relato de misterio

LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

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OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


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LA CASA EMBRUJADA.-

La casa se despertó, al fin, después de estar aletargada durante unos cuantos meses. Abrió las ventanas y dejó entrar el aroma de la primavera. El perfume de las mimosas la puso melancólica trayendo a su memoria tiempos pasados, retazos de cuando estuvo habitada.

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Era una edificación centenaria, con cimientos recios, tan sólidos que habían resistido varios terremotos sin inmutarse. Pero lo que más temía no era precisamente esta clase de fenómenos sino a algunos hombres, esas criaturas pequeñas y enfermizas que pretendían destrozarla de arriba abajo.

Le encantaba estar habitada, recobraba cierta lozanía siempre que tenía nuevos inquilinos. Apreciaba a los que eran de temperamento tranquilo y la amaban tal como era, sin querer cambiar nada de su estructura. En cambio los “destructores”, que todo lo estropeaban, o los “renovadores”  que se liaban a tirar paredes a diestro y siniestro, se ganaban de inmediato todo su odio, y eso no era nada bueno.

La casa tenía dos plantas y un gran sótano: lugar donde escondía sus más sórdidos secretos, ─igual que cualquier otro edificio─ se decía cuando pensaba en ello. Allí ardía su corazón centenario junto con su colección de tesoros. Sólo de pensar en ello, hizo que el porche se curvara haciendo que el columpio se disparara de un lado al otro emitiendo incontables chirridos.

─¡Ah, la música!─ Pensó la mansión escuchando los sonidos de afuera y meneando las lámparas al compás. Alegre y peripuesta, se hallaba lista para recibir ya a sus nuevos invitados. Sin más dilación, acercó el cartel que tenía escondido entre los matorrales, que decía: “se vende”, hasta pegarlo en la verja, a la vista de todos los que pasaban. Los agentes inmobiliarios trataban de liquidarla a precio de saldo o, incluso, alquilarla, sin mucho éxito. Se la consideraba problemática, quizás porque ciertos objetos se movían a su antojo, o tal vez por los terribles sonidos que se escuchaban algunas noches. Ella se rio de los comentarios, se consideraba como cualquier otro hogar de la vecindad, ciertamente con más experiencia y un somero tufo a moho, pero sin duda moderna y funcional.

No tuvo que esperar mucho para recibir unas cuantas visitas. Se encargó personalmente de ahuyentar a los indeseables y se mostró encantadora con los demás. Sabía cómo agradar: abría puertas y ventanas hasta que el perfume del jardín lo invadía todo. Se mostraba obsequiosa con los niños y mascotas, a los que vigilaba para que no sufriesen el menor contratiempo cuando la inspeccionaban por primera vez. Amortiguaba los sonidos de las cañerías, taponaba las goteras, incluso encendía la chimenea si la temperatura así lo requería.

Al fin fue vendida. Con enorme ilusión esperó la mudanza de la nueva familia. Había hecho una sabia elección. Eran encantadores, excepto el abuelo que se iba a instalar en el sótano, su santuario. Aguantó estoicamente los días de extrema limpieza; las desinsectaciones; los cambios de grifería y a los pintores. Al fin estuvo lista para ser habitada y disfrutada en todo su esplendor. El barniz de los suelos brillaba como un espejo y la escalera fue restaurada, haciendo imposible que la casa pudiera mover los escalones, hecho que la enojó bastante. Aunque enseguida descubrió que uno de los peldaños había quedado suelto. ─¡Menudos chapuzas!─ Pensó alegremente. Le encantaba tener el control, era su territorio.

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El sótano fue alfombrado y adaptado al vejete, que siguió protestando cada día por cualquier nimiedad. El hombre daba patadas en el piso y bastonazos en las paredes intentando hacer desconchones y romper el pavimento. En una ocasión lo consiguió pero la mansión logró taponar aquel acceso a su mundo privado.  La casa disfrutaba cuando este se iba a visitar a sus amistades y podía acariciar sus posesiones enterradas en lo más profundo de sus cimientos. Harta del viejo personaje, decidió tomar cartas en el asunto: esa noche, cuando el anciano dormía, abrió un agujero en el piso y modeló unas escaleras. Despertó al anciano y entre cuchicheos y ruidillos logró atraerlo a su rincón. Rápida como el rayo, selló el suelo y encerró al vejete. Nadie volvió a saber de él. Su hija pensó que se había fugado y durante meses puso carteles por la vecindad por si alguien lo encontraba.

La casa esperó pacientemente a que solo quedara del anciano sus restos óseos, y colgó el esqueleto al lado de los demás. Esa noche escuchó a la banda del parque dar su audición mensual. Enseguida se unió a ella igual que hacía siempre: abrió varios agujeros en el subsuelo, meticulosamente estudiados, y dejó que el viento se encargara de interpretar su composición. El aire silbaba con fuerza inusitada penetrando en el santuario, empujando a los esqueletos a una frenética danza en la que entrechocaban sus huesos ininterrumpidamente. La balada alegró su alma de tierra fermentada provocando que las plantas de más arriba se movieran al terrible son. Los nuevos inquilinos, aterrorizados, asistieron a su primer concierto.

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“Somos siluetas recortadas, somos hueros fantasmas que se mueven en la niebla, sin perspectiva”. (Virginia Woolf)

 EN EL MUNDO DE LOS FANTASMAS.-

1.- La muerte de mi padre.-

Siempre fui un niño tímido y huidizo, de porte de ratón y mirada esquiva, deseando confundirme con el entorno y pasar totalmente inadvertido. No ayudaba mucho a mejorar mi aspecto la epidermis quebradiza y alba que me recubría, presentando multitud de reflejos verdosos, así como enarbolar en mi cuero cabelludo un penacho indomable del color del fuego más ardiente. Mi madre siempre me halló cautivador pese a mi extraña apariencia, era su único hijo y el amor la cegaba.

 Los compañeros de clase, mucho más corpulentos que yo, me observaban con una mueca de desdén permanente, metiéndose conmigo en cuanto tenían ocasión. Un claro ejemplo de aquel insufrible comportamiento era el cambio continuado que solían hacer con mi nombre de pila, Luis, igual al de mi padre, por los motes más estrambóticos: Cucaracha verdosa, babosa, ranita asquerosa, ratón podrido, mantis, gusano del queso, escupitajo, caquita de loro, enano verde, mico selvático, lagartija repulsiva, y unos cuantos más siguiendo esta misma línea.

Recuerdo el día en el que mi padre murió. A mis nueve años asistir a clase era un suplicio inenarrable, y más teniendo en cuenta que en casa se me hacía poco caso, debido, sin duda alguna, a la completa atención que requería la enfermedad de mi progenitor. Unas veces se ahogaba, y su resuello estrangulado llenaba la casa de ecos terribles durante minutos y horas, hasta que el médico podía mitigar aquel lance. Otras, la fiebre le consumía y había que bajársela a base de paños de agua helada que mi madre, delgada como una vara de vivir con el alma en vilo, se encargaba de colocar con precisión milimétrica, adquirida en días y meses de atender tan lenta agonía.

Mi padre, antes de su padecimiento, estuvo luchando en una guerra lejana, tan distante, que nunca supe dónde tuvo lugar. Enarbolaba las palabras “lucha” y “libertad” en cada conversación que mantenía, sintiéndose muy ufano de haber matado en nombre de esos dos sustantivos que tanto le gustaba pronunciar. De aquel lugar remoto se trajo la enfermedad que lo devoraba, pero no vino sola, sino acompañada por una mochila llena de relojes de los muertos. Decía que un día los vendería y serían el pasaporte de los tres para viajar a Australia. Por supuesto yo tampoco sabía en qué parte del mundo se hallaba ese maravilloso lugar con el que soñaba mi progenitor, pero supuse que bastante lejos, más que el pueblo de mi madre al que íbamos algunos días en verano.

Una gélida mañana de invierno me encontraba en clase de geografía, perdido entre el Sistema Central y la Cordillera Penibética, cuando la puerta de la clase se abrió de par en par. Don Anselmo, el jefe de estudios, de cara rancia lo mismo que el aliento y el gesto, luciendo su inseparable americana de espiguilla en la que las coderas lanzaban poderosos y brillantes destellos de desgaste, irrumpió en la clase agarrándose el estómago, en cuyo interior habitaba una ardiente úlcera. Vino derecho hacia el pupitre que ocupaba, evaporándose de golpe el último rubor de frío que solía pintarse en la cara de muchos de los que allí nos sentábamos.

            ─¡Acompáñeme, Guzmán, tiene que regresar a su casa! ¡Recoja sus libros! ¡Seguramente no regrese en unos días!

Me sorprendió el tono de su voz, que sin ocultar su aspereza habitual, no hacía gala de los gorgoritos desabridos e histéricos con los que acostumbraba a regañarnos.

Mis compañeros se quedaron pasmados ante mi incipiente marcha, proyectando sobre mi persona unos ojos como faros que me acompañaron hasta la misma puerta del aula. Fue la primera vez que me sentí igual que una estrella de cine, inalcanzable y poderoso. Pero esa sensación de triunfo, de picazón en el alma, no duró mucho. En cuanto alcanzamos el despacho de Don Anselmo la dolorosa verdad se impuso sobre todo lo demás.

            ─Guzmán, acaba de fallecer su padre. Le acompaño en el sentimiento. Debe marcharse de inmediato a su casa. Su madre le espera con urgencia. Ahora usted es el cabeza de familia. De ahora en adelante ¡Compórtese como un hombre!

Dicho lo cual me acompañó hasta la salida del centro, empujándome sin ningún miramiento para que anduviera más aprisa. Corrí hasta mi casa sin descansar un segundo. Al llegar al portal me paré en seco, respirando trabajosamente mientras mis ojos aterrorizados observaban un extraño vehículo. En ese instante, de una furgoneta negra lo mismo que el carbón, bajaban un gran ataúd oscuro y brillante que unos cuantos hombres vestidos con monos azules, comenzaron a subir por las escaleras. La caja se quedó atrancada en el segundo piso y costó una media hora que siguiera caminando hasta alcanzar el rellano del cuarto. La seguí a paso de tortuga, fijándome bien en aquellos contornos pulidos en los que mis enclenques extremidades se reflejaban.

            ─¡Déjenle pasar! ¡Es el hijo del finado!─ Gritaron la portera y la vecina del tercero.

Los operarios se hicieron a un lado para que pudiera, al fin, introducirme en el hogar. Lo encontré revuelto, desordenado y lleno de gente. Corrí hacia mi madre que, al verme, prorrumpió en un llanto doloroso que partía el alma. Estuvimos abrazados, amarrados el uno al otro igual que en medio de un vendaval, hasta que llegó el féretro.

La improvisada capilla quedó instalada en el salón. El ataúd se encontraba abierto y mi padre era visible hasta la cintura, lugar que una sábana de raso tornasolado se anclaba ocultando el resto de su cuerpo. Tenía la piel azulada y se le veía hinchado y desfigurado. No parecía mi padre. Mi tía se empeñó en que debía darle mi último adiós. Yo no quería y mi madre tampoco, y decía una y otra vez a voz en grito:

            ─¡Dejadle tranquilo, es solo un niño!

Pero haciendo caso omiso a los ruegos de mi progenitora, me auparon para que besara a mi padre. Tuve que realizar el titánico esfuerzo de pegar mis labios calientes a aquella piel helada de la dureza del mármol. El impacto fue tan espeluznante que temblé como una hoja durante unas cuantas horas. Y no fue solo por aquel contacto de película de terror, sino por el hecho que tuvo lugar en esa fracción de segundo en que mi piel estuvo pegada a la de mi padre. Sentí que una presencia sobrehumana intentaba entrar dentro de mi persona, empujando mi lengua para colarse en lo más profundo de mi ser. Instintivamente agarré la medalla que pendía de mi cuello. La horrible fuerza no pudo lograr su objetivo y me dio un poderoso empujón. Escapé de las manos de los que me levantaban yendo a dar con mis huesos en el suelo.  Pero no quedó ahí la cosa, sino que la fiebre me alcanzó con todas sus ganas, atrayendo por vez primera los cuidados de mi madre que, enrabietada, decía una y otra vez:

            ─¡A éste no te lo vas a llevar! ¡No te dejaré! ¡Bestia inmunda!─ Gritaba mientras me ponía paños empapados en agua fría. En aquel momento supuse que le chillaba a la muerte. Años después supe la verdad.

No pude acudir al entierro y estuve sumido en un duermevela durante un largo periodo. Días después de haber superado la enfermedad, recordaba entre neblinas el cálido contacto de las manos de mi madre, mis dedos enganchados a los suyos en un intento de que la infección no me arrastrara en pos de mi padre.

Cuando me puse en pie, había crecido tanto que mi madre tuvo que salir con urgencia a comprar ropa nueva. Al retornar a las clases, totalmente repuesto y con algunos kilos de más, observé con alegría desbordante que sacaba la cabeza a todos mis compañeros. No hubo más burlas ni comentarios insultantes, al contrario, me miraron con cierto temor, igual que si vieran una horripilante aparición. En aquel entonces no supe el porqué de su cambio.

Con el correr de los años, terminé mis estudios de lingüista con gran éxito y la alegría de mi madre no tuvo parangón. Decidí ampliar mi erudición con el hermoso lenguaje que se hablaba relativamente cerca de mi país. Mi madre se ofreció a financiarme un viaje a la “bella Albión”.

Una tarde, antes de mi inminente partida, mi madre me pidió que me sentara a su lado para hablar de un tema muy importante.

            ─¿Qué ocurre, mamá?─ Pregunté viéndola muy preocupada.

            ─Es hora de que sepas todo lo que ocurrió antes de que muriera tu padre. Cuando llegó de la guerra, algo en él había cambiado. Es cierto que venía ya enfermo de fiebres, pero su personalidad no era la misma. Prueba de ello fue la mochila repleta de los relojes de los cadáveres. Él jamás hubiera quitado nada a un cadáver. Su carácter se había tornado colérico y envidioso. Cuando tenía accesos de fiebre solía hablar idiomas extraños con una voz que no era la suya. Intentó agredirme en varias ocasiones, la extrema debilidad de la enfermedad no le dejó terminar estos violentos ataques. En sus ojos se veía una locura que iba creciendo a ojos vistas. Fue en ese instante cuando compré las dos medallas protectoras, una para ti y otra para mí, las mandé bendecir por el párroco y te hice llevarla siempre colgada del cuello. Tu padre gritaba como un poseso cuando, sin querer, la medalla salía de mi interior al agacharme para atenderle. Intentó arrancármela varias veces pero cuando entraba en contacto con ella, aullaba de dolor como si le quemara. Te alejé de él tanto como pude para protegerte de su malsana influencia y de la violencia que ejercía sobre mí. Perdóname por no haber estado ahí cuando más me necesitabas… Cuando caíste presa de la fiebre el día en el que él murió, temí que te hubiera contagiado el mal que acabó con su vida. ¡Gracias a Dios no fue así!

Tranquilicé a mi madre que sollozaba con gran pesar reviviendo aquellos espantosos recuerdos y no fui capaz de contarle mi extraña experiencia de aquel horrible día. La abracé fuerte intentando conjurar todos aquellos años de infante en el que el sufrimiento era mi compañero de juegos. Perdoné a mi progenitora, pero ya lo hice cuando era un niño, tal era mi amor por ella.

Faltaba una semana para mi partida cuando mi madre murió, así, de repente. La tristeza me invadió y anulé el viaje mientras pensaba en lo que hacer con mi dolor. La primera noche que pasé sin mi madre, en el que había sido mi hogar hasta ahora, fue terrible, había algo allí que me dejaba sin aliento. Antes de que amaneciera salí despavorido de esa casa para no regresar jamás.

2.-  El fantasma de la anciana de los guantes de raso.-

 Compré el periódico, y aunque hacía un frío de mil demonios, me senté en el parque persiguiendo los esquivos rayos de sol que se trasladaban caprichosamente de banco en banco. Armado con mi bolígrafo, rotulé en la página de pisos de alquiler, unos cuantos que parecían poseer todas las comodidades a las que estaba acostumbrado: ascensor, calefacción, aire acondicionado y tres habitaciones. Cuatro de estos ejemplares, que previamente había encerrado en unos grandes círculos rojos, se mostraban como firmes candidatos a convertirse en mi nueva morada. Hice las llamadas pertinentes para quedar con los dueños o los representantes de las inmobiliarias y, de este modo, pude verlos en el transcurso de la mañana. Ya por la tarde, me hallaba en posesión de las llaves de mi nuevo hogar. Se trataba de una vivienda muy soleada y espaciosa, revestida casi en su totalidad de paneles de madera de nogal. El piso se notaba bien cuidado, y el olor a productos especiales para tratar la madera inundaba cada rincón. Una mecedora se instalaba en la parte del salón que hacía chaflán, convertido en un hermoso y coqueto mirador.

Al carecer de equipaje, tuve que hacer un gasto extra en todo lo necesario para mi vida cotidiana. Subí y bajé en el ascensor multitud de veces, ora para rematar compras, ora para hablar con la agencia inmobiliaria que se hallaba cercana al piso de mi familia, a quienes dejé la llave para que limpiasen y adecentasen el lugar para su venta inmediata. Sentía un terror visceral a poner un pie en aquella casa.

Hasta la fecha mi situación económica era bastante desahogada, pero el alquiler de la nueva vivienda y los gastos extras, dejaron mis existencias monetarias bastante descalabradas. Una sustanciosa inyección de capital, procedente del piso de mis padres, no me vendría nada mal.

En uno de los múltiples viajes a mi nuevo apartamento, cargado con varias bolsas de productos de limpieza y aseo, entré en el cuarto de baño para colocar todo lo necesario para mi higiene personal. Un espejo descomunal cubría enteramente la pared de la derecha del cuarto. Adosados al mismo, unos cuantos focos convertían aquel lugar en un auténtico camerino de actor. Me vi reflejado en la pulida superficie como nunca, y me paré para efectuar un detallado examen de mi rostro.

Un ruido extraño me hizo abandonar tan sinuosa tarea y regresar al salón. Se oían con toda claridad sonidos de pisadas; parecía como si alguien caminara por él. Cuando alcancé la estancia lo hallé totalmente desierto. Con el corazón latiendo alocadamente, recorrí toda la casa en busca de una explicación razonable a lo que había escuchado. La encontré, al fin. Los tabiques debían ser bastante delgados y los rumores de la vecindad se colaban como si fueran propios. Más tranquilo, iba a regresar de nuevo al cuarto de baño, cuando reparé en la mecedora del mirador; se movía incesantemente, igual que si tuviera un motor incorporado. Llegué hasta ella e interrumpí su vaivén. Observé la juntura de las ventanas por si había algún agujero en las gomas que permitiera la entrada de pequeñas ventiscas. Todas estaban perfectamente ajustadas. La vista desde el mirador era magnífica. Al ser un sexto piso, sobresalía ligeramente de las construcciones que se ubicaban en los alrededores, dejando un pasillo de visión bastante amplio para admirar un pequeño parque en las inmediaciones, una iglesia y multitud de tejados rojos llenos de antenas. Lejanas montañas se perdían en un horizonte de brumas amarillas y doradas de la puesta de sol.

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Antes de llegar al pasillo para retomar mi tarea anterior, por el rabillo del ojo, vislumbré cierto movimiento. La mecedora había recobrado su ritmo cadencioso, otra vez. Algo conmocionado, me dirigí al cuarto de baño para intentar pensar sobre lo que estaba ocurriendo. Al observar mi imagen en la luna reverberante me pareció que algo había cambiado en mí. Se trataba de la mirada, sin lugar a dudas. Desde aquellas fiebres horribles que tuve en la infancia, una extraña cicatriz en forma de media luna había aparecido en el iris de mis ojos verdes. A veces, cuando me sentía excitado, una pequeña ranura incandescente se apreciaba con toda claridad, llameando alarmantemente. Los oculistas no le dieron importancia, diciendo que eran cosas del desmesurado crecimiento que había experimentado, pero los que me rodeaban solían bajar la mirada, totalmente amedrentados ante los gélidos destellos que percibían. De ahí que mis horribles compañeros de la infancia me tuvieran cierto temor. Ahora, al observarme tan de cerca, las medias lunas se habían convertido en círculos perfectamente delimitados, por donde escapaba una pavorosa luminosidad. Cogí una lupa y sondeé aquellos pozos, el desasosiego se apoderó de mi ánimo, haciendo que emitiera un grito ahogado mientras huía hacia el salón. Allí me di de manos a boca con la mecedora que redobló el traqueteo a toda máquina.

Salí corriendo del apartamento en un estado de locura absoluto, igual que si tuviera detrás a todas las furias del infierno. Cegado como estaba, no me paré ante la carretera que corría muy pareja al portal. Sentí un terrible golpe y perdí el sentido. Cuando desperté, me encontraba en la habitación de un hospital. Me costaba respirar y, al intentar moverme, noté un grueso vendaje en una de las piernas. Una enfermera me informó que llevaba inconsciente una semana, habiendo sido víctima de un atropello. El conductor, sintiéndose culpable del accidente, solía pasarse por el hospital cada día para pedir noticias sobre mi estado. Le conocí al fin. Resultó ser un buen hombre, al que traté de convencer de que la imprudencia la había cometido yo solo.

Tres semanas después aparecí por el apartamento, armado con una muleta. La medicación había hecho su efecto y me hallaba relajado y tranquilo. No me sorprendió encontrar en el salón a una señora, ya anciana, de distinguido porte. Supuse que era la dueña del piso a quien no conocía personalmente.

            ─¡Buenas tardes señora! ¡Qué amable de su parte venir a visitarme! Como puede ver por mi cojera, fui víctima de un atropello y he estado ingresado en el hospital todo este tiempo.

La mujer sonrió dulcemente y dijo:

            ─¡Oh, pobrecito! ¡Cuánto lo siento! ¡Espero no haberle asustado!

            ─¡Claro que no! Desde que murió mi madre, hace escasamente un mes, me he sentido terriblemente solo. Es muy agradable llegar a casa y que haya alguien para recibirte.

            ─¡Oh, vaya por Dios! Está pasando por una mala racha. No se preocupe por mí, yo me limitaré a estar en la mecedora, igual que hago siempre. ¡Me encanta!

La mujer se sentó en el mirador y comenzó a moverse rítmicamente. Me acerqué para poder conversar con más comodidad. Advertí que los rayos solares la atravesaban lo mismo que si la anciana estuviera hecha de cristal.

            ─¡Un momento! Usted es un…fantasma!

            ─¡Pues claro que lo soy, hijo! Pero no se apure, no soy de los latosos. No le molestaré lo más mínimo. Y usted es de los que nos ven… ¡Mis compañeros se le van a rifar! ¡Existen tan pocos “mediadores”!

Me quedé gratamente sorprendido ante el descubrimiento. No sentí el más mínimo dejo de temor, resultaba menos inquietante ver a la anciana anclada a la silla en su rítmico vaivén, que a la butaca moviéndose sola. Me senté a su lado y disfrutamos de una agradable charla.

            ─¿Por qué sigue aquí?

            ─¿Y dónde quiere que me vaya, al cielo? Que por cierto, no tengo ni idea de cómo podría ir. El caso es que me siento muy unida a esta casa y, sobre todo, a esta mecedora. Aquí viví siempre, tuve a mis hijos, envejecí y morí. Fui muy feliz en este lugar. No querrás que deje de serlo ¿verdad?

            ─¡Claro que no! ¿Y su marido, no se quedó con usted?

            ─Él murió primero, y no lo hallé cuando, años después, seguí sus pasos. Cada uno debe hacer su elección, él optó por irse a otro lugar.

            ─¿Los fantasmas pueden moverse a voluntad, donde ellos quieran?

            ─¡Claro que sí! Una vez vino una joven a visitarme, pero no se quedó mucho, le gustaba ir de un sitio a otro sin parar. Bueno… He de hacer una pequeña aclaración con respecto a lo de “mudar de ambiente cuando nos viene en gana”. Algunos fantasmas, personas que tuvieron muertes violentas o fallecieron sintiendo un odio exacerbado, raramente pueden abandonar el lugar donde perecieron. Sus espíritus, ya de por sí muy dañados, no sobrevivirían a un nuevo cambio. Seguramente se desintegrarían. Ellos siguen atados a esos sitios. Suelen ser entes malignos, de entrañas enrarecidas. ¡Más vale alejarse de ellos si no queremos que nos arrastren a su mundo agónico y horrible!

Enseguida nos hicimos amigos. Era fácil hablar con la anciana. Siempre aparecía en mi presencia luciendo unos ropajes antiguos y muy elegantes. Un collar de perlas, blancas cual huevos de paloma, le rodeaba el cuello del vestido de satén, en un tono berenjena oscuro. Sus manos aparecían enfundadas en unos guantes de raso acorde al color con el que iba vestida. El pelo canoso, casi níveo, se elevaba en un rodete, no demasiado tirante, en lo alto de la cabeza, donde una pareja de peinetas de nácar y brillantes, se anclaban entre el moño y el pelo restante.

La anciana no se movía del salón; a menudo la encontraba sentada en la mecedora y otras, paseando tranquilamente por la habitación, acariciando cada mueble y estantería con  mucho mimo, deslizando despacio sus dedos enfundados en satén por libros vetustos, sintiendo cada curva de sus lomos, perdida en mil recuerdos felices.

Era muy agradable llegar a casa y encontrarla con su gran sonrisa. Enseguida surgía el debate, ameno y lleno de chispa, era una inteligente conversadora en extremo.

            ─Luis, permítame darle un consejo. Debe usted activar ciertas defensas psíquicas para que, cuando salga al mundo exterior, los demás fantasmas, que existen en gran número, le dejen descansar. Si no lo hace, puede morir de agotamiento. Cuando encontramos a individuos que pueden comunicarse con nosotros, los fantasmas nos ponemos muy pesados, terminamos olvidando que el interlocutor, en cuestión, es humano y tiene ciertas necesidades para seguir viviendo.

Mi mentora me instruyó en estas nuevas destrezas, cosa que más adelante agradecí en el alma.

            ─Debería seguir con su vida y sus planes. Su madre así lo hubiera querido y usted debe disfrutar de su juventud, enriqueciendo su experiencia y buscándose un modo de ganarse la vida. Ya es hora de que dé por finalizado el duelo.

Hice caso a mi consejera de lujo y, al día siguiente, fui decidido a la agencia de viajes para formalizar mi billete de ida a Londres y, de esta manera, cumplimentar allí mi formación profesional. Pero los planes no fueron los pensados, ni mucho menos. Nada más entrar en la oficina de viajes, un único itinerario llenó mis ojos por completo. No sé qué me sucedió en aquel instante, fue como si algo o alguien me arrastrara hacia un destino que yo no deseaba. Así me vi empujado a formar parte de un grupo de personas que emprendería una larga travesía por varios castillos de Escocia.

Cuando me disponía a hacer las maletas, pues mi salida era inminente, la anciana sonrió de buena gana.

            ─¡Es tu destino! ¡Debes ir, pero ten mucho cuidado! Esta vez la elección no es tuya, hay alguien muy empeñado en que vayas a Escocia. Debes averiguar quién es y qué es lo que quiere de ti…

3.- En tierras escocesas.-

En poco más de veinticuatro horas, me hallaba en el aeropuerto de Barajas, rodeado de varios miembros de mi expedición. Conocí a una doctora en medicina, atractiva en su madurez y muy agradable, que había sido reclutada en calidad de médico del grupo, según me explicó, para atender los posibles casos de ansiedad que solían darse en este tipo de viajes “especiales”. No entendí el significado del epíteto hasta que me encontré con los demás compañeros de fatigas. He de reconocer que componían un extraño grupo. Había dos espiritistas, tres parapsicólogos, dos psicólogos, un grupo de investigación paranormal, formado por siete miembros, un editor de libros de terror, tres guionistas de televisión, cuatro escritores, la doctora y yo, que era, con mucho, el miembro más joven.

Me harté de contestar la misma pregunta una y otra vez:

            ─¿Cuál es tu profesión?

            ─Estudiante de lengua inglesa.

Cada vez que respondía esta cuestión, era observado por mi interlocutor de turno, de arriba abajo, dibujándose un mohín de contrariedad en su faz. Leía a la perfección lo que aquellas mentes se cuestionaban con respecto a mi persona:

            ─¿Qué hacía un estudiante de lengua inglesa en un viaje de experiencias paranormales?

No hubiera podido contestar aunque hubiera querido, yo tampoco tenía la menor idea de mi papel en aquel recorrido.

Al fin, el avión salió con media hora de retraso. Era tal el equipaje que llevábamos en cabina que hasta que el último cachivache no estuvo bien anclado, las azafatas no cerraron  los maleteros, revueltos una y mil veces en su afán de meterlo todo allí con calzador.

Dos horas y media más tarde aterrizábamos en el aeropuerto de Edimburgo. Un autocar nos esperaba en las inmediaciones. El guía ayudó a recolectar el numeroso equipaje de aquella troupe de circo y en poco más de una hora nos hallábamos cómodamente instalados en nuestras habitaciones del hotel.

Aquella velada, la primera del viaje, haríamos un itinerario por la medieval ciudad plagada de leyendas y fantasmas. A las siete tomamos la cena y enseguida salimos caminando hacia la Royal Mile, la calle más importante de Edimburgo dividida en seis zonas, Castlehill, Castle Esplanade, la zona más antigua y cercana al castillo, lugar en el que se ubicaba la pira de los condenados a morir quemados y los acusados de brujería; la siguiente era Lawnmarket llena de tiendas de regalos; más tarde pasamos por High Street en la que vimos la catedral de St. Giles, así como una larga colección de pubs y restaurantes. Entramos en uno de ellos para bebernos una cerveza, con gran desesperación de la guía que tenía mucha prisa por acabar cuanto antes el recorrido; más tarde pasamos a Canongate, lugar que recorrimos a toda velocidad porque por allí no había ni un alma, solo encontramos un pub llamado “del fin del mundo”, y no tenía demasiados parroquianos. Llegamos al fin al último tramo de la calle situado en Abbey Strand donde se encontraba la plaza del parlamento.

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Volvimos sobre nuestros pasos para pararnos en una pequeña ciudad subterránea, formada por una red de callejones que se tapió en el siglo XVII. El más importante correspondía a Mary King’s Close. Lo que antaño fue una animada calle comercial, con tiendas de artesanos y viviendas, se había convertido en un callejón envuelto en sombras y silencio. En aquella penumbra, rota por algún que otro escaso farol, nos detuvimos para observar los sofocantes muros de las callejas. Al entrar en los subterráneos, el aire se volvió tan denso que nos costaba respirar y el silencio era tan ensordecedor que parecía vivir el terror de aquellos días de la pestilencia. De repente, el llanto de una niña nos distrajo de nuestros lúgubres pensamientos, primero se escuchó suave y lejano, fue acercándose para acabar prácticamente a nuestro lado. Vi a la niña con toda claridad, parada a mi lado. Lloraba sin parar. En un momento dado extendió las manos hacia mí. Traté de agarrarlas pero eran de humo. Mis compañeros, entre tanto, escuchaban el llanto pero no podían ver a la pequeña y habían sacado sus instrumentos de medición, que se volvieron locos al instante, indicando claramente  la localización de una presencia.

La niña tenía tal berrinche que no había forma humana de hablar con ella.

            ─¿Por qué lloras? Dime qué te ocurre para que pueda ayudarte.

Dejando a mi grupo, que ni se dio cuenta de mi ausencia, seguí a la cría hasta una vieja casa. En una de las paredes, una multitud de muñecas, dejadas por los turistas, se apiñaban unas encima de otras, formando una extraña montaña llena de cabezas y cuerpos de plástico. La nena se acuclilló allí, inconsolable.

            ─¿Has perdido a tu muñeca?

Sin dejar de llorar, sacudió su pequeña y sucia cabecita varias veces.

            ─Y éstas ¿No te gustan?

Negó con rotundidad, redoblando los lloros. En ese instante todo mi grupo se personó en la vieja casa.

            ─¿Cómo sabías que este es el lugar donde vivía la niña que lloraba?─ Preguntó la guía.

            ─Porque ella me lo ha indicado. ─E intentando cambiar de tema, pregunté a la mujer: ─¿Cuándo murió?

            ─ O sea que la nena te ha pedido que la sigas ¿no? Ya…─Dando un gran suspiro no comentó más sobre el tema y se limitó a contestar a mi pregunta. ─Fue en el siglo XVII cuando seguramente moriría. La historia dice que la peste, desencadenada por la malsana mezcla de aguas residuales, basura y porquería en la que vivía inmersa la muchedumbre que habitaba esta gran urbe, mató a las tres cuartas partes de la población de Edimburgo, entre ellos a esta pequeña, llamada Annie, la niña que solloza sin cesar. Los turistas le dejan juguetes para tratar de consolar su alma.

            ─El problema es que la pequeña busca una pepona concreta, la suya, que no se debe parecer en nada a los modernos juguetes que hay aquí dentro. No le gustan.

            ─En aquel entonces─ Explicó la guía ─Las muñecas se hacían de cara de porcelana y cuerpo de trapo. Entre los más pobres no se podían adquirir este tipo de muñecas, lo más probable es que la muñeca que ella espera encontrar estuviera hecha de trapos.

Obedeciendo a una misma idea, juntamos pañuelos de cuello, unos cordeles de zapatos y gomas del pelo e hicimos algo parecido a un muñeco. Con un rotulador dibujamos los ojos y la boca. El atado lo dejé al lado del fantasma que seguía acurrucada en un rincón chillando con desesperación. Repentinamente dejó de llorar. La niña comenzó a emitir una dulce cancioncilla acariciando el amasijo de ropa con forma de bebé.

            ─Creo que hemos acertado haciendo el juguete, parece que es de su agrado.

De puntillas salimos de allí. El silencio nos envolvió opresivamente. Cuando estábamos a punto de abandonar el lugar, un rostro con barba apareció por un instante delante de nuestras narices para, después, transformarse en guedejas de niebla. Algunos de nosotros gritamos presas del terror saliendo de inmediato de aquellos callejones malditos.

Pasamos por el hotel para recoger el resto del pesado equipo de grabación e investigación paranormal que, enseguida, se repartieron entre los siete miembros que lo componían.

Ya repuestos de los sobresaltos que habíamos sufrido en las callejas medievales, nos dirigimos al cementerio de Greyfrias Kirkyard: Camposanto que rodeaba la Iglesia Greyfriars. En él encontramos enterrados personajes famosos como el humanista George Buchanan o el abogado George Mackenzie. Según nos contó la guía,  el espíritu de este último continuaba atormentando a los visitantes de noche. Era conocido en su tiempo como Bloody Mackenzie (Sanguinario Mackenzie), encargado de perseguir a las brujas y a los presbiterianos firmantes “del Pacto de los Covenanters” (grupo de presbiterianos que no deseaban la introducción de la nueva liturgia establecida por el obispo William Laud y que con su puño y letra rubricaron un documento en un intento de revuelta contra el rey Carlos II) (1683). Fueron encerrados en una zona de ese mismo cementerio que se utilizó como prisión. Centenares de ellos pasaron por los instrumentos de tortura convencionales y otros hechos especialmente para la ocasión por orden de Mackenzie, quien se dedicó a investigar nuevos métodos de tortura por diferentes países para llevarlos a la práctica con el grupo de disidentes. Morían a centenares. Otros prisioneros fueron enviados en barco a América, desterrados para siempre y condenados a trabajos forzados, pero no tuvieron un final mejor que el de sus compañeros, puesto que el barco naufragó.

Esta triste historia nos persiguió hasta que alcanzamos el área del camposanto que había servido como cárcel y después se convirtiera en la tumba de los covenanters. La guía siguió explicando:

            ─ Actualmente la zona de las celdas está cerrada, como pueden observar, con una valla metálica de seguridad. Algunos estudios han confirmado que existe un nivel 3 de fenómenos paranormales, como ya sabrán es un grado bastante alto, en el que se escuchan voces, se ven y se sienten cosas. Esta es la zona cerrada al público y es la que van a tener el privilegio de visitar. Recuerden que los ataques sufridos por los visitantes, golpes, moratones y demás, aquí infringidos por “supuestos fantasmas”, seguramente se deban a una sugestión colectiva. Les recuerdo que su grupo está integrado por gente de ciencia que no se deja arrastrar por meras leyendas populares, con lo cual espero que no me den ningún disgusto esta noche… ¡Enciendan las linternas y síganme!

Las verjas se abrieron y los veinticinco avanzamos entre esas viejas construcciones de piedra. Los equipos de mediciones fueron instalados y los fotógrafos comenzaron a hacer su trabajo, cada vez con más arrojo, separándose del grupo. El ambiente era siniestro y el frescor de la humedad lo llenaba todo. Comenzó a caer una débil lluvia que, al rato, nos había calado hasta los huesos. Me refugié debajo de un alero que sobresalía entre los demás. Me volví al sentir el movimiento de una gran corriente de aire. Algo oscuro venía a toda velocidad hacia mi persona. En el último momento me tiré al suelo, rodando sobre mí mismo, logrando esquivar aquel proyectil inmundo.

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Una sombra gigantesca se acercó al lugar en el que había caído.

            ─¡Puedes verme! ¡Uhm!…Imagino que también me oirás. Quiero que saques a toda esta gente de aquí. No deseo que ronden por mi territorio. Si no os vais en pocos minutos sufriréis las consecuencias.

            ─¿Quién es usted?

            ─¡George Mackenzie!

            ─Usted está muerto, entiéndalo, ya no tiene poder sobre los vivos. Ellos solo hacen su trabajo.

            ─¡Por eso precisamente no quiero que nadie visite este lugar! Perturba la paz de los que murieron.

            ─Pero ellos murieron por su culpa, porque usted los encerró, los torturó y los enterró aquí.

            ─¡Claro que sí! Y aun lo sigo haciendo. Las almas que andan por aquí están bajo mi yugo. Me encanta oír sus gritos desgarradores mientras los doblego.

Llegué a la conclusión de que este fantasma, loco y malvado, no había sido el autor de la imperiosa llamada que me había conducido a Escocia. Nada más conocerme ya quería deshacerse de mí. Hablé con mis compañeros para recoger todo aquello. Les avisé sobre lo que el fantasma quería hacer si no nos íbamos. No me hicieron ningún caso como era de esperar.

Unos alaridos infrahumanos se oyeron en aquel punto donde el grueso del grupo trabajaba a destajo, dejándonos la piel de gallina. Los aparatos marcaron niveles históricos de actividad paranormal. Y así comenzó el ataque…

4.- El fantasma del castillo de Eilean Donan.-

La noche se tornó una auténtica tortura. En menos de un minuto toda la furia almacenada en los espectros de los que fueron torturados hacia cuatrocientos años, estalló sobre nuestras cabezas. Una lluvia de cristales acuchilló a todo el equipo infringiendo multitud de pequeños cortes que dejaban regueros de sangre en la tierra; después vinieron las piedras, no muy grandes pero certeras y en cascada, tratando de aplastarnos. Mientras tratábamos de cubrirnos debajo de los tejadillos de algunas construcciones, vi que uno de los fotógrafos había perdido el sentido. Yacía tirado en el polvo de la calle, igual que una piltrafa, nadando en un gran charco de sangre. Varios fantasmas le rodeaban preparándose para aplastarlo. Sin pensarlo dos veces corrí a su lado y me dispuse a defenderlo. Una luz terrible brotó de mis ojos pulverizando a los entes diabólicos que trataban de enterrarle con una lluvia de piedras. Arrastré el cuerpo al lugar donde el grupo se había replegado.

  ─¡Seguidme! ¡Tenemos que salir de aquí o nos aniquilarán!─ Chillé con toda la fuerza de la que fui capaz para que me oyera todo el mundo

Esta vez sí me hicieron caso. Todos nos movimos en un montón compacto, directo hacia la verja de hierro, la salida. Cuando estábamos llegando, la puerta se cerró ante nuestras narices y se hizo imposible su apertura. La cerradura estaba atascada. Animé a los miembros del grupo a empujar con todas nuestras fuerzas. Al fin cedieron las pesadas puertas y salimos fuera del alcance de aquellas fuerzas demoníacas. Cerramos la verja detrás de nosotros, colocando en su lugar la cadena con el cartel de prohibido pasar. Nos retiramos todo lo que pudimos de la entrada, hacia las tumbas y esperamos la ayuda que previamente habíamos solicitado. Las ambulancias no tardaron en llegar. Enseguida se llevaron al fotógrafo que apenas respiraba y a otros cuatro compañeros con roturas de huesos. A los demás les fueron curando y cosiendo los numerosos cortes que presentaban. Fui el único que no tuvo ni una sola herida ni hematoma; el resto, tenía escrito en su cuerpo con tinte amoratado, cada golpe y patada de los espectros. George Mackenzie se pudriría eternamente en su infierno particular del cementerio de Greyfriars, pensé mientras acariciaba el colgante que pendía de mi cuello.

Antes de irnos a dormir, tomamos una pastilla para relajarnos y estuvimos largo rato charlando antes de pasar a nuestras habitaciones. El miedo teñía de oscuro cada rasgo de la cara de los de mi grupo; incluso de la mía. Conocía muy bien aquella odiosa y terrible sensación.

 ─¿Por qué las autoridades no hacen nada al respecto?

            ─¡Claro que lo hacen! ¡Prohíben el paso a los turistas!

─Pero no entiendo por qué no destruyen ese mausoleo, porque así se acabaría todo ¿no? Si los huesos de los atormentados y del verdugo son aniquilados, ellos se esfumarían─ Comentó uno de los escritores.

─En la mayoría de los casos funciona, los fantasmas están totalmente ligados a sus huesos, sobre todo si han experimentado un final terrible. En esta ciudad sería realmente difícil acabar con todos los espectros, habría que quemar toda la urbe entera hasta sus cimientos, y aun así estoy seguro que alguno sobreviviría─ Contestó uno de los parapsicólogos más afamados y duchos en la materia de lo paranormal.

Estuvimos hablando sobre el suceso que habíamos experimentado con tanto terror, hasta que los párpados comenzaron a cerrarse, momento que aprovechamos para echarnos a dormir.

A la mañana siguiente, el aspecto que presentábamos era terrible. Los cortes y moraduras mostraban un color más enconado e inflamado, haciendo que todas las miradas de los que desayunaban en el comedor estuvieran fijas en cada uno de nosotros. En la portada de los periódicos salía la noticia del nuevo ataque en el cementerio de Greyfriars.

Después del refrigerio y con muy poco ánimo, vino la puntilla con el anuncio de la triste noticia sobre la suerte de nuestro compañero fotógrafo, muerto durante la noche. Con el desaliento como cómplice, salimos hacia un paradero bien conocido. El autobús se puso en ruta encaminándose a nuestro primer destino fuera de Edimburgo, se trataba del Castillo de Eilean Donan, famoso, entre otras cosas, por haber sido escenario de varias películas: El señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, Los inmortales, Rob Roy, La trampa y El mundo nunca es suficiente. Un lugar que era un imán para los turistas.

Nos dirigimos al noroeste de Escocia. En unas pocas horas alcanzamos Inverness donde hicimos una parada para almorzar antes de proseguir con la visita. La capital de las “Highlands” o tierras altas escocesas, nos sorprendió por su belleza y por el lenguaje que todavía se empleaba en aquellos lugares, el gaélico escocés. Desde el autobús la panorámica de la ciudad reflejándose en el río Ness resultaba embriagadora. Después del almuerzo proseguimos la ruta hasta nuestro destino. Aunque los establecimientos públicos cerraban temprano, a las cuatro de la tarde, el castillo-fortaleza estaría a nuestra disposición, solo para el grupo, hasta altas horas de la noche.

El primer vistazo de la edificación nos dejó sin palabras. Parecía sacada de un cuento de caballeros y damas medievales. Hermosa, sólida y anacrónica, la fortaleza se alzaba en una isla situada en un lateral del lago Duich, comunicado a su vez con otro lago, el Alsh que se abría al océano Atlántico. Un estrecho puente de piedra unía la isla con tierra firma, igual que una larga lengua de serpiente, convirtiendo la construcción en inexpugnable, aunque al escuchar su historia, nos dimos cuenta de que no lo fue tanto en siglos pasados.

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El castillo actual comenzó a construirse en 1220 por orden de Alejandro II de Escocia sobre las ruinas de un antiguo fuerte usado por los pictos, antiguos habitantes de Escocia, como defensa frente a las incursiones vikingas. Posteriormente el castillo se convirtió en residencia del clan MacRae antes de quedar abandonado poco después de la unión entre Escocia e Inglaterra. En 1719 fue ocupado por una expedición española que tenía como objetivo levantar militarmente a los escoceses contra la corona británica. En un principio parecían haber conseguido este propósito, pero los señores escoceses se echaron atrás ante la ausencia de un alto contingente de tropas españolas, prometidas para ayudarles en la liberación del yugo británico. Así pues, cincuenta hombres se quedaron guarneciendo el castillo y el resto, junto con unos 800 escoceses de distintos clanes, se dirigieron hacia el sur, ocupando distintas poblaciones.

Su aventura acabó en la batalla de Glen Shiel, el 10 de junio de 1719, cuando se enfrentaron a tropas inglesas. Los escoceses, mal preparados, huyeron tras varios ataques de artillería. Los españoles, solos, aguantaron hasta que comprendieron que era inútil seguir luchando y se rindieron.

En cuanto al castillo, tras un mes de ocupación, tres fragatas británicas penetraron en el lago Alsh y desde allí bombardearon masivamente la fortaleza hasta reducirlo a un puñado de escombros. Murieron muchos de sus defensores: españoles, escoceses e ingleses (partidarios de Jacobo III Estuardo, último rey católico inglés). El resto fueron capturados y corrieron distinta suerte; los españoles fueron encarcelados y los británicos fusilados por traición. El castillo de Eilean Donan quedó entonces abandonado en estado de ruina hasta que John MacRae-Gilstrap lo restauró entre 1912 y 1932.

La guía después de narrarnos exhaustivamente los hechos históricos, pasó al capítulo que nos había traído hasta allí: la existencia de un fantasma perteneciente a uno de los soldados españoles, compañero de aquellos que fueron abatidos por los británicos en los bombardeos de la fortaleza. Se trataba de un combatiente que hasta el último momento se negó a abandonar el castillo, un capitán de navío que decidió perecer entre esos muros escoceses, y luchar hasta su último aliento. Existe una leyenda, confirmada por decenas de personas que han sido testigos de su existencia, sobre la presencia del fantasma de ese soldado español, ente que se pasea por el castillo (ya reconstruido) y que tiene por costumbre gastar bromas y juguetear con sus muchos visitantes, con la excepción de los turistas españoles, a los que les permite recorrer las distintas dependencias de la fortaleza sin molestia alguna.

Y así nos dispusimos a conocer a este sujeto que parecía, con mucho, bastante más simpático que sus congéneres del cementerio de Greyfriars.

Faltaba una hora para que cerraran las dependencias de la fortaleza y aún había numerosas personas visitándola. El equipo comenzó a desplegar su ingente cantidad de aparatos en varias de las estancias, ante la curiosidad de algunos miembros del clan MacRae. Las personas se entretenían observando sobre todo, la inmensa colección de armas instalada en una de las dependencias.

Yo me hallaba mirando el lago, el espectáculo del atardecer, desde una de las ventanas, me tenía totalmente subyugado. No sentía el paso del tiempo, sólo el vaivén del agua a merced de la brisa y los rayos de sol escondiéndose entre las muchas nubes que amenazaban con descargar en cualquier momento. Repentinamente unos agudos chillidos me sacaron de mi ensoñación y salí a la carrera hacia la dependencia de donde partían los gritos ensordecedores. Encontré el suelo alfombrado de gorras y sombreros. La gran lámpara de la sala oscilaba peligrosamente de un lado al otro, entre el rechinar de los eslabones de hierro que la sostenían anclada al techo. La gente no se atrevía a moverse. Una gran corriente de aire levantó las faldas de algunas señoras. Vi perfectamente al autor de tan divertida maniobra. Cuando llegó hasta mí se paró en seco. Nos miramos profundamente el uno al otro. El fantasma iba ataviado con un viejo uniforme militar, incluyendo una coraza pectoral y un yelmo que le dejaba la cara al descubierto.

─¡Puedes verme!

─¡Sí! También he observado lo que acabas de hacer.

─En algo tengo que entretenerme. Tantos años aquí aburrido…Menos mal que ahora vienen turistas. Me encanta hacerles jugarretas.

 ─¿Te llamas Carlos? Porque eso dicen los guías cuando hablan de ti.

─Mi nombre es Antonio Sánchez Del Valle, capitán de la fragata “Fortuna”, hundida por las tropas británicas en 1719. Juré no abandonar esta fortaleza conquistada para España y así lo hice. El honor lo es todo para un soldado.

─Capitán ¿Tenía algún interés en que viniera a visitarle?

 ─¿Interés, de qué tipo? No sé a qué se refiere.

─Con esa respuesta deduzco que no ha sido usted quién me ha arrastrado hasta Escocia.

El fantasma se quedó unos minutos pensando muy concentrado antes de seguir con la conversación.

 ─Si hay algún espectro que tenga ese poder, debe poner mucho cuidado cuando lo encuentre o podría quedar atrapado con él, donde quiera que esté, en cuerpo y alma.

En ese momento se acercó uno de los parapsicólogos:

 ─¿Puede ver a los fantasmas, verdad?

─¡Sí, los veo! Y créame si le digo que en la mayoría de los casos resulta aterrador.

 ─Sin duda debe serlo. No todo el mundo estaría preparado para algo así. Creo que un gran número de individuos nos volveríamos locos.

Desde ese momento, el doctor Sangüesa escuchó mis opiniones con gran respeto.

Los aparatos registraron una gran actividad paranormal para regocijo de mis compañeros que anotaban, fotografiaban y grababan todo lo que acontecía en la sala, mientras el capitán de navío y yo charlábamos amigablemente sobre la España actual. Resultó un buen conversador que narraba anécdotas de sus muchas batallas acaecidas tres siglos antes. Los turistas me observaban mientras hablaba y hacía algunos aspavientos dirigidos a un interlocutor imaginario. Creyeron que era un figurante y me sacaron cientos de fotos. Llegó la hora de cierre y se fueron entre tirones de pelos, volteos de capuchas y algún que otro viento huracanado. Cuando el fantasma despidió al último turista se reunió conmigo y estuvimos departiendo hasta el amanecer.

La despedida fue melancólica para los dos. Me hubiera gustado llevar a este capitán como compañero de viaje, era indómito, alegre y vital.

─Ha sido un verdadero placer charlar con un compatriota. ¡Tenga mucho cuidado amigo! ¡Los fantasmas podemos ser verdaderamente malvados!

Dejamos el castillo después de recoger todos nuestros pertrechos y nos dirigimos a la villa más cercana Kyle of Lochalsh, sitio en el que nos tumbamos unas horas antes de partir hacia nuestro nuevo destino.

La voz del fantasma todavía resonaba en mis oídos:

 ─Ese espectro quiere aniquilarlo, por eso lo atrae hacia él y usted no puede hacer nada para evitarlo.

5.- Un encuentro con el fantasma de Lady Glamis.-

El viaje continuó. Nos detuvimos en dos ocasiones, en sendas casonas aristocráticas que tenían fama de poseer algún que otro fantasma. En la primera, construida a finales del siglo XIX, hallé el espectro de un muchacho. No lo encontré dentro de la mansión sino en el pequeño riachuelo que bañaba parte de la propiedad. Había ido a dar un paseo y enseguida le vi. El sol atravesaba su cuerpo de neblina haciéndolo brillar igual que un adorno navideño. El chaval no se movió, absorto como estaba en observar la corriente. No lejos del lugar se podía admirar una noria, sumergiéndose paulatinamente en el agua, haciendo que ésta saliera impelida hacia unas pequeñas canalizaciones que regaban una huerta de hortalizas.

            ─¡Hola! ¿Te importa que me siente en este lugar?

El joven levantó la cabezada para echarme una ojeada y respondió amablemente:

            ─¡Desde luego que no! Así podremos charlar. Hace mucho que no lo hago…

            ─Pensé que estabas en la casa, suele ser lo normal en estos casos.

            ─¿Lo dice porque estoy muerto?

            ─Más bien porque no lo estás del todo.

            ─¿Puede creer que me costó alrededor de 50 años darme cuenta de que era un fantasma? Recuerdo una tarde de primavera en la que el sol calentaba e iluminaba este pequeño prado. Me acerqué para coger unas flores, pensaba ir al baile que se celebraba aquella noche y quería convencer a una chica de la vecindad para que me acompañara. Ya tenía un buen ramo, cuando observé unos lirios celestes muy cerca de la noria. Tuve que meterme en el agua para alcanzarlos. Los cogí  y me dirigía hacia la orilla cuando algo me golpeó en la cabeza. Cuando desperté me había tornado traslúcido. Estuve jugando con la luz que me traspasaba el cuerpo hasta que escuché un gran alboroto. El dueño de la propiedad, junto con un grupo de jornaleros, intentó rescatar “algo del agua”. Nunca supe lo que era, pues cuando llegué a su lado lucía una expresión de gran tristeza. Bastante después supe que mi cuerpo jamás fue recuperado del río. Mis huesos descansan en el lecho, justo debajo de la noria. Estuve muy triste durante décadas. Ahora estoy bien, haciendo amigos por aquí, es divertido.

Miré hacia la orilla donde el muchacho se ubicaba. Docenas de peces asomaban la cabeza produciendo un ruido de burbujeo y ebullición ininterrumpida. Los insectos, igual que los peces, se amontonaban allí mismo: lombrices, escarabajos, mariposas, abejas, arañas. Un zorro apareció detrás de nosotros y se acercó confiadamente hasta llegar a la figura transparente. El fantasma acarició el lomo del animal con una vibración que esponjó el pelo del mamífero. Me despedí en voz baja del espectro, le dejé en la orilla de aquel riachuelo, rodeado de una buena colección de la fauna del bosque. Me alegré por él pues no estaba solo.

Mis compañeros no hallaron ningún signo espectral en sus máquinas y proseguimos la excursión a una segunda vivienda, bastante cerca de ésta última, en la que no encontré espectro alguno, ni dentro ni fuera de la casa. Mis compañeros se sintieron decepcionados, no me atreví a decir nada sobre el muchacho de la noria, me daba pena que interrumpieran, con sus mil cachivaches, el flujo de bienestar que allí se respiraba.

En el autobús proseguimos el viaje hacia una de las construcciones más emblemáticas de Escocia. Se trataba del castillo de Glamis, edificado a principios del siglo XV, ocupando el lugar de un antiguo pabellón de caza del siglo XI. La guía se deshizo en elogios para con este nuevo destino, uno de los castillos más apreciados por la actual familia real inglesa. De hecho allí había nacido la princesa Margarita.

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Según dijo, se hallaba en perfecto estado de conservación y recibía miles de visitas turísticas…La guía siguió hablando, adormeciéndome con su voz monótona. Cuando abrí los ojos, el autobús se encontraba parado en el aparcamiento del castillo. Oteé por la ventanilla para visualizar la construcción ¡Era imponente! Unos jardines extremadamente cuidados rodeaban la residencia. Mis compañeros iban cogiendo sus instrumentos del maletero abierto. Me percaté de que tenía compañía en el asiento de al lado. Observé a la persona que todavía no se había movido hacia la puerta. Se trataba de una bella mujer, vestida con un traje de época, donde la seda y las puntillas abundaban en demasía. Me sonrió abiertamente.

            ─Lleva un vestido precioso─ Comenté halagado por tener una compañía femenina tan bella. ─Vamos a tener que bajar, el chofer cerrará en pocos minutos las puertas del autobús. ¿Pertenece al grupo de teatro? Me han dicho que suelen interpretar pequeñas escenas de obras de Shakespeare.

            −Soy Lady Janet Douglas, sexta lady Glamis.

            ─¿La auténtica?

            ─¡Desde luego! Aunque mi muerte no tuvo lugar en este castillo, mis cenizas fueron enterradas en este sitio al que mi espíritu continúa atado.

La dama se puso en pie y pude ver que la mitad de su persona, incluyendo el vestido, se hallaban quemados. No había escuchado la historia de este espectro que, sin duda, la guía se encargó de contar con todo detalle. Seguro que me había perdido muchas leyendas y anécdotas en el lapso en el que me había sumido en un sueño reparador. Bajé del autobús siguiendo a mi anfitriona.

            ─¡Le va a parecer muy poco educado por mi parte, pero no sé quién es usted! ¿Me mandó llamar? ¿Necesita mi ayuda para descansar en paz?

Sin contestar a mis preguntas, la mujer siguió caminando y penetramos en el castillo. Nos hallábamos en una enorme sala llamada Duncan´s Hall, según pude ver en un cartel, que correspondía a la parte más antigua de la edificación y allí había tenido lugar, según Shakespeare, el asesinato de Duncan a manos de Macbeth, hecho que en realidad no ocurrió en este castillo sino en Elgin.

Uno de los parapsicólogos del grupo, con el que solía charlar amigablemente de vez en cuando, interrumpió mi camino.

            ─¿Sabe? En esta sala estamos detectando gran actividad paranormal ¡Los fantasmas nos rodean por doquier!

La dama blanca sonrió y siguió esperándome. Mi compañero me contó, a grandes rasgos, un resumen de la explicación de la guía, hecho que me había perdido al estar dormido como un tronco.

─Existe un enigma terrible encerrado en esta fortaleza. Se trata de una sala secreta que solo los que fueron señores de Glamis, cuando cumplían los 21 años, se les daba a conocer.

─¿Y qué hay en esa sala, un tesoro?

─Algo mucho más interesante que eso, aunque no se sabe a ciencia cierta de qué se trata. Las teorías que se manejan son las siguientes: Se dice que El señor de Glamis y el conde de Crawford jugaban a las cartas con el mismo diablo todos los domingos. Tan grandes fueron las perturbaciones derivadas de aquellos encuentros, que la habitación se selló por 300 años, y más tarde de forma permanente.

            ─¡Una historia muy sugestiva!─ Dije mirando a la Dama Blanca que flotaba a nuestro alrededor muy interesada.

            ─La segunda ficción, complementa a la leyenda anterior, añadiéndola más sustancia:  Se comenta que una noche de tormenta, cuando el conde estaba solo en aquella habitación secreta, ubicada en lo más profundo de las murallas del Castillo, pidió un paquete de cartas y ordenó a sus siervos que jugaran con él. Ellos se negaron, porque era domingo, día de descanso según las creencias cristianas. Esto hizo que el conde se pusiera furioso y gritara: “Jugaría con el mismo diablo si estuviera aquí!”. Inmediatamente se oyó un fuerte un golpe en la puerta. Y cuando el conde dijo: “Entra en el nombre del demonio!” El mismo Diablo entró. A los pocos días los soldados que custodiaban al señor de Glamis, escucharon sonidos espeluznantes procedentes de la habitación. Uno de ellos trató de mirar por el ojo de la cerradura y se vio atacado por una cortina de llamas. Desde entonces, afirma la historia, el Diablo y el conde han estado jugando a las cartas en ese recinto, sin parar, durante cientos de años.

            ─¡Sí que le gustaban las cartas!

            ─También se dice que la cámara contiene los huesos de clanes escoceses que buscaron refugio de los enemigos. Fueron admitidos en el castillo por el señor de Glamis, y posteriormente encerrados en esa cámara hasta su muerte. El señor del castillo pensó que quizás, cualquier día, estos mismos clanes se podrían volver en su contra. Las puertas y ventanas fueron selladas y los miembros de todos los clanes  murieron de hambre.

            ─¡Esta hipótesis es bastante triste!

            ─Otra de las leyendas, acaecida en tiempos más modernos, versa sobre un cantero que trabajaba en el castillo en unas obras de remodelación y, de repente, se encontró accidentalmente dentro de la habitación. Los horrores que vio fueron tan indescriptibles que le causaron la muerte. La esposa del albañil cobró varios miles de libras de compensación por su silencio, y se la embarcó a Australia para evitar cualquier escándalo. ¡Ah, otra cosa importante! No sabes la cantidad de fantasmas que habitan este lugar: Está la Dama Blanca, la Dama Gris, El gigantón,…─Siguió hablando hasta que se me acabó la paciencia.

            ─Me vas a perdonar pero me están esperando en una de las salas. ¡Hasta luego!

Dejé a mi compañero con la palabra en la boca y seguí a Lady Glamis hasta la cripta.

            ─No sé si después de tanta palabrería le apetece escuchar mi historia.

            ─¡Por nada del mundo me la perdería Lady Glamis!

            ─Lo que voy a narrar es mi biografía, no se trata de una leyenda sino de la que fue mi vida real.

Me apoyé en una de las lápidas y escuché con suma atención todo aquello que salió de los labios medio quemados de la bella Lady Janet Douglas.

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            ─ “Me casé con el 6º Señor de Glamis, uno de los muchos condes de Strathmore que habitaron Glamis en los 600 años de su historia. Vivimos felices junto a nuestro hijo hasta que Lord Glamis murió en 1528. La muerte de mi marido, por desgracia, me dejó a merced del rey James V que odiaba a mi familia con toda su alma, debido a que despreciaba a su padrastro, que era un Douglas, y mi hermano. A los ojos del rey, el clan Douglas era su peor enemigo. Se enteró de que había enviudado y mi hijo, todavía un infante, y yo no teníamos a nadie que nos protegiera. De esta sórdida manera el rey  decidió herir a su padrastro a través de mi persona.  Me acusó de elaborar pociones con el fin de envenenarle, acusándonos tanto a mi hijo como a mí de brujería y malas artes para intentar acabar con su vida.

 Fuimos encarcelados en el castillo de Edimburgo y el rey reclamó nuestras propiedades. Al no existir pruebas de las cosas que había dicho contra mí, y siendo querida y respetada por todos los que me conocían, el rey se dedicó a inventarlas. Para eso obtuvo las confesiones bajo tortura de varios funcionarios así como la de mi hijo de 16 años, que fue puesto en una parrilla al rojo vivo. Fuimos declarados culpables de brujería y sentenciados a muerte. Cuando me ejecutaron había perdido la visión de los dos ojos, debido al lamentable estado de las mazmorras en la que permanecí largo tiempo encerrada. La pira se encargó de quemar mi cuerpo pero no mi espíritu que quedó ligado a la promesa de venganza que todavía corroe mis entrañas. El rey obligó a mi hijo a presenciar mi ejecución, eso fue lo más terrible de todo.

Los que asistieron al juicio sabían de mi inocencia, aun así nadie levantó un dedo para ayudarnos. Eso jamás lo olvidaré. No quiero descansar en paz, no todavía. Mi sed de venganza me mantiene entre estas paredes, no siendo la única aquí, pues muchos otros habitan un mundo paralelo al de los vivos”.

Me quedé sin habla ante semejante horror. La Dama no se esfumó sino que dijo:

            ─ En vista de tu buena disposición hacia mí, permitiéndome aliviar en gran manera el peso de mis sufrimientos, te ofrezco mis servicios de guía por si deseas visitar la habitación secreta─ Quedé tan asombrado ante esta proposición que al faltarme las palabras, afirmé con la cabeza en señal de aprobación, y esperé a que mi regia mentora me hiciera las indicaciones pertinentes.

            ─Te haré una advertencia. Debes permanecer con los ojos fijos en el pavimento, sin levantarlos ante las voces y los gritos que escuches. Si no lo hicieras así, quedarías prisionero para siempre en ese recinto. ¡Dame tu mano!

Sentí un contacto húmedo y electrizante que me arrastró a través de las paredes hasta un cuarto iluminado por unas cuantas antorchas. La Dama y yo nos escondimos detrás de unos sacos de tierra. Siguiendo sus indicaciones no levanté los ojos del pavimento y a esa altura pude ver dos pares de recias botas pertenecientes a sendos individuos que jugaban a las cartas con un tercero. Un olor a azufre impregnaba el habitáculo. Sin alzar la vista del suelo, mis ojos siguieron la línea de la mesa hasta alcanzar a ver las extremidades del tercer jugador: Unas patas de animal, extremadamente musculadas, despedían una aureola de fuego, que mantenía el sitio que ocupaba envuelto en llamas.

A escasos metros de donde nos escondíamos resonó una voz de trueno que me heló la sangre:

            ─¡Veo esas cartas y apuesto cinco almas más, incluida la del muchacho que se esconde detrás de estos sacos!

Poco después hubo rugidos, llamaradas y gritos de agonía. El olor nauseabundo de la carne quemada envolvió la habitación. En ese instante perdí el sentido….

6.- El asedio de los fantasmas.-

Cuando recobré el sentido, no sabía dónde me hallaba, no reconocí el lugar ni a los que tenía alrededor. Oí sus gritos alborozados mientras en mi cabeza resonaba una frase que me ponía los pelos de punta: “Volveremos a vernos muy pronto. No hay remedio para ti, estás infectado”. El eco de esa voz poderosa y terrible todavía zumbaba en mi mente.

─¡Luis, gracias a Dios, por fin abre los ojos!─ Aquel hombre que me daba cachetes en las mejillas me resultaba vagamente familiar. No sabía qué había ocurrido, ni la razón de estar tirado en el suelo. Ante mi estupefacción, el hombre siguió hablando:

            ─Estamos en el castillo de Glamis. Somos sus compañeros del tour por Escocia ¿Recuerda?… Un grupo muy especial, dedicado a descubrir y contactar con los supuestos fantasmas que habitan la mayoría de los castillos escoceses.

Como una tromba, los recuerdos y últimas vivencias me llenaron el cerebro. La impresión fue tan brutal que no caí al pavimento porque ya me hallaba tirado en él.

            ─¡He estado en la habitación secreta!─ Conseguí decir con un hilo de voz mientras fijaba mi vista en mis compañeros.

            ─¿El aposento del que habla la leyenda en la que el diablo jugaba a las cartas?

            ─¡En esa misma estancia! Allí se hallaba  Lucifer en persona. Fue terrible, jamás he sentido tanto pánico… ¿Dónde estoy?

            ─En la cripta. Mire a su alrededor.

Así lo hice y observé las cruces y nichos que recubrían el suelo y las paredes del recinto.

            ─¿Dónde encontró la habitación, cerca de aquí?

            ─Seguí a Lady Glamis. Ella me introdujo en el habitáculo secreto, metiéndose por aquella pared del fondo.

Rápidos igual que centellas, los investigadores pusieron sus aparatos en el lugar que acababa de señalar. Enseguida las lecturas dieron positivas. Comenzaron a sacar fotos y a filmar cada centímetro del muro, peinando la zona, intentando descubrir algún espectro, o tal vez algún dispositivo que abriera la pared. El parapsicólogo no se separó de mi lado. Se le veía muy preocupado y meditabundo.

            ─Usted sabe─ Dijo con voz tenue ─Que algunas veces el cerebro nos puede jugar una mala pasada. No sé si estuvo en aquel recinto maldito, lo que sí asevero con rotundidad, es que su cuerpo permaneció en la cripta todo el rato. Si no me cree mire las fotografías que le fuimos haciendo.

Sentado en una de las lápidas, visualicé la colección de imágenes que poseía el experto. Era yo, sin duda, el individuo que se observaba tirado en el suelo. En varias de las instantáneas se apreciaba un círculo de fuego silueteando mi figura.

  ─¿Y esto?─ Pregunté señalando las extrañas lenguas de fuego

              ─Como verá, Luis, estuvo unos cinco minutos fuera de nuestro campo de visión, justo desde la última vez que coincidimos arriba, en Duncan´s Hall. Enseguida le encontramos aquí tumbado. Intentamos auxiliarle pero una fuerza antinatural nos restringía el paso. Una barrera de llamas nos impedía llegar hasta usted. Varios compañeros se quemaron al pretender un acercamiento. La doctora tuvo mucho trabajo atendiendo a unos y otros. Así hemos pasado la noche. Cuando el sol del amanecer ha tocado esta sala, se ha despertado.

De repente, el hombre me miró fijamente, sentí la intensidad de su escrutinio como algo doloroso.

  ─¡Creo que sus ojos tienen algo raro, como un…agujero! Será mejor que vaya al baño y los observe en el espejo. Hay algo que no va bien en ellos.

A pesar del cansancio que sentía, fui capaz de subir a la planta de arriba para localizar un baño. La imagen reflejada en el espejo seguía siendo harto conocida, o sea, yo mismo, pero se había producido un pequeño cambio. Los ojos no eran los de siempre. Antes poseían un círculo perfecto por el que rayos de potente luz escapaban cuando me hallaba muy excitado. Ahora, en cambio, el agujero luminoso había sido parcialmente tapado por un pozo negro, terrorífico y pavoroso que daba a mi cara una expresión escalofriante. Grité horrorizado. ¿Qué me estaba pasando? Salí despavorido del baño y seguí corriendo hasta abandonar aquel castillo. Tenía la intención de no volver jamás. Las palabras que resonaron en mi mente en el momento en el que salí del trance, volvieron a pasar por mi memoria con toda claridad: “Volveremos a vernos muy pronto. No hay remedio para ti, estás infectado”. ¿De qué podía haber sido infectado? Lo que fuera que entrase en mí, ya estaba realizando su trabajo. Solo había que observar mis ojos terribles.

Ante mi temor a acercarme al castillo no me quedó más remedio que esperar a mis compañeros en el autocar. Mientras ellos embalaban el equipo y recogían todos sus enseres, la doctora me dio un potente ansiolítico y trató de convencerme de que la imaginación me había jugado una mala pasada. Quizá tuviera razón. Pensé que había muchas maneras de viajar o de trasladarse de un lugar a otro, y precisamente los fantasmas sabían mucho de eso. ¿Era el demonio el que me había arrastrado hasta allí? No me pareció verosímil, debía ser otro ente. Si el diablo hubiera querido atarme allí, no hubiera podido abandonar el lugar.

Había otra pregunta que me daba vueltas en la cabeza ¿Le había mirado a la cara? Sólo recordaba unas horribles y poderosas patas de animal terminadas en pezuñas envueltas en llamas. Deduje que no era así, pues de serlo, hubiera quedado atrapado para siempre en aquella espantosa habitación.

Repentinamente y sin previo aviso, comenzó la agresión. Una colección de espíritus que habitaban el lugar se nos vino encima igual que una nube en una tormenta. El viento ululó con silbido de huracán, arrastrando a los compañeros que todavía se hallaban cerca de la puerta del castillo, empujándolos hasta arrojarlos a un gran lago. Varios espectros, negros lo mismo que plumas de cuervo, se materializaron sobre aquellas aguas presionando las cabezas hacia el fondo de los que emergían para coger aire. Estalló el pánico entre los que nos hallábamos dentro del autobús.

No podía consentir que mataran ante mis narices a esos pobres infelices. Salí corriendo hacia la gran extensión de agua. El viento trataba de tirarme, pero no lo conseguía, la fuerza interior que me empujaba era mucho mayor que ese estruendoso soplido. Sentía a punto de estallar un rencor denso y gigantesco que me ahogaba. Llegué al lago y rugí igual que un dinosaurio ciclópeo. Un estruendo ensordecedor emergió de mi garganta haciendo temblar todo el estanque. Los espectros se esfumaron de inmediato, pero mis compañeros sufrieron terribles hemorragias en los oídos. Los ayudé a salir del agua, evitando que se ahogaran. La doctora los examinó concienzudamente. Les dio unos analgésicos para los enormes dolores que padecían y juzgó que el daño no era demasiado severo. Solo a uno de ellos lo dejamos ingresado en el hospital con perforación de ambos tímpanos. Me sentí tan mal que no pude hablar con nadie en todo el trayecto. Echaba a todo aquel que se acercaba al asiento contiguo. Estuve cuatro horas callado hasta alcanzar nuestro nuevo destino.

¡Santo cielo!─ Pensé─¿En qué me estoy transformando?…

 7.- Fantasmas en el castillo de Culzean.-

Dicen que después de la tormenta viene la calma. Por fin los tranquilizantes hicieron su trabajo y me sumergí en un sueño profundo donde imágenes terribles de seres endemoniados se alternaban con la tierna sonrisa de mi madre. ─“Yo te protejo”─ Decían los ojos de mi madre. La medalla que tenía en el cuello cobraba vida propia y huía de mí. Cuando la tenía al alcance de la mano y parecía posible su recuperación, siempre aparecía una barrera de fuego que se interponía entre el amuleto y yo. A pesar de vivir estas ensoñaciones angustiosas, no me desesperaba, pues sabía que me hallaba inmerso en una pesadilla de la cual despertaría tarde o temprano.

Y así lo hice, regresé de mi estado de semiinconsciencia en el instante que el autobús paró el motor. Abrí los ojos, sacudiéndome las espeluznantes figuras que me atemorizaban, para encontrarme con una de las mansiones más célebres de Escocia, el castillo de Culzean. Su efigie se imprimió en el reverso de los billetes de cinco libras emitidos por el Royal Bank of Scotland en una época lejana. Ésta era una de las construcciones más impresionantes de Escocia, situada cerca de Maybole, Carrick en la costa escocesa de Ayrshire. El castillo de Culzean fue construido con una planta en L por orden de David Kennedy, décimo conde de Cassilis. Ordenó al arquitecto Robert Adam que reconstruyera la casa solariega previa, más básica y antigua, y que la convirtiera en un elegante castillo como sede de su condado. La fortaleza se edificó por etapas entre 1777 y 1792.

Según nos informó la guía, el edificio poseía una gran torre, y en su interior se visitaba un espectacular salón circular que miraba hacia el mar, amén de una gran escalinata oval y un conjunto de apartamentos bien amueblados. En ellos íbamos a pasar dos días con sus noches persiguiendo fantasmas que, según la monitora, eran bastante numerosos.

La guía siguió desgranando la historia de la mansión antes de que descendiéramos del autocar. Según nos dijo, en 1945, la familia Kennedy dio el edificio y los terrenos que lo rodeaban al National Trust for Scotland, evitando así el astronómico impuesto sobre la herencia. Al hacer esto, estipularon que el apartamento en lo alto del castillo le fuera entregado al general Dwight Eisenhower en reconocimiento a su papel como comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. El general visitó por vez primera el castillo de Culzean en 1946, y se refería a él como “La Casa Blanca escocesa”. Retornó cuatro veces más, incluso siendo ya presidente de los Estados Unidos.

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El recinto que contiene tan magna construcción comprende 117 hectáreas, divididas en una granja de ciervos, unos jardines espectaculares cuajados de flores, establos, puerto, playa, lago de cisnes y  un gran pedazo de bosque.

Por fin descendimos del autobús y recogimos las maletas además de los mil cachivaches que portábamos. Así muy cargados, nos dirigimos hacía una enorme puerta de piedra. Al encaminarnos hacia el castillo, nos dimos de manos a boca con un faisán de brillantes colores, que rápidamente desapareció entre el follaje del bosque. Paré un instante para admirar la vista desde donde me encontraba; el castillo parecía escapado de un cuento de hadas. A lo lejos pude observar una manada de ciervos pastando tranquilamente en los alrededores.

Maleta en mano traspasamos el pétreo y gigantesco portón, seguido de un puente que se elevaba sobre unos preciosos jardines. Al final del puente alcanzamos otra ciclópea abertura por la que desembocamos en un gran patio. Se hallaba presidido por una zona ajardinada cuajada de flores de olor penetrante. Desde la plaza de armas se divisaban la enorme muralla que se unía al acantilado, así como las dependencias destinadas a los establos y viviendas del personal y, por supuesto, la torre imponente.

Nos dieron las llaves de los aposentos y fuimos a deshacer las maletas. Enseguida bajamos a almorzar y después comenzamos a trabajar. Aunque mi labor no era otra que servir de acompañante a los integrantes de la extraña misión, me divertía colocando el instrumental aquí y acullá, dependiendo de las órdenes que daban los supervisores. Una vez que se hubo desalojado el edificio de visitantes, procedimos a ubicar los sensores de movimiento, micrófonos y grabadoras; los termómetros, los medidores de electromagnetismo y el analizador de espectros. Las cámaras estaban al alcance de la mano para grabar y hacer fotografías en un momento dado. Nada más poner en marcha los instrumentos, comenzaron a salir unas altas mediciones paranormales. La temperatura bajó y los medidores se volvieron locos. Una gaita comenzó a sonar en la lejanía. Abrimos una de las ventanas que daba al jardín y allí pude ver a un gaitero semi trasparente tocando una nostálgica melodía que nos partía el corazón.

            ─¿Puedes ver al gaitero?

            ─¡Sí, está cerca de la fuente central! Lleva un uniforme escocés antiguo, tocado con boina de cuadros y una gran borla verde. No se mueve del jardín. Está estático.

            ─¿Y por qué los medidores siguen señalando una cercanía de apenas centímetros?

Sentí un aliento helado en el cuello. Me volví despacio con el corazón encogido de terror para encontrarme con el espectro de un individuo mal encarado. Llevaba la ropa hecha jirones y me miró lleno de rencor.

            ─¡Exijo justicia! Llevo siglos esperando que la providencia haga su trabajo.

            ─¿Quién es usted?

            ─¡Qué desfachatez preguntar tal cosa! ¿Es que acaso no lo sabe? Soy harto conocido por estos contornos.

            ─Eso sería en su época.

            ─Soy Sir John Cathcart. Mi esposa me empujó desde la muralla precipitándome al vacío. Es una asesina.

Comenté a los miembros de mi equipo el nombre de la presencia que detectaban.

            ─Es el asesino de esposas─ Dijo mi amigo el parasicólogo─ Mató a sus esposas para heredar sus posesiones. Su última esposa pertenecía a la familia Kennedy e intentó deshacerse también de ella. Su esposa adivinó sus intenciones y en uno de los paseos que daba la pareja por la muralla, la mujer empujó a su consorte, destrozándose entre los acantilados que rodean el castillo.

El fantasma al oír todo aquello, gritó de rabia y soltando un chorro de niebla verde, salió de la estancia. Para mi sorpresa había allí varios entes más. Parecía una reunión de seres transparentes. Comuniqué las últimas noticias a los expertos que se movían de un sitio a otro tratando de captar lo máximo posible con sus instrumentos.

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Aquellos seres llevaban ropajes de diferentes épocas. Había una joven que vestía un ceñido traje de noche, fumaba un cigarrillo y miraba muy fijamente sin pestañear. No hizo la menor intención de decir una palabra. A su lado pude ver a un niño de unos siete años, sucio y macilento, parecía un pinche de las cocinas. Una sirvienta de antiguo traje largo y negro con delantal almidonado y cofia en la cabeza, aparecía sumisamente cerca de un individuo de recios bigotes rojizos, con ojos de fiera salvaje. El ser me miró fijamente y habló en estos términos:

            ─¡Puede vernos! Es un mensajero entre universos. ¿Qué hace usted aquí? Nunca ha venido nadie con tanto poder. ¿Qué quiere?

            ─He sido convocado por un fantasma pero desconozco su identidad y en qué parte de Escocia habita. Hasta ahora he recorrido un buen pedazo de esta zona sin obtener ningún resultado. Esperaba que en este castillo pudieran despejarme esta incógnita.

            ─Es cierto que somos un grupo nutrido de fantasmas. En vida fuimos pendencieros y ruines, pero el ente que le ha convocado debe ser el colmo de la maldad y le aseguro que aquí no habita.

            ─¿Quién es usted que tanto sabe de sus congéneres?

            ─Soy el Tutor de Cassillis, el IV conde de estas tierras. Me adueñé de todas las tierras que, antes, compartíamos con otra rama de la familia. Secuestré al Abad de la abadía Crossraguel, representante legal de la otra familia, le hice llevar a Dunure y allí lo mandé atar en un asador. Durante la tortura a fuego lento, sus gritos de agonía se oyeron más allá de los confines del condado. Al fin el Abad firmó su cesión de tierras a mi favor. Me sentí tan contento de haber realizado mi sueño, que salí a lomos de mi caballo para recorrer la totalidad de mi nueva propiedad. Tuve la mala fortuna de caer de mi montura, algo asustó a mi experimentado caballo, héroe de mil batallas, y salí despedido contra el suelo. Pocos días después expiré entre grandes dolores. Al final no pude disfrutar de lo que había logrado robar.

Mis compañeros se quedaron quietos grabándome mientras sostenía aquella extraña conversación. Ellos sólo escuchaban la parte del diálogo en el que yo hablaba. Les fui contando la información que me explicaba el fantasma.

            ─Como puede observar, tengo una sirvienta a mis órdenes y unos cuantos condes más son los componentes de mi séquito, sucesores de mi dinastía, que murieron de forma violenta, ora envenados, ora apuñalados. Con el gaitero de ahí fuera, somos un total de siete fantasmas en el castillo y le aseguro que ninguno de nosotros le hemos llamado. Usted posee la marca del señor de las tinieblas, debe estar destinado a un fantasma terrible. Me quejo de mi destino pero no me gustaría nada estar en el suyo.

Dicho lo cual los entes se esfumaron dejando una neblina rosada. La temperatura subió repentinamente y los instrumentos se quedaron en el más absoluto silencio.

Anduve por pasadizos que desembocaban en cuevas que daban al mar. No hallé más espectros por el camino. Durante las dos noches que estuvimos allí, hubo registros de actividad paranormal. Mis compañeros sintieron tirones en la ropa, oyeron voces desconocidas, se toparon con densas neblinas en los pasillos y chillaron cuando sintieron diversos toques en la espalda. Esta vez no hubo agresiones, los fantasmas que habitaban en ese espectacular castillo no tenían el ánimo envenenado, no todavía.

Al acabar nuestra estancia, recogimos nuestros pertrechos. Fui a echar un último vistazo desde el mirador del salón de la torre. Uno de los fantasmas que pululaban por el habitáculo se acercó a mi oreja para susurrarme:

            ─Quien con monstruos lucha, cuide a su vez de convertirse en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti. ¡El destino mueve ficha!

Dicho lo cual desapareció. Me encaminé hacia el autobús. Tendría varias horas para rumiar estas últimas palabras. Me sentí igual que un pequeño pez  nadando en un pozo sin fondo.

8.- La extraña muchacha.-

“Cuando notes un terrible frío

y las doce hayan pasado,

el muro te mostrará la puerta de la verdad.

Si la traspasas, jamás retornarás.”

Abrí los ojos sobresaltado. ¿Quién había vertido esas extrañas palabras en mi oído? Observé a mis compañeros de viaje. Todos dormían profundamente. No vi a nadie rondando por mi sitio. ─¡Qué extraña pesadilla había tenido!─ Pensé mientras me frotaba los ojos con fruición.

En mi ensoñación vislumbré un muro de piedra antiguo que, por alguna razón, abrió un agujero en su pétrea faz, invitándome a entrar. ¿Qué o a quién esperaba hallar allí? ¿Tal vez al ente que me había convocado, arrastrándome desde Madrid?

El autocar circulaba suavemente por una carretera llena de curvas. En ese instante atravesábamos una zona abrupta y montañosa, en el mismo corazón de los montes Grampianos. La luz del sol iluminaba las altas cumbres revestidas de nieve. Debía hacer mucho frío por esos parajes.

Habíamos parado ya en tres destilerías de whisky, de las muchas que existían en la región, para degustar este célebre brebaje. La famosa bebida de malta poseía su cuna en las Highlands (Tierras Altas). De hecho se decía que el 2% del alcohol destilado en aquella parte, subía hacia la atmósfera, produciendo, en los que respirábamos ese aire “especial”, la sensación de haber tomado un “chupito”.

Nunca pensé que vería tantos fantasmas juntos. Por la ventanilla pude observar a dos ejércitos, armados hasta las orejas, transparentes y fieros, enfrentándose entre sí. Escuché el entrechocar del acero y los gritos de los hombres, ora arengando, ora muriendo. Varios espectros, vestidos con armadura, se colaron en el autobús. Propinaron algún que otro empellón a los durmientes, haciéndoles caer del asiento o golpeándoles la cabeza con la del vecino. Cuando llegaron a mi altura, se pararon súbitamente. Clavé mis pupilas en aquel grupo de guerreros antiguos, hechos de hilachas de niebla, exigiéndoles que desaparecieran. Con un rictus de terror en sus pétreos rostros así lo hicieron.

En el instante en el que descendimos a tierras más llanas, donde el brezo había reemplazado a las piceas, los soldados quedaron atrás, Estarían luchando eternamente en aquellos parajes mientras que sus huesos siguieran allí, enterrados en docenas de valles y en el lecho de algunos de los ríos. No quise imaginar qué sería del pobre desgraciado que tuviera que pasar una noche entre aquellos espectros.

Poco a poco los integrantes del viaje, que seguían roncando a pierna suelta, se despertaron con las primeras palabras de la guía:

            ─Señores, estamos en la parroquia de Cockpen en el condado de Edimburgo. Nos hospedaremos en el castillo de Dalhousie por espacio de cuatro días. Verán que aunque es una vieja fortaleza por fuera, su interior reúne todas las comodidades que puedan imaginar. Nos han reservado un ala entera para nosotros. Allí es donde podrán poner todos sus aparatos. El resto del castillo está vedado para su trabajo. Lo pueden visitar como los demás turistas pero sin importunar a los que se alojan en aquellos corredores.

La mujer siguió dándonos datos del origen de tan singular construcción mientras que el vehículo, después de atravesar unos parajes verdes y maravillosos, se detenía a la puerta de entrada.

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─”La primitiva construcción Dalhousie fue realizada en 1247 por el clan Ramsey, que lo mantendría bajo su yugo durante los siguientes 850 años. El patriarca del clan era Simundus de Ramesie (Simón de Ramsey) un caballero inglés descendiente de los normandos.

 El castillo es de piedra roja, como pueden observar, y se encuentra en un punto estratégico con vistas al río Esk. La torre del tambor es la parte más antigua que se conserva en la estructura actual, con planta en L, datando su edificación de mediados del siglo XV. La mayor parte de la reconstrucción fue realizada en el siglo XVII. Originalmente había un foso seco que rodeaba el castillo. La fosa fue posteriormente rellenada, pero en el siglo XX se juzgó necesario excavarla de nuevo.

Respecto al tema que les interesa, fantasmas y fenómenos paranormales, este lugar no cuenta con uno, sino con varios fantasmas, siendo quizás el más destacado el de Catherine, la hija de uno de los dueños de este enigmático castillo, que murió de hambre después de ser encarcelada durante un año. Los que han habitado este edificio hablan de varios avistamientos de espectros. Creo que tendrán mucho trabajo persiguiendo a toda esta esquiva familia”.

Cada uno de nosotros recogió sus pertrechos y entramos en el interior de la fortaleza. El lujo de la madera recién barnizada, las alfombras de exquisito gusto y el mostrador vanguardista, marcaban una frontera invisible entre el pasado y el presente.

Cargando mis escasos bártulos me dirigí a mi habitación. Últimamente no me apetecía ayudar a los compañeros llevando sus muchos aparatos. Apenas hablaba ni me relacionaba con ellos. Habían dejado de importarme, y lo más curioso es que este hecho no me preocupaba lo más mínimo. Mi conciencia se había vuelto muda. Me sentía aletargado e insensibilizado con respecto a todos y todo.

Entonces apareció ella. Me hallaba buscando mi habitación por un suntuoso pasillo y la vi esperando pacientemente al lado de la puerta de mi habitáculo.

            ─¿Quiere que le ayude con el equipaje?─ Preguntó con extrema dulzura lanzándose hacia una de las maletas. La muchacha no tendría más de diecisiete años, ágil y encantadora como un cervatillo, y luciendo un brillo de inocencia en sus grandes ojos verdes. Una curiosa quietud parecía sostener la atmósfera de aquel pasillo.

Entre los dos metimos los escasos bultos y la adolescente hizo ademán de marcharse. Justo cuando pasó ante el espejo, me extrañó sobremanera no ver su imagen reflejada en él.

            ─¿Eres un fantasma?─ Pregunté con voz trémula. No parecía serlo y además yo no quería que lo fuera.

            ─No exactamente. Soy…otra cosa.

Me acerqué a ella y la cogí una mano, tersa, suave y blanca como la nieve. Los dedos eran largos y terminaban en pequeñas uñas graciosamente pintadas. Atrapé a su compañera para admirarlas juntas y parejas. En toda mi vida había tropezado con unas extremidades como aquellas. Relumbraban con luz propia marcando una barrera apenas visible con el resto del cuerpo.

            ─Puedo tocarte, eres tangible y tan hermosa. ¿Y qué decir de tus manos?…jamás había visto algo así.

            ─Soy…la que te ha traído hasta aquí. Te necesito.

            ─Querida niña, soy tu esclavo. Dime cuáles son tus deseos y los cumpliré de inmediato.

            ─Acabamos de conocernos, señor…mío. Todo a su tiempo. Nos veremos esta noche.

Dicho lo cual desapareció súbitamente, igual que si fuera de humo. No comprendía qué clase de ente podría ser, puesto que su tacto firme y caliente había impregnado la palma de mis manos. Juzgué necesario, después de evaluar cada rincón de su anatomía, pensar que aquella muchacha fantasmal o lo que fuera, me había robado el corazón. Acaricié mi amuleto sintiendo un alivio sin igual.

Antes de almorzar di una vuelta por los alrededores del castillo. El aire era delicado por la esencia de las piceas y el brezo. El zureo de una paloma torcaz iba y venía en pos del viento mientras unos cuantos conejos se escabullían a través de la maleza, exhibiendo sus blancas colas de algodón. Sin embargo, en tan solo unos instantes, el cielo se cubrió de nubes, creando su propia atmósfera de quietud, rota cuando una bandada de grajos pasó como una exhalación. En el instante que entraba de nuevo por la puerta del castillo, grandes goterones de lluvia habían caído ya.

            ─Le esperábamos para almorzar─ Dijo la guía. El grupo al completo entramos en el comedor. No tuvimos que aguantar aglomeraciones innecesarias o escuchar el curioso chirrido de multitud de tenedores y cuchillos cortando contra los platos. La estancia era toda para nosotros.

            ─Nos encontramos exactamente en los antiguos calabozos, muy reformados como pueden ver. Aquí los avistamientos de espíritus son muy frecuentes─ Y soltó una carcajada burlona.

Un terrible relámpago iluminó las ventanas de las mazmorras. El estruendo de un trueno hizo retemblar las paredes. Algunas armas colgadas en los muros de piedra cayeron al suelo con un estrépito de metal enfadado. Las luces súbitamente se apagaron y solo quedaron encendidas unas cuantas velas ornamentales en las mesas donde estábamos sentados. Un mayordomo apareció entre las sombras, ataviado con viejas ropas de siglos atrás. Pasó por las mesas recolocando los cubiertos, haciendo gala de una figura etérea y transparente. En esta ocasión todos podíamos ver al fantasma con total claridad.

Antes de desaparecer, el espectro dijo con parsimonia:

            ─El almuerzo se servirá a las doce en punto.

En ese instante oímos las campanadas de un reloj que se hallaba en la pared del fondo. Un temblor nos recorrió cuando el mayordomo se esfumó repentinamente.

La tormenta pasó igual que había llegado y comimos con apetito riéndonos del mal rato que habíamos pasado. Después de almorzar busqué el refugio de la biblioteca, un precioso lugar en el que todavía se respiraba el aroma de un mundo antiguo agudizado quizás por la fragancia de algunos viejos ejemplares.

En un rincón de la misma hallé a mi insigne muchacha enterrada entre unos cuantos libros.

            ─Buenas tardes, lady…?

            ─¡Catherine!─ Exclamó aquella joven de voz escarchada. Mientras sus dedos largos y albos de uñas de ángel, pasaban hojas cadenciosamente.

            ─¡Es usted la joven que murió de hambre!

Y con una sonrisa que iluminó la estancia exclamó con suma tranquilidad

            ─No estoy muerta como puede ver, pero sí que tengo mucha hambre…

9.- Mi querido fantasma.-

Me quedé solo en la biblioteca, una vez más, porque mi extraña amiga se había vuelto a desvanecer ante mis ojos. Allí dejó sus libros sin colocar, amontonados en un diván, a la espera de su regreso. Suspirando por un anhelo que se esfumaba me entretuve hojeando uno de aquellos libros que versaba sobre apariciones y otros hechos relevantes en Escocia, ejemplar que hasta hacía unos instantes, era consultado por Catherine. Las letras comenzaron a confundirse y un inexplicable y pesado sueño me invadió.

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Entre las imágenes que rondaron mi cabeza en aquellos instantes de total laxitud no faltó la de mi dulce y tierna fémina. Y así pensando en ella, sentí su proximidad en mi costado. Quise abrir los ojos para atraparla, quizá para sentarla en mis rodillas y acunarla igual que a una niña, pero no pude. La pesadez de la somnolencia me tenía inmovilizado. El ambiente se tornó gélido, todo indicaba que me hallaba inmerso en una corriente de aire helado. Percibí un roce en la mejilla parecido a una fresca ráfaga de viento, mientras una conocida y dulce voz susurraba en mi oído: ─Te amo Luis Guzmán. Eres el que siempre he esperado─ Antes de terminar de pronunciar esas tiernas palabras, metió los dedos sinuosos y esbeltos entre mi cabello, acariciándolo despacio, con devoción. ─¡Es tan bello! Rojo como el fuego y la sangre─ Dijo mientras ponía un beso sobre él emitiendo una risilla de duendecillo de cuento. El corazón me latía desbocado en un derroche de pasión incontrolable. Quería abrazarla, besarla, poseerla… Pero seguía sin poder mover ni una pestaña. Instantes después noté un beso en la nariz y otro en los labios, parecido a un leve aleteo de mariposa.  Más tarde se entretuvo en las orejas. Sentí la lengua húmeda y caliente recorrer, muy lentamente, cada centímetro de mis pabellones auditivos. Luego vinieron los pequeños mordiscos en los lóbulos, ya menos inocentes, que me sacaron suspiros de deseo. Y, de repente, un lacerante pinchazo me traspasó uno de los lóbulos, haciendo que despertara bruscamente. Unas cuantas gotas de sangre me resbalaron por la mejilla.

Aturdido y temeroso observé la biblioteca. Saqué un pañuelo y presioné el lóbulo de la oreja. Allí no había nadie. La temperatura se notaba agradable. Entonces ¿Había sido todo una pesadilla? Me pregunté confundido. ¿Y la sangre? Un mosquito gigantesco pasó zumbando a mi lado.

Respiré tranquilo, desinflándome igual que un fuelle; por un momento había pensado que era atacado por… reí tontamente. Me toqué la oreja en busca del habón consiguiente. Al tacto no noté nada, ni siquiera una pequeña costra. ─Mejor─ Pensé ─Así no tendré que rascarme─

En mi mente seguía viendo, aún con los ojos abiertos, unas manos bellas, pálidas y blancas igual que el nácar, serpenteando en la oscuridad. Me di cuenta de que aquella percepción se había convertido en una auténtica obsesión. Intentando olvidar la extraña ensoñación que me subyugaba, encaminé mis pasos al dormitorio. Me puse el bañador y con el albornoz bien atado a la cintura bajé a la piscina. Estuve chapoteando gran parte de la tarde en aquella maravillosa estancia. Nadaba esquivando los escasos clientes que se hallaban allí. Se aproximaba la hora de la cena y debía vestirme. Me di cuenta de que me había quedado solo. Me encantó la sensación de tener el recinto solo para mí. Comencé a hacer largos. Percibía el agua abriéndose en cada brazada aumentando mi sensación de poder absoluto. Ya en el paroxismo, un ronquido bestial escapó de mi garganta. Paré en seco hundiéndome en la piscina. Pero ¿cómo podía haber producido ese ruido terrible?

Salí de la piscina, preocupado. Cogí el colgante apretándolo fuerte entre mis manos. Una sensación de cosquilleo tranquilizador me recorrió el brazo extendiéndose por todo el cuerpo. Volví a rugir con toda mi alma, pero ya no fue un ruido animal, sino humano. En una de las escalerillas vi a Catherine, observándome. Me sonrió con ternura:

            ─¡Nos vemos después de medianoche!

Y desapareció, lo mismo que hacía siempre.

La cena transcurrió tranquila. No hubo fantasmas a nuestro alrededor pero sí mucha conversación entre los comensales.

            ─Hemos grabado unas imágenes alucinantes en la escalera principal. Se ven claramente unos brazos y piernas moviéndose cada uno por un lado─ Dijo uno.

            ─¡Qué frío hemos pasado! En el rato que los fantasmas han estado recorriendo los escalones y el umbral casi nos quedamos congelados. Entre el miedo y el frío creo que tengo un buen catarro─ Exclamó otro.

            ─Pues a nosotros nos ha ocurrido algo gracioso. Estábamos en la otra punta del corredor y hemos sido cosidos a picotazos. No sé qué clase de insectos eran porque no los veíamos, pero los goterones de sangre nos corrían a raudales. Pero no nos han dejado ninguna marca.

A esa conversación sí que puse toda mi atención. Parecía haber una plaga de mosquitos en aquel castillo…o tal vez  ¿era algo más?

            ─Luis ¿No te has topado todavía con ningún fantasma?

            ─¡Sí, con el de lady Catherine! Por supuesto─ Todos rieron pensando que era una broma.

            Después de los postres, salí a dar una vuelta por los alrededores. Todavía el resplandor del día no se había desvanecido y el paraje se hallaba bajo una hermosa luz naranja del atardecer. Súbitamente algo me golpeó en la pierna. Me agaché para coger una pelota. Rápido como el viento apareció un perro, se sentó a mi lado jadeando de alegría.

            ─Hola amiguito. ¿Quieres la pelota?

La lancé con todas mis fuerzas, lo más lejos posible. La pelota regresó a mis pies y unos segundos después la figura del can se hizo visible.

            ─Pero bueno, ¿Tú también eres un fantasma?

El perro ladró contestando. Quería jugar. Se le veía muy emocionado por haberme encontrado, una persona a la que era visible.

            ─Debes ser el perro que se cayó de la torre hace unos años. Seguro que te aburres mucho. Dudo que los otros fantasmas jueguen contigo.

Hasta bien entrada la noche estuve paseando y jugando con el perro. De pelaje singular y sedoso, en blanco y negro, brillaba de forma sobrenatural cuando la luz de los alrededores traspasaba su cuerpo de niebla.

A punto de dar las doce me despedí de mi amigo y retorné al castillo. Cuando alcancé la puerta de mi habitación Catherine me estaba esperando, apostada en la pared. Lucía sus vaqueros desteñidos y la camiseta azul que enmarcaba su escultural figura.

Pareció temblar nerviosa cuando me acerqué.

            ─¿Listo para correr aventuras?─ Dijo con una sonrisa de inocente querubín, agitando sus largas pestañas que impedían ver el color de sus ojos.

            ─¡Claro que sí! ¡Te seguiré donde me lleves, Catherine!

Ella sonrió con embeleso poniéndose en camino. Para mi sorpresa bajamos al comedor,  a lo que fueran antaño las mazmorras del castillo. Se dirigió a una de las paredes y empujando suavemente un resorte del muro, hizo que éste se deslizara hacia dentro dejando ver una negrura singular. Una bocanada de aire helado salió de la abertura.

Cogió una antorcha y la prendió en las ascuas de la chimenea con manos expertas. Sus largos dedos ejercían un poder hipnótico sobre mi mirada. No podía apartar mis ojos de ellas. Seguí a mi guía internándome por un corredor. En mi cabeza resonaron unas frases inquietantes, escuchadas hacía unas pocas horas:

            “Cuando notes un terrible frío, y las doce hayan pasado, el muro te mostrará la puerta de la verdad. Si la traspasas, jamás retornarás”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

 El sonido de la puerta al cerrarse me produjo cierta desazón, que desapareció cuando la mirada de gacela de la muchacha se posó en mi rostro. Las manos relumbraban en la oscuridad del corredor con luz propia.

            ─¿Sabes, he soñado contigo esta tarde?

            ─¿Y qué has soñado? ─ Preguntó con inocencia.

            ─Algo sublime. Me besabas y acariciabas con ternura mientras vertías en mis oídos palabras tiernas.

            ─Los sueños, son eso, solo sueños─ Contestó la muchacha.

            ─¿Dónde me llevas Catherine?

            ─A mis dominios, señor Guzmán.

Desembocamos en una gran sala. La muchacha prendió la antorcha en todas las velas que estaban ya preparadas. Un salón gigantesco tachonado de espejos se perfiló en todo su esplendor.

Pequeñas figurillas de porcelana colocadas en diversos puntos le daban un cierto toque infantil. Divanes de seda corridos en los muros se apoyaban en tapices de colores desvaídos.

            ─¿Dónde estamos?

            ─En un salón de baile que me hizo mi padre hace…muchos años.

            ─¿Y cómo es que no está abierto al público?

            ─Nadie sabe de su existencia. Ahora sólo tú lo conoces.

Me condujo por el habitáculo, comentando cada cuadro y detalle con especial deleite. Tomaba las figurillas en sus manos sublimes y acariciaba el contorno mientras hablaba de sus recuerdos. Recorrimos todo, palmo a palmo. Luego me dijo:

            ─¡Sígueme, tengo una sorpresa para ti!

Atravesamos una puerta bien disimulada detrás de un tapiz y nos hallamos en una habitación más pequeña. Unos suntuosos ropajes antiguos se encontraban ordenadamente colocados en un galán.

            ─¡Vístete! Te enviaré a alguien que te ayude con las prendas. Son muy diferentes a las que estás acostumbrado a llevar.

            ─¿Por qué tengo que disfrazarme? ¿Es un juego?

            ─¡Vamos a asistir a una fiesta!─

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Catherine despareció llevándose consigo el fulgor de sus manos. Miré las lujosas galas que tenía delante, no sabiendo por dónde empezar.

De la nada, se materializó un mayordomo. Yo conocía ese rostro. Era el mismo individuo que había aparecido en la comida. Un fantasma.

            ─¿Le ayudo, señor?

10.- El baile de los fantasmas.-

No todos los días una bellísima joven me invitaba a una fiesta, aunque quizá me aburriera pues estaba seguro de no conocer a ninguno de los invitados. Seguro que el evento resultaba más divertido de lo que imaginaba. Ya, más dispuesto a afrontar la velada, y ante la atenta mirada del mayordomo, me deshice de mis prendas modernas quedándome en ropa interior y, siguiendo las indicaciones de tan insigne ayudante, un ser hecho de aliento, de rostro abrupto y nariz vertiginosa, emprendí la ardua tarea de engalanarme. El oro viejo de la tela despedía cierto fulgor en la penumbra de la habitación, escasamente iluminada por unas cuantas velas. Comencé por la camisa. Era de algodón blanco, con un penetrante olor a naftalina, y crujió al ajustarse a mi cuerpo. Abroché los puños como pude, perdido entre tantos volantes de encaje, ya que “mi asistente” únicamente se limitaba a señalar el orden de las prendas en el que debían ser llevadas.

Después de la camisa vino el chaleco ajustado y abotonado. Me senté para ponerme primero las medias de seda, blancas y tupidas, y luego los calzones hasta la rodilla. A continuación me calcé unos zapatos de tacón, hechos de piel muy fina, que me apretaban los pies, no resultando demasiado cómodos. Los cambié de un pie a otro, y de este modo logré que se ajustaran mejor, ya que los zapatos de siglos pasados se hacían iguales para los dos pies. Estuve dando unos pasos vacilantes hasta que, al rato, me acostumbré a los dos dedos de tacón. Las hebillas de plata con las que se adornaban se veían recién pulidas y lanzaban destellos con cada movimiento.

Ante un espejo procedí a colocarme una peluca blanca, hecha de cabello humano. Antes de hacerlo sometí el espécimen a un somero examen visual. No vi moverse nada vivo entre los rizos, o entre la coleta y el lazo. Me pregunté si tendría chinches o piojos viviendo en su interior. Parecía bien conservada. El reflejo de mi rostro en el espejo se apreciaba muy cambiado vestido de esta guisa. No me reconocí.

Para terminar con el disfraz de caballero, me coloqué la chupa llena de pliegues en la cintura y que llegaba hasta las rodillas. Pude tocar los admirables bordados que presentaba la seda.

En el instante en el que daba por acabada mi vestimenta, apareció Catherine con empolvada peluca, incrustada de perlas, brillantes y plumas, llevando un lunar en la mejilla y embutida en un llamativo vestido azul cobalto, de escote cuadrado, por el que se atisbaba claramente la mitad de sus senos, blancos y virginales. En el cuello lucía un volante de encaje y seda acorde con el color de su vestido. Tenía el porte de una reina y la sonrisa de un querubín. Estaba tan maravillosa que el corazón se me aceleró denodadamente.

            ─¡Estás preciosa Catherine!

            ─¡Y tú muy elegante, igual que un príncipe!

Le ofrecí mi brazo y así, juntos, aparecimos en el gran salón.

            ─Procura no alejarte mucho de mí, querido amigo. Mis invitados son…terribles. No me gustaría que te hicieran daño.

Asentí perplejo ante tamaña confesión. ¿Quién vendría a la reunión, pirañas, fieras salvajes? Lo iba a averiguar muy pronto.

Las arañas de cristal del techo se hallaban encendidas con decenas de velas. Acompañé a Cahterine hasta la puerta principal, abierta de par en par, preparada para recibir a los asistentes. Llegaron en tropel, igual que un montón compacto, subidos en una niebla de llamativos colores. Los había más transparentes, del mismo material que las telas de araña o, por el contrario, muy consistentes, de la misma masa que la anfitriona. Cuando me saludaron, se deshicieron en risas destempladas acompañadas de miradas maliciosas. Una veintena de armaduras, pertrechadas con espadas y espuelas, cruzaron el umbral cuadrándose frente a la anfitriona. Una pareja nos saludó con mucha educación llevando ella su cabeza bajo el brazo, mientras él se arrancaba una mano para rascarse la espalda.

            ─Como puedes observar, los invitados tienen pocos modales.

Aparecieron unos cuantos esqueletos, saludando con voz bronca, vestidos de punta en blanco. De vez en cuando debían ajustarse la chaqueta de charreteras que resbalaba sobre sus huesos descarnados. Un numeroso grupo de decapitados inclinaron sus cuellos cercenados al entrar en el salón, mientras la multitud allí arremolinada los recibía igual que a héroes. Cabezas maquilladas sin cuerpos visibles, saludaron a Catherine para, después, irse volando a charlar en los rincones. Un ser oscuro y espectral, portando negra indumentaria a juego con su sombrero, saludó teatralmente a la anfitriona.

            ─¿Este joven va a ser “nuestra cena”, princesa?

            ─¡Claro que no! Los fantasmas no necesitan comer ¡Deja en paz a mi amigo y no le asustes!

            ─No sé si seré capaz de hacerlo, princesa.

            ─Más te vale o te las verás conmigo─ Exclamó en un estremecedor susurro.

El ser retembló igual que un flan y pasó por mi lado ignorándome totalmente.

            ─¡Un espectro como él, y te tiene miedo!─ Sonreí divertido─ ¡Tiene su gracia!

Catherine me miró muy seria para decir, sin un atisbo de sonrisa:

            ─¡Es extraño! ¿Verdad?─ Dijo enojada.

            ─Lo decía por la dulzura y encanto que emanas. No te imagino enfadada.

            ─¡Sé hacerme respetar, querido Luis!

Dos camareras de faldas oscuras y largas, con sendas cofias y delantales inmaculados, aparecieron en medio de la muchedumbre. Portaban gigantescas bandejas llenas de copas diminutas de las que escapaban neblinas rojizas. Los invitados se tiraron a ellas lo mismo que tiburones sobre un animal herido.

Delante de nosotros se materializaron los miembros de la orquesta. Eran diez y llevaban sus instrumentos consigo. Apenas se les distinguía por la transparencia de sus siluetas. Catherine los saludó efusivamente e hizo señas a una de las camareras.

            ─¡Tomad algo rápido u os desharéis en hilachas de niebla!

Cada uno de ellos apuró su dedal de bebida tonificante e inmediatamente se hicieron visibles. Ocuparon sus puestos en la balconada que presidía el salón y la música invadió la sala.

            ─Tenemos que abrir el baile─ Dijo Catherine invitadoramente. Rodeé su estrecha cintura con una mano, mientras ella se apoyaba en mi hombro. Juntamos nuestras manos y nos lanzamos al son de un vals. Entre las vueltas y revueltas creí volar, perdido en aquellos ojos de hada, entrecerrados y cubiertos de espesas pestañas. La sentí tan próxima a mí como jamás había notado a una mujer. Su sensualidad me desbordaba, tan dulce, tan suave. Creí morir derretido envuelto en esa música de ensueño. La última nota me hizo aterrizar suavemente en el salón. La multitud de fantasmas nos rodeaban callados y expectantes. Catherine les devolvió la mirada, desafiante. Volvieron a sus corrillos y charlas alocadas.

            ─¿Puedo probar una copa de aquellas?

            ─¡Para ti tengo algo mejor! ¡Esa es solo bebida para fantasmas!─ Comentó señalando los pequeños dedales de brebaje rojizo.

Apareció el mayordomo con sendas copas de champán. Brindamos, enganchada la mirada en la del otro. Cerca de nosotros el espectro dejó una bandeja llena de bombones de chocolate. Catherine cogió uno de ellos y dio un mordisquito con sus diminutos dientes de perla. Sacó la punta de la lengua, sonrosada y graciosa, y lamió el jugo que se escapaba.

            ─¡Prueba uno de estos! Son besos de pasión… ¡Te encantarán!

Probé uno y enseguida cogí otro. Resultaban deliciosos. Una explosión de sabores desconocidos me llenó el paladar. El rico elixir que se hallaba dentro del chocolate era totalmente nuevo para mí. Eran muy adictivos, como la belleza de mi pareja. Las manos de Catherine, aun enguantadas, brillaban con una extraña luminiscencia que me volvía loco. Nos sumergimos entre la muchedumbre bailando una polka, mientras el reloj de la sala, de vez en cuando, marcaba las horas de la madrugada.

Entre el champán, los bombones y la danza me noté embriagado. Me pareció vivir una ensoñación cuando Catherine me condujo a un diván apartado y comenzó a besarme con avidez. De vez en cuando vertía una frase cariñosa en mis oídos.

            ─¡Hace tanto que te espero, mi amor! ¡Por fin estás aquí, para liberarme!

Mis dedos recorrieron las curvas de su cuerpo, escondidas entre mil pliegues de seda y encajes. Quería más que unos besos, deseaba poseerla, darle mi amor, morir en ella.

Su mano enguantada atrapó el medallón que pendía de mi cuello. Lo observó detenidamente para decir con embeleso:

            ─¡Es la joya más soberbia que nunca vi!

            ─Me la regaló mi madre.

            ─¡Está llena de amor! Te reviste de un escudo de ternura que te hace más deseable, Luis, el hombre de mi vida.

            ─¿Quieres que te lo ponga al cuello, amada mía? Es lo más valioso que poseo.

         ─Todavía no. Antes te he de confesar un secreto que he guardado durante siglos. Esta joya me la entregarás cuando vaya a desvelártelo, como prueba de tu amor por mí.

            ─¿Y cuándo será esto?

La muchacha me miró largamente, con el éxtasis y la admiración dibujados en su rostro de madona italiana.

            ─¿Me amas, Luis?

            ─Con todo mi corazón.

            ─¿Me salvarás?

            ─¡Haré todo lo necesario para tenerte conmigo, siempre!

            ─Entonces ¡mañana seré tuya!

Nos volvimos a besar locos de frenesí, borrachos de amor y entre sus brazos me quedé dormido. Pero no fue un sueño tranquilo pues de vez en cuando notaba un leve pinchazo aquí y otro allá como si una bandada de mosquitos hubiera montado una fiesta en mi piel.

Cuando me desperté, mediada la mañana, lo hice en mi cama. Los suntuosos ropajes habían desparecido. Hice una exhaustiva exploración de mi cuerpo desnudo en el cuarto de baño. Bajo las potentes luces y reflejado en el espejo de aumento descubrí pequeñas marcas del tamaño de la cabeza de un alfiler, repartidas por brazos y cara. No dolían en absoluto pero me dejaron un poco preocupado. ¿Qué clase de insectos habitaban  el castillo? Había una terrible plaga allí dentro.

Aproveché para examinar mis ojos. Dos pozos oscuros ocupaban prácticamente todo el iris. Una débil luz incandescente todavía se abría paso a duras penas entre esas simas de negrura. Agarré el medallón, lo mismo que hacía siempre que me sentía inquieto y preocupado, inmediatamente la calma se extendió por cada poro de mi piel.

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Después de darme una larga ducha, me vestí y salí a almorzar con los miembros de mi grupo.

            ─¿Dónde te habías metido? Te hemos esperado esta mañana para hacer una excursión por estos parajes. Hemos ido a tu habitación pero no estabas.

Sonreí para decir:

            ─¡Estaba muy ocupado!

Y me perdí en ensoñaciones de blanquísimas manos, acariciadoras, de porcelana, de seda, las de mi amada. Y vi aquella boca de diminuta lengua rosada, pequeña igual que la de un pajarillo. Y los ojos, tan bellos, flanqueados por mil pestañas oscuras y espesas, del color…De repente, me di cuenta de que aquellos faros maravillosos, tan venerados, eran negros, tan oscuros como la tinta, dos simas aterradoras que no tenían fin.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo mientras recordaba la última frase de mi amada:

            ─¡Mañana seré tuya!

11.- El secreto de Lady Catherine.-

Comí con un hambre desacostumbrada en mí. Me encontraba débil, a punto de desfallecer. Recordaba lo pletórico que me había sentido el día anterior. Ahora el color de mi piel aparecía blancuzco y macilento. Todos miraban los platos llenos de comida que me servía una y otra vez, engulléndolos en escasos segundos. Poco a poco recobré fuerzas, masticando con rapidez aquellas deliciosas viandas. Tomé unas cuantas copas de vino y mucha agua. Parecía que no hubiera comido en una semana. Ya ahíto y desoyendo las ofertas de mis compañeros para pasar la tarde, anduve paseando por los alrededores del castillo. El perro fantasma me acompañaba ladrando ruidosamente, sonidos que yo solo escuchaba, e implorando mil caricias que mis manos propinaban a una imagen hecha de humo.

La comida hizo su efecto reparador y las fuerzas volvieron. No recordaba haberme sentido “tan acabado” después de una velada de juerga. En mi mente se dibujaron las sempiternas manos de mi adorada. Por fin sería mía cuando sonara la media noche. Deseaba tanto acariciarla, besarla y hacerle el amor que la ensoñación, tan vívida, me hizo jadear. Despidiéndome del can neblinoso, me encaminé hacia la gran biblioteca.

En un primer vistazo no divisé a nadie por allí. ─¡Qué pocos adictos a la lectura se hospedaban en el castillo!─ Pensé dando un suspiro. El olor de los libros se metió por la nariz actuando igual que una poderosa droga. Me acerqué a las estanterías, buscando un ejemplar que casara con el estado de ánimo en el que me hallaba. Mis ojos tropezaron con un ejemplar de Rubén Darío. Lo abrí justo por el poema “La princesa está triste”. La sensatez me abandonó y, allí de pie en medio del salón, como cualquier enamorado que ve en todo lo que le rodea el fiel reflejo de su amada, comencé a declamar con voz potente:

─”La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro…”

Cada frase pronunciada sonaba como un vigoroso conjuro para atraer a mi amada. Percibí un poder en mi voz que hasta entonces no había existido. ¿Sería eso el amor?… De la nada se fue dibujando Catherine, con el cadencioso ritmo de mis palabras. Pinté su figura poco a poco:

            ─”La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión…”

Las manos nacaradas, argentinas se hicieron más tangibles iluminando la oscura estancia con su reflejo. No podía parar, si lo hacía antes de terminar los versos, esa sombra de color se desvanecería sin remisión.

─”¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar;…”

Las esbeltas líneas de su cuerpo adquirieron volumen, las piernas salieron de la niebla para apostarse en un sillón, encerradas en unos viejos y gastados vaqueros. Por el rabillo del ojo seguí vigilando el pequeño milagro que se estaba produciendo ante mis ojos.

─”¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardias,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal…”

Toda su figura exhalaba un extraño perfume, adictivo, encantador. Era mi princesa, la que había venido a rescatar. Mi adorada, mi ángel de sueños locos. Me puse frente a ella y terminé de entonar la última estrofa del poema:

─«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;

en caballo, con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor».

Las palabras flotaron unos instantes antes de desvanecerse en la atmósfera misteriosa de la habitación. La muchacha se levantó de su asiento con una tierna sonrisa que le curvaba los labios en forma de corazón. Se anudó a mi cuello y me besó apasionadamente, primero despacio, con ternura, para después tornarse ávida y enardecida.

            ─¡Catherine, mi dulce niña!─ Gemí en el éxtasis de sus besos.

            ─Luis, mi caballero, vencedor de la Muerte. Te he esperado durante tantos años.

La senté en mis rodillas, acunándola con dulzura, mientras ella me susurraba:

            ─Te iré a buscar cuando vaya a sonar la media noche. Tienes que llevar una maza de cabeza de hierro y el colgante, necesito ambas cosas para poder salir de mi encierro. ¡Tú me liberarás!

Con estas palabras, mi adorada se esfumó nuevamente, sin dejar rastro. Suspiré de frustración. Deseaba estar cada minuto a su lado, despertar en su cama, ver esas manos de estrella durante toda la vida.

¿Una maza? ¿Tendría que derribar un muro? Seguramente necesitaría de mi fuerza física para liberar algo que ella amaba mucho. Me dirigí al pueblo más cercano. No estaba demasiado lejos. Allí compré el instrumento que se requería para la gran noche. También adquirí una rosa, roja como la sangre, símbolo de mi amor y que adornaría su precioso pelo oscuro. Por el camino de vuelta cavilé sobre la manera de hacerla más feliz. ¡Estaba loco por ella!

Catherine adoraba mi medallón, tan querido para mí. No veía el momento de vérselo puesto. Lo que ella no sabía es que obraba en mi poder el que fuera de mi madre, muy parecido al mío, y que pensaba ofrecer como presente a la que en su día se convirtiera en mi esposa, y ella era la elegida. De esta manera, los dos tendríamos un talismán protector, igual en poder y aspecto, un símbolo sin duda de la unión de nuestro amor. En lugar de anillos, luciríamos sendos colgantes gemelos. ¡Sería mi gran sorpresa para ella!

La tarde pasó deprisa entre compras y preparativos. Después de una ducha y un buen afeitado, me vestí impecablemente con una camisa oscura, elegante, a la que añadía unos gemelos de azabache. A continuación elegí un elegante pantalón donde se marcaba la raya, haciendo que mis piernas se alargaran visualmente. Calcé los zapatos de tafilete negro, los de las grandes ocasiones. Me perfumé y salí para cenar. Otra vez el hambre me atormentaba. Tenía que cenar fuerte para aguantar una noche como la que me esperaba. ─Mi noche de bodas─ Sonreí tontamente al acariciar este pensamiento. Se me caía la baba, literalmente, imaginando la piel de mi amada deslizándose bajo mis dedos.

Una cena pantagruélica se hallaba preparada para todos los miembros de la expedición. Caí en la cuenta de que aquella iba a ser la última noche que probablemente pasaría con ellos. En pocas horas comenzaría una nueva vida. No sentí ni un atisbo de melancolía hacía aquellos con los que había compartido unos cuantos días de extrañas experiencias. Desde hacía unas jornadas notaba mi corazón aletargado con respecto a los sentimientos que me inspiraban los demás, menos los que concernían a Catherine.

La comida, preparada en grandes bandejas, se extendía por tres mesas enormes. Comí con apetito unos espárragos blancos que se deshacían en la boca, crema de marisco, pasta con nata, un bistec, ensaladas exóticas, pato en salsa, carne asada con puré de patatas, y un largo etcétera. Mi amigo parapsicólogo intentó entablar una conversación conmigo, le corté rápidamente. No insistió, al mirarme fijamente se sintió intimidado. Observé su mirada temerosa mientras se alejaba al otro extremo de la sala. Seguramente pensaría que estaba poseído. Me reí por dentro. ¡Qué sabría él del amor!

Paseé por los corredores admirando los tapices y pinturas que adornaban las paredes. Ya, cerca de las doce de la noche, me dirigí a mi habitación. Allí tenía todo mi arsenal metido en una bolsa, preparado para llevarlo conmigo al lugar que Catherine me señalara.

Oí dar las doce en uno de los muchos relojes que adornaban los corredores del edificio. La silueta de mi amada se hizo visible al lado de la cama. Se acercó a mí para posar sus tiernos labios sobre los míos.

            ─¿Preparado para nuestra gran noche?─ Preguntó emocionada.

            ─¡Sí, amor! ¡Seguiré tus pasos donde quiera que vayan!─ Resonó mi voz vehemente entre las paredes de la habitación.

Salimos de allí y nos perdimos por varios corredores hasta desembocar en una gran sala. Reconocí el trono y las molduras doradas de los techos. Era el salón de audiencias. La pared del fondo se hallaba cubierta por un gigantesco tapiz de escenas de caza. Catherine se deslizó por uno de los lados, dejando entrever un agujero en el muro. Nos colamos por allí. La muchacha encendió una linterna para alumbrarme el camino y evitar que me rompiera la cabeza entre las muchas vueltas y revueltas que daba. Bajamos por una interminable escalera de caracol, tallada en la misma roca que componía los cimientos del castillo. Después de andar durante un buen rato por un corredor más angosto y viejo que los anteriores, repentinamente, mi amada se detuvo en una especie de nicho excavado más o menos a mi altura.

            ─¡Aquí es! Antes de que derribes la pared, te contaré mi historia.─ Dijo con cautela─ Mi padre, el octavo lord Ramsey de la familia junto con mi madre Lady Jane, pactaron mi boda con uno de sus viejos enemigos, con el fin de no batallar más por las tierras que se hallaban entre ambos territorios. El matrimonio unificaría las tierras y pasaría a los descendientes que tuviéramos como un magnífico patrimonio de poder. Mi futuro marido era cincuenta años más viejo que yo. Imagina mi desdicha, aumentada sobremanera por estar perdidamente enamorada de uno de los sirvientes de mi padre. Pensé que éste correspondía a mi amor por sus muchas muestras de cariño recibidas en varias ocasiones, habiendo perdido mi virginidad en el transcurso de una de ellas. Me negué a casarme y ante la presión confesé mi amor escondido. Protegí a mi amado todo lo que pude hasta que un día lo hallé retozando con una criada. Cogiendo un cuchillo rebané  su cabeza y la de la mujer.

Confesé a mi padre todo lo acontecido en aquellos días, mientras él me miraba aterrorizado en un principio y después, colérico.

Mandó que fuera emparedada y que jamás pudiera volver a ver la luz del sol. Una pequeña habitación me sirvió de sepultura, siendo tapiados todos los conductos que pudieran arrojar luz, aire o calor al recinto. Unos grilletes aprisionaron mis muñecas de donde pendían unas cadenas sujetas a uno de los muros, reduciendo mi movilidad considerablemente. Sólo se dejó un estrecho ventanuco por el que, a duras penas, pasaban unos mendrugos de comida. No sé cuánto llevaba encerrada allí, cuando comenzó a caérseme el pelo; luego las uñas; después los dientes. Un día ya no hubo más comida, solo silencio. Se habían olvidado de mí. Me sentí morir, loca de desesperación y así me abandoné a mi suerte. Pero tuve una visita inesperada. El señor de las tinieblas, en persona, vino a hacer un trato conmigo. Si le cedía mi alma inmortal, seguiría viva, siempre que mis huesos estuvieran a buen recaudo. Además me hizo un regalo. Conservaría la belleza de mis manos, la de los dieciséis años, a través de los siglos.

Aprendí a moverme como los fantasmas, atravesando las paredes. Me instruí en cambiar mi aspecto, mis ropas y mil cosas más. Fui recabando información de los nuevos inquilinos y llegué a ser bastante fastidiosa con mis apariciones y empujones. Mi cuerpo no murió, quedó aletargado en su celda, pero debía alimentarlo para que no muriera. Descubrí que el mejor ingrediente para mantenerlo vivo era la sangre humana. Con unas cuantas gotas bastaba para que mis restos sobrevivieran durante días. Los demás fantasmas supieron de mi secreto y se apresuraron a copiar la receta.

            ─¡Por eso tenemos picaduras! ¡Erais vosotros los culpables!─ Dije asombrado.

            ─¿Te importará darme una gota de tu sangre de vez en cuando para que sobreviva?

            ─¡Claro que no! Catherine, mi amor. Toda la que haga falta.

            ─¡Eres el hombre más maravilloso y generoso que jamás he conocido!

La muchacha vino hacia mí y se apretujó cariñosa, dándome un suave beso en los labios.

            ─Pero ahora quieren remodelar todo esta área. Encontrarán mis restos y los quemarán. Yo desapareceré sin remedio, Luis. Ya no tengo alma ¡Ese cuerpo es lo único que tengo! La bolsa que has traído servirá para sacar lo que queda de mí. No peso mucho y así podré acompañarte hasta tu hogar.─ Dijo mimosa.

            ─¡Aquí es donde tienes que golpear! ¡Derriba el muro y libérame!

Me puse manos a la obra. No costó demasiado esfuerzo. En cuanto una de las piedras cedió, las demás se vinieron abajo. En aquellos siglos no existía el cemento y las piedras se ajustaban unas con otras en un equilibrio perfecto.

Una negra oquedad quedó a la vista. De su interior salió una ráfaga de aire hediondo.

            ─¿Confías en mí, Luis?

            ─¡Claro que sí, mi amor!

            ─Antes de presentarte a mi otro yo, el que me mantiene viva, debes dejar tu collar apoyado en esta hornacina. Luego, cuando salga completa, me lo pondrás para formalizar nuestra unión.

Teniendo cuidado de que mi amada no viera el segundo medallón oculto en mi pecho, me quité el primero, el de mi madre y lo coloqué diligentemente donde me señalaba Catherine.

Cogí la bolsa y siguiendo a la muchacha penetré en aquella habitación sepulcral. El hedor era insoportable. Apenas veía nada. Catherine no había encendido la linterna y la oscuridad lo devoraba todo, excepto el fulgor de las manos de mi amada que lanzaban albos destellos de fuegos fatuos. Oí ruidos de cadenas a mi izquierda e involuntariamente me aparté alarmado. Previsoramente había metido una linterna en la bolsa. La busqué, tanteando, mientras una presencia se deslizaba por el suelo, arrastrándose hasta donde me hallaba.

            ─¡Catherine! ¿Dónde estás?─ Grité aterrorizado.

Mis dedos pulsaron el interruptor de la linterna y un alarido espeluznante escapó de mi garganta. Un cadáver apergaminado, una momia de piel y huesos se acercaba reptando hasta mis pies, ayudado por unas manos blancas, finas y preciosas que relumbraban en la oscuridad.

            ─Necesito tu sangre para sobrevivir. Solo un traguito y enseguida volveré a ser la de antes─ Emitió en un ronco susurro el ente del calabozo.

El olor era tan nauseabundo que las arcadas me doblaron. En mi mente brilló la campana de la supervivencia. Intenté salir pero ya tenía al ser encima. Noté un dolor lacerante cuando una aguja me taladró la yugular, paralizándome. Pero fue por poco tiempo porque el ser me soltó emitiendo un grito de sorpresa.

            ─¡Tienes el collar puesto! ¡Maldito hijo de perra!─ Gritó el fantasma.

Alcancé la puerta y me volví para ver a Catherine. La mitad de su persona era la de siempre, la bella adolescente que me había seducido, pero el resto de su cuerpo seguía presentando un aspecto de cadáver andante. La sangre fría me revistió igual que una tela invisible, haciendo que me mostrara poderoso y cruel.

            ─¡Tengo algo reservado para ti, amada mía!

De un salto alcancé el medallón y se lo coloqué a la momia con saña.

            ─¡Es mi regalo de compromiso! ¿Recuerdas?

Catherine comenzó a exhalar vapores tóxicos que pronto se convirtieron en una hoguera. El ser comenzó a emitir horripilantes alaridos mientras su cuerpo se consumía entre las llamas azuladas. En pocos minutos no quedó de la muchacha más que una mancha malsana.

Yo también grité, a pleno pulmón, ante esa visión terrible que me trastornó la mente. No recuerdo como salí de allí. Las primeras imágenes sobre las que sentí pleno control de mí mismo corresponden al momento en el que solicité un taxi desde el teléfono de mi habitación. Mi equipaje se hallaba ya preparado. Escribí una nota para la guía del grupo, manifestando el deseo de abandonar el mismo a causa de una desgracia familiar.

De madrugada, abandoné el castillo de Dalhousie para siempre. Atrás quedó el recuerdo de un amor imposible, lleno de engaño y vileza. Aquella muchacha quería un esclavo que la alimentara con su sangre, cuidara de sus huesos y aguantara su furia de fantasma resentido. Un ser terrible lleno de odio, un engendro del infierno. Una vez más el medallón de mi madre me había salvado. Lo acaricié con ternura.

Llegué a Madrid, en el primer vuelo para el que encontré plaza. Notaba el corazón vacío como si alguien lo hubiera llenado de gas. Cogí un taxi en el aeropuerto de Barajas. Cansado y defraudado, no quise entablar conversación con el conductor.

Por fin me hallaba en casa. Abrí la puerta de la calle como en un sueño. La luz del mediodía se colaba por la ventana del salón mientras la anciana fantasmagórica se movía en la mecedora. Alborozada se puso en pie para salir a mi encuentro. Algo la paró en seco. Quizá mis ojos, casi negros, esgrimiendo abismos de oscuridad insondable.

            ─¡Has cambiado! Apenas queda luz en ti ¡Te han atrapado!

Volvió lentamente a sentarse en la mecedora y torció la cabeza hacia el ventanal, evitando mirarme.

Pasé a mi habitación para deshacer la maleta. Lo hice frenéticamente, casi con desesperación. No podía esperar más. En el fondo de la misma hallé mi tesoro: sendas manos blancas, suaves y delicadas, de dedos largos y firmes, refulgiendo con una luz sobrenatural en la penumbra del cuarto. Su quietud me conmovió y anclé mis manos a esas dos extremidades de diosa. Con horror sus dedos engancharon los míos en un lazo fuerte, estrecho y terrible. Cerré los ojos aterrado y ante mi estupor vi desfilar la pavorosa escena de un ser de fuego, gigantesco, horripilante y malévolo, jugando a las cartas en un oscuro habitáculo. De golpe me adentré en el laberinto de los recuerdos evocando aquel pavoroso instante en el que había levantado levemente la cabeza, escondido detrás de unos sacos, un lapso que duró un aleteo de mariposa, evitando mirar a aquellos que disputaban una partida de póker. Sabía lo que me esperaba si tropezaba con esos faros terribles e incandescentes, pero un destello poderoso surgido de una de las paredes engañó a mis ojos, atrayéndolos hasta un espejo. Allí vi reflejado el rostro de aquel ser innombrable mientras esos focos de horror, de fuego sobrenatural, taladraban mi cabeza. En ese preciso instante quedé atrapado. El colgante nada pudo hacer ante la monstruosidad de aquel ser de maldad.

La certeza me golpeó con sus rudos dedos mientras se desataba a mi alrededor un murmullo de horribles carcajadas. Me sentía como una cáscara sin vida, hueca y llena de tinieblas. Mi alma había quedado prisionera para siempre en la habitación secreta del castillo de Glamis.

María Teresa Echeverría Sánchez


LA MALDICIÓN – (Historia incluida en RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II)


 

Jueves 31 de marzo, DESCARGA GRATUITA de la novela LA NUEVA VIDA DE ZERU, (primer libro de la saga de la detective “Soñadora de espíritus”).

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“Cuando el hechizo entra por la puerta, el sentido común sale por la ventana”. (Salman Rushdie).

 

4.- LA MALDICIÓN

Llovía a mares cuando salimos del Getty´s Bar, el sitio de moda donde se daban cita todos los artistas sin dinero que pululaban por la ciudad del Sena. Los charcos reflejaban las luces ambarinas de los cabarets que iluminaban la noche parisina. Precisamente esa velada había decidido dejar atrás la tristeza de sentirme huérfana aceptando una invitación de mis amigas. Hice que me cortaran la melena a la altura de los pómulos, me puse mi mejor vestido recubierto de flecos de plata, en el que destacaba mi única joya, un antiguo broche de zafiros y rubíes que heredé de mi madre junto con un abrigo de pieles bastante ajado. Ella murió cuando yo tenía un año, dejándome al cuidado de un inexperto padre, también fallecido recientemente.

Paris 2

 Disfruté tanto de la fiesta, llena de charlestón, jazz y tangos, que por un momento olvidé que debía volver a mi piso, frío y desierto, que hacía tiempo había perdido la cualidad de llamarse hogar. Mis amigas decidieron asistir a la actuación de Josephine Baker, en un garito de snobs, dos calles más abajo. Ella era una cantante de color que se encontraba muy de moda en aquellos meses. Yo me hallaba tan agotada que paré al primer taxi que pasó y me despedí de ellas para regresar a mi casa. Comuniqué mi dirección al chofer y el coche partió a toda velocidad atravesando La Place Vendôme y perdiéndose entre mil callejuelas. De repente, observé aterrada que nos encontrábamos a las afueras de París, cruzando como una centella el Bosque de Boulogne.

—¡Oiga, pare inmediatamente! ¡Este no es el camino que le he dicho!— Grité desesperada. Pero el coche continuó con su loco traqueteo—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me han secuestrado! ¡Ayuda!— Seguí chillando como una posesa hasta quedar afónica. El conductor siguió haciendo caso omiso a mis gritos. Pensé en saltar del coche pero era tal la velocidad y los bandazos que íbamos dando que desistí. Me preparé para lo peor. Ya me imaginaba violada, asesinada y enterrada en aquel bosque donde nunca encontrarían mi cadáver. Comencé a temblar y a buscar entre mis pertenencias algún tipo de arma con el que defenderme. Cogí el alfiler que me sujetaba el gorro y lo sopesé en la mano. Armada con mi humilde estilete con cabeza de perla, aguardé mi destino.

El coche se internó por un caminillo de piedras y se detuvo a la puerta de una mansión vieja y deslustrada, pero que todavía conservaba el halo de haber sido, hacía años, un edificio elegante, de líneas clásicas, con cierto toque renacentista en unas columnas dóricas, lugar en el que se asentaba un porche que se abría a un enorme jardín. La luz de la luna me reveló una gigantesca extensión de verdor donde un lago reflejaba el astro de la noche bañado en brumas de agua. Al fin, el coche se detuvo justo ante la puerta principal de la edificación. El chófer, un hombre maduro y bastante atractivo, vestía un anticuado uniforme, y me tendió una mano solícita para ayudarme a bajar del vehículo. En su rostro vi reflejado un sentimiento de lástima inimaginable. Lo achaqué a mi lamentable aspecto. El mareo de tan ajetreado viaje todavía me producía ciertas dificultades al caminar, y tuve que agarrarme a aquel brazo obsequioso y galante que me condujo a través de un portón de madera, hasta pararse en el interior de un fabuloso salón en el que ardía una alegre fogata, quizá demasiado escasa para tan magno recinto. Un anciano, envuelto en un batín de seda, se levantó con mucha dificultad para saludarme efusivamente.

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—¡Mi querida niña! ¡Qué alegría conocerte al fin! ¡Soy tu bisabuelo! Sé que te estarás haciendo mil preguntas y ahora mismo voy a responder a cada una de ellas. Pero ¡Siéntate, por favor! Acércate para que te mire. Eres la viva imagen de tu madre. Mi única hija te apartó de esta casa intentando evitar lo inevitable. ¡No podemos perder más tiempo! ¡Arrímate al calor de la chimenea y escucha atentamente lo que tengo que decirte!

¡No podía creer lo que estaba oyendo! En diez minutos fui informada sobre una maldición hecha hacía cinco siglos, que condenaba a morir a las mujeres de la familia cuando cumplían los veinticinco años. El viejo observó el broche que llevaba sujeto en mi vestido e inmediatamente señaló uno de los cuadros que presidía el salón. Una mujer vestida con ricas y antiguas ropas, exhibía la misma joya que yo portaba, aposentada entre un mar de encajes. El prendedor era inconfundible, presentaba la silueta de una cortesana danzante, absolutamente tachonada de zafiros y rubíes colocados estratégicamente que, al atrapar la luz, producían la ilusión óptica de movimiento constante. La sorpresa me dejó sin palabras, y no solo esa noche sino varios días después. Me instalé en la mansión con mis pertenencias, abandonando el húmedo y lúgubre piso en el que había vivido hasta ahora, olvidando mi mala situación económica que mi bisabuelo se encargó de mejorar notablemente. Allí me dediqué en cuerpo y alma a tratar de salvar la vida de un horrible fin. Tenía de plazo un año para intentar zafarme de la terrible amenaza que se cernía sobre mí. Se me asignó el ala izquierda de la mansión donde encontré cantidades ingentes de material de estudio que había pertenecido a mis antepasadas.

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La felicidad que experimenté al encontrar a mi bisabuelo quedó eclipsada por las terribles muertes de mis antecesoras, narradas por mi pariente con pelos y señales, haciéndome temblar de puro terror ante mi destino.

—¡Todas perecieron entre las llamas!— El bisabuelo susurró entre gemidos. Testigo de la muerte de su hija primeramente y de su nieta años después; vio arder a ambas en el lago próximo a la mansión.

La información que me dio mi pariente, junto con ciertas investigaciones que realicé por mi cuenta, me revelaron, sin ninguna duda, el origen del sortilegio que había perseguido a las mujeres de mi familia desde hacía cuatro siglos: El vizconde de Marais, personaje viudo, rico y muy poderoso, ligado con cierta secta adoradora de Isis y los sacrificios humanos, profundamente prendado de la belleza legendaria de una de mis antepasadas, Marguerite Campagne, quiso añadirla a su colección de esposas. Ella haría la número seis, cifra cabalística muy arraigada en las creencias del futuro esposo en cuestión.

Puso en marcha todo su encanto y también su dinero para conseguir la mano de mi antepasada; como muestra de su profundo amor y para la petición de mano, la obsequió con el magnífico broche, que ahora yo poseía, realizado por un  misterioso orfebre y cabalista judío.

La muchacha, embarazada de pocos meses, de un novio que resultó muerto en el campo de batalla, se hallaba en situación desesperada al igual que el honor de su familia. Cuando tal propuesta llegó a manos del Marqués de Campagne, padre de la joven, no dudó un segundo de que la proposición de matrimonio era la respuesta del cielo a sus plegarias, una solución perfecta para su hija. Así, en el corto plazo de dos semanas, la muchacha, cuyo embarazo apenas se notaba, fue obligada a casarse con un hombre al que no amaba.

 En poco tiempo una llama de pasión brotó entre ambos esposos, sentimiento que quedó extinguido cuando la vizcondesa dio a luz una niña, perfectamente formada, a los cinco meses de su matrimonio. El marido percatándose del engaño del que había sido objeto, juró venganza ante la estatua de Isis e inmoló a su consorte en una pira, pronunciando la pavorosa maldición con la que condenaba a muerte a todas las descendientes de su esposa. Oyendo los alaridos terribles de su mujer quemándose en la hoguera, a la que había llegado a amar profundamente, arrepentido de su acción saltó a la misma intentando salvarla. Pero ya era tarde y los dos perecieron abrasados.

Encontré la tumba de los Vizcondes de Marais, ubicada en el cementerio de Montparnase. En una lápida medio destrozada por el paso del tiempo, aún se adivinaban los nombres de los aristócratas. Y allí, ante ellos, me juré a mí misma que yo sería la excepción de la larga lista de muertes en mi familia.

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Dejando mi tesis doctoral abandonada, me dediqué por entero a “salvar mi vida”, sumergiéndome de lleno en el estudio de muchos de los papeles que poseía. Así comencé mi estudio sobre la diosa Isis, cuyo terrible poder me dejaría convertida en una pavesa humana si no me espabilaba:

”Por muchos milenios, Isis fue una diosa de los Antiguos Egipcios, que mantenía el equilibrio entre el Mar Mediterráneo y el corazón de África, puente entre la cultura Europea y Africana. Después, hace poco más de dos mil años, el culto a Isis emigró alrededor del Mediterráneo hacia el mundo griego, después a Roma extendiéndose por todo el Imperio romano, llegando incluso hasta los límites de occidente como era la mismísima Gran Bretaña. A medida que su culto se movió más allá de los confines de Egipto, Isis absorbió las cualidades y atributos de las otras grandes diosas del mundo Mediterráneo y las tierras de alrededor. Ella se convirtió en Isis de los muchos apelativos y de cientos de naturalezas: Isis Reina del Cielo, Isis Estrella del Mar, Isis Fortuna, Isis Minerva, llegando a ser conocida por gran cantidad de nombres más”. Así averigüe cómo una deidad del Antiguo Egipto había echado raíces en la capital del Sena.

En un manuscrito de la obra de Boccaccio, llamada “De claris mulieribus”, conservado en la Biblioteca Nacional de París,  encontré una miniatura en la que se veía, con toda claridad, una figura sentada en una barca arribando a una ciudad que se parecía mucho a París.  Bajo la imagen, el capítulo comenzaba de este modo: “La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios…”. Me quedé atónita al leer la palabra “Barís” (muy semejante a París) escrita en letras góticas en aquel bote que portaba a la divina mujer. La villa del dibujo representaba una ciudad fluvial muy parecida a la capital de Francia que, en aquel tiempo, fue designada con ese mismo nombre “Barís” que luego evolucionó a París. La diosa egipcia tuvo su primer templo no lejos del Sena en la que hoy en día es la iglesia de Saint Germain-des-Prés (el templo más antiguo de París).

Hacía allí encaminé mis pasos dispuesta a conocer, al fin, a mi rival. No había ni rastro de estatua alguna, sólo unas páginas en las que se decía que en el siglo XVIII se había descubierto una escultura de esta diosa donde se la describía igual que una mujer delgada, alta, erguida, negra, casi desnuda, ataviada con ropa vaporosa adornada de pliegues alrededor de sus extremidades y que se encontraba situada en la pared del lado norte, al lado del crucifijo de la iglesia y era conocida como el ídolo de Saint-Germain-des-Prés. La iglesia a finales del mismo siglo había sufrido una explosión fortuita que afectó al claustro y un incendio que destruyó su importante biblioteca. La estatua desapareció en aquel periodo sin dejar rastro.

Para no regresar a mi hogar con las manos vacías, me hice con un gran garrafón que llené, con el permiso del párroco, de ingentes cantidades de agua bendita, líquido que nunca venía mal contra las fuerzas oscuras. Me di un buen baño con ese elixir pero no noté nada especial. La maldición seguía acechándome.

Probé toda clase de baños para alejar el mal: de hojas de ruda y clavo de olor que, según decían, ahuyentaba las influencias negativas; encendí velas blancas, dibujé seres de luz que me protegiesen cubriéndolos de pétalos de rosas y claveles blancos como la nieve. Mi bisabuelo me observaba muy preocupado mientras probaba, incansablemente, fórmulas mágicas que iba consiguiendo en libros antiquísimos, con el fin de librarme de mi destino. Al mirarle a los ojos vi que temía no sólo por mi vida, sino por mi equilibrio emocional.

Entre investigaciones y estudios llegué a la fecha anterior a mi aniversario y me encontré absolutamente desesperada.

Mi ánimo se tornó de lo más sombrío ¡Iba a morir sin remisión! Un terror sin precedentes me dejó por unos momentos paralizada. Luego mi naturaleza combativa salió a flote. Me vestí mis mejores ropas, que dicho sea de paso, eran muchas y lujosas, regalo de mi bisabuelo que me demostró siempre un cariño sin límites, quizá porque era el único miembro de su familia que todavía quedaba con vida o tal vez porque estaba convencido de que iba a morir en breve y deseaba darme cualquier capricho en este corto periodo de tiempo.

En la solapa me prendí el broche de la bailarina de piedras preciosas a juego con una valiosa pulsera mandada hacer por mi bisabuelo recientemente. Agarré mi bolsa de herramientas, el frasco de agua bendita, mi colección de crucifijos, amuletos de todos los tamaños y formas, más una selección de reliquias compuesta por una veintena de objetos sagrados de muchas religiones que, por su pequeño tamaño, eran fáciles de transportar.

El chofer, hombre que siempre estaba a mi servicio, que en estos últimos meses se había mostrado leal y dispuesto a acompañarme en las aventuras más descabelladas, cargó con mis utensilios mientras yo me despedía de mi bisabuelo.

            —¡No te vayas, niña! Quiero estar a tu lado pase lo que pase.

            —¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada! ¡No quiero que veas cómo me consumo! Lo que me llena de tranquilidad es saber con certeza que la maldición morirá conmigo. No tengo descendientes que puedan transmitir este estigma y, por fin, esta pesadilla que comenzó hace tres siglos se terminará.

Con un gran abrazo lleno de lágrimas y de puro agradecimiento, monté en el vehículo y me dispuse a ir al escenario ideal para abandonar mi corta vida, la tumba de mis antepasados.

Cuando el crepúsculo del atardecer teñía el cielo de rosas y grises, el chófer y yo saltamos por una de las vallas más deterioradas del cementerio de Montparnasse y nos internamos en él, recorriendo caminillos y vericuetos que nos condujeron hasta el mausoleo familiar. Faltaban pocas horas para la media noche y quería aprovecharlas hablando, gritando e increpando a los que me habían metido en tan descomunal atolladero.

 Comencé mi perorata que fue subiendo de tono conforme mi enfado salía a la superficie. A la luz de las linternas observé esas viejas esculturas que no reflejaban odio ni terror, un hombre y una mujer vestidos con ropas antiguas que miraban con amor al bebé de piedra que sostenía la mujer entre sus brazos. Me subí en la plataforma de mármol para observar mejor las estatuas. Los fui acariciando uno por uno, en un vano intento de hallar algo de calor en el trío familiar que, inamovible, miraba al vacío. Mis dedos tocaron al niño de piedra, recorriendo su carita redonda de rasgos de angelote. Percibí que esta escultura no parecía haberse tallado en el mismo bloque que las de los adultos. Había cierta holgura entre ellos. Solicité la ayuda del chófer para separar aquella pequeña estatua del conjunto de mármol. No costó demasiado esfuerzo hasta que sostuve entre mis manos al bebé de piedra. Un gran agujero se abría entre las estatuas. Alumbre con una antorcha aquella oquedad que parecía esconder algo en su interior. Con mano decidida, ya no tenía nada que perder, me apresuré a inspeccionar el agujero con detenimiento. Toqué un objeto que pude sacar sin esfuerzo por la boca de la oquedad. Se hallaba envuelto en una funda de tela encerada. Ante mis ojos vi aparecer a Isis en todo su esplendor de oros y piedras preciosas, presentando en su pedestal unas cuantas frases grabadas en latín. Leí atentamente aquellas palabras antiguas y supe de inmediato, aún sin conocer ese lenguaje, que se trataba de la maldición. ¡Por fin tenía delante a mi rival, la diosa que había destruido a todas las mujeres de mi familia!

Me separaban escasos minutos de la media noche, fecha en la que oficialmente cumpliría veinticinco años y la maldición se cumpliría, una vez más. Decidí aprovecharlos al máximo. Bañé a la diosa en agua bendita, le colgué unos cuantos crucifijos y recé fervorosamente a mi Dios implorando su ayuda; ni siquiera con el pensamiento rogué a aquella diosa antigua que me repugnaba sobremanera por ser el origen de la maldición.

Aterrada, vi desfilar en mi mente las imágenes de mis antepasadas portando el lujoso broche. Me lo quité de la solapa y lo acuné entre mis manos y, en ese instante,  un círculo de fuego me envolvió. La estatua de la diosa, colocada en la tumba, pareció reírse de mi infortunio. Furiosa como jamás lo había estado, cogí una piedra y destrocé la joya machacándola, pulverizándola sin piedad. Un grito desgarrador de dolor inconmensurable escapó del broche, llevándose con sus alaridos las llamas abrasadoras que habían prendido en mis zapatos. No quedó rastro del fuego que hacía un instante amenazaba con engullirme. Pasaron unos minutos de las doce de la noche y yo seguía viva. Casi no me atrevía a respirar por temor a que el fuego hiciera de nuevo su aparición. Pero no fue así, el hechizo se había roto, por fin, al destrozar esa prenda de amor que guardó tan celosamente mi antepasada. Me percaté, sin embargo, de que la estatua de la diosa antigua había desaparecido. Por más que la busqué no pude dar con ella. Pero ya no me importó.

 Ante mis ojos atónitos el mundo se llenó de color. El chofer y yo nos abrazamos emocionados ¡Por fin había recuperado mi futuro!


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