LOS DIOSES AÚN HABITAN SICILIA.- (Incluido en Relatos inquietantes de la nube II)

“Sicilia posee sol, mar y también profundas “huellas” de un pasado singular incrustadas en la tierra, entre una suciedad excesiva; eso hace que se vean aún más bellas”. (María Teresa Echeverría).

 LOS DIOSES AÚN HABITAN SICILIA.- (Incluido en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II – En versión kindle y en libro de papel).- relatos inquietantes de la nube (II)relatos inquietantes


Una ensoñación en Agrigento.-

Agrigento_Tempio

En esos días de agosto, en los que la canícula apretaba a todo ser viviente hasta arrancarle la última gota de humedad, me encontraba de vacaciones en Sicilia, acompañada de mi marido y una de mis sobrinas. Hacía un calor de mil demonios y las altas temperaturas nos tenían medio asfixiados.

Dado que los tres éramos adultos, cada cual se ocupaba de fotografiar los paisajes y monumentos que prefería o el detalle que consideraba relevante. Entre esa inevitable repetición de imágenes, puesto que íbamos en el mismo grupo turístico, siempre había una ligera variación en algunos fragmentos de nuestras excursiones, hecho que resultaba muy enriquecedor a la hora de visualizar las fotos en común.

El segundo día de nuestro viaje, nos encontrábamos visitando el valle de los templos en la ciudad siciliana de Agrigento. Delante del templo de la Concordia, el mejor conservado de todos ellos, sucedió algo del todo inexplicable. Me hallaba en el frente del mismo, oyendo las explicaciones de la guía sobre las deidades a las que se creía que había sido dedicado este templo: los dioscuros, Cástor y Pólux. Aunque, según comentó, había otro templo del que quedaban cuatro columnas en pie, con sus correspondientes capiteles, también dedicado al culto de esta pareja de dioses, incluso la silueta de tres de sus columnas aparecía como símbolo de la ciudad de Agrigento.

—¡Qué especiales debían ser estas deidades, para poseer dos templos en el mismo lugar, en los que se les rendía un culto simultáneo!—Pensé.

Automáticamente asocié estos gemelos divinos con la imagen de mis hijos que también habían nacido al mismo tiempo. Con mi cámara encuadré el templo en el objetivo, brillando cada piedra con un fulgor espectacular y, en ese instante, la imagen se fue haciendo gigantesca ante mi vista. Atisbé, por mi pequeña ventana de la cámara, un frontón policromado seguido de las columnas que habían recuperado su apariencia de recién estrenadas, mientras, mi visión fue arrastrada por el peristilo, pronaos y se quedó quieta en la naos, ante el enfoque de dos gigantescas estatuas de mármol blanco, decoradas de oro y esmaltes de colores, que abrieron sus ojos de par en par, para mirarme con suma atención. Unas voces terribles me atronaron los oídos:

—¡Bienvenida extranjera! No podemos ignorar tu condición de madre de dos seres iguales, como nosotros, gemelos; sabemos del amor de los hermanos nacidos a la vez, uno mortal y el otro inmortal; pero Zeus nos concedió vivir y morir al mismo tiempo, por eso morimos y renacemos una y otra vez, juntos, para toda la eternidad. En consecuencia te dejaremos echar una mirada al pasado durante los días en los que estés bajo nuestra influencia. ¡Serás nuestra protegida!

Las voces callaron tan repentinamente como habían comenzado. Seguí avistando detalles del templo, entre los que se encontraban una cantidad ingente de ofrendas que los sacerdotes llevaban a los pies de las gigantescas estatuas. Observé esculturas de menor tamaño correspondientes a las personas que ofrendaban onzas de oro y plata; me tropecé con una inmensa colección de joyas y recipientes llenos de perfumes inimaginables. Se ofrecieron libaciones a los dioses gemelos derramando en uno de los altares sendas cráteras de agua mezclada con vino; después les siguieron unas ánforas de leche mezclada con miel.

Aunque imaginaba que estaba viviendo una ensoñación, seguramente producto del horrible calor que me atenazaba, no por eso perdí un solo detalle de lo que vislumbraba en el templo de los dioscuros, a través de la ventana mágica de mi tomavistas.

De igual manera que la imagen se había acercado al objetivo de mi cámara, en apenas unos segundos, se alejó, mientras una gran multitud observaba a los sacerdotes sacrificar, en el gran ara del exterior del templo, un rebaño de corderos blancos como la nieve; después de degollarlos, quemaron las asaduras en una gran pira, produciendo un humo oscuro y denso que se elevó hasta el cielo, ofrecido como tributo a los dioses; más tarde asaron el resto de los animales para devorarlos entre todos los congregados. La gente celebraba la gran fiesta en honor de los divinos habitantes del templo, era su forma de adorarles. Seguí mirando por el objetivo y pulsé el botón de mi cámara, casi instintivamente, antes de que todas aquellas imágenes desaparecieran de mi punto de mira a velocidad pasmosa. Y así ocurrió. En pocos segundos solo vislumbré la silueta primitiva del templo de caliza, desaparecido el alegre policromado, deteriorada por el paso de los siglos, y relumbrando como el oro con los últimos rayos del atardecer. ¡Mi hermoso sueño se había evaporado!

Ya en el hotel, esperando que abrieran el comedor para la cena, los tres revisamos las fotografías que habíamos tomado durante el día. Fingí no acordarme de dónde había sacado aquellas imágenes tan vívidas de un templo policromado donde un grupo de sacerdotes hacían sacrificios a los dioses gemelos. Mi sobrina, profesora de historia, se quedó extasiada contemplándolas. En una de las instantáneas, Cástor y Pólux abrieron sus ojos para lanzarme una última mirada de complicidad.

En la oreja de Dionisio.-

oreja dionisiooreja 2

El tercer día del viaje a Sicilia, el autocar nos condujo hasta la ciudad milenaria de Siracusa. Nada más descender del vehículo, fuimos recibidos por una guía local que nos acompañó en la visita a la antigua acrópolis. El sol calentaba de lo lindo en aquella mañana como tenía por costumbre. Observamos una gran explanada donde sobresalían crestas calizas entre una rala vegetación, la llamada “latomía” (del griego “tallar piedra”) del Paraíso, lugar en el que los esclavos trabajaban arrancando grandes bloques de piedra para construir templos y edificaciones para la urbe. Descendimos por un caminillo hasta que nos encontramos a las mismas puertas de una cueva conocida como “La oreja de Dionisio”.

La entrada en esta oquedad no se realizaba de frente sino por un sendero que giraba en redondo hacia un lateral perdiéndose en la oscuridad, dando la impresión de que se recorría un pabellón auditivo gigante. La cueva, según nos comentó nuestra mentora, tenía una altura de 23 m. de alto por 65 m. de profundo y en su curvatura poseía una esplendorosa acústica. Después de que todos gritáramos y diéramos palmas durante unos instantes, la mujer siguió hablando sobre aquel lugar encantado. Según dijo, había varias teorías sobre el origen y la utilización de este descomunal recinto. Todas ellas se remontaban a cuatrocientos años antes de Cristo.

La primera teoría que versaba sobre la extraña caverna, cuyo origen fuera una oquedad modelada por la naturaleza, no era otra que la manipulación sufrida a manos de los muchos esclavos que apresaban en las numerosas contiendas, empleados para extraer bloques de piedra , y así construir una ingente cantidad de templos a los dioses.

La segunda hipótesis correspondía con la de utilizar la cueva como caja acústica, para producir ciertos efectos sonoros durante las representaciones teatrales en el grandioso recinto, cuyas ruinas se hallaban, a tal fin, ubicadas muy cerca de la cueva.

La tercera suposición giraba a la época del tirano siracusano Dionisio que, según decían, encerraba a cientos de disidentes en la cueva para escuchar sus conversaciones a través de un agujero excavado en el techo de la misma y así enterarse de complots secretos contra su persona.

La cuarta y última contaba que Dionisio, cruel en extremo, había ordenado esta específica construcción para amplificar los gritos de los prisioneros que eran torturados para recabar información sobre posibles conjuras.

Lo cierto es que me encontraba realizando fotos del supuesto agujero por el que el tirano Dionisio escuchaba información de sus enemigos, cuando sentí un vahído que me hizo sujetarme contra la pared. Un hedor irracional, dulzón y terrible inundaba la cavidad. Mis ojos se habituaron a la oscuridad que reinaba en muchos rincones, rota de vez en cuando por la luz de una antorcha. Observé a una cuadrilla de trabajadores que introdujeron en la pared de piedra, a golpe de martillo, unas enormes estacas de madera. Después las humedecieron con agua. La madera se hinchó haciendo que la roca se resquebrajase en una gigantesca lasca. Unos cuantos esclavos sacaron la piedra al exterior a golpes de las porras de los capataces. Varios de ellos cayeron al suelo por el esfuerzo y ya no se levantaron, agonizando ante mis aterrados ojos. Los cuerpos sin vida fueron arrojados a los lados de la oquedad y el trabajo se reanudó otra vez de inmediato.

Giré a un lado y al otro para descubrir con horror, cientos de cuerpos hacinados en los rincones en avanzado estado de putrefacción. Sobreponiéndome a la siniestra visión, continué observando a los delgadísimos esclavos que se encontraban al final de sus fuerzas. Cuando les concedieron un periodo de descanso, porque allí no se sabía nunca si era de noche o de día, uno de los presos se escondió entre el amasijo de cadáveres agusanados. Así fue avanzando poco a poco hasta la salida. Yo le seguí de cerca alentando en voz baja al disidente en su esfuerzo por escapar. Cuando estaba a punto de alcanzar la salida, un mastodonte de dos metros de alto, todo músculo y mala leche le descubrió. Se dirigió hacia el hombre que se retorcía en el suelo incapaz ya de ponerse en pie, esperando el golpe de la cachiporra de piedra que le enviaría a la muerte.

No me explicó cómo ocurrió el hecho, el caso es que me crucé en el camino del gigantón abalanzándome cuan larga era contra sus piernas. Éste cayó como un descomunal árbol, golpeándose tan fuerte la cabeza con la piedra que quedó inconsciente. El prisionero se arrastró hasta la salida. Le vi desaparecer en el exterior tan rápido como un ratón. Cuando regresé a mi realidad, estaba tirada en la gruta, en el rincón donde en un principio me había apoyado. Me puse en pie sacudiéndome la ropa blanca de polvo. Nadie se había percatado de mi caída.

La guía regresó del interior de la cueva para comentar:

            ─“Es bastante paradójico que se conociera este lugar por la Latomía del Paraíso, siendo en realidad unas gigantescas cuevas donde murieron miles de personas cautivas. No es un sitio alegre en absoluto, está impregnado de sufrimiento. Dicen que aún, en los días de más viento, se pueden escuchar los terribles lamentos de aquellos que padecieron y murieron en estas oquedades”.

En ese mismo instante el viento aulló trágicamente.

La subida al volcán Etna.-

etnaEtna

En el cuarto día de nuestro viaje subimos a la gran montaña del Etna, el volcán de Sicilia que se encuentra actualmente en erupción. Ríos de lava corrían por la cara sur haciendo impracticable esta ruta. Una telecabina nos llevó hasta una considerable altura. Desde allí unos pequeños vehículos de grandes ruedas nos acercaron lo más posible hasta el gigantesco cráter. La cara norte no presentaba señales de lava, pero las explosiones que de vez en cuando se producían en el volcán, arrojaban una gran cantidad de piedras y cenizas que caían por doquier. Siguiendo a nuestro guía, ataviado con una llamativa chaqueta naranja, emprendimos una pequeña excursión por ese paisaje lunar. Un silencio sepulcral, apenas roto por los clics de las cámaras fotográficas, reinaba en aquellas alturas. El color gris de la piedra ya fría, escupida en su momento por el volcán, lo llenaba todo.

Me hallaba observando, a través de unos binoculares, la columna de humo y llamas que salía del cráter, cuando la tierra tembló furiosa, una vez y otra. Una cabeza monstruosa asomó por el cráter, después aparecieron unos brazos tan gigantescos que ocupaban media ladera de la montaña. Lo peor fue escuchar aquella voz de trueno que me revolvió las entrañas.

            —¡Fuera de mi vista, insignificantes gusanos!—Gritó el terrible ser— ¡Soy Hades, señor de la oscuridad, dios de los muertos y este es mi reino! ¡Os arrojaré al Averno minúsculas y apestosas criaturas!

Toda nuestra expedición se encontraba tirada en el suelo; cada vez que intentábamos ponernos en pie, una nueva sacudida nos hacía caer igual que si fuésemos un gigantesco juego de bolos. El guía, un hombre bastante mayor, de pelo cano y andar cansino, se encontraba totalmente histérico al igual que todos los que formábamos su grupo. Debíamos movernos rápido hasta alcanzar los vehículos que nos sacarían de allí. Comenzamos a arrastrarnos hacia lo que en un principio nos pareció el camino de vuelta, pero las balizas de señalización habían desaparecido con los temblores de tierra. Perdidos y sin saber qué hacer nos movíamos como los pequeños gusanos de la procesionaria del pino, todos seguidos, sin una dirección determinada.

En un momento dado, entre la lluvia de ceniza que nos intentaba sepultar, vislumbré la cima del volcán por donde Hades se encontraba visible hasta la cintura. En cualquier momento sacaría las piernas y vendría a aplastarnos. Al mismo tiempo, en la dirección contraria escuché un silbido. Al observar el área, dos figuras gigantescas se perfilaron entre la neblina. Una enorme mano apareció delante de mis narices.

            —¡Agárrate fuerte a mis dedos, mujer! Corre la voz a tus compañeros para que formen un cordón uniendo las manos de unos y otros! ¡Rápido, apenas queda tiempo!

Así lo hicimos y de esta forma fuimos arrastrados por el suelo pedregoso y ceniciento hasta la plataforma donde esperaban los vehículos especiales. Entre temblores de tierra y gases sulfurosos, la serpiente humana se deshizo en porciones y todos montamos en los transportes que nos sacaron de allí a toda velocidad.

Por mis prismáticos vi a Hades, rojo de ira, ya con una pierna fuera del cráter, gritando colérico a los dioscuros que nos servían de protección. Los gemelos se alzaban igual que montañas siamesas, unidos codo con codo, en una muralla gigantesca. Hice algunas fotos de los colosos, aunque imaginaba que lo que veía eran meros espejismos, más que nada porque nadie de mi grupo decía nada de los monstruosos seres que yo percibía.

Al fin alcanzamos el valle. El pánico se había adueñado de la gente y había un jaleo de mil demonios. Decenas de policías intentaban ordenar el caos de tráfico que se había generado en la última hora. La tierra siguió temblando durante buena parte de nuestro viaje de regreso.

Ya en el hotel seguimos los acontecimientos por la televisión. Según decían en el informativo, un nuevo cráter se había abierto en la cara norte. En las imágenes la lava escapaba furiosa cubriendo ya la zona donde los coches nos habían recogido. Parte del cráter original había volado por los aires. El infierno se había desatado en aquel punto de Sicilia.

Visualicé las fotos una por una, buscando alguna imagen de lo que yo había visto con mis propios ojos. Entre toda la colección que saqué, hallé una en la que el enorme Hades incandescente y terrorífico parecía luchar contra dos gigantes de piedra. Los dioscuros, Cástor y Pólux, habían cumplido su promesa.

En Monreale (Palermo).-

monreale-cattedrale

El día anterior cuando visitamos el pueblecito costero de Cefalú, atestado de turistas y veraneantes sicilianos, tuvimos nuestro primer encuentro con una edificación medieval normanda. Los sucesivos terremotos habían borrado cientos de construcciones de siglos enteros. En consecuencia predominaban los estilos arquitectónicos griegos (los más antiguos, que todavía se hacían notar) y los asentados a partir del siglo dieciocho, quedando, igual que joyas aisladas, algún que otro edificio de los siglos XI y XII.

Éste era el caso de la catedral de Cefalú, donde la visión de un Pantocrátor gigante llenando el ábside, nos dejó sin habla durante unos instantes. Llegábamos con un empacho colosal de barroco, que llevaba adosado toda su parafernalia de columnas salomónicas, arcos rotos sobresaliendo de las fachadas y adornos recargados en piedra por doquier. La contemplación de estas pinturas medievales, hechas de miles de teselas en mil colores, construyendo escenas de la Biblia, nos dejaron gratamente sorprendidos.

No aparté la vista de aquella representación de un gigante rubio (construido a semejanza de los normandos), de barba oscura y enormes ojos estáticos. O eso creí yo, porque parecían moverse en nuestra dirección, vivos y penetrantes, siguiendo nuestro peregrinaje por el lugar. La mano derecha alzada con intención de bendecir, dos dedos abiertos mostrando la doble naturaleza de Cristo (humana y divina) y tres dedos cerrados, representando la Trinidad.

Cuando eché el último vistazo antes de irnos, le vi mover la mano enorme, bendiciéndonos desde su cielo de teselas policromadas.

Pensé que los ojos me habían jugado una mala pasada, hasta que a la mañana siguiente visitamos la catedral de Monreale, cerca de Palermo, construida en la misma época que la de Cefalú, superviviente de temblores y terremotos.

En esta ocasión el rubio “divino” que asomaba en el ábside era monumental, mucho más grande que el primer pantocrátor que habíamos visto. El formidable edificio de construcción tipo fortaleza, albergaba en su interior el tesoro más encantador que nadie podría haber imaginado. Cada trozo de techo y pared se hallaba totalmente cubierto de mosaicos de pan de oro y esmaltes, representando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento.

La guía nos hizo sentar en unos bancos, en el mismo centro del templo, donde teníamos una visión increíble de todas aquellas escenas, y así comenzó su exhaustiva explicación.

Pronto dejé de oír la voz de la mujer, al advertir los gritos de algunos de los personajes de las pinturas, justo en el momento en el que Caín mataba a su hermano Abel; los animales del arca de Noé comenzaron a salir de su encierro haciendo un ruido ensordecedor mientras Jacob luchaba con un ángel a brazo partido. Adán y Eva comieron una manzana observados por la risueña serpiente que me guiñó un ojo; pero el Pantocrátor percatándose de tal acción,  los echó del Edén con sendas hojas de parra para ocultar sus partes pudendas.

Las imágenes estilizadas y de enormes ojos, se movían con una gracilidad pasmosa. De repente comenzaron a caer estrellas sobre nosotros: unos cuantos ángeles estaban empeñados en destruir la torre de Babel y tiraban hacía la construcción todo lo que tenían a mano. Varios animalillos del arca, golpeados por los certeros porrazos cayeron columnas abajo, refugiándose donde pudieron en un intento de no ser arrollados por la marabunta de turistas que visitaban el templo.

El majestuoso Pantocrátor movió su mano imponiendo orden y gritando con voz estruendosa:

            ─¡Silencio criaturas! ¡Vais a molestar a los que vienen a orar! ¡No quiero oír ni un grito más!

Todos obedecieron al instante y las pinturas dejaron de moverse, recuperando su hieratismo habitual.

Cuando abandonábamos el lugar, observé cierto movimiento en uno de los confesionarios. Dentro encontré unos cuantos animales asustados que relumbraban con sus ojos de esmaltes. Temblaban sin saber dónde debían dirigirse. Les indiqué que me siguieran hasta colocarme justo debajo de la representación del arca de Noé. Con una última mirada de agradecimiento, las alimañas treparon por las columnas hasta alcanzar su destino. El Pantocrátor volvió a bendecirme desde las alturas.

Al día siguiente cogimos el vuelo para regresar a Madrid. Cuando el avión se elevó sobre las nubes, por unos breves instantes, pudimos admirar un cielo de estrellas que nos hacía guiños de despedida. Entre ellas distinguí la constelación de Géminis. Los dioscuros Cástor y Pólux  dijeron adiós agitando sendas manos de estrellas, fulgurando como joyas en la negrura del espacio. FIN


María Teresa Echeverría Sánchez

Novelas, libros de relatos y cuentos infantiles.


 

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