Relato corto

LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

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LA FIESTA DE LOS ESQUELETOS – (relato para Halloween).-


Para los amantes de las historias de misterio y miedo: versión kindle y en libro de papel.

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En el cementerio de Santa María de los Durmientes, una actividad frenética se había desatado por parte de sus permanentes inquilinos: a pocos días del 31 de octubre, noche de Halloween, los esqueletos preparaban su fiesta anual concienzudamente.

Como si un invisible resorte hubiera sido activado, llenándolos de una energía desmesurada, ─justamente la que se había extinguido con el último latido de sus corazones─ los hijos de la eternidad se removían en el fondo de sus tumbas. Túneles excavados durante siglos, con sus huesudos miembros, habían logrado comunicar a cada habitante del camposanto con sus vecinos más próximos, formando una red perfecta donde las noticias y los cotilleos volaban.

Maese Ruigómez, el más anciano de la necrópolis, con cuatro siglos en su haber, se enorgullecía de ser el director, un año más, de aquel auditorio de pocas carnes y muy mala leche. Con un estruendoso batir de mandíbula los convocó a todos, los arengó y dio instrucciones para que todo saliera a pedir de boca.

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El anciano Ruigómez era el esqueleto mejor conservado de los de su quinta, habiendo sido enterrado con la soldadesca de la batalla de Argel. Debido al buen drenaje de su fosa, sus restos brillaban que eran un primor, siendo una de sus cualidades más populares: reverberar igual que un grandioso espectro en la oscuridad de un pasadizo.

Con tamaño dignatario dirigiendo el cotarro, los arreglos para el festejo no se hicieron esperar: durante tres días se recopilaron y encerraron en grandes tarros todas las larvas, cucarachas y arañas que se encontraron en el territorio de los Durmientes. Se licuó la raíz de mandrágora, y se puso a macerar bajo la luz de la luna llena unas cuantas horas hasta que se volvió de un tono rojizo y denso, muy parecido al de la sangre. Se hicieron guirnaldas con tela de araña y huesos desechados iluminados con luciérnagas que decoraron enteramente los lúgubres pasajes que cruzaban el cementerio; se prepararon antorchas, bien empapadas en grasa humana ─rezumante en los cuerpos de los nuevos enterramientos─ que se encenderían nada más comenzar la celebración; adecentaron las lápidas limpiándolas a conciencia y recolocándolas aleatoriamente ─asunto que cada aniversario les divertía mucho, pues a la hora de retornar a sus tumbas se armaba un guirigay de padre y muy señor mío─; y, para terminar, excavaron unos cuantos hoyos en  la superficie, a los que acompañaron con sus correspondientes reclamos que nunca fallaban, tales como: una broche de oro, aquí, una pulsera de diamantes, allá, una diadema de plata pura, más abajo, etc., es decir, siendo las joyas colocadas estratégicamente para atraer a los insensatos que engrosarían, más tarde, las huestes subterráneas.

Llegó, al fin, el esperado momento de la festividad: las campanadas de la iglesia de Santa María repicaron doce veces lenta y lúgubremente y, al sonar la última, la gala de los esqueletos comenzó. La luna, días antes llena, ahora presentaba su aspecto más feroz de hoz sangrienta, irradiando una luminiscencia malsana que deformaba las sombras de las lápidas del camposanto, haciendo que se movieran como si tuvieran vida propia.

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Los corredores subterráneos se iluminaron súbitamente bajo el chisporroteo de los hachones encendidos, exhalando un aroma a cerdo tostado. Un rumor de pasos horadó la tierra hasta converger justo debajo de la gran plaza. Las mesas se montaron en segundos y los cráneos sin dueños, que actuarían como vasos, se fueron repartiendo entre la concurrencia. El elixir de Mandrágora fue servido, así como los aperitivos de larvas, lombrices e insectos. Se oyeron múltiples crujidos al masticar tan deliciosos bocados. Los Villegas, Zúñiga y Larrazábal, hablaban con ilustres compañeros como los Fierro, Miranda o con los temidos Montenegro, que siempre terminaban la fiesta propinando grandes palizas, cuestión bastante peliaguda para un esqueleto, que con un golpe certero se podía desintegrar en cuestión de segundos, o quedar despedazado, sirviendo solo para material de desecho. Sobre chistes y chascarrillos, los nuevos esqueletos traían, de vez en cuando, alguna frase novedosa que sorprendía por su lozanía, pero normalmente las chirigotas se repetían año tras año, sin dejar de producir la hilaridad que en un principio despertaran, simplemente porque la memoria no existía en aquellos cráneos vacíos:

            ─”Estaban en una procesión y le pregunta un señor a una señora:
-Oiga, quien es el muerto?
-Y la señora responde: Creo que el que va dentro de la caja”.─: Las risotadas comenzaron en ese punto y continuaron con el siguiente:

           ─” Mamá, mamá… ¿Puedo jugar con el abuelo?…

           − Bueno, pero después vuelve a enterrarlo ¿De acuerdo?─… Pero el chiste que hacía tirarse a los “Durmientes” por los suelos no era otro que este:

          ─ ¿Por qué mataron a Kung Fu?…

            – Porque lo “kunfundieron”.

 Y continuaron con la jocosa retahíla, sin saltarse uno, que parecía que estuvieran rezando el rosario. Las cuchufletas eran tan condenadamente manidas y otras, tan soeces, que las carcajadas surgían de seguido, siniestras y cavernosas, producidas por el aire al colarse entre las mandíbulas, provocando un timbre bronco y sepulcral que ponía los pelos de punta a quien los tuviera.

Mientras tanto, el concurso de “crear criaturas” se puso en marcha: con huesos abandonados e inservibles, los participantes debían “montar” una criatura que fuera capaz de decir tres palabras seguidas, tarea nada desdeñable. Los materiales ─toda clase de osamentas en sus más variopintas apariencias─ se hallaban amontonados en grandes pilas, al alcance de la mano de todos los concursantes. Maese Ruigómez dio una palmada como indicador de inicio de la prueba: inmediatamente los competidores se pusieron manos a la obra. Este era un pasatiempo que les deleitaba, les hacía sentirse igual que pequeños dioses. Después de un tiempo prudencial, el Maestro indicó con un silbido el final de la contienda. El jurado, compuesto por siete imponentes esqueletos adornados de medallas y galones, fue inspeccionando todas las obras expuestas una por una. En un derroche de fantasía y paroxismo sin igual, uno de los participantes había montado una encantadora niñita cadavérica, de falda de escápulas que le llegaban hasta las rodillas y coqueta melena de charlestón, hecha de jirones de tela, que fue capaz de decir con claridad: ─”te quiero, papá” antes de desmoronarse, igual que hacían todos los especímenes que lograban articular unas palabras. Las carcajadas de los reunidos se estuvieron escuchando durante un buen rato por todo el cementerio.

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El premio al autor de tan sugestivo “frankestein”, como no podía ser de otra manera, se concedió enseguida: los primeros visitantes al camposanto ─cotillas, avaros y drogatas─ ya habían llegado. Carne fresca que renovara a los antiguos inquilinos; más huesos para entretenerse en los largos días hasta la siguiente celebración; horas de diversión inimaginables.

El ganador tuvo el honor de ser el primero en retorcer el cuello del primer “humano vivo” que se acercó a uno de los hoyos. El crujido del pescuezo desató tal alharaca de chillidos sobrehumanos, que los visitantes de la superficie hicieron ademán de salir despavoridos. No fue posible su huida. De los agujeros excavados en la tierra, hordas de brazos y manos aprisionaron las presas y extinguieron sus vidas en un instante. Los cadáveres fueron llevados a la gran sala y, para acelerar su descomposición, fueron eviscerados y sangrados en un dos por tres. Sus huesos, sin duda, estarían listos para la próxima festividad.

Fue una gran fiesta, para eso tenían al mejor de los organizadores, aunque se saldó con unos cuantos esqueletos destrozados debido a los mamporros de unos y otros; tampoco lo lamentaron mucho, solía ser así: unos dejaban de existir y otros comenzaban a hacerlo en un ciclo interminable y eterno.

Los primeros albores del día fueron borrando las puertas de comunicación que se habían creado entre los muertos y los vivos en esa noche especial. El maestro ordenó a los habitantes del subsuelo retornar a sus tumbas, momento que se dilató bastante por el cambio efectuado en las lápidas y la juerga que implicó el rodar de un lado para el otro.

Cuando la tierra del camposanto de Santa María de los Durmientes se calentó, los seres óseos yacían sepultados en mil sueños fríos de vidas extinguidas. Relajados hasta límites insospechados, respiraban efluvios mezclados de vida y muerte, el aroma más dulce del cementerio: el de la descomposición.

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¡FELIZ HALLOWEEN!

María Teresa Echeverría Sánchez ( escritora)


LA CASA EMBRUJADA.-

La casa se despertó, al fin, después de estar aletargada durante unos cuantos meses. Abrió las ventanas y dejó entrar el aroma de la primavera. El perfume de las mimosas la puso melancólica trayendo a su memoria tiempos pasados, retazos de cuando estuvo habitada.

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Era una edificación centenaria, con cimientos recios, tan sólidos que habían resistido varios terremotos sin inmutarse. Pero lo que más temía no era precisamente esta clase de fenómenos sino a algunos hombres, esas criaturas pequeñas y enfermizas que pretendían destrozarla de arriba abajo.

Le encantaba estar habitada, recobraba cierta lozanía siempre que tenía nuevos inquilinos. Apreciaba a los que eran de temperamento tranquilo y la amaban tal como era, sin querer cambiar nada de su estructura. En cambio los “destructores”, que todo lo estropeaban, o los “renovadores”  que se liaban a tirar paredes a diestro y siniestro, se ganaban de inmediato todo su odio, y eso no era nada bueno.

La casa tenía dos plantas y un gran sótano: lugar donde escondía sus más sórdidos secretos, ─igual que cualquier otro edificio─ se decía cuando pensaba en ello. Allí ardía su corazón centenario junto con su colección de tesoros. Sólo de pensar en ello, hizo que el porche se curvara haciendo que el columpio se disparara de un lado al otro emitiendo incontables chirridos.

─¡Ah, la música!─ Pensó la mansión escuchando los sonidos de afuera y meneando las lámparas al compás. Alegre y peripuesta, se hallaba lista para recibir ya a sus nuevos invitados. Sin más dilación, acercó el cartel que tenía escondido entre los matorrales, que decía: “se vende”, hasta pegarlo en la verja, a la vista de todos los que pasaban. Los agentes inmobiliarios trataban de liquidarla a precio de saldo o, incluso, alquilarla, sin mucho éxito. Se la consideraba problemática, quizás porque ciertos objetos se movían a su antojo, o tal vez por los terribles sonidos que se escuchaban algunas noches. Ella se rio de los comentarios, se consideraba como cualquier otro hogar de la vecindad, ciertamente con más experiencia y un somero tufo a moho, pero sin duda moderna y funcional.

No tuvo que esperar mucho para recibir unas cuantas visitas. Se encargó personalmente de ahuyentar a los indeseables y se mostró encantadora con los demás. Sabía cómo agradar: abría puertas y ventanas hasta que el perfume del jardín lo invadía todo. Se mostraba obsequiosa con los niños y mascotas, a los que vigilaba para que no sufriesen el menor contratiempo cuando la inspeccionaban por primera vez. Amortiguaba los sonidos de las cañerías, taponaba las goteras, incluso encendía la chimenea si la temperatura así lo requería.

Al fin fue vendida. Con enorme ilusión esperó la mudanza de la nueva familia. Había hecho una sabia elección. Eran encantadores, excepto el abuelo que se iba a instalar en el sótano, su santuario. Aguantó estoicamente los días de extrema limpieza; las desinsectaciones; los cambios de grifería y a los pintores. Al fin estuvo lista para ser habitada y disfrutada en todo su esplendor. El barniz de los suelos brillaba como un espejo y la escalera fue restaurada, haciendo imposible que la casa pudiera mover los escalones, hecho que la enojó bastante. Aunque enseguida descubrió que uno de los peldaños había quedado suelto. ─¡Menudos chapuzas!─ Pensó alegremente. Le encantaba tener el control, era su territorio.

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El sótano fue alfombrado y adaptado al vejete, que siguió protestando cada día por cualquier nimiedad. El hombre daba patadas en el piso y bastonazos en las paredes intentando hacer desconchones y romper el pavimento. En una ocasión lo consiguió pero la mansión logró taponar aquel acceso a su mundo privado.  La casa disfrutaba cuando este se iba a visitar a sus amistades y podía acariciar sus posesiones enterradas en lo más profundo de sus cimientos. Harta del viejo personaje, decidió tomar cartas en el asunto: esa noche, cuando el anciano dormía, abrió un agujero en el piso y modeló unas escaleras. Despertó al anciano y entre cuchicheos y ruidillos logró atraerlo a su rincón. Rápida como el rayo, selló el suelo y encerró al vejete. Nadie volvió a saber de él. Su hija pensó que se había fugado y durante meses puso carteles por la vecindad por si alguien lo encontraba.

La casa esperó pacientemente a que solo quedara del anciano sus restos óseos, y colgó el esqueleto al lado de los demás. Esa noche escuchó a la banda del parque dar su audición mensual. Enseguida se unió a ella igual que hacía siempre: abrió varios agujeros en el subsuelo, meticulosamente estudiados, y dejó que el viento se encargara de interpretar su composición. El aire silbaba con fuerza inusitada penetrando en el santuario, empujando a los esqueletos a una frenética danza en la que entrechocaban sus huesos ininterrumpidamente. La balada alegró su alma de tierra fermentada provocando que las plantas de más arriba se movieran al terrible son. Los nuevos inquilinos, aterrorizados, asistieron a su primer concierto.

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LA CITA.- (Relato de verano)

Alguien me vigilaba. Por el rabillo del ojo vislumbré un fulgor de plata; al girar la cabeza lo vi desaparecer entre las olas. Esa fue la primera vez que advertí su presencia. Días después cuando andaba entre las rocas comencé a notar una quemazón en la nuca, como si unos ojos poderosos quisieran taladrarla. Aguanté el envite y me tragué la curiosidad, sabía que no debía volverme. Intuía que esta era la táctica que podría atraer a tan extraña y asustadiza criatura. Pasados los días de observación y de jugar a las escondidas, vino la fase siguiente: la de los regalos. He de decir que comenzó por pura casualidad, como narraré más tarde.

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Como científico especialista en biología marina, recogía muestras para mis estudios. Todos los veranos mi destino variaba, buscando nuevas costas que encerraran parajes inhóspitos y llenos de misterio, que unas veces se encontraban alejados de la civilización a cientos de kilómetros y otras, las menos, cerca de lugares habitados. En esta ocasión el escenario elegido era el litoral de un pequeño pueblo pesquero que se ubicaba entre farallones de roca, asomado a una eterna costa embravecida.

Mi casa, situada en la cima de una enorme roca, dominaba un área considerable de agua turquesa, animada de vez en cuando por racimos de pequeñas barcas envueltas en redes de pesca. Toda la costa se encontraba horadada, como una esponja, por un paraíso de cuevas socavadas por el vaivén del mar que hubieran hecho las delicias de los piratas de antaño para esconder sus tesoros. Salpicando las rocas aquí y allá aparecían pequeñas calas de arenas de oro, de difícil acceso.

Un día, sin más, empezaron los cambalaches. El primer objeto que se convirtió en regalo consistió en mi pequeña radio a pilas, eterna mascota cantarina que siempre me acompañaba para hacerme el trabajo más ameno. Dejarla olvidada en un pequeño saliente no fue para nada intencionado. Cuando la eché de menos, el atardecer pintaba de rojos y naranjas el horizonte.

A la mañana siguiente no me sorprendió que la radio hubiera desaparecido del lugar donde la había olvidado, ─algún recolector de erizos la podría haber encontrado─ pero sí lo hizo el hallar en aquella cavidad una preciosa estrella de mar, de esas que solo se encuentran mar adentro. Muy emocionado y halagado la deposité en mi bolsa para llevarla a casa y ponerla en agua de mar evitando así su muerte. Antes de dar un solo paso hacia mi hogar me volví hacia las aguas que lamían aquellas rocas y exclamé haciendo bocina con las manos: ¡Gracias por la estrella, me ha gustado mucho!

Caminando de regreso medité sobre aquel nuevo giro que había dado la relación. Entendí que si yo dejaba uno de mis objetos, a cambio tendría uno de los suyos. Noté, más fuerte que nunca, la quemazón de la nuca. Mi amiga estaba muy cerca.

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Los días se sucedieron velozmente. Cada tarde colocaba alguna chuchería en la repisa rocosa que, a modo de buzón, nos comunicaba el uno con el otro. De este modo comencé por dejar un ramillete de flores silvestres; le siguió un espejito lacado en mil colores; después un libro de versos; más tarde una diadema de zarcillos rojos…una pulsera, un collar y  mil trastos más que ya no recuerdo.

El cambalache me transformó en el dueño de anémonas de colores; blancos corales; esponjas de variados tamaños y pequeños crustáceos. Una de las veces me dejó una medusa, de unos 50 centímetros, balanceándose en una cesta de algas, el espécimen más preciado por su rareza recolectado en esta costa.

Me volví más audaz y empecé a dejar notas con las siguientes preguntas. “¿Te gustan los libros?”,  “¿Cómo te llamas?”-Para mi asombro, los mensajes fueron contestados: “Sí, me gustan mucho ¿y a ti?”, “Mi nombre es Mar ¿y el tuyo?”.

Después de un sinfín de misivas, la confianza se entretejió en la relación, atreviéndome a enviar la siguiente nota: “¡Me encantaría conocerte!… Elige el sitio y el momento, tú decides… – acompañé el escrito con un carísimo regalo: un vaporoso vestido rosa y una cinta para el pelo –

La respuesta no se hizo esperar: – “¡Yo también estoy deseando verte!  Cuando haya oscurecido, sigue el camino de las antorchas por la playa de Levante. Te invito a cenar”.

¡Una cena! Con la criatura que me tenía obsesionado y a la que comenzaba a profesar algo más que admiración. Releí la misiva varias veces para asegurarme de que había entendido la nota. A la par que la felicidad me embargaba apareció un miedo súbito a meterme en un lío de graves consecuencias: ¿Y si la nota no era de mi “amada” sino de algún novio celoso, hermano o padre dispuesto a darme una lección? Las gentes de por allá eran bastante amables pero cerradas para con los suyos. Durante unas horas no supe qué hacer, si ir o quedarme en casa. Al fin decidí arriesgarme, la dicha de conocer al fin a mi adorada me tenía en un sinvivir.

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Cuando el sol se puso, comencé a distinguir pequeñas luces parpadeantes, diseminadas en la playa de Levante. La marea había bajado considerablemente y con el último resplandor del día pude observar una enorme extensión de arena. Me convencí de que quienquiera que me esperaba no quería causarme ningún daño sino que se sentía tan emocionada como yo. Me encaminé hacia los destellos luminosos. Un sendero de diminutas hogueras me condujo a la entrada de una gigantesca y centelleante gruta que había quedado al descubierto en la pleamar. Un agradable fuego bailaba en el centro de la misma; el resplandor se reflejaba en las paredes de la cueva que relucían igual que un espejo.

Allí estaba ella. Casi como la había imaginado, una criatura soberbia y misteriosa.

─¡Hola Alberto, al fin te conozco!

El roce de sus labios en los míos, su olor a algas me dejaron completamente a su merced.

─¡Hola Mar! Eres mucho más bella de lo que jamás pude imaginar– Fue todo lo que pude articular paralizado por la sorpresa. Me sentó a su lado. Una roca, que hacía las veces de mesa, exponía a modo de escaparate, toda clase de ricos frutos marinos: erizos, gambas; ensaladas de exóticas algas; cangrejos; ostras. Comí con gran apetito al igual que mi anfitriona, acompañando a las ricas viandas un elixir de sabor exótico, que llenaba el paladar de sueños de agua y sal.

Radiante en su seda rosa se acercó hasta que quedamos tan juntos que no se sabía donde acababa el uno y comenzaba el otro. La muchacha resplandecía como una joya. Su cabello irisado caía en ondas por su espalda. Su soberbia y sinuosa silueta se movía al compás de una dulce melodía que entonaba con sus preciosos labios entreabiertos. Su figura se pegó a la mía. Sus manos, suaves y aterciopeladas recorrieron mi cuerpo tensándolo con caricias, en un juego de templar y enfebrecer que me volvió loco de pasión.

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Perdí la noción del tiempo y del espacio. Me uní  a ella una y mil veces aquella inolvidable noche, extraviado entre su olor de algas y sus besos de brisa. Las palabras de amor flotaban en mi mente, unas susurradas, otras insinuadas. Había música en cada hueco de su cuerpo, en cada curva de sus senos y caderas. Era tan bella que parecía un sueño, alguien totalmente irreal.

La noche terminó diluyéndose entre los dedos de luz que rasgaban el velo de las tinieblas. Con gran pesar la acompañé a la orilla de la playa. Me incliné sobre las olas para alcanzar a oír sus postreras palabras:  ─¡Vendré a buscarte, amor mío, la próxima luna llena!– Y se alejó de mí con un último y apasionado beso. Pude ver el reflejo de las escamas de su cola mientras se perdía en la bruma del amanecer.

María Teresa Echeverría Sánchez

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UNA MASCOTA DIABÓLICA.-

Noté cómo su corazón se paraba y dejé de apretar el cuello. La ofuscación que me había poseído segundos antes, se evaporó de inmediato al ver el cuerpo del ave desmadejado, yerto, ya sin vida. No sentí la alegría y el alivio que estuve imaginando durante tantas jornadas, sino un vacío y una culpabilidad sin límites. Mis dedos se movieron acariciando aquel plumaje fuera de serie, tan odiado como precioso. A la par, cientos de imágenes de mi vida, compartida con aquel plumífero, pasaron por mi cabeza con pasmosa velocidad.

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El año pasado tuve una época en la que me sentía terriblemente solo, como si el mundo estuviera lejos de mi alcance. Decidí comprar una mascota para aliviar la orfandad de compañía y comencé a visitar tiendas de animales. Pensé en adoptar un perro, lo descarté enseguida, tan escrupuloso como soy, odiaba tener que limpiar sus pelos y cacas; lo mismo hice con los gatos y roedores; quedaron pues, arácnidos, peces y pájaros. En una de las tiendas, al exponer mis dudas en voz alta, enseguida me ayudaron a disipar los titubeos enseñándome el ave más hermosa que jamás viera: un loro de tamaño gigantesco que me dejaron a mitad de precio, además de regalarme la jaula, comida para dos meses y unos cuantos artilugios para que el animal se sintiera feliz y contento allá donde fuera. Lo cierto es que no me dejaron tiempo ni para pensarlo; en menos de diez minutos estaba fuera del establecimiento con mi nuevo compañero, amén del equipo para su supervivencia.

Durante los primeros días se comportó como todos los pájaros, comiendo y bebiendo, aunque a veces le pillaba observándome fijamente, como si me estuviera estudiando a conciencia. Unas jornadas después se escapó de la jaula y anduvo por la casa posándose donde quiso y cagándose en los lugares que le parecían bien. No tuve que perseguirle y darle caza para que retornara a su jaula, sino que volvió a la misma voluntariamente, ya harto de juguetear por los rincones. Se mostraba extremadamente silencioso para ser un loro ─en la tienda no paraba de silbar y repetir algunas palabras─ y entornaba los ojos, echando miradas de malicia hacia mi persona. Parecía odiarme de veras.

Las escapadas continuaron y cuando regresaba a casa me encontraba la ropa de los cajones tirada por el suelo. Aunque me daba rabia tener que lavar y colocar todo aquello, todavía me admiraba más la destreza del plumífero en abrir y cerrar los cajones. Cambié la cerradura de la jaula. No sirvió de nada, ni tampoco el candado que le puse. Con el pico y las uñas era capaz de abrir los artilugios en un abrir y cerrar de ojos. Y comenzó el martirio. Una madrugada, sobre las dos, imitó el sonido del despertador, luego repitió la gracia a las cuatro y a las seis. Cuando me levanté estaba tan cansado que me costó llegar al trabajo una barbaridad. Estas acciones las repetía cuando le daba la gana. Me cambié de cuarto, atrancando la puerta: el loro se las ingeniaba para abrir una ranura por donde colarse dentro.

A sus muchas fechorías, ─a esas alturas tenía el salón medio destrozado: los cojines reventados, las estanterías desvencijadas, los libros picoteados y los adornos rotos─ añadió la de cagarse en mi comida. Esperaba la ocasión idónea escondido debajo de una silla o detrás de una cortina, en el más absoluto silencio, y cuando me disponía a servirme un plato de sopa o un bistec, aparecía de súbito llenándome el plato de cacas o tirándolo al suelo.

Intenté devolverlo a la tienda, pero no lo admitieron de vuelta, no lo querían ni regalado. Consulté a varios especialistas sobre el tema; todos sus consejos no sirvieron de nada. Pensé en donarlo a un centro de animales exóticos, y a punto estuve, de no ser por el comportamiento demencial que exhibió el día que le llevé: picó y atacó con saña a todos los empleados.

Ningún conocido quería cuidarlo durante un fin de semana o unos pocos días, por lo que mis vacaciones debía pasarlas donde fuera, acompañado de la diabólica criatura. Gritaba y chillaba imitando las voces de una mujer o un niño, según le apetecía, pidiendo socorro. Durábamos poco en cualquier camping u hotel. Siempre estaba vigilándome, acosándome. Pensé que me iba a volver loco.

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Esta noche me ha arrojado un pisapapeles a la cabeza, con la clara intención de machacarme y este hecho ha sido la gota que colma el vaso. He acechado sus movimientos desde un armario donde me he escondido. Cosa rara, no se ha dado cuenta. Le he visto posarse en el brazo del sofá, su lugar favorito, y se ha quedado dormido. He tardado más de treinta minutos en acercarme a él sin emitir el menor sonido y lo he estrangulado. El fino cuello ha crujido entre mis dedos. Soy libre al fin, pero el precio es demasiado alto porque me invade la pena. Una cosa es cierta, en este periodo de tiempo no he pensado en la soledad ni una sola vez, y ahora ha vuelto mezclada con culpabilidad.

Por increíble que parezca el loro no ha muerto. Creí haberlo estrangulado pero mientras pensaba, perdido en mil recuerdos, le he estado acariciando el pecho, o sea, que le he hecho un masaje cardíaco en toda regla. Ha vuelto en sí y al abrir los ojos he visto en ellos algo que antes no estaba, una mirada de amabilidad, de puro agradecimiento por la nueva oportunidad. No parecía el mismo, aunque su plumaje turquesa brillaba igual que siempre.

Durante unos días se ha mostrado sumiso y silencioso, saludándome con vaivenes de la testa cuando me acercaba a su jaula. Hoy ha salido de la jaula y me ha traído las zapatillas, primero una y luego la otra, emitiendo unos alegres ladridos. Luego se ha sentado a mi lado y ha estado dándome conversación durante unos minutos, antes de que empezara mi serie favorita. Tendré que acostumbrarme a su nueva faceta. Este pájaro es una caja de sorpresas. Me alegro, al fin, de no estar solo.

LA ASTUTA SIRENA- (Relato de verano).-


La sirena se encontraba, al igual que cada tarde, aposentada en la gran roca de la ensenada, ese escondido rincón que muy pocos conocían.

Pasaba con mimo su peine de plata por su abundante cabellera, cadenciosamente, entreteniéndose en cada pase y sacudiendo con coquetería la cascada de oro que le llegaba hasta la cintura.

Se sabía observada desde hacía unas cuantas jornadas. No necesitaba volverse para ver a sus anchas al insigne espectador: a través de su espejo de nácar le vio una vez más, allí, quieto, casi sin respirar por temor a espantarla. Cerró sus ojos de pez y se dejó embriagar por el denso perfume que le traía la brisa: olía a juventud y a sangre caliente. Sonrió pensando en él.

El muchacho se había vuelto más audaz. Al principio mantuvo las distancias, no quería que aquella bellísima visión desapareciera repentinamente por haberse mostrado impaciente. En días sucesivos había ido variando su escondite, cada vez más cercano a la abrupta plataforma que surgía como un diente enorme en una boca de mar hirviente.

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La sirena movió su cola de pez a un lado y al otro de la piedra, haciendo que las escamas que la recubrían fulguraran igual que gotas de plata, hipnotizando la mirada del joven que ese atardecer estaba muy cerca. Inspiró varias veces llena de dicha y, al fin,  fue al encuentro de su admirador. Se sumergió en el agua despacio y buceó hasta alcanzar el escondite del joven.

El muchacho, al verla desaparecer tan de improviso, salió de su escondrijo y muy alarmado se dirigió a la orilla del acantilado para escrutar las rompientes llenas de espuma.

La sirena tomó impulso y saltó fuera del agua aleteando elegantemente: quedó suspendida por unos segundos en la superficie de oro líquido del crepúsculo, justo para ver reflejado en el rostro del adolescente los gestos de sorpresa, alegría y terror, antes de atraparlo por el cuello con su poderosa mandíbula. Lo arrastró al lecho marino, a su territorio. Cuando llegó a la cueva el joven ya no oponía ninguna resistencia. Tuvo una cena opípara aquella noche. Colocó el esqueleto junto a su larga colección de osamentas, las que correspondían a sus preferidos, a los más amados. Con sus preciosos dedos terminados en uñas retráctiles, acarició los cráneos de los que componían su tesoro. Estos emitieron sonidos huecos y oscuros, música que la hizo danzar hasta el amanecer.

María Teresa Echeverría Sánchez. (novelas, relatos, cuentos)


EL AMIGO DEL BOSQUE –

1.- EL AMIGO DEL BOSQUE.-  (Narración incluida en el libro CUENTOS DE JENJIBRE Y TURRÓN de Amazon, versión kindle y en libro).

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La última semana de noviembre llegó revestida de frío invernal. Hilachas de viento traían aparejados remolinos de nieve y hielo. Las cumbres se despertaron con un gorro de merengue helado. Al alba el bosque se estremeció de terror, habían llegado los taladores. El sonido de sus motosierras se extendió por la floresta.

El primero en caer fue el árbol más alto y majestuoso del collado. Su color verde refulgió como escarcha esmeralda cuando se precipitó hacia el suelo. Ese ejemplar único adornaría la plaza del pueblo en las fiestas que se avecinaban. A éste le siguieron muchos más, de todos los tamaños y formas, hasta que los camiones estuvieron bien cargados. Cuando el sol comenzó a ascender en el horizonte, los vehículos se movilizaron hacia la ciudad. Mientras, el bosque dio un hondo suspiro de alivio.

Los abetos murmuraron despedidas en el viento por los amigos que habían perdido. Poco a poco movieron sus raíces y se arremolinaron en torno a un pequeño montículo. Había que proteger al nuevo rey de la colina. Las ramas se entrelazaron formando una pared vegetal. El viento sopló travieso dejando al descubierto a un abeto diminuto de hojas de oro. Su padre, antes de caer, había sacudido sus ramas de nieve, enterrando al arbolito para que no pereciera. El pequeño gimió como lo hacen los abetos, moviendo sus ramitas de un lado al otro. La tristeza invadió su corazón de corteza y paró su crecimiento. Decidió secarse. No quería ser mayor para ser talado. ¡Echaba tanto de menos la compañía de su padre! El bosque susurró melodías de sosiego para tranquilizarlo, y al fin se durmió.

Jaime se despertó temprano, un estruendo en la lejanía lo sacó de la cama. Era sábado y no era día de trabajo. Su familia dormiría unas cuantas horas más. Asomó la nariz por la ventana y aspiró el aroma gélido del otoño. Observó el manto nacarado de la primera nevada. Una sonrisa se columpió en los labios. Iría al monte para hacer un enorme muñeco de nieve. Desayunó a toda prisa. Se abrigó a conciencia. A sus once años sabía de sobra como el viento serrano se podía colar entre los pliegues de la ropa y regalarle un buen resfriado. Tomando el trineo y la mochila salió hacia la colina.

Durante la ascensión comenzó a divisar tocones de árboles cortados. La ladera se percibía llena de huecos. Sacudió la cabeza con tristeza. Eligió un calvero para empezar su trabajo con la nieve. Algo le distrajo de su labor. Un voluminoso insecto se posó en su guante. El chaval lo estudió con detenimiento: era transparente como el cristal. En la cabeza portaba un diminuto gorro verde del que sobresalía un rojo flequillo. El bicho le habló con una vocecita chillona: ─¡Sígueme! ¡Te necesitamos!─. El chico, asustado, se quedó paralizado durante unos segundos, los suficientes para entrever una gran procesión de alados de cristal indicándole el camino.

Jaime culminó su ascensión. Un círculo de árboles fuertemente entrelazados coronaba la colina. Los seres de escarcha atravesaron la pared vegetal invitando al chico a que hiciera lo mismo. Le costó encontrar un hueco entre la prieta espesura. Al cruzar, por fin lo vio. Un arbolito de apenas un palmo de alto, todo oro y sol, tiritaba aterrorizado: ─¡No me hagas daño!─. Lloró el abeto. El chaval se sentó a su lado: ─¡Tranquilo, no te haré nada!─. Acarició las hojas del ejemplar suavemente hasta que se calmó. Cantó canciones y hablaron largamente hasta que las risas y la complicidad unieron a ambos. El abeto de oro, al fin feliz, creció un palmo.

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Las mariposas de escarcha se posaron en torno al chico, entablando una conversación: ─Gracias por la ayuda. Ya te puedes ir, nosotras cuidaremos del bosque─. Jaime respondió: ─Por lo que he visto allá abajo, no lo habéis hecho muy bien. ¡Tendríais que cambiar de métodos!─. Juntaron las cabezas, tocadas con gorros de colores, para conversar entre ellas y después le preguntaron: ─¿Y qué sugieres tú, humano? Ten en cuenta que no podemos atacar ni hacer daño a las personas─. El chico reflexionó unos instantes antes de contestar: ─¿No podríais alterar su percepción? Hacer que encuentren ciertas zonas desagradables… Confundirlos un poco─. Los entes de hielo movieron los flequillos en señal de aprobación: ─¡Eso haremos! Ahora vete y borraremos este lugar de tu memoria para mantener este lugar escondido─. La voz del arbolito de oro sonó enfadada: ─¡Ni hablar! ¡Es mi amigo y siempre será bien recibido en el círculo del bosque!─. Las mariposas respetuosas, sin rechistar, acataron la orden del rey de la colina. Jaime volvió a visitarle la jornada siguiente y muchos días más.

Llegó Navidad y Papá Noel hizo su incursión durante la noche en todas las casas del pueblo. Jaime alborozado encontró muchos regalos al pie del árbol de Noel. Halló la lista completa de lo pedido en su carta a Santa, y cargó el trineo con parte de aquellos presentes. Cuando llegó al círculo de piceas vació los sacos, esparciendo agujas y cortezas de pino alrededor del arbolito para protegerlo de las ventiscas. El abeto, de pura alegría, aumentó su tamaño unos cuantos centímetros y le mostró una minúscula piña dorada que había creado: ─Es para ti, ¡Feliz Navidad!

Pasaron los años y los amigos crecieron al unísono. La venta de las piñas que Jaime fue recibiendo del arbolito, le permitió ir a la universidad y estudiar medicina. El abeto alcanzó una altura gigantesca, comparable a su sabiduría de Señor del bosque. Ambos compartían vivencias y consejos en horas y horas de charlas, de silencios y de risas. El tiempo no empañó una amistad que surgió cuando eran simples aprendices de la vida, sino que la hizo más fuerte y profunda.

La montaña volvió a recuperar su manto esmeralda de piceas. Nadie sabía qué se escondía en la cima de la colina porque, en el instante que alguien decidía ir a investigar, a los pocos minutos de comenzar la ascensión, olvidaba su propósito. Y cuando eso sucedía se escuchaban en el eco del valle unas carcajadas de escarcha y cristal. FIN.

ArbolDorado


Felices Fiestas. María Teresa Echeverría Sánchez.

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