ZERU Y LA MAGIA DE LOS INUIT.- (primer capítulo) – Primicia –

Primer capítulo de mi nueva novela “Zeru y la magia de los inuit”.- Más aventuras de la detective Zeru, la pelirroja soñadora de espíritus. De venta en Amazon en versión kindle y en libro de papel.

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1.-Una muerte inesperada

Aquella tarde Zeru se sintió indispuesta, así, de repente. La invadió un agotamiento inexplicable que la paralizó, acostumbrada como estaba a hacer mil cosas a la vez. Se tuvo que sentar en su sillón favorito, poseída de una melancolía sin límites, que alcanzó su zénit cuando sintió la cabeza a punto de estallar. La única explicación que se le ocurrió ante este hecho es que había cogido la gripe y, en consecuencia, se tomó un analgésico para mitigar la terrible desazón. No tuvo ánimos para llamar a nadie, ni a su hija, ni siquiera a Sam; solo quería cerrar los ojos y olvidarse del desasosiego que corría por sus venas. El calmante hizo su efecto y en unos minutos cayó en un profundo sueño oscuro y asfixiante.

La mujer se agarró el pecho. Un dolor agudo anidó en cada inspiración, tenía la sensación de que unos dedos invisibles estrujaban su corazón. Se sentó en una de las sillas de la cocina con gran dificultad, apoyándose en la mesa para no caer, y cerró los ojos sumiéndose en la inconsciencia. Ya no despertó; el corazón, cansado de tanto bregar, se paró con un último latido. Zeru la vio allí, aplanada, sin moverse, completamente yerta. La delgadez era evidente en sus brazos y piernas, teñidos con el tono amarillento de la enfermedad. El rostro no se libró del ambiente malsano que emanaba el resto del cuerpo: grandes ojeras tintadas de negro se acurrucaban en pliegues debajo de los ojos ligeramente entreabiertos, lacados ya con la capa de cristal que pone la muerte. El cráneo lampiño, desnudo y blanco, atrapaba en su piel todo el brillo del fluorescente de la estancia.

Zeru no podía creer lo que observaba, aquel ser que había agonizado ante sus ojos era su hermana Mar, la bruja intransigente, que más parecía la madrastra de Cenicienta que una pariente suya; la misma que la había echado de su vida desde el nacimiento de su hija Miren.

Volvió la mirada a las tinieblas que la rodeaban para advertir que alguien emergía de ellas y se aproximaba hasta alcanzarla. La imagen de su hermana se recortó nítida, con un centelleo cegador de alma en pena. Sintió la emoción subiendo por su garganta.

            ─¡Zeru, soy yo, Mar, tu hermana! Acabas de ser testigo de mi muerte… Ahora estoy feliz porque ya no percibo dolor alguno en los miembros, y me siento libre de la enfermedad y, sobre todo, de mi cuerpo que se había convertido en una cárcel cruel. Quiero decirte muchas cosas antes de partir, aunque apenas quede tiempo para hablar. Siento haberme alejado de ti y de tu hija durante tantos años. Ahora sé lo que duele la soledad y los secretos, porque tengo muchos, hermana. ─Y pronunció la última palabra con cierta ternura teñida de nostalgia.

            ─¡Oh, Mar! ¡Estás muerta! ¡Es terrible!… ¡No puede estar sucediendo! Esto sólo es un mal sueño; enseguida me despertaré y te buscaré para que podamos reconciliarnos. Mi alucinación es una señal para que nos pongamos en contacto otra vez. Únicamente se trata de una pesadilla, solo eso.

            ─¡No, Zeru! Tú, mejor que nadie, conoces bien el significado de que nos encontremos en tus sueños. Percibo que puedes verme y escucharme. Por eso he querido despedirme antes de partir y, abusando de tu bondad, pedir un último favor. Recibirás una carta en la que te informo con pelos y señales de mis andanzas. Averigua todo lo que puedas sobre mis hijos, cerciórate de que estén bien. Sé de sobra que no tengo ningún derecho a solicitar nada de ti, pero siempre fuiste mejor que yo, ahora lo sé, y harás todo lo posible por encontrarlos. Gracias hermana por tus desvelos.

─¡No te vayas, Mar, todavía no! ¡Por favor, espera!─ Gritó la detective extendiendo los brazos tratando de atrapar la imagen de su hermana que se deshacía en hilos de niebla.

Zeru se despertó llorando a lágrima viva mientras sus manos trataban de alcanzar la imagen desvanecida de un sueño. En la pesadilla había sido espectadora de los últimos momentos de su hermana mayor antes de expirar. Quiso pensar que se trataba de un desvarío, que no tenía nada que ver con los mensajes y misivas que recibiera en otras ocasiones mientras dormía, unas veces encontrando rostros familiares y otras, en cambio, totalmente desconocidos, fantasmas que la habían ayudado a resolver muchos casos en su vida profesional.

Durante un buen rato no halló consuelo en nada mientras sus lágrimas salían a chorros entre hipidos desesperados. Mar se había despedido para el viaje sin retorno, al igual que hiciera Casilda, su querida vecina, hacía pocos meses. Se levantó de la cama y fue a la cocina para hacerse una tila. Poco después retornó al sillón, ubicado justo al lado de la cristalera de la terraza, para tomar la tisana a sorbitos. Las lágrimas fueron remitiendo poco a poco mientras pensaba en las últimas palabras de su hermana. Había hablado de hijos. ─Un momento. Pero si Mar no tenía hijos…que yo supiera─ Dijo en voz alta. Mar era una mojigata de iglesia y misa diaria, que siempre había sentido un odio irracional contra los hombres. De hecho no tuvo ningún novio, espantaba a cualquier chico que se le arrimaba a más de un metro. No entendía nada de esa visión. ¡Ojala esta vez se equivocara y no fuera “uno de sus sueños”, y todo quedara reducido a unos minutos de angustia, igual que cualquier otra pesadilla!

Pensó en contactar con ella de alguna forma, pero no disponía de la dirección ni el teléfono de su hermana. Ésta ya se encargó en su día de esfumarse sin dejar rastro. Meses después de la gran discusión que las distanció, le envió una tarjeta de felicitación navideña. Le fue devuelta con el sello de destinatario desconocido, se había mudado. Tendría que averiguar su paradero, cosa que llevaría su tiempo… o, por el contrario, podía optar por esperar la hipotética “carta” de la que hablara Mar en la pesadilla.

Desvelada y muy triste, conectó el ordenador. Llamó por Skype a los Estados Unidos, a Sam Ojo de Halcón, su novio lakota. Mientras el programa se cargaba, sonrió tristemente, a pesar del dolor que inundaba su corazón, al recordar la cantidad de acercamientos sentimentales que su amigo Fran había realizado en este último mes, el hombre más tenaz que conocía. Recordar a uno de ellos era tener presente al otro, igual que si un hilo invisible los uniera. Era curioso que los dos antagonistas en su corazón fueran inspectores de policía, uno ubicado en Madrid y el otro, al lado contrario del globo terráqueo, nada menos que en América.

En la pantalla se materializó el rostro de piedra de su amado piel roja.

            ─¿Cómo estás Zeru? Es raro que a estas horas me estés llamando; en España es de noche, hora de descanso,… Pero… ¿Qué te ocurre?

Igual que un grifo cuando se abre, los ojos de la investigadora se inundaron de lágrimas y, durante un rato, fue incapaz de expresar una sola palabra coherente. Cuando logró tranquilizarse, contó al policía indio su pesadilla con todo lujo de detalles.

            ─Creo que esperar la carta de tu hermana es la mejor opción en estos instantes. Si está en el correo, tal y como lo has soñado, no tardará en llegar. Añadiré que en tu sueño Mar está muerta, luego lo único que podrías hacer por ella, sería cumplir su última voluntad.

            ─¡Me habló de hijos! ¿Te imaginas? Mi hermana tenía familia y yo no lo sabía… ¡Es… Es una completa locura!…Pero tienes razón, tengo que esperar.

            ─¿Por qué no vienes a pasar unos días a la reserva? ¡Te echo tanto de menos! ¡Te haría olvidar este inmenso dolor e incertidumbre! ¡Sé cómo hacerlo, cariño mío!

            ─¡Una proposición muy tentadora, querido Sam! Tengo que estar aquí, debo recibir una carta ¿recuerdas? Aunque existe otra alternativa para encontrarnos, ¿por qué no vienes tú? Todavía tienes muchos días de vacaciones. ¡Ven, por favor! ¡Te extraño mucho, te necesito!

            ─¡Estudiaré con sumo interés tu atractiva oferta, Zeru, mi Soñadora de espíritus!…¡Por supuesto que iré! Ya te diré las fechas en las que podría viajar a España.

Se despidieron con un montón de besos que recibió el frío cristal de la pantalla del ordenador.

Después de la conversación, ya mucho más tranquila, pero incapaz de conciliar el sueño, cogió su libro favorito, el que con su sola presencia, la hacía sentir reconfortada. Estaba tan deslustrado que la imagen de la portada se hallaba desdibujada en manchas apenas reconocibles. Consistía en una puesta de sol, o tal vez un amanecer, dependiendo de la interpretación del espectador, bastante desvaído en algunos sitios por el desgaste de las manos. Para Zeru era la visión de un mundo onírico en el que el último resplandor del sol teñía los alrededores de rojos, rosas y lilas, haciendo que la montaña y los árboles del paisaje se recortaran igual que oscuros centinelas, prestos a sujetar en sus crestas y ramas las últimas gotas de luz, las mismas que encontraban eco en un lago de aguas quietas y misteriosas, invitadoras al descubrimiento del secreto allí escondido.

Acarició el título, “Destino mágico”, recorriéndolo con los dedos y, por fin, abrió el libro. Desde el primer momento que lo vio en la estantería de la tienda, hacía un montón de años, relumbrando entre todos los demás, se había sentido atrapada. Quizá fueran los colores de la luz que teñían la portada, o las soberbias descripciones de la autora que parecía manejar un pincel con cada palabra. El caso es que su lectura había sido un alivio para la soledad, instalada desde que tenía memoria, igual que una tediosa compañera pegada a su sombra durante largos periodos de su vida. ¡Qué no habría dado por formar parte de esa singular familia de libro! Pensó en lo maravilloso que resultaría disponer de varias hermanas más, formar un cuarteto o quinteto de la misma sangre. Leyó otra vez la pequeña biografía de la autora donde figuraban varias títulos que ya había leído, pero ninguno la emocionaba tanto como el que reposaba entre sus manos. Quizá lo halló en el instante preciso que más lo necesitaba, y su vida, a partir de ese punto, se había entretejido con su lectura, formando un todo indivisible.

Comenzó a desgranar los renglones, de nuevo, lo mismo que solía hacer en los momentos que notaba el alma encogida. Las protagonistas, Sara, Diana, Amaya y Mónica, constantemente le hacían hueco entre ellas, considerándola una más en la historia:

Destino mágico kindlecuatro hermanas

─”La llave no era muy grande, de unos cinco centímetros de longitud. Su pátina de negrura denotaba su gran antigüedad. Mostraba en ambas caras unos grabados geométricos muy bellos. Nos preguntamos de dónde había salido. Ninguna de nosotras cuatro recordaba haberla visto antes. La rodeamos con un magnífico lazo rojo, símbolo de la suerte, y allí quedó colgada. Al mes teníamos dos compradores para el piso…”─

Poco a poco el amanecer se coló por la ventana de la terraza. Con pesar Zeru dejó a las protagonistas en el instante en el que abrían una pequeña arqueta que contenía la historia y el poder de sus antepasados, el mismo que las cuatro habían heredado. Cerró el libro y lo colocó en el hueco reservado entre sus obras favoritas.

El trabajo de detective en esos días escaseaba. Después de la última investigación, un supuesto robo de una joya, caso que había resuelto de la forma más inesperada, se había producido un gran parón en su profesión. Aunque económicamente no era preocupante, sí lo parecía el hecho de encontrarse con las manos cruzadas. Una mujer como ella, activa, inquieta, metida en mil tejemanejes y obligada a pasar este intervalo sin nada qué hacer. El hecho le producía una terrible exasperación.

Hasta la fecha había tenido mucha suerte en dar con clientes fiables y afables en todos sus casos. Lo cierto es que la mayoría de ellos se mostraban tan agradecidos al término del trabajo, que este sentimiento se reflejaba no solo en el pago de los honorarios pactados, sino en el aumento que éstos experimentaban al engrosarse generosamente con las propinas. Sus cuentas bancarias, tan exiguas hacía unos meses, habían comenzado a incrementarse satisfactoriamente, debido en gran parte al empuje que recibió de la mano de su amiga Irene, su mecenas, a la que había acompañado a Estados Unidos para localizar una mina de oro de la que era heredera.

El asunto del medallón, la joya histórica desaparecida, su último trabajo, le había llegado a través de Fran, su querido amigo, el inspector de policía al que había conocido en casa de Irene cuando resolvía su primer caso como trabajadora privada, conquistando no solo su admiración de profesional, sino también su corazón.

enamorados

Aquella relación amorosa comenzó en el mismo instante de conocerse, y parecía ir bien entre ellos, pero se agostó enseguida. Durante un mes se perdieron en miradas lánguidas y besos feroces, y fue en este punto del romance cuando Zeru emprendió el largo periplo a los Estados Unidos por motivos de trabajo. El contacto continuó a distancia gracias a los cientos de mensajes y conexiones por internet que intercambiaban siempre que tenían oportunidad. Este cordón umbilical, que parecía fuerte y resistente como ninguno, se quebró así, de repente. Zeru, después de tener una de sus terribles visiones, contó a Fran, con pelos y señales, lo acaecido en el transcurso de su sueño: en concreto se trataba de la muerte de su vecina Casilda, casi una madre para la investigadora. El relato de la aparición de aquel amado fantasma, realizado a un ser tan pragmático como Fran, produjo en él tanta perplejidad que le llevó a pensar ─aunque fuera por breves minutos─ que Zeru era una loca escapada de algún psiquiátrico. La investigadora captó este pensamiento ─no expresado en voz alta─ al vuelo y, al instante se instaló un muro de incomprensión en la pareja. Esta simple entrevista, realizada a través de la pantalla del ordenador, terminó de marchitar el futuro de la relación, ya algo debilitado en esos días con la irrupción del exótico Sam Ojo de Halcón, enigmático policía que lideraba la jefatura de la reserva de los indios Lakota en Pine Ridge. Sam resultó ser un valioso compañero en la larga búsqueda de la mina de oro perteneciente a su tribu, respetuoso en todo lo relacionado con las visiones de la detective y, además, un apasionado amante.

El policía madrileño trató por todos los medios de volver a secuestrar el corazón de la detective desde el mismo instante en el que ésta había vuelto de aquel viaje. A tal fin, rescató para ella el caso de la joya desaparecida, no solventado por la policía madrileña, a cambio de una cena para dos, que no fue más allá de unos buenos momentos entre bocado y bocado.

Con la cabeza entre las manos la detective pensó en la resolución del suceso, mezclado con algún que otro descalabro, como casi siempre ocurría cuando ella era la protagonista.

Zeru recordó claramente la forma en que comenzó todo aquello: Fran, en una de sus muchas llamadas telefónicas ─parecía equivocarse constantemente con su número de móvil─ le pasó la dirección de un chalet ubicado cerca del metro de O´Donnell. Hacia allí se condujo echa un manojo de nervios ante el nuevo desafío. La valla que rodeaba la parcela era impresionante y la mansión, según notó a simple vista, se encontraba bien pertrechada en medidas de seguridad. Disponía de alarma de vigilancia las veinticuatro horas del día, complementando la misma una empleada de hogar que hacía las veces de leal perro sabueso, incluso los rasgos de su cara eran caninos, hecho que comprobó al conocerla. Aquel espécimen femenino llevaba viviendo en la casa al servicio de la señora, alrededor de treinta años, toda una vida.

Esa mañana cuando Zeru tocó el timbre de la verja, transcurrieron unos cuantos minutos antes que la voz de la criada, a través del interfono, ─que sonaba igual que un ladrido─ preguntara el motivo por el cual quería ver a la Señora de Mendoza.

            ─¡Soy la detective privada enviada por el inspector Velasco─ Dijo escuetamente.

La empleada se tomó su tiempo observando a Zeru con detenimiento por la cámara de seguridad que disponía, a tal fin, en la cocina. Momentos después de pasar aquel escáner humano sonó un clic, señal de que había obtenido el visto bueno de la guardiana para penetrar en el santuario de su patrona, la honorable Señora de Mendoza y Salas.

Tuvo que esperar un rato en una sala de anticuados muebles hasta que fue recibida por la dueña de la casa. Ésta hizo su aparición en una silla de ruedas acompañada de un individuo que dijo ser su hijo, Gaspar Mendoza, un hombrecillo orondo, rechoncho y de rostro bonachón. La mujer, vieja y apergaminada, aparecía enterrada entre joyas, negra seda y puntillas con fuerte olor a naftalina, luciendo un rostro adusto y deformado por un feo mohín de disgusto mientras observaba a Zeru, y comprobaba que el detective prometido para la resolución de su importante pérdida, se trataba de una “mujer”.

Zeru realizó las preguntas de rigor a cerca de la ubicación de la alhaja en el momento de su robo. Según sus primeras conclusiones, solo existían tres personas que pudieran haber hecho desaparecer el medallón: La primera, la vieja sirvienta, casi tan anciana como la señora; en segunda posición iría Gaspar Mendoza, hijo de la viuda momificada; la tercera y última sería para la desagradable mujer de la silla de ruedas.

Los observó a los tres, demorándose en su apostura, gestos y demás ademanes, que dibujaban un estupendo retrato del sentir de cada uno de los considerados “sospechosos”. Sin duda tendría que investigarlos con más detalle, pero su primera impresión fue que el trío presentaba un aire de inocencia que no fingían. Acto seguido releyó los papeles que le había hecho llegar Fran. Según el informe de la policía, la puerta del habitáculo disponía de una cerradura de seguridad que sólo se abría cuando la dueña estaba presente. La investigadora imaginó el tormento que debía sufrir la empleada de hogar, cada día, esperando a que aquella agria mujer abriera la puerta, con el fin de que se realizara la limpieza de la estancia bajo su estricta vigilancia.

Puso especial atención en el párrafo referente a la primera sospechosa, la criada: mujer sin familia, cuya cuenta de ahorro se encontraba bastante engrosada, simplemente por el hecho de que apenas gastaba nada del sueldo que se le pagaba. Así había sido durante tres décadas, encontrándose en la posesión de una pequeña fortuna─ ¡Vaya con la sirvienta!─ Pensó Zeru. Y a punto estuvo de soltar un tremendo silbido al contar los ceros de la cuenta de ahorro. Siguió analizando el parte en el que se detallaban los últimos ingresos, cantidades que correspondían a sueldos mensuales, y se verificaba la ausencia de posesión de cuentas ocultas. La detective observó, de nuevo, a la sirvienta. No resultaba la candidata idónea para robar y vender una pieza de museo con más de dos siglos de historia. Decididamente quedaba descartada de la lista de sospechosos.

Al fin, Gaspar Mendoza le mostró la foto de la famosa joya desaparecida. En la copia del atestado policial, el objeto aparecía en blanco y negro y nada tenía que ver con la imagen en color que el mantecoso individuo exhibía lleno de orgullo. La alhaja en cuestión, quitaba el hipo al primer vistazo, y se hallaba conformada de la siguiente manera: en el centro aparecía un enorme rubí tallado primorosamente cercado por una buena cantidad de diamantes. Otra fila de esmeraldas se añadía a este óvalo rodeándolo completamente y, para rematar, una muralla de perlas diminutas y maravillosas completaba el llamativo colgante. La antigüedad de la joya se hacía notar en varias pinturas de épocas diferentes, colocadas cronológicamente en un gran salón, al que fue invitada a visitar, que cubrían dos de las tres enormes paredes de que constaba el recinto.

Los cuadros estaban datados entre los siglos dieciocho y diecinueve. La detective se acercó a las pinturas para examinarlas con más detenimiento, asunto que enervó visiblemente al vejestorio de la silla de ruedas. Una colección de damiselas envueltas en tules y encajes, con la blancura de una piel a la que el sol jamás visitaba, es decir, con todo el aspecto de pequeños fantasmas, exhibían la conocida joya familiar entre unos senos que parecían tener vida propia, asomándose impúdicamente al escote, a punto de escapar del corsé que los empujaba con violencia hacia arriba. La alhaja llevaba adosada una gruesa cadena de oro, recubierta enteramente de pequeños zafiros que parecían estrellitas de Navidad.

Zeru no se extrañó del disgusto monumental del que hacía gala la señora que tenía delante. El valor de aquella reliquia era incalculable.

            ─¿Dónde guardaba la joya?

            ─En una caja de seguridad construida especialmente para almacenar los pequeños objetos de valor que mi madre posee. Si quiere se la puedo mostrar─ Contestó el hijo diligentemente.

La anciana se manifestó algo reticente a dejar entrar en su sanctasanctórum a nadie que no fuera de la familia. Cuando la investigadora cruzó el umbral, le pareció que había entrado en una época pasada. Una sala gigantesca acogía en uno de sus muros una cama con dosel, engalanada en tonos turquesa. Las paredes se revestían de papel imitando terciopelo dieciochesco. Un espléndido tocador de patas torneadas y gran espejo, emplazado cerca de un ventanal que ocupaba parte del muro, mostraba una buena colección de productos y objetos de plata. La madera relumbraba igual que un espejo sin una mota de polvo. Pegado al ventanal un escritorio de estilo Luis XVI, se acompañaba de un sillón y un canapé de terciopelo haciendo juego con el resto del mobiliario. De este cuarto pasaron a otra habitación más pequeña que hacía las veces de vestidor. Allí los armarios y zapateros inundaban las paredes, dejando un gran hueco ocupado por un espejo de doradas molduras.

Gaspar, regordete y calvo igual que un huevo, se mostró solícito en todo momento con la detective; todo lo contrario que su madre, la vieja señora. El individuo deslizó uno de los paneles de madera que recubrían la totalidad de la pared, para descubrir la ubicación de la caja fuerte. En su interior se encontraban colecciones de bandejas rellenas de toda suerte de relumbrantes joyas y aderezos.

Zeru pensó que si alguien hiciera desaparecer alguna alhaja de las que se exponían allí, no creía que la dueña se percatase de la pérdida, tal era la cantidad. ¿O tal vez sí? Parecía una vieja bruja, con esa mirada torva e inquietante.

            ─Hay alarmas instaladas en las ventanas. ¿Ve los sensores al lado del alfeizar? Si alguien intentara escapar o entrar por una de ellas, inmediatamente activaría el sistema de seguridad.

            ─¿Y la joya, en el momento de su desaparición, dónde se hallaba exactamente?

            ─Mi madre la había dejado encima del tocador, en ésa bandeja de plata que ve usted allí. Ella acercó su silla de ruedas al escritorio y se puso a inspeccionar los cajones; cuando volvió a mirar ya había desaparecido.

─¿Y usted estaba…?

            ─Abriendo la caja fuerte para sacar el estuche del collar y poder guardarlo en su rincón.

            ─Es decir, que se hallaban aquí en el instante en el que la alhaja se desvaneció ¿No es así?

─¡Eso es!

            ─¿La tienen asegurada?─ Preguntó la investigadora tomando notas mentales de todo lo que allí se iba diciendo.

            ─¡Sí que lo está! Pero por mucho menos de su valor real. Una pieza de museo como ésta no podría ser asegurada por su precio real en ninguna compañía.

            ─¿Les han reembolsado ya esa cantidad?

            ─Aún no, se abrió una investigación en la aseguradora, pero hasta que no se cierre la instrucción de la policía no procederán a transferir la indemnización. La última vez que hablé con ellos me comunicaron que si no se presentaban más pruebas, la darían por concluida en tres meses.

            ─¿Qué les contó la policía sobre los hechos?

            ─Esta información tampoco arroja mucha luz sobre la desaparición del collar. No se hallaron huellas ni en la ventana ni en el jardín. Nos inspeccionaron las cuentas por si éramos nosotros mismos quienes lo habíamos escondido para cobrar el seguro, pero, como puede observar en sus informes, el dinero no es nuestro problema precisamente.

Zeru se acercó a la ventana y se apoyó en el alfeizar, con cuidado de no interferir en los sensores de alarma, mientras echaba un vistazo a la maravillosa perspectiva que tenía desde allí. El jardín era pequeño pero se veía muy bien cuidado. Corroboró la ausencia de espalderas en la pared, por las que hubiera sido fácil trepar hasta la habitación. Aunque la alarma seguía siendo un escollo difícil de superar para dar una explicación coherente al asunto. Siguió con la inspección visual del lugar. Una fuentecilla alegraba uno de los rincones, pertrechada por un banco de piedra y pequeñas estatuas de duendecillos desperdigados entre el césped. Cinco árboles de anchos troncos, lo mismo que mudos y gigantescos espectadores, dormían ya su sueño invernal, habiendo sido sin duda testigos excepcionales de muchos eventos desde que fueron plantados. Al encontrarse inmersos a principio del invierno, habían perdido su bonito follaje esmeralda. Algunos gorriones se posaron en las ramas más altas piando desaforadamente. Desde allí atisbó a lo lejos varios nidos abandonados en la copa de los cinco especímenes.

            ─¿Han tenido muchos pájaros anidando en los árboles este verano?

            ─Los mismos de siempre. Al estar tan cerca de un parque de la zona, esto se llena de vida. A nosotros no nos molestan. Mi madre está un tanto sorda y mi habitación da al otro lado de la casa, con lo cual estoy alejado de la parte central del jardín.

            ─¿Y qué clase de pájaros vienen a poner sus huevos tan cerca de la casa?

            ─Gorriones, mirlos, lavanderas, petirrojos, palomas, cotorras argentinas, urracas, pinzones…

            ─¡Ya veo!…¡uhm! ¿A qué hora viene el jardinero?

            ─¡Ha llegado hace rato! No le vemos desde aquí porque está podando los rosales del otro lado del jardín ¿Quiere hablar con él?─ Preguntó el hombre solícito.

            ─¡Sí, por favor! Necesitamos su ayuda.

Gaspar empujó la silla de la anciana hasta embutirla en un montacargas que la conduciría al piso de abajo. Accionó el interruptor y corriendo tanto como le daban de sí sus cortas piernas, se personó en la planta baja. Secándose el sudor de la frente por la carrerilla, sacó al desagradable vejestorio de la estrecha caja y los tres fueron en busca del jardinero. Lo hallaron trabajando en varios setos, moviendo las tijeras de podar a una velocidad pasmosa.

            ─¡Buenos días! ¿Cómo se encuentra hoy la señora?─ Preguntó el hombre servicial.

            ─¡Ha pasado mala noche! Desde que desapareció la joya está muy intranquila─ Contestó el hijo. La anciana miraba para otro lado dando la sensación de que no oía nada de todo aquello, o que el empleado le importaba bien poco.

─Esta señora es una investigadora que hemos contratado para que nos ayude a localizar el collar desaparecido. Quiere hacerle unas preguntas.

Zeru observó al individuo, ya sesentón y barrigudo, que con rostro afable le mostraba toda su atención. Lo cierto es que no tenía mucho aspecto de haber sustraído nada en toda su vida. Otro individuo que quedaba borrado de la lista de sospechosos. Se dejó guiar por su instinto y dijo:

            ─¿Dispone de una escalera larga, tanto como para llegar a la copa de los árboles del jardín?

─¡Pues claro que sí! ¿Quiere que la saque?

            ─¡Sí, por favor!─ Rogó la detective.

El hombre apareció con la doble escalera. Se hallaba plegada en su tamaño más pequeño, y con maestría deslizó hacia arriba un gran tramo de escalones que colocó cerca del primer árbol ubicado a unos cinco metros.

            ─Estoy buscando nidos de pájaros, concretamente de urracas, entre estos árboles de aquí. ¿Cuál diría usted, de los que vemos desde abajo, que podría corresponder a este espécimen?

El hombre se rascó la cabeza repetidas veces, mientras emitía ruiditos extraños con los labios. La anciana comenzó a lanzar un sordo gruñido de perro asmático y el hijo gordinflón miró hacia el suelo en un intento de esconderse en un socavón que no acababa de abrirse. Por fin habló el hombre.

            ─Hay dos bastante grandes en aquel árbol y también existe un agujero en ese tronco de allí. La pasada primavera estuvieron habitados ─Contestó señalando uno de aquellos centinelas arbóreos.

            ─Tenemos que descartar esta posibilidad que, aunque es muy remota, podría ser la acertada─ Comentó Zeru a su asombrada concurrencia.

La vieja bruja, roja de ira, escupió un exabrupto con un lenguaje muy lejos de su categoría social.

            ─Pero madre ¡Compórtese!─ Regañó el hijo con las mejillas arreboladas de vergüenza ─ ¿Dónde están sus modales?

            ─¡Quiero que venga un detective de verdad! ¡Un hombre como es debido! Despide a esta mujer que no sirve para nada.

            ─¡Cállese madre! La teoría que propone es lo más coherente que he escuchado desde que estuvo aquí la policía. Tendrá su oportunidad para demostrar su competencia ¡Faltaría más!─ Exclamó Gaspar Mendoza con rotundidad.

A Zeru le dieron ganas de besar a tan rollizo individuo por la contundente respuesta. Poseía un halo de benevolencia que se hacía patente con cada palabra o gesto. Desde el primer momento le había caído bien, consideró que era un hombre con mucho encanto.

El jardinero movió la escalera hacia uno de los árboles que había señalado anteriormente y comenzó la lenta ascensión. Zeru se encaramó siguiéndole. El hombre llegó a la copa y se agarró a una de las ramas, abandonando la escalera para dejar sitio a la detective. Cuando la investigadora alcanzó su nivel, sin apartarse de los peldaños, pues sabía lo patosa que resultaba en algunas ocasiones, comenzó a rebuscar en el nido que aparecía allí mismo. En su interior había trozos de papel aluminio primorosamente tejido entre las ramitas de la cavidad. También encontró plumas, pedazos de plástico y varios papeles de vivos colores, pero nada más. Procedieron a bajarse con mucho cuidado los dos. Gaspar sujetaba la escalera para que no se moviera ni un ápice mientras descendían. Seguidamente hicieron lo mismo con otro de los árboles. No hubo suerte, allí sólo encontraron trocitos de espejo y pedazos de trapo. Quedaba el árbol más alto, el que presentaba un hueco casi a la altura de la copa. Allá arrimaron la escalera; mientras el hijo la sujetaba con decisión, el jardinero y la detective subieron con mil precauciones. La anciana señora los miraba con ojos maliciosos en un absoluto mutismo.

Coronaron con éxito la copa del árbol, primero el trabajador que se desplazó hacia una de las gruesas ramas para dejar sitio a Zeru que venía a la zaga. Esta vez la detective abandonó la escalerilla para poder alcanzar el hueco señalado. De pronto el jardinero resbaló y se quedó colgando de una rama con una sola mano, pataleando y gritando con desesperación. Zeru se acercó presurosa e intentó tirar de él para ponerlo a salvo, pero no podía con el peso del hombre. Gaspar, aterrado porque padecía de vértigo, se vio en la urgente necesidad de subir con rapidez a echar una mano; lo hizo gimiendo y temblando hasta el lugar en el que se encontraban los otros dos en apuros. Entre la investigadora y el dueño de la casa lograron que el jardinero pudiera encaramarse de nuevo a una rama. En ese instante observaron que la escalera oscilaba ostensiblemente y caía hacia un lado empujada por la silla de ruedas de la anciana. Las carcajadas de la mujer se oían atronadoramente en todo el jardín.

            ─¡Pero madre! ¿Qué ha hecho?

            ─¡He cazado dos pingüinos y una cigüeña! ¡Ja, ja, ja!─ Reía la anciana.

Gaspar se quedó inmovilizado entre el terror y la sorpresa no sabiendo qué hacer ni qué decir.

            ─¿Y si llama a la sirvienta por el móvil? Porque aunque gritemos desde aquí no nos va a oír─ Sugirió Zeru.

            ─No lo llevo encima. Con las prisas lo he dejado en la habitación de mi madre─ Gimió el orondo señor.

            ─Yo solo dispongo de su número personal, no tengo registrado el de la casa─ Comentó la detective.─¿Y usted?─ Preguntó al jardinero─ ¿Tiene aquí su móvil?

            ─No lo llevo mientras trabajo. Me he cambiado en la caseta y allí lo he dejado.

Zeru, después de pensar unos instantes, llamó a su amigo Pedro, explicando lo que ocurría. Las carcajadas se oyeron claramente, lo mismo que los hipidos y exclamaciones. La detective no se enfadó ante esta reacción porque les unía una amistad de muchos años, aparte de ser el padre de su hija. No dejaba de ser una situación cómica para cualquiera que los hubiera observado. Tuvo que esperar unos minutos en los que las risotadas mermaron hasta que Pedro fue capaz de tomar nota de la dirección, para llegar al rescate lo más rápido posible. También podría haber llamado a Fran, el policía, pero no quería pasar la vergüenza de que la encontrara en tal escenario.

Ya que no podía evitar encontrarse en tan tensa disposición, decidió ser práctica y seguir con su trabajo. Con sumo cuidado la investigadora se deslizó hacia la oscura abertura del árbol. Le daba grima meter la mano ahí dentro. A saber la clase de bichos que podría haber ahora que la dueña del agujero no estaba. Pidió uno de los guantes al jardinero y se lo colocó. Así comenzó a sacar de allí objetos que nadie podría haber imaginado. Cristales, unas gafas rotas pequeñas de niño, una pulsera que parecía de oro, papel aluminio hecho trizas, pajitas de refresco, y algo grande que se resistía a salir enganchado en un mar de pajillas. Cuando logró asirlo y desprenderlo de toda la basura que lo rodeaba, sacó a la luz la joya desparecida. Gaspar chilló alborozado gritando a la bruja de su madre la aparición de su tesoro.

            ─ ¡Madre, tenemos el collar! ¡Avise a Lupe!

            ─¿A quién?

            ─¡A Lupe!

            ─¿Quién escupe? ¡Pero qué cochinos son ustedes! ¡Tan mayores y haciendo guarradas! Ahora mismo me voy de aquí para que no me pongan perdida. ¡Cerdos, sinvergüenzas!

La señora salió a todo gas en su silla de ruedas hacia el otro lado del jardín, dejando a los tres igual que pasmarotes. Aunque no tuvieron que esperar demasiado tiempo encaramados en el árbol. Enseguida Pedro se personó en el lugar y fueron rescatados lo mismo que un trío de gatitos traviesos.

            ─¿Pero cómo puede ser posible que un pájaro nos robara?─ Preguntó Gaspar.

─Las urracas son “pequeñas ladronas”. Les encantan los objetos brillantes y los coleccionan en el nido. Tuvo que hacer algo de ruido al batir las alas cuando se llevó el colgante, pero su madre no la oyó porque está un poco sorda como ya sabe.

El hombre miraba con arrobo a la detective.

─¿En qué momento se le ocurrió que el delincuente podría ser un pájaro?

─Se me ofreció tal posibilidad en el instante que vi la ubicación exacta, tanto de usted como de su madre en el recinto, justo en el lapso de la desaparición del collar y estando la ventana abierta. El delincuente tenía que haber “volado” para librarse de los sensores del alfeizar. Otra probabilidad era, sin duda, que ustedes fueran los culpables del hurto para cobrar el seguro. Escogí la que me dictó mi instinto.

El individuo puso cara de embeleso suspirando con deleite y comenzó a recitar un poema para asombro de Zeru:

            ─¡Ah, los pájaros! … Hay pájaros que sueñan que son pájaros y se despiertan ángeles.

            ─¡Vaya! Es usted poeta.

El hombre se puso rojo como la grana y añadió:

─¡No lo crea, la frase no es mía, sino de un tal Owen! Yo solo la he tomado prestada para este instante, ya sabe… Es posible que la mayoría de nosotros tenga alma de bardo… Seguro que usted recuerda alguna rima sobre estos seres alados─ Y miró a Zeru con gesto retador.

─Veamos qué se me ocurre… Ahí va eso: ¡Más vale pájaro en mano que ciento volando!

─Un refrán, ya veo… Estoy convencido de que lo puede hacer mucho mejor, detective─ Contestó el afable personaje dando de nuevo pie a Zeru.

Ella jamás había podido rechazar un desafío y éste hombre parecía intuirlo. Antes de pronunciar una sola palabra, la investigadora sintió un chispazo en la memoria y al mismo tiempo que ocurría tal hecho sintió como el pasado se imponía al presente de la manera más inesperada: sus manos se entrelazaron igual que “garritas de oso” al más puro estilo “Sonrisas y lágrimas”; colocó los pies abiertos en abanico con los talones juntos y con una voz de niña de diez años comenzó a declamar mientras se balanceaba hacia atrás y hacia adelante siguiendo el ritmo cadencioso de la poesía:

            “ Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla que me cantaba el albor.

Matómela un ballestero; dele Dios mal galardón.”

El silencio invadió la estancia a medida que el rostro de Gaspar Mendoza salía del éxtasis más absoluto y miraba con turbación a la detective. Pedro que observaba aquella escena con la mandíbula desencajada, se dirigió a toda prisa a un rincón apartado donde estalló en carcajadas.

Zeru recuperó su apostura, no sabiendo muy bien qué extraño virus la había atacado para ofrecer tamaña actuación. Tuvo la certeza de haber hecho el ridículo más espantoso, pero afortunadamente el único espectador aplaudía con gesto embobado. Minutos después se percató de que Pedro también había sido testigo de tan singular exhibición, hecho que le recordaría, sin duda, hasta el fin de sus días.

            ─¡Qué sentimiento en la declamación! Me ha quitado el puesto de juglar, detective, es usted, ¿cómo expresarlo? …─ El hombre se quedó momentáneamente sin resuello. Zeru tomó aire para despedirse a toda prisa, momento en el que Gaspar recuperó el habla:  ─¡Le estoy tan agradecido por lo que acaba de hacer! Incluyendo nuestro pequeño “lance”─ Y sonrió cruzando con la detective una sonrisa de complicidad. ─Le ruego que disculpe a mi madre. Últimamente no se encuentra muy bien…y hace muchas tonterías.

          ─Tenga cuidado con ella, puede resultar una enferma peligrosa.─ Exclamó la investigadora mirando con recelo a la vieja arpía que corría desfogada en su silla por el jardín.

El caso se cerró con gran éxito para su reputación de detective y con la obtención de una buena propina sobre los honorarios estipulados.

La visita a tan egregia mansión y el sufrir el desdén de la vieja bruja, la produjo una vorágine en la mente: ésta como dotada de voluntad propia iba del pasado al presente y del presente al pasado, atando cabos sueltos e hilvanando hebras perdidas. Entre las hilachas surgió un pasaje enclavado en su niñez, protagonizado por una hermana de su padre, también enferma de altanería, la tía Florencia.

En aquella época en la que Zeru tendría unos seis años y su hermana once, habían ido a visitar a la tía Florencia, hermana mayor de su padre, que vivía en la madrileña y sofisticada calle Serrano: lugar habitado por ciertos sectores de la más encumbrada sociedad de aquellos años. Entonces, tal como ahora, engarzadas a tan egregia vía, se arracimaban tiendas de ropa, zapaterías y joyerías de postín, constituyendo un entramado de élite al que sólo unos pocos, los que poseían fortuna, tenían acceso.

El edificio en el que vivía la hermana de su padre, se hallaba muy próximo a la plaza de Colón y al museo Arqueológico, uno de los lugares favoritos de la pequeña Zeru ya que escondía unas divinas reproducciones de la cueva de Altamira que había que observar tumbado bocarriba en un sillón. Con su padre hicieron varias visitas a la cueva artificial y soñaron con rojos bisontes, ciervos y cazadores que desfilaban en un universo de roca y oscuridad.

El sofisticado inmueble en el que habitaba la tía Florencia disponía de un ascensor de madera, que olía a cera recién pulida, cerrado con puertas acristaladas, un lujo del que no se disfrutaba en el barrio obrero donde vivían Zeru y su familia. Mientras el ascensor escalaba las plantas una por una, lento, y emitiendo gemidos de metal, las niñas no quitaban la nariz del cristal, dejando la huella de la cara enmarcada por el aliento. Los rellanos y las escaleras, cubiertos con una buena capa de barniz, se hallaban revestidos por moqueta hasta la misma puerta de cada una de las viviendas. Tiempo después la niña descubrió un detalle que la llenó de cierta confusión, como que las casas poseían otra puerta más en la cocina; ésta era fea y vieja, sin alfombras ni lujos, para uso exclusivo de las chachas, doncellas y cocineras del servicio.

Siempre que iban a visitarla, previa invitación rigurosa, la tía Florencia les hacía pasar a una salita que se encontraba en el mismo recibidor, pequeña y coqueta, presidida por un inmenso retrato de ella y su marido que compartían protagonismo con un gran ventanal que se abría a la emblemática calle Serrano. Allí charlaban los mayores mientras las niñas merendaban en la cocina, para no estropear aquel suelo reverberante con sus migas del bocadillo.

En esta ocasión en la que fueron expresamente invitados, nada más traspasar el vestíbulo, se les condujo a través de un gigantesco pasillo hasta un habitáculo donde las paredes aparecían totalmente cubiertas de gigantescos armarios de madera. Una gran mesa ocupaba la mitad del aposento hallándose cubierta de mantas. Dos planchas apoyadas en la blancura de los muletones sobresalían lo mismo que náufragos en un mar de tela. La tía hizo sentar a los padres en unas sillas allí dispuestas para tal menester y antes de desaparecer, recomendó a las niñas que no fueran revoltosas y no hicieran ruido. Allí quedaron encerrados durante un buen rato. En ese intervalo apareció una doncella con unas medianoches rellenas de jamón de york y sendos vasos de leche para las niñas.

              ─¿Qué ocurre, Mariela, por qué no viene la señora?─Preguntó el padre de Zeru.

            ─Han venido a visitarla Doña Pilar y Doña Lola. Ha dicho que no salgan de la habitación hasta que las invitadas se vayan─ Exclamó bajando los ojos con turbación.

Cuando la chacha se marchó la madre de Zeru dijo:

            ─…No vaya a ser que se encuentren de manos a boca con los parientes pobres de doña Florencia. Creo que deberíamos irnos ahora mismo. Para mí no es ninguna deshonra ser quien soy, pero siempre que venimos aquí me siento fuera de lugar.

            ─¡Ya sabes cómo es mi hermana!─ Contestó el padre de Zeru restándole importancia.

A su hermana Mar y a ella no les importó demasiado aquel encierro pues el escenario novedoso prometía unas cuantas aventuras. Merendaron tiernos bollos rellenos de jamón y queso que no solían comer porque eran muy caros, limitándose a las meriendas tradicionales que los niños de su edad solían tomar, o sea, pan con chocolate. Poco después se movían por esa gran habitación cotilleando todo lo que podían alcanzar con los ojos, pues los gigantescos armarios estaban cerrados a cal y canto. Quizás, lo más divertido de aquella interminable tarde consistió en salir al baño, tan gigantesco como el salón de su casa y que se hallaba ubicado en la habitación contigua. Aprovecharon para echar una carrera por el pasillo rechinante, de tablas de madera, que tenía una alfombre muy larga para amortiguar la música que producían los pasos al caminar en el corredor; la gata siamesa de la tía, siempre escondida de las visitas, les salió al encuentro para bufarles airadamente impidiendo terminar la galopada de las niñas en una sala formidable, el comedor, estancia que lograron conocer una tarde, seis años después. También les dio tiempo a aburrirse un poco al retornar al cuarto de la plancha hasta que, al fin, la tía se personó al rescate. La tía Florencia, cargando con su collar de perlas que parecía pesarle mucho, apareció de nuevo con una sonrisa de dientes blanquísimos; y lo más significativo de todo, no se azoró lo más mínimo por haberlos ocultado durante un buen rato en el cuarto de planchar. Se limitó a charlar brevemente con los mayores, ignoró a las niñas, y en diez minutos los puso a todos de patitas en la calle. La madre de Zeru no volvió a poner los pies en esa casa hasta bastantes años después, cuando a la tía la dejaron de visitar sus amigas porque eran tan viejas como ella y no se podían mover.

Al correr de los años, Zeru fue analizando todo aquello y se dio perfecta cuenta de lo ocurrido ese nefasto día: La tía Florencia sentía vergüenza de presentar a su familia más humilde ante aquellas amistades “del pan pringado”, tal y como las había definido siempre su madre. La mueca de desdén y superioridad que aparecía muchas veces en sus gestos cuando observaba sus ropas lavadas y remendadas, era la misma que había visto en el rostro de la anciana loca del collar.

Con cierto pesar volvió a enterrar aquellas imágenes que, aunque desagradables, resucitaron por unos instantes a las personas que más había querido, su padre y su madre.

Después de arreglar la casa, la detective salió al gimnasio. Tenía que ponerse en forma. Recordaba, con suma vergüenza, su patoso comportamiento en el último caso que la llevó a tierras americanas. En el transcurso de la excursión emprendida para localizar la mina de oro tuvo que subir, bajar y trepar por espacios naturales, ejercicio al que no estaba acostumbrada en absoluto, que tuvo como consecuencia el sufrimiento de unas agujetas horrorosas. Las imágenes de su vergonzosa caída, le hizo mover la cabeza de un lado al otro, igual que un perro cuando se sacude el agua del pelo mojado. No volvería a pasar por esas terribles punzadas que le atenazaron ciertas partes de su cuerpo que no sabía ni que existieran. Debía estar preparada para la aventura.

A su regreso, halló una voluminosa carta en el buzón con la conocida grafía de su hermana. La esperanza de que todo acabara en un sueño normal se desbarató por completo. Mar se había ido para siempre.

Maria Teresa Echeverría Sánchez

Foto Tere 2


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