete me tiñeron de coral las mejillas pálidas de polvo blanco. El pelo recogido en un prieto moño fue adornado con pequeñas flores de colores. Deslizó un collar en mi cuello a juego con unos pendientes que se fundían en el tono del vestido. Para terminar sacó la máscara de su envoltorio y me la sujetó a la cabeza.

            —¡Menos mal que la has recogido en la tienda! ¡Todos los invitados debemos llevarlas hoy sin falta ¿Recuerdas?

En el espejo, mi imagen se asemejaba a una pintura renacentista; el disfraz me favorecía enormemente haciendo resaltar el color de mis ojos— ¡Qué sueño tan hermoso!— Pensé para mí — ¡Ojala que se alargue un rato más y no despierte enseguida!

La condesa iba de negro y oro, inclusive la máscara, luciendo un impresionante collar de perlas y cubriéndose la cabeza con un chal de encaje oscuro. Rápidamente subimos a la góndola que nos condujo, guiada por las expertas manos de Martín, a las escaleras del Palacio Ducal. Un río de personajes disfrazados desfilaba sin cesar por la entrada del mismo. Trepamos por la imponente escalera de los Gigantes, flanqueada por Marte y Neptuno; atravesamos numerosas habitaciones hasta llegar a la sala del “Maggior Consiglio”, en la que se celebraba el evento. Iba a la zaga de la condesa que conocía a todos y saludaba sin cesar a cuantos nos cruzábamos.

Fui presentada al Dux, hombre solemne y orgulloso; en su mirada se observaba el centelleo de una inteligencia acostumbrada a gobernar con mano férrea y a promover el arte en todas sus manifestaciones. Reconocí a mi pintor favorito Giorgione, inconfundible a pesar de la máscara, educado en sus ademanes, y en ese preciso instante afinando un laúd, instrumento que tocaba muy bien. Allí estaba “mi pintor” charlando animadamente con un grupo de gente. Me las arreglé para situarme a su lado y así emprendí un interrogatorio en toda regla a tan enigmático personaje. No me costó demasiado trabajo que comenzará a hablar de la pintura que había elegido para mi tesis. Además parecía conocerme muy bien, pues en un momento dado de la charla, me llevó aparte para decirme:

            —¡Pero qué preguntona te has vuelto de repente! ¡Como si mañana no fueras a volver al taller! Eres una de las pocas mujeres que ha demostrado tener más talento que cualquiera de mis aprendices. Y ahora es el momento de la diversión, ya hablaremos de pintura en el taller ¿O quizá quieras que hablemos del…amor, mi dulce ragazza?

           Había tomado notas mentales de cada una de sus frases sobre “la Tempestad” que podría incluir en mi trabajo. No quería coquetear con el pintor que se veía bastante ducho en este campo. Me despedí agradecida por esos momentos y busqué a mi mentora con la mirada.

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La encontré esperándome sentada en un lujoso sofá; a su lado una atractiva mujer le daba conversación. Con mi mejor sonrisa prendida en los labios me fui acercando a ellas. Fijé la mirada en la desconocida para someterla a un exhaustivo escrutinio. El gesto se quedó congelado en mi cara. La sorpresa, igualmente, tiñó las mejillas de la acompañante de la condesa Ana. Se puso de pie y nos miramos frente a frente. Nos quitamos sendas máscaras.

La risa estalló entre nosotras, nos cogimos de las manos sin saber qué decir. Mi gemela, una mujer idéntica a mí, me observaba con una mirada pícara que yo conocía muy bien. La condesa dijo:

           —Diremos a todo el mundo que es tu prima lejana. El parecido es asombroso sin lugar a dudas, sois iguales.

Pasamos el resto de la noche parloteando y riéndonos de cientos de chismes en los que fui puesta al día. Nos entendíamos divinamente. Antes de que una terminara de expresar un pensamiento, la otra contestaba rápida como el rayo. Las miradas, los gestos que nos cruzábamos, eran un lenguaje muy especial entre las dos. Yo que nunca había tenido hermanas, era totalmente dichosa aquella velada en la compañía de mi doble. La música comenzó y nuestra charla se vio interrumpida por numerosas peticiones de danza. Y hacia el salón de baile nos dirigimos con nuestras respectivas parejas, una de verde, la otra de azul y prendida la mirada en un sinfín de vueltas y volatines. Así se pasaron las horas, sin sentir, hasta que Ana nos reclamó para regresar.

Ya nos íbamos de la fiesta y en la salida formamos una larga fila a la espera de las góndolas. Ocupaba el último puesto de la cola de gente. Ana y mi doble charlaban animadamente con otras conocidas suyas, y entonces escuché claramente, desde un apartado rincón, que alguien me chistaba. Intrigada me dirigí hacia allí. No viendo a nadie, me di la vuelta para retornar con mi cuadrilla, y en ese instante alguien me retuvo. Fui arrastrada a un oscuro rincón, detrás de unas cortinas, donde un individuo me arrancó la máscara y me empotró contra una dura pared. Una boca se pegó a la mía, ávida, en un beso largo, tierno e interminable. La lengua del hombre se metió en mi boca casi hasta la garganta. Sentí una de sus manos palpándome el trasero debajo de las faldas. Intenté escurrirme para evitar el magreo al que estaba siendo concienzudamente sometida, pero no pude mover ni un centímetro de mi cuerpo hasta que el individuo aflojó un poco el abrazo. Cuando por fin fui capaz de respirar, observé de hito en hito al artífice de tan fogoso galanteo. Un hombre alto, de larga melena oscura, guapo a rabiar, me dirigía toda clase de ternezas y mimos entre susurros. Era tal el tono de su voz que resultaba embriagador escucharle. Decía:

           —Hoy estás más bella que nunca, mi estrella nocturna, pareces una princesa extranjera llena de misterio; eso me excita tanto que moriría por lograr otro beso tuyo y por posar mis labios en cada punta de estas arrebatadoras montañas.

Y extendió las manos hacia mis pechos con ánimo de estrujarlos. Cuando me llenaba los pulmones para pedir auxilio a grito pelado, justo detrás de él, apareció mi sosias que prorrumpió en estentóreas carcajadas al advertir mi cara de pánico.

El caballero se volvió rápidamente; confuso nos miró primero a una y luego a la otra para, después de unos largos minutos, dirigirse a mí finalmente:

           —Espero que pueda perdonar mi atrevimiento y no me guarde rencor, no quería incomodarla. Mis palabras y mis…atenciones iban dirigidas a otra persona.

Perturbada y divertida al mismo tiempo, me sequé los labios con un pañuelo y asentí sin saber qué decir. Fui presentada formalmente y el rubor que sentía me dejó muda durante la breve entrevista en la que el hombre siguió deshaciéndose en disculpas.

Así terminó la velada entre risas y chanzas. Nos despedimos “mi prima” y yo con grandes promesas de volvernos a encontrar y disfrutar de nuestra mutua compañía. Y Sin más dilación la condesa y yo regresamos al palacete.

Cuando abrí los ojos, bien entrada la mañana, me encontré en mi cama, descansada y con mucha hambre. En el desayuno relaté a la anciana mi sueño con todo lujo de detalles que hicieron que mi mentora prorrumpiera en sonoras carcajadas en varias ocasiones, sobre todo con la narración del amante equivocado.

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En días sucesivos, comencé mi tesis con un entusiasmo desbordante. Todo el material extra de consulta de antiguos legajos, de pinturas de colecciones particulares y demás investigaciones, me lo facilitaba mi mentora, a quien todo el mundo estimaba y abría sus puertas. Incluidos en el lote encontré unos viejos pergaminos que resultaron ser cartas de mi pintor Giogione y otras personalidades de la época, las cuales fueron puestas bajo mi inquieta nariz de investigadora y lo que descubrí en unan de ellas me llenó de pesar:

Mientras Giorgione atendía a honrarse a sí mismo y a su patria, en el mucho conversar que él hacía para entretener con la música a muchos amigos suyos, se enamoró de una señora y mucho gozaron el uno y la otra de sus amores. Ocurrió que en año de 1511 ella se contaminó de peste; pero Giorgione, ignorante de su enfermedad, siguió tratándola y se contagió, de manera que en breve tiempo, a la edad de 34 años, pasó a la otra vida, no sin dolor de sus amigos, que le amaban por sus virtudes

Los días pasaron veloces. Llegó el verano y aún me faltaban tres meses de arduo trabajo para retornar a mi hogar; mi marido me echaba de menos y vino a visitarme. Me sentía encantada de reencontrarme con él cara a cara; lo cierto era que a pesar de estar terriblemente ocupada, le había echado mucho en falta. Su compañerismo, su lealtad y su cariño me coparon aquellas jornadas igual que cuando comenzamos a ser novios hacía mil años. Con muestras de extraordinario cariño y amabilidad fue recibido por parte de la anciana condesa como si de un familiar se tratase. Le guié por Venecia, llevándole a cada placita descubierta en mis muchas excursiones y a todos los lugares que el tiempo nos dio de sí en una semana. Después de su marcha quedé bastante desangelada, pero poco a poco el ritmo de trabajo volvió a llenar cada instante de mi día a día.

Estuve seis meses en aquel palacio encantador hasta que terminé mi trabajo, documentado y listo para ser expuesto ante mi profesor.

Una mañana en la que ya preparaba mi marcha para España, Ana me cogió de la mano y me condujo con mucho misterio a unas habitaciones que tenía cerradas en el otro lado del edificio. Siempre creí que ese ala del palacete se encontraba en desuso, porque las condiciones reinantes en las estancias que lo componían eran pésimas, debido a la impredecible laguna que con sus inexplicables subidas corroía absolutamente todo. Como aquel 4 de noviembre de 1966, ese nefasto día en que el agua subió 1,90 metros llenándolo todo de humedad y costra salina durante meses.

Lo que vislumbré dentro de una de las salas me dejó totalmente anonadada. Una colección de retratos al óleo, al pastel y un número incontable de acuarelas, se exponían a lo largo de las paredes, en orden cronológico, tal y como debían ser antiguamente los álbumes de familia. Comencé a inspeccionarlas y descubrí la imagen vívida y magnifica de la que fuera “mi prima” en el sueño que protagonicé meses antes. En la mano llevaba la máscara de cara de gato que me había obsequiado el artesano, aquel lejano día que arribé a la ciudad.

           ─¡Ana, es ella, la muchacha de mi sueño! ¡Existió en realidad!
─¡Sí querida! Fue una de mis antepasadas. Puedes imaginar mi sorpresa cuando te vi por primera vez en el barco. Eras su vivo retrato. Tan encantadora, tan inteligente, no podía dejarte ir.

Abracé a la anciana que emocionada me palmeó la mejilla. No comenté nada más sobre aquella mujer que parecía una réplica exacta de mi persona y cuyo retrato estaba datado en el siglo XIII. Ya habría tiempo para nuevas confesiones más adelante. Si algo había aprendido de mi anfitriona era que, en ciertas ocasiones, dejaba entrever un mundo pasado y a veces  irreal en el que nunca se vislumbraba la frontera entre lo imaginado o lo vivido. Pensé que serían consecuencias de la edad de la condesa y decidí esperar a más confidencias.

          —Ven, te voy a llevar de excursión, tenemos que aprovechar los últimos días que pasaremos juntas antes de tu vuelta a España.

Fuimos a Burano para contemplar las seductoras casitas de colores, que se extendían una junto a la otra formando calles enteras de amalgama cromática, escapadas de la paleta de algún pintor impresionista. Pertenecían a los pescadores; así cuando éstos estaban faenando en la laguna, podían localizar su hogar de un solo vistazo.  Le Corbusier dijo una vez refiriéndose al hogar: “La casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de felicidad”. Aquí este hecho se cumplía a rajatabla.  Después de esta visita que nos alegró el alma considerablemente, cogimos el barco a Torcello. Isla bella, solitaria e inquietante. Visitamos el “Ponte del Diavolo”, que según la leyenda, Satán construyó en un solo día, y dónde suele aparecerse en forma de gato la noche del 24 de diciembre a las 12 en punto  ¡Lástima que ya no estuviera en esas fechas para ser testigo de tan formidable evento!

Fue un día inolvidable como tantos otros disfrutados en compañía de la anciana. Al término de aquella jornada memorable la condesa me dio las buenas noches con un beso, sellando una intimidad que nos había unido en tan corto periodo y, dichosas, nos fuimos a dormir. Ya de madrugada me desperté súbitamente, sintiendo que el mundo había perdido su ritmo y barruntando una desgracia. Me levanté y salí de la habitación hacia la cocina. Oí ruidos y gemidos en el pasillo y me dirigí hacía ellos con el corazón en un puño. La puerta abierta del dormitorio de la condesa me reveló la imagen de María hecha un mar de lágrimas. Entré en la habitación temblando, Ana, pálida y helada, yacía sobre la cama. Su corazón hacía horas que se había parado.

Todo se trastocó en un instante y lo único que recuerdo de aquello momentos fue un revuelo a todas horas, un ir y venir incesante de gentes por la casa. El entierro fue muy destacado, Ana era una de las últimas aristócratas de Venecia y todos sus amigos se movilizaron para honrarla en su viaje póstumo a la isla cementerio donde descansaría con sus antepasados. Al mismo asistieron mi marido y mis hijos, recién llegados de España. El día estuvo envuelto en lluvia y fue gris, pareciendo que la atmósfera se había contagiado de mi dolor. Ana llegó a ser para mí en esos meses, la abuela que no llegué a conocer nunca, un miembro más de mi familia.

Dejó una carta con mi nombre escrita en impecable letra gótica; estaba firmada unas semanas antes de la fecha de su muerte. En ella me comunicaba que me había nombrado su heredera en el nuevo testamento que acababa de firmar. No teniendo parientes vivos, ni nadie que reclamara nada de su patrimonio, me hice cargo de aquel fabuloso palacete y sus tesoros.

Tuve más sueños perturbadores, viajes al pasado que me permitieron ir conociendo la grandiosidad y el funcionamiento de la que fue “La Serenísima República de Venecia”. Nunca comenté estos fenómenos con nadie, ni siquiera con mi pareja, temiendo siempre que se me considerara un ser perturbado y se me prohibiera retornar a esta ciudad de ensueño.

Uno de estos misteriosos traslados a otra época, ocurrió en una iglesia desacralizada en la que me encontraba escuchando un concierto de música de cámara. Vivaldi y sus Cuatro Estaciones eran el eje principal de la audición, sonaban los violines, el contrabajo contestaba en un diálogo de excitación y alegría que plasmaba el incierto tiempo de la primavera. Después de un pequeño vahído, que tan familiar me resultaba a esas alturas, observé que la gente de alrededor había cambiado. Las sillas de loneta, habían sido sustituidas por sillones tapizados de madera lacada y torneada en mil filigranas. Todos vestían trajes ricamente confeccionados con terciopelo y encajes; los caballeros llevaban el pelo recogido en una coleta con un gran lazo. Las damas se movían en un mar de sedas, brocados y joyas a cual más rutilante. Los labios rojo carmesí se curvaban en sonrisas cuando las miradas de unas y otros se entrelazaban. Las espectaculares lámparas de cristal de Murano, procedentes de la “ciudad de vidrio”,  encendidas de mil velas, multiplicaban los haces de luz, barriendo sombras de los rincones más alejados. Las soberbias pinturas daban el colofón ideal, como la guinda en el pastel, llenando paredes de mudos y estáticos testigos en contraluz. El techo de la misma estaba cubierto de pinturas alegóricas sobre la vida y la muerte.

Mi doble, resplandeciente y chispeante igual que un rubí, se encontraba sentada a mi lado; de vez en cuando me lanzaba un guiño para que observase los juegos de lánguidas miradas que se dirigían entre un caballero ya entrado en años, ubicado al lado de su oronda esposa, y una bella y espectacular joven que le iba enredando en sus sonrisas arrebatadoras.

          —Te veo poco últimamente, “prima”– Me susurró al oído. Hice esfuerzos por no soltar una carcajada.

         —He estado muy ocupada. He recibido la visita de mi familia y ya puedes imaginar las excursiones realizadas a las islas y la ilusión que experimento al compartir con ellos todos estos momentos de estar juntos. Además estoy volcada con mis estudios de arte a los que les dedico todo el tiempo del que dispongo.

          —Me alegro de que  tu “ausencia” sea por una buena causa, porque Ana y yo te echamos de menos.

Una cabeza muy familiar se asomó por encima de la de mi gemela. La condesa me miró con dulzura. La emoción me llenó los ojos de lágrimas ¡Tan cerca y tan lejos! Ana seguiría viviendo en el pasado para siempre.

Nos sonreímos muy afectuosamente intentando que nuestras miradas entrelazadas nos unieran el mayor tiempo posible, sabedoras de que en cualquier momento este nexo se rompería. Un estruendo me hizo retornar al concierto. Cuando volví a enfocar los sillones vecinos, mi gemela junto con Ana habían desaparecido; las sillas de loneta estaban de vuelta en la sala de la iglesia y con ellas los aplausos del público que, entusiasmado, pedía una pieza más. Me enjugué las lágrimas y suspiré con nostalgia.

Nada más regresar a Madrid, tras aprobar mi tesis, se planteó en casa el hecho de que yo debía residir varios meses al año en Venecia para poner en marcha y mantener el legado de mi amiga. Venciendo las reticencias de mi marido que se convenció de que la ciudad de los canales no se ubicaba al otro lado del mundo, no hubo problemas para encontrar el apoyo emocional para emprender este gran trabajo.

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Volví a Venecia, que se me había metido en el alma de modo irremediable. Ordené papeles, arreglé catálogos de arte; aseguré obras, doné unas cuantas a los museos de la ciudad y otras tantas a entidades españolas. El único lienzo que conservé fue el de mi doble, no podía desprenderme de él. Mi marido creyó a pies juntillas que había sido retratada durante la temporada que había pasado con la condesa. No le saqué de su error. No hubiera podido dar explicaciones racionales a nadie. Las cuantiosas sumas de dinero que Ana guardaba en los bancos, las empleé en restaurar la casa que estaba bastante deteriorada por el ambiente de humedad constante.

Cuando por fin me decidí a entrar en la habitación de Ana para tocar sus cosas, sin que las lágrimas corrieran por mis mejillas, encontré su mueble joyero. Bandejas enteras contenían collares y pendientes de los colores del arco iris; piedras preciosas de todos los tamaños, superponiéndose en un coro de mudas luces de matices soberbios. En un compartimento hallé el collar y los pendientes de esmeraldas que lucí una vez en un lejano sueño. Allí también encontré las perlas que destellaban en el cuello de Ana la noche de la gran fiesta. Y me pregunté una vez más:“¿Fue solo un sueño?”

Una única explicación se me ocurre a los fenómenos de los que he sido testigo desde que vine por primera vez a Venecia: Esta ciudad posee un halo tan especial, no sólo reflejado en la luz, la música, o los colores, sino también en esa sutil barrera que se halla entre el antes y el después, que se levanta de vez en cuando igual que un telón, mezclando el tiempo en el reflejo de la laguna.

Estoy convencida de que llegué en el momento oportuno, de la misma forma que las aves cuando emigran a su destino, igual que una gota del pasado que cae de nuevo en el mismo sitio de siempre, encajando, “como una vetusta pieza de puzle”, en la ciudad de los mil canales. FIN.


María Teresa Echeverría Sánchez

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2 comments

  1. Maravilloso viaje y maravilloso relato. He viajado por Venecia sin estar ahí y he vivido momentos emocionantes, solo leyendo lo que escribes.

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