LA JUSTICIA DE LOS PIRATAS .- (relato de verano).-


Otto “Sonrisa Escarlata” oteó el horizonte haciendo visera con las manos mientras la luna se asomaba tímidamente entre nubes algodonosas, tiñendo de amarillo algunas de las crestas que se alzaban con ímpetu al paso de la nave. La mar estaba en calma mientras el bergantín se deslizaba despacio, movido por la brisa de poniente, hacia la isla de Madreperla, la guarida.

A esas horas de la madrugada el capitán disfrutaba de la soledad más absoluta mientras su tripulación, harta de ron, bailoteos y canciones, yacía de cualquier manera desperdigada por la bodega. Tantos años de bregar en la mar habían dado sus frutos y una parte  del tesoro acumulado viajaba en la bodega, mientras que la otra, mucho más sustanciosa, descansaba en una gruta de su isla, lugar que consideraban todos ellos el hogar. Últimamente su afición a la bebida se había esfumado por arte de magia a la vez que se derretía la armadura que protegía su corazón de todo sentimiento. Sabía exactamente el instante en el que su transformación había dado comienzo, un día de primavera no muy lejano.

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Dos meses atrás, después de saquear una goleta francesa y hacerse con un gran tesoro de monedas de oro y botellas de vino, de pasar a cuchillo a todos sus ocupantes y hundir la nave, puso rumbo hacia la ruta de las Corrientes Caníbales, así llamadas porque sus aguas tragaban un sinfín de barcos que desconocían el camino correcto para sortear los salvajes vaivenes de las mareas; atrapados en las aguas se descontrolaban sin remedio siendo engullidos por enormes remolinos surgidos entre unos farallones que sobresalían aquí y acullá, que más que rocas parecían los dientes de la boca de un gigante.

En esas estaban, cruzando con sumo tiento aquellos oscuros torbellinos cuando se toparon con un bergantín de gran calado, cabeceando entre espumas y gritos, próximo a ser devorado por las aguas descontroladas. Pensando en el tesoro que aquella nave encerraría en su gran panza, dio orden de virar hacia ella y, sin salir de su zona de seguridad, mandó lanzar unos cuantos cabos con ayuda de las culebrinas de estribor para tratar de remolcarla. El trabajo fue arduo y llevó bastante tiempo pero como todas las empresas que se realizan con denuedo, el éxito coronó todas las expectativas: entre las mercancías que requisaron en las bodegas se encontraban unos cuantos cofres de monedas de plata, perlas blancas como la leche, preciosas sedas de China, joyas de oro y mujeres; estas últimas fueron consideradas el más preciado tesoro entre todos los tesoros porque rara vez topaban con alguna en las naves que asaltaban y debían ir a Puertonegro, refugio de fieros corsarios, para disfrutar de las prostitutas manoseadas que compartían con las otras tripulaciones piratas.

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Los hombres, después de dibujarles una sonrisa con la afilada hoja de su cuchillo ─de ahí su apodo “sonrisa escarlata” fueron apuñalados en sitios no vitales y lanzados al mar uno a uno, pues la sangre de las heridas atraía a los tiburones que se ensañaban con las víctimas aún vivas, chillando y maldiciendo mientras eran desmembrados, y su tripulación hacía lo posible para que el espectáculo durara lo más posible. Después de deshacerse de los individuos, pasaron a emborracharse y a correr detrás de las mujeres, de las que se aprovechaban durante días hasta que morían o se tiraban por la borda. Él había elegido a la más bonita, sin duda. Con cabello enmarañado de un castaño rojizo, envuelta en mojados ropajes verdes que se pegaban a su silueta de ensueño igual que un guante, quedó hechizado por aquella mirada que más que temor reflejaba fiereza. Le gustó la valentía de la joven, descollando como una perla negra, rara y salvaje, entre las otras blanquísimas doncellas que igual que pajarillos asustados, abrían la boca profiriendo chillidos y grititos entre ojos demudados por el paroxismo de la huida.

La joven no huyó, le plantó cara escupiéndole cuando se acercó para arrastrarla a su camarote. Sonrió recordando la escena. El bocado que le dio en la mano le hizo enfurecerse y propinarla un bofetón que la arrojó a los pies de su catre. Le arañó el rostro y entre patadas y golpes logró tumbarla en el sucio colchón. Rasgó sus vestidos arrancándoselos a trozos. Cuando la muchacha apenas tuvo ropa se puso de espaldas tratando de ignorar sus requerimientos. Y lo vio. Justo en la espalda de la joven, al lado de la escápula, se recortaba en la piel nacarada la silueta de un águila con las alas extendidas, la misma que llevaba él de nacimiento en el mismo lugar. Se quedó paralizado observando la marca conocida. Aquella muchacha era hija suya, su fiereza, sus ojos, los rizos, dibujaban su viva imagen. ¿Cómo no se había dado cuenta nada más verla?

Un sentimiento de preocupación le embargó, tan desconocido como desconcertante. Debía intentar salvarla, discretamente, sin imposiciones a sus hombres, porque sabía que no las aceptarían, hacerlo sin llamar la atención. La muchacha se había quedado quieta esperando el instante en el que contraatacar. Le habló con voz queda explicándole que debía hacer todo lo que le dijera si quería salvar la vida. Como había hecho anteriormente demostró su estirpe, se mostró interesada enseguida en continuar con vida, sus pupilas brillaron con inteligencia y siguió a su salvador hasta cubierta.

El capitán vio a sus hombres bastante entretenidos con las damas y arrió un bote rápidamente empujando a la joven a su interior. Ya en el agua, la barquichuela cabeceó inquieta mientras el capitán desaparecía por unos instantes para retornar con una bolsa con víveres que arrojó a la joven, gritándole instrucciones para encontrar tierra. Estaba seguro que lo conseguiría, llevaba la misma sangre pirata que él. La siguió con la mirada hasta que desapareció en el horizonte. Cuando volvió la vista al barco se vio observado por cada uno de los tripulantes que satisfechos con la bebida, las chicas ─que parecían juguetes rotos y descoyuntados, tirados en el suelo─ y el tesoro, no dijeron nada, ni una palabra. Sabía perfectamente lo que ese silencio significaba.

Madreperla se recortó perfecta en el horizonte, acogedora y familiar, presentando una ensenada natural para el resguardo de la goleta. En unas horas pusieron pie en tierra acompañados de buena parte de su botín que condujeron con gran alborozo al interior de la gruta que se abría entre las rocas del puerto natural. Amontonaron los cofres en la pared del fondo, junto con las viejas arcas llenas de oro de anteriores misiones. Encendieron varias hogueras y se divirtieron un buen rato con las dos mujeres que aún sobrevivían.

Otto “Sonrisa Escarlata” no tuvo que esperar mucho para cumplir con su destino: un pirata jamás debía dar signos de debilidad y él lo sabía. Tom “el tuerto” fue el indicado para darle el último adiós. Sintió una hoja afilada clavarse en su corazón mientras su último pensamiento volaba hasta su hija.


María Teresa Echeverría Sánchez (novelas, relatos, cuentos para niños) en Amazon, formato kindle y en libro de papel.

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One comment

  1. El destino nos espera a la vuelta de la esquina, sin saber como llegamos a el y como acaba nuestra vida. Que gesto tan bonito por parte de pirata, quizás todavía exista alguno con corazón como en este relato. Un argumento muy diferente de lo que sueles escribir pero me ha gustado mucho.

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