Relato costumbrista

OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


Novelas para vivir cien vidas:

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El rincón de las violetas.- (Relato sensorial).

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Desde que era una niña, su sueño más preciado había sido poseer un restaurante. Atrás habían quedado los años de duro y pesado trabajo en la fábrica de papel. Se miró las manos y pudo observar las cicatrices dibujadas profundamente entre sus dedos, en el dorso y en las palmas, con relieves de montañas, valles y lechos secos de ríos, igual que un mapa, el de una azarosa vida.

La cizalla a punto había estado de amputarle varios dedos un día, en la cadena de montaje. Pero eso ya había pasado, quizá en otra vida.

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A través de la ventana, divisó el huerto que se hallaba en todo su esplendor. No era muy grande, pero sí suficiente para recolectar cada día varios de los ingredientes con los que hacía el menú. Vio algunos tomates, ya rojos y brillantes, esperando pacientemente a ser cosechados. Echó un último vistazo al comedor, antes de aventurarse por el pequeño vergel: solo quedaban dos comensales por servir y su hija se encargaba de ellos. Salió al exterior. El aroma de los cultivos la envolvió de inmediato con su denso perfume. En su cesta de mimbre fue reuniendo salvia, menta, pepinos, judías verdes y una gran cantidad de tomates. Mientras realizaba tan agradable tarea, su mente se internó en el valle de los recuerdos, hacia aquellos tristes días de su infancia. Evocó el rostro de su madre, tan querido como pálido en su mortaja, tan frío que parecía de piedra. Su memoria de niña huérfana también le trajo el tacto de esas manos heladas, siempre llenas de caricias, las mismas que le habían preparado primorosos dulces en la lumbre de leña. Desde entonces, había caminado con la pena enganchada en el alma, resplandor de sombras que se asomaba a su mirada, justo hasta el instante en que su hija vino al mundo. La sonrisa, esa gran ausente de sus días, había prendido en los labios mientras acunaba a su bebé. Y luego trabajar, siempre trabajar hasta que, al fin, su suerte había cambiado.

Evocó el instante en el que todo se precipitó: un día comprando en la carnicería ─cosa que hacía muy de tarde en tarde, debido al alto precio de las viandas─ leyó el siguiente anuncio: “Urge vender restaurante en las afueras, zona fluvial. Muy económico. Consultar precio”. La foto, aunque en blanco y negro, reflejaba una pequeña casita que crecía, emulando a una seta, en una minúscula isla, chapoteando justo en el centro de un lago. Un puente encantador de cuento de hadas, construido con madera y enredaderas de glicinias, conectaba el negocio con el camino. Unas cuantas barquichuelas, salpicando el embalse, habían quedado atrapadas en la imagen.

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El corazón tamborileó de emoción con eco de campanas ante la evocadora imagen. La costó decidirse a llamar para concertar una visita, no quería molestar al propietario teniendo tan pocos ahorros que ofrecer. Pero pudieron más las ganas de salir de la rutina miserable que el miedo al cambio. De ese fantástico día recordaba el viaje en el tren hasta llegar al lugar. La primavera lucía en todo su esplendor después de semanas de lluvias y la naturaleza vestía su mejor traje de verdor. Quedó extasiada nada más contemplar el apacible rincón donde una casita de albura resplandeciente descollaba entre el esmeralda de los árboles. El restaurante resultó justo lo que prometía en la foto: coqueto a la par que diminuto. En su interior apenas cabían seis mesas para comensales, pero el exterior era especial: presentaba un enorme emparrado con suelo de césped, que daba entrada a un huerto un tanto descuidado. Suspiró llena de alegría: el lugar era tal y como lo había imaginado, ¡Maravilloso!

Las negociaciones no fueron largas, aunque difíciles, tuvo que luchar por una buena rebaja. El sitio estaba bastante alejado de rutas conocidas y, además, si no conseguía un buen coste no podría hacer frente a los primeros meses de hipoteca. Lo tenía todo estudiado y calculado hasta el más nimio detalle. Al final consiguió el precio que le parecía justo. El dueño tenía prisa por deshacerse de él, no le había sido rentable.

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Invirtiendo todos sus ahorros en el nuevo negocio, y añadiendo gigantescas dosis de coraje y ganas de luchar que llevaba atesorando en su alma desde hacía décadas, había conseguido su objetivo. Compró una gran variedad de semillas para plantar un huerto, también se hizo con algunas gallinas, conejos y codornices. Pintó la casita en tonos malvas, acorde con el entorno florido que la rodeaba ¡Su hija la había ayudado tanto en tan pesadas labores! Aún lo hacía compartiendo penas y alegrías, era una suerte tenerla a su lado.

Juntas, madre e hija, en su afán de promover el novedoso establecimiento, se exprimieron el cerebro persiguiendo una receta que fuera única y atrajera a los clientes. Buscaban algo sencillo, que en su simpleza llevara la esencia de ese lugar privilegiado, mezcla de perfume, sol y tierra. ¡Y vaya si lo encontraron!

El tesoro culinario no se hizo esperar. Las ponedoras hicieron su trabajo. Huevos frescos, morenos y enormes fueron los primeros ingredientes de tan preciosa fórmula; después la manteca, harina, leche, azúcar, sal y nuez moscada; y por último, el elemento esencial, el que resultaba ser el alma de tan suculento plato: la humilde violeta.

sufle de violetas

A partir del mes de marzo, todo el terreno que alcanzaba la vista se tornaba azul, debido a la enorme cantidad de violetas que alfombraban el suelo. Recogieron un número incalculable de ellas: unas las secaron y pulverizaron. Otras fueron caramelizadas para adornar el suculento suflé. Y el resto quedó en la despensa para ser utilizado durante los meses que había que esperar para una nueva floración. Sus ropas, la piel e incluso el cabello se embebieron del pegajoso perfume. Aunque no les importó demasiado puesto que la fama de aquella exquisita receta alcanzó pronto los contornos. Cada cucharada del dulce de violetas se deshacía en la boca, liberando una untuosa mezcla con aroma de primavera. De inmediato, la felicidad afloraba en la mirada de aquellos que probaban tan singular platillo. Por unos minutos, los que duraba la porción de suflé, los comensales olvidaban sus problemas y volaban lejos, muy lejos de allí, a esos rincones ocultos que poseen las almas soñadoras, envueltos en singulares perfumes de violetas y azahar.

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Semanas después de la inauguración, la notoriedad del lugar se incluyó en las rutas gastronómicas más importantes. Era tan sugestivo aquel festín para los sentidos, concentrado en cada cucharada de suflé, que creaba adición, resultando una pócima singular para la apatía y la depresión. Enseguida una cadena de restaurantes, enterados de tan sugestivo invento, les ofreció a madre e hija grandes sumas por la receta y el negocio. Era inaceptable para ellos que unas advenedizas les disputaran un buen bocado de las ganancias. Había que borrar aquel punto del mapa gastronómico.

Las mujeres no aceptaron el trato ni las sugerencias de abrir sucursales en distintos puntos del país. Tampoco hicieron reformas para agrandar el espacio del negocio que atendían. Era suficiente para ellas dos. No querían estropear el ambiente mágico que allí se respiraba. Poseían el mejor regalo de la vida: un sueño hecho realidad. Eran dueñas de su propio restaurante y en un entorno excepcional.

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En aquellos momentos de la tarde, sentadas bajo el emparrado, vieron los últimos reflejos del sol, cual confín de bronce, perderse en las aguas que se habían tornado oscuras. El olor de madreselva y mimosas las envolvieron mientras, sentadas en sendos sillones de mimbre, saboreaban una última porción de suflé de violetas. Entre ensoñaciones de nácar y canela, las sorprendió la luna.

María Teresa Echeverría Sánchez


RELATO VENECIANO – (Incluido en “Relatos inquietantes de la nube”).-

Historia incluida en le libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE (Amazon) en versión para kindle y en libro de papel.

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“Algunos sostienen que la palabra VENETIA significa VENI ETIAM, es decir, vuelve una y otra vez, porque por muchas veces que vengas a esta ciudad, siempre verás nuevas cosas y nuevas bellezas” (Jacopo DÁntonio Sansovino)

RELATO VENECIANO.- (“Relatos inquietantes de la nube” – de venta en Amazon)

Había llegado el momento de la gran elección. Acabada mi carrera de arte ahora tenía que decidir el tema de mi tesis.

De todas las asignaturas que cursé, la que me había producido una especial fascinación durante los años que la investigué, fue sin duda la pintura, lo cual reducía el campo de estudio considerablemente; ahora tenía que elegir un pintor o un tema, incluso un cuadro para centrar en el mismo mi riguroso estudio.

Andaba fascinada por las pinturas de la escuela veneciana, pero no me decidía por ninguna obra concreta de Tintoretto, Tiziano o Veronés. Me atraía sutilmente Catena con sus cuadros de hermosas mujeres retratadas con etérea delicadeza y lujo, pero quería otro enfoque. Tal vez algo de tipo mitológico o incluso religioso. Necesitaba tiempo para meditarlo tranquilamente.

Comenté mis dudas en casa, una noche cenando la familia al completo; mis hijos y mi marido estuvieron de acuerdo que lo mejor que podía hacer, sin lugar a dudas, era pasar unos días en Venecia. Me encantó la idea y sobre todo que surgiera de ellos, así tan espontánea; sin pensarlo dos veces, decidí realizarlo cuanto antes.

En la agencia de viajes del barrio me encontraron billete para salir de inmediato. En dos días, me encontré volando con rumbo a la ciudad de las góndolas y los canales.

En el avión me dio tiempo a reflexionar sobre lo que había sido mi vida hasta este momento. Me vino a la memoria mis tiempos de secretaría antes de tener a mis hijos; mis años de mamá oca dedicada exclusivamente a educar y disfrutar de mis niños gemelos; luego mi etapa de estudiante ya entradita en años; lo difícil que me había resultado adaptarme a la universidad, sobre todo al principio, pero luego lo gratificante que fue aprender cosas nuevas, volver a estudiar, a hincar codos otra vez igual que cuando era adolescente; y sobre todo ver el orgullo en la mirada de los míos, cada vez que aprobaba un examen o les servía de guía en alguna de nuestras excursiones.

Por fin llegué a mi destino. Un transporte del hotel me esperaba y sin más llegué a mi residencia en el barrio de la “Accademia”. Dejé mi maleta y de inmediato me sumergí en las calles de la que iba a ser, por una temporada, mi nueva ciudad.

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No había visitado nunca este esplendoroso lugar. El encanto flotaba como una neblina enroscándose en cada rincón. Había oído decir que la Serenísima era una ciudad museo o también se la definía como un tentador escaparate de caprichos carísimos. Nada más lejos de lo que sentí recorriendo sus calles, algunas con solitarias plazas donde los pozos labrados de antaño todavía coexistían con modernas canalizaciones de agua; paseando por sus numerosos puentes veía pasar las góndolas, tranquilas, reflejándose en las verdes aguas de los canales que atrapaban en sus aguas una luz especial. Recordé una frase de Nietzsche que traducía en aquel instante mi visión de la ciudad: “Cien profundas soledades forman juntas la ciudad de Venecia, ésa es su magia”.

Perdida entre los pliegues de la Divina, desemboqué en una estrecha calleja atestada de gente que literalmente me llevaba, me resultaba incluso difícil detenerme para admirar los escaparates de máscaras, maravillosamente trabajadas en vivo y en directo por los artesanos, o los bordados de Burano, tan tenues y elegantes. El cristal de Murano de lámparas y figuras multiplicaba las chispas de luz, transformando las vitrinas en joyas irisadas. Embrujada por tanto encanto me detuve ante un escaparate de divinas máscaras y allí quedé con la nariz pegada al cristal admirando cada centímetro de lo expuesto, ajena al ajetreo de la zona.

            Repentinamente alguien me asió del brazo, arrastrándome con fuerza sobrehumana al interior de una de las tiendas. Me volví furiosa dispuesta a encararme con mi agresor, para encontrarme con un vejete de cara afable que me dijo entre susurros de misterio:

           —Señora, ya tengo su máscara terminada ¡Pase y pruébesela!

           —Pero yo no he encargado ninguna… ¡Eh! ¿Pero qué hace?

El anciano volvió a cogerme del brazo y me llevó a la trastienda. Para ser tan mayor tenía una fuerza sobrehumana. La protesta quedó congelada en mis labios al contemplar los increíbles antifaces que yacían esparcidos por las estanterías. El eficiente viejo trasteaba entre los rincones en busca de lo que me quería vender a toda costa. En unos segundos me encontré con una máscara atada a la cabeza y admirando el resultado frente a un espejo.

La carátula, en negro y oro y de apariencia felina, se adaptaba a mi cara como un guante; piedras preciosas ribeteaban las ranuras para los ojos. El acabado era impecable y poseía una apariencia de ser una pieza única, parecía muy antigua.

          —¡Es preciosa! Resulta muy cómoda de llevar, pero le repito que no he hecho ningún encargo.

          —Usted misma no, pero su tía vino hace unos días a pedirla expresamente para que estuviera lista para hoy.

mascara

Sin quitarme la máscara me volví a replicarle; el hombre había cambiado su ropa por un disfraz, o eso me pareció… al mirar hacia la tienda descubrí a otros personajes vestidos con trajes arcaicos que deambulaban entre los objetos de artesanía, probándose tocados y revolviendo el género. Confusa y asustada me quité la máscara y se la devolví al artesano. La gente de alrededor seguía allí pero, increíblemente, había recobrado su aspecto más moderno, el de nuestro tiempo. Un vahído se apoderó de mis sentidos. Me apoyé contra una de las estanterías hasta que el malestar pasó. Cuando abrí los ojos, todavía aturdida por la extraña visión, el anciano me colocó un envoltorio en las manos.

          — ¡Tenga su paquete, señora, y que la disfrute!

No sabiendo muy bien como encajar todo aquello, seguí paseando por callejuelas encantadoras, con mi bolsa de la mano, intentando quitarme el regusto de temor y sorpresa que el incidente me había producido.

En los escaparates, la pasta italiana se mostraba de todos los colores del arco iris, de grosores y tamaños inigualables. A la vista de tan suculento manjar, comenzó a entrarme hambre; compré una porción de pizza y una botella de agua y sentada sobre un puentecillo, di buena cuenta de tan exquisito banquete.

Me dirigí a la parada más próxima del “vaporetto”, la línea de barquitos que servían de autobuses acuáticos y que recorrían la ciudad y las islas cercanas. Compré un bono para varios viajes, resultaba más barato que pagarlos uno a uno, y me subí en el primero que llegó, comenzando así mi travesía por el Gran Canal.

Palacios con pies de agua se extendían pegados los unos a los otros, formando como alguien dijo “la calle más hermosa del mundo”. Los más antiguos se remontaban al siglo XIII, con detalles bizantinos, luego estaban los de estilo gótico como el que pasaba en ese instante delante de mí, ”Ca d’ Oro” con sus arcos entrelazados igual que un gigantesco encaje de bolillos. Las entradas de los edificios se encontraban por la parte del canal, rivalizando en ostentación y en algunos casos decrepitud y abandono. Recordando la última información que había leído sobre la ciudad y desplegando mi plano, encontré algunos edificios muy curiosos envueltos en leyendas negras. Uno de ellos enseguida lo ubiqué, se trataba de la “Casa Asesina” envuelta en mil leyendas que invariablemente siempre acabaron con la muerte de todos los dueños que la habían poseído. Había sido adquirida hacía poco tiempo, otro nuevo dueño intentaba romper la maldición ¡Pobre! ¡Lo que le esperaba! En el paisaje que contemplaba en esos instantes aparecieron los palacios del siglo XVI con la impronta renacentista y los edificios barrocos de una opulencia sin precedentes.

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Miré mi paquete, lo había guardado en una bolsa plegable y lo saqué para tantearlo. No me atrevía a abrirlo. Con los dedos seguí el contorno del objeto que se hallaba en su interior. No me quedaron dudas al respecto ¡Era una máscara! ¡La misma que alguien había encargado en mi nombre!

Volví a guardar el envoltorio. Su tacto me producía sentimientos encontrados de temor y atracción. Ya decidiría qué hacer con ella más adelante y seguí disfrutando de mi paseo. Después de un buen rato de navegar y observar el entorno con un enfoque de turista maravillada, llegué a la Plaza de San Marcos. Una emoción incontenible hizo que mis ojos se empañaran al punto del llanto.

La basílica con sus cinco cúpulas bizantinas, hermosa y orgullosa de sentirse especial, se mostraba ante mí con su exquisito vestido de oro y mármol.  El sepulcro de San Marcos descansaba rodeado de los elementos más lujosos que jamás hubiera imaginado, vigilado por las innumerables pinturas religiosas que lo bordeaban.

Cuando salía de allí me tropecé con un hombre que casi me tira al suelo; me pidió un montón de disculpas en italiano. Yo le contesté en español y enseguida entablamos conversación.

            —¡Qué bien habla el castellano!

            —Estuve un año trabajando allá, en su patria

            —¿Le gusta esto?

           —¡Por supuesto! Pero curiosamente “callejear” es con lo que más disfruto, imaginando cómo era la ciudad en su época más esplendorosa. Encontrando esos rincones que apenas visitamos los turistas y que son los que guardan la esencia del pasado.

           —Puedo acompañarla a lugares escondidos con una historia pintoresca que solo conocemos los de aquí, y después cenar juntos y así le puedo mostrar… mi pequeño palacio.

           —¡No, gracias! Prefiero descubrir los secretos de Venecia por mí misma.

          —Una dama tan gentil no debería ir sola por ahí. Permítame ser su guía mientras esté aquí. Estoy muy interesado en conocerla más…a fondo.

Decliné amablemente su oferta varias veces. Ya me marchaba cuando me ofreció una rosa que llevaba prendida en la solapa intentando impresionarme. El hombre se conducía de forma muy empalagosa. Lo cierto es que poseía un porte muy atractivo, alto, moreno, de ojos oscuros, el típico “amante latino” que, sin lugar a dudas, tenía mucho éxito con las extranjeras, un pequeño Casanova acostumbrado a llevarse a su lecho de seda oscura a toda la que se le ponía al alcance. Allí se quedó buscando una nueva presa.

Resultaba halagador que “todavía” siguiera recibiendo ciertas ofertas. Con una sonrisa en los labios subí al Campanile, donde pude disfrutar de una impresionante vista de la ciudad; luego vino la visita obligada al Palacio Ducal, el puente de los Suspiros, por el que los condenados se despedían del cielo y el mar con un último suspiro antes de ir a las mazmorras, lugar en el que estuvo cautivo el siempre recordado Casanova. Me fijé sobre todo en las magníficas pinturas de Tintoretto, decorando salas y techos.

Agotada y desfallecida, decidí volver al hotel. El día siguiente iba a ser decisivo en mi elección, cuando inspeccionara por primera vez el Museo de la Accademia. Al ser gratuito, podía visitarlo tantas veces como quisiera y estudiar detenidamente las obras que llevaba en mi guía cuidadosamente seleccionadas. Una de ellas sería la elegida.

La mañana llegó y a las 9 y media estaba ya en el museo, pateando la primera planta. Me entretuve con Bellini, luego pasé a “La Leyenda de Santa Ursula” de Carpaccio, después le llegó el turno al “San Marcos” de Tintoretto. Al entrar en una de las salas, mi vista se vio atrapada de inmediato por un cuadro que sobresalía entre los demás, “La Tempestad” de Giorgione. Lo miré y admiré desde todos los ángulos. Por fin ya tenía mi tema para la tesis.

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Me senté en un banco para seguir admirando su luz y los personajes de la obra. Allí mismo sentí una intensa vibración seguida de un gran fogonazo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, observé que la estancia había cambiado y me encontraba en un estudio de pintura. Lienzos sin terminar se mostraban en los caballetes. Otros descansaban contra las paredes de oscura madera. Colgados por todas las enormes paredes se exhibían telas pintadas que tenían algo en común, los colores, la luz y los temas. Me acerqué al que parecía ser el maestro. Ni siquiera levantó la cabeza para saludarme o preguntarme qué hacía allí. Estaba pintando el cuadro que unos segundos antes se encontraba colgado en la pared del museo.

           —¡Oh, Dios mío, el maestro Giorgione en persona! – Exclamé en voz baja. No sé cuánto tiempo estuve admirando su técnica en mezclar tonos, en rectificar y colorear.

            —Esta mañana has venido temprano ¡Pásame el bermellón y siéntate ante tu lienzo a trabajar! Hoy tienes que procurar acabarlo para que seque bien. Hay que entregar el encargo enseguida— No me echó ni un vistazo y siguió poniendo y quitando colores totalmente abstraído.

Cuando iba a abrir la boca para preguntar sobre qué pintura debía trabajar, la escena desapareció y me encontré de nuevo sentada en la sala del museo. Venecia me afectaba la mente de un modo aterrador, o quizá existía otra explicación que ahora no llegaba a comprender. ¿Se estaría formando un coágulo en mi cerebro? Pero me encontraba bien, no tenía vahídos ni jaquecas. Era buena señal, decidí seguir con mi rutina e ignorar los insólitos hechos como si nada hubiera ocurrido.

 Ante mí se abría el comienzo de una intensa investigación, tanto del cuadro como de su autor, personaje misterioso con un pasado un tanto singular. El lienzo, datado en 1508, de 82 x 73 cm, mostraba un paisaje tormentoso con algunos rayos al fondo; en primer plano se observaba los arrabales de una ciudad, que servía como escenario a una mujer semidesnuda sentada a la derecha, amamantando a un rollizo bebé. A la izquierda un hombre sonriente miraba más allá de la mujer, como si la ignorara ¡Una pintura realmente inquietante!

Decidí darme un respiro para reponerme de tanta emoción y salí a pasear. El Canal me invitaba a visitarlo de nuevo; me dejé seducir por la imaginaria llamada y subí al “vaporetto”. La luz quedaba atrapada entre el agua y los palacios, tiñendo el entorno con ese aire antiguo de siglos pasados. Comencé a fijarme en la gente. Muchas mujeres iban con una rosa. Se celebraba el día de San Marcos y los amantes gentilmente ofrecían un capullo de rosa a sus enamoradas. Miré la que había recibido del seductor caballero de la catedral y sonreí divertida.

En una de las paradas que hizo el barquito, subió una anciana muy bien vestida y enjoyada; a pesar de sus años se podía adivinar la excepcional belleza que había sido en su juventud. Se encaminó hacia el hueco libre que había quedado a mi lado. Me lanzó una mirada perspicaz de sondeo profundo que no alcanzó su objetivo, pues en un segundo ésta se transformó en desmesurada sorpresa. Chocó contra el asiento y a punto estuvo de caer al suelo sino la hubiera sujetado del brazo. Su rosa salió volando por los aires y fue a caer al otro lado de la nave. Me levanté para recuperar la flor y solícita se la devolví.

          —Perdóneme por favor— Exclamó la mujer —Siento haberla molestado, joven.

Le aseguré que no tenía de qué preocuparse y comenzamos a charlar. De vez en cuando se quedaba callada observándome con ojos sabios y escrutadores. Fui estudiada concienzudamente y sin duda aprobada por la sonrisa que apareció en la comisura de su boca.

          —Ya llego a mi parada, todavía me siento algo mareada— Exclamó la anciana— Si no tiene nada que hacer ahora, ¿le importaría mucho acompañarme un rato? Perdone si abuso de su buena voluntad, pero debo decirle que estoy encantada charlando con usted ¿Qué contesta?

Accedí a su ruego. Cómo no aceptar una ocasión tan interesante como la que se me ofrecía en bandeja para aprovechar los conocimientos de tan extraordinaria guía.

Cuando nos bajamos del “vaporetto”, me tomó del brazo y tarareando una dulce musiquilla nos dirigimos a su casa. No lejos de allí me enseñó uno de los puentes más sorprendentes “Ponte delle Tette”. Con su voz de experta narradora comenzó su relato:

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          —“Antiguamente los pescadores embarcaban durante cinco o seis meses al año. No veían a ninguna mujer en ese periodo. Puede imaginar que satisfacían sus oscuros deseos entre ellos. Cuando llegaban a tierra después de este largo periodo, seguían con las mismas costumbres sodomitas adoptadas durante el viaje. El Dogo siendo testigo de esta práctica que ponía en peligro la demografía de la república, y bastante preocupado por ello, permitió que las mujeres se exhibieran con los senos desnudos en este punto, atrayendo las miradas y el deseo de los hombres. Más tarde quienes heredaron esta costumbre fueron las prostitutas”—

          —Curiosa historia— Comenté— ¡Seguro que sabe muchísimas más!– La anciana sonriendo dijo:

          —Ya lo creo, tantas que estaría días hablando sin parar.

Seguimos comentando y riendo hasta que llegamos a un hermoso palacete de tres plantas. Llamó al timbre e inmediatamente la puerta se abrió de par en par. Una gruesa mujer nos miró con simpatía desde el interior.

          —¡Ahora ya está a salvo en su casa!—Dije— Es hora de que continúe con mi paseo— Con grandes aspavientos la anciana retuvo mi mano entre las suyas.

           —No querida niña, es usted mi invitada y comerá conmigo, además tengo que hacerle una proposición— Intrigada, acepté de buen grado y la seguí al interior de la mansión.

             —Ante todo voy a presentarme debidamente, me llamo Ana, la condesa Ana Stampalia.

Mi asombro llegó al límite ese día. ¡Una condesa, madre mía! Contesté a mi vez:

           —Soy Alicia Sánchez, estudiante de arte.

Debí de poner una expresión muy cómica porque la buena señora prorrumpió en carcajadas mientras me hacía ademanes de que la siguiera. De esta manera, entre lagrimones, comenzó a mostrarme el impresionante edificio. De la nada se materializaron cinco gatos; negro, marrón, gris, canela y blanco; cada uno de un color diferente; rollizos, bien alimentados y muy zalameros.

—Aquí estimamos mucho a los felinos, desde hace siglos— Comentó la anciana.

           —La Santa Inquisición los consideró malditos pues según su versión, el diablo se encarnaba en ellos. Fueron masacrados; las ratas sin tener como guardianes a sus enemigos naturales, comenzaron a invadir la ciudad y con ellas apareció la Peste Negra y la muerte. Miles de personas murieron aquí. A partir de esa aciaga época, los gatos han formado parte importante de las casas en toda la ciudad.

            La mujer se tomó unos momentos en los que me observó atentamente:

          —¿Así que estudiante de arte? Venga por aquí creo que esto le va a entusiasmar.

Abrió la puerta de una enorme sala y la seguí. Singular y lujoso mobiliario se extendía a lo largo de la estancia. Las paredes aparecían revestidas de cuadros antiguos, algunos oscuros, con la pátina de los siglos a cuestas. Reconocí varios de ellos.

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           —¡Qué colección tan asombrosa exclamé— ¡Cómo me gustaría tener tiempo para estudiarlos uno por uno!— Ella respondió:

          —Esa es la propuesta de la que le hablaba anteriormente. Podría venir a alojarse aquí, como verá, aparte de María, mi ama de llaves, Catalina, la cocinera y mi querido Martin, no tengo más familia. Piénselo mientras comemos, y ya me contestará luego, sin prisa.

La comida típicamente veneciana consistió en pasta con deliciosas verduras, pescado con polenta y unos extraordinarios dulces. Nuestra conversación siguió y entrelazamos temas de familia, trabajo, política y religión. Cuando llegó el café nos habíamos hecho muy amigas; a pesar de ser una mujer octogenaria su visión de la vida era dinámica y moderna.

Mi respuesta a tan generosa proposición fue afirmativa y esa misma tarde acompañada de Martín, el chofer-gondolero, el hombre de confianza de la condesa, hice la mudanza del hotel a la mansión, incluyendo en ella la bolsa con la máscara que me había sido regalada en tan extrañas circunstancias. La corta excursión me permitió subir en la góndola privada de la condesa y disfrutar como nadie de los pequeños canales por los que navegamos.

El muelle del palacete donde acababa de fijar mi nueva residencia, era pequeño y viejo y se encontraba señalizado con redondos maderos de colores, ubicado en la imponente fachada del edificio, solo visible si se entraba por el Gran Canal.

Mi habitación me encantó, era enorme, alegre y soleada y miraba con sus ojos de vidrio a un pequeño canal propiedad de la casa. La gran cama con dosel presidía la estancia. Las cortinas y la colcha se perdían en hojas de otoño que la vista seguía a través de unos sillones tapizados a juego. Los gigantescos armarios guardaban en su interior multitud de vestidos de épocas diferentes, lo que pude observar después de abrir varios de ellos. En el último encontré suficiente espacio para guardar mis escasas pertenencias.

Enchufé mi ordenador, colocado en la mesa de despacho junto a uno de los ventanales y me senté sintiendo bajo mis pies la mullida alfombra que cubría todo el cuarto. Me felicité por haber aceptado la oferta de la condesa, era igual que si hubiera reservado una suite en un hotel de cinco estrellas.

María me avisó de que la cena estaba lista. Mi anfitriona y yo disfrutamos nuevamente de nuestra mutua compañía y de la frugal cena que elegimos. Había sido un día muy largo e intenso y temprano me retiré a dormir.

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Y soñé que era despertada por la condesa Ana y María la doncella. Llevaban cada una un candelabro con multitud de velas encendidas.

           —¿Qué ocurre?— Pregunté soñolienta.

           —Vamos niña, deprisa, sal de la cama y ponte este vestido.

           —¿Ahora mismo? ¡Pero si es de noche! ¿Vamos a algún sitio?— Dije ahogando un bostezo.

           —Naturalmente que sí querida— Contestó la condesa— Esta noche es la recepción del Dux y estamos invitadas.

            —¿Yo también lo estoy?— Inquirí comenzando a desentumecer el cerebro.

            —¡Por supuesto que sí! ¡No preguntes más y ven que te voy a maquillar yo misma!

Me encontré embutida en un vestido de terciopelo verde esmeralda. La condesa me extendió por rostro y escote unos polvos que guardaba en un bello estuche de porcelana, haciendo especial hincapié en el antojo en forma de corazón que poseía en el seno izquierdo; delineó mis ojos con un precioso lápiz de oro; los toques de colorete me tiñeron de coral las mejillas pálidas de polvo blanco. El pelo recogido en un prieto moño fue adornado con pequeñas flores de colores. Deslizó un collar en mi cuello a juego con unos pendientes que se fundían en el tono del vestido. Para terminar sacó la máscara de su envoltorio y me la sujetó a la cabeza.

            —¡Menos mal que la has recogido en la tienda! ¡Todos los invitados debemos llevarlas hoy sin falta ¿Recuerdas?

En el espejo, mi imagen se asemejaba a una pintura renacentista; el disfraz me favorecía enormemente haciendo resaltar el color de mis ojos— ¡Qué sueño tan hermoso!— Pensé para mí — ¡Ojala que se alargue un rato más y no despierte enseguida!

La condesa iba de negro y oro, inclusive la máscara, luciendo un impresionante collar de perlas y cubriéndose la cabeza con un chal de encaje oscuro. Rápidamente subimos a la góndola que nos condujo, guiada por las expertas manos de Martín, a las escaleras del Palacio Ducal. Un río de personajes disfrazados desfilaba sin cesar por la entrada del mismo. Trepamos por la imponente escalera de los Gigantes, flanqueada por Marte y Neptuno; atravesamos numerosas habitaciones hasta llegar a la sala del “Maggior Consiglio”, en la que se celebraba el evento. Iba a la zaga de la condesa que conocía a todos y saludaba sin cesar a cuantos nos cruzábamos.

Fui presentada al Dux, hombre solemne y orgulloso; en su mirada se observaba el centelleo de una inteligencia acostumbrada a gobernar con mano férrea y a promover el arte en todas sus manifestaciones. Reconocí a mi pintor favorito Giorgione, inconfundible a pesar de la máscara, educado en sus ademanes, y en ese preciso instante afinando un laúd, instrumento que tocaba muy bien. Allí estaba “mi pintor” charlando animadamente con un grupo de gente. Me las arreglé para situarme a su lado y así emprendí un interrogatorio en toda regla a tan enigmático personaje. No me costó demasiado trabajo que comenzará a hablar de la pintura que había elegido para mi tesis. Además parecía conocerme muy bien, pues en un momento dado de la charla, me llevó aparte para decirme:

            —¡Pero qué preguntona te has vuelto de repente! ¡Como si mañana no fueras a volver al taller! Eres una de las pocas mujeres que ha demostrado tener más talento que cualquiera de mis aprendices. Y ahora es el momento de la diversión, ya hablaremos de pintura en el taller ¿O quizá quieras que hablemos del…amor, mi dulce ragazza?

           Había tomado notas mentales de cada una de sus frases sobre “la Tempestad” que podría incluir en mi trabajo. No quería coquetear con el pintor que se veía bastante ducho en este campo. Me despedí agradecida por esos momentos y busqué a mi mentora con la mirada.

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La encontré esperándome sentada en un lujoso sofá; a su lado una atractiva mujer le daba conversación. Con mi mejor sonrisa prendida en los labios me fui acercando a ellas. Fijé la mirada en la desconocida para someterla a un exhaustivo escrutinio. El gesto se quedó congelado en mi cara. La sorpresa, igualmente, tiñó las mejillas de la acompañante de la condesa Ana. Se puso de pie y nos miramos frente a frente. Nos quitamos sendas máscaras.

La risa estalló entre nosotras, nos cogimos de las manos sin saber qué decir. Mi gemela, una mujer idéntica a mí, me observaba con una mirada pícara que yo conocía muy bien. La condesa dijo:

           —Diremos a todo el mundo que es tu prima lejana. El parecido es asombroso sin lugar a dudas, sois iguales.

Pasamos el resto de la noche parloteando y riéndonos de cientos de chismes en los que fui puesta al día. Nos entendíamos divinamente. Antes de que una terminara de expresar un pensamiento, la otra contestaba rápida como el rayo. Las miradas, los gestos que nos cruzábamos, eran un lenguaje muy especial entre las dos. Yo que nunca había tenido hermanas, era totalmente dichosa aquella velada en la compañía de mi doble. La música comenzó y nuestra charla se vio interrumpida por numerosas peticiones de danza. Y hacia el salón de baile nos dirigimos con nuestras respectivas parejas, una de verde, la otra de azul y prendida la mirada en un sinfín de vueltas y volatines. Así se pasaron las horas, sin sentir, hasta que Ana nos reclamó para regresar.

Ya nos íbamos de la fiesta y en la salida formamos una larga fila a la espera de las góndolas. Ocupaba el último puesto de la cola de gente. Ana y mi doble charlaban animadamente con otras conocidas suyas, y entonces escuché claramente, desde un apartado rincón, que alguien me chistaba. Intrigada me dirigí hacia allí. No viendo a nadie, me di la vuelta para retornar con mi cuadrilla, y en ese instante alguien me retuvo. Fui arrastrada a un oscuro rincón, detrás de unas cortinas, donde un individuo me arrancó la máscara y me empotró contra una dura pared. Una boca se pegó a la mía, ávida, en un beso largo, tierno e interminable. La lengua del hombre se metió en mi boca casi hasta la garganta. Sentí una de sus manos palpándome el trasero debajo de las faldas. Intenté escurrirme para evitar el magreo al que estaba siendo concienzudamente sometida, pero no pude mover ni un centímetro de mi cuerpo hasta que el individuo aflojó un poco el abrazo. Cuando por fin fui capaz de respirar, observé de hito en hito al artífice de tan fogoso galanteo. Un hombre alto, de larga melena oscura, guapo a rabiar, me dirigía toda clase de ternezas y mimos entre susurros. Era tal el tono de su voz que resultaba embriagador escucharle. Decía:

           —Hoy estás más bella que nunca, mi estrella nocturna, pareces una princesa extranjera llena de misterio; eso me excita tanto que moriría por lograr otro beso tuyo y por posar mis labios en cada punta de estas arrebatadoras montañas.

Y extendió las manos hacia mis pechos con ánimo de estrujarlos. Cuando me llenaba los pulmones para pedir auxilio a grito pelado, justo detrás de él, apareció mi sosias que prorrumpió en estentóreas carcajadas al advertir mi cara de pánico.

El caballero se volvió rápidamente; confuso nos miró primero a una y luego a la otra para, después de unos largos minutos, dirigirse a mí finalmente:

           —Espero que pueda perdonar mi atrevimiento y no me guarde rencor, no quería incomodarla. Mis palabras y mis…atenciones iban dirigidas a otra persona.

Perturbada y divertida al mismo tiempo, me sequé los labios con un pañuelo y asentí sin saber qué decir. Fui presentada formalmente y el rubor que sentía me dejó muda durante la breve entrevista en la que el hombre siguió deshaciéndose en disculpas.

Así terminó la velada entre risas y chanzas. Nos despedimos “mi prima” y yo con grandes promesas de volvernos a encontrar y disfrutar de nuestra mutua compañía. Y Sin más dilación la condesa y yo regresamos al palacete.

Cuando abrí los ojos, bien entrada la mañana, me encontré en mi cama, descansada y con mucha hambre. En el desayuno relaté a la anciana mi sueño con todo lujo de detalles que hicieron que mi mentora prorrumpiera en sonoras carcajadas en varias ocasiones, sobre todo con la narración del amante equivocado.

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En días sucesivos, comencé mi tesis con un entusiasmo desbordante. Todo el material extra de consulta de antiguos legajos, de pinturas de colecciones particulares y demás investigaciones, me lo facilitaba mi mentora, a quien todo el mundo estimaba y abría sus puertas. Incluidos en el lote encontré unos viejos pergaminos que resultaron ser cartas de mi pintor Giogione y otras personalidades de la época, las cuales fueron puestas bajo mi inquieta nariz de investigadora y lo que descubrí en unan de ellas me llenó de pesar:

Mientras Giorgione atendía a honrarse a sí mismo y a su patria, en el mucho conversar que él hacía para entretener con la música a muchos amigos suyos, se enamoró de una señora y mucho gozaron el uno y la otra de sus amores. Ocurrió que en año de 1511 ella se contaminó de peste; pero Giorgione, ignorante de su enfermedad, siguió tratándola y se contagió, de manera que en breve tiempo, a la edad de 34 años, pasó a la otra vida, no sin dolor de sus amigos, que le amaban por sus virtudes

Los días pasaron veloces. Llegó el verano y aún me faltaban tres meses de arduo trabajo para retornar a mi hogar; mi marido me echaba de menos y vino a visitarme. Me sentía encantada de reencontrarme con él cara a cara; lo cierto era que a pesar de estar terriblemente ocupada, le había echado mucho en falta. Su compañerismo, su lealtad y su cariño me coparon aquellas jornadas igual que cuando comenzamos a ser novios hacía mil años. Con muestras de extraordinario cariño y amabilidad fue recibido por parte de la anciana condesa como si de un familiar se tratase. Le guié por Venecia, llevándole a cada placita descubierta en mis muchas excursiones y a todos los lugares que el tiempo nos dio de sí en una semana. Después de su marcha quedé bastante desangelada, pero poco a poco el ritmo de trabajo volvió a llenar cada instante de mi día a día.

Estuve seis meses en aquel palacio encantador hasta que terminé mi trabajo, documentado y listo para ser expuesto ante mi profesor.

Una mañana en la que ya preparaba mi marcha para España, Ana me cogió de la mano y me condujo con mucho misterio a unas habitaciones que tenía cerradas en el otro lado del edificio. Siempre creí que ese ala del palacete se encontraba en desuso, porque las condiciones reinantes en las estancias que lo componían eran pésimas, debido a la impredecible laguna que con sus inexplicables subidas corroía absolutamente todo. Como aquel 4 de noviembre de 1966, ese nefasto día en que el agua subió 1,90 metros llenándolo todo de humedad y costra salina durante meses.

Lo que vislumbré dentro de una de las salas me dejó totalmente anonadada. Una colección de retratos al óleo, al pastel y un número incontable de acuarelas, se exponían a lo largo de las paredes, en orden cronológico, tal y como debían ser antiguamente los álbumes de familia. Comencé a inspeccionarlas y descubrí la imagen vívida y magnifica de la que fuera “mi prima” en el sueño que protagonicé meses antes. En la mano llevaba la máscara de cara de gato que me había obsequiado el artesano, aquel lejano día que arribé a la ciudad.

           ─¡Ana, es ella, la muchacha de mi sueño! ¡Existió en realidad!
─¡Sí querida! Fue una de mis antepasadas. Puedes imaginar mi sorpresa cuando te vi por primera vez en el barco. Eras su vivo retrato. Tan encantadora, tan inteligente, no podía dejarte ir.

Abracé a la anciana que emocionada me palmeó la mejilla. No comenté nada más sobre aquella mujer que parecía una réplica exacta de mi persona y cuyo retrato estaba datado en el siglo XIII. Ya habría tiempo para nuevas confesiones más adelante. Si algo había aprendido de mi anfitriona era que, en ciertas ocasiones, dejaba entrever un mundo pasado y a veces  irreal en el que nunca se vislumbraba la frontera entre lo imaginado o lo vivido. Pensé que serían consecuencias de la edad de la condesa y decidí esperar a más confidencias.

          —Ven, te voy a llevar de excursión, tenemos que aprovechar los últimos días que pasaremos juntas antes de tu vuelta a España.

Fuimos a Burano para contemplar las seductoras casitas de colores, que se extendían una junto a la otra formando calles enteras de amalgama cromática, escapadas de la paleta de algún pintor impresionista. Pertenecían a los pescadores; así cuando éstos estaban faenando en la laguna, podían localizar su hogar de un solo vistazo.  Le Corbusier dijo una vez refiriéndose al hogar: “La casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de felicidad”. Aquí este hecho se cumplía a rajatabla.  Después de esta visita que nos alegró el alma considerablemente, cogimos el barco a Torcello. Isla bella, solitaria e inquietante. Visitamos el “Ponte del Diavolo”, que según la leyenda, Satán construyó en un solo día, y dónde suele aparecerse en forma de gato la noche del 24 de diciembre a las 12 en punto  ¡Lástima que ya no estuviera en esas fechas para ser testigo de tan formidable evento!

Fue un día inolvidable como tantos otros disfrutados en compañía de la anciana. Al término de aquella jornada memorable la condesa me dio las buenas noches con un beso, sellando una intimidad que nos había unido en tan corto periodo y, dichosas, nos fuimos a dormir. Ya de madrugada me desperté súbitamente, sintiendo que el mundo había perdido su ritmo y barruntando una desgracia. Me levanté y salí de la habitación hacia la cocina. Oí ruidos y gemidos en el pasillo y me dirigí hacía ellos con el corazón en un puño. La puerta abierta del dormitorio de la condesa me reveló la imagen de María hecha un mar de lágrimas. Entré en la habitación temblando, Ana, pálida y helada, yacía sobre la cama. Su corazón hacía horas que se había parado.

Todo se trastocó en un instante y lo único que recuerdo de aquello momentos fue un revuelo a todas horas, un ir y venir incesante de gentes por la casa. El entierro fue muy destacado, Ana era una de las últimas aristócratas de Venecia y todos sus amigos se movilizaron para honrarla en su viaje póstumo a la isla cementerio donde descansaría con sus antepasados. Al mismo asistieron mi marido y mis hijos, recién llegados de España. El día estuvo envuelto en lluvia y fue gris, pareciendo que la atmósfera se había contagiado de mi dolor. Ana llegó a ser para mí en esos meses, la abuela que no llegué a conocer nunca, un miembro más de mi familia.

Dejó una carta con mi nombre escrita en impecable letra gótica; estaba firmada unas semanas antes de la fecha de su muerte. En ella me comunicaba que me había nombrado su heredera en el nuevo testamento que acababa de firmar. No teniendo parientes vivos, ni nadie que reclamara nada de su patrimonio, me hice cargo de aquel fabuloso palacete y sus tesoros.

Tuve más sueños perturbadores, viajes al pasado que me permitieron ir conociendo la grandiosidad y el funcionamiento de la que fue “La Serenísima República de Venecia”. Nunca comenté estos fenómenos con nadie, ni siquiera con mi pareja, temiendo siempre que se me considerara un ser perturbado y se me prohibiera retornar a esta ciudad de ensueño.

Uno de estos misteriosos traslados a otra época, ocurrió en una iglesia desacralizada en la que me encontraba escuchando un concierto de música de cámara. Vivaldi y sus Cuatro Estaciones eran el eje principal de la audición, sonaban los violines, el contrabajo contestaba en un diálogo de excitación y alegría que plasmaba el incierto tiempo de la primavera. Después de un pequeño vahído, que tan familiar me resultaba a esas alturas, observé que la gente de alrededor había cambiado. Las sillas de loneta, habían sido sustituidas por sillones tapizados de madera lacada y torneada en mil filigranas. Todos vestían trajes ricamente confeccionados con terciopelo y encajes; los caballeros llevaban el pelo recogido en una coleta con un gran lazo. Las damas se movían en un mar de sedas, brocados y joyas a cual más rutilante. Los labios rojo carmesí se curvaban en sonrisas cuando las miradas de unas y otros se entrelazaban. Las espectaculares lámparas de cristal de Murano, procedentes de la “ciudad de vidrio”,  encendidas de mil velas, multiplicaban los haces de luz, barriendo sombras de los rincones más alejados. Las soberbias pinturas daban el colofón ideal, como la guinda en el pastel, llenando paredes de mudos y estáticos testigos en contraluz. El techo de la misma estaba cubierto de pinturas alegóricas sobre la vida y la muerte.

Mi doble, resplandeciente y chispeante igual que un rubí, se encontraba sentada a mi lado; de vez en cuando me lanzaba un guiño para que observase los juegos de lánguidas miradas que se dirigían entre un caballero ya entrado en años, ubicado al lado de su oronda esposa, y una bella y espectacular joven que le iba enredando en sus sonrisas arrebatadoras.

          —Te veo poco últimamente, “prima”– Me susurró al oído. Hice esfuerzos por no soltar una carcajada.

         —He estado muy ocupada. He recibido la visita de mi familia y ya puedes imaginar las excursiones realizadas a las islas y la ilusión que experimento al compartir con ellos todos estos momentos de estar juntos. Además estoy volcada con mis estudios de arte a los que les dedico todo el tiempo del que dispongo.

          —Me alegro de que  tu “ausencia” sea por una buena causa, porque Ana y yo te echamos de menos.

Una cabeza muy familiar se asomó por encima de la de mi gemela. La condesa me miró con dulzura. La emoción me llenó los ojos de lágrimas ¡Tan cerca y tan lejos! Ana seguiría viviendo en el pasado para siempre.

Nos sonreímos muy afectuosamente intentando que nuestras miradas entrelazadas nos unieran el mayor tiempo posible, sabedoras de que en cualquier momento este nexo se rompería. Un estruendo me hizo retornar al concierto. Cuando volví a enfocar los sillones vecinos, mi gemela junto con Ana habían desaparecido; las sillas de loneta estaban de vuelta en la sala de la iglesia y con ellas los aplausos del público que, entusiasmado, pedía una pieza más. Me enjugué las lágrimas y suspiré con nostalgia.

Nada más regresar a Madrid, tras aprobar mi tesis, se planteó en casa el hecho de que yo debía residir varios meses al año en Venecia para poner en marcha y mantener el legado de mi amiga. Venciendo las reticencias de mi marido que se convenció de que la ciudad de los canales no se ubicaba al otro lado del mundo, no hubo problemas para encontrar el apoyo emocional para emprender este gran trabajo.

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Volví a Venecia, que se me había metido en el alma de modo irremediable. Ordené papeles, arreglé catálogos de arte; aseguré obras, doné unas cuantas a los museos de la ciudad y otras tantas a entidades españolas. El único lienzo que conservé fue el de mi doble, no podía desprenderme de él. Mi marido creyó a pies juntillas que había sido retratada durante la temporada que había pasado con la condesa. No le saqué de su error. No hubiera podido dar explicaciones racionales a nadie. Las cuantiosas sumas de dinero que Ana guardaba en los bancos, las empleé en restaurar la casa que estaba bastante deteriorada por el ambiente de humedad constante.

Cuando por fin me decidí a entrar en la habitación de Ana para tocar sus cosas, sin que las lágrimas corrieran por mis mejillas, encontré su mueble joyero. Bandejas enteras contenían collares y pendientes de los colores del arco iris; piedras preciosas de todos los tamaños, superponiéndose en un coro de mudas luces de matices soberbios. En un compartimento hallé el collar y los pendientes de esmeraldas que lucí una vez en un lejano sueño. Allí también encontré las perlas que destellaban en el cuello de Ana la noche de la gran fiesta. Y me pregunté una vez más:“¿Fue solo un sueño?”

Una única explicación se me ocurre a los fenómenos de los que he sido testigo desde que vine por primera vez a Venecia: Esta ciudad posee un halo tan especial, no sólo reflejado en la luz, la música, o los colores, sino también en esa sutil barrera que se halla entre el antes y el después, que se levanta de vez en cuando igual que un telón, mezclando el tiempo en el reflejo de la laguna.

Estoy convencida de que llegué en el momento oportuno, de la misma forma que las aves cuando emigran a su destino, igual que una gota del pasado que cae de nuevo en el mismo sitio de siempre, encajando, “como una vetusta pieza de puzle”, en la ciudad de los mil canales. FIN.


María Teresa Echeverría Sánchez

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AQUEL VERANO EN EL CASTILLO DE SANTA BÁRBARA (Segundo capítulo y último).-


 

 

Íbamos las tres de la mano, caminando despacio, aterrorizadas y así cruzamos el enorme portón que nos condujo a un amplio patio empedrado con adoquines albos y otros ambarinos, del que partían varios corredores. Nos hallábamos dando una vuelta en redondo a la plazoleta, no sabiendo qué dirección tomar cuando escuchamos unos lloros y lamentos que venían de uno de los pasajes. Sin soltarnos las manos, seguimos el eco de los sollozos hasta desembocar en el jardín más encantador que pudiéramos imaginar. Una fuente de piedra blanca igual que una nube, adornada con varios chorros de agua, cantaba su melodía de cristal mientras en el borde de la misma, se sentaba una joven revestida con etéreos y lujosos ropajes. Aquella ninfa de ojos de azabache y cabello oscuro, se cubría con una saya en negro y azul con bocamangas de hilo de oro y granillos de aljófar, luciendo sobre la cabeza un fustul o velo colorado con cabos de oro y calzando unos chapines de terciopelo rojo a juego con el velo. En ese instante creímos estar en presencia de un hada.

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La muchacha levantó su hermosa cabeza mientras se secaba las lágrimas y nos invitó a acercarnos.

            ─¡Nos hemos perdido y no sabemos cómo regresar con nuestros padres!─ Dijimos asustadas.

            ─No os preocupéis yo me ocuparé de vosotras.

La joven dio dos palmadas y, al momento, se personaron ante ella unas cuantas doncellas que inclinaron la cabeza en señal de respeto.

            ─Traed dátiles, dulces y leche con miel para estas niñas.

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En un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos comiendo a dos carrillos unos pastelillos de almendra y miel, regados con un buen vaso de leche, que sirvieron para calmar el hambre voraz que nos había producido el miedo y la caminata hasta el castillo, mientras la joven nos miraba embelesada.

Cuando finalizamos el ágape, le dimos las gracias y nos presentamos una por una. Ella contestó a nuestro saludo de esta manera:

            ─Soy la princesa Cántara, y os doy la bienvenida a mi humilde palacio. Hace mucho tiempo que perdí a los dos seres que más quería en este mundo, mi amado Ali y mi padre, el califa. Nunca los he vuelto a encontrar por más que he buscado.

Nos miramos las tres estupefactas.

            ─ Entonces…¿Eres un fantasma, verdad?

            ─Sí, lo soy. Cuando me enteré que mi gran amor se había suicidado, corrí a arrojarme desde ese pico que veis ahí─ Dijo señalándonos una cresta que sobresalía cerca de la fortaleza. Pensé que en el más allá estaríamos juntos…Pero aquí no los he encontrado.

La joven comenzó a llorar otra vez con sollozos que nos encogían el alma. No sabíamos qué decir o hacer, al fin y al cabo éramos solo unas niñas.

            ─Quizá podríamos ayudarte. Si quieres darnos un mensaje, puede que cuando regresemos a nuestra casa los encontremos por el camino y así les podamos indicar dónde deben buscarte.

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La princesa dejó de sollozar y nos miró con los ojos muy abiertos. Acto seguido se quedó meditando mientras metía las manos en la fuente, intentando coger uno de los peces de colores que habitaban entre las cantarinas aguas, mientras tarareaba una cancioncilla:

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

Cómo quieres que el sol salga

si lo tienes en prisiones;

hasta que tú te levantes

y a la ventana te asomes.

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa…

La princesa dejó de cantar súbitamente. Se desprendió los pendientes que llevaba en el lóbulo de las orejas y me los puso en la mano.

            ─Toma estos zarcillos para el instante en el que te cruces con ellos; le darás uno a mi amado y otro a mi padre, así sabrán que vas de mi parte. Ellos conocían bien estas joyas pues son las de mi madre que murió siendo yo una niña. Las joyas los traerán a mi lado.

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Instintivamente los guardé en el bolsillo de mi pantalón corto mientras unas nubes negras, amenazantes y llenas de lluvia, cubrían el cielo en un santiamén. La tormenta no se dejó esperar. El viento sopló con fuerza y corrimos en pos de la princesa que se esfumó ante nuestros ojos en la misma muralla de la fortaleza, mientras exclamaba: ¡Decid a Ali que le amo!

            ─¿Y ahora qué hacemos, dónde vamos?─ Comentó mi hermana temblorosa, poniendo voz a los mismos pensamientos que nos preocupaban: ─Si esto era el más allá…¿Nos habríamos convertido las tres en fantasmas?

Los relámpagos comenzaron a iluminar el éter con sus culebrillas de luz, y los truenos sonaron como gritos de gigantes enfadados. Chillamos aterradas sin atrevernos a dar un paso, una vez más ancladas al centro de una tormenta. Nos abrazamos intentando protegernos de aquel cataclismo de agua y electricidad, muy juntas igual que una piña, y rezamos en alta voz todo lo que se nos ocurrió. Cuando la tromba amainó abrimos los ojos. La sorpresa nos dejó sin palabras, nos hallábamos de vuelta en el corredor, empapadas de agua de arriba abajo. Enseguida aparecieron nuestros padres que nos hicieron entrar en las habitaciones para cambiarnos de ropa.

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            ─Pero ¿dónde os habíais metido? Os hemos buscado por toda la pensión.

Intentamos explicar el motivo de nuestra desaparición pero nadie nos creyó.

            ─¡Ni morita, ni morito! ¡Ni princesa, ni príncipe! ──Mi madre cuando nos regañaba, siempre decía el femenino o el masculino de la palabra que pronunciábamos, fuera ésta cual fuese. Moda de madres por aquel entonces── ¡Dejaos de tonterías, niñas! Ya sé que os encanta jugar al escondite pero ya os he dicho que no os mováis de aquí para que os podamos vigilar. ¡Menudo susto nos habéis dado! ¡Estáis castigadas, todas!─ Exclamó mirando a mis otras hermanas.

            ─Pero nosotras ¿qué hemos hecho?─ Exclamaron mis hermanas mayores.

            ─¡No cuidar de las pequeñas! Que es vuestra obligación.

Mi madre era así, cuando se enojaba castigaba a diestro y siniestro. ¡Y menos mal que no se quitó la zapatilla para atizarnos! Acabamos las cuatro enfadadas unas con otras y, entre tanto, los pendientes quedaron olvidados en el bolsillo del pantalón.

Aquella noche la tormenta descargó en el mar. Desde la balconada vimos los rayos iluminar las olas mientras el mar rugía encolerizado, saltando con enormes olas espumosas cual jinetes de sal y viento.

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Dos días después, decíamos adiós a Alicante mientras el tren dejaba la estación entre pitidos y traqueteos. Después de un montón de horas ──Antes se tardaba muchísimo en ir y venir de la costa── llegamos a Madrid y a nuestro hogar. Mi madre lavó toda la ropa antes de guardar las cosas de la playa en las maletas, y nunca dijo una palabra de ninguna joya encontrada entre nuestras pertenencias, y nosotras jamás volvimos a recordar  semejante misiva.

Después de aquello, retornamos dos veranos más a Alicante, pero no a la pensión de la balconada sino a un piso más pequeño, donde mis padres alquilaron dos habitaciones a un matrimonio encantador, Marieta y Pepet, que nos trataron igual que si fuésemos de su propia familia. Cuando cumplí once años mis padres decidieron que era hora ya de cambiar de ambiente y nos decantamos por un punto de la costa valenciana donde conocí a mi primer amor. Pero eso es otra historia que en su momento contaré.

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De vuelta a la realidad, al triste momento del reparto de los bienes de mis padres, escuché a una de mis hermanas mayores comentar que aquellos pendientes los encontró mi madre en Francia cuando era una niña, en el internado en el que estuvo junto con mi tía.

Este comentario me hizo pensar que aquel encuentro con la princesa Cántara fue uno de mis fantásticos sueños en los que corría cientos de aventuras, porque dicho sea de paso, mi imaginación desbordante me acompañaba siempre, despierta o dormida. A veces era difícil distinguir la realidad de la fantasía. Pero una tarde en la que me hallaba viendo la televisión con mi hermana pequeña, escuchamos a un grupo musical que recuperaba canciones antiguas, algunas de ascendencia mozárabe. Comenzaron a interpretar la primera y el corazón me dio un vuelco:

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

Tu madre te está criando

como una mata de trigo

y yo te estoy esperando

para casarme contigo.

Cómo quieres que el sol salga

si lo tienes en prisiones;

hasta que tú te levantes

y a la ventana te asomes.

Niña de los ojos negros,

la de los labios de rosa,

anda, ve y dile a tu madre

que por qué eres tan hermosa.

mujer llorando-Ángeles Rodríguez

 Mi hermana me miró inquisitivamente:

            ─¡Conozco esa melodía!… ¿Dónde la he oído antes?

El silencio se instaló entre las dos, mientras el pensamiento de ambas volaba a un hermoso patio de arcos de herradura, en el que habitaba una doncella, sentada en una fuente de peces de colores, cantando incesantemente melodías de agua y recuerdos. FIN


DESCUBRE LOS MUNDOS QUE SE ESCONDEN DETRÁS DE ESTOS LIBROS.-

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AQUEL VERANO EN EL CASTILLO DE SANTA BÁRBARA.- (Capítulo primero)


Con la muerte de mi madre se cerró un periodo importante de mi vida. Su ausencia dejó un rastro doblemente doloroso, no solo por la pérdida de su persona, tan querida, sino porque hubo que vender la casa en la que habíamos nacido las cuatro hermanas y en la que vivimos hasta que nos casamos. Así que con todo el dolor de nuestro corazón, dividimos las pertenencias de mis padres en cuatro montones iguales, incluyendo ropa de casa, muebles y joyas. En la caja donde mi madre guardaba los objetos de más valor, sobre todo sentimental, llenos de mil recuerdos, aparecieron un par de pendientes de oro, muy antiguos, fabricados en preciosas filigranas, adornados con pequeños topos o bolas que hermoseaban sobremanera aquellos delicados zarcillos, que ninguna de nosotras recordaba haber visto antes. Fue al ponerlos en mi mano cuando, de pronto, recordé su origen, y mis recuerdos me condujeron a unas lejanas vacaciones de mi niñez.

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A partir de los seis años, todos los veranos nos marchábamos unos días de asueto fuera de la gran urbe, dejando Madrid desierta, porque la mayoría de los madrileños volábamos hacia la costa. Así se veía la ciudad, con cuatro gatos y seis coches achicharrándose en plena canícula. Era entonces cuando aparecían los “Rodríguez”, fauna personificada por todos aquellos cabezas de familia que habían aposentado a esposa y prole a la orilla del mar, durante los meses de verano, volviendo solos al hogar vacío y tranquilo, para incorporarse a su jornada laboral. Muchos de ellos eran los que llenaban los pocos bares, casas de alterne y discotecas que aún quedaban abiertos en la capital. Mi padre no fue nunca uno de ellos, ya que nosotros viajábamos en paquete, “todos juntos”, tanto a la ida como a la venida. Por lo tanto nuestras vacaciones se reducían a dos semanas en una pensión de la costa, que era todo lo que mis padres podían pagar por aquel entonces.

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Con ocho años en mi haber, volvimos a Alicante, un año más, para alojarnos esta vez en una curiosa pensión encastrada, nada menos que en el monte Benacantil, elevación asomada al mar y lugar en el que se ubicaba el imponente Castillo de Santa Bárbara. La construcción se erigía justo donde fuera edificada la fortaleza primitiva a finales del siglo IX, cuando esas tierras estaban bajo la dominación musulmana. El nombre de la santa se debía a que el día de su festividad, 4 de diciembre de 1248, fue conquistado a los árabes por el futuro rey Alfonso X el Sabio.

A los pies de esta alba montaña se extendía la playa de Postiguet. Aunque la orilla del mar parecía cercana, no lo era tanto a la hora de caminar desde la pensión hasta alcanzar la arena de la playa, y así nos veíamos abocados, una vez más, a depender del transporte público para subir y bajar las enormes cuestas que se interponían entre el mar y nosotros.

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La pensión era oscura nada más entrar, sobre todo el recibidor y el comedor, con perpetuo olor a refritos, donde se servían desayunos, comidas y cenas a todos los que nos alojábamos allí. Dejando atrás el pasillo y la cocina, se salía a un corredor abierto sujeto a la ladera del monte, teniendo a nuestra izquierda una increíble panorámica de las murallas del castillo que parecían a punto de sepultarnos, de lo próximas que se hallaban; al frente se divisaba el mar en todo su esplendor. Todas las habitaciones, incluyendo las nuestras, una para mis padres y otra para nosotras cuatro, daban a este corredor en el que también estaba el baño a compartir por todos los inquilinos del pasillo. Nos pareció un lugar hechizante desde el primer minuto que pisamos la singular terraza suspendida en la roca; allí se veía despuntar el sol que calentaba durante la mañana; por la tarde se retiraba dejando paso a una agradable brisa y, por la noche, la luna puntualmente se colgaba del cielo, siempre con el sonido de fondo de las olas y su cadencioso ir y venir.

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Teníamos nuestra mesa grande para comer los seis juntos, y un menú que la dueña de la pensión nos cocinaba con mucho amor, gran cantidad de aceite y abundante sal. Mis hermanas mayores y mi madre protestaban por aquellas patatas saladas como salmuera, nadando en una balsa de aceite de girasol, mientras la mujer, haciendo oídos sordos a los reparos, trataba de agradarnos contándonos mil historias.

            ̶ ¡Oh Alacant, la millor terreta del món! (¡Oh Alicante, la mejor tierra del mundo) ̶  Decía la señora en valenciano, mientras intentábamos tragar la pasta o las lentejas que se bañaban en un espeso caldo de grasa y sal.

            ̶ ¿No sabéis por qué esta ciudad se llama Alicante? ̶  Nos preguntó un día a las más pequeñas. Ante nuestra negativa la mujer continuó relatando ̶  Os contaré la historia mientras coméis: “Esta tierra, aunque no lo creáis, tiene un pasado musulmán pues hace muchos años, siglos diría yo, habitaba esta urbe un califa muy rico que tenía una hermosa hija, la princesa Cántara. La muchacha había entrado ya en la edad de casarse y su padre quería hacer una buena boda.

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Entre los pretendientes a obtener la mano de la princesa había dos que se hallaban perdidamente enamorados de la joven: Almanzor, un guerrero curtido en varias batallas y Alí un muchacho de muy buena familia y de porte de príncipe.

El califa no sabiendo qué partido tomar, dejó la decisión en manos de Alá, y así resolvió que el primero en llevar a cabo una gran hazaña, que fuera de su agrado, se casaría con su hija.

Almanzor partió de inmediato con dirección a las Indias donde esperaba obtener productos de aquellas tierras con los que agasajar al califa, con la intención de establecer una ruta comercial para enriquecimiento de la ciudad.

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Ali se quedó en la corte, con la idea de abrir una acequia que trajera agua a la ciudad, bien muy escaso por aquel entonces, desde la lejana ciudad de Tibi, enclavada entre montes y rica en el líquido elemento.

Ali, aparte de trabajar en la acequia, también se ganó el cariño de la princesa a la que dedicaba más tiempo que a su gran obra de ingeniería. Los jóvenes se enamoraron profundamente en este intervalo, tanto, que se olvidaron del otro pretendiente.

Entre tanto Almanzor consiguió su objetivo, regresando al reino del califa cargado de sedas y especias de mucho valor, dote que ofreció al padre de Cántara que inmediatamente le concedió la mano de su hija.

El primero en enterarse de las nupcias dispuestas por el califa fue Ali que se hallaba tierra adentro, trabajando todavía en su obra de aguas. Desesperado y viendo que perdía a la mujer de su vida, decidió suicidarse tirándose a un barranco. Al caer al fondo del mismo, la tierra se abrió como por encanto, llenando inmediatamente de agua la acequia que tanto trabajo costara fabricar, dando lugar a la gran presa de Tibi, que abastecería posteriormente a la ciudad.

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En cuanto Cántara se enteró de lo sucedido, tomó la decisión de seguir los pasos de su amado y así, subió a la cercana Sierra Grossa y se arrojó al mar desde el pico de San Julián, conocido desde entonces como el Salto de la reina mora.

El califa y padre de la princesa, tras conocer la triste noticia, entró en un periodo de depresión y melancolía aguda que le condujeron a la muerte. En el mismo instante que su espíritu volaba al encuentro de Alá, su triste perfil quedó grabado en el monte Benacantil, el mismo en el que os halláis ahora, queridas niñas. Desde la playa podréis observar la cara de un hombre vista de perfil llevando un turbante en la cabeza. ¡Ese es el califa!─ Siguió narrando la mujer mientras comíamos aquel pisto salado igual que el bacalao─  La corte del califa desolada ante esta cadena de desgracias, decidió premiar el amor de los jóvenes amantes cambiando el nombre de la ciudad, así siempre estarían unidos mientras la ciudad se llamara Alicante, formado de la unión de Ali y Cántara”.

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Nos pareció una leyenda preciosa y en la primera ocasión que tuvimos, echamos un vistazo al monte desde la playa. Enseguida encontramos la acongojada faz del califa dibujada en la roca viva.

Aunque también la mujer nos advirtió sobre los fantasmas que vivían en la pensión, cosa que a mi madre le pareció de muy mal gusto, sobre todo porque yo tenía muchas pesadillas.

            ─Algunos inquilinos dicen que han visto a una muchacha árabe que canta dolientes canciones de amor. Otros en cambio cuentan que en las murallas del castillo han divisado la figura de un hombre que grita el nombre de Cántara… No os asustéis si los encontráis por el pasillo, no son peligrosos.

A partir de entonces me pareció escuchar susurros al atardecer, sobre todo cuando íbamos al baño por parejas. Como la puerta no tenía pestillo, solo un cartel que hizo mi hermana mayor en el que se leía “libre” u “ocupado”, mientras una de nosotras hacía uso del baño, la otra cuidaba de que nadie la molestara. En esos instantes en el que estaba sola en la balconada, oí susurros de una voz de muchacha, incluso llegué a atisbar una capa de seda que se perdió en las tinieblas del pasillo. Más que asustada me encontraba intrigada y apenada por aquella pareja de novios que nunca pudieron casarse.

Cuando comentaba estos hechos con mis compañeras de cuarto, mi hermana pequeña callaba mirándome con los ojos muy abiertos, mientras las mayores decían que la imaginación me había jugado una mala pasada. Pero una tarde algo extraordinario tuvo lugar en el corredor abierto…

Aunque no teníamos coche, salíamos igualmente de excursión, así nos recorrimos la costa en autocar: Santa Pola, Guardamar, Torrevieja, Calpe, Elche. El resto de los días transitábamos por la ciudad. En una ocasión salimos de excursión en una barquita que daba una vuelta por la bahía y cruzaba al exterior pasando el rompeolas. Llegamos tan mareadas que no volvimos a montar más.

Nuestra rutina de las tardes se resumía en pasear por el puerto admirando las muchas embarcaciones que llegaban con la pesca viva o estaban ancladas en los muelles, y descansar sentados en una terraza para tomar una horchata bien fría, acompañada de unos cuantos dátiles que mi madre compraba en cualquier tienda. ¡Nos deleitaban! A mi hermana pequeña como no le gustaba nada esta bebida blanca que parecía leche pero que sabía dulce y especial, le traían un granizado de limón. Luego comíamos un cucurucho de chufas remojadas o unos cuantos trozos de cocos recién cortados e íbamos a la lonja para observar la descarga de los barcos pesqueros. ¡Olía a pescado terriblemente! A nadie parecía molestarle tanto como a mí. Me tapaba la nariz y respiraba por la boca para evitar el insoportable hedor.

El calor abrasador de aquellos días de agosto había dado paso a un periodo de fuertes tormentas. Esa tarde comenzó a llover a mares razón por la que tuvimos que renunciar a salir y quedarnos en la pensión. Pero encontramos una amiga de nuestra edad alojada allí mismo, madrileña, y que estaba encantada de poder jugar con nosotras. En la balconada nos pusimos a bailar las tres niñas al son de un transistor que nos prestaron, después jugamos un rato al escondite. Nuestros respectivos padres se hallaban tranquilos en la habitación oyéndonos jugar y reír animadamente. Serían alrededor de las seis de la tarde y en ese preciso instante un rayo cayó justo en lo alto del castillo llenándolo todo de electricidad y olor a chamusquina. Este hecho nos produjo tal estado de pavor que nos hicimos un ovillo las tres juntas, temblando de miedo. Cuando el viento cesó y el tufo a quemado se disipó, abandonamos nuestra postura defensiva para descubrir que no estábamos en la pensión sino en medio de un sendero en la misma montaña donde divisábamos el mar y el mismo paisaje que cuando jugábamos en el corredor abierto. Nos cogimos de la mano y echamos andar pendiente arriba pues allí distinguimos una gran construcción hecha de piedra dorada. Cuando alcanzamos la puerta vislumbramos a dos guardias vestidos a la manera morisca con sendos turbantes y pantalones bombachos, que rápidamente cruzaron sus cimitarras prohibiéndonos el paso.

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Una joven se asomó por una de los ventanales en forma de herradura.

            ─¡Dejadlas pasar, solo son unas niñas y mis invitadas!…CONTINUARÁ.

CEREZOS Y DESEOS.-


(Publicado en el libro -“Conseguir los sueños” – Editorial Hipálage 2012)

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La familia del abuelo dejó el pueblo cuando él era niño. Vivir en la ciudad cambió prioridades y sueños: Creció, se casó y trabajó sin descanso para su familia. Siempre notaba la llamada del campo, cada primavera, y movía a todo el clan, de madrugada, a la tierra que le vio nacer. El ritual se repetía cada año: Al amanecer todos hundían sus manos entre los surcos plantados hasta que sentían un fuerte latido. De repente el sol inundaba los campos de luz y un mar blanco de flores cubría el valle de los cerezos. Para él ese era el día más feliz del año, velando por unas horas su más secreto anhelo.

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 El abuelo envejeció, pero no su sueño. Anduvo todo el invierno al borde de la muerte y milagrosamente, rayando la primavera, se recuperó y nos arrastró a todos al pueblo para repetir la ceremonia. Por fin cumplió su meta: El latido de la tierra, esta vez, fue salvaje. Cuando acabamos el rito, el abuelo había desaparecido; su lugar lo ocupaba un añoso cerezo orlado de mil flores.

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UN VERANO EN MORALZARZAL – Tercera y última parte

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Pedí papel y lápiz para pintar. Mi madre revolvió entre los cajones para sacar un montón de cartulinas de color verde y un viejo lápiz. Con mis preciadas herramientas en la mano me dirigí al salón. En el suelo Diana jugaba con la casita de muñecas, a su lado comencé a escribir una nota: “Soy Sara y tengo seis años. Estoy de veraneo en esta casa tan bonita de Moralzarzal. Me gusta el columpio del jardín y montar en la bicicleta oxidada cuando me sujetan. Yo vivo Madrid. Esta nota es para una niña o niño que venga a pasar aquí las vacaciones…”.

 Después de escribir esta larguísima parrafada para mis seis años, que me llevó más de una hora, recorte el trozo de papel con los dedos, ya que las tijeras estaban prohibidas a nuestra edad. Acto seguido lo doblé cuidadosamente y subiéndome al banquito lo introduje en el reloj debajo del péndulo. Estaba segura de que mi mensaje iba a ser encontrado por otros niños que vinieran a la casa a pasar sus vacaciones.

Un torbellino de aire, salido de alguna parte de la maquinaria del reloj, succionó el papel que desapareció sin dejar rastro. Asombrada metí mis pequeños dedos para intentar alcanzar la nota en el punto donde se había esfumado. Casi de puntillas en la banqueta y sujetándome en la pared llegué al tope de mi estatura sin resultado alguno. Cuando decidí desistir, una nueva ráfaga de viento sacudió la caja de madera dejando algo en la base de la misma. Muy sorprendida encontré una nota de color blanco, que decía así:

 “¡Hola! Querida niña, acabo de recibir tu mensaje. Mi edad no es la tuya ni mucho menos, yo soy un poco mayor que tú. ¿Eres feliz en esa casa? Escríbeme si puedes, prometo contestarte. Espero que podamos ser buenas amigas”

 Asombrada e ilusionada, corrí a enseñárselo a Diana. No mostró demasiado interés en la nota. Estaba aprendiendo a leer y todavía le costaba trabajo reconocer algunas palabras. Se lo leí en voz alta y ella escuchó muy seria, pero después sonriendo sin decir una sola palabra, continuó jugando con la casa. Estuve a punto de contárselo a mi madre, pero algo me dijo que era más divertido tener una amiga secreta, solo para mí. Y así comenzó mi primera relación por carta a través de un reloj.

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 Aquella tarde salimos por primera vez de excursión. La idea era ir a coger moras, una clase de bayas que nosotras jamás habíamos visto. Con nuestros cubitos de playa agarrados en las manos nos dirigimos hacia una inmensa explanada. La silueta de una iglesia se fue recortando en el horizonte, más nítidamente a medida que nos acercábamos. Pertenecía a la de San Miguel Arcángel, muy deteriorada por aquel entonces. Cerca de este edificio encontramos una fuente, la de los Cuatro Caños, en la que bebimos y nos refrescamos. ¡Qué buena sabía esa agua de montaña! Justo allí se acababa el pueblo y comenzaba el monte. Mi padre nos condujo por un estrecho camino en el que abundaban los zarzales. Los seis llenamos los recipientes en un santiamén y comenzamos a comer de aquellas frutas que sabían ácidas y dulces al mismo tiempo. Así de felices regresamos a casa, cargados de moras y con la boca tintada de zumo de bayas. Las excursiones y paseos dependían de que la lluvia nos permitiera salir de casa. Era septiembre y algún día que otro amanecía fresquito y pasado por agua. Pero la meteorología no nos afectaba, ya que cada una de nosotras tenía su juguete siempre listo para entrar en acción y eso llenaba todas nuestras horas.

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 Seguí escribiendo mis notas de color verde manzana, poniendo cuidado extremo en doblarlas e introducirlas posteriormente en el reloj de pared del salón. En ellas hablaba de comer bayas del bosque, de excursiones en las que habíamos cruzado ríos y manantiales, a veces saltando de roca en roca, otras por pequeños puentes de troncos de madera. Y conté cosas del pueblo, de sus calles y sus vistosas casas de piedra y de un reloj que había en la plaza, en la torre del Ayuntamiento que tenía nombre de mascota, “Frascuelo”; según contó mi padre éste fue el apodo de un torero famoso.

 En posteriores misivas, referí la visita a la conejera que poseía una de las vecinas en su chalet y que nos invitó a conocer. De cómo mi hermana Diana y yo decidimos, de común acuerdo, quedarnos a vivir con esta señora para jugar todos los días con los conejos. Mis padres que tenían siempre la última palabra, resolvieron que esta propuesta no era factible, pero no se enfadaron por nuestro repentino deseo de cambiar de hogar, al contrario, se rieron junto con la buena mujer, mientras nosotras les observábamos muy serias, sin entender sus sonrisas de complicidad.

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También informé a mi amiga, con mis limitadas palabras de niña pequeña, sobre las manadas de toros bravos que habíamos observado en las dehesas. Negros como la noche y con la testa adornada de blancos y afilados cuernos que nos llenaban de pavor. Del estruendo que hacían las vacas al pasar por la puerta de nuestra casa, ésa que mi padre abría de par en par para observarlas mejor, y mi hermana mayor cerraba inmediatamente llena de terror. Terminé la misiva narrando un acontecimiento acaecido varias noches atrás. Ocurrió cuando ya llevábamos rato durmiendo. De pronto oímos un gran revuelo encima de nuestras cabezas. Ruidos de carreras por las escaleras de madera que subían al desván nos despertaron súbitamente. Aterrorizadas Mónica y yo nos escondimos debajo de la cama, temiendo que en cualquier momento los merodeadores se colaran en nuestra habitación, que era la que más cerca estaba de la escalinata. Los escalones crujían rabiosos al tener que soportar peso en su pobre y frágil madera. Oímos como mi padre salía de la alcoba, a la par que mi madre entraba en la nuestra para confortarnos. Las tres nos asomamos tímidamente al quicio de la puerta viendo a nuestro héroe trepar por los destartalados peldaños, encendiendo todas las luces de la casa y llevando en la mano un bastón de montañero con gesto amenazador.

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A los pocos minutos algo bajó a toda prisa por los escalones. Una pelota de pelo gris, pasó como una flecha ante nuestras narices, camino de la cocina. Vimos a mi padre bajar los peldaños cuidadosamente, para no hacer enfadar más a la vieja escalinata que protestaba ruidosamente.

– ¡No os preocupéis! Solo era un minino que se había colado por la gatera. Mañana precinto el hueco de la puerta, para que no vuelva a entrar en casa. Hay unos cuantos ratones muertos arriba y seguro que todo se encuentra infestado de ellos. Por eso el felino estaba tan nervioso, ya que le hemos interrumpido la caza. Mañana compramos veneno para roedores y seguro que acabamos con todos. ¡Tranquilas, ya podéis volver a la cama!- El gato se hizo amigo nuestro enseguida y mi madre le daba de comer las sobras y venía a visitarnos todos los días a la misma hora.

 Mi amiga, con la que me carteaba a través del reloj, también me escribía cosas interesantes sobre ella. Le gustaba pintar cuadros, escribir cuentos, disfrutaba mucho en el campo e igual que nosotros hacía excursiones con su familia. Compartíamos gustos comunes y además, siempre me contestaba a los pocos minutos de haber enviado mi mensaje. Seguía manteniendo esta relación totalmente en secreto ¡Era estupendo tenerla solo para mí!

 Los quince días pasaron volando, comiendo deliciosa carne serrana y bebiendo leche recién ordeñada que mi padre compraba en el pueblo. Las verduras, los huevos, allí la comida sabía exquisita. Todas las hermanas dimos un buen estirón. Estas vivencias, no solo quedaron reflejadas en una buena colección de fotos en blanco y negro, sino también grabadas a fuego en la memoria.

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Mónica aprendió a montar en bicicleta igual que una experta. Corría a gran velocidad por el jardín haciendo caballitos y cabriolas, provocando en mi madre gritos de posesa, censurando su falta de cabeza. Tanto entusiasmo puso en su afición que tuvo alguna que otra caída pero nada que no se solucionara con una buena dosis de mercromina. Amaya, mi hermana mayor, se dedicó a criar una tórtola que había encontrado medio muerta en el jardín y que fue bautizada con el nombre de “esponjita” por lo suave que era. La dejo al cuidado de la vecina que poseía la conejera cuando regresamos a nuestra casa, ya que mi madre se negó a llevarse el pájaro al piso de Madrid. Diana guardó con lágrimas en los ojos la ajada casita de muñecas con la que había disfrutado de lo lindo.

 Y llegó la hora de decir adiós a mi amiga del reloj con este último mensaje y toda la pena en el corazón: “Vuelvo a mi casa de Madrid. Me ha gustado mucho recibir tus cartas. No te olvidaré nunca. Adiós amiga”. Fueron las palabras más difíciles que jamás había escrito.

 La furgoneta de la papelería de nuevo nos devolvió a la rutina de siempre. Preparar la vuelta al colegio se convirtió en la principal prioridad. Moralzarzal quedó guardado entre las imágenes más queridas de nuestro recuerdo.

Pasaron meses que se convirtieron en años y de pronto me encontré en plena adolescencia. El centro vital del mundo consistía en el acné que me había inundado la cara, las gafas que el oculista se empeñó en que debía llevar, y el sueño de encontrar al príncipe azul, ése que sólo existía en los cuentos, pero que curiosamente tenía la cara de mi vecino de abajo. Entre suspiro y suspenso de matemáticas, papá nos informó que el chalet de Moralzarzal, en el que habíamos estado de vacaciones cuando éramos pequeñas, había ardido hasta los cimientos, respetando únicamente un área del salón. El fuego, según los expertos, comenzó en algún lugar de la buhardilla por un cortocircuito. Imaginé a los cientos de ratones que habitaban esa planta, comiendo cables a dos carrillos.

 Unos días después un camión de mudanza nos trajo a casa unos cuantos muebles que me resultaron familiares. Como mi padre en su momento, había alabado la decoración de la mansión campestre, su jefe, hombre muy generoso, decidió regalarle parte de los objetos salvados en el incendio. Consistían éstos, en una mesa de comedor de madera de roble con incrustaciones de marquetería, cuatro sillas a juego y mi viejo amigo, el reloj de pared.

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La ilusión de tener el reloj otra vez en casa me distrajo momentáneamente de mi atontamiento de adolescente. Mi padre le hizo un examen minucioso y vio que se encontraba muy deteriorado. Cuando se le agitaba levemente, sonaba a juguete roto. La madera aparecía ennegrecida y con una capa de porquería y hollín. La puerta de cristal estaba astillada. No pude reprimir las lágrimas. Mi padre, observando el estado del preciado objeto, optó por enviarlo a un experto relojero conocido suyo, para que evaluara la situación de la antigüedad.

 El hombre se pronunció a favor de salvar la reliquia, que calculó debía tener más de cien años. Las reparaciones duraron meses. Cuando lo trajeron de nuevo a casa, había mejorado su aspecto considerablemente, pero tuvimos que someterlo a varias sesiones de restauración. Primero le lavamos repetidas veces hasta extraer la última capa de suciedad y negrura. Después llegó el lijado y por fin el barnizado. El cristal se sustituyó por uno nuevo. Quedó muy bonito, no tanto como recordaba, pero funcionaba otra vez. A partir de entonces el reloj entró a formar parte de la familia. Nos marcaba con su gong cuando era hora de comer, de cenar, de dormir. Por las noches lo parábamos, porque la potencia de sus tañidos traspasaba los tabiques de los vecinos y nuestros sueños. El tema de los mensajes escritos nadaba en mi memoria pero a modo de un bonito sueño de niña pequeña.

 Minuto a minuto, el reloj marcó el inexorable paso del tiempo. Terminamos nuestros estudios y comenzamos a trabajar. Todas nos fuimos casando, una tras otra, dejando en mis padres un gran vacío, que intentamos llenar con la alegría de nuestros hijos, dos de cada una de nosotras. Envejecieron disfrutando con los nietos y llegaron a conocer mi casa de campo en un pueblito serrano llamado Cerceda; aquella propiedad que habían soñado con poseer durante toda su vida, donde pasaron muchos veranos regalándonos su compañía. A solo tres kilómetros de allí se encontraba Moralzarzal, curiosa casualidad que tenía regusto a vacaciones inolvidables. Como siempre el destino tenía la última palabra.

Mis padres murieron ya muy ancianos, y entre el dolor de la pérdida y el desmembramiento de su casa, vivimos unos días de intensa tristeza y nostalgia. Los enseres de su hogar se dividieron en lotes y se sortearon entre nosotras cuatro. En mi poder quedó el reloj que tan gratamente nos había acompañado durante los últimos años y que guardaba mi secreto de niña.

 Ya en mi piso, a solas con él, di rienda suelta a todo mi dolor, mientras lo estrechaba entre mis brazos. A través del velo de las lágrimas, observé que el barniz había comenzado a saltar en algunos puntos. Necesitaba una nueva y urgente rehabilitación. Lijé con mimo toda su superficie y la protegí con una buena capa de laca. Encontré un hueco especial para él en mi casa de Cerceda. Cuando quedó colgado en el salón frente a mí, observé extrañada que las manecillas marcaban las seis y cuarto, la misma hora que tenía la primera vez que reparé en él hacía treinta años. Le dí cuerda con la llave metálica, rectifiqué la hora y lo puse en movimiento.

 Reparé en que algo se había quedado atascado cerca del péndulo, impidiendo la oscilación del mismo de un lado al otro del cajetín. Abrí la puerta de cristal y rescaté de un tirón al causante de la pequeña avería. Era un papel de color verde manzana, bien doblado y que decía así:

“Soy Sara y tengo seis años. Estoy de veraneo en esta casa tan bonita de Moralzarzal. Me gusta el columpio del jardín y montar en la bicicleta oxidada cuando me sujetan. Yo vivo Madrid. Esta nota es para una niña o niño que venga a pasar aquí las vacaciones. También están aquí mis hermanas Amaya, Mónica, Diana y mis padres. Mi padre está muy contento de estar en el campo, pero no mi madre, porque dice que hay muchos bichos en esta casa vieja. Si os gustan los “tesoros”, el jardín está lleno de ellos que he escondido junto con mis hermanas. ¡Felices vacaciones!”

Con lágrimas en los ojos de pura nostalgia, comencé a escribir un nuevo mensaje. Sabía que al otro lado, en otro tiempo, había una niña de seis años esperando mi misiva. FINniña