EL VIAJERO DE LA CHOZA HUAORANI – (Relato de fantasía con toques de ciencia ficción)-

Relato incluido en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II (editado en libro de papel y para lector electrónico kindle)

relatos inquietantes de la nube (II)

 

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado. (Gabriel García Márquez)

 

 EL VIAJERO DE LA CHOZA HUAORANI

Historia de mi familia.-

Desperté gritando de la misma forma que lo había hecho en los últimos treinta años: a grito pelado, en un mar de sudor y con una terrible sensación de que alguien me aplastaba la tráquea. La pesadilla, mil veces vivida en mis sueños, se repetía con más virulencia que nunca en la actualidad. Hacía lo posible por estar solo durante el sueño, porque mi acompañante de turno no siempre reaccionaba coherentemente. Alguna de mis amantes había emitido chillidos tan agudos ante tan terrorífico despertar que caían invariablemente, durante horas, en una crisis nerviosa de llantos e hipidos difíciles de sofocar. En cambio otras, se tornaban en madres adoptivas y me acunaban entre sus brazos mientras regresaba a la realidad entre jadeos y sudores fríos. Ninguna de estas dos reacciones me complacía. Simplemente no quería provocar “nada”, deseando de todo corazón que el problema que arrastraba desde mi infancia, se esfumara sin dejar huella. Y si esta situación era mala ya de por sí, después llegaba, invariablemente, el momento temido de recordar esas imágenes, de intentar descifrar el motivo de mis gritos. Jamás recordé nada de las terribles visiones hasta que el destino y mi trabajo, me condujeron a la selva del Amazonas.

Mi puesto de profesor docente de Antropología en la Universidad Complutense, profesión que llevaba ejerciendo desde hacía cinco años, llenaba todas mis expectativas. Me encantaba enseñar, transmitir los conocimientos que había adquirido conviviendo con las etnias bajo estudio, un trabajo de campo que poseía el valor de varios años de experiencia.

Mis clases se llenaban a rebosar, no solo de estudiantes que tenían mi asignatura obligatoria en su carrera, sino de los que la escogían como optativa. Encima de la mesa siempre solía haber algún que otro cráneo traído de mis lejanos viajes, entre diversidad de cachivaches, que iban desde instrumentos musicales, pasando por cerbatanas, hasta algún que otro animal disecado. Los estudiantes podían tocar todo aquello, lo que dejaba improntas en sus mentes más duraderas que las diapositivas.

También he de decir que la mayoría de mi público académico eran mujeres, dejando a los hombres en una extraña minoría, y ocupando, desde tempranas horas, las primeras filas, su sitio preferido para no quitarme el ojo de encima. Nunca tuve que hacer esfuerzos por “ligar” o conquistar a fémina alguna. Ellas mismas habitualmente daban el primer paso, asunto que por cierto me llenaba de regocijo, porque mi timidez, en gran manera, me hubiera dificultado esta aproximación. Ayudaba, sin duda, mi enorme estatura de casi dos metros, unos hombros anchos, herencia de mi padre, acompañado de unos ojos enormes y redondos, con la apariencia de canicas de azabache, herencia de mi madre, que añadían un toque aniñado e inocente a mi apariencia. El contrapunto de “chico malo” lo componían el pelo largo recogido en un moño japonés y la barba, negra y cerrada. Este contraste me convertía en un poderoso imán.

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Mi presencia física nada tenía que ver con la de mis padres adoptivos, tan parecidos a dos latas de refresco, sin cintura y con la cabeza atornillada directamente al tronco, sin mediar apenas cuello entre uno y otro lado del cuerpo. Pero tuve mucha suerte en llegar a sus manos. Siempre se mostraron generosos, amables y cariñosos. Nunca tuve queja de ellos, aunque les di unos cuantos quebraderos de cabeza.

Los primeros seis años de mi vida transcurrieron en la normalidad, la misma que la de cualquier niño de mi entorno, hasta que los hechos acaecidos cambiaron mi futuro de una manera significativa. Mi padre y mi madre trabajaban en una fábrica textil haciendo turnos, coincidiendo algunas veces en el mismo horario. Mi progenitor formaba parte del grupo de los maquinistas, hombres rudos, de gran fuerza física, que cuidaban, arreglaban y ponían a punto las complicadas máquinas que hacían funcionar las mujeres desde sus puestos de confección, accionando pedales, palancas y demás artilugios que permitían la fabricación de telas y prendas de vestir.

El encargado del personal, compartía al cincuenta por ciento la fábrica con un socio fantasma al que nadie conocía. El señor Miquélez, individuo enorme y obeso, además de baboso y calvo, con potestad de dios tiránico, tanto para contratar a cualquiera como para despedirlo, sin más motivos que sus caprichos, ─carnales─ en muchos de los casos, era odiado, aborrecido y detestado por cada persona de la empresa.

Las mujeres en las que centraba el foco de sus apetitos, debían claudicar ante sus exigencias o, de lo contrario, eran inmediatamente despedidas junto con sus maridos, compañeros, amantes o novios. Todos los trabajadores callaban y tragaban la situación de la forma que podían; la crisis hacía que el trabajo fuera muy escaso fuera de allí, y el odio se cocía a fuego lento en una olla de desesperación a punto de estallar.

Mi madre, muy hermosa por cierto, según la foto que conservo de ella, porque su imagen se ha ido diluyendo en mi memoria en el trascurso de los años, fue cortejada por el fulano en cuestión. Ella rehuyó las primeras entradas y toreó las segundas, dando falsas esperanzas a sus requerimientos, mientras intentaba ganar tiempo en la búsqueda de algún otro empleo. Un día fue acorralada en los servicios y el señor Miquélez la instó a “pagar” su beneplácito para conservar el puesto de trabajo. Aguantó el manoseo del asqueroso sujeto estoicamente, esperando que hubiera algún hecho que la librara de llegar a mayores. Pero cuando se encontró con la falda subida hasta la nariz y las bragas arrancadas, un ataque de rabia extrema la inundó, haciendo que una de sus rodillas se incrustase, a la velocidad del rayo, en ciertas partes blandas del atacante. Allí lo dejó aullando de dolor mientras iba a recoger sus cosas. Su marido la vio salir de los aseos, desmadejada y con la ropa rota. En dos zancadas se plantó delante del fulano y remató la labor que su mujer había empezado. Si no lo llegan a sujetar los compañeros, lo hubiera matado en ese instante.

Los dos se quedaron sin trabajo y en muy precaria situación. Mi madre comenzó a estar muy atareada ejerciendo de asistenta en algunas casas de la vecindad, mientras que mi padre buscaba desesperadamente una ocupación que le permitiera mantener el hogar. Yo pasaba la mayor parte del tiempo en su compañía. Todas las mañanas me llevaba al colegio. Después de recogerme, jugábamos a la pelota en el parque, antes de comer. Un día le acompañé a la fábrica a retirar el finiquito, montante que nos vendría de perlas para pagar el alquiler de ese mes. Entramos en la oficina del señor Miquélez con la esperanza de que todavía estuviese reponiéndose de la paliza en el hospital, y en su lugar hubiera un sustituto; pero no hubo suerte, allí estaba ese ser baboso, con aire de superioridad, que recibió a mi padre con palabras ofensivas.

Mi progenitor me invitó a salir de la estancia, pero no quería separarme de él y me metí debajo de una mesa que había justo a la entrada del despacho. Le oí murmurar con voz queda y sibilante lo siguiente:

            ─¡No quiero broncas! ¡Deme lo que me corresponde y me iré! ¡Nunca volveré a pasar por delante de esta fábrica, porque si lo hiciera le rompería la cara otra vez!

El hombre pareció intimidado ante la actitud amenazante de mi padre y procedió a buscar el sobre del finiquito. Mientras ocurría todo aquello, recuerdo que encontré una chapa, un tesoro sin igual que me permitiría competir con mis amigos. Ensimismado en mi juego lancé mi nuevo “vehículo” varias veces, yendo en pos de él entre las sillas que allí se arracimaban.

─¡Dele “recuerdos” a su mujer de mi parte! ─Oí que decía el hombre gordo entre carcajadas. A partir de ese instante solo hubo gritos y golpes. Desde el lugar en el que me hallaba no veía lo que acontecía, no atreviéndome a salir del escondite por miedo a recibir algún que otro mamporro. Esperé a que se hiciera el silencio y cuando decidí abandonar mi rincón, alguien al que no recuerdo, me agarró del cuello y comenzó a asfixiarme. Intenté respirar pero no pude, notaba los ojos a punto de saltar de las órbitas y me desmayé. Cuando recobré el sentido estaba en el hospital, con una madre llorosa que no paraba de decir:

─¿Y ahora qué vamos a hacer, Dios mío?

Mi padre fue juzgado y condenado por el asesinato del señor Miquélez y por intento de asesinato en mi propia persona ¡Mi padre había tratado de matarme! ¡Nunca lo pude creer! Comentaban que no terminó mi ejecución porque me dio por muerto. A partir de entonces, me convertí en una figura conocida en el barrio “el hijo del asesino”, por lo que todos mis amigos me evitaron igual que a la peste. Mi madre, al poco tiempo de lo sucedido, cayó enferma y, después de una larga agonía, murió. Mi padre no la sobrevivió mucho más. La pena y el desánimo pudieron con él. En el curso de dos años desde el desgraciado incidente, me encontré huérfano y viviendo entre un montón de niños en un orfanato. Poco después me adoptaron los que ahora son mis padres. A los niños “guapos” los adoptaban enseguida, eso decían las monjas. Cada día trataba de recordar aquello que ocurrió en esa oficina, hasta el instante en el que era asfixiado. Si mi padre me agredió, asunto en el que se hizo especial hincapié en el juicio, ¿Qué razón hubiera tenido para hacerlo?

El primer contacto con los huaoranis.-

Recuerdo a la perfección el día en el que conseguimos una beca para trasladarnos al Amazonas. ¡Éramos tan jóvenes e inocentes! Estuvimos celebrando el acontecimiento toda la noche. Al fin nuestro sueño se había hecho realidad. Un año nos había llevado el periplo de visitas a varios organismos estatales y privados, de papeleos infinitos, mostrando las únicas pruebas que poseíamos para despertar el interés de los medios universitarios y de algún que otro laboratorio. Se trataba de un video que había llegado a nuestras manos, por mediación de una ONG, en el que se veía claramente la existencia de unos cuantos poblados enterrados prácticamente en la selva. Aquella zona había sido sobrevolada cientos de veces durante los últimos diez años, buscando algún indicio de pueblos indígenas. Nunca se obtuvieron resultados positivos hasta esa fecha. Ningún hombre civilizado había tenido contacto con aquellos habitantes escondidos. La oportunidad de ser “los primeros” en el estudio de la etnia y su entorno, no tenía precio como inversión de futuro. La posibilidad de descubrir nuevas especies animales y vegetales era indiscutible, así como la ocasión de adquirir conocimientos importantes, aquellos considerados de sumo prestigio para la universidad a la que pertenecíamos.

La zona en cuestión correspondía a una extensa franja situada entre Ecuador y Perú, en la que predominaba una selva tropical del pleistoceno, donde la lluvia era copiosa y constante. Entre el río Napo, afluente directo del rio Amazonas, y el Curaray, lleno de meandros, se encontraba la localización de unos habitantes humanos que habían estado ocultos a nuestros ojos durante siglos.

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Nos pusimos en camino, al fin, cuando nos cercioramos de que el equipamiento nos esperaba ya preparado en Quito. Aunque llegamos cansados de tantas horas de avión, nos reunimos con el guía que nos conduciría a territorio huaorani al día siguiente. Después de levantarnos temprano, salimos para nuestro nuevo destino. Llegamos a la reserva de Quehueriono al atardecer. Pudimos revisar el helicóptero y todos los materiales que debíamos acarrear en nuestra incursión.

            ─¡Tengan mucho cuidado! Son etnias muy belicosas que nunca han tenido contacto con el hombre blanco. Manténgase a distancia de ellos hasta que establezcan algún tipo de relación. No deben irrumpir en medio de un poblado, probablemente no durarían vivos ni cinco minutos.

Éramos inmaduros e inexpertos, creíamos que lo sabíamos casi todo y, sobre todo, pensábamos que cualquier ayuda para buscar a nuestros nativos de la selva era totalmente innecesaria. Al día siguiente, muy temprano, sobrevolamos el área que señalaba nuestro vídeo, varias veces, sin obtener el ansiado avistamiento. Aquellas chozas que se divisaban lejanamente en el film, no aparecían por ningún lado. Volvimos a salir varios días seguidos sin resultados, hasta la tarde del último día.  A esas horas, comenzó a llover copiosamente, y nos disponíamos a regresar a la base cuando detectamos humo entre los altos árboles. Decidimos volar a más baja altura, para investigar el origen de aquella neblina blanca. Allí estaban, un montón de individuos cobrizos que nos miraban de hito en hito. De inmediato comenzaron a arrojarnos lanzas para derribarnos. Esquivamos lo mejor que pudimos el ataque, y ya nos batíamos en retirada cuando mi compañero perdió el control del aparato. Volábamos a muy baja altura y nos fuimos a tropezar con el padre de todos los árboles, gigantesco y lleno de lianas. En él se enredaron las aspas del helicóptero y caímos en picado. El golpe me dejó sin conocimiento. Fue la última vez que vi con vida a mis dos compañeros.

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Abrí los ojos totalmente desorientado. No sabía dónde estaba ni qué había pasado. Mi mirada se perdió en una techumbre de fibra vegetal. Intenté incorporarme despacio, me sobrevino un vahído y comencé a vomitar en el suelo. Rápidamente tuve a mi lado a varios hombres y mujeres, completamente desnudos, que me hablaron en un lenguaje extraño. Todos tocaron mi medallón con respeto, el único recuerdo que tenía de mi madre, y que llevaba colgado del cuello, objeto al que profesaba un enorme cariño.

La recuerdo tallando y modelando pequeñas figurillas. Recogía maderas de la basura y hacía esculturas no más grandes que un dedo de la mano, que luego sujetaba a la pared con un clavo. Algo de pintura en diversas zonas de la madera hacían que aquellas tallas cobraran vida. La que colgaba de mi cuello representaba al sol, con rostro humanizado de grandes ojos y una boca sonriente, enmarcado por diez gruesos rayos, que partían de su parte central y le daban aspecto de ser  un potente talismán protector. Lo realizó poco antes de morir cuando ya se encontraba muy enferma. Cuando me lo colgó del cuello me dijo que el sol siempre me protegería. Desde entonces solo me lo quitaba para ducharme. Tenía miedo que el agua y el jabón acabaran con aquella obra de arte. La pátina del tiempo lo había ennegrecido considerablemente, añadiéndole un halo misterioso.

Los nativos me trataban bien, eran magníficos cuidadores, me hacían beber una pócima asquerosa que me quitaba la sensación de vértigo y también las pesadillas, y así fui capaz de levantarme del lecho y dar unos pequeños pasos dentro de la choza, siempre ayudado por mis cuidadores, a los que sacaba medio metro de altura, pero que parecían hechos de puro acero. Su estructura ósea era muy diferente a la mía. Presentaban un torso poderoso y musculado, de vientre un poco abultado. Eran paticortos, de piernas un poco arqueadas, adaptadas a la perfección a largas caminatas por la selva, donde debían saltar y trepar constantemente para avanzar unos pocos metros. El color del pelo azabache contrastaba con el blanco de sus dientes. Los hombres al igual que las mujeres y los niños iban desnudos.  En pocos días comencé a poder tomar algo sólido, un poco de carne de mono, manjar que formaba gran parte de su dieta. Cambiaron varias veces las lianas que llevaba alrededor de mi pecho, fuertemente anudadas. Deduje, sobre todo por el dolor, que alguna costilla se había roto.

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Intentaba comunicarme con ellos, cosa que resultó del todo imposible al principio. Fui aprendiendo su idioma poco a poco, más que nada porque no tenía nada que hacer, excepto hacer reposo. Cualquier esfuerzo me producía un dolor espantoso en el tórax. Aguantaba pequeños paseos que invariablemente acababan con mis huesos apoyados en algún tocón, y respirando agitadamente sin resuello. Perdí la noción del tiempo. No sabía cuántos días llevaba con mis salvadores. No vi ni rastro de mis compañeros y pensé lo peor. ─Si hubieran sobrevivido estarían aquí, conmigo─ Deduje.

Al correr de los días me fui encontrando mejor y pude comenzar a moverme con soltura. Dejaron de administrarme la pócima para el dolor y retornaron las pesadillas durante las noches. Aprendí a tallar una cerbatana bajo las indicaciones de mi maestro, que tenía mucha paciencia ante mi torpeza. El que parecía el jefe de aquel poblado me tomó como aprendiz y repetía tanto las palabras de su idioma, que me hacía emular hasta que sonaban aceptablemente, como las acciones que me enseñaba: tallar una lanza, hacer dardos o impregnarlos con curare.  Daba las explicaciones pertinentes una y otra vez, sin alzarme la voz ni dar muestras de enfado, hasta que aprendía sus enseñanzas.

Unas veinte chozas, más o menos juntas, acogían a una población no demasiado numerosa. Serían más de cien calculé a ojo, viéndoles en las grandes cenas que se hacían cuando la partida de caza volvía con las presas. En esos momentos se comían todo hasta reventar. Terminaban ahítos y con los estómagos panzudos de tanto comer. Jamás guardaban sobras para el día siguiente.

Cuando, después de unas cuantas semanas, me pude entender con ellos, pregunté por mis compañeros. Me condujeron al lugar donde habíamos caído. El helicóptero se encontraba totalmente reconocible, el impacto no había afectado al depósito de carburante y no había ardido. Cuando estuve lo suficientemente cerca para ver los cadáveres de mis amigos, el dantesco espectáculo me hizo vomitar entre sollozos. Mis acompañantes me observaron sin decir nada. Poco quedaba de las manos y cabezas, las partes más expuestas al entorno selvático, aparecían en los mismos huesos. Pero lo que realmente me impactó fue ver sus cuerpos cubiertos de agujeros, hechos sin duda con lanzas huaoranis. Cada uno presentaba al menos una docena de impactos. Si no habían muerto en el accidente, mis salvadores los habían rematado con saña. ─¿Por qué me habían dejado con vida?─ Me pregunté mientras observaba a los nativos, apostados a unos metros del siniestrado aparato, y guardando un silencio cómplice…

La choza de los viajeros del tiempo.-

En pocas jornadas fui capaz de caminar sin llevar los vendajes oprimiéndome el pecho. Las costillas por fin se habían soldado. Una mañana acompañé a las mujeres a pescar. Llevaban unas pequeñas redes fabricadas con hebras vegetales entrecruzadas, que parecían muy efectivas para atrapar todo lo que cayera en su interior. No fuimos muy lejos del poblado. A dos kilómetros del mismo, hallamos lo que estábamos buscando, una gran charca en la que hundir las redes.

Para mi sorpresa, no se pusieron a tirar las redes de inmediato, sino que comenzaron la búsqueda de una planta, una liana que, al parecer, resultaba bastante tóxica en contacto con el agua. La hallaron enseguida, cogieron varios trozos de la misma y los golpearon unas cuantas veces antes de arrojarlos a la pequeña laguna que habíamos encontrado. Esperamos unos minutos antes de meter las redes en el agua. Atrapamos una gran cantidad de peces, ya muertos, por la potente acción del veneno de aquella especie. Me pareció una forma de pescar peligrosa, tanto para el ecosistema de plantas que vivían en el agua, como para el resto de seres vivientes que podían acercarse a beber de la charca. Las mujeres me aseguraron que no había peligro para el resto de animales y plantas, solo morían los peces y el efecto del veneno no duraba mucho tiempo en el agua. Los cocinaron y los comimos. Tenían un sabor peculiar a cieno, pero creo que este hecho no importó a nadie, estaban más que acostumbrados al sabor del pescado.

No todos los alimentos que probaba me sentaban bien, a veces debía salir corriendo a un rincón de la selva, presa de dolorosos retorcijones, sobre todo cuando comía ciertas frutas totalmente desconocida para mí. Cuando hacía mis paseos muy a menudo, al regresar al poblado, se me esperaba con un buen montón de hojas que debía masticar. ¡Eran mano de santo! La diarrea cedía en segundos.

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Después de probar aquellos pescados con sabor a tierra, las mujeres nos pintaron de rojo, con un colorante que extrajeron del “boyokakawe”, sólo nos tiñeron a un reducido grupo de individuos. Éramos exactamente diez, y quedamos rojos igual que una banda de demonios. Para ellos el significado del color escarlata se traducía en suerte, alegría y protección. De hecho a los bebés recién nacidos se les pintaban los pies de este color; aparte de atraer un buen destino, tenía propiedades antisépticas y repelentes para los insectos.

Mi dominio de su lenguaje, había mejorado considerablemente. Era capaz de mantener conversaciones extensas con unos y otros, pero me gustaba hacerlo especialmente con el mandamás. Era bastante tranquilo y amistoso, razones más que suficientes para establecer una base de amistad.

La pandilla de los diez, colorados igual que la sangre, nos dirigimos hacia una de las chozas. En aquella no había estado nunca. Según me explicó Ué, era un lugar especial para “viajar”, único uso que se le daba a la misma. Entramos en el interior donde, en esos instantes, se estaba cociendo algún platillo típico en un cacharro de arcilla grisácea, que despedía un olor terrible.

Ué coló varias veces el brebaje resultante del hervido, utilizando una fina red de fibra de “one” donde quedaban atrapados los restos vegetales de la infusión. Las dos puertas de la choza u “onco”, tejida toda ella con hojas de palmera, se cerraron a cal y canto. La totalidad de las cabañas disponían de doble puerta, la primera estaba orientada hacia el poblado, la segunda daba directamente a la selva. En caso de ataque se huía por la más cercana a la jungla.

Nos dispusimos alrededor de aquella fuente humeante y maloliente, enclavada en el centro de la choza. Sentados en el suelo aspiramos la pestilencia hasta que el brebaje dejó de echar humo. Los allí reunidos entonaron un cántico repetitivo al que me uní sin dificultad. Acto seguido, Ué bebió un trago de aquella pócima y me la pasó para que hiciera lo mismo. La bebida fue circulando hasta que todos tomamos unos cuantos sorbos de aquello. La verdad es que olía peor que sabía, dejándote el paladar ardiente y con cierto regusto a regaliz.

Unos deseos incontrolables de preguntar mil cosas me asaltaron en esos momentos, soltándome la lengua de un modo extraño,  de este modo comencé a hablar dirigiéndome al jefe:

             ─Mis amigos eran extranjeros, yo lo soy también ¿Por qué habéis clavado vuestras lanzas en sus cuerpos y en el mío no?

            ─¡Tu no eres extranjero, aunque tu piel no sea igual que la nuestra, aunque tu cabello no parezca tan oscuro como el de mi cabeza y tu lenguaje sea otro! ¡Eres un hijo gaya, como nosotros, un “nanicabo”, un pariente que vive lejos! ¡Compartimos el mismo espíritu, el del ave que vuela en el tiempo! El símbolo que llevas en el cuello es el mismo que el de nuestra tribu. ¡Ven y mira!

Mientras nos levantábamos, el resto del grupo fue colgando hamacas o “Yoos”, tejidas en fibra de “one”, dispuestas de tal guisa que se asemejaban a los rayos de mi broche. En el techo pude observar una corteza en forma de círculo que hacía las veces del sol. Me quedé perplejo, las similitudes entre mi colgante y lo que veía allí eran increíbles.

Antes de colgarnos en las hamacas, Ué me explicó lo siguiente:

──Ahora es el momento en el que unimos nuestras mentes. En cada viaje seguimos a un soñador, el elegido por los huesos. Nos guiará hacia los lugares que él decida, a través del tiempo. Cuando nos conectamos somos uno, recuerda esto en todo momento.

No entendí nada de lo que me explicó. Le pregunté varias dudas sobre todo aquello y lo que contestó fue lo siguiente:

─¡Ahora lo vivirás y se acabarán las preguntas! ¡Ten paciencia!

Cada uno sacamos de una bolsa, por turnos, un diente de animal; la mayoría eran blancos pero uno de mis compañeros obtuvo otro de color oscuro, casi negro, y se erigió en líder de aquel trance.

Nos tumbamos en las hamacas y cerramos los ojos. En apenas unos segundos, mi mente se vació de todo, dejando lugar únicamente para la imagen de mis once compañeros. Enseguida salieron a la carrera, los seguí pisándoles los talones. El telón de fondo se tiñó de imágenes selváticas donde palmeras gigantescas se apiñaban con toda clase de vegetación descomunal. El guía debía conocer el lugar al que nos dirigíamos porque caminaba sin dilación por una senda serpenteante que subía sin cesar. La sensación de correr y subir el empinado camino era patente en mi respiración jadeante. Aunque mi mente, fiel testigo de aquella realidad, me decía que todo aquello eran alucinaciones , el cuerpo me transmitía que estaba allí, que me encontraba realmente en aquel onírico lugar lleno de extraños vapores, con flores tan exuberantes como ciclópeas, señal inequívoca de que el viaje se desarrollaba en un pasado de millones de años hacia atrás. Sentí escalofríos y nauseas al pensarlo.

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          ─¡Evita esas flores gigantescas!  ¡Son carnívoras!─ Gritaron mis acompañantes.

Después de un buen rato de subida constante, de escondernos entre unos helechos para dejar pasar a un dinosaurio de buen tamaño, un carroñero de dientes como puñales y espinas coriáceas agitándose en su dorso, coronamos la montaña con total éxito. Un pequeño calvero en su pico más elevado, nos permitió echar un vistazo a aquel océano de verdor incomparable. En eso estábamos cuando un pterodáctilo nos vislumbró con su vista de animal de rapiña y emitiendo un grito aterrador vino hacia nosotros.

─¡Recuerda que eres una sombra, no puede hacerte daño! ¡Piensa eso cada vez que algún animal nos ataque!

Cerré los ojos y procuré imaginar que estaba hecho de hilachas de niebla. Algo poderoso pasó a través de mí. Un toque de conciencia no humana me invadió por una fracción de segundo. Eso sí que fue terrorífico. Cuando abrí los ojos mis compañeros sonreían mientras observaban la tangible capa de miedo, en un tono plateado, que todavía me cubría, igual que una segunda piel.

─¿Podría haber muerto en el ataque? ─Pregunté a Ué─

─¡Sí, lo habrías hecho si hubieras olvidado que viajamos solo con el espíritu! Pero has pasado la gran prueba. Ya eres un guerrero de nuestro pueblo.

─¿Ha habido alguien que no lo haya conseguido?

─¡Sí, muchos no lo resisten! ¡Hay que intentar beber todo este brebaje que el estómago admita! ¡Eso ayuda bastante!

─¿Y qué ocurre con el cuerpo de la choza si su sombra muere en alguno de estos viajes?

 ─Se desvanece como si fuera de arena─ Respondió Ué.

─¿Podemos desplazarnos a dónde queramos?

─¡Sí, siempre en grupo! Un solo guerrero no tiene la fuerza suficiente para emprender el viaje. Más de diez hombres, es demasiado trabajo para el guía. Sólo debe de haber uno al que sigan los demás, así ha sido siempre.

─¿Desde cuándo tu pueblo ha viajado de esta forma?

─Hubo un primer guerrero huaorani que recibió como presente el secreto de viajar, de manos de unos  extranjeros que llevaban vestidos de lluvia. Éstos llegaron cabalgando en diez rayos de sol. Inmediatamente que los pies de aquellos extraños tocaron el suelo vegetal, se dedicaron a recolectar diversas plantas de la selva y elaboraron la pócima con los mismos ingredientes que ahora hemos tomado. Aquellos hombres venidos de las estrellas bebieron un sorbo de la cocción y se echaron a dormir. Mientras, el guerrero que había sido testigo de todos sus actos desde que llegaron, salió de su escondite y se acercó a probar aquel elixir. Sólo dio un pequeño sorbo, pero cayó inconsciente entre los desconocidos durmientes. Los extranjeros se percataron de su compañía neblinosa y le acogieron entre los suyos en el viaje que realizaban. Así aprendió a ser una sombra más, en un equipo de individuos extraños, como también a preparar el bebedizo de los viajes. Esta sabiduría ancestral la trasmitimos de padres a hijos. Es nuestro secreto. Sólo unos cuantos parientes lo conocen, pero cada vez quedamos menos guerreros sombras.

Avistamos unos cuantos saurópodos apostados en la rivera de un curso de agua. Más allá vimos moverse la cabeza de un triceratops entre las lianas de los árboles. Rugidos terribles nos pusieron sobre aviso de que una manada de criaturas mastodónticas se acercaba al lugar que ocupábamos. El guía decidió que era hora de regresar, no quería exponernos a la presión de aguantar a esos animales pavorosos a nuestro lado. Nos despertamos en la cabaña. Estuve a punto de besar el suelo de tierra de la misma.
Unas horas después, ya repuesto del susto y perplejo por aquellas revelaciones, pensé que la sustancia que habíamos ingerido era un gran descubrimiento para la ciencia moderna. Tenía que averiguar la composición del brebaje, el hallazgo supondría un hito en la historia de la humanidad. Pero, nuestra civilización ¿estaría en condiciones de asimilar esta innovación?

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Aquella noche las pesadillas retornaron con una crudeza tal que mis gritos despertaron a casi todos los habitantes de la aldea.

Segundo viaje al pasado.-

Los nativos se mostraban bastante comprensivos con mis problemas nocturnos. Tuve que volver a tomar una infusión tranquilizante para dejar descansar a los demás. Procuraba hacer mucho ejercicio durante las horas de luz para, más tarde, caer rendido. Comencé a salir de caza con los guerreros, la primera vez fuimos a por monos. Maté uno de los muchos que disparamos con las cerbatanas. A mi grupo les llenó de regocijo contar con alguien que supiera cazar. Mi puntería iba mejorando a cada instante, la práctica lo hacía todo.

Uno de los días la cacería se centró en un ser más grande que los que solían perseguir cotidianamente, no era otro que el pécari, mamífero omnívoro parecido al jabalí. Se hicieron los preparativos pertinentes, agrupando un considerable número de lanzas y fabricando multitud de dardos impregnados en curare, un veneno tan potente que paralizaba, en el acto, el sistema nervioso del animal. Los hombres pintaron de rojo su desnudez. Se ciñeron un cordón alrededor de la cintura que les sujetaba el pene contra la barriga, impidiendo que éste les molestara en sus desplazamientos y para terminar, bebieron gran cantidad de tepe o chicha de yuca, hecha a base de yuca, boniato y plátano maduro silvestres. El líquido obtenido de cocer y aplastar todos estos ingredientes era de color naranja y tenía un gusto picante. En esta ocasión nos acompañaron varias mujeres que portaban sendos recipientes con la bebida energética, único alimento que tomaríamos hasta terminar la jornada.

No quise desnudarme igual que lo hacían ellos, no me sentía cómodo exhibiendo mi blancura lechosa, me sentía demasiado vulnerable para ese ambiente tan bello como hostil. Entre las cosas rescatadas del helicóptero estaba la maleta de la ropa, que se encontraba intacta. No ocurrió lo mismo con los equipos científicos y carísimos que habíamos adquirido para este viaje pues resultaron totalmente destrozados. Las cámaras fotográficas no funcionaban y lo único que me servía para tomar alguna instantánea era mi móvil. Guardaba este aparato lo mismo que si estuviera hecho de diamante. Allí no había cobertura, pero me servía para inmortalizar momentos inolvidables.

Me puse un fino pantalón corto y una camiseta de tirantes, las botas con calcetines y el pelo bien enrollado en un moño en lo alto de la cabeza. Me toqué las perforaciones del lóbulo de las orejas. Me las habían hecho con la espina del tewe y habían introducido una madera de ganeeva para evitar que se cerrara el agujero. Todos los guerreros los poseían, bastante dilatados por cierto, presentando un gran boquete en el lóbulo en el que aparecían incrustados unos discos de ontoka, madera bastante liviana, señal de que se les consideraba adultos.

Así ataviados nos dispusimos a emprender la marcha. Una serpiente, cerca del poblado,  atacó a uno de los que encabezaban la procesión. Se le practicó una incisión y uno de los cazadores absorbió, mediante una fuerte chupada, la sangre resultante con la mayor parte de la ponzoña. Fue enviado de vuelta al poblado. Tenía que evitar moverse para que el resto del veneno que quedaba en el organismo no alcanzara el corazón. El herido enseguida masticó unas hojas de una de las plantas que nos rodeaban. Cogí unas cuantas de aquellas hojas y las guardé en una bolsa que llevaba cruzada sobre el pecho para tal fin. Pensaba hacer un herbario huaorani, describiendo en qué circunstancias los indígenas usaban estos tesoros naturales.

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Proseguimos la marcha, lenta y tortuosa, por la selva. Las lianas nos cerraban el camino y dábamos rodeos una y otra vez, subíamos enormes troncos talados, bajábamos por sinuosas cañadas hasta que uno de los cazadores se paró en seco. Todos hicimos lo mismo. El sonido de la naturaleza lo inundó todo. Entre los ruidos escuchamos muy nítidamente una especie de ronquido sordo, luego otro y enseguida, muchos más. Una manada de pécaris se encontraba comiendo entre la fronda. No se les veía por ningún lado, pero su olor acre se metía por la nariz. Ué me indicó una rama de un árbol. Allá me acerqué procurando hacer el menor ruido posible. Mis botas de explorador, indiscutiblemente, metían más ruido que los pies descalzos de mis compañeros.

Las cuatro mujeres que nos acompañaban también treparon a sendas ramas. Me aposté con mi cerbatana preparada. Los demás guerreros se diseminaron, igual que fantasmas, envolviendo al grupo de mamíferos y llevando las lanzas preparadas en la mano. Comenzó la estampida con el primer lanzazo. Desde mi árbol disparé a uno de los ejemplares más grandes. Las patas de atrás se paralizaron en segundos, el pobre animal intentaba correr, aterrorizado, solo con las  delanteras. Volví a soplar otro dardo para terminar con su agonía. Dejé la cerbatana a un lado. Matar animales no me hacía sentir bien.

La cacería se saldó con seis piezas. Encontramos unos bebés pécaris escondidos entre unas enormes hojas. Si los dejábamos allí, probablemente morirían presa de los depredadores. Las mujeres se hicieron cargo de ellos. Los criarían con su propia leche hasta que se hicieran grandes, después se los comerían, igual que hacían con todo. Era cuestión de supervivencia.

No se evisceró a los cazados en plena selva para no atraer a fieras salvajes. Hicimos una ronda de chicha que nos devolvió las fuerzas antes de retornar al campamento. Cargamos con los ejemplares que serían la cena de aquella noche. Cuando avistamos las chozas, varios miembros de la aldea salieron a recibirnos, haciéndose cargo del botín. Los niños se mostraron encantados con las nuevas mascotas pécaris. Se encendieron varias hogueras en las que se dispusieron, ensartados en grandes espetones, los suculentos animales. Resultaron muy sabrosos. Cuando no quedó ni un solo pedazo de la caza, la fiesta se dio por concluida. Tomé la infusión de ayahuasca que me dejó totalmente inconsciente el resto de la noche.

En días sucesivos fabriqué el herbario. El botánico y el zoólogo se encontraban “en los huesos” entre los restos del helicóptero. Entre hojas absorbentes y ligeras de papel que rescaté del siniestro, comencé a etiquetar un montón de plantas entre las que se encontraban: El Bagamö, cuya infusión de hojas se usaban para cortar la diarrea, en cambio los frutos se comían igual que una golosina, presentando un sabor a caramelo de menta. El Bedeyowëmo, de frutos grandes y dulces; el Boyokákawe, de donde se sacaba el achiote que daba color y sabor a los alimentos y, también, el jugo de sus frutos servía para teñir la cara; el Cowëgöme, el Gödewadewe…y muchas más.

Pocas jornadas después nos juntamos, nuevamente, el grupo de los “diez” en la cabaña de los viajes. El turno de guía correspondió a Ué y, después de tomar el elixir maloliente, con él nos sumergimos en aquel mundo ancestral, lleno de gigantescos seres. Esta vez el dirigente eligió un camino largo y sinuoso, bien definido entre la fronda, que se perdía en la lejanía. Después de caminar varios kilómetros, salimos a una playa de arena blanca donde un mar de agua dulce, como pude comprobar más tarde, nos recibió bajo un sol abrasador.

Mis compañeros se mostraron encantados de vislumbrar algo fuera del verdor de la jungla y se metieron en aquella agua limpia y cristalina hasta las rodillas.

            ─¿Nos bañamos?─ Inquirí contento de abandonar la selva y su eterna lluvia por un rato.

            ─¡No sabemos nadar! Tampoco conocemos los animales que puedan esconderse en las profundidades del río. Aquí no es seguro darse un chapuzón.

En mi ensoñación me quité la ropa y desnudo me metí hasta la cintura. Di unas cuantas brazadas en esa agua fresca y tonificante. De repente el agua pareció hervir en espumas, y ante mi asombro y terror, una cabezota enorme asomó a pocos metros de donde me hallaba. Me quedé paralizado igual que mis compañeros, no sabiendo qué hacer, si salir corriendo del agua o seguir sin efectuar ningún movimiento para no atraer la atención de tan descomunal ser. Supuse que el río tenía una profundidad inusitada cerca de donde me encontraba. ¡Qué estúpido había sido al suponer que un ligero baño no supondría peligro alguno!

011

Un ictiosaurio de unos quince metros de largo se removió en la superficie. No pareció prestarnos especial atención. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse. Comenzó a parir unas cuantas crías que, inmediatamente después de nacer, se sumergían en la profundidad de las aguas. Cuando el animal, con aspecto de delfín gigantesco, terminó su tarea se perdió en la lejanía, olvidándonos a nosotros y a las crías que acababa de alumbrar.

Salí de las aguas y me vestí a toda prisa. Recorrimos parte de la playa donde encontramos varias tortugas de unos tres metros de largo, con el mismo porte que las que vivían en el jardín de la casa de mis padres. No hicieron ademán de atacarnos, seguramente serían vegetarianas.

            ─¿Llevamos algún fruto para comer en el campamento?─ Pregunté curioso.

            ─Nunca cogemos nada en los viajes, solo observamos.

            ─¿Por qué no?

            ─Todo lo que precisamos ya lo tenemos en el entorno en el que vivimos. No es necesario.

En el camino de regreso a la choza, pensé en todo aquello. Quizá “esos viajes” se tratasen solamente de “sueños compartidos” debido al poder de los alucinógenos ingeridos; mis compañeros poseían una gran imaginación y simplemente navegábamos todos juntos en sus alucinaciones. Tenía que asegurarme de que aquello que estaba sintiendo era más que una simple visión del guía.

 Repentinamente el suelo tembló y caímos al suelo. Un enorme boquete quedó al descubierto y la cabeza de un gusano gigantesco quedó al descubierto. El bicho expulsó de su boca una gran cantidad de rocas y, a continuación, volvió a zambullirse en la oquedad abierta. Entre los restos desperdigados por el suelo, algo relumbró con un extraño brillo verde. Eran esmeraldas que debían encontrarse en la cueva de aquel ser monstruoso. Cogí un pedazo del bello cristal y lo guardé en un bolsillo de los pantalones. Regresamos sin más contratiempos a la cabaña del poblado. Nos encontrábamos tan cansados que apenas comimos unos frutos antes de retirarnos a nuestras respectivas cabañas para caer en un sueño profundo. No me quité la ropa, tal y como estaba, me sumí en un estado comatoso y profundo en el que, esta vez, no me alcanzaron las pesadillas. Olvidé por completo mirar en mis bolsillos.

La fiesta de la primavera.-

Me desperté al oír el rumor del poblado puesto en marcha. La lluvia arreciaba en esos instantes con una fuerza inusitada. Hoy no habría cacería. Los animales, acostumbrados a lloviznas constantes y más débiles, ante tal cantidad de agua inclemente, solían esconderse más profundamente entre la vegetación. Los cazadores aprovecharon para renovar sus instrumentos de guerra y caza, fabricando lanzas con madera de “Tewe”.  Así mismo, las mujeres habían recolectado frutos de esta palma, que tan buen servicio les proporcionaba, tanto para elaborar utensilios como para comer los tallos tiernos y sus frutos. En ese instante los limpiaban para cocerlos en una marmita de barro, enterrada en el suelo. Había que cocinarlos durante bastante rato hasta que se pusieran muy tiernos; si se comían todavía duros resultaban tan irritantes al paladar que producían grandes molestias.

Ayudé a hacer cerbatanas para la caza y también a recolectar frutos en los bosquecillos cercanos. Cada uno de nosotros llevábamos una cesta tejida con “One” a la espalda, e íbamos echando los productos que estaban en sazón. Aproveché para coger una buena cantidad de hojas para ampliar el herbario que, por cierto, llevaba muy adelantado.

Cuando regresamos, comimos los palmitos tiernos y algunos de los frutos de la recolección. Mientras compartíamos estos alimentos recordé, de pronto, la esmeralda guardada en mi bolsillo en el último viaje en la choza de los diez, prueba irrefutable de que nos desplazábamos a través del tiempo. La busqué afanosamente. No se encontraba allí. Quizá se había caído cuando estaba durmiendo en el “yoo”; fui a mi “onko” y exploré cada centímetro del perímetro de la cabaña en cuclillas. No vi la piedra por ningún sitio. La decepción me inundó. Quedé allí paralizado, desencantado, lo mismo que un niño cuando le dicen que Los Reyes Magos no existen. En el supuesto viaje “de regreso” mi talismán se había esfumado. Con esto se confirmaba la certeza de que los viajes de los diez, no eran más que meras alucinaciones compartidas.

pinturas

Salí de la construcción de palma, triste y cabizbajo, y me senté entre los hombres. Bebían ayahuasca y reían una y otra vez, una clara señal de que estaban festejando algo. Me fijé en que las mujeres se estaban pintando el rostro y el cuerpo con sus colores preferidos: rojo, negro y amarillo. Se adornaban el pelo y los brazos con plumas de ave, peinillas, dientes de animales enlazados alrededor del cuello y hojas que desprendían un delicioso olor a colonia de baño. De igual modo la población masculina nos pusimos manos a la obra para decorarnos entre nosotros, con pinturas de colores, cada centímetro del cuerpo. Tanto unos como otras llevaban el “gumi” o “come”, cordón vegetal que sujetaba el pene de los hombres por la parte del prepucio contra el vientre. El de las mujeres era más fino colocándolo alrededor de la ingle. Algunas muchachas se habían hecho una especie de bikini con hojas de plantas.

Pregunté a Ué el motivo de esta fiesta concreta, ya que día sí y día también celebraban cualquier evento que les parecía relevante.

            ─La fiesta se debe a la llegada del nuevo ciclo. Con las lluvias torrenciales los pájaros pondrán huevos, los peces desovarán, los animales parirán sus crías y las plantas se llenarán de brotes nuevos y frutos.

            ─De donde yo vengo, esta etapa se llama primavera.

            ─Bonito nombre─ Comentó Ué repitiéndolo varias veces. ─La vida es un círculo, tiene un comienzo y un fin, estrechamente unidos.

Los instrumentos musicales emergieron de las cabañas: Se trataban de unos palos que golpeaban unos contra otros al ritmo que marcaban las flautas, de un solo orificio, elaboradas con los tallos del maíz salvaje. Los hombres se pusieron en una fila y se agarraron de los brazos, las mujeres les imitaron y comenzaron a danzar. Me uní a ellos y estuve durante horas siguiendo el ritmo repetitivo y cadencioso. Todos cantaban la misma canción, unidos en una sola voz, melodías que hablaban de cacerías, de recolección de frutos, de la vida de los monos y el jaguar. Estuvimos la noche entera bailando. Rendidos nos fuimos a dormir. De camino a mi “onko” vislumbré una piedra verde. La emoción hizo que el corazón se disparara.

            ─¿Qué has encontrado?─ Preguntó Ué.

            ─¡Mira una esmeralda! Es la piedra que…─ No seguí hablando porque a los pocos pasos encontré una más y luego otra hasta que tropezamos con un montón de ellas.

            ─Los niños las han encontrado esta tarde al cavar una zanja. Mira, las han apilado en la tierra, haciendo una pequeña montaña como ofrenda a la gran madre selva.

No dije nada, me había quedado sin palabras. Me tumbé en mi hamaca y al poco rato me dormí profundamente. Unas horas después, aunque me parecieron tan solo unos minutos, unos guerreros me despertaron. Estaban preparados para un nuevo viaje. Les acompañé pero ya sin la ilusión que me había precedido en anteriores ocasiones.

Entramos en la cabaña de los viajes, bebimos el jugo repugnante. Hicimos el sorteo y esta vez el hueso oscuro lo cogí yo; se me nombró guía de la expedición siguiendo con la tradición. Colgamos las hamacas del techo imitando los rayos del sol, hicimos unas breves oraciones conducidas por el “meñera” u hombre sabio que reunía en sí la inspiración divina de la selva, así como la sabiduría heredada de los pikenanis (abuelas y abuelos).

Mientras cumplíamos con los rituales previos al gran viaje, me pregunté dónde podría conducirlos. Enseguida lo supe. No siendo natural de aquellos parajes, mi mente no voló por la selva, como hicieran los guías anteriores, sino que los llevé hasta mi ciudad, a mi barrio, a mi niñez y a la fábrica de mis pesadillas.

─Pensad que sois transparentes igual que lo es un rayo de sol, así nadie nos verá.─

Expliqué a mi grupo cuando mi mundo se materializó en la mente. Así lo hicimos, unidos los diez al igual que un solo hombre. La extrañeza de aquel entorno los volvió más lentos, ellos esperaban un viaje a la selva, a lo conocido, donde imperaban los gigantescos dinosaurios que les resultaban totalmente familiares, pero no tenían ni idea de lo que significaba la civilización. Los extraños edificios, la escasez de vegetación, los ruidos de las calles con suelo oscuro y duro igual que la piedra les asustaba terriblemente. Observaban el entorno con rostros desorbitados. El terror se materializó en sus mentes, haciendo que automáticamente nos hiciésemos tangibles.

            ─Tranquilos, pegaos a mí y no pasará nada. Soy vuestro guía y os he traído a la pesadilla que me atormenta desde hace muchos años. Seréis testigos del hecho que me ha estado martirizando desde entonces. ¡Y recordad, si no queréis que os vean, sentíos igual que la niebla de la selva! Que está ahí, pero que nadie repara en ella.

Algo más sosegados, lograron transformarse en sombras semitransparentes y pudimos continuar con nuestro objetivo. Todos juntos nos dirigimos al odiado despacho del dueño y jefe de personal de aquella inmensa fábrica. El olor de los productos químicos me resultaba muy familiar, era el camino que había recorrido cientos de veces en mis más terroríficos sueños.

Una voz muy conocida llegaba por el pasillo que estábamos recorriendo en ese instante, hablando con gravedad y dureza, diciendo:

─¡Deme mi dinero y no volveré a aparecer por esta fábrica nunca más!

Reconocí el inconfundible tono de voz de mi padre. Y si mi progenitor se encontraba allí, yo no debía de estar muy lejos.

Un viaje astral a la civilización.-

Los diez viajeros del “onko” huaorani irrumpimos en el gran despacho, justo en el instante en el que el obeso señor Miquélez gritaba:

            ─¡Dele recuerdos a su mujer de mi parte!─ Y comenzó a reírse de mi progenitor. No hubo más que unas pocas carcajadas porque vi a mi padre, que ya se hallaba camino de la puerta, con intención de marcharse, volverse ante este comentario dicho con tanta malevolencia, y de un veloz salto se plantó nuevamente en la mesa de despacho, agarró al individuo gordo por el cuello y con el puño derecho comenzó a atizarle lo mismo que un martillo pilón.

Entretanto nosotros nos habíamos aproximado a la escena, procurando, en todo momento, no ser vistos. Una chapa de refresco salió disparada desde la parte de debajo de una mesa de reuniones; el brazo de un niño la rescató de la pelea, desapareciendo bajo el inmenso mueble.

Los diez guerreros, desde nuestro sitio privilegiado, vimos a mi padre dejar caer sobre la mesa de despacho, el cuerpo yerto del gordo sinvergüenza. Se podía apreciar la respiración de aquel ser malvado en el movimiento de subida y bajada de la espalda. Todavía no estaba muerto. Mientras mi padre, con expresión desesperada, se miraba las manos con cierta repugnancia y buscaba al niño por la habitación, irrumpió un hombre en el cual no habíamos reparado ninguno de nosotros. En la seguridad de sus pasos sigilosos, se adivinaba que había presenciado la escena de la descomunal pelea sin intervenir. Iba elegantemente trajeado, despidiendo un fuerte aroma de caro perfume y portando en la mano un pesado bate de béisbol. Antes de que mi padre avistara al intruso, éste le asestó un fuerte golpe en la nuca con la porra. Mi padre cayó al suelo inconsciente. Seguidamente el individuo se ensañó con lo que quedaba del señor Miquélez hundiéndole el cráneo de un certero golpe. Después de cometer el asesinato se dirigió al cuerpo de mi padre y a punto estuvo de reventarle la tapa de los sesos, pero inmovilizó su brazo en el último minuto, como si una idea brillante se le acabara de ocurrir. Seguidamente puso el arma en la mano de mi padre, le untó de sangre la camisa y las manos, y tras dar un último vistazo se preparó para abandonar el lugar. En ese instante un pequeño movimiento le hizo detenerse en el acto.

Una chapa de refresco salió despedida desde un rincón de la mesa que presidía el habitáculo. El individuo se acercó de puntillas al borde del mueble justo en el momento que la cabeza de un infante emergía de su escondite. El hombre le agarró del cuello y apretó con saña. El chiquillo se debatió horrorizado sin saber qué o quién le estaba atacando. En uno de sus volatines para intentar zafarse de la garra que lo estrangulaba vio un alfiler de corbata en el que claramente se apreciaban las letras L y B, acto seguido perdió el conocimiento por la falta de oxígeno. Unas voces alertaron al asesino de que alguien se acercaba. Tiró el cuerpo exánime del  muchacho al suelo y se ocultó detrás de la puerta.

Un trabajador a punto de traspasar el umbral dijo:

─Jefe, que si quiere le traigo un café que voy a ir a…

El hombre se acercó al mar de sangre que bañaba parte de la habitación para verificar que el señor Miquélez ya no respiraba, así mismo vio a su antiguo compañero recuperando el sentido, portando el bate de béisbol lleno de sangre. Salió a la carrera dando voces, presa de un ataque de nervios, instante que aprovechó el taimado ejecutor para abandonar el despacho.

El shock de la escena me revolvió las tripas, me sentí tan mal que arrastré a mis compañeros en el viaje de retorno a una velocidad pasmosa. En unos instantes despertamos en nuestras hamacas. Salté de la mía y corrí al exterior para vomitar todo lo que llevaba en el estómago. Poco a poco la angustia cedió y volví a recuperar la tranquilidad.

Aunque estaba convencido de que el viaje en el tiempo no había tenido lugar, el hecho de vislumbrar todo aquello desde una perspectiva diferente, la que permitía el potente alucinógeno que había ingerido, sin duda, me sirvió para rescatar de mi memoria retazos de escenas que mi mente infantil había borrado por completo. Aunque no vi la cara de mi asesino, sí corroboré el hecho de que mi padre no había intentado matarme, era aquel hombre que olía a colonia y que llevaba un alfiler de corbata con las letras L y B.

Los guerreros, al salir de la choza, me dieron varios golpes en la espalda con la palma abierta señalando su comprensión y amistad. Gracias a su compañía, unión que sentí en mi mente en todo momento, fui capaz de hacer ese temido “viaje al pasado” para averiguar lo ocurrido aquel horrible día.

A partir de entonces, las pesadillas volvieron con más insistencia. Esta vez era capaz de ver hasta el último detalle desvelado en el viaje de los diez. Volví a tomar una infusión tranquilizante para no despertar a medio poblado con mis gritos. Sentí un deseo irracional de regresar a mi país, a mi barrio. Tenía que averiguar quién era la persona que culpó a mi padre del asesinato de aquel rufián y que intentó acabar con mi vida.

Llevaba, según mis cálculos, casi un año entre los huaoranis. El herbario se mostraba muy completado, aunque jamás lo estaría. A cada paso que daba encontraba una planta nueva que no había catalogado. Me dediqué a investigar las que la tribu utilizaba en su vida corriente. Había recopilado muestras de sus instrumentos musicales, vasijas, armas, adornos y viejos cráneos encontrados en la selva, junto con una buena colección de semillas de plantas.

Los cadáveres de mis compañeros también se encontraban embalados en forma de cenizas. Ué me ayudó en esta desagradable tarea. Poco quedaba ya de los cuerpos de mis dos amigos. La carne había desaparecido totalmente dejando a la vista dos esqueletos oscurecidos por la humedad, envueltos en un sudario de lianas y jirones de tela. Encendimos una gran hoguera en la que incineramos los dos cadáveres. Recogí los restos de uno y otro en sendos envoltorios y los guardé en mi choza.

Comenté con el grupo de guerreros mi deseo de volver con “mi tribu”, de ver a mis familiares. Comprendieron mis sentimientos y mis ganas de volver a reencontrarme con ellos. Enseguida se pusieron en movimiento, capitaneados por Ué, para llevarme de poblado en poblado donde tenían parientes, aprovechando la multitud de riachuelos que habían aparecido con las lluvias. Viajábamos en canoas hechas con la madera del árbol que llamaban “gödewadewe”, que presentaba un tronco grande y recto y que servía para fabricar sus embarcaciones. De éste mismo árbol aprovechaban sus hojas en la construcción de sus “onkos” porque sus hojas ahuyentaban a los insectos.

Viajábamos silenciosamente, evitando a otras tribus enemigas que se apostaban en algunos poblados que dejábamos atrás. Íbamos cargados con toda la recopilación de mis tesoros que ocupaban la casi totalidad de una de las embarcaciones. En el bolsillo portaba una esmeralda como recuerdo de una gran decepción y unos inolvidables sueños compartidos con los miembros de la cuadrilla de los diez.

Ué y los suyos me dijeron adiós en uno de los poblados, cuyos miembros solían tener contacto con el hombre civilizado. Ellos no querían bajo ningún concepto “ni ver al hombre blanco, ni que este supiera de su existencia”. ─“Eran malos espíritus para la selva, había que guardarse de ellos”─ ¡Qué razón tenía!

Hubo grandes abrazos en la despedida y una firme promesa de retorno por mi parte, aunque seguramente no volvería solo. Así se lo hice saber a mi gran amigo que se mostró encantado con la posibilidad de que llevara a mi esposa. No le desengañé sobre este tema, quizá si traía una mujer la aceptarían sin reserva pensando que era de mi familia. Ué regresó con los suyos al poblado.

Tuve que esperar unos días a que un grupo de nativos tuvieran preparados los materiales que vendían para cargar las barcas y que me llevaran a tierras civilizadas. Me atendieron bien y yo les pagué con mi buena maña para la caza. Me dejaron a mí  y a mis paquetes en una población muy próxima al punto del que había partido con mis compañeros, la reserva de Quehueriono. De allí viajé con todos mis pertrechos a Quito y luego a Madrid. Por fin estaba en casa.

Nada más aterrizar, un estado de nervios se apoderó de mí. Un gusanillo interior me decía que debía averiguar cuanto antes a quién pertenecían las letras L y B, que con luz propia relumbraban en mi mente a cada instante…

Localizando al asesino.-

Fui recibido igual que un héroe tanto en la universidad como entre los míos. Todo el mundo, incluso mis padres adoptivos, creyó que había perecido en la selva. Una nutrida delegación me esperaba en el aeropuerto para abrazarme y ayudarme con mi numerosa y valiosa carga huaorani.

A las pocas horas de llegar me puse en movimiento, poseído por una determinación que antes nunca había sentido. En primer lugar hablé con un detective privado para que se ocupase de obtener la mayor información posible sobre la fábrica textil donde trabajaron mis padres hacía décadas, desaparecida ya en los años setenta, y centrase su investigación en los posibles compañeros de mis progenitores. Tuve que adelantar cierta cantidad de dinero, hecho que dejó mi cuenta casi agotada. Debía aprovechar el tirón que producía mi vuelta de la muerte ─acompañado de las pruebas inestimables que estaban siendo ya catalogadas y analizadas─ para recabar fondos de empresas patrocinadoras, farmacéuticas  e incluso de mi propia universidad, con vistas a un futuro viaje. La nueva expedición exigiría gran cantidad de recursos de los que en esos momentos carecíamos. Por desgracia, el aparataje más caro lo habíamos perdido en el accidente, junto con la vida de dos valiosos científicos.

Las cenizas de mis compañeros las entregué en mano a cada uno de sus familiares. Se mostraron muy conmovidos por el gesto y terriblemente dolidos por la pérdida. El sufrimiento de asistir a dos funerales de jóvenes vidas truncadas, fue inenarrable, haciendo asomar a mi mente una frase de Tagore sobre nuestra eterna compañera invisible: “Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin”.

Uno de mis quehaceres más urgentes quedó saldado con el consiguiente regusto de nostalgia que llevaba todo lo relacionado con los que perdí. Aparte de compañeros, las dificultades que sorteamos en el año que luchamos por emprender nuestro viaje, nos habían convertido en amigos. Los echaba terriblemente de menos, mucho más que allí en la selva. A cada paso tropezaba con sus huellas, impresas en informes, listas, llamadas de organismos que preguntaban por ellos…Nuestra pequeño despacho de la universidad, parecía desolado sin sus risas, gritos y bromas. Me costaba trabajar con el ruido del silencio doloroso.

Gracias a Dios esta situación no duró mucho. Los huecos dejados por aquellos intrépidos jóvenes se rellenaron rápidamente por dos compañeras de promoción, una botánica y una bióloga, Marta e Inés, que enseguida demostraron su buen hacer. Los primeros días de trabajo fueron duros para mí, pero tanto la una como la otra hicieron gala de unas grandes dosis de paciencia. Enseguida me habitué a su compañía, agradecido por abandonar la punzante soledad en el trabajo.

Mis padres se mostraban excesivamente obsequiosos y me llamaban a todas horas, incluso mi padre, poco dado a las demostraciones de cariño, cada vez que nos veíamos, me aporreaba suavemente el brazo con golpeteos rítmicos, hecho que traía a mi memoria la camaradería vivida entre el grupo de los diez.

A finales de la semana recibí una llamada del detective, y fijamos un día para encontrarnos. Tenía mucha información para mí y quería contrastarla con aquellas imágenes que guardaba en mi memoria de esos lejanos días.

Nos vimos en un restaurante en el que dispusimos de un rincón para nuestras confidencias. La cena apenas la toqué escuchando aquellas revelaciones:

            ─La fábrica se vendió a los seis meses de la muerte del señor Miquélez. No sé si conocía el hecho de que había dos socios en la misma. El otro dueño Luis Berrueco Solís se deshizo de la misma. La transacción no le dejó los beneficios que pudiera haber obtenido si la hubiera vendido a otra industria textil, puesto que la empresa iba viento en popa. Una de las condiciones que figuró en el contrato de compra-venta de la fábrica fue la de ser totalmente demolida. Así se hizo, y en el solar que ocupara el negocio se construyeron unos cuantos bloques de viviendas.

Me había quedado sin habla escuchando cada palabra del inteligente profesional. Se le veía despierto y trabajador, iba bien trajeado, señal de que sus honorarios rendían lo suficiente, y poseía en su haber unos cuantos años de experiencia. Aunque no aparentaba más de cuarenta años, su mirada era madura, sabía y taladrante. Me causó una impresión muy positiva sobre todo porque me mostraba en sus informes y en sus palabras, al posible asesino que culpó a mi padre del crimen, un tal Luis Berrueco Solís. El nombre y primer apellido casaban perfectamente con las iniciales que brillaban en mi memoria igual que luces de neón: “L y B”.

            ─¿Todavía vive el señor Berrueco?

            ─Está vivo, aunque es muy anciano. Aquí le dejo su dirección y teléfono por si quiere ponerse en contacto con él. Ha sido siempre un hombre muy poderoso y respetado. Amasó una gran fortuna en sus múltiples negocios, constructoras, compra y venta de terrenos, e incluso poseyó una empresa de alimentación.

            ─¿Localizó a alguien que estuviera trabajando en la época en la que se produjo el asesinato del señor Miquélez?

            ─Hemos tenido suerte de que todavía haya alguien vivo de aquella época. Le va a parecer gracioso pero tuve que hacer las entrevistas de estas personas en el hogar del jubilado de Hortaleza. Allí encontré a cuatro de ellos. Esperé pacientemente a que terminaran su partida de mus y después comenzaron a hablar. Casi no dije una palabra, durante hora y media no pararon de conversar, de hacer especulaciones y contar chismes de aquellos días. Parece ser que el asesinado era todo un personaje facineroso. Tenía deudas de juego, gastaba miles de pesetas en prostitutas, más de una vez le sorprendieron los trabajadores “trajinándose” a alguna de ellas en la oficina. Amedrentaba y amenazaba tanto a mujeres como a hombres, según los propósitos que persiguiera. En el caso de las féminas las usaba para satisfacer sus instintos, en el de los hombres, los hacía espiar a los compañeros, los mandaba cobrar extorsiones e intimidar a algunas personas, era un mal bicho.

            ─¿Cómo era posible que el señor Berrueco, considerado respetable, un pilar y un ejemplo de la sociedad de entonces, fuera el socio de tan malvado ser?

            ─Entre los chismes que me contaron los “jubilados” figuran unos cuantos cotilleos que nunca sabremos si son ciertos o no, más que nada porque la mayoría de las personas a quien les incumbe fallecieron hace años.

Puse especial atención en la información que había sonsacado a los ancianos.

            ─El señor Miquélez y el señor Berrueco fueron grandes amigos de juventud. Incluso se comentó que la esposa del segundo, había sido durante varios años novia de Miquélez. Por las razones que fueran, el noviazgo se rompió y Berrueco aprovechó la ocasión para arrebatarle el afecto de la fémina. Ya por aquel entonces habían comenzado juntos el negocio textil y les iba muy bien. A partir de la celebración de la boda, el clima entre los dos amigos se enrareció. Las discusiones eran cada vez más violentas y este clima no favorecía la marcha del negocio. El señor Berrueco optó por apartarse de la fábrica y emprender sus propios negocios, pero no quiso vender su lucrativa parte a su adversario. Siguió percibiendo multitud de beneficios sin mover un dedo. Poco tiempo después nació el único hijo de Berrueco. Todo continuó de la misma manera hasta que el destino hizo que se descubriera un gazapo que los interesados se habían cuidado mucho en ocultar.

El investigador hizo una pausa para dar un buen trago a su copa de vino. Al igual que yo mismo, había dejado de comer. Las viandas se enfriaban en el plato mientras el hombre continuaba con el relato de la entrevista.

─El hijo de Berrueco enfermó gravemente de los riñones. Se les hicieron pruebas a los progenitores para evaluar cuál de los dos podría donar uno de los suyos para evitar que el pequeño muriera. Así se descubrió que el primogénito de Berrueco era en realidad hijo de Miquélez. El extinto amor entre los antiguos amantes, había lanzado una última chispa antes de morir definitivamente, justo cuando la mujer se hallaba ya casada. El golpe fue mortal para el “muy honorable hombre de negocios”. La esposa fue a pedir a su viejo “amante” que se acercara al hospital a hacerse las pruebas, ya que ella no era compatible con el pequeño. Para ello tuvo que pagar un “impuesto añadido” para que se cumpliera tal fin. Resultó que era cien por cien compatible como progenitor de la criatura. Recibió una sustanciosa cantidad de dinero a cambio de esa pequeña parte de su cuerpo, amén de las requeridas visitas de la madre para saldar tal deuda. El odio de Berrueco no tenía límites. Contrató matones para que acabaran con la vida de su enconado enemigo, cosa que nunca llegó a término, porque Miquélez poseía ciertas fotografías de jovencitas acompañadas por su socio que demostraban que el emprendedor Berrueco “no era tan honorable como decía”. En esta atmósfera viciada fue cuando se produjo el asesinato de Miquélez. Las pruebas irrefutables mostraron como culpable a un ex trabajador de la fábrica, Fermín Almadraba, mano asesina que terminó con la vida del mujeriego Miquélez, asunto que vino de perlas a su ex socio para quedarse con el negocio.

Al escuchar el nombre de mi verdadero padre, la sangre me abandonó el rostro. Un frío repentino me poseyó, haciendo que el lugar se tornase borroso.

            ─Señor Aranda ¿Se encuentra usted bien?

            ─¡Sí! No se preocupe. Voy al lavabo un momento. Algo de lo que he comido no me ha sentado muy bien.

En el aseo me lavé la cara con agua fría varias veces hasta que la angustia fue disminuyendo. Todo aquello me superaba pero aún quedaba el paso más importante, conocer a mi enemigo.

A los pocos minutos retorné a mi asiento. Instantes después nos despedíamos y dando un largo paseo volví a mi casa en una nube de pesar.

Al día siguiente encontrándome en el trabajo a solas con mi compañera botánica, que resultó ser una mujer encantadora, hecho un manojo de nervios y preocupado con el asunto, conté a Marta todo lo relacionado con mi pasado. En principio se quedó con la boca abierta, pensando que la estaba tomando el pelo, pero más tarde, fue digiriendo todo aquello y comenzamos a hacer planes.

            ─Quisiera hablar con el viejo, el verdadero asesino. No le voy a hacer daño pero me gustaría ver su cara, cómo vive, si ha sido feliz. ¡Necesito verle!

            ─Desde luego no te puedes presentar en la puerta de su casa, más que nada porque no llegarías más allá. Necesitas una invitación. ¿Has dicho que se llama Luis Berrueco Solís? Uhm…Veamos.

Marta comenzó a buscar algo entre un montón de fichas de los alumnos a los que daba clase.

            ─¡Mira, éste te puede servir de llave para llegar al viejo!

            ─¿Quién es?

            ─¡Su hijo!

Miré la foto y me quedé pasmado. Esa imagen concordaba a la perfección con otra que guardaba en mi memoria de tierno infante. Era el vivo retrato del señor Miquélez, gordo, calvo y bastante feo; aunque en la mirada se apreciaba la diferencia. La lascivia que bailaba en el gesto de su progenitor deformándole los gestos, en él no aparecía. Aquellos ojos que me miraban desde la fotografía estaban llenos de temor.

            ─Ahora recuerdo que cuando desaparecisteis en la selva, vino a verme para preguntarme por ti. Dijo que era alumno tuyo y que le parecías un profesor soberbio. Este curso heredé tus alumnos y entre ellos está este individuo. Posee una gran fortuna que siempre ha manejado el padre. Podrías pedirle patrocinio para el próximo viaje, parece muy entusiasmado con la antropología.

Mi compañera no dejaba de sorprenderme. Era atractiva, inteligente, sencilla y sabía escuchar como nadie. Además parecía ser inmune a mi “imán” lo que propició el nacimiento de una gran amistad, la primera de esa índole que disfruté del género femenino.

Llamé por teléfono para hablar con el “Berrueco joven” y así poder llegar al “viejo”. Se mostró encantado de que le hiciera una visita en su propia casa. Después de todo resultó más fácil introducirme en su hogar de lo que nunca imaginé.

A las diez en punto de la siguiente mañana, fui recibido por Luis Berrueco junior, un ser tímido, callado y cordial. El parecido era asombroso con su padre biológico pero asomaban una buena cantidad de gestos cándidos en aquel rostro de perro pachón. Nos sentamos en el salón y le expliqué, con toda clase de detalles, mi vida entre los nativos huaoranis. Me escuchó extasiado sin interrumpirme ni una sola vez. Era la inocencia de su mirada lo que me tenía desarmado.

Un criado apareció repentinamente en el salón empujando una silla de ruedas donde un hombre muy viejo, arrugado y de gesto adusto, me inspeccionó profundamente. El hijo cambió el rictus a uno de infinito terror en cuanto sus ojos se posaron en la figura del anciano.

            ─Padre, te presentó a mi profesor de antropología, Roberto Aranda.

            ─¿No te habías muerto Aranda?─ Y prorrumpió en unas estentóreas carcajadas que le hicieron toser desesperadamente. Entre jadeos y ahogos pidió agua, se estaba asfixiando.

Mientras su hijo iba a la carrera a por el vaso de agua, me acerqué a ese ser malévolo y anciano que no me quitaba el ojo de encima. Antes de que retornara su hijo, el inválido dijo lo siguiente:

            ─De esta casa no sacarás ni un duro para tus juergas en la jungla, amiguito. Ya te puedes ir por dónde has venido.

El vaso de agua llegó y el cuarentón retornó al sofá, callado igual que un muerto. El teléfono sonó en la distancia; enseguida un criado vino a rescatar al rollizo hijo de la odiosa compañía. El viejo me tendió el vaso de agua con la intención de tratarme lo mismo que a un sirviente. Me levanté despacio, cogí el vaso que todavía guardaba una buena cantidad de líquido, y se lo vertí en toda la cara. El espanto dejó mudo al anciano que me miró demudado.

            ─¡Asesino sinvergüenza! ¡Hipócrita hijo de puta! ¡Sé que eres un asesino! ¡Te vi matar al señor Miquélez y poner el arma en manos de mi padre! ¡Sí, soy yo el crío al que intentaste matar! ¡Pero no lo conseguiste! ¡Prepárate viejo porque voy a por ti!

Toda esta retahíla salió de mi garganta entre siseos de rabia y odio, mientras agarraba las solapas del batín del anciano y lo levantaba en vilo. Comenzó a ponerse de un color verdoso y a respirar entre jadeos. Oí que el hijo regresaba y me senté rápidamente en el sofá.

            ─Creo que su padre está algo indispuesto. Me voy para que pueda ocuparse de él.

Ya en la puerta apunté un teléfono de una residencia de ancianos que conocía muy bien. Uno de mis profesores se alojaba allí desde hacía tres años e iba a visitarle muy a menudo.

            ─ Permítame un consejo: ¡Hágase un favor Luis, a usted y a su padre también! ¡Ingrésele en una residencia! Allí tendrá médicos durante todo el día y la noche, y usted dispondrá de su vida, que ya es hora. ¡Eso es ser un buen hijo, ocuparse del bien estar de su padre! En tres meses retomaré las clases. Espero verle en mi aula y ya me dirá algo sobre patrocinar el próximo viaje a la selva.

Desde la calle eché un último vistazo a la mansión de lujo que se escondía en un jardín de ensueño. Desde una de las ventanas unos ojos malévolos me persiguieron hasta que doblé la esquina.

Preparando la nueva expedición.-

Desde que visité al asesino de la fábrica, mis sueños se fueron tranquilizando. No obstante sentía tal rabia dentro de mí, acumulada y lista para estallar contra ese malévolo personaje, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no realizar una nueva visita, más agresiva que la primera. La mente trataba de convencerme de que era un viejo indefenso, enfermo, en la recta final de su vida. Que no valía la pena ejecutar el sentimiento de venganza que me embargaba, cosa que me haría sentir peor a la larga. Mas la terrible injusticia cometida con mi padre, emergía pareja al argumento, para rebatirlo con contundencia. El anciano asesino, después de destrozar a mi familia, había hecho otro tanto con la suya. Las riquezas y el poder se convirtieron en su religión y en el único motor de su existencia. T. S. Eliot dijo ─“No se pueden escribir historias sobre los ricos, porque no tienen instintos”─ Pero yo estaba dispuesto a redactar una nueva historia sobre este asunto, y debía buscar la forma de hacerlo.

Me sumergí de lleno en mi trabajo. Retomé mis clases antes de lo previsto porque necesitaba entrar en contacto con los alumnos, trasmitirles de viva voz todas las vivencias pasadas en la selva. Compartir el empuje de estos descubrimientos, encender la llama de la aventura, estimular el afán de conocer e investigar, hacían que mi trabajo docente se transformara en todo un acontecimiento. De este modo, por unas cuantas horas, olvidaba la imagen del viejo monstruo.

Toda la rabia que se generaba en mi interior, la transmutaba en ardor. Éste me cubría lo mismo que un secreto fuego, crepitando noche y día, atrayendo a mi vera tanto a hombres como a mujeres, éstas por bien distintas razones. Las féminas me asaltaban cuando finalizaba mis clases, intentando acercamientos más profundos. Reanudé mis noches de crápula con algunas de ellas, aunque este comportamiento comenzó a disgustarme. Después de muchas noches de sexo puro y duro, de jadeos y gemidos de éxtasis, llegaba el amanecer y se apoderaba de mí un terrible sentimiento de vacío. Comencé a evitar ese tipo de compañías para frecuentar con más ímpetu la de mis colegas, sobre todo, la de Inés y Marta.

Marta, era más amiga, más cercana, quizá debido a las terribles confidencias que compartíamos. De vez en cuando la sorprendía mirándome con una arruga de preocupación en el ceño, sobre todo con mi pinta de donjuán trasnochador, disfraz que llevé unas cuantas semanas como resultado de juergas interminables. Luego cuando me tranquilicé, e hicimos un círculo íntimo e inexpugnable entre los tres compañeros del despacho, su mirada se tornó más cálida y comprensiva.

Una mañana cuando terminé de dar mis clases, encontré a alguien esperando en el pasillo. No era otro que Luis Berrueco junior.

            ─Señor Aranda ¿podríamos hablar un momento en su despacho?

Le conduje hasta mi sanctasanctórum y le invité a sentarse. En ese instante mis compañeras se hallaban dando clase y no había nadie por las inmediaciones que escuchara nuestra conversación.

            ─Usted dirá señor Berrueco en qué puedo servirle.

            ─¿Sabe? Al final le hice caso e ingresé a mi padre en esa residencia que me recomendó. Después de aquel día en el que nos visitó, se produjo un cambio dramático en su ánimo. No hacía más que repetir que usted era un cabo suelto y que debía quitarle de en medio. Que tenía que matarle al precio que fuera, incluso trató de sobornarme.

Mientras sus palabras se perdían en el ambiente de la habitación, se quedó mirándome fijamente, valorándome, taladrándome con sus porcinos ojos oscuros. Me percaté de la soledad del despacho. ¿Y si el viejo había convencido al joven para que acabara con mi vida? El individuo había obedecido a su padre siempre sin rechistar. Había sido testigo de aquello el día que visité su hogar, viéndole acobardado y aterrorizado en presencia del maquiavélico viejo. Una punzada de temor activó mi adrenalina y comenzaron a sudarme copiosamente las manos. Me sentí igual que cuando mi madre contaba el cuento de Caperucita Roja, justo cuando narraba la parte del lobo disfrazado de abuela, dispuesto a saltar sobre la niña en cualquier momento. Después de unos instantes en los que no supe jamás qué cosas pudieron pasar por aquella cabeza, continuó hablando como si tal cosa.

─ La obsesión fue a más y estuvo a punto de contratar los servicios de un sicario para que acabase con su vida. En ese instante me percaté de que mi progenitor había perdido la razón por completo. Los médicos lo confirmaron y aconsejaron su ingreso en un centro de enfermos mentales. Aunque siempre me trató mal, me daba lástima que ingresara en una institución mental, así que opté por buscarle un lugar en la residencia de ancianos que usted me recomendó. Desde que está allí se encuentra más tranquilo. Ahora intenta convencerme de que ya está recuperado y puede volver a casa. Pero no quiero que lo haga, bajo ningún concepto. Como único heredero y familiar vivo, poseo una inmensa fortuna que por fin controlo.

            ─Me alegra saber que su padre se encuentra bien y está ingresado en un centro especial. Es un ser difícil y necesita cuidados de expertos. Además, como bien dice, está perdiendo la cabeza y precisa más control médico. Le veo feliz, más rejuvenecido, espero que disfrute ahora todo lo que no ha podido en todos estos años.

            ─Lo estoy haciendo, no crea. Y sobre esto quería comentarle dos cosas: la primera, es sobre la donación que le prometí. Aquí le dejo el cheque.

Abrí el talón bancario para ver los numerosos ceros que seguían al primer número. Una  gigantesca inyección de dinero que nos vendría de perlas para continuar con los preparativos para el viaje de retorno a la selva.

            ─La segunda cosa es…bueno, yo…Quiero pedirle trabajo. Mi psicólogo me ha recomendado que trabaje en lo que sea, pero que tenga un horario y unas obligaciones que cumplir todos los días. El lugar en el que siempre me he sentido a gusto ha sido aquí, en la universidad.

Me quedé de una pieza no sabiendo qué decir, porque si me negaba a su petición, lo mismo retiraba el sustancioso cheque.

            ─¡Ah, se me olvidaba! No se sienta obligado a contratarme por el fondo que he regalado al proyecto. Este dinero─ Dijo señalando el cheque─ Es una donación sin condiciones, no tiene nada que ver con la solicitud de un puesto laboral. Aquí le dejo mi “curriculum” para que lo estudie y vea si puedo encajar en algún puesto de esta área.

Me había quedado sin palabras. Ya repuesto del susto de morir a manos del hijo de mi asesino, acompañé a mi insigne invitado hasta la puerta de salida y me puse a hojear su historial. Me sentí anonadado. Ese hombre feo, gordo y tímido igual que un ratón, poseía en su haber cuatro carreras terminadas: Historia, filología inglesa, psicología y biología. Ahora cursaba el último curso de antropología. ¡Este individuo era todo un portento!

Cuando regresaron Marta e Inés, les enseñé el cheque, el historial académico y les conté con pelos y señales la entrevista con Luis Berrueco hijo.

            ─No debemos negarnos a su petición. Está claro que aunque nunca ha trabajado, posee una mente brillante. No estaría demás tener un ayudante como él.

            ─Sí─ Dijo Inés ─Opino lo mismo que Marta. Nos podría quitar mucho trabajo. Tenemos fondos para contratar a alguien, pienso que sería la persona idónea.

Sinceramente no esperaba tal entusiasmo por aquel individuo, pero se veía que con sus ademanes tímidos y educados, conmovía a las mujeres, haciendo que éstas le adoptaran.

Le llamé para comunicarle la decisión, ratificada por el rector, e informándole del minúsculo sueldo que iba a percibir por un montón de horas de trabajo. Le pareció la mejor noticia del mundo y quedó en presentarse a las ocho de la mañana del día siguiente en nuestro despacho.

Así nos convertimos en un cuarteto muy bien avenido. Cuando acabábamos la jornada nos íbamos a tomar unas copas a alguna cafetería o bar, para enzarzarnos en divertidas controversias. Luis era muy callado, solo habría la boca para decir unas breves palabras, que resultaban importantes al ser pronunciadas en el momento justo. Aprendimos a estimar sus meditadas opiniones, sintiéndose valorado y apreciado por primera vez en toda su vida. Este acercamiento al ambiente de mi más encarnizado enemigo, hizo que el odio se mitigase bastante. Y así, entre mucho trabajo, camaradería y cientos de entrevistas para seguir recabando fondos, nos encontramos con que la expedición se hallaba preparada para partir.

Dejé bien claro que, de momento, no podían acompañarme hombres, solo lo harían una mujer o dos a lo sumo, en calidad de supuestas esposas. Mandé modelar dos colgantes exactos al que en su día me regaló mi madre y, con los talismanes al cuello, partimos Marta, Inés y yo hacia el corazón de la selva. Luis, muy apenado, nos vio marchar. Quizá en próximos acercamientos a los nativos, ya pudiera acompañarnos. El sentimiento de que dejaba parte de mi familia en tierra, cuando me despedí de Luis, me persiguió durante todo el tiempo que estuve ausente. ¿Cómo era posible que el hijo de mi verdugo me inspirase tales emociones?

El último viaje.-

Llegamos a Quito muy temprano. En el aeropuerto nos esperaba una delegación de Antropología de aquella universidad. Estuvimos reunidos con ellos durante horas, planeando el itinerario que nos conduciría, a la zona más cercana, al poblado que me había acogido en mi viaje anterior. Dejamos todo atado y calculado con el fin de llevar los elementos más necesarios para nuestra larga estancia en aquellas tierras, no solamente en lo que se refería a equipamiento, sino también a todos los permisos necesarios del gobierno ecuatoriano para adentrarnos en esa parte de la selva. Al fin pudimos descansar cómodamente en una cama de hotel hasta el día siguiente. Con la diferencia horaria de cinco horas con España, estábamos con el cuerpo al revés.

Nos reunimos con el grupo de científicos ecuatorianos, eficaces ayudantes a la hora de ultimar los preparativos para la expedición. Trataron de convencerme para aumentar nuestro equipo en dos personas más pertenecientes a la universidad de Quito. Tuve que denegar tan generosa oferta porque los nativos que yo conocía, resultaban imprevisibles si se les sometía a alguna situación que considerasen ofensiva, y una visita multitudinaria, sin duda, lo sería. Aun así la ayuda que nos prestaron en todo lo referente al viaje, fue inestimable, sobre todo en el punto de reclamar parte del material que no había llegado y que se hallaba perdido en diferentes puntos del país.

A los quince días de nuestra llegada, poseíamos todo lo que necesitábamos para emprender la aventura. Alquilamos diversos tipos de transporte que nos permitirían llegar lo más cerca posible a la ubicación de la aldea de mi amigo Ué. Comenzó así el largo peregrinaje, acarreando un sinfín de bártulos que nos serían muy útiles en el estudio de todo el ecosistema donde íbamos a vivir los próximos meses. Llegamos ya, después de unos cuantos días, al poblado donde Ué y los suyos aparecían de visita rara vez, cuando necesitaban cambiar algún producto o deseaban obtener noticias del exterior. Pagamos a un emisario para que fuera en busca del jefe del escondido poblado, y nos diera  permiso para acercarnos a sus dominios.

La espera no se hizo demasiado larga. Mientras, retomé mi costumbre de cazar para pagar nuestro hospedaje, asunto que los nativos consideraban de vital importancia en el día a día; también regalamos caramelos y otras chucherías que llevábamos para allanar el camino entre los indígenas y nosotros. Las chicas se adaptaron rápidamente al ambiente. Ayudaban a las mujeres en sus muchos quehaceres y tomaban notas y muestras de todo lo que se les ponía por delante. Eran muy eficientes en su trabajo.

Un buen día, Ué acompañado de un séquito de siete guerreros, se personó en el asentamiento junto al río Amazonas. Cuando me vio su alegría fue inmensa, saludándome calurosamente a su manera. Estuvimos cogidos de los brazos un buen rato, uno enfrente del otro, charlando de todas las novedades que me había perdido en mi ausencia. Su poblado ahora era más pequeño. La mitad de sus moradores habían emigrado a otro asentamiento río abajo, aprovechando la ubicación de uno más antiguo donde, en su día, habitaron  sus antepasados. Eran demasiados individuos viviendo en un punto para pasar desapercibidos si alguien los buscaba. Igual que los habíamos encontrado nosotros, podían hacerlo aquellos a quienes ellos temían y odiaban, los horribles blancos explotadores.

El guerrero se tomó su tiempo en observar a mis dos acompañantes y, al final, soltó una sonrisa de aprobación al descubrir los colgantes exactos al mío, pendiendo de sus cuellos. Para él, aquello era una señal de que debía aceptarnos sin condiciones.

En su lengua curiosa me comentó:

            ─¡Tus esposas están muy flacas! Tendrás que cazar mucho para rellenar todos esos huesos─ Comentó entre carcajadas señalando a mis compañeras, las cuales ya habían adoptado la vestimenta de la selva: bikini, botas, gorro y una buena capa de repelente para los insectos. El lechoso de su piel se había evaporado y lucían un bonito color bronce. En comparación con los cuerpos fuertes, musculados y rechonchos de las demás mujeres de aquella aldea, plenamente adaptados al medio en el que vivían, María e Inés destacaban por tener las piernas más largas, una buena estatura, pelo claro y una total ausencia de grasa en cintura y abdomen. Típicas representantes del más exigente canon de belleza de la civilización, allí, en medio de la selva, se las veía “raras”.

En varias canoas construidas con la madera del gödewadewe, acomodamos nuestras pertenencias y pusimos rumbo al interior de la selva. Nos llevó varias jornadas alcanzar nuestro destino. Mis compañeras se mostraron encantadas con el recibimiento de los nuevos moradores. Los animales recién cazados se asaban en varios espetones lanzando invitadores efluvios que nos hicieron ensalivar rápidamente. Las frutas habían sido recolectadas para completar el ágape, un sinfín de ellas se apiñaban en diversas hojas, grandes igual que sábanas y de un tono verde esmeralda que hacía daño a la vista.

Nos asignaron una cabaña para nosotros solos y nuestro abundante equipaje, se notaba la considerable disminución de la población tanto en los “onkos” o chozas vacías como en la cantidad de comida que se había preparado. Las “yoo” colgaban del techo listas para acogernos en el momento que decidiéramos dormir. Apilamos todos los pertrechos como mejor pudimos y nos dispusimos a disfrutar de la fiesta. Nos pasamos las siguientes horas sufriendo una buena diarrea que se cortó rápidamente con las pastillas que llevábamos. Y así nos metimos de lleno en la vida cotidiana de los huaoranis.

Ué me dijo que era tiempo de que el grupo de los diez reanudara sus “viajes”, en la gigantesca cabaña que servía para este fin. Y allí fui, con mi grupo, no sin antes explicar a mis compañeras, punto por punto, todo lo relacionado con aquellas experiencias que no había contado a nadie.

            ─Pero ¿Por qué no dijiste nada de este insólito grupo?─ Gritó Inés─ Y otra cosa más importante ¿Conocerás la composición del brebaje que ingerís antes de viajar, verdad? Podría resultar un bombazo para la medicina occidental.

            ─¡Claro que he aprendido a prepararlo! Pero todavía no sé cómo enfocar esta situación. Es tan…extraña. Cuando se me aclaren las ideas con respecto a lo que experimento cuando viajo, cerciorarme de que solo es un sueño compartido con el grupo, ya emitiré un informe─ Y me fui sin decir una palabra más sobre el tema.

Las dejé enfadadas, asunto que no era de extrañar porque yo en su lugar hubiera sentido lo mismo ante el hecho de “haber ocultado información de esta índole”. Me dirigí a la cabaña con mi grupo. Todos los integrantes metimos la mano en la bolsa de los huesos y el “oscuro” le tocó a mi compañero más próximo. Tomamos el brebaje repugnante que burbujeaba igual que la pócima de una bruja, y acto seguido nos tumbamos en las hamacas suspendidas cerca del techo, al amor de un sol que nos miraba con sus ojos inexpresivos. Nos sumimos en un cántico repetitivo hasta que nuestras mentes alcanzaron ese punto de común unión.

En nuestras cabezas se dibujó un entorno selvático salvaje y gigantesco, señal de que retornábamos al Cretácico, unos 75 millones de años atrás en el tiempo. Una culebrilla de inquietud me recorrió la espalda haciendo que sintiera escalofríos.

En la lejanía se escucharon unos cuantos bramidos. Sigilosamente nos acercamos para ver a quién pertenecían los gruñidos espeluznantes. Nos dimos de manos a boca con una gran manada de Saltasaurus, la mayoría de ellos resultaron ser hembras, como observamos más tarde, y se hallaban excavando nichos, con sus descomunales patas, en un lugar libre de árboles, parecido al lecho arenoso de un río. Seguidamente comenzaron a poner huevos en los agujeros escarbados. Grandes huevos de un metro de longitud se depositaron a todo lo largo del cauce seco. Después los cubrieron con arena y hojas, marchándose de allí a toda velocidad, sin preocuparse lo más mínimo por su futura descendencia. Ya habían cumplido con su proceso natural.

Cuando el ruido de sus infernales gritos se hubo perdido en la lejanía, unas “lagartijas” o Eoraptores, de un metro de largo, aparecieron como por ensalmo y comenzaron a asaltar los huevos. Al poco rato se habían merendado una buena cantidad de ellos. Nos alejamos de los voraces reptiles sin hacer el menor ruido.

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Seguimos al guía que nos condujo por un sendero hecho por los grandes animales que vivían en los contornos. Nos quedamos escondidos entre los matorrales para admirar a un Megatherius, un “perezoso” gigantesco del tamaño de un elefante, que se hallaba de pie, sobre sus patas traseras, apoyado en un árbol, tratando de alcanzar algunas de las ramas más tiernas para devorarlas. Estuvimos un buen rato espiando al bicho que se movía a cámara lenta, alimentándose con fruición. En eso estaba la lenta criatura cuando, repentinamente, fue rodeado por varios Megaraptores. Con sus grandes garras, funcionando igual que descomunales cuchillos de carnicero, le apuñalaron y desgarraron en unos minutos. Estábamos aterrados ante aquella desoladora visión de sangre a raudales, no esperábamos encontrar a esas fieras en nuestro camino. De repente los dinosaurios, al mismo tiempo, levantaron la cabeza husmeando y recorriendo el perímetro con sus agudos ojos.

            ─¡Nos han descubierto! ─ Susurró el guía aterrado. Comenzamos a retroceder a gatas sin ponernos en pie, pero en un segundo estábamos rodeados. La voz tranquilizadora de Ué nos llegó a cada uno:

            ─¡Cerrad los ojos, rápido! ¡No os dejéis invadir por el miedo! ¡Aguantad guerreros!

Primeramente se oyeron alaridos en nuestro entorno,  a los pocos segundos, chillidos de agonía y, enseguida, el sonido de las mandíbulas masticando y desgajando articulaciones. Sentí una mente inhumana atravesándome, entreteniéndose en descubrirme. Soporté la prospección lo mejor que pude. Se oyó otro alarido más y el sonido de los dinosaurios cebándose en su presa.

            ─¡Retroceded y seguidme! Han aprendido a cazarnos.─ Sonó la voz de Ué.

Aprovechando la laxitud de los carniceros en la fase de devorar a nuestros compañeros, nos fuimos alejando de allí a toda prisa. El jefe nos condujo inmediatamente de vuelta a la choza. En cuatro de las hamacas no había nadie. En el suelo, un montón de cenizas se apilaban justo debajo de cada lecho colgante, señalando el fin de las vidas de los que habían sido devorados.

Me quedé pasmado. ¡Qué poder tenía la mente sobre el cuerpo! Asesinados en un sueño, y muertos en la vida real.

Todos estábamos agotados por la etapa de regreso y no nos teníamos en pie. Habíamos esforzado nuestras mentes hasta límites insospechados para poder volver.

Los gritos de los que habían sido devorados por las fieras, debieron de atraer al gentío que se apostaba justo en la puerta de la cabaña. Ué salió para dar las malas noticias a las familias de los que habían muerto. También pidió más voluntarios para completar la decena y seguir honrando, con nuestras vueltas al pasado, a los “pikenanis”, espíritus de los antepasados, los que actuaban como protectores del clan, haciendo que la comida no escaseara, y sobre todo, los mantenía invisibles a los ojos de los hombres blancos.

Si no llegábamos a sumar diez individuos, no se lograría la energía suficiente para viajar. Después de la arenga de Ué sólo se apuntaron dos guerreros más. En vista de la terrorífica experiencia, los demás hombres temieron dejar sin sustento a sus familias si perecían. Faltaban dos personas más para completar la decena.

Los que quedamos nos dedicamos a salir a cazar en días sucesivos para abastecer los hogares de los que se habían quedado sin cazadores, y los viajes quedaron suspendidos.

            ─Roberto, queremos hablar contigo─ Dijeron las chicas después de mantener, momentos antes, un conciliábulo entre ellas ─Imagino que el grupo de viajeros siempre ha sido de hombres, pero como no hay voluntarios nos ofrecemos nosotras dos para suplir a los que faltan. Tenemos nuestro colgante que nos acredita como verdaderas viajeras del sol. ¡Intenta convencer a Ué! Para nosotras sería una experiencia increíble y valiosísima.

Temblé solo de imaginarlas en medio de los dinosaurios. Pero ellas parecían decididas a vivir cualquier aventura que se les presentase. Además, sabía muy bien quién de las dos había tenido la “feliz idea”, estaba seguro de que había partido de la indómita Marta. De lejos admiré a las chicas que compartían tareas con las mujeres huaoranis, iban a pescar a las charcas; recolectaban frutas, preparaban “tepe”, se hacían cargo de los niños por turnos…

En días sucesivos me atreví a sacar la propuesta en una de nuestras correrías por la selva. Después de una buena cacería, ─Era primavera y los animales se reproducían a todo gas, las especies recibían a sus crías y las cuidaban hasta su incipiente adultez. Las necesidades del campamento se hallaban más que cubiertas─ Ué se sentía de lo más eufórico con estas expectativas. Un periodo lleno de fertilidad y alegría, de festejos continuos donde se comía hasta no poder más.

            ─¿Qué harás si no salen más voluntarios para los viajes?

            ─No queda más remedio que esperar. Pero temo que nuestros “abuelos y abuelas” se enfaden porque piensen que les hemos olvidado y nos retiren su protección.

Ése fue el instante elegido para apoyar la candidatura de mis dos compañeras. Y lo planteé así, de sopetón. Ué me miró de hito en hito, no sabiendo qué contestar. Se quedó pensativo durante mucho rato. Fue a tocar los colgantes que las chicas llevaban al cuello, colgados de una cadena, una vez más, como si temiera que se hubieran esfumado. Después de unos cuantos días de ir y venir alrededor de Marta e Inés, de mirarlas y observarlas, se decidió a dar luz verde al ingreso de mis dos “esposas” en el grupo de los diez.

En pocas jornadas se organizó un nuevo viaje. Las chicas respondieron bien, tanto a la hora de tomar el bebedizo horrible, como en el momento de unir todas las mentes. Durante nuestra corta estancia en el pasado, no se bloquearon cuando unas plantas carnívoras trataron de merendárselas. Demostraron valor y arrojo durante el viaje y así despejaron cualquier duda que Ué pudiera tener sobre su inserción en el equipo. Los demás integrantes, también aprobaron su coraje con sonrisas y movimientos de afirmación de sus cabezas.

Hicimos algunas escapadas más. Cada dos o tres semanas, emprendíamos nuevas aventuras todos juntos. Las muchachas fueron entrenadas para disparar cerbatanas y lanzas. Tenían que aprender a defenderse por lo que pudiera pasar.

La proximidad de Marta se hacía destacar cada vez con más cercanía. Pero no me atrevía a dar ningún paso en la dirección de cambiar nuestra amistad y complicidad por algo más profundo. Me aterrorizaba atarme a una persona, a equivocarme con ella, sobre todo tenía miedo a un compromiso, hecho que jamás había tenido lugar en mi vida. Ella tampoco daba muestras de querer derribar el muro de nuestra actual relación para adentrarse en “terreno pantanoso”. Inés asistía a todo aquello con callado mutismo de “sujeta velas”.

Los meses pasaban a toda velocidad y nuestro tiempo entre los indígenas se hallaba próximo a su fin. Los experimentos y estudios que llevábamos como “tareas de campo“, estaban ya finalizados.

Con este panorama personal, emprendimos nuestro último viaje antes de partir hacia España.

Esta vez a la hora de comenzar nuestra aventura, el hueso oscuro cayó en mis manos, me convertí en el guía de la expedición, e irremediablemente los arrastré a aquel aciago día en el que perdí a mi padre para siempre. Así llegamos hasta la fábrica de tejidos donde habían trabajado mis padres. Todos en grupo avanzábamos por aquellos pasillos largos y destartalados, invisibles a los ojos de las personas con las que nos cruzábamos. Llegamos al despacho del jefe de personal en el instante en el que mi padre se volvía para zurrar al señor Miquélez tras pronunciar las cinco palabras que habían sacado de quicio a mi progenitor: ─¡Dele recuerdos a su mujer!─ Con dos buenos mamporros dejó fuera de juego al sinvergüenza. Después, se quedó parado mirándose las manos y compadeciéndose de sí mismo y, en ese instante apareció el malvado de la escena, el señor Berrueco, blandiendo un bate de béisbol, dispuesto a atacar a mi padre. Me materialicé en el acto, sujetando el bate que blandía el futuro asesino. Mi padre, atónito ante mi irrupción y la visión de aquel individuo armado, se quedó pasmado.

Berrueco me miró a los ojos y para mi sorpresa dijo:

            ─¡Tú, siempre tú! ¡Estoy harto de encontrarte en mis sueños, mequetrefe!  ¡Solo eres una de mis pesadillas y ahora mismo voy a acabar contigo de una vez por todas!

Con fuerza inusitada, sin duda la de un demente, arremetió contra mí, derribándome en el suelo y quedando a su merced. De repente, un niño en el que nadie había reparado, emergió de entre las patas de una de las mesas, atrayendo la atención de todos. Esquivé el golpe del bate, que me habría matado sin dudarlo, y me puse en pie para tratar de proteger al infante que se encontraba en medio de todo aquel caos. Berrueco, fuera de sí, sacó una pistola de su bolsillo y se dispuso a dispararme, pero movió el arma en dirección a la cabeza del niño, sonriendo malévolamente. ─¡Matando al perro, se acabó la rabia─ Dijo con una mueca de diversión. En ese instante, los guerreros huaoranis junto con las chicas, se materializaron detrás del loco, inmovilizándolo por completo. Aproveché el momento para asestarle un buen golpe que le hizo perder el sentido.

            ─Pero ¿Quiénes son ustedes?─ Preguntó mi padre desconcertado mirando a los huaoranis desnudos y a las dos mujeres en bikini.

            ─¡No tema, somos sus amigos! ¡Llévese a su hijo de aquí inmediatamente! Y nunca comente con nadie lo que ha visto en esta sala. ¡Corra, dese prisa!

            ─¡Creo que me estoy volviendo loco! ¡Esto es una alucinación fruto de algún golpe en la cabeza! ¡Me he convertido en un demente, Dios mío!

            ─¡No se preocupe! Es sólo un sueño. No está perdiendo la cabeza. Pero váyase ya, nadie debe verle.

Mi padre agarró al niño y salieron a la carrera del despacho. A los pocos minutos oímos a alguien que se acercaba por el pasillo. Nos volvimos transparentes y conduje a mi grupo fuera de allí. En mi sueño, había evitado que mi padre fuera a la cárcel por asesinato. Por fin sentí que algo muy dentro de mí se liberaba para siempre.

Regresamos del viaje, sanos y salvos. Ué se acercó para golpearme en el brazo:

            ─Te felicito, has cerrado una herida infectada y supurante de tu memoria, ésta te esclavizaba desde que eras un niño. Ya eres un hombre libre.

El grupo de los diez, fuimos abandonando la choza uno a uno, y a medida que iba dando pasos en dirección a mi cabaña, multitud de nuevos recuerdos inundaron mi cerebro. Noté cómo se formaban pequeñas conexiones en mi mente, tejiendo una gran red de plata en mi memoria. Me volví con una gran sonrisa, justo en el instante en el que Marta me alcanzaba y se colgaba de mi cuello. La besé apasionadamente, con una intensidad inusitada.

            ─¡Vaya! ─ Dijo ella asombrada ─Hacía tiempo que no me besabas así. Tenemos que ir de viaje más a menudo─ Y prorrumpió en carcajadas de dientes blancos, de miradas de deseo y caricias tiernas.

            ─¡Tengo una sorpresa para ti─ Me dijo, mirándome intensamente a los ojos. Supe lo que iba a comunicarme nada más ver su mirada, su brillo, esa alegría desbordante. Íbamos a ser padres. Inés, enterada de la noticia, nos abrazó a los dos. Así estuvimos un buen rato, para regocijo de nuestros vecinos que no estaban acostumbrados a demostrar el cariño tan abiertamente.

Nos despedimos de los que habían sido nuestro pueblo durante unos cuantos meses. Ué me comunicó su deseo de abandonar ese asentamiento, no quería visitas de extraños. Quedamos en que los habitantes de la ribera le localizarían si alguna vez volvía a pisar la selva. Una honda tristeza nos envolvió igual que un capullo de seda, dejábamos atrás días de lluvia, de buenos amigos y vecinos.

Entre los tres convinimos en no hablar de nuestros viajes en la choza, y de la fórmula que se utilizaba para tal fin. Razonamos que las visitas al pasado eran más que un simple sueño compartido por un grupo y que, quizás, podrían cambiar el futuro, y ese poder en malas manos, nos llevaría a una sociedad egoísta regida por unos pocos que nos utilizarían al resto como marionetas.

Regresamos a España con nuestro valioso cargamento de experiencias, investigaciones, fotografías, muestras y estudios. Cuando pusimos pie en nuestro país, a pesar del cansancio del viaje, una alegría desbordante me inundó. Tras pasar el control, justo en la puerta de salida, vislumbré un fantástico comité de recepción. Mi padre verdadero, Roberto Aranda, y mi madre, Beatriz Solís, sangre de mi sangre, se echaron en mis brazos, cubriéndome de besos y cariños familiares. Les acompañaban mi amigo Luis hijo, más delgado, pero igual de feo que siempre y los que fueran mis padres adoptivos en otro tiempo de mi memoria, que ahora eran los de Luis, mi amigo del alma. Un individuo desenvuelto y lleno de entusiasmo, nada que ver con aquel otro, tímido y huidizo, que había dejado atrás, en algún universo paralelo.

La vuelta resultó un poco dura, sobre todo al principio. Acostumbrados a estar al aire libre tantas horas, a caminar medio desnudos, a no preocuparnos por formalismo ni actitudes estudiadas, nos hallábamos los tres agobiados. Luis se comportó modélicamente, hasta que nos adaptamos de nuevo a la vida “civilizada”. Hizo gala de una paciencia infinita y aguantó estoicamente nuestras reuniones en el césped de la universidad, asunto que le desagradaba en extremo por la humedad y el frío reinantes.

Visitaba a mis padres bastante a menudo, con la sensación de querer recuperar un tiempo perdido. Una tarde charlando con mi padre, hombre cabal y comprensivo, que me miraba y admiraba con un orgullo mal disimulado, reuní el valor suficiente para preguntar por el “asesino Berrueco”.

            ─¿Te refieres al verdadero padre de Luis? Pues verás, pasó una larga temporada en la cárcel por intento de asesinato del capataz y socio, presentando, en aquel entonces, trastornos de poca lucidez. Decía que unos “indios desnudos” le perseguían y querían matarle. Que se materializaban repentinamente para intentar cumplir con su objetivo. Tuvieron que ingresarle en un manicomio y allí, murió.

Y se quedó pensativo unos instantes.

            ─Si he de decir la verdad, yo guardo unas imágenes muy confusas de aquel día cuando fui a la fábrica a cobrar el finiquito. Me sentí inmerso en una pesadilla de seres fantasmales que pululaban por el despacho, desnudos como Dios les trajo al mundo, acompañados de unas chicas en bikini y un muchacho muy parecido a ti. Tú no te acordarás, ¿verdad hijo?

            ─¡No papá, era muy pequeño! Sólo me interesaba en aquel entonces ingresar como jugador de futbol en el equipo de chapas del barrio y para eso debía conseguir algo muy valioso para un crío de pocos años. Justo esa mañana encontré una chapa en el suelo de aquel despacho. ¡Ese sí que fue un gran hallazgo!

Y entre sonrisas, abandonamos aquellos recuerdos para siempre.


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