LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

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