Relatos de fantasía

OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


Novelas para vivir cien vidas:

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EL REGRESO DE LOS FANTASMAS.- (Relato angustioso).-

Los fantasmas habían regresado. Los encontró cuando recorrió la casa, habitación por habitación, intentando hallar los ecos de las últimas visitas, tan alegres, tan deseadas… recordando la visión de su hogar engalanado de luces, respirando el aroma de los turrones y de las charlas de familia.

Siempre pasaba lo mismo, olvidaba a los espectros cuando se metía de lleno en los días festivos de diciembre, ─arrinconando la visión de aquel primer encuentro: del horror que le erizó la nuca con un frío antinatural, justo cuando había muerto su marido, hacía ya unos cuantos años─.  Desgranaba las jornadas de celebración, una detrás de otra, igual que un crío goloso, agotando sus días en poner adornos, preparar comidas, urdir reuniones y hacer mil compras. Los fantasmas se escondían y no daban la lata.

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En la primera habitación sintió de inmediato el gélido aliento de uno o, quizá, de varios de estos entes. ─A veces era imposible saber su número exacto, pues les gustaba estar pegados unos a otros, frotándose el polvo de la tristeza con ahínco, a la cual eran muy aficionados─. En la estancia contigua observó con espanto cómo se curvaban los visillos de la ventana adoptando una forma humana con los brazos extendidos hacia ella, mientras bisbiseaba inconexas y retumbantes exclamaciones de dial de radio mal ajustado. Escapó corriendo al salón en un intento de salir de la pesadilla. No pudo. Allí las formas brumosas se esparcían por el sofá emitiendo sonidos amenazadores. Se levantaron todas a la par y pasaron sobre ella unas cuantas veces hasta que la derribaron. Su venganza no tenía parangón, ella lo sabía muy bien.  Se fue arrastrando hasta la pared de la ventana y se incorporó con dificultad. Esta vez la habían golpeado con especial saña. La abrió de golpe provocando que varios espectros salieran disparados hacia el exterior. Vano intento. Esperaron pacientemente ─porque eso sí, los fantasmas tenían una paciencia infinita─ a que un haz de luz del atardecer penetrara en la gran sala, y por ahí se colaron nuevamente.

Conocía de sobra lo que vendría a continuación: cuando lograba escapar a la calle durante el día, haciendo que el retorno se tornara insoportable. Esos monstruos incorpóreos le hacían pagar sus ganas de vivir, su lozanía de vida, no dejando que el sueño cerrara sus párpados o, por el contrario, sumiéndola en un duermevela de pesadillas terroríficas.

No se volvía loca porque mantenía la esperanza atizada, ese pequeño  fuego escondido que se adivinaba en cada suspiro: junio llegaría pronto tragándose a la estantigua espectral.

Se metió de lleno en sus rituales, esos pequeños actos consoladores que daban a su existencia cierto aire de normalidad. Se duchó, peinó y contó las arrugas del entrecejo ─tantas había que pensó que se le rompería la piel por esas horribles hendiduras tragándose su cara sin remedio ─.

Por temor dejó de salir a la calle. Decidió no abrir la puerta a nadie y desconectó el teléfono. Se impuso tan dura penitencia con la certidumbre de que de este modo no echaría tanto de menos lo que no veía. Y se pasó el tiempo jugando al mus con los bultos tornasolados que se sentaban en las sillas del comedor. De vez en cuando la dejaban echar un sueñecito para despertarla con gritos desgarradores. Parecía estar sumida en un oscuro túnel que no tenía fin.

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Fue comiendo cada vez menos hasta que ya no lo necesitó. ‹‹El cuerpo se acostumbra a todo››, solía decir su madre. Al principio de tan frugal dieta caminar unos pasos se hacía una labor del todo imposible pero, a fuerza de ejercitarse, sus pies adquirieron una ligereza sin igual, apenas rozando el suelo al moverse. “Eso nos convierte en seres deslizantes que vivimos un presente continuo como almas errantes”, la golpeó la frase de Argullol almacenada en algún recuerdo. Un ser deslizante, así se sentía, resbalando en una inmensidad tenebrosa, pegajosa como el barro.

Llegó junio y, a pesar de las persianas cerradas, de los visillos y espesor de las cortinas, los dedos del sol del verano se filtraron en las estancias recordando a los espectros la hora de partida. Estos se fueron a regañadientes, protestando y chillando como cada estío, arrastrados por la calima de los caminos de luz.

La mujer se sentó en una silla, respirando esas motas doradas que le hacían cosquillas en la pituitaria. Estornudó varias veces y se quedó allí muy quieta, saboreando su bien merecida tranquilidad; horas después seguía en el mismo lugar mientras la penumbra de la tarde apagaba el salón. No quería moverse. Tomó conciencia de que flotaba hacia el techo y luego se desparramaba por las habitaciones, esponjándose o adelgazándose, mientras hacía flotar la colcha, las toallas, las cortinas de las ventanas, moldeando su figura en mil formas, todas malévolas y amenazantes. Se paró en seco. Tomó conciencia de su nuevo estado. ─Ya no era la misma─ Se había convertido en lo que más odiaba, en un fantasma. Intentó largarse subiéndose a los rayos de luz de la mañana, quería ir muy lejos, a otras tierras y recuperar su otro yo. Pero no pudo. Estaba ligada a su casa, a su memoria y le era imposible romper esa unión esclava. Era un espectro con recuerdos humanos, un ser que no era ni dejaba de serlo. Gritó y odió el aroma que llegaba a través de la ventana, que no era otro que el de la vida, el elixir que un fantasma jamás alcanzaría.

El invierno trajo de nuevo a los fantasmas. No tardaron en huir. Un terrible espíritu habitaba el lugar, no imaginaron de dónde habría venido. Jamás regresaron.

María Teresa Echeverría Sánchez.


LA ASTUTA SIRENA- (Relato de verano).-


La sirena se encontraba, al igual que cada tarde, aposentada en la gran roca de la ensenada, ese escondido rincón que muy pocos conocían.

Pasaba con mimo su peine de plata por su abundante cabellera, cadenciosamente, entreteniéndose en cada pase y sacudiendo con coquetería la cascada de oro que le llegaba hasta la cintura.

Se sabía observada desde hacía unas cuantas jornadas. No necesitaba volverse para ver a sus anchas al insigne espectador: a través de su espejo de nácar le vio una vez más, allí, quieto, casi sin respirar por temor a espantarla. Cerró sus ojos de pez y se dejó embriagar por el denso perfume que le traía la brisa: olía a juventud y a sangre caliente. Sonrió pensando en él.

El muchacho se había vuelto más audaz. Al principio mantuvo las distancias, no quería que aquella bellísima visión desapareciera repentinamente por haberse mostrado impaciente. En días sucesivos había ido variando su escondite, cada vez más cercano a la abrupta plataforma que surgía como un diente enorme en una boca de mar hirviente.

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La sirena movió su cola de pez a un lado y al otro de la piedra, haciendo que las escamas que la recubrían fulguraran igual que gotas de plata, hipnotizando la mirada del joven que ese atardecer estaba muy cerca. Inspiró varias veces llena de dicha y, al fin,  fue al encuentro de su admirador. Se sumergió en el agua despacio y buceó hasta alcanzar el escondite del joven.

El muchacho, al verla desaparecer tan de improviso, salió de su escondrijo y muy alarmado se dirigió a la orilla del acantilado para escrutar las rompientes llenas de espuma.

La sirena tomó impulso y saltó fuera del agua aleteando elegantemente: quedó suspendida por unos segundos en la superficie de oro líquido del crepúsculo, justo para ver reflejado en el rostro del adolescente los gestos de sorpresa, alegría y terror, antes de atraparlo por el cuello con su poderosa mandíbula. Lo arrastró al lecho marino, a su territorio. Cuando llegó a la cueva el joven ya no oponía ninguna resistencia. Tuvo una cena opípara aquella noche. Colocó el esqueleto junto a su larga colección de osamentas, las que correspondían a sus preferidos, a los más amados. Con sus preciosos dedos terminados en uñas retráctiles, acarició los cráneos de los que componían su tesoro. Estos emitieron sonidos huecos y oscuros, música que la hizo danzar hasta el amanecer.

María Teresa Echeverría Sánchez. (novelas, relatos, cuentos)


EN EL MUNDO DE LOS FANTASMAS.-

Relato incluido en el libro “ASOMBROSOS CUENTOS DE MISTERIO Y FANTASÍA”, de venta en Amazon, para lector kinddle y en libro de papel. DESCARGA GRATUITA dia 28 de abril. ¡No te lo pierdas!

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“Somos siluetas recortadas, somos hueros fantasmas que se mueven en la niebla, sin perspectiva”. (Virginia Woolf)

 EN EL MUNDO DE LOS FANTASMAS.-

1.- La muerte de mi padre.-

Siempre fui un niño tímido y huidizo, de porte de ratón y mirada esquiva, deseando confundirme con el entorno y pasar totalmente inadvertido. No ayudaba mucho a mejorar mi aspecto la epidermis quebradiza y alba que me recubría, presentando multitud de reflejos verdosos, así como enarbolar en mi cuero cabelludo un penacho indomable del color del fuego más ardiente. Mi madre siempre me halló cautivador pese a mi extraña apariencia, era su único hijo y el amor la cegaba.

 Los compañeros de clase, mucho más corpulentos que yo, me observaban con una mueca de desdén permanente, metiéndose conmigo en cuanto tenían ocasión. Un claro ejemplo de aquel insufrible comportamiento era el cambio continuado que solían hacer con mi nombre de pila, Luis, igual al de mi padre, por los motes más estrambóticos: Cucaracha verdosa, babosa, ranita asquerosa, ratón podrido, mantis, gusano del queso, escupitajo, caquita de loro, enano verde, mico selvático, lagartija repulsiva, y unos cuantos más siguiendo esta misma línea.

Recuerdo el día en el que mi padre murió. A mis nueve años asistir a clase era un suplicio inenarrable, y más teniendo en cuenta que en casa se me hacía poco caso, debido, sin duda alguna, a la completa atención que requería la enfermedad de mi progenitor. Unas veces se ahogaba, y su resuello estrangulado llenaba la casa de ecos terribles durante minutos y horas, hasta que el médico podía mitigar aquel lance. Otras, la fiebre le consumía y había que bajársela a base de paños de agua helada que mi madre, delgada como una vara de vivir con el alma en vilo, se encargaba de colocar con precisión milimétrica, adquirida en días y meses de atender tan lenta agonía.

Mi padre, antes de su padecimiento, estuvo luchando en una guerra lejana, tan distante, que nunca supe dónde tuvo lugar. Enarbolaba las palabras “lucha” y “libertad” en cada conversación que mantenía, sintiéndose muy ufano de haber matado en nombre de esos dos sustantivos que tanto le gustaba pronunciar. De aquel lugar remoto se trajo la enfermedad que lo devoraba, pero no vino sola, sino acompañada por una mochila llena de relojes de los muertos. Decía que un día los vendería y serían el pasaporte de los tres para viajar a Australia. Por supuesto yo tampoco sabía en qué parte del mundo se hallaba ese maravilloso lugar con el que soñaba mi progenitor, pero supuse que bastante lejos, más que el pueblo de mi madre al que íbamos algunos días en verano.

Una gélida mañana de invierno me encontraba en clase de geografía, perdido entre el Sistema Central y la Cordillera Penibética, cuando la puerta de la clase se abrió de par en par. Don Anselmo, el jefe de estudios, de cara rancia lo mismo que el aliento y el gesto, luciendo su inseparable americana de espiguilla en la que las coderas lanzaban poderosos y brillantes destellos de desgaste, irrumpió en la clase agarrándose el estómago, en cuyo interior habitaba una ardiente úlcera. Vino derecho hacia el pupitre que ocupaba, evaporándose de golpe el último rubor de frío que solía pintarse en la cara de muchos de los que allí nos sentábamos.

            ─¡Acompáñeme, Guzmán, tiene que regresar a su casa! ¡Recoja sus libros! ¡Seguramente no regrese en unos días!

Me sorprendió el tono de su voz, que sin ocultar su aspereza habitual, no hacía gala de los gorgoritos desabridos e histéricos con los que acostumbraba a regañarnos.

Mis compañeros se quedaron pasmados ante mi incipiente marcha, proyectando sobre mi persona unos ojos como faros que me acompañaron hasta la misma puerta del aula. Fue la primera vez que me sentí igual que una estrella de cine, inalcanzable y poderoso. Pero esa sensación de triunfo, de picazón en el alma, no duró mucho. En cuanto alcanzamos el despacho de Don Anselmo la dolorosa verdad se impuso sobre todo lo demás.

            ─Guzmán, acaba de fallecer su padre. Le acompaño en el sentimiento. Debe marcharse de inmediato a su casa. Su madre le espera con urgencia. Ahora usted es el cabeza de familia. De ahora en adelante ¡Compórtese como un hombre!

Dicho lo cual me acompañó hasta la salida del centro, empujándome sin ningún miramiento para que anduviera más aprisa. Corrí hasta mi casa sin descansar un segundo. Al llegar al portal me paré en seco, respirando trabajosamente mientras mis ojos aterrorizados observaban un extraño vehículo. En ese instante, de una furgoneta negra lo mismo que el carbón, bajaban un gran ataúd oscuro y brillante que unos cuantos hombres vestidos con monos azules, comenzaron a subir por las escaleras. La caja se quedó atrancada en el segundo piso y costó una media hora que siguiera caminando hasta alcanzar el rellano del cuarto. La seguí a paso de tortuga, fijándome bien en aquellos contornos pulidos en los que mis enclenques extremidades se reflejaban.

            ─¡Déjenle pasar! ¡Es el hijo del finado!─ Gritaron la portera y la vecina del tercero.

Los operarios se hicieron a un lado para que pudiera, al fin, introducirme en el hogar. Lo encontré revuelto, desordenado y lleno de gente. Corrí hacia mi madre que, al verme, prorrumpió en un llanto doloroso que partía el alma. Estuvimos abrazados, amarrados el uno al otro igual que en medio de un vendaval, hasta que llegó el féretro.

La improvisada capilla quedó instalada en el salón. El ataúd se encontraba abierto y mi padre era visible hasta la cintura, lugar que una sábana de raso tornasolado se anclaba ocultando el resto de su cuerpo. Tenía la piel azulada y se le veía hinchado y desfigurado. No parecía mi padre. Mi tía se empeñó en que debía darle mi último adiós. Yo no quería y mi madre tampoco, y decía una y otra vez a voz en grito:

            ─¡Dejadle tranquilo, es solo un niño!

Pero haciendo caso omiso a los ruegos de mi progenitora, me auparon para que besara a mi padre. Tuve que realizar el titánico esfuerzo de pegar mis labios calientes a aquella piel helada de la dureza del mármol. El impacto fue tan espeluznante que temblé como una hoja durante unas cuantas horas. Y no fue solo por aquel contacto de película de terror, sino por el hecho que tuvo lugar en esa fracción de segundo en que mi piel estuvo pegada a la de mi padre. Sentí que una presencia sobrehumana intentaba entrar dentro de mi persona, empujando mi lengua para colarse en lo más profundo de mi ser. Instintivamente agarré la medalla que pendía de mi cuello. La horrible fuerza no pudo lograr su objetivo y me dio un poderoso empujón. Escapé de las manos de los que me levantaban yendo a dar con mis huesos en el suelo.  Pero no quedó ahí la cosa, sino que la fiebre me alcanzó con todas sus ganas, atrayendo por vez primera los cuidados de mi madre que, enrabietada, decía una y otra vez:

            ─¡A éste no te lo vas a llevar! ¡No te dejaré! ¡Bestia inmunda!─ Gritaba mientras me ponía paños empapados en agua fría. En aquel momento supuse que le chillaba a la muerte. Años después supe la verdad.

No pude acudir al entierro y estuve sumido en un duermevela durante un largo periodo. Días después de haber superado la enfermedad, recordaba entre neblinas el cálido contacto de las manos de mi madre, mis dedos enganchados a los suyos en un intento de que la infección no me arrastrara en pos de mi padre.

Cuando me puse en pie, había crecido tanto que mi madre tuvo que salir con urgencia a comprar ropa nueva. Al retornar a las clases, totalmente repuesto y con algunos kilos de más, observé con alegría desbordante que sacaba la cabeza a todos mis compañeros. No hubo más burlas ni comentarios insultantes, al contrario, me miraron con cierto temor, igual que si vieran una horripilante aparición. En aquel entonces no supe el porqué de su cambio.

Con el correr de los años, terminé mis estudios de lingüista con gran éxito y la alegría de mi madre no tuvo parangón. Decidí ampliar mi erudición con el hermoso lenguaje que se hablaba relativamente cerca de mi país. Mi madre se ofreció a financiarme un viaje a la “bella Albión”.

Una tarde, antes de mi inminente partida, mi madre me pidió que me sentara a su lado para hablar de un tema muy importante.

            ─¿Qué ocurre, mamá?─ Pregunté viéndola muy preocupada.

            ─Es hora de que sepas todo lo que ocurrió antes de que muriera tu padre. Cuando llegó de la guerra, algo en él había cambiado. Es cierto que venía ya enfermo de fiebres, pero su personalidad no era la misma. Prueba de ello fue la mochila repleta de los relojes de los cadáveres. Él jamás hubiera quitado nada a un cadáver. Su carácter se había tornado colérico y envidioso. Cuando tenía accesos de fiebre solía hablar idiomas extraños con una voz que no era la suya. Intentó agredirme en varias ocasiones, la extrema debilidad de la enfermedad no le dejó terminar estos violentos ataques. En sus ojos se veía una locura que iba creciendo a ojos vistas. Fue en ese instante cuando compré las dos medallas protectoras, una para ti y otra para mí, las mandé bendecir por el párroco y te hice llevarla siempre colgada del cuello. Tu padre gritaba como un poseso cuando, sin querer, la medalla salía de mi interior al agacharme para atenderle. Intentó arrancármela varias veces pero cuando entraba en contacto con ella, aullaba de dolor como si le quemara. Te alejé de él tanto como pude para protegerte de su malsana influencia y de la violencia que ejercía sobre mí. Perdóname por no haber estado ahí cuando más me necesitabas… Cuando caíste presa de la fiebre el día en el que él murió, temí que te hubiera contagiado el mal que acabó con su vida. ¡Gracias a Dios no fue así!

Tranquilicé a mi madre que sollozaba con gran pesar reviviendo aquellos espantosos recuerdos y no fui capaz de contarle mi extraña experiencia de aquel horrible día. La abracé fuerte intentando conjurar todos aquellos años de infante en el que el sufrimiento era mi compañero de juegos. Perdoné a mi progenitora, pero ya lo hice cuando era un niño, tal era mi amor por ella.

Faltaba una semana para mi partida cuando mi madre murió, así, de repente. La tristeza me invadió y anulé el viaje mientras pensaba en lo que hacer con mi dolor. La primera noche que pasé sin mi madre, en el que había sido mi hogar hasta ahora, fue terrible, había algo allí que me dejaba sin aliento. Antes de que amaneciera salí despavorido de esa casa para no regresar jamás.

2.-  El fantasma de la anciana de los guantes de raso.-

 Compré el periódico, y aunque hacía un frío de mil demonios, me senté en el parque persiguiendo los esquivos rayos de sol que se trasladaban caprichosamente de banco en banco. Armado con mi bolígrafo, rotulé en la página de pisos de alquiler, unos cuantos que parecían poseer todas las comodidades a las que estaba acostumbrado: ascensor, calefacción, aire acondicionado y tres habitaciones. Cuatro de estos ejemplares, que previamente había encerrado en unos grandes círculos rojos, se mostraban como firmes candidatos a convertirse en mi nueva morada. Hice las llamadas pertinentes para quedar con los dueños o los representantes de las inmobiliarias y, de este modo, pude verlos en el transcurso de la mañana. Ya por la tarde, me hallaba en posesión de las llaves de mi nuevo hogar. Se trataba de una vivienda muy soleada y espaciosa, revestida casi en su totalidad de paneles de madera de nogal. El piso se notaba bien cuidado, y el olor a productos especiales para tratar la madera inundaba cada rincón. Una mecedora se instalaba en la parte del salón que hacía chaflán, convertido en un hermoso y coqueto mirador.

Al carecer de equipaje, tuve que hacer un gasto extra en todo lo necesario para mi vida cotidiana. Subí y bajé en el ascensor multitud de veces, ora para rematar compras, ora para hablar con la agencia inmobiliaria que se hallaba cercana al piso de mi familia, a quienes dejé la llave para que limpiasen y adecentasen el lugar para su venta inmediata. Sentía un terror visceral a poner un pie en aquella casa.

Hasta la fecha mi situación económica era bastante desahogada, pero el alquiler de la nueva vivienda y los gastos extras, dejaron mis existencias monetarias bastante descalabradas. Una sustanciosa inyección de capital, procedente del piso de mis padres, no me vendría nada mal.

En uno de los múltiples viajes a mi nuevo apartamento, cargado con varias bolsas de productos de limpieza y aseo, entré en el cuarto de baño para colocar todo lo necesario para mi higiene personal. Un espejo descomunal cubría enteramente la pared de la derecha del cuarto. Adosados al mismo, unos cuantos focos convertían aquel lugar en un auténtico camerino de actor. Me vi reflejado en la pulida superficie como nunca, y me paré para efectuar un detallado examen de mi rostro.

Un ruido extraño me hizo abandonar tan sinuosa tarea y regresar al salón. Se oían con toda claridad sonidos de pisadas; parecía como si alguien caminara por él. Cuando alcancé la estancia lo hallé totalmente desierto. Con el corazón latiendo alocadamente, recorrí toda la casa en busca de una explicación razonable a lo que había escuchado. La encontré, al fin. Los tabiques debían ser bastante delgados y los rumores de la vecindad se colaban como si fueran propios. Más tranquilo, iba a regresar de nuevo al cuarto de baño, cuando reparé en la mecedora del mirador; se movía incesantemente, igual que si tuviera un motor incorporado. Llegué hasta ella e interrumpí su vaivén. Observé la juntura de las ventanas por si había algún agujero en las gomas que permitiera la entrada de pequeñas ventiscas. Todas estaban perfectamente ajustadas. La vista desde el mirador era magnífica. Al ser un sexto piso, sobresalía ligeramente de las construcciones que se ubicaban en los alrededores, dejando un pasillo de visión bastante amplio para admirar un pequeño parque en las inmediaciones, una iglesia y multitud de tejados rojos llenos de antenas. Lejanas montañas se perdían en un horizonte de brumas amarillas y doradas de la puesta de sol.

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Antes de llegar al pasillo para retomar mi tarea anterior, por el rabillo del ojo, vislumbré cierto movimiento. La mecedora había recobrado su ritmo cadencioso, otra vez. Algo conmocionado, me dirigí al cuarto de baño para intentar pensar sobre lo que estaba ocurriendo. Al observar mi imagen en la luna reverberante me pareció que algo había cambiado en mí. Se trataba de la mirada, sin lugar a dudas. Desde aquellas fiebres horribles que tuve en la infancia, una extraña cicatriz en forma de media luna había aparecido en el iris de mis ojos verdes. A veces, cuando me sentía excitado, una pequeña ranura incandescente se apreciaba con toda claridad, llameando alarmantemente. Los oculistas no le dieron importancia, diciendo que eran cosas del desmesurado crecimiento que había experimentado, pero los que me rodeaban solían bajar la mirada, totalmente amedrentados ante los gélidos destellos que percibían. De ahí que mis horribles compañeros de la infancia me tuvieran cierto temor. Ahora, al observarme tan de cerca, las medias lunas se habían convertido en círculos perfectamente delimitados, por donde escapaba una pavorosa luminosidad. Cogí una lupa y sondeé aquellos pozos, el desasosiego se apoderó de mi ánimo, haciendo que emitiera un grito ahogado mientras huía hacia el salón. Allí me di de manos a boca con la mecedora que redobló el traqueteo a toda máquina.

Salí corriendo del apartamento en un estado de locura absoluto, igual que si tuviera detrás a todas las furias del infierno. Cegado como estaba, no me paré ante la carretera que corría muy pareja al portal. Sentí un terrible golpe y perdí el sentido. Cuando desperté, me encontraba en la habitación de un hospital. Me costaba respirar y, al intentar moverme, noté un grueso vendaje en una de las piernas. Una enfermera me informó que llevaba inconsciente una semana, habiendo sido víctima de un atropello. El conductor, sintiéndose culpable del accidente, solía pasarse por el hospital cada día para pedir noticias sobre mi estado. Le conocí al fin. Resultó ser un buen hombre, al que traté de convencer de que la imprudencia la había cometido yo solo.

Tres semanas después aparecí por el apartamento, armado con una muleta. La medicación había hecho su efecto y me hallaba relajado y tranquilo. No me sorprendió encontrar en el salón a una señora, ya anciana, de distinguido porte. Supuse que era la dueña del piso a quien no conocía personalmente.

            ─¡Buenas tardes señora! ¡Qué amable de su parte venir a visitarme! Como puede ver por mi cojera, fui víctima de un atropello y he estado ingresado en el hospital todo este tiempo.

La mujer sonrió dulcemente y dijo:

            ─¡Oh, pobrecito! ¡Cuánto lo siento! ¡Espero no haberle asustado!

            ─¡Claro que no! Desde que murió mi madre, hace escasamente un mes, me he sentido terriblemente solo. Es muy agradable llegar a casa y que haya alguien para recibirte.

            ─¡Oh, vaya por Dios! Está pasando por una mala racha. No se preocupe por mí, yo me limitaré a estar en la mecedora, igual que hago siempre. ¡Me encanta!

La mujer se sentó en el mirador y comenzó a moverse rítmicamente. Me acerqué para poder conversar con más comodidad. Advertí que los rayos solares la atravesaban lo mismo que si la anciana estuviera hecha de cristal.

            ─¡Un momento! Usted es un…fantasma!

            ─¡Pues claro que lo soy, hijo! Pero no se apure, no soy de los latosos. No le molestaré lo más mínimo. Y usted es de los que nos ven… ¡Mis compañeros se le van a rifar! ¡Existen tan pocos “mediadores”!

Me quedé gratamente sorprendido ante el descubrimiento. No sentí el más mínimo dejo de temor, resultaba menos inquietante ver a la anciana anclada a la silla en su rítmico vaivén, que a la butaca moviéndose sola. Me senté a su lado y disfrutamos de una agradable charla.

            ─¿Por qué sigue aquí?

            ─¿Y dónde quiere que me vaya, al cielo? Que por cierto, no tengo ni idea de cómo podría ir. El caso es que me siento muy unida a esta casa y, sobre todo, a esta mecedora. Aquí viví siempre, tuve a mis hijos, envejecí y morí. Fui muy feliz en este lugar. No querrás que deje de serlo ¿verdad?

            ─¡Claro que no! ¿Y su marido, no se quedó con usted?

            ─Él murió primero, y no lo hallé cuando, años después, seguí sus pasos. Cada uno debe hacer su elección, él optó por irse a otro lugar.

            ─¿Los fantasmas pueden moverse a voluntad, donde ellos quieran?

            ─¡Claro que sí! Una vez vino una joven a visitarme, pero no se quedó mucho, le gustaba ir de un sitio a otro sin parar. Bueno… He de hacer una pequeña aclaración con respecto a lo de “mudar de ambiente cuando nos viene en gana”. Algunos fantasmas, personas que tuvieron muertes violentas o fallecieron sintiendo un odio exacerbado, raramente pueden abandonar el lugar donde perecieron. Sus espíritus, ya de por sí muy dañados, no sobrevivirían a un nuevo cambio. Seguramente se desintegrarían. Ellos siguen atados a esos sitios. Suelen ser entes malignos, de entrañas enrarecidas. ¡Más vale alejarse de ellos si no queremos que nos arrastren a su mundo agónico y horrible!

Enseguida nos hicimos amigos. Era fácil hablar con la anciana. Siempre aparecía en mi presencia luciendo unos ropajes antiguos y muy elegantes. Un collar de perlas, blancas cual huevos de paloma, le rodeaba el cuello del vestido de satén, en un tono berenjena oscuro. Sus manos aparecían enfundadas en unos guantes de raso acorde al color con el que iba vestida. El pelo canoso, casi níveo, se elevaba en un rodete, no demasiado tirante, en lo alto de la cabeza, donde una pareja de peinetas de nácar y brillantes, se anclaban entre el moño y el pelo restante.

La anciana no se movía del salón; a menudo la encontraba sentada en la mecedora y otras, paseando tranquilamente por la habitación, acariciando cada mueble y estantería con  mucho mimo, deslizando despacio sus dedos enfundados en satén por libros vetustos, sintiendo cada curva de sus lomos, perdida en mil recuerdos felices.

Era muy agradable llegar a casa y encontrarla con su gran sonrisa. Enseguida surgía el debate, ameno y lleno de chispa, era una inteligente conversadora en extremo.

            ─Luis, permítame darle un consejo. Debe usted activar ciertas defensas psíquicas para que, cuando salga al mundo exterior, los demás fantasmas, que existen en gran número, le dejen descansar. Si no lo hace, puede morir de agotamiento. Cuando encontramos a individuos que pueden comunicarse con nosotros, los fantasmas nos ponemos muy pesados, terminamos olvidando que el interlocutor, en cuestión, es humano y tiene ciertas necesidades para seguir viviendo.

Mi mentora me instruyó en estas nuevas destrezas, cosa que más adelante agradecí en el alma.

            ─Debería seguir con su vida y sus planes. Su madre así lo hubiera querido y usted debe disfrutar de su juventud, enriqueciendo su experiencia y buscándose un modo de ganarse la vida. Ya es hora de que dé por finalizado el duelo.

Hice caso a mi consejera de lujo y, al día siguiente, fui decidido a la agencia de viajes para formalizar mi billete de ida a Londres y, de esta manera, cumplimentar allí mi formación profesional. Pero los planes no fueron los pensados, ni mucho menos. Nada más entrar en la oficina de viajes, un único itinerario llenó mis ojos por completo. No sé qué me sucedió en aquel instante, fue como si algo o alguien me arrastrara hacia un destino que yo no deseaba. Así me vi empujado a formar parte de un grupo de personas que emprendería una larga travesía por varios castillos de Escocia.

Cuando me disponía a hacer las maletas, pues mi salida era inminente, la anciana sonrió de buena gana.

            ─¡Es tu destino! ¡Debes ir, pero ten mucho cuidado! Esta vez la elección no es tuya, hay alguien muy empeñado en que vayas a Escocia. Debes averiguar quién es y qué es lo que quiere de ti…

3.- En tierras escocesas.-

En poco más de veinticuatro horas, me hallaba en el aeropuerto de Barajas, rodeado de varios miembros de mi expedición. Conocí a una doctora en medicina, atractiva en su madurez y muy agradable, que había sido reclutada en calidad de médico del grupo, según me explicó, para atender los posibles casos de ansiedad que solían darse en este tipo de viajes “especiales”. No entendí el significado del epíteto hasta que me encontré con los demás compañeros de fatigas. He de reconocer que componían un extraño grupo. Había dos espiritistas, tres parapsicólogos, dos psicólogos, un grupo de investigación paranormal, formado por siete miembros, un editor de libros de terror, tres guionistas de televisión, cuatro escritores, la doctora y yo, que era, con mucho, el miembro más joven.

Me harté de contestar la misma pregunta una y otra vez:

            ─¿Cuál es tu profesión?

            ─Estudiante de lengua inglesa.

Cada vez que respondía esta cuestión, era observado por mi interlocutor de turno, de arriba abajo, dibujándose un mohín de contrariedad en su faz. Leía a la perfección lo que aquellas mentes se cuestionaban con respecto a mi persona:

            ─¿Qué hacía un estudiante de lengua inglesa en un viaje de experiencias paranormales?

No hubiera podido contestar aunque hubiera querido, yo tampoco tenía la menor idea de mi papel en aquel recorrido.

Al fin, el avión salió con media hora de retraso. Era tal el equipaje que llevábamos en cabina que hasta que el último cachivache no estuvo bien anclado, las azafatas no cerraron  los maleteros, revueltos una y mil veces en su afán de meterlo todo allí con calzador.

Dos horas y media más tarde aterrizábamos en el aeropuerto de Edimburgo. Un autocar nos esperaba en las inmediaciones. El guía ayudó a recolectar el numeroso equipaje de aquella troupe de circo y en poco más de una hora nos hallábamos cómodamente instalados en nuestras habitaciones del hotel.

Aquella velada, la primera del viaje, haríamos un itinerario por la medieval ciudad plagada de leyendas y fantasmas. A las siete tomamos la cena y enseguida salimos caminando hacia la Royal Mile, la calle más importante de Edimburgo dividida en seis zonas, Castlehill, Castle Esplanade, la zona más antigua y cercana al castillo, lugar en el que se ubicaba la pira de los condenados a morir quemados y los acusados de brujería; la siguiente era Lawnmarket llena de tiendas de regalos; más tarde pasamos por High Street en la que vimos la catedral de St. Giles, así como una larga colección de pubs y restaurantes. Entramos en uno de ellos para bebernos una cerveza, con gran desesperación de la guía que tenía mucha prisa por acabar cuanto antes el recorrido; más tarde pasamos a Canongate, lugar que recorrimos a toda velocidad porque por allí no había ni un alma, solo encontramos un pub llamado “del fin del mundo”, y no tenía demasiados parroquianos. Llegamos al fin al último tramo de la calle situado en Abbey Strand donde se encontraba la plaza del parlamento.

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Volvimos sobre nuestros pasos para pararnos en una pequeña ciudad subterránea, formada por una red de callejones que se tapió en el siglo XVII. El más importante correspondía a Mary King’s Close. Lo que antaño fue una animada calle comercial, con tiendas de artesanos y viviendas, se había convertido en un callejón envuelto en sombras y silencio. En aquella penumbra, rota por algún que otro escaso farol, nos detuvimos para observar los sofocantes muros de las callejas. Al entrar en los subterráneos, el aire se volvió tan denso que nos costaba respirar y el silencio era tan ensordecedor que parecía vivir el terror de aquellos días de la pestilencia. De repente, el llanto de una niña nos distrajo de nuestros lúgubres pensamientos, primero se escuchó suave y lejano, fue acercándose para acabar prácticamente a nuestro lado. Vi a la niña con toda claridad, parada a mi lado. Lloraba sin parar. En un momento dado extendió las manos hacia mí. Traté de agarrarlas pero eran de humo. Mis compañeros, entre tanto, escuchaban el llanto pero no podían ver a la pequeña y habían sacado sus instrumentos de medición, que se volvieron locos al instante, indicando claramente  la localización de una presencia.

La niña tenía tal berrinche que no había forma humana de hablar con ella.

            ─¿Por qué lloras? Dime qué te ocurre para que pueda ayudarte.

Dejando a mi grupo, que ni se dio cuenta de mi ausencia, seguí a la cría hasta una vieja casa. En una de las paredes, una multitud de muñecas, dejadas por los turistas, se apiñaban unas encima de otras, formando una extraña montaña llena de cabezas y cuerpos de plástico. La nena se acuclilló allí, inconsolable.

            ─¿Has perdido a tu muñeca?

Sin dejar de llorar, sacudió su pequeña y sucia cabecita varias veces.

            ─Y éstas ¿No te gustan?

Negó con rotundidad, redoblando los lloros. En ese instante todo mi grupo se personó en la vieja casa.

            ─¿Cómo sabías que este es el lugar donde vivía la niña que lloraba?─ Preguntó la guía.

            ─Porque ella me lo ha indicado. ─E intentando cambiar de tema, pregunté a la mujer: ─¿Cuándo murió?

            ─ O sea que la nena te ha pedido que la sigas ¿no? Ya…─Dando un gran suspiro no comentó más sobre el tema y se limitó a contestar a mi pregunta. ─Fue en el siglo XVII cuando seguramente moriría. La historia dice que la peste, desencadenada por la malsana mezcla de aguas residuales, basura y porquería en la que vivía inmersa la muchedumbre que habitaba esta gran urbe, mató a las tres cuartas partes de la población de Edimburgo, entre ellos a esta pequeña, llamada Annie, la niña que solloza sin cesar. Los turistas le dejan juguetes para tratar de consolar su alma.

            ─El problema es que la pequeña busca una pepona concreta, la suya, que no se debe parecer en nada a los modernos juguetes que hay aquí dentro. No le gustan.

            ─En aquel entonces─ Explicó la guía ─Las muñecas se hacían de cara de porcelana y cuerpo de trapo. Entre los más pobres no se podían adquirir este tipo de muñecas, lo más probable es que la muñeca que ella espera encontrar estuviera hecha de trapos.

Obedeciendo a una misma idea, juntamos pañuelos de cuello, unos cordeles de zapatos y gomas del pelo e hicimos algo parecido a un muñeco. Con un rotulador dibujamos los ojos y la boca. El atado lo dejé al lado del fantasma que seguía acurrucada en un rincón chillando con desesperación. Repentinamente dejó de llorar. La niña comenzó a emitir una dulce cancioncilla acariciando el amasijo de ropa con forma de bebé.

            ─Creo que hemos acertado haciendo el juguete, parece que es de su agrado.

De puntillas salimos de allí. El silencio nos envolvió opresivamente. Cuando estábamos a punto de abandonar el lugar, un rostro con barba apareció por un instante delante de nuestras narices para, después, transformarse en guedejas de niebla. Algunos de nosotros gritamos presas del terror saliendo de inmediato de aquellos callejones malditos.

Pasamos por el hotel para recoger el resto del pesado equipo de grabación e investigación paranormal que, enseguida, se repartieron entre los siete miembros que lo componían.

Ya repuestos de los sobresaltos que habíamos sufrido en las callejas medievales, nos dirigimos al cementerio de Greyfrias Kirkyard: Camposanto que rodeaba la Iglesia Greyfriars. En él encontramos enterrados personajes famosos como el humanista George Buchanan o el abogado George Mackenzie. Según nos contó la guía,  el espíritu de este último continuaba atormentando a los visitantes de noche. Era conocido en su tiempo como Bloody Mackenzie (Sanguinario Mackenzie), encargado de perseguir a las brujas y a los presbiterianos firmantes “del Pacto de los Covenanters” (grupo de presbiterianos que no deseaban la introducción de la nueva liturgia establecida por el obispo William Laud y que con su puño y letra rubricaron un documento en un intento de revuelta contra el rey Carlos II) (1683). Fueron encerrados en una zona de ese mismo cementerio que se utilizó como prisión. Centenares de ellos pasaron por los instrumentos de tortura convencionales y otros hechos especialmente para la ocasión por orden de Mackenzie, quien se dedicó a investigar nuevos métodos de tortura por diferentes países para llevarlos a la práctica con el grupo de disidentes. Morían a centenares. Otros prisioneros fueron enviados en barco a América, desterrados para siempre y condenados a trabajos forzados, pero no tuvieron un final mejor que el de sus compañeros, puesto que el barco naufragó.

Esta triste historia nos persiguió hasta que alcanzamos el área del camposanto que había servido como cárcel y después se convirtiera en la tumba de los covenanters. La guía siguió explicando:

            ─ Actualmente la zona de las celdas está cerrada, como pueden observar, con una valla metálica de seguridad. Algunos estudios han confirmado que existe un nivel 3 de fenómenos paranormales, como ya sabrán es un grado bastante alto, en el que se escuchan voces, se ven y se sienten cosas. Esta es la zona cerrada al público y es la que van a tener el privilegio de visitar. Recuerden que los ataques sufridos por los visitantes, golpes, moratones y demás, aquí infringidos por “supuestos fantasmas”, seguramente se deban a una sugestión colectiva. Les recuerdo que su grupo está integrado por gente de ciencia que no se deja arrastrar por meras leyendas populares, con lo cual espero que no me den ningún disgusto esta noche… ¡Enciendan las linternas y síganme!

Las verjas se abrieron y los veinticinco avanzamos entre esas viejas construcciones de piedra. Los equipos de mediciones fueron instalados y los fotógrafos comenzaron a hacer su trabajo, cada vez con más arrojo, separándose del grupo. El ambiente era siniestro y el frescor de la humedad lo llenaba todo. Comenzó a caer una débil lluvia que, al rato, nos había calado hasta los huesos. Me refugié debajo de un alero que sobresalía entre los demás. Me volví al sentir el movimiento de una gran corriente de aire. Algo oscuro venía a toda velocidad hacia mi persona. En el último momento me tiré al suelo, rodando sobre mí mismo, logrando esquivar aquel proyectil inmundo.

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Una sombra gigantesca se acercó al lugar en el que había caído.

            ─¡Puedes verme! ¡Uhm!…Imagino que también me oirás. Quiero que saques a toda esta gente de aquí. No deseo que ronden por mi territorio. Si no os vais en pocos minutos sufriréis las consecuencias.

            ─¿Quién es usted?

            ─¡George Mackenzie!

            ─Usted está muerto, entiéndalo, ya no tiene poder sobre los vivos. Ellos solo hacen su trabajo.

            ─¡Por eso precisamente no quiero que nadie visite este lugar! Perturba la paz de los que murieron.

            ─Pero ellos murieron por su culpa, porque usted los encerró, los torturó y los enterró aquí.

            ─¡Claro que sí! Y aun lo sigo haciendo. Las almas que andan por aquí están bajo mi yugo. Me encanta oír sus gritos desgarradores mientras los doblego.

Llegué a la conclusión de que este fantasma, loco y malvado, no había sido el autor de la imperiosa llamada que me había conducido a Escocia. Nada más conocerme ya quería deshacerse de mí. Hablé con mis compañeros para recoger todo aquello. Les avisé sobre lo que el fantasma quería hacer si no nos íbamos. No me hicieron ningún caso como era de esperar.

Unos alaridos infrahumanos se oyeron en aquel punto donde el grueso del grupo trabajaba a destajo, dejándonos la piel de gallina. Los aparatos marcaron niveles históricos de actividad paranormal. Y así comenzó el ataque…

4.- El fantasma del castillo de Eilean Donan.-

La noche se tornó una auténtica tortura. En menos de un minuto toda la furia almacenada en los espectros de los que fueron torturados hacia cuatrocientos años, estalló sobre nuestras cabezas. Una lluvia de cristales acuchilló a todo el equipo infringiendo multitud de pequeños cortes que dejaban regueros de sangre en la tierra; después vinieron las piedras, no muy grandes pero certeras y en cascada, tratando de aplastarnos. Mientras tratábamos de cubrirnos debajo de los tejadillos de algunas construcciones, vi que uno de los fotógrafos había perdido el sentido. Yacía tirado en el polvo de la calle, igual que una piltrafa, nadando en un gran charco de sangre. Varios fantasmas le rodeaban preparándose para aplastarlo. Sin pensarlo dos veces corrí a su lado y me dispuse a defenderlo. Una luz terrible brotó de mis ojos pulverizando a los entes diabólicos que trataban de enterrarle con una lluvia de piedras. Arrastré el cuerpo al lugar donde el grupo se había replegado.

  ─¡Seguidme! ¡Tenemos que salir de aquí o nos aniquilarán!─ Chillé con toda la fuerza de la que fui capaz para que me oyera todo el mundo

Esta vez sí me hicieron caso. Todos nos movimos en un montón compacto, directo hacia la verja de hierro, la salida. Cuando estábamos llegando, la puerta se cerró ante nuestras narices y se hizo imposible su apertura. La cerradura estaba atascada. Animé a los miembros del grupo a empujar con todas nuestras fuerzas. Al fin cedieron las pesadas puertas y salimos fuera del alcance de aquellas fuerzas demoníacas. Cerramos la verja detrás de nosotros, colocando en su lugar la cadena con el cartel de prohibido pasar. Nos retiramos todo lo que pudimos de la entrada, hacia las tumbas y esperamos la ayuda que previamente habíamos solicitado. Las ambulancias no tardaron en llegar. Enseguida se llevaron al fotógrafo que apenas respiraba y a otros cuatro compañeros con roturas de huesos. A los demás les fueron curando y cosiendo los numerosos cortes que presentaban. Fui el único que no tuvo ni una sola herida ni hematoma; el resto, tenía escrito en su cuerpo con tinte amoratado, cada golpe y patada de los espectros. George Mackenzie se pudriría eternamente en su infierno particular del cementerio de Greyfriars, pensé mientras acariciaba el colgante que pendía de mi cuello.

Antes de irnos a dormir, tomamos una pastilla para relajarnos y estuvimos largo rato charlando antes de pasar a nuestras habitaciones. El miedo teñía de oscuro cada rasgo de la cara de los de mi grupo; incluso de la mía. Conocía muy bien aquella odiosa y terrible sensación.

 ─¿Por qué las autoridades no hacen nada al respecto?

            ─¡Claro que lo hacen! ¡Prohíben el paso a los turistas!

─Pero no entiendo por qué no destruyen ese mausoleo, porque así se acabaría todo ¿no? Si los huesos de los atormentados y del verdugo son aniquilados, ellos se esfumarían─ Comentó uno de los escritores.

─En la mayoría de los casos funciona, los fantasmas están totalmente ligados a sus huesos, sobre todo si han experimentado un final terrible. En esta ciudad sería realmente difícil acabar con todos los espectros, habría que quemar toda la urbe entera hasta sus cimientos, y aun así estoy seguro que alguno sobreviviría─ Contestó uno de los parapsicólogos más afamados y duchos en la materia de lo paranormal.

Estuvimos hablando sobre el suceso que habíamos experimentado con tanto terror, hasta que los párpados comenzaron a cerrarse, momento que aprovechamos para echarnos a dormir.

A la mañana siguiente, el aspecto que presentábamos era terrible. Los cortes y moraduras mostraban un color más enconado e inflamado, haciendo que todas las miradas de los que desayunaban en el comedor estuvieran fijas en cada uno de nosotros. En la portada de los periódicos salía la noticia del nuevo ataque en el cementerio de Greyfriars.

Después del refrigerio y con muy poco ánimo, vino la puntilla con el anuncio de la triste noticia sobre la suerte de nuestro compañero fotógrafo, muerto durante la noche. Con el desaliento como cómplice, salimos hacia un paradero bien conocido. El autobús se puso en ruta encaminándose a nuestro primer destino fuera de Edimburgo, se trataba del Castillo de Eilean Donan, famoso, entre otras cosas, por haber sido escenario de varias películas: El señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, Los inmortales, Rob Roy, La trampa y El mundo nunca es suficiente. Un lugar que era un imán para los turistas.

Nos dirigimos al noroeste de Escocia. En unas pocas horas alcanzamos Inverness donde hicimos una parada para almorzar antes de proseguir con la visita. La capital de las “Highlands” o tierras altas escocesas, nos sorprendió por su belleza y por el lenguaje que todavía se empleaba en aquellos lugares, el gaélico escocés. Desde el autobús la panorámica de la ciudad reflejándose en el río Ness resultaba embriagadora. Después del almuerzo proseguimos la ruta hasta nuestro destino. Aunque los establecimientos públicos cerraban temprano, a las cuatro de la tarde, el castillo-fortaleza estaría a nuestra disposición, solo para el grupo, hasta altas horas de la noche.

El primer vistazo de la edificación nos dejó sin palabras. Parecía sacada de un cuento de caballeros y damas medievales. Hermosa, sólida y anacrónica, la fortaleza se alzaba en una isla situada en un lateral del lago Duich, comunicado a su vez con otro lago, el Alsh que se abría al océano Atlántico. Un estrecho puente de piedra unía la isla con tierra firma, igual que una larga lengua de serpiente, convirtiendo la construcción en inexpugnable, aunque al escuchar su historia, nos dimos cuenta de que no lo fue tanto en siglos pasados.

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El castillo actual comenzó a construirse en 1220 por orden de Alejandro II de Escocia sobre las ruinas de un antiguo fuerte usado por los pictos, antiguos habitantes de Escocia, como defensa frente a las incursiones vikingas. Posteriormente el castillo se convirtió en residencia del clan MacRae antes de quedar abandonado poco después de la unión entre Escocia e Inglaterra. En 1719 fue ocupado por una expedición española que tenía como objetivo levantar militarmente a los escoceses contra la corona británica. En un principio parecían haber conseguido este propósito, pero los señores escoceses se echaron atrás ante la ausencia de un alto contingente de tropas españolas, prometidas para ayudarles en la liberación del yugo británico. Así pues, cincuenta hombres se quedaron guarneciendo el castillo y el resto, junto con unos 800 escoceses de distintos clanes, se dirigieron hacia el sur, ocupando distintas poblaciones.

Su aventura acabó en la batalla de Glen Shiel, el 10 de junio de 1719, cuando se enfrentaron a tropas inglesas. Los escoceses, mal preparados, huyeron tras varios ataques de artillería. Los españoles, solos, aguantaron hasta que comprendieron que era inútil seguir luchando y se rindieron.

En cuanto al castillo, tras un mes de ocupación, tres fragatas británicas penetraron en el lago Alsh y desde allí bombardearon masivamente la fortaleza hasta reducirlo a un puñado de escombros. Murieron muchos de sus defensores: españoles, escoceses e ingleses (partidarios de Jacobo III Estuardo, último rey católico inglés). El resto fueron capturados y corrieron distinta suerte; los españoles fueron encarcelados y los británicos fusilados por traición. El castillo de Eilean Donan quedó entonces abandonado en estado de ruina hasta que John MacRae-Gilstrap lo restauró entre 1912 y 1932.

La guía después de narrarnos exhaustivamente los hechos históricos, pasó al capítulo que nos había traído hasta allí: la existencia de un fantasma perteneciente a uno de los soldados españoles, compañero de aquellos que fueron abatidos por los británicos en los bombardeos de la fortaleza. Se trataba de un combatiente que hasta el último momento se negó a abandonar el castillo, un capitán de navío que decidió perecer entre esos muros escoceses, y luchar hasta su último aliento. Existe una leyenda, confirmada por decenas de personas que han sido testigos de su existencia, sobre la presencia del fantasma de ese soldado español, ente que se pasea por el castillo (ya reconstruido) y que tiene por costumbre gastar bromas y juguetear con sus muchos visitantes, con la excepción de los turistas españoles, a los que les permite recorrer las distintas dependencias de la fortaleza sin molestia alguna.

Y así nos dispusimos a conocer a este sujeto que parecía, con mucho, bastante más simpático que sus congéneres del cementerio de Greyfriars.

Faltaba una hora para que cerraran las dependencias de la fortaleza y aún había numerosas personas visitándola. El equipo comenzó a desplegar su ingente cantidad de aparatos en varias de las estancias, ante la curiosidad de algunos miembros del clan MacRae. Las personas se entretenían observando sobre todo, la inmensa colección de armas instalada en una de las dependencias.

Yo me hallaba mirando el lago, el espectáculo del atardecer, desde una de las ventanas, me tenía totalmente subyugado. No sentía el paso del tiempo, sólo el vaivén del agua a merced de la brisa y los rayos de sol escondiéndose entre las muchas nubes que amenazaban con descargar en cualquier momento. Repentinamente unos agudos chillidos me sacaron de mi ensoñación y salí a la carrera hacia la dependencia de donde partían los gritos ensordecedores. Encontré el suelo alfombrado de gorras y sombreros. La gran lámpara de la sala oscilaba peligrosamente de un lado al otro, entre el rechinar de los eslabones de hierro que la sostenían anclada al techo. La gente no se atrevía a moverse. Una gran corriente de aire levantó las faldas de algunas señoras. Vi perfectamente al autor de tan divertida maniobra. Cuando llegó hasta mí se paró en seco. Nos miramos profundamente el uno al otro. El fantasma iba ataviado con un viejo uniforme militar, incluyendo una coraza pectoral y un yelmo que le dejaba la cara al descubierto.

─¡Puedes verme!

─¡Sí! También he observado lo que acabas de hacer.

─En algo tengo que entretenerme. Tantos años aquí aburrido…Menos mal que ahora vienen turistas. Me encanta hacerles jugarretas.

 ─¿Te llamas Carlos? Porque eso dicen los guías cuando hablan de ti.

─Mi nombre es Antonio Sánchez Del Valle, capitán de la fragata “Fortuna”, hundida por las tropas británicas en 1719. Juré no abandonar esta fortaleza conquistada para España y así lo hice. El honor lo es todo para un soldado.

─Capitán ¿Tenía algún interés en que viniera a visitarle?

 ─¿Interés, de qué tipo? No sé a qué se refiere.

─Con esa respuesta deduzco que no ha sido usted quién me ha arrastrado hasta Escocia.

El fantasma se quedó unos minutos pensando muy concentrado antes de seguir con la conversación.

 ─Si hay algún espectro que tenga ese poder, debe poner mucho cuidado cuando lo encuentre o podría quedar atrapado con él, donde quiera que esté, en cuerpo y alma.

En ese momento se acercó uno de los parapsicólogos:

 ─¿Puede ver a los fantasmas, verdad?

─¡Sí, los veo! Y créame si le digo que en la mayoría de los casos resulta aterrador.

 ─Sin duda debe serlo. No todo el mundo estaría preparado para algo así. Creo que un gran número de individuos nos volveríamos locos.

Desde ese momento, el doctor Sangüesa escuchó mis opiniones con gran respeto.

Los aparatos registraron una gran actividad paranormal para regocijo de mis compañeros que anotaban, fotografiaban y grababan todo lo que acontecía en la sala, mientras el capitán de navío y yo charlábamos amigablemente sobre la España actual. Resultó un buen conversador que narraba anécdotas de sus muchas batallas acaecidas tres siglos antes. Los turistas me observaban mientras hablaba y hacía algunos aspavientos dirigidos a un interlocutor imaginario. Creyeron que era un figurante y me sacaron cientos de fotos. Llegó la hora de cierre y se fueron entre tirones de pelos, volteos de capuchas y algún que otro viento huracanado. Cuando el fantasma despidió al último turista se reunió conmigo y estuvimos departiendo hasta el amanecer.

La despedida fue melancólica para los dos. Me hubiera gustado llevar a este capitán como compañero de viaje, era indómito, alegre y vital.

─Ha sido un verdadero placer charlar con un compatriota. ¡Tenga mucho cuidado amigo! ¡Los fantasmas podemos ser verdaderamente malvados!

Dejamos el castillo después de recoger todos nuestros pertrechos y nos dirigimos a la villa más cercana Kyle of Lochalsh, sitio en el que nos tumbamos unas horas antes de partir hacia nuestro nuevo destino.

La voz del fantasma todavía resonaba en mis oídos:

 ─Ese espectro quiere aniquilarlo, por eso lo atrae hacia él y usted no puede hacer nada para evitarlo.

5.- Un encuentro con el fantasma de Lady Glamis.-

El viaje continuó. Nos detuvimos en dos ocasiones, en sendas casonas aristocráticas que tenían fama de poseer algún que otro fantasma. En la primera, construida a finales del siglo XIX, hallé el espectro de un muchacho. No lo encontré dentro de la mansión sino en el pequeño riachuelo que bañaba parte de la propiedad. Había ido a dar un paseo y enseguida le vi. El sol atravesaba su cuerpo de neblina haciéndolo brillar igual que un adorno navideño. El chaval no se movió, absorto como estaba en observar la corriente. No lejos del lugar se podía admirar una noria, sumergiéndose paulatinamente en el agua, haciendo que ésta saliera impelida hacia unas pequeñas canalizaciones que regaban una huerta de hortalizas.

            ─¡Hola! ¿Te importa que me siente en este lugar?

El joven levantó la cabezada para echarme una ojeada y respondió amablemente:

            ─¡Desde luego que no! Así podremos charlar. Hace mucho que no lo hago…

            ─Pensé que estabas en la casa, suele ser lo normal en estos casos.

            ─¿Lo dice porque estoy muerto?

            ─Más bien porque no lo estás del todo.

            ─¿Puede creer que me costó alrededor de 50 años darme cuenta de que era un fantasma? Recuerdo una tarde de primavera en la que el sol calentaba e iluminaba este pequeño prado. Me acerqué para coger unas flores, pensaba ir al baile que se celebraba aquella noche y quería convencer a una chica de la vecindad para que me acompañara. Ya tenía un buen ramo, cuando observé unos lirios celestes muy cerca de la noria. Tuve que meterme en el agua para alcanzarlos. Los cogí  y me dirigía hacia la orilla cuando algo me golpeó en la cabeza. Cuando desperté me había tornado traslúcido. Estuve jugando con la luz que me traspasaba el cuerpo hasta que escuché un gran alboroto. El dueño de la propiedad, junto con un grupo de jornaleros, intentó rescatar “algo del agua”. Nunca supe lo que era, pues cuando llegué a su lado lucía una expresión de gran tristeza. Bastante después supe que mi cuerpo jamás fue recuperado del río. Mis huesos descansan en el lecho, justo debajo de la noria. Estuve muy triste durante décadas. Ahora estoy bien, haciendo amigos por aquí, es divertido.

Miré hacia la orilla donde el muchacho se ubicaba. Docenas de peces asomaban la cabeza produciendo un ruido de burbujeo y ebullición ininterrumpida. Los insectos, igual que los peces, se amontonaban allí mismo: lombrices, escarabajos, mariposas, abejas, arañas. Un zorro apareció detrás de nosotros y se acercó confiadamente hasta llegar a la figura transparente. El fantasma acarició el lomo del animal con una vibración que esponjó el pelo del mamífero. Me despedí en voz baja del espectro, le dejé en la orilla de aquel riachuelo, rodeado de una buena colección de la fauna del bosque. Me alegré por él pues no estaba solo.

Mis compañeros no hallaron ningún signo espectral en sus máquinas y proseguimos la excursión a una segunda vivienda, bastante cerca de ésta última, en la que no encontré espectro alguno, ni dentro ni fuera de la casa. Mis compañeros se sintieron decepcionados, no me atreví a decir nada sobre el muchacho de la noria, me daba pena que interrumpieran, con sus mil cachivaches, el flujo de bienestar que allí se respiraba.

En el autobús proseguimos el viaje hacia una de las construcciones más emblemáticas de Escocia. Se trataba del castillo de Glamis, edificado a principios del siglo XV, ocupando el lugar de un antiguo pabellón de caza del siglo XI. La guía se deshizo en elogios para con este nuevo destino, uno de los castillos más apreciados por la actual familia real inglesa. De hecho allí había nacido la princesa Margarita.

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Según dijo, se hallaba en perfecto estado de conservación y recibía miles de visitas turísticas…La guía siguió hablando, adormeciéndome con su voz monótona. Cuando abrí los ojos, el autobús se encontraba parado en el aparcamiento del castillo. Oteé por la ventanilla para visualizar la construcción ¡Era imponente! Unos jardines extremadamente cuidados rodeaban la residencia. Mis compañeros iban cogiendo sus instrumentos del maletero abierto. Me percaté de que tenía compañía en el asiento de al lado. Observé a la persona que todavía no se había movido hacia la puerta. Se trataba de una bella mujer, vestida con un traje de época, donde la seda y las puntillas abundaban en demasía. Me sonrió abiertamente.

            ─Lleva un vestido precioso─ Comenté halagado por tener una compañía femenina tan bella. ─Vamos a tener que bajar, el chofer cerrará en pocos minutos las puertas del autobús. ¿Pertenece al grupo de teatro? Me han dicho que suelen interpretar pequeñas escenas de obras de Shakespeare.

            −Soy Lady Janet Douglas, sexta lady Glamis.

            ─¿La auténtica?

            ─¡Desde luego! Aunque mi muerte no tuvo lugar en este castillo, mis cenizas fueron enterradas en este sitio al que mi espíritu continúa atado.

La dama se puso en pie y pude ver que la mitad de su persona, incluyendo el vestido, se hallaban quemados. No había escuchado la historia de este espectro que, sin duda, la guía se encargó de contar con todo detalle. Seguro que me había perdido muchas leyendas y anécdotas en el lapso en el que me había sumido en un sueño reparador. Bajé del autobús siguiendo a mi anfitriona.

            ─¡Le va a parecer muy poco educado por mi parte, pero no sé quién es usted! ¿Me mandó llamar? ¿Necesita mi ayuda para descansar en paz?

Sin contestar a mis preguntas, la mujer siguió caminando y penetramos en el castillo. Nos hallábamos en una enorme sala llamada Duncan´s Hall, según pude ver en un cartel, que correspondía a la parte más antigua de la edificación y allí había tenido lugar, según Shakespeare, el asesinato de Duncan a manos de Macbeth, hecho que en realidad no ocurrió en este castillo sino en Elgin.

Uno de los parapsicólogos del grupo, con el que solía charlar amigablemente de vez en cuando, interrumpió mi camino.

            ─¿Sabe? En esta sala estamos detectando gran actividad paranormal ¡Los fantasmas nos rodean por doquier!

La dama blanca sonrió y siguió esperándome. Mi compañero me contó, a grandes rasgos, un resumen de la explicación de la guía, hecho que me había perdido al estar dormido como un tronco.

─Existe un enigma terrible encerrado en esta fortaleza. Se trata de una sala secreta que solo los que fueron señores de Glamis, cuando cumplían los 21 años, se les daba a conocer.

─¿Y qué hay en esa sala, un tesoro?

─Algo mucho más interesante que eso, aunque no se sabe a ciencia cierta de qué se trata. Las teorías que se manejan son las siguientes: Se dice que El señor de Glamis y el conde de Crawford jugaban a las cartas con el mismo diablo todos los domingos. Tan grandes fueron las perturbaciones derivadas de aquellos encuentros, que la habitación se selló por 300 años, y más tarde de forma permanente.

            ─¡Una historia muy sugestiva!─ Dije mirando a la Dama Blanca que flotaba a nuestro alrededor muy interesada.

            ─La segunda ficción, complementa a la leyenda anterior, añadiéndola más sustancia:  Se comenta que una noche de tormenta, cuando el conde estaba solo en aquella habitación secreta, ubicada en lo más profundo de las murallas del Castillo, pidió un paquete de cartas y ordenó a sus siervos que jugaran con él. Ellos se negaron, porque era domingo, día de descanso según las creencias cristianas. Esto hizo que el conde se pusiera furioso y gritara: “Jugaría con el mismo diablo si estuviera aquí!”. Inmediatamente se oyó un fuerte un golpe en la puerta. Y cuando el conde dijo: “Entra en el nombre del demonio!” El mismo Diablo entró. A los pocos días los soldados que custodiaban al señor de Glamis, escucharon sonidos espeluznantes procedentes de la habitación. Uno de ellos trató de mirar por el ojo de la cerradura y se vio atacado por una cortina de llamas. Desde entonces, afirma la historia, el Diablo y el conde han estado jugando a las cartas en ese recinto, sin parar, durante cientos de años.

            ─¡Sí que le gustaban las cartas!

            ─También se dice que la cámara contiene los huesos de clanes escoceses que buscaron refugio de los enemigos. Fueron admitidos en el castillo por el señor de Glamis, y posteriormente encerrados en esa cámara hasta su muerte. El señor del castillo pensó que quizás, cualquier día, estos mismos clanes se podrían volver en su contra. Las puertas y ventanas fueron selladas y los miembros de todos los clanes  murieron de hambre.

            ─¡Esta hipótesis es bastante triste!

            ─Otra de las leyendas, acaecida en tiempos más modernos, versa sobre un cantero que trabajaba en el castillo en unas obras de remodelación y, de repente, se encontró accidentalmente dentro de la habitación. Los horrores que vio fueron tan indescriptibles que le causaron la muerte. La esposa del albañil cobró varios miles de libras de compensación por su silencio, y se la embarcó a Australia para evitar cualquier escándalo. ¡Ah, otra cosa importante! No sabes la cantidad de fantasmas que habitan este lugar: Está la Dama Blanca, la Dama Gris, El gigantón,…─Siguió hablando hasta que se me acabó la paciencia.

            ─Me vas a perdonar pero me están esperando en una de las salas. ¡Hasta luego!

Dejé a mi compañero con la palabra en la boca y seguí a Lady Glamis hasta la cripta.

            ─No sé si después de tanta palabrería le apetece escuchar mi historia.

            ─¡Por nada del mundo me la perdería Lady Glamis!

            ─Lo que voy a narrar es mi biografía, no se trata de una leyenda sino de la que fue mi vida real.

Me apoyé en una de las lápidas y escuché con suma atención todo aquello que salió de los labios medio quemados de la bella Lady Janet Douglas.

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            ─ “Me casé con el 6º Señor de Glamis, uno de los muchos condes de Strathmore que habitaron Glamis en los 600 años de su historia. Vivimos felices junto a nuestro hijo hasta que Lord Glamis murió en 1528. La muerte de mi marido, por desgracia, me dejó a merced del rey James V que odiaba a mi familia con toda su alma, debido a que despreciaba a su padrastro, que era un Douglas, y mi hermano. A los ojos del rey, el clan Douglas era su peor enemigo. Se enteró de que había enviudado y mi hijo, todavía un infante, y yo no teníamos a nadie que nos protegiera. De esta sórdida manera el rey  decidió herir a su padrastro a través de mi persona.  Me acusó de elaborar pociones con el fin de envenenarle, acusándonos tanto a mi hijo como a mí de brujería y malas artes para intentar acabar con su vida.

 Fuimos encarcelados en el castillo de Edimburgo y el rey reclamó nuestras propiedades. Al no existir pruebas de las cosas que había dicho contra mí, y siendo querida y respetada por todos los que me conocían, el rey se dedicó a inventarlas. Para eso obtuvo las confesiones bajo tortura de varios funcionarios así como la de mi hijo de 16 años, que fue puesto en una parrilla al rojo vivo. Fuimos declarados culpables de brujería y sentenciados a muerte. Cuando me ejecutaron había perdido la visión de los dos ojos, debido al lamentable estado de las mazmorras en la que permanecí largo tiempo encerrada. La pira se encargó de quemar mi cuerpo pero no mi espíritu que quedó ligado a la promesa de venganza que todavía corroe mis entrañas. El rey obligó a mi hijo a presenciar mi ejecución, eso fue lo más terrible de todo.

Los que asistieron al juicio sabían de mi inocencia, aun así nadie levantó un dedo para ayudarnos. Eso jamás lo olvidaré. No quiero descansar en paz, no todavía. Mi sed de venganza me mantiene entre estas paredes, no siendo la única aquí, pues muchos otros habitan un mundo paralelo al de los vivos”.

Me quedé sin habla ante semejante horror. La Dama no se esfumó sino que dijo:

            ─ En vista de tu buena disposición hacia mí, permitiéndome aliviar en gran manera el peso de mis sufrimientos, te ofrezco mis servicios de guía por si deseas visitar la habitación secreta─ Quedé tan asombrado ante esta proposición que al faltarme las palabras, afirmé con la cabeza en señal de aprobación, y esperé a que mi regia mentora me hiciera las indicaciones pertinentes.

            ─Te haré una advertencia. Debes permanecer con los ojos fijos en el pavimento, sin levantarlos ante las voces y los gritos que escuches. Si no lo hicieras así, quedarías prisionero para siempre en ese recinto. ¡Dame tu mano!

Sentí un contacto húmedo y electrizante que me arrastró a través de las paredes hasta un cuarto iluminado por unas cuantas antorchas. La Dama y yo nos escondimos detrás de unos sacos de tierra. Siguiendo sus indicaciones no levanté los ojos del pavimento y a esa altura pude ver dos pares de recias botas pertenecientes a sendos individuos que jugaban a las cartas con un tercero. Un olor a azufre impregnaba el habitáculo. Sin alzar la vista del suelo, mis ojos siguieron la línea de la mesa hasta alcanzar a ver las extremidades del tercer jugador: Unas patas de animal, extremadamente musculadas, despedían una aureola de fuego, que mantenía el sitio que ocupaba envuelto en llamas.

A escasos metros de donde nos escondíamos resonó una voz de trueno que me heló la sangre:

            ─¡Veo esas cartas y apuesto cinco almas más, incluida la del muchacho que se esconde detrás de estos sacos!

Poco después hubo rugidos, llamaradas y gritos de agonía. El olor nauseabundo de la carne quemada envolvió la habitación. En ese instante perdí el sentido….

6.- El asedio de los fantasmas.-

Cuando recobré el sentido, no sabía dónde me hallaba, no reconocí el lugar ni a los que tenía alrededor. Oí sus gritos alborozados mientras en mi cabeza resonaba una frase que me ponía los pelos de punta: “Volveremos a vernos muy pronto. No hay remedio para ti, estás infectado”. El eco de esa voz poderosa y terrible todavía zumbaba en mi mente.

─¡Luis, gracias a Dios, por fin abre los ojos!─ Aquel hombre que me daba cachetes en las mejillas me resultaba vagamente familiar. No sabía qué había ocurrido, ni la razón de estar tirado en el suelo. Ante mi estupefacción, el hombre siguió hablando:

            ─Estamos en el castillo de Glamis. Somos sus compañeros del tour por Escocia ¿Recuerda?… Un grupo muy especial, dedicado a descubrir y contactar con los supuestos fantasmas que habitan la mayoría de los castillos escoceses.

Como una tromba, los recuerdos y últimas vivencias me llenaron el cerebro. La impresión fue tan brutal que no caí al pavimento porque ya me hallaba tirado en él.

            ─¡He estado en la habitación secreta!─ Conseguí decir con un hilo de voz mientras fijaba mi vista en mis compañeros.

            ─¿El aposento del que habla la leyenda en la que el diablo jugaba a las cartas?

            ─¡En esa misma estancia! Allí se hallaba  Lucifer en persona. Fue terrible, jamás he sentido tanto pánico… ¿Dónde estoy?

            ─En la cripta. Mire a su alrededor.

Así lo hice y observé las cruces y nichos que recubrían el suelo y las paredes del recinto.

            ─¿Dónde encontró la habitación, cerca de aquí?

            ─Seguí a Lady Glamis. Ella me introdujo en el habitáculo secreto, metiéndose por aquella pared del fondo.

Rápidos igual que centellas, los investigadores pusieron sus aparatos en el lugar que acababa de señalar. Enseguida las lecturas dieron positivas. Comenzaron a sacar fotos y a filmar cada centímetro del muro, peinando la zona, intentando descubrir algún espectro, o tal vez algún dispositivo que abriera la pared. El parapsicólogo no se separó de mi lado. Se le veía muy preocupado y meditabundo.

            ─Usted sabe─ Dijo con voz tenue ─Que algunas veces el cerebro nos puede jugar una mala pasada. No sé si estuvo en aquel recinto maldito, lo que sí asevero con rotundidad, es que su cuerpo permaneció en la cripta todo el rato. Si no me cree mire las fotografías que le fuimos haciendo.

Sentado en una de las lápidas, visualicé la colección de imágenes que poseía el experto. Era yo, sin duda, el individuo que se observaba tirado en el suelo. En varias de las instantáneas se apreciaba un círculo de fuego silueteando mi figura.

  ─¿Y esto?─ Pregunté señalando las extrañas lenguas de fuego

              ─Como verá, Luis, estuvo unos cinco minutos fuera de nuestro campo de visión, justo desde la última vez que coincidimos arriba, en Duncan´s Hall. Enseguida le encontramos aquí tumbado. Intentamos auxiliarle pero una fuerza antinatural nos restringía el paso. Una barrera de llamas nos impedía llegar hasta usted. Varios compañeros se quemaron al pretender un acercamiento. La doctora tuvo mucho trabajo atendiendo a unos y otros. Así hemos pasado la noche. Cuando el sol del amanecer ha tocado esta sala, se ha despertado.

De repente, el hombre me miró fijamente, sentí la intensidad de su escrutinio como algo doloroso.

  ─¡Creo que sus ojos tienen algo raro, como un…agujero! Será mejor que vaya al baño y los observe en el espejo. Hay algo que no va bien en ellos.

A pesar del cansancio que sentía, fui capaz de subir a la planta de arriba para localizar un baño. La imagen reflejada en el espejo seguía siendo harto conocida, o sea, yo mismo, pero se había producido un pequeño cambio. Los ojos no eran los de siempre. Antes poseían un círculo perfecto por el que rayos de potente luz escapaban cuando me hallaba muy excitado. Ahora, en cambio, el agujero luminoso había sido parcialmente tapado por un pozo negro, terrorífico y pavoroso que daba a mi cara una expresión escalofriante. Grité horrorizado. ¿Qué me estaba pasando? Salí despavorido del baño y seguí corriendo hasta abandonar aquel castillo. Tenía la intención de no volver jamás. Las palabras que resonaron en mi mente en el momento en el que salí del trance, volvieron a pasar por mi memoria con toda claridad: “Volveremos a vernos muy pronto. No hay remedio para ti, estás infectado”. ¿De qué podía haber sido infectado? Lo que fuera que entrase en mí, ya estaba realizando su trabajo. Solo había que observar mis ojos terribles.

Ante mi temor a acercarme al castillo no me quedó más remedio que esperar a mis compañeros en el autocar. Mientras ellos embalaban el equipo y recogían todos sus enseres, la doctora me dio un potente ansiolítico y trató de convencerme de que la imaginación me había jugado una mala pasada. Quizá tuviera razón. Pensé que había muchas maneras de viajar o de trasladarse de un lugar a otro, y precisamente los fantasmas sabían mucho de eso. ¿Era el demonio el que me había arrastrado hasta allí? No me pareció verosímil, debía ser otro ente. Si el diablo hubiera querido atarme allí, no hubiera podido abandonar el lugar.

Había otra pregunta que me daba vueltas en la cabeza ¿Le había mirado a la cara? Sólo recordaba unas horribles y poderosas patas de animal terminadas en pezuñas envueltas en llamas. Deduje que no era así, pues de serlo, hubiera quedado atrapado para siempre en aquella espantosa habitación.

Repentinamente y sin previo aviso, comenzó la agresión. Una colección de espíritus que habitaban el lugar se nos vino encima igual que una nube en una tormenta. El viento ululó con silbido de huracán, arrastrando a los compañeros que todavía se hallaban cerca de la puerta del castillo, empujándolos hasta arrojarlos a un gran lago. Varios espectros, negros lo mismo que plumas de cuervo, se materializaron sobre aquellas aguas presionando las cabezas hacia el fondo de los que emergían para coger aire. Estalló el pánico entre los que nos hallábamos dentro del autobús.

No podía consentir que mataran ante mis narices a esos pobres infelices. Salí corriendo hacia la gran extensión de agua. El viento trataba de tirarme, pero no lo conseguía, la fuerza interior que me empujaba era mucho mayor que ese estruendoso soplido. Sentía a punto de estallar un rencor denso y gigantesco que me ahogaba. Llegué al lago y rugí igual que un dinosaurio ciclópeo. Un estruendo ensordecedor emergió de mi garganta haciendo temblar todo el estanque. Los espectros se esfumaron de inmediato, pero mis compañeros sufrieron terribles hemorragias en los oídos. Los ayudé a salir del agua, evitando que se ahogaran. La doctora los examinó concienzudamente. Les dio unos analgésicos para los enormes dolores que padecían y juzgó que el daño no era demasiado severo. Solo a uno de ellos lo dejamos ingresado en el hospital con perforación de ambos tímpanos. Me sentí tan mal que no pude hablar con nadie en todo el trayecto. Echaba a todo aquel que se acercaba al asiento contiguo. Estuve cuatro horas callado hasta alcanzar nuestro nuevo destino.

¡Santo cielo!─ Pensé─¿En qué me estoy transformando?…

 7.- Fantasmas en el castillo de Culzean.-

Dicen que después de la tormenta viene la calma. Por fin los tranquilizantes hicieron su trabajo y me sumergí en un sueño profundo donde imágenes terribles de seres endemoniados se alternaban con la tierna sonrisa de mi madre. ─“Yo te protejo”─ Decían los ojos de mi madre. La medalla que tenía en el cuello cobraba vida propia y huía de mí. Cuando la tenía al alcance de la mano y parecía posible su recuperación, siempre aparecía una barrera de fuego que se interponía entre el amuleto y yo. A pesar de vivir estas ensoñaciones angustiosas, no me desesperaba, pues sabía que me hallaba inmerso en una pesadilla de la cual despertaría tarde o temprano.

Y así lo hice, regresé de mi estado de semiinconsciencia en el instante que el autobús paró el motor. Abrí los ojos, sacudiéndome las espeluznantes figuras que me atemorizaban, para encontrarme con una de las mansiones más célebres de Escocia, el castillo de Culzean. Su efigie se imprimió en el reverso de los billetes de cinco libras emitidos por el Royal Bank of Scotland en una época lejana. Ésta era una de las construcciones más impresionantes de Escocia, situada cerca de Maybole, Carrick en la costa escocesa de Ayrshire. El castillo de Culzean fue construido con una planta en L por orden de David Kennedy, décimo conde de Cassilis. Ordenó al arquitecto Robert Adam que reconstruyera la casa solariega previa, más básica y antigua, y que la convirtiera en un elegante castillo como sede de su condado. La fortaleza se edificó por etapas entre 1777 y 1792.

Según nos informó la guía, el edificio poseía una gran torre, y en su interior se visitaba un espectacular salón circular que miraba hacia el mar, amén de una gran escalinata oval y un conjunto de apartamentos bien amueblados. En ellos íbamos a pasar dos días con sus noches persiguiendo fantasmas que, según la monitora, eran bastante numerosos.

La guía siguió desgranando la historia de la mansión antes de que descendiéramos del autocar. Según nos dijo, en 1945, la familia Kennedy dio el edificio y los terrenos que lo rodeaban al National Trust for Scotland, evitando así el astronómico impuesto sobre la herencia. Al hacer esto, estipularon que el apartamento en lo alto del castillo le fuera entregado al general Dwight Eisenhower en reconocimiento a su papel como comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. El general visitó por vez primera el castillo de Culzean en 1946, y se refería a él como “La Casa Blanca escocesa”. Retornó cuatro veces más, incluso siendo ya presidente de los Estados Unidos.

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El recinto que contiene tan magna construcción comprende 117 hectáreas, divididas en una granja de ciervos, unos jardines espectaculares cuajados de flores, establos, puerto, playa, lago de cisnes y  un gran pedazo de bosque.

Por fin descendimos del autobús y recogimos las maletas además de los mil cachivaches que portábamos. Así muy cargados, nos dirigimos hacía una enorme puerta de piedra. Al encaminarnos hacia el castillo, nos dimos de manos a boca con un faisán de brillantes colores, que rápidamente desapareció entre el follaje del bosque. Paré un instante para admirar la vista desde donde me encontraba; el castillo parecía escapado de un cuento de hadas. A lo lejos pude observar una manada de ciervos pastando tranquilamente en los alrededores.

Maleta en mano traspasamos el pétreo y gigantesco portón, seguido de un puente que se elevaba sobre unos preciosos jardines. Al final del puente alcanzamos otra ciclópea abertura por la que desembocamos en un gran patio. Se hallaba presidido por una zona ajardinada cuajada de flores de olor penetrante. Desde la plaza de armas se divisaban la enorme muralla que se unía al acantilado, así como las dependencias destinadas a los establos y viviendas del personal y, por supuesto, la torre imponente.

Nos dieron las llaves de los aposentos y fuimos a deshacer las maletas. Enseguida bajamos a almorzar y después comenzamos a trabajar. Aunque mi labor no era otra que servir de acompañante a los integrantes de la extraña misión, me divertía colocando el instrumental aquí y acullá, dependiendo de las órdenes que daban los supervisores. Una vez que se hubo desalojado el edificio de visitantes, procedimos a ubicar los sensores de movimiento, micrófonos y grabadoras; los termómetros, los medidores de electromagnetismo y el analizador de espectros. Las cámaras estaban al alcance de la mano para grabar y hacer fotografías en un momento dado. Nada más poner en marcha los instrumentos, comenzaron a salir unas altas mediciones paranormales. La temperatura bajó y los medidores se volvieron locos. Una gaita comenzó a sonar en la lejanía. Abrimos una de las ventanas que daba al jardín y allí pude ver a un gaitero semi trasparente tocando una nostálgica melodía que nos partía el corazón.

            ─¿Puedes ver al gaitero?

            ─¡Sí, está cerca de la fuente central! Lleva un uniforme escocés antiguo, tocado con boina de cuadros y una gran borla verde. No se mueve del jardín. Está estático.

            ─¿Y por qué los medidores siguen señalando una cercanía de apenas centímetros?

Sentí un aliento helado en el cuello. Me volví despacio con el corazón encogido de terror para encontrarme con el espectro de un individuo mal encarado. Llevaba la ropa hecha jirones y me miró lleno de rencor.

            ─¡Exijo justicia! Llevo siglos esperando que la providencia haga su trabajo.

            ─¿Quién es usted?

            ─¡Qué desfachatez preguntar tal cosa! ¿Es que acaso no lo sabe? Soy harto conocido por estos contornos.

            ─Eso sería en su época.

            ─Soy Sir John Cathcart. Mi esposa me empujó desde la muralla precipitándome al vacío. Es una asesina.

Comenté a los miembros de mi equipo el nombre de la presencia que detectaban.

            ─Es el asesino de esposas─ Dijo mi amigo el parasicólogo─ Mató a sus esposas para heredar sus posesiones. Su última esposa pertenecía a la familia Kennedy e intentó deshacerse también de ella. Su esposa adivinó sus intenciones y en uno de los paseos que daba la pareja por la muralla, la mujer empujó a su consorte, destrozándose entre los acantilados que rodean el castillo.

El fantasma al oír todo aquello, gritó de rabia y soltando un chorro de niebla verde, salió de la estancia. Para mi sorpresa había allí varios entes más. Parecía una reunión de seres transparentes. Comuniqué las últimas noticias a los expertos que se movían de un sitio a otro tratando de captar lo máximo posible con sus instrumentos.

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Aquellos seres llevaban ropajes de diferentes épocas. Había una joven que vestía un ceñido traje de noche, fumaba un cigarrillo y miraba muy fijamente sin pestañear. No hizo la menor intención de decir una palabra. A su lado pude ver a un niño de unos siete años, sucio y macilento, parecía un pinche de las cocinas. Una sirvienta de antiguo traje largo y negro con delantal almidonado y cofia en la cabeza, aparecía sumisamente cerca de un individuo de recios bigotes rojizos, con ojos de fiera salvaje. El ser me miró fijamente y habló en estos términos:

            ─¡Puede vernos! Es un mensajero entre universos. ¿Qué hace usted aquí? Nunca ha venido nadie con tanto poder. ¿Qué quiere?

            ─He sido convocado por un fantasma pero desconozco su identidad y en qué parte de Escocia habita. Hasta ahora he recorrido un buen pedazo de esta zona sin obtener ningún resultado. Esperaba que en este castillo pudieran despejarme esta incógnita.

            ─Es cierto que somos un grupo nutrido de fantasmas. En vida fuimos pendencieros y ruines, pero el ente que le ha convocado debe ser el colmo de la maldad y le aseguro que aquí no habita.

            ─¿Quién es usted que tanto sabe de sus congéneres?

            ─Soy el Tutor de Cassillis, el IV conde de estas tierras. Me adueñé de todas las tierras que, antes, compartíamos con otra rama de la familia. Secuestré al Abad de la abadía Crossraguel, representante legal de la otra familia, le hice llevar a Dunure y allí lo mandé atar en un asador. Durante la tortura a fuego lento, sus gritos de agonía se oyeron más allá de los confines del condado. Al fin el Abad firmó su cesión de tierras a mi favor. Me sentí tan contento de haber realizado mi sueño, que salí a lomos de mi caballo para recorrer la totalidad de mi nueva propiedad. Tuve la mala fortuna de caer de mi montura, algo asustó a mi experimentado caballo, héroe de mil batallas, y salí despedido contra el suelo. Pocos días después expiré entre grandes dolores. Al final no pude disfrutar de lo que había logrado robar.

Mis compañeros se quedaron quietos grabándome mientras sostenía aquella extraña conversación. Ellos sólo escuchaban la parte del diálogo en el que yo hablaba. Les fui contando la información que me explicaba el fantasma.

            ─Como puede observar, tengo una sirvienta a mis órdenes y unos cuantos condes más son los componentes de mi séquito, sucesores de mi dinastía, que murieron de forma violenta, ora envenados, ora apuñalados. Con el gaitero de ahí fuera, somos un total de siete fantasmas en el castillo y le aseguro que ninguno de nosotros le hemos llamado. Usted posee la marca del señor de las tinieblas, debe estar destinado a un fantasma terrible. Me quejo de mi destino pero no me gustaría nada estar en el suyo.

Dicho lo cual los entes se esfumaron dejando una neblina rosada. La temperatura subió repentinamente y los instrumentos se quedaron en el más absoluto silencio.

Anduve por pasadizos que desembocaban en cuevas que daban al mar. No hallé más espectros por el camino. Durante las dos noches que estuvimos allí, hubo registros de actividad paranormal. Mis compañeros sintieron tirones en la ropa, oyeron voces desconocidas, se toparon con densas neblinas en los pasillos y chillaron cuando sintieron diversos toques en la espalda. Esta vez no hubo agresiones, los fantasmas que habitaban en ese espectacular castillo no tenían el ánimo envenenado, no todavía.

Al acabar nuestra estancia, recogimos nuestros pertrechos. Fui a echar un último vistazo desde el mirador del salón de la torre. Uno de los fantasmas que pululaban por el habitáculo se acercó a mi oreja para susurrarme:

            ─Quien con monstruos lucha, cuide a su vez de convertirse en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti. ¡El destino mueve ficha!

Dicho lo cual desapareció. Me encaminé hacia el autobús. Tendría varias horas para rumiar estas últimas palabras. Me sentí igual que un pequeño pez  nadando en un pozo sin fondo.

8.- La extraña muchacha.-

“Cuando notes un terrible frío

y las doce hayan pasado,

el muro te mostrará la puerta de la verdad.

Si la traspasas, jamás retornarás.”

Abrí los ojos sobresaltado. ¿Quién había vertido esas extrañas palabras en mi oído? Observé a mis compañeros de viaje. Todos dormían profundamente. No vi a nadie rondando por mi sitio. ─¡Qué extraña pesadilla había tenido!─ Pensé mientras me frotaba los ojos con fruición.

En mi ensoñación vislumbré un muro de piedra antiguo que, por alguna razón, abrió un agujero en su pétrea faz, invitándome a entrar. ¿Qué o a quién esperaba hallar allí? ¿Tal vez al ente que me había convocado, arrastrándome desde Madrid?

El autocar circulaba suavemente por una carretera llena de curvas. En ese instante atravesábamos una zona abrupta y montañosa, en el mismo corazón de los montes Grampianos. La luz del sol iluminaba las altas cumbres revestidas de nieve. Debía hacer mucho frío por esos parajes.

Habíamos parado ya en tres destilerías de whisky, de las muchas que existían en la región, para degustar este célebre brebaje. La famosa bebida de malta poseía su cuna en las Highlands (Tierras Altas). De hecho se decía que el 2% del alcohol destilado en aquella parte, subía hacia la atmósfera, produciendo, en los que respirábamos ese aire “especial”, la sensación de haber tomado un “chupito”.

Nunca pensé que vería tantos fantasmas juntos. Por la ventanilla pude observar a dos ejércitos, armados hasta las orejas, transparentes y fieros, enfrentándose entre sí. Escuché el entrechocar del acero y los gritos de los hombres, ora arengando, ora muriendo. Varios espectros, vestidos con armadura, se colaron en el autobús. Propinaron algún que otro empellón a los durmientes, haciéndoles caer del asiento o golpeándoles la cabeza con la del vecino. Cuando llegaron a mi altura, se pararon súbitamente. Clavé mis pupilas en aquel grupo de guerreros antiguos, hechos de hilachas de niebla, exigiéndoles que desaparecieran. Con un rictus de terror en sus pétreos rostros así lo hicieron.

En el instante en el que descendimos a tierras más llanas, donde el brezo había reemplazado a las piceas, los soldados quedaron atrás, Estarían luchando eternamente en aquellos parajes mientras que sus huesos siguieran allí, enterrados en docenas de valles y en el lecho de algunos de los ríos. No quise imaginar qué sería del pobre desgraciado que tuviera que pasar una noche entre aquellos espectros.

Poco a poco los integrantes del viaje, que seguían roncando a pierna suelta, se despertaron con las primeras palabras de la guía:

            ─Señores, estamos en la parroquia de Cockpen en el condado de Edimburgo. Nos hospedaremos en el castillo de Dalhousie por espacio de cuatro días. Verán que aunque es una vieja fortaleza por fuera, su interior reúne todas las comodidades que puedan imaginar. Nos han reservado un ala entera para nosotros. Allí es donde podrán poner todos sus aparatos. El resto del castillo está vedado para su trabajo. Lo pueden visitar como los demás turistas pero sin importunar a los que se alojan en aquellos corredores.

La mujer siguió dándonos datos del origen de tan singular construcción mientras que el vehículo, después de atravesar unos parajes verdes y maravillosos, se detenía a la puerta de entrada.

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─”La primitiva construcción Dalhousie fue realizada en 1247 por el clan Ramsey, que lo mantendría bajo su yugo durante los siguientes 850 años. El patriarca del clan era Simundus de Ramesie (Simón de Ramsey) un caballero inglés descendiente de los normandos.

 El castillo es de piedra roja, como pueden observar, y se encuentra en un punto estratégico con vistas al río Esk. La torre del tambor es la parte más antigua que se conserva en la estructura actual, con planta en L, datando su edificación de mediados del siglo XV. La mayor parte de la reconstrucción fue realizada en el siglo XVII. Originalmente había un foso seco que rodeaba el castillo. La fosa fue posteriormente rellenada, pero en el siglo XX se juzgó necesario excavarla de nuevo.

Respecto al tema que les interesa, fantasmas y fenómenos paranormales, este lugar no cuenta con uno, sino con varios fantasmas, siendo quizás el más destacado el de Catherine, la hija de uno de los dueños de este enigmático castillo, que murió de hambre después de ser encarcelada durante un año. Los que han habitado este edificio hablan de varios avistamientos de espectros. Creo que tendrán mucho trabajo persiguiendo a toda esta esquiva familia”.

Cada uno de nosotros recogió sus pertrechos y entramos en el interior de la fortaleza. El lujo de la madera recién barnizada, las alfombras de exquisito gusto y el mostrador vanguardista, marcaban una frontera invisible entre el pasado y el presente.

Cargando mis escasos bártulos me dirigí a mi habitación. Últimamente no me apetecía ayudar a los compañeros llevando sus muchos aparatos. Apenas hablaba ni me relacionaba con ellos. Habían dejado de importarme, y lo más curioso es que este hecho no me preocupaba lo más mínimo. Mi conciencia se había vuelto muda. Me sentía aletargado e insensibilizado con respecto a todos y todo.

Entonces apareció ella. Me hallaba buscando mi habitación por un suntuoso pasillo y la vi esperando pacientemente al lado de la puerta de mi habitáculo.

            ─¿Quiere que le ayude con el equipaje?─ Preguntó con extrema dulzura lanzándose hacia una de las maletas. La muchacha no tendría más de diecisiete años, ágil y encantadora como un cervatillo, y luciendo un brillo de inocencia en sus grandes ojos verdes. Una curiosa quietud parecía sostener la atmósfera de aquel pasillo.

Entre los dos metimos los escasos bultos y la adolescente hizo ademán de marcharse. Justo cuando pasó ante el espejo, me extrañó sobremanera no ver su imagen reflejada en él.

            ─¿Eres un fantasma?─ Pregunté con voz trémula. No parecía serlo y además yo no quería que lo fuera.

            ─No exactamente. Soy…otra cosa.

Me acerqué a ella y la cogí una mano, tersa, suave y blanca como la nieve. Los dedos eran largos y terminaban en pequeñas uñas graciosamente pintadas. Atrapé a su compañera para admirarlas juntas y parejas. En toda mi vida había tropezado con unas extremidades como aquellas. Relumbraban con luz propia marcando una barrera apenas visible con el resto del cuerpo.

            ─Puedo tocarte, eres tangible y tan hermosa. ¿Y qué decir de tus manos?…jamás había visto algo así.

            ─Soy…la que te ha traído hasta aquí. Te necesito.

            ─Querida niña, soy tu esclavo. Dime cuáles son tus deseos y los cumpliré de inmediato.

            ─Acabamos de conocernos, señor…mío. Todo a su tiempo. Nos veremos esta noche.

Dicho lo cual desapareció súbitamente, igual que si fuera de humo. No comprendía qué clase de ente podría ser, puesto que su tacto firme y caliente había impregnado la palma de mis manos. Juzgué necesario, después de evaluar cada rincón de su anatomía, pensar que aquella muchacha fantasmal o lo que fuera, me había robado el corazón. Acaricié mi amuleto sintiendo un alivio sin igual.

Antes de almorzar di una vuelta por los alrededores del castillo. El aire era delicado por la esencia de las piceas y el brezo. El zureo de una paloma torcaz iba y venía en pos del viento mientras unos cuantos conejos se escabullían a través de la maleza, exhibiendo sus blancas colas de algodón. Sin embargo, en tan solo unos instantes, el cielo se cubrió de nubes, creando su propia atmósfera de quietud, rota cuando una bandada de grajos pasó como una exhalación. En el instante que entraba de nuevo por la puerta del castillo, grandes goterones de lluvia habían caído ya.

            ─Le esperábamos para almorzar─ Dijo la guía. El grupo al completo entramos en el comedor. No tuvimos que aguantar aglomeraciones innecesarias o escuchar el curioso chirrido de multitud de tenedores y cuchillos cortando contra los platos. La estancia era toda para nosotros.

            ─Nos encontramos exactamente en los antiguos calabozos, muy reformados como pueden ver. Aquí los avistamientos de espíritus son muy frecuentes─ Y soltó una carcajada burlona.

Un terrible relámpago iluminó las ventanas de las mazmorras. El estruendo de un trueno hizo retemblar las paredes. Algunas armas colgadas en los muros de piedra cayeron al suelo con un estrépito de metal enfadado. Las luces súbitamente se apagaron y solo quedaron encendidas unas cuantas velas ornamentales en las mesas donde estábamos sentados. Un mayordomo apareció entre las sombras, ataviado con viejas ropas de siglos atrás. Pasó por las mesas recolocando los cubiertos, haciendo gala de una figura etérea y transparente. En esta ocasión todos podíamos ver al fantasma con total claridad.

Antes de desaparecer, el espectro dijo con parsimonia:

            ─El almuerzo se servirá a las doce en punto.

En ese instante oímos las campanadas de un reloj que se hallaba en la pared del fondo. Un temblor nos recorrió cuando el mayordomo se esfumó repentinamente.

La tormenta pasó igual que había llegado y comimos con apetito riéndonos del mal rato que habíamos pasado. Después de almorzar busqué el refugio de la biblioteca, un precioso lugar en el que todavía se respiraba el aroma de un mundo antiguo agudizado quizás por la fragancia de algunos viejos ejemplares.

En un rincón de la misma hallé a mi insigne muchacha enterrada entre unos cuantos libros.

            ─Buenas tardes, lady…?

            ─¡Catherine!─ Exclamó aquella joven de voz escarchada. Mientras sus dedos largos y albos de uñas de ángel, pasaban hojas cadenciosamente.

            ─¡Es usted la joven que murió de hambre!

Y con una sonrisa que iluminó la estancia exclamó con suma tranquilidad

            ─No estoy muerta como puede ver, pero sí que tengo mucha hambre…

9.- Mi querido fantasma.-

Me quedé solo en la biblioteca, una vez más, porque mi extraña amiga se había vuelto a desvanecer ante mis ojos. Allí dejó sus libros sin colocar, amontonados en un diván, a la espera de su regreso. Suspirando por un anhelo que se esfumaba me entretuve hojeando uno de aquellos libros que versaba sobre apariciones y otros hechos relevantes en Escocia, ejemplar que hasta hacía unos instantes, era consultado por Catherine. Las letras comenzaron a confundirse y un inexplicable y pesado sueño me invadió.

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Entre las imágenes que rondaron mi cabeza en aquellos instantes de total laxitud no faltó la de mi dulce y tierna fémina. Y así pensando en ella, sentí su proximidad en mi costado. Quise abrir los ojos para atraparla, quizá para sentarla en mis rodillas y acunarla igual que a una niña, pero no pude. La pesadez de la somnolencia me tenía inmovilizado. El ambiente se tornó gélido, todo indicaba que me hallaba inmerso en una corriente de aire helado. Percibí un roce en la mejilla parecido a una fresca ráfaga de viento, mientras una conocida y dulce voz susurraba en mi oído: ─Te amo Luis Guzmán. Eres el que siempre he esperado─ Antes de terminar de pronunciar esas tiernas palabras, metió los dedos sinuosos y esbeltos entre mi cabello, acariciándolo despacio, con devoción. ─¡Es tan bello! Rojo como el fuego y la sangre─ Dijo mientras ponía un beso sobre él emitiendo una risilla de duendecillo de cuento. El corazón me latía desbocado en un derroche de pasión incontrolable. Quería abrazarla, besarla, poseerla… Pero seguía sin poder mover ni una pestaña. Instantes después noté un beso en la nariz y otro en los labios, parecido a un leve aleteo de mariposa.  Más tarde se entretuvo en las orejas. Sentí la lengua húmeda y caliente recorrer, muy lentamente, cada centímetro de mis pabellones auditivos. Luego vinieron los pequeños mordiscos en los lóbulos, ya menos inocentes, que me sacaron suspiros de deseo. Y, de repente, un lacerante pinchazo me traspasó uno de los lóbulos, haciendo que despertara bruscamente. Unas cuantas gotas de sangre me resbalaron por la mejilla.

Aturdido y temeroso observé la biblioteca. Saqué un pañuelo y presioné el lóbulo de la oreja. Allí no había nadie. La temperatura se notaba agradable. Entonces ¿Había sido todo una pesadilla? Me pregunté confundido. ¿Y la sangre? Un mosquito gigantesco pasó zumbando a mi lado.

Respiré tranquilo, desinflándome igual que un fuelle; por un momento había pensado que era atacado por… reí tontamente. Me toqué la oreja en busca del habón consiguiente. Al tacto no noté nada, ni siquiera una pequeña costra. ─Mejor─ Pensé ─Así no tendré que rascarme─

En mi mente seguía viendo, aún con los ojos abiertos, unas manos bellas, pálidas y blancas igual que el nácar, serpenteando en la oscuridad. Me di cuenta de que aquella percepción se había convertido en una auténtica obsesión. Intentando olvidar la extraña ensoñación que me subyugaba, encaminé mis pasos al dormitorio. Me puse el bañador y con el albornoz bien atado a la cintura bajé a la piscina. Estuve chapoteando gran parte de la tarde en aquella maravillosa estancia. Nadaba esquivando los escasos clientes que se hallaban allí. Se aproximaba la hora de la cena y debía vestirme. Me di cuenta de que me había quedado solo. Me encantó la sensación de tener el recinto solo para mí. Comencé a hacer largos. Percibía el agua abriéndose en cada brazada aumentando mi sensación de poder absoluto. Ya en el paroxismo, un ronquido bestial escapó de mi garganta. Paré en seco hundiéndome en la piscina. Pero ¿cómo podía haber producido ese ruido terrible?

Salí de la piscina, preocupado. Cogí el colgante apretándolo fuerte entre mis manos. Una sensación de cosquilleo tranquilizador me recorrió el brazo extendiéndose por todo el cuerpo. Volví a rugir con toda mi alma, pero ya no fue un ruido animal, sino humano. En una de las escalerillas vi a Catherine, observándome. Me sonrió con ternura:

            ─¡Nos vemos después de medianoche!

Y desapareció, lo mismo que hacía siempre.

La cena transcurrió tranquila. No hubo fantasmas a nuestro alrededor pero sí mucha conversación entre los comensales.

            ─Hemos grabado unas imágenes alucinantes en la escalera principal. Se ven claramente unos brazos y piernas moviéndose cada uno por un lado─ Dijo uno.

            ─¡Qué frío hemos pasado! En el rato que los fantasmas han estado recorriendo los escalones y el umbral casi nos quedamos congelados. Entre el miedo y el frío creo que tengo un buen catarro─ Exclamó otro.

            ─Pues a nosotros nos ha ocurrido algo gracioso. Estábamos en la otra punta del corredor y hemos sido cosidos a picotazos. No sé qué clase de insectos eran porque no los veíamos, pero los goterones de sangre nos corrían a raudales. Pero no nos han dejado ninguna marca.

A esa conversación sí que puse toda mi atención. Parecía haber una plaga de mosquitos en aquel castillo…o tal vez  ¿era algo más?

            ─Luis ¿No te has topado todavía con ningún fantasma?

            ─¡Sí, con el de lady Catherine! Por supuesto─ Todos rieron pensando que era una broma.

            Después de los postres, salí a dar una vuelta por los alrededores. Todavía el resplandor del día no se había desvanecido y el paraje se hallaba bajo una hermosa luz naranja del atardecer. Súbitamente algo me golpeó en la pierna. Me agaché para coger una pelota. Rápido como el viento apareció un perro, se sentó a mi lado jadeando de alegría.

            ─Hola amiguito. ¿Quieres la pelota?

La lancé con todas mis fuerzas, lo más lejos posible. La pelota regresó a mis pies y unos segundos después la figura del can se hizo visible.

            ─Pero bueno, ¿Tú también eres un fantasma?

El perro ladró contestando. Quería jugar. Se le veía muy emocionado por haberme encontrado, una persona a la que era visible.

            ─Debes ser el perro que se cayó de la torre hace unos años. Seguro que te aburres mucho. Dudo que los otros fantasmas jueguen contigo.

Hasta bien entrada la noche estuve paseando y jugando con el perro. De pelaje singular y sedoso, en blanco y negro, brillaba de forma sobrenatural cuando la luz de los alrededores traspasaba su cuerpo de niebla.

A punto de dar las doce me despedí de mi amigo y retorné al castillo. Cuando alcancé la puerta de mi habitación Catherine me estaba esperando, apostada en la pared. Lucía sus vaqueros desteñidos y la camiseta azul que enmarcaba su escultural figura.

Pareció temblar nerviosa cuando me acerqué.

            ─¿Listo para correr aventuras?─ Dijo con una sonrisa de inocente querubín, agitando sus largas pestañas que impedían ver el color de sus ojos.

            ─¡Claro que sí! ¡Te seguiré donde me lleves, Catherine!

Ella sonrió con embeleso poniéndose en camino. Para mi sorpresa bajamos al comedor,  a lo que fueran antaño las mazmorras del castillo. Se dirigió a una de las paredes y empujando suavemente un resorte del muro, hizo que éste se deslizara hacia dentro dejando ver una negrura singular. Una bocanada de aire helado salió de la abertura.

Cogió una antorcha y la prendió en las ascuas de la chimenea con manos expertas. Sus largos dedos ejercían un poder hipnótico sobre mi mirada. No podía apartar mis ojos de ellas. Seguí a mi guía internándome por un corredor. En mi cabeza resonaron unas frases inquietantes, escuchadas hacía unas pocas horas:

            “Cuando notes un terrible frío, y las doce hayan pasado, el muro te mostrará la puerta de la verdad. Si la traspasas, jamás retornarás”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

 El sonido de la puerta al cerrarse me produjo cierta desazón, que desapareció cuando la mirada de gacela de la muchacha se posó en mi rostro. Las manos relumbraban en la oscuridad del corredor con luz propia.

            ─¿Sabes, he soñado contigo esta tarde?

            ─¿Y qué has soñado? ─ Preguntó con inocencia.

            ─Algo sublime. Me besabas y acariciabas con ternura mientras vertías en mis oídos palabras tiernas.

            ─Los sueños, son eso, solo sueños─ Contestó la muchacha.

            ─¿Dónde me llevas Catherine?

            ─A mis dominios, señor Guzmán.

Desembocamos en una gran sala. La muchacha prendió la antorcha en todas las velas que estaban ya preparadas. Un salón gigantesco tachonado de espejos se perfiló en todo su esplendor.

Pequeñas figurillas de porcelana colocadas en diversos puntos le daban un cierto toque infantil. Divanes de seda corridos en los muros se apoyaban en tapices de colores desvaídos.

            ─¿Dónde estamos?

            ─En un salón de baile que me hizo mi padre hace…muchos años.

            ─¿Y cómo es que no está abierto al público?

            ─Nadie sabe de su existencia. Ahora sólo tú lo conoces.

Me condujo por el habitáculo, comentando cada cuadro y detalle con especial deleite. Tomaba las figurillas en sus manos sublimes y acariciaba el contorno mientras hablaba de sus recuerdos. Recorrimos todo, palmo a palmo. Luego me dijo:

            ─¡Sígueme, tengo una sorpresa para ti!

Atravesamos una puerta bien disimulada detrás de un tapiz y nos hallamos en una habitación más pequeña. Unos suntuosos ropajes antiguos se encontraban ordenadamente colocados en un galán.

            ─¡Vístete! Te enviaré a alguien que te ayude con las prendas. Son muy diferentes a las que estás acostumbrado a llevar.

            ─¿Por qué tengo que disfrazarme? ¿Es un juego?

            ─¡Vamos a asistir a una fiesta!─

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Catherine despareció llevándose consigo el fulgor de sus manos. Miré las lujosas galas que tenía delante, no sabiendo por dónde empezar.

De la nada, se materializó un mayordomo. Yo conocía ese rostro. Era el mismo individuo que había aparecido en la comida. Un fantasma.

            ─¿Le ayudo, señor?

10.- El baile de los fantasmas.-

No todos los días una bellísima joven me invitaba a una fiesta, aunque quizá me aburriera pues estaba seguro de no conocer a ninguno de los invitados. Seguro que el evento resultaba más divertido de lo que imaginaba. Ya, más dispuesto a afrontar la velada, y ante la atenta mirada del mayordomo, me deshice de mis prendas modernas quedándome en ropa interior y, siguiendo las indicaciones de tan insigne ayudante, un ser hecho de aliento, de rostro abrupto y nariz vertiginosa, emprendí la ardua tarea de engalanarme. El oro viejo de la tela despedía cierto fulgor en la penumbra de la habitación, escasamente iluminada por unas cuantas velas. Comencé por la camisa. Era de algodón blanco, con un penetrante olor a naftalina, y crujió al ajustarse a mi cuerpo. Abroché los puños como pude, perdido entre tantos volantes de encaje, ya que “mi asistente” únicamente se limitaba a señalar el orden de las prendas en el que debían ser llevadas.

Después de la camisa vino el chaleco ajustado y abotonado. Me senté para ponerme primero las medias de seda, blancas y tupidas, y luego los calzones hasta la rodilla. A continuación me calcé unos zapatos de tacón, hechos de piel muy fina, que me apretaban los pies, no resultando demasiado cómodos. Los cambié de un pie a otro, y de este modo logré que se ajustaran mejor, ya que los zapatos de siglos pasados se hacían iguales para los dos pies. Estuve dando unos pasos vacilantes hasta que, al rato, me acostumbré a los dos dedos de tacón. Las hebillas de plata con las que se adornaban se veían recién pulidas y lanzaban destellos con cada movimiento.

Ante un espejo procedí a colocarme una peluca blanca, hecha de cabello humano. Antes de hacerlo sometí el espécimen a un somero examen visual. No vi moverse nada vivo entre los rizos, o entre la coleta y el lazo. Me pregunté si tendría chinches o piojos viviendo en su interior. Parecía bien conservada. El reflejo de mi rostro en el espejo se apreciaba muy cambiado vestido de esta guisa. No me reconocí.

Para terminar con el disfraz de caballero, me coloqué la chupa llena de pliegues en la cintura y que llegaba hasta las rodillas. Pude tocar los admirables bordados que presentaba la seda.

En el instante en el que daba por acabada mi vestimenta, apareció Catherine con empolvada peluca, incrustada de perlas, brillantes y plumas, llevando un lunar en la mejilla y embutida en un llamativo vestido azul cobalto, de escote cuadrado, por el que se atisbaba claramente la mitad de sus senos, blancos y virginales. En el cuello lucía un volante de encaje y seda acorde con el color de su vestido. Tenía el porte de una reina y la sonrisa de un querubín. Estaba tan maravillosa que el corazón se me aceleró denodadamente.

            ─¡Estás preciosa Catherine!

            ─¡Y tú muy elegante, igual que un príncipe!

Le ofrecí mi brazo y así, juntos, aparecimos en el gran salón.

            ─Procura no alejarte mucho de mí, querido amigo. Mis invitados son…terribles. No me gustaría que te hicieran daño.

Asentí perplejo ante tamaña confesión. ¿Quién vendría a la reunión, pirañas, fieras salvajes? Lo iba a averiguar muy pronto.

Las arañas de cristal del techo se hallaban encendidas con decenas de velas. Acompañé a Cahterine hasta la puerta principal, abierta de par en par, preparada para recibir a los asistentes. Llegaron en tropel, igual que un montón compacto, subidos en una niebla de llamativos colores. Los había más transparentes, del mismo material que las telas de araña o, por el contrario, muy consistentes, de la misma masa que la anfitriona. Cuando me saludaron, se deshicieron en risas destempladas acompañadas de miradas maliciosas. Una veintena de armaduras, pertrechadas con espadas y espuelas, cruzaron el umbral cuadrándose frente a la anfitriona. Una pareja nos saludó con mucha educación llevando ella su cabeza bajo el brazo, mientras él se arrancaba una mano para rascarse la espalda.

            ─Como puedes observar, los invitados tienen pocos modales.

Aparecieron unos cuantos esqueletos, saludando con voz bronca, vestidos de punta en blanco. De vez en cuando debían ajustarse la chaqueta de charreteras que resbalaba sobre sus huesos descarnados. Un numeroso grupo de decapitados inclinaron sus cuellos cercenados al entrar en el salón, mientras la multitud allí arremolinada los recibía igual que a héroes. Cabezas maquilladas sin cuerpos visibles, saludaron a Catherine para, después, irse volando a charlar en los rincones. Un ser oscuro y espectral, portando negra indumentaria a juego con su sombrero, saludó teatralmente a la anfitriona.

            ─¿Este joven va a ser “nuestra cena”, princesa?

            ─¡Claro que no! Los fantasmas no necesitan comer ¡Deja en paz a mi amigo y no le asustes!

            ─No sé si seré capaz de hacerlo, princesa.

            ─Más te vale o te las verás conmigo─ Exclamó en un estremecedor susurro.

El ser retembló igual que un flan y pasó por mi lado ignorándome totalmente.

            ─¡Un espectro como él, y te tiene miedo!─ Sonreí divertido─ ¡Tiene su gracia!

Catherine me miró muy seria para decir, sin un atisbo de sonrisa:

            ─¡Es extraño! ¿Verdad?─ Dijo enojada.

            ─Lo decía por la dulzura y encanto que emanas. No te imagino enfadada.

            ─¡Sé hacerme respetar, querido Luis!

Dos camareras de faldas oscuras y largas, con sendas cofias y delantales inmaculados, aparecieron en medio de la muchedumbre. Portaban gigantescas bandejas llenas de copas diminutas de las que escapaban neblinas rojizas. Los invitados se tiraron a ellas lo mismo que tiburones sobre un animal herido.

Delante de nosotros se materializaron los miembros de la orquesta. Eran diez y llevaban sus instrumentos consigo. Apenas se les distinguía por la transparencia de sus siluetas. Catherine los saludó efusivamente e hizo señas a una de las camareras.

            ─¡Tomad algo rápido u os desharéis en hilachas de niebla!

Cada uno de ellos apuró su dedal de bebida tonificante e inmediatamente se hicieron visibles. Ocuparon sus puestos en la balconada que presidía el salón y la música invadió la sala.

            ─Tenemos que abrir el baile─ Dijo Catherine invitadoramente. Rodeé su estrecha cintura con una mano, mientras ella se apoyaba en mi hombro. Juntamos nuestras manos y nos lanzamos al son de un vals. Entre las vueltas y revueltas creí volar, perdido en aquellos ojos de hada, entrecerrados y cubiertos de espesas pestañas. La sentí tan próxima a mí como jamás había notado a una mujer. Su sensualidad me desbordaba, tan dulce, tan suave. Creí morir derretido envuelto en esa música de ensueño. La última nota me hizo aterrizar suavemente en el salón. La multitud de fantasmas nos rodeaban callados y expectantes. Catherine les devolvió la mirada, desafiante. Volvieron a sus corrillos y charlas alocadas.

            ─¿Puedo probar una copa de aquellas?

            ─¡Para ti tengo algo mejor! ¡Esa es solo bebida para fantasmas!─ Comentó señalando los pequeños dedales de brebaje rojizo.

Apareció el mayordomo con sendas copas de champán. Brindamos, enganchada la mirada en la del otro. Cerca de nosotros el espectro dejó una bandeja llena de bombones de chocolate. Catherine cogió uno de ellos y dio un mordisquito con sus diminutos dientes de perla. Sacó la punta de la lengua, sonrosada y graciosa, y lamió el jugo que se escapaba.

            ─¡Prueba uno de estos! Son besos de pasión… ¡Te encantarán!

Probé uno y enseguida cogí otro. Resultaban deliciosos. Una explosión de sabores desconocidos me llenó el paladar. El rico elixir que se hallaba dentro del chocolate era totalmente nuevo para mí. Eran muy adictivos, como la belleza de mi pareja. Las manos de Catherine, aun enguantadas, brillaban con una extraña luminiscencia que me volvía loco. Nos sumergimos entre la muchedumbre bailando una polka, mientras el reloj de la sala, de vez en cuando, marcaba las horas de la madrugada.

Entre el champán, los bombones y la danza me noté embriagado. Me pareció vivir una ensoñación cuando Catherine me condujo a un diván apartado y comenzó a besarme con avidez. De vez en cuando vertía una frase cariñosa en mis oídos.

            ─¡Hace tanto que te espero, mi amor! ¡Por fin estás aquí, para liberarme!

Mis dedos recorrieron las curvas de su cuerpo, escondidas entre mil pliegues de seda y encajes. Quería más que unos besos, deseaba poseerla, darle mi amor, morir en ella.

Su mano enguantada atrapó el medallón que pendía de mi cuello. Lo observó detenidamente para decir con embeleso:

            ─¡Es la joya más soberbia que nunca vi!

            ─Me la regaló mi madre.

            ─¡Está llena de amor! Te reviste de un escudo de ternura que te hace más deseable, Luis, el hombre de mi vida.

            ─¿Quieres que te lo ponga al cuello, amada mía? Es lo más valioso que poseo.

         ─Todavía no. Antes te he de confesar un secreto que he guardado durante siglos. Esta joya me la entregarás cuando vaya a desvelártelo, como prueba de tu amor por mí.

            ─¿Y cuándo será esto?

La muchacha me miró largamente, con el éxtasis y la admiración dibujados en su rostro de madona italiana.

            ─¿Me amas, Luis?

            ─Con todo mi corazón.

            ─¿Me salvarás?

            ─¡Haré todo lo necesario para tenerte conmigo, siempre!

            ─Entonces ¡mañana seré tuya!

Nos volvimos a besar locos de frenesí, borrachos de amor y entre sus brazos me quedé dormido. Pero no fue un sueño tranquilo pues de vez en cuando notaba un leve pinchazo aquí y otro allá como si una bandada de mosquitos hubiera montado una fiesta en mi piel.

Cuando me desperté, mediada la mañana, lo hice en mi cama. Los suntuosos ropajes habían desparecido. Hice una exhaustiva exploración de mi cuerpo desnudo en el cuarto de baño. Bajo las potentes luces y reflejado en el espejo de aumento descubrí pequeñas marcas del tamaño de la cabeza de un alfiler, repartidas por brazos y cara. No dolían en absoluto pero me dejaron un poco preocupado. ¿Qué clase de insectos habitaban  el castillo? Había una terrible plaga allí dentro.

Aproveché para examinar mis ojos. Dos pozos oscuros ocupaban prácticamente todo el iris. Una débil luz incandescente todavía se abría paso a duras penas entre esas simas de negrura. Agarré el medallón, lo mismo que hacía siempre que me sentía inquieto y preocupado, inmediatamente la calma se extendió por cada poro de mi piel.

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Después de darme una larga ducha, me vestí y salí a almorzar con los miembros de mi grupo.

            ─¿Dónde te habías metido? Te hemos esperado esta mañana para hacer una excursión por estos parajes. Hemos ido a tu habitación pero no estabas.

Sonreí para decir:

            ─¡Estaba muy ocupado!

Y me perdí en ensoñaciones de blanquísimas manos, acariciadoras, de porcelana, de seda, las de mi amada. Y vi aquella boca de diminuta lengua rosada, pequeña igual que la de un pajarillo. Y los ojos, tan bellos, flanqueados por mil pestañas oscuras y espesas, del color…De repente, me di cuenta de que aquellos faros maravillosos, tan venerados, eran negros, tan oscuros como la tinta, dos simas aterradoras que no tenían fin.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo mientras recordaba la última frase de mi amada:

            ─¡Mañana seré tuya!

11.- El secreto de Lady Catherine.-

Comí con un hambre desacostumbrada en mí. Me encontraba débil, a punto de desfallecer. Recordaba lo pletórico que me había sentido el día anterior. Ahora el color de mi piel aparecía blancuzco y macilento. Todos miraban los platos llenos de comida que me servía una y otra vez, engulléndolos en escasos segundos. Poco a poco recobré fuerzas, masticando con rapidez aquellas deliciosas viandas. Tomé unas cuantas copas de vino y mucha agua. Parecía que no hubiera comido en una semana. Ya ahíto y desoyendo las ofertas de mis compañeros para pasar la tarde, anduve paseando por los alrededores del castillo. El perro fantasma me acompañaba ladrando ruidosamente, sonidos que yo solo escuchaba, e implorando mil caricias que mis manos propinaban a una imagen hecha de humo.

La comida hizo su efecto reparador y las fuerzas volvieron. No recordaba haberme sentido “tan acabado” después de una velada de juerga. En mi mente se dibujaron las sempiternas manos de mi adorada. Por fin sería mía cuando sonara la media noche. Deseaba tanto acariciarla, besarla y hacerle el amor que la ensoñación, tan vívida, me hizo jadear. Despidiéndome del can neblinoso, me encaminé hacia la gran biblioteca.

En un primer vistazo no divisé a nadie por allí. ─¡Qué pocos adictos a la lectura se hospedaban en el castillo!─ Pensé dando un suspiro. El olor de los libros se metió por la nariz actuando igual que una poderosa droga. Me acerqué a las estanterías, buscando un ejemplar que casara con el estado de ánimo en el que me hallaba. Mis ojos tropezaron con un ejemplar de Rubén Darío. Lo abrí justo por el poema “La princesa está triste”. La sensatez me abandonó y, allí de pie en medio del salón, como cualquier enamorado que ve en todo lo que le rodea el fiel reflejo de su amada, comencé a declamar con voz potente:

─”La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro…”

Cada frase pronunciada sonaba como un vigoroso conjuro para atraer a mi amada. Percibí un poder en mi voz que hasta entonces no había existido. ¿Sería eso el amor?… De la nada se fue dibujando Catherine, con el cadencioso ritmo de mis palabras. Pinté su figura poco a poco:

            ─”La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión…”

Las manos nacaradas, argentinas se hicieron más tangibles iluminando la oscura estancia con su reflejo. No podía parar, si lo hacía antes de terminar los versos, esa sombra de color se desvanecería sin remisión.

─”¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar;…”

Las esbeltas líneas de su cuerpo adquirieron volumen, las piernas salieron de la niebla para apostarse en un sillón, encerradas en unos viejos y gastados vaqueros. Por el rabillo del ojo seguí vigilando el pequeño milagro que se estaba produciendo ante mis ojos.

─”¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardias,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal…”

Toda su figura exhalaba un extraño perfume, adictivo, encantador. Era mi princesa, la que había venido a rescatar. Mi adorada, mi ángel de sueños locos. Me puse frente a ella y terminé de entonar la última estrofa del poema:

─«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;

en caballo, con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor».

Las palabras flotaron unos instantes antes de desvanecerse en la atmósfera misteriosa de la habitación. La muchacha se levantó de su asiento con una tierna sonrisa que le curvaba los labios en forma de corazón. Se anudó a mi cuello y me besó apasionadamente, primero despacio, con ternura, para después tornarse ávida y enardecida.

            ─¡Catherine, mi dulce niña!─ Gemí en el éxtasis de sus besos.

            ─Luis, mi caballero, vencedor de la Muerte. Te he esperado durante tantos años.

La senté en mis rodillas, acunándola con dulzura, mientras ella me susurraba:

            ─Te iré a buscar cuando vaya a sonar la media noche. Tienes que llevar una maza de cabeza de hierro y el colgante, necesito ambas cosas para poder salir de mi encierro. ¡Tú me liberarás!

Con estas palabras, mi adorada se esfumó nuevamente, sin dejar rastro. Suspiré de frustración. Deseaba estar cada minuto a su lado, despertar en su cama, ver esas manos de estrella durante toda la vida.

¿Una maza? ¿Tendría que derribar un muro? Seguramente necesitaría de mi fuerza física para liberar algo que ella amaba mucho. Me dirigí al pueblo más cercano. No estaba demasiado lejos. Allí compré el instrumento que se requería para la gran noche. También adquirí una rosa, roja como la sangre, símbolo de mi amor y que adornaría su precioso pelo oscuro. Por el camino de vuelta cavilé sobre la manera de hacerla más feliz. ¡Estaba loco por ella!

Catherine adoraba mi medallón, tan querido para mí. No veía el momento de vérselo puesto. Lo que ella no sabía es que obraba en mi poder el que fuera de mi madre, muy parecido al mío, y que pensaba ofrecer como presente a la que en su día se convirtiera en mi esposa, y ella era la elegida. De esta manera, los dos tendríamos un talismán protector, igual en poder y aspecto, un símbolo sin duda de la unión de nuestro amor. En lugar de anillos, luciríamos sendos colgantes gemelos. ¡Sería mi gran sorpresa para ella!

La tarde pasó deprisa entre compras y preparativos. Después de una ducha y un buen afeitado, me vestí impecablemente con una camisa oscura, elegante, a la que añadía unos gemelos de azabache. A continuación elegí un elegante pantalón donde se marcaba la raya, haciendo que mis piernas se alargaran visualmente. Calcé los zapatos de tafilete negro, los de las grandes ocasiones. Me perfumé y salí para cenar. Otra vez el hambre me atormentaba. Tenía que cenar fuerte para aguantar una noche como la que me esperaba. ─Mi noche de bodas─ Sonreí tontamente al acariciar este pensamiento. Se me caía la baba, literalmente, imaginando la piel de mi amada deslizándose bajo mis dedos.

Una cena pantagruélica se hallaba preparada para todos los miembros de la expedición. Caí en la cuenta de que aquella iba a ser la última noche que probablemente pasaría con ellos. En pocas horas comenzaría una nueva vida. No sentí ni un atisbo de melancolía hacía aquellos con los que había compartido unos cuantos días de extrañas experiencias. Desde hacía unas jornadas notaba mi corazón aletargado con respecto a los sentimientos que me inspiraban los demás, menos los que concernían a Catherine.

La comida, preparada en grandes bandejas, se extendía por tres mesas enormes. Comí con apetito unos espárragos blancos que se deshacían en la boca, crema de marisco, pasta con nata, un bistec, ensaladas exóticas, pato en salsa, carne asada con puré de patatas, y un largo etcétera. Mi amigo parapsicólogo intentó entablar una conversación conmigo, le corté rápidamente. No insistió, al mirarme fijamente se sintió intimidado. Observé su mirada temerosa mientras se alejaba al otro extremo de la sala. Seguramente pensaría que estaba poseído. Me reí por dentro. ¡Qué sabría él del amor!

Paseé por los corredores admirando los tapices y pinturas que adornaban las paredes. Ya, cerca de las doce de la noche, me dirigí a mi habitación. Allí tenía todo mi arsenal metido en una bolsa, preparado para llevarlo conmigo al lugar que Catherine me señalara.

Oí dar las doce en uno de los muchos relojes que adornaban los corredores del edificio. La silueta de mi amada se hizo visible al lado de la cama. Se acercó a mí para posar sus tiernos labios sobre los míos.

            ─¿Preparado para nuestra gran noche?─ Preguntó emocionada.

            ─¡Sí, amor! ¡Seguiré tus pasos donde quiera que vayan!─ Resonó mi voz vehemente entre las paredes de la habitación.

Salimos de allí y nos perdimos por varios corredores hasta desembocar en una gran sala. Reconocí el trono y las molduras doradas de los techos. Era el salón de audiencias. La pared del fondo se hallaba cubierta por un gigantesco tapiz de escenas de caza. Catherine se deslizó por uno de los lados, dejando entrever un agujero en el muro. Nos colamos por allí. La muchacha encendió una linterna para alumbrarme el camino y evitar que me rompiera la cabeza entre las muchas vueltas y revueltas que daba. Bajamos por una interminable escalera de caracol, tallada en la misma roca que componía los cimientos del castillo. Después de andar durante un buen rato por un corredor más angosto y viejo que los anteriores, repentinamente, mi amada se detuvo en una especie de nicho excavado más o menos a mi altura.

            ─¡Aquí es! Antes de que derribes la pared, te contaré mi historia.─ Dijo con cautela─ Mi padre, el octavo lord Ramsey de la familia junto con mi madre Lady Jane, pactaron mi boda con uno de sus viejos enemigos, con el fin de no batallar más por las tierras que se hallaban entre ambos territorios. El matrimonio unificaría las tierras y pasaría a los descendientes que tuviéramos como un magnífico patrimonio de poder. Mi futuro marido era cincuenta años más viejo que yo. Imagina mi desdicha, aumentada sobremanera por estar perdidamente enamorada de uno de los sirvientes de mi padre. Pensé que éste correspondía a mi amor por sus muchas muestras de cariño recibidas en varias ocasiones, habiendo perdido mi virginidad en el transcurso de una de ellas. Me negué a casarme y ante la presión confesé mi amor escondido. Protegí a mi amado todo lo que pude hasta que un día lo hallé retozando con una criada. Cogiendo un cuchillo rebané  su cabeza y la de la mujer.

Confesé a mi padre todo lo acontecido en aquellos días, mientras él me miraba aterrorizado en un principio y después, colérico.

Mandó que fuera emparedada y que jamás pudiera volver a ver la luz del sol. Una pequeña habitación me sirvió de sepultura, siendo tapiados todos los conductos que pudieran arrojar luz, aire o calor al recinto. Unos grilletes aprisionaron mis muñecas de donde pendían unas cadenas sujetas a uno de los muros, reduciendo mi movilidad considerablemente. Sólo se dejó un estrecho ventanuco por el que, a duras penas, pasaban unos mendrugos de comida. No sé cuánto llevaba encerrada allí, cuando comenzó a caérseme el pelo; luego las uñas; después los dientes. Un día ya no hubo más comida, solo silencio. Se habían olvidado de mí. Me sentí morir, loca de desesperación y así me abandoné a mi suerte. Pero tuve una visita inesperada. El señor de las tinieblas, en persona, vino a hacer un trato conmigo. Si le cedía mi alma inmortal, seguiría viva, siempre que mis huesos estuvieran a buen recaudo. Además me hizo un regalo. Conservaría la belleza de mis manos, la de los dieciséis años, a través de los siglos.

Aprendí a moverme como los fantasmas, atravesando las paredes. Me instruí en cambiar mi aspecto, mis ropas y mil cosas más. Fui recabando información de los nuevos inquilinos y llegué a ser bastante fastidiosa con mis apariciones y empujones. Mi cuerpo no murió, quedó aletargado en su celda, pero debía alimentarlo para que no muriera. Descubrí que el mejor ingrediente para mantenerlo vivo era la sangre humana. Con unas cuantas gotas bastaba para que mis restos sobrevivieran durante días. Los demás fantasmas supieron de mi secreto y se apresuraron a copiar la receta.

            ─¡Por eso tenemos picaduras! ¡Erais vosotros los culpables!─ Dije asombrado.

            ─¿Te importará darme una gota de tu sangre de vez en cuando para que sobreviva?

            ─¡Claro que no! Catherine, mi amor. Toda la que haga falta.

            ─¡Eres el hombre más maravilloso y generoso que jamás he conocido!

La muchacha vino hacia mí y se apretujó cariñosa, dándome un suave beso en los labios.

            ─Pero ahora quieren remodelar todo esta área. Encontrarán mis restos y los quemarán. Yo desapareceré sin remedio, Luis. Ya no tengo alma ¡Ese cuerpo es lo único que tengo! La bolsa que has traído servirá para sacar lo que queda de mí. No peso mucho y así podré acompañarte hasta tu hogar.─ Dijo mimosa.

            ─¡Aquí es donde tienes que golpear! ¡Derriba el muro y libérame!

Me puse manos a la obra. No costó demasiado esfuerzo. En cuanto una de las piedras cedió, las demás se vinieron abajo. En aquellos siglos no existía el cemento y las piedras se ajustaban unas con otras en un equilibrio perfecto.

Una negra oquedad quedó a la vista. De su interior salió una ráfaga de aire hediondo.

            ─¿Confías en mí, Luis?

            ─¡Claro que sí, mi amor!

            ─Antes de presentarte a mi otro yo, el que me mantiene viva, debes dejar tu collar apoyado en esta hornacina. Luego, cuando salga completa, me lo pondrás para formalizar nuestra unión.

Teniendo cuidado de que mi amada no viera el segundo medallón oculto en mi pecho, me quité el primero, el de mi madre y lo coloqué diligentemente donde me señalaba Catherine.

Cogí la bolsa y siguiendo a la muchacha penetré en aquella habitación sepulcral. El hedor era insoportable. Apenas veía nada. Catherine no había encendido la linterna y la oscuridad lo devoraba todo, excepto el fulgor de las manos de mi amada que lanzaban albos destellos de fuegos fatuos. Oí ruidos de cadenas a mi izquierda e involuntariamente me aparté alarmado. Previsoramente había metido una linterna en la bolsa. La busqué, tanteando, mientras una presencia se deslizaba por el suelo, arrastrándose hasta donde me hallaba.

            ─¡Catherine! ¿Dónde estás?─ Grité aterrorizado.

Mis dedos pulsaron el interruptor de la linterna y un alarido espeluznante escapó de mi garganta. Un cadáver apergaminado, una momia de piel y huesos se acercaba reptando hasta mis pies, ayudado por unas manos blancas, finas y preciosas que relumbraban en la oscuridad.

            ─Necesito tu sangre para sobrevivir. Solo un traguito y enseguida volveré a ser la de antes─ Emitió en un ronco susurro el ente del calabozo.

El olor era tan nauseabundo que las arcadas me doblaron. En mi mente brilló la campana de la supervivencia. Intenté salir pero ya tenía al ser encima. Noté un dolor lacerante cuando una aguja me taladró la yugular, paralizándome. Pero fue por poco tiempo porque el ser me soltó emitiendo un grito de sorpresa.

            ─¡Tienes el collar puesto! ¡Maldito hijo de perra!─ Gritó el fantasma.

Alcancé la puerta y me volví para ver a Catherine. La mitad de su persona era la de siempre, la bella adolescente que me había seducido, pero el resto de su cuerpo seguía presentando un aspecto de cadáver andante. La sangre fría me revistió igual que una tela invisible, haciendo que me mostrara poderoso y cruel.

            ─¡Tengo algo reservado para ti, amada mía!

De un salto alcancé el medallón y se lo coloqué a la momia con saña.

            ─¡Es mi regalo de compromiso! ¿Recuerdas?

Catherine comenzó a exhalar vapores tóxicos que pronto se convirtieron en una hoguera. El ser comenzó a emitir horripilantes alaridos mientras su cuerpo se consumía entre las llamas azuladas. En pocos minutos no quedó de la muchacha más que una mancha malsana.

Yo también grité, a pleno pulmón, ante esa visión terrible que me trastornó la mente. No recuerdo como salí de allí. Las primeras imágenes sobre las que sentí pleno control de mí mismo corresponden al momento en el que solicité un taxi desde el teléfono de mi habitación. Mi equipaje se hallaba ya preparado. Escribí una nota para la guía del grupo, manifestando el deseo de abandonar el mismo a causa de una desgracia familiar.

De madrugada, abandoné el castillo de Dalhousie para siempre. Atrás quedó el recuerdo de un amor imposible, lleno de engaño y vileza. Aquella muchacha quería un esclavo que la alimentara con su sangre, cuidara de sus huesos y aguantara su furia de fantasma resentido. Un ser terrible lleno de odio, un engendro del infierno. Una vez más el medallón de mi madre me había salvado. Lo acaricié con ternura.

Llegué a Madrid, en el primer vuelo para el que encontré plaza. Notaba el corazón vacío como si alguien lo hubiera llenado de gas. Cogí un taxi en el aeropuerto de Barajas. Cansado y defraudado, no quise entablar conversación con el conductor.

Por fin me hallaba en casa. Abrí la puerta de la calle como en un sueño. La luz del mediodía se colaba por la ventana del salón mientras la anciana fantasmagórica se movía en la mecedora. Alborozada se puso en pie para salir a mi encuentro. Algo la paró en seco. Quizá mis ojos, casi negros, esgrimiendo abismos de oscuridad insondable.

            ─¡Has cambiado! Apenas queda luz en ti ¡Te han atrapado!

Volvió lentamente a sentarse en la mecedora y torció la cabeza hacia el ventanal, evitando mirarme.

Pasé a mi habitación para deshacer la maleta. Lo hice frenéticamente, casi con desesperación. No podía esperar más. En el fondo de la misma hallé mi tesoro: sendas manos blancas, suaves y delicadas, de dedos largos y firmes, refulgiendo con una luz sobrenatural en la penumbra del cuarto. Su quietud me conmovió y anclé mis manos a esas dos extremidades de diosa. Con horror sus dedos engancharon los míos en un lazo fuerte, estrecho y terrible. Cerré los ojos aterrado y ante mi estupor vi desfilar la pavorosa escena de un ser de fuego, gigantesco, horripilante y malévolo, jugando a las cartas en un oscuro habitáculo. De golpe me adentré en el laberinto de los recuerdos evocando aquel pavoroso instante en el que había levantado levemente la cabeza, escondido detrás de unos sacos, un lapso que duró un aleteo de mariposa, evitando mirar a aquellos que disputaban una partida de póker. Sabía lo que me esperaba si tropezaba con esos faros terribles e incandescentes, pero un destello poderoso surgido de una de las paredes engañó a mis ojos, atrayéndolos hasta un espejo. Allí vi reflejado el rostro de aquel ser innombrable mientras esos focos de horror, de fuego sobrenatural, taladraban mi cabeza. En ese preciso instante quedé atrapado. El colgante nada pudo hacer ante la monstruosidad de aquel ser de maldad.

La certeza me golpeó con sus rudos dedos mientras se desataba a mi alrededor un murmullo de horribles carcajadas. Me sentía como una cáscara sin vida, hueca y llena de tinieblas. Mi alma había quedado prisionera para siempre en la habitación secreta del castillo de Glamis.

María Teresa Echeverría Sánchez


EL ÁRBOL DE LOS VAMPIROS DEL PARQUE.- (Relato vampírico)-

Relato publicado en el libro: “RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II” – en Amazon, para lector kindle y en libro de papel.

relatos inquietantes de la nube (II)

 

(Oil and blood, W.B. Yeats)

Aceite y sangre.

En tumbas de oro y lapislázuli

cadáveres de santos y santas exudan

aceite milagroso, fragancia de violeta.

 

Pero bajo los pesados túmulos de pisoteada arcilla

yacen cuerpos de vampiros pletóricos de sangre;

sus mortajas están ensangrentadas y sus labios, húmedos.

 

EL ÁRBOL DE LOS VAMPIROS DEL PARQUE

1 – Cómo me convertí en vampiro.-

Me desperté temprano, me asomé al hueco del árbol por el que se apreciaba una densa niebla que tapizaba el parque. Solo las copas de los otros árboles sobresalían entre esa alfombra algodonosa igual que agujas en un ovillo de tejer. Respiré el aire fresco con aroma a pino y a escarcha.

Debía hacer mucho frio. Pequeños carámbanos de hielo pendían en las ramas más cercanas de nuestro árbol, mi hogar. Salí al exterior después de darme una buena friega de “melis” para protegerme de los rayos solares que, en breves minutos, harían su aparición anunciando el amanecer. Volando a ras del suelo jugué con los jirones de niebla, rompiéndolos en mil formas caprichosas. En ese instante el sol iluminó la hierba, despejando con su potente foco las últimas hilachas de neblina perezosa. Me senté en un banco a la espera de observar a los tempraneros paseantes de perros que ya atravesaban las puertas del parque.

He de decir que me gusta la proximidad de los hombres, no solo debido al hecho de que poseen venas llenas de sangre nutritiva y vital para mí, sino porque me recuerdan mi vida pasada, tan reciente y vívida. No hacía más de quince años que me había convertido en un integrante del “clan de las sanguijuelas del parque”. El hecho ocurrió totalmente en contra de mi voluntad, asunto extraño en esta ciudad debido a que, normalmente, son los humanos los que suelen buscarnos para suplicar ingresar en nuestras filas. La razón de todos ellos suele ser la misma, “perseguir la juerga eterna”. Siempre nos han asociado a una imagen de continuos juerguistas voladores, “entes suspendidos en un estado festivo sin fin”, como suelen decir refiriéndose a los de mi especie. Nada más lejos de la realidad que soportamos día a día.

Mi conversión ocurrió en una noche de difuntos, esa velada en la que siempre desaparece la tenue frontera que separa la vida de la muerte, único momento en el que un vampiro puede transmutar a la “víctima elegida”.

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Había salido de juerga con mis amigos, íbamos todos disfrazados de esqueletos fosforescentes, envueltos en risas y gritos, asustábamos a todos los que tropezaban con nosotros. Colgadas de la mano varias botellas de licor tintineaban en una bolsa de plástico, esperando ser descorchadas en el lugar adecuado. Ya que no llegamos a un acuerdo en elegir el sitio idóneo para el evento, decidimos no ir muy lejos. Al final, nos refugiamos en el parque, nuestro sitio de siempre, que presentaba el territorio ideal para dar rienda suelta a la bacanal. A esas horas de la noche, se encontraba oscuro y solitario. Saltamos la verja y nos encaminamos hacia el árbol más viejo del recinto, de tronco gigantesco y altura que se perdía en la inmensidad de un cielo sombrío y sin luna. Recostados contra esa pared vegetal y viviente, bebimos hasta desmayarnos, como solíamos hacer cada día que considerábamos festivo. Quedamos inconscientes a merced de la oscuridad, el frío y los seres que habitaban los contornos. Cuando recuperé la conciencia, el mundo que me rodeaba había perdido el color. A mi lado hallé a una mujer, sonriente y encantadora. No era otra que la mujer vampira que me había mordido en la  madrugada.

            ─¡Oh, Santo cielo, algo extraño me pasa en la vista!─ Dije frotándome los ojos vigorosamente.

            ─¡Tranquilo, es normal! Ahora verás el mundo de otra manera. ¡Bienvenido al clan de los vampiros del parque! ¿Tu nombre es…?

            ─¡Dirian!…¡Pero de qué estás hablando, de una secta o algo así?

            ─No, ni mucho menos. Has dejado de ser humano, simplemente eso. Es difícil de “digerir”, lo sé… No te preocupes, estaré contigo los próximos meses para superar esta etapa.

            ─Pero ¿Te has vuelto loca? ¡No sé de qué me estás hablando!─ Dije poniéndome en pie. Inmediatamente un mareo horrible me asaltó. Volví a jurar, lo mismo que había hecho otras veces, que no volvería a ingerir una sola gota de alcohol. Traté de encaminarme hacia la verja del parque, pero a los pocos pasos salí volando igual que un globo de gas.

            ─¿Qué está pasandoooo?─ Grité mientras me elevaba en el aire. Mariel me rescató con mano firme y me condujo de nuevo a tierra.

            ─Primera lección, puedes caminar y volar, pero no hacer las dos cosas a la vez. Elige la opción que mejor se ajuste al momento. ¡Concéntrate ahora, piensa en caminar!

Así lo hice y dio resultado. Era cansadísimo mantener la atención en cada paso que daba.

            ─Ya te acostumbrarás─ Me animó Mariel.

            ─Segunda lección, no podrás volver a vivir con tu familia, no del modo que lo hacías hasta ahora. Su memoria ha sido borrada y ya te han olvidado. Es mejor así tanto para ellos como para ti. Tu supervivencia está asegurada con el clan en nuestro hogar─ Dijo tocando el pino gigantesco debajo del que mis amigos y yo habíamos celebrado la fiesta.

            ─Pero…¿Vivís todos ahí dentro? ¿Cuántos sois?

            ─Nuestro grupo es numeroso, somos cuarenta vampiros contando contigo.

            ─¿Y os metéis todos en el árbol? ¡Venga ya, eso no hay quién se lo crea!

            ─¡Ven conmigo, listillo!

Aprovechando un momento en el que no había moros en la costa, mi compañera me agarró de un brazo y, sin el menor esfuerzo, se elevó en el aire hasta alcanzar un agujero de unos cuarenta centímetros de diámetro, oquedad que horadaba la corteza del gigantesco ejemplar.

            ─¡Entra ahí!

            ─¡Eso es imposible! No cabe ni un enano.

Me dio un empellón y salté a la oquedad gritando como un poseso. Para mi sorpresa me hallé en una especie de cueva inmensa, de pared de madera, con un intenso olor a picea. No supe si habíamos encogido o el árbol había crecido.

            ─¡Esto es increíble!─ Comenté dando vueltas a mi alrededor.

            ─Te mostraré tu sitio. ¡Sígueme!

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Nos adentramos en las profundidades del árbol hasta alcanzar una gran cámara. Allí había un montón de “vampiros”, totalmente desnudos, apoyados en la pared de la picea. Mi mentora me hizo ver los pequeños tentáculos que salían de la espalda de cada uno,  y que se clavaban en el muro vegetal.

            ─Otra regla para aprender. Nuestra alimentación básica se sustenta en la sangre humana, aproximadamente un 80% de lo que necesitamos, pero también nos hace falta un 20% de savia vegetal, ella mantiene viva nuestra alma.

            ─¿Me estás diciendo que tengo que beber sangre?

            ─¡Por supuesto! Si no lo haces morirás en breve…Ten paciencia y ahora te explico todo esto y después me preguntas las dudas que tengas.

Me senté en el suelo y sentí un agradable cosquilleo en la piel que estaba en contacto con la madera.

            ─Los vampiros somos una raza que ha evolucionado a partir del hombre. Existen varios grupos de entes como nosotros, repartidos en varios puntos del planeta. En esta ciudad estamos nosotros, el clan de los vampiros del árbol. Aquí convivimos con los ciudadanos comunes, de hecho, no nos diferenciamos exteriormente de cualquier hombre. Debemos vivir junto a ellos porque nos proporcionan los nutrientes para poder sobrevivir─ Hizo una pequeña pausa para presentarme a un vampiro que pasaba por allí. Y continuó con la explicación.

─Las diferencias fundamentales que nos distinguen de los humanos son las siguientes: Poseemos unos colmillos retráctiles de gran tamaño, finos como estiletes, que nos permiten taladrar venas y arterias para poder alimentarnos. No poseemos corazón, en su lugar se encuentra el alma, hecha de carbón en la parte externa y polvo cósmico en la interna. Somos más pálidos que los seres humanos, pero con un poco de maquillaje pasamos totalmente desapercibidos. Tenemos una fuerza extraordinaria, la sangre y el alma nos la proporcionan en grandes dosis. Vivimos en manadas, el aislamiento supone la muerte del vampiro. Somos como las abejas, estamos interconectados todos los miembros del clan. Sabemos dónde está cada uno en todo momento, si alguno deja de ser detectado es que ha muerto. Debemos dormir unas horas adosados a nuestro árbol para reponer los nutrientes que no podemos obtener de la sangre. Pero no reposamos igual que los humanos, no necesitamos cerrar los ojos, nos conectamos a la pared viviente, igual que hacen mis compañeros, y pasamos a ser “uno” con la picea, hasta que nuestro cuerpo obtiene las sustancias precisas. A cambio, guardamos el bienestar del pino, matamos sus plagas y hongos, en definitiva, cuidamos su salud, lo mismo que el árbol cuida de la nuestra.

─Yo creía que los hombres odiaban a los vampiros.

─Los humanos nos toleran porque les damos algo a cambio de su sangre, eso ya lo habrás oído alguna vez. Las víctimas experimentan una paz maravillosa en el momento que nos alimentamos de ellas. De hecho, les ayudamos a sanar heridas de sus mentes─ Y me miró a los ojos con fascinación, cerciorándose de que no había elegido a un loco.

─Las fases que seguimos para nutrirnos se pueden resumir en cuatro. La primera, la elección del individuo. Debe estar sano, robusto y a ser posible, que no esté borracho. La mayoría detestamos el sabor del alcohol en la sangre, nos parece repugnante.

─¿Pero entonces, por qué me mordiste? Yo estaba muy borracho.

─¡Para salvarte de ti mismo! Eras un caso perdido. Cuántas veces te he visto tirado por ahí. Por lo menos ahora tienes una oportunidad de cambiar de vida.

─¡Pero eso debería haber sido elección mía!

─¡Muy cierto! Pero ya no sabías ni lo que querías. Tomé la decisión por ti.

─¿No hay vuelta atrás, verdad?

─No, no la hay. Así que escucha atentamente lo que estoy contando sobre tu nueva forma de vivir. Sigamos…Cuando hemos elegido la presa, con un fuerte soplido, nuestro aliento contiene cierto componente adormecedor, anestesiamos a la víctima y procedemos a alimentarnos, discretamente, no lo hacemos delante de la gente. Tenemos que ser cuidadosos con la cantidad que absorbemos, con medio litro es suficiente. Así no causamos una debilidad extrema al ser del que estamos robando el elixir rojo. Normalmente bebemos de más de un individuo en cada comida. Es importante dejar a la presa, después de absorber su sangre, en un lugar protegido para que no pueda sufrir un accidente. Y eso es toda la teoría, ahora pasaremos a la práctica, porque debes tener hambre.

─¡Sí, es cierto, estoy desfallecido! Pero hace sol, moriremos si nos da la luz ¿no?

─Poseemos unas glándulas escondidas en varias partes de nuestro cuerpo que con un ligero movimiento muscular, expelen una sustancia lubricante llamada “melis” que nos protege de las radiaciones solares. No hay peligro en estar expuesto a la luz.

─¿Es larga la vida de un vampiro?

─Si comparte un clan, sí, puede ser muy larga. El tiempo para nosotros carece de importancia y “vivir”, a veces, nos resulta aburrido y repetitivo, tanto es así que algunos de mi especie se amargan tan profundamente que se convierten en monstruos horribles, igual de peligrosos para nosotros como para los humanos, los llamados “golem de sangre”.  Después de que te alimentes seguiremos hablando. Si no lo hicieras pronto, tendrías una vida muy corta.

De esta manera y de la mano de Mariel, me vi sumergido en una existencia irreal y terrible, que me alejaba a pasos agigantados de mi perdida humanidad.

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II.-Mis primeras víctimas.-

Salí con Mariel en dirección al centro de la ciudad. Ya pasaba del medio día y un sol de justicia se columpiaba en un cielo sin nubes, intentando freírnos a fuego lento, sin éxito por el momento, mientras caminábamos a buen paso. Era agradable esa sensación de calidez, aunque imaginaba que esta impresión a flor de piel no era real. Me hallaba frío igual que un trozo de hielo y muerto en el más amplio sentido de la palabra, tanto para mí mismo que ya no oía mi corazón, como para los que habían constituido mi mundo anterior.

Cuando alcanzamos la plaza central de Dolorian, poca gente quedaba por esos contornos. Mediada la mañana muchos de ellos se encontraban comiendo en alguno de los restaurantes de la ciudad y otros almorzaban en sus casas. Comenzamos a callejear entre los estrechos pasajes que componían la preciosa ciudad, sin rumbo fijo, donde casitas de piedra de pasados siglos armonizaban con modernas construcciones de acero y cristal. Era una urbe de luz, limpia y alegre.

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Una víctima potencial se materializó ante nosotros al salir de uno de los restaurantes, caminando con parsimonia hacia el aparcamiento más cercano. Mariel, en dos zancadas, la alcanzó para preguntarle la hora. Mientras la mujer miraba su reloj, recibió una buena dosis de aliento adormecedor y, en poco segundos, yacía en el suelo, escondida en un rincón de la calle. Me aproximé a aquella donante forzosa; su olor a sangre caliente me pareció el aroma más delicioso del universo. Noté los colmillos retráctiles ajustándose en mi maxilar, prestos a la mordida. Mariel me indicó la vena palpitante en la que debía hincar mis afilados estiletes. Así lo hice, sin el menor reparo, sorbiendo con fruición el primer trago. El sabroso líquido corrió por mi garganta, activando el estómago y llenándome de una energía sin parangón. Mi mentora me ordenó parar. Seguí chupando esa golosina exquisita sin atender a sus palabras. Un violento empellón me arrojó contra un contenedor de basura, quedando incrustado en su interior. Un poco aturdido al principio, recuperé el raciocinio y miré a Mariel con ojos de perrito apaleado.

            ̶ Cuando te diga que ya basta ¡Dejas de chupar sangre! ¿Me oyes?

            ̶̶¡Si, lo intentaré! Es que apenas te he oído. ¡Tenía tanta hambre!

            ̶ Vamos a practicar con otra persona. Recuerda que no debes estar demasiado hambriento para comer, si esperas mucho entre comidas, causarás la muerte a tu víctima.

Un chaval de unos doce años, salió en ese momento de uno de los portales. Mariel habló con él quedamente. Sopló sobre sus mofletes y el muchacho se desplomó suavemente en la acera. Mi mentora lo cogió en sus brazos y, juntos, nos escondimos en el portal del que el chico había salido. Encontramos un cuarto para los útiles de la limpieza. Allí comencé a alimentarme de aquella nueva víctima. A los pocos segundos mi mentora me dio el alto. Fui capaz, con un esfuerzo enorme, de dejar de comer aquel elixir con sabor a chicle y a locuras de adolescente. Acomodamos al infante en un colchón de sacos de serrín y nos dedicamos a buscar una tercera víctima.

            ̶ ¿Sigues con hambre, verdad?

            ̶¡Si, bastante! Aunque soy capaz de controlarme cuando debo hacerlo.

            ̶ ¡Mira, ese individuo grueso nos puede servir para un buen banquete ̶  Dijo Mariel  ̶ De aquí beberás un litro. Tiene la tensión alta y este “sangrado” le vendrá de perlas, vamos a ello.

Pero ¿cómo sabría Mariel que el hombre tenía la tensión alta?… La vampira me desconcertaba a cada instante. Esta vez me tocó a mí llevar las riendas del acercamiento. Me puse al lado del individuo grueso. Con el pretexto de preguntar por la ubicación de una calle, le eché el aliento. Pero el hombre no se atontó lo más mínimo y comenzó a darme las indicaciones pertinentes, cada vez más extensas, de cómo llegar a la susodicha vía. Además veía en mis ojos un desconcierto tal, que empezó a repetirme nuevamente toda la perorata, punto por punto sin omitir ni una silaba.

            ̶ ¡Oiga joven, tiene sangre en el labio! ¡Debe cuidarse esa herida! ̶ Comentó el hombre grueso con preocupación.

Miré alrededor buscando a mi mentora; había desaparecido. Tuve que dejar marchar a aquel magnífico espécimen, apetecible y delicioso, calle abajo, e intentar llegar hasta Mariel. En mi mapa mental, el punto que la representaba latía muy cerca de donde me hallaba. Di vueltas en todas direcciones sin lograr verla. Unas carcajadas me detuvieron en seco. Miré hacia el cielo y allí estaba, encaramada a una farola de la calle.

            ̶ ¿Por qué no has intervenido? Le he echado el aliento y no se ha dormido; al contrario, creo que le ha estimulado más, a juzgar por su parrafada anterior. No había forma de que se callara.

            ̶ Quería que aprendieses una nueva lección. Algunos humanos son “inmunes” a nuestros poderes. Si hubiera aparecido repentinamente, podría haberle asustado mucho y seguramente barruntaría un ataque. Después vendrían los gritos de auxilio y nuestra fuga a todo gas. Es mejor no exponernos a que grite o se enfade. Tendremos que buscar otra víctima.

Torcí el gesto contrariado y estafado. Ser vampiro era más difícil de lo que yo creía.

            ̶ ¡La vida es dura, chaval! ̶  Comentó Mariel entre carcajadas.

Dimos una vuelta por la orilla del río. Con mis nuevos ojos, encontré los reflejos de la luz extremadamente hermosos. Percibía los colores más tranquilos y menos intensos, pero quizá por ello me parecían más sublimes. Era la hora de la pereza, de que los hombres se tomaran un respiro para comer y después de hacerlo, durmieran una buena siesta. Encontramos a una mujer que se hallaba terminando su almuerzo, tranquilamente sentada a la orilla del río. La madurez teñía su cabello con pinceladas de plata y sus ademanes con cierta dejadez, lo mismo que si el tiempo no tuviera la menor importancia para ella. Recogió los restos de su comida y los guardó parsimoniosamente en una bolsita de cuadros que llevaba para tal fin. Todo en ella era pulcro, elegante y bello. Cerró los ojos y en apenas unos segundos, su respiración indicó que se había dormido. Me acerqué flotando hasta el banco. Me senté a su lado y exhalé mi aliento para sumirla en un sueño más profundo. Acto seguido me apliqué en mi alimentación. Un clic en mi cabeza me indicó que no debía seguir extrayendo más flujo rojo. Me quedé unos momentos admirando aquella cara angelical en la que se asomaba la soledad y la resignación a partes iguales. La mujer exhaló un hondo suspiro y, dejándome atónito, expiró.

Miré horrorizado a Mariel ¡La había matado y no me había dado cuenta!

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            ̶ ¡Tranquilízate Dirian! ¡No has sido tú! Simplemente le ha llegado su hora. Has estado acompañándola hasta el último minuto y eso es hermoso ¿no?

            ̶ Creo que me había encariñado con ella, me recordaba a alguien… ya ves, todavía soy muy humano. Pensé que era el culpable de su muerte.

            ̶ Con el tiempo aprenderás a distinguir a los que están a un paso de la muerte.

            ̶ ¡Tú lo sabías y no me has avisado! ¡Eres…!

            ̶̶ Es parte de la iniciación. Pero lo has hecho muy bien. Has sabido parar a tiempo, ya tienes activada esa pequeña alarma que poseemos cada uno de nosotros, esto supone un gran avance.

Después de varios aperitivos más, mi estómago se hallaba ahíto de chupar aquí y acullá. Lo que más me apetecía en aquellos momentos era, sin duda, estar solo. Debía pensar en todo lo que me había sucedido en las últimas horas. Así se lo comuniqué a mi mentora.

            ̶̶ ¡De acuerdo! Te dejaré solo. Pero ten cuidado para no meterte en problemas. Vuelve antes del anochecer, tienes que terminar tu nutrición con la savia del árbol padre.

En unos segundos la mujer desapareció de mi vista. Seguí vagando por el muelle del río. Encontré una gata que acababa de dar a luz. En cuanto me acerqué comenzó a bufar y a erizarse como una bestia salvaje. Hizo ademán de atacarme aproximándose a mis piernas. Un pescador, atraído por el formidable jaleo de maullidos y bramidos, se acercó al animal para tranquilizarlo.

            ̶ ¡Qué mal carácter se te ha puesto desde que eres mamá, Tigresa! ̶ Y dirigiéndose a mí, comentó: ̶ Suele ser la gata más cariñosa que jamás haya existido. No acostumbra a extrañar a nadie. Siempre busca caricias de la gente. Será el miedo a que le quitemos alguno de sus hijos lo que cambia su comportamiento por completo.

Me encogí de hombros sin decir nada y seguí con mi paseo. Otra lección aprendida, los gatos no toleraban a los vampiros. Y continué andando. Me recorrí la ciudad de lado a lado sin experimentar el menor signo de cansancio. Encaminé mis pasos hacia el parque, pero antes de seguir hacia allí, mis piernas me condujeron hasta la casa de mis padres. Me quedé en la verja blanca del jardín sin atreverme a traspasarla. Unos ladridos alegres me sacaron del ensimismamiento. Bruno, el que fuera mi mascota, se acercó lanzándose en mis brazos. Me lamió toda la cara y con su boca abierta y babeante se quedó mirándome a los ojos, con fascinación, durante unos momentos. De alguna manera me había reconocido ¡Era mi perro! El que había jugado conmigo y escuchado mis penas; quien me acompañó en los castigos y en las meriendas. Siempre había compartido con él chuches, secretos y complicidades. Le abracé con anhelo.

Repentinamente se abrió la puerta de la casa y mi madre salió al jardín:

            ̶̶ ¿En qué puedo servirle, joven?

            ̶ ¡Tiene un hermoso perro! Me recuerda al que tuve cuando era un niño.

La mujer se acercó más a la verja para observarme atentamente. Nos miramos los dos, queriendo recordar un estrecho lazo que hasta hacía poco nos había unido.

            ̶ ¿Vives por aquí, muchacho? Tu cara me resulta familiar.

            ̶ ¡Si, señora! Muy cerca del parque. Paso por esta acera varias veces al día.

En ese instante apareció mi padre.

            ̶ ¿Qué tal chico? ¿Vienes a por el empleo?

            ̶ ¿Qué empleo?

            ̶ Necesitamos un jardinero ¿Te interesa?

            ̶ ¡Ya lo creo!

            ̶ ¿Podrías empezar mañana temprano?

            ̶ ¡Aquí estaré!

Allí los dejé, observando mi retirada, enganchados a una insólita nostalgia, como si hubieran perdido algo muy importante y no supieran el qué.

III.- Dentro del clan de los vampiros.-

Anochecía cuando traspasé la verja del gran jardín. El cuidador me avisó de que en breves instantes iba a cerrar el lugar y las visitas estaban prohibidas a esas horas. Fui muy persuasivo para que me dejara pasar. Bastaron dos simples palabras: -¡Déjeme entrar!- Y el hombre se hizo a un lado, franqueándome el camino lo mismo que un autómata.

Ya no quedaba nadie por allí y, paseando lentamente por la avenida central, me encaminé hacia el gran árbol. El atardecer traía de nuevo una brusca caída de las temperaturas y un viento helador comenzó a soplar con tozudez. Una silueta conocida se materializó justo al pie de la gigantesca picea.

            ̶ ¿Dónde te habías metido? Todo el mundo te está esperando. Eres el acontecimiento más significativo en los últimos tres años, fecha en la que se realizó la última conversión. ¡Vamos!

Antes de que pudiera contestar, Mariel, de un salto, me arrastró al agujero del pino. Volví a gritar igual que la primera vez que intenté meterme dentro del tronco. Sentí el empellón de mi compañera que me introdujo milimétricamente dentro del árbol. Con la inercia que llevaba reboté en una de las paredes y salí proyectado hacia la gran cámara. Aterricé en medio del grupo de vampiros que me recibieron con un espantoso estruendo de carcajadas, pitos y palmas.

            ̶ ¡Mirad a quién tenemos aquí! ¡Ha llegado el becario en forma de boomerang! je, je, je.

Mariel apareció en la estancia en ese preciso momento.

            ̶ ¡Vamos chicos, dejad ya el regodeo! ¡Acordaos de vuestros primeros días!

Poco a poco los ánimo se fueron calmando y mi tutora hizo los honores de presentadora ante mi nueva familia, cediéndome la palabra:

            ̶ Mi nombre es Dirian y he nacido aquí mismo en Dolorian ̶  Dije en alta voz.

            ̶ Yo soy, Fulco,  yo Ada, yo Helio, el caliente…je,je, yo Leo, Berta, Cristal, Brisa, Osian, Paolo, Quin, Mar, Ronda, Uriel, Waldo…

Mi memoria nunca había sido muy buena, sobre todo desde que bebía tanto alcohol, pero en esta ocasión se me quedaron grabados los nombres de mis treinta y nueve compañeros sin el menor esfuerzo.

            ̶ Fulco es el más longevo de todos nosotros. Tiene en su haber dos mil años de existencia ̶ Comentó Mariel con orgullo, señalando al vampiro de la esquina. Aparentaba unos cuarenta años, de pelo ralo y ojos de un intenso y frío azul. Me observó con detenimiento. En sus pupilas dormían millones de recuerdos, dos pozos que era mejor no mirar mucho porque parecían encontrarse al mismo borde de la locura.

            ̶ Espero que te sientas a gusto con nosotros ̶ Comentó con su acento alemán ̶ Eres el más joven e inexperto de todos cuantos hay aquí, por eso, te aconsejo que te fíes de nuestra experiencia. Para ti, nuestra palabra debe ser ley.

            ̶ ¿De dónde eres, Fulco?

            ̶ De Germania, nací cuando los romanos, a las órdenes de César Augusto, ocupaban aquellas tierras.

            ̶ ¿Y cómo llegaste hasta aquí?

            ̶ He viajado mucho, joven Dirian, por todo el mundo. He vivido en multitud de comunidades. Hace unos cien años vine para acá. Los vampiros que tenemos tan larga existencia, nos aburrimos con facilidad, nada nos parece suficientemente atractivo, y esto nos hace sentir desgraciados. Lo mejor en estos casos es cambiar de residencia y de familia. Otro sitio, otros compañeros y otras costumbres. Aquí estoy bien. ¿Y tú, joven Dirian, qué planes tienes?

Contesté con la alegría reflejada en mis ojos, todavía tan humanos.

            ̶ Mañana empiezo a trabajar de jardinero para los que fueron mis padres. Ya es hora de ganar algún dinero, no quiero ser una carga para mi nueva familia.

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Una estruendosa carcajada sacudió a los treinta y nueve habitantes del árbol. Los estuve mirando de hito en hito, no sabiendo cómo interpretar aquella explosión de hilarante burla. Cuando terminaron de reírse, después de un buen rato, Mariel dijo:

            ̶ Los vampiros no necesitamos trabajar. Poseemos un poder de persuasión muy efectivo con los humanos. Por supuesto que vamos de “compras” pero sin dinero ni tarjetas de crédito. Resultamos muy convincentes cuando decimos: “ya está pagado”. Un día de éstos te llevaré al centro comercial cuando salgas de tu empleo. Necesitarás algo más de ropa…Es natural que busques la cercanía de la que fuera tu familia, verás que poco a poco el vínculo que ahora sientes, se desvanecerá para ser reemplazado por otro diferente, mucho más…”cósmico”, que es el que nos une a todos los vampiros.

Después de charlar con unos y otros, llegó la hora del descanso. Varios individuos salieron para alimentarse. Los que permanecimos en la gran sala, nos desnudamos sin sentir el menor asomo de vergüenza, arrimándonos a la pared de madera. La piel reaccionó inmediatamente liberando multitud de “cables” desde la cabeza a los pies, tentáculos que se introdujeron profundamente en la fibra vegetal de nuestro anfitrión.

Entré en contacto con aquel ser vivo, pensativo, solemne y muy viejo. Su mente y la mía se hicieron una, la savia corrió por mis venas y también los recuerdos de aquella picea anciana.  Con una existencia tan dilatada, el árbol había sido  testigo de más de dos mil años de acontecimientos en ese mismo lugar.

Y perdido en esa mente de agua, sol y lluvia, viajé en el tiempo cientos de años atrás, cuando el jardín en el que ahora vivía era un espeso bosque de pinos. Asistí a unos rituales religiosos, junto con una multitud de gentes vestidas con ropajes de algodón y lana de vivos colores, apiñados en un claro de la fronda que usaban como santuario natural. En este lugar reverenciaban a Atacina, la diosa titular y más importante,  que les proporcionaba los bienes materiales. También adoraban a Epona, protectora de los caballos o a Airon, deidad que vivía en las fuentes y cursos de agua.

Sacrificaron un venado de color blanco con cuya sangre regaron unos pequeños árboles que acababan de plantar. Así rendían culto a la diosa madre, creadora de todo y de todos, personificación de la naturaleza y la fecundidad. Cuando la ceremonia tocó a su fin, se retiraron igual que habían llegado, dejando el territorio a los dioses que vivían en los santuarios de las zonas boscosas. Algunos rezagados fueron presa de “los dioses vivos de largos colmillos” que habitaban esos parajes. Los cuerpos sin vida de los atacados se vieron expuestos a los buitres y a otros seres alados, considerados dioses menores y necesarios en aquel territorio, hasta que únicamente quedaron un montón de huesos blancos y limpios.

Seguí a la chusma hasta la ciudad más cercana. No era muy grande pero se encontraba llena, en sus dos vías principales, de construcciones circulares con techo vegetal. Pude observar a los artesanos haciendo cerámica en sus tornos de alfarero, a los herreros fabricando armas de hierro, espadas y lanzas, y también fíbulas de bronce en forma de graciosos caballos, el animal más apreciado, que les acompañaba en la guerra y en el trabajo del campo.

Después los vi morir a manos de los cartagineses que asolaron todo el poblado, acuchillando a los hombres y violando a las mujeres.  Se establecieron en aquel lugar, talando parte de los bosques para hacer empalizadas y guarecer sus destacamentos. Más tarde aparecieron los romanos, luchando a brazo partido con éstos últimos, año tras año, hasta que por fin lograron empujarlos a África, el hogar desde el que habían partido. Los romanos quedaron como dueños y señores de estas tierras.

Dirian despertó. Se notó pletórico de fuerza. Vislumbró la luz del sol colándose a raudales por el hueco del exterior. Se vistió a toda velocidad y salió planeando entre las copas de los árboles. Disfrutaba sumergiéndose en la neblina que lo ocupaba todo, lo mismo que un mar de nata batida. No se entretuvo demasiado, tenía una cita importante, asistir a su primer día de trabajo.

  A las nueve en punto traspasaba la verja tan familiar de su antigua casa; ya se disponía a pulsar el timbre de la puerta cuando algo atrajo su atención. Encima de la mesa del porche, entre unas velas y un revoltijo de conchas marinas se hallaba su libro favorito “Matar a un ruiseñor”. Había leído ese ejemplar unas diez veces. Le gustaba el pueblo de Maycom, donde transcurría el relato, población antigua y golpeada por la crisis, una ciudad sumergida hasta las cejas en la depresión americana. Se reencontró con los entrañables personajes de la historia, escondidos entre las páginas, esperando ser resucitados con la lectura: Atticus, el abogado y hombre de una ética intachable, Jem el hijo mayor y “sabelotodo” ocultando a cada instante la admiración sin límites que sentía por su padre. Luego estaba Calpurnia, la criada de color, educadora de aquellos niños sin madre, y la adorable y terrible Scout, la niña que jugaba a juegos de chicos, en aquellos días de comida escasa, vacaciones estivales y aventuras sin fin.

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─¡Ya estás aquí! ¡Has sido puntual, eso me gusta!

Dejé el libro encima de la mesa con una rapidez inusitada, acto que no pasó inadvertido para mi padre.

            ─¿Has leído este libro?

            ─¡Si, hace algún tiempo! ¡Me gustó mucho!

            ─¡Cógelo como presente por tu primer día de trabajo, muchacho! ¡Es difícil encontrar a un joven que le guste la lectura!

Agarré el libro igual que si fuera el mayor de los tesoros y, con mimo, lo guardé en el bolsillo de mis pantalones. Seguí a mi jefe hasta el cobertizo donde se almacenaban todas las herramientas.

            ─¿Has hecho alguna vez tareas de jardinero?

            ─¡Sí señor, desde que tenía cinco años! Ayudaba a mis padres a todo lo relacionado con plantar, podar y recortar césped. Tengo experiencia.

            ─¡Ya veo! Bueno aquí está el cortacésped, las tijeras podadoras y los sacos de mantillo para repartir por todo el jardín. Si tienes alguna duda pregunta a mi mujer. Yo me voy a trabajar. ¡Qué pases buen día, chico! Por cierto ¿Cuál es tu nombre?

            ─Dirian, señor.

            ─¡Vaya, yo conocí a alguien que llevaba tu nombre!…Hace mucho tiempo de eso.

Y pensativo, mi padre se alejó sumido en recuerdos perdidos.

Me puse manos a la obra, la misma tarea que había hecho antes de caer en brazos del alcohol. El jardín estaba muy descuidado. Mis padres sufrían de ciertos achaques en los huesos que les impedía este tipo de duro trabajo. Corté, podé, cavé y planté un montón de bulbos. Los puse de los colores que a mi madre le gustaban. Cuando se abrieran en primavera, ella estaría horas embelesada en la contemplación de ese milagro natural lleno de color. Para terminar repartí el estiércol cuidadosamente. Trabajaba con esmero como jamás lo había hecho.

            ─¡Eh, joven! ¿Te apetece una limonada?

Asentí de buena gana y me senté en el porche al lado de mi madre.

            ─¡Has trabajado muy duro! El jardín parece otro. Mi marido y yo tenemos la espalda llena de achaques. Los huesos nos juegan malas pasadas y no nos dejan mucho espacio para andar haciendo las tareas de aquí fuera.

            ─Su marido me ha regalado este libro.

            ─¡Ah, vaya, mi preferido!

            ─¡Se lo devuelvo!

          ─¡Ni hablar! Lo que se regala, se da con el corazón y se recibe de igual manera. Espero que disfrutes con él tanto como lo he hecho yo.

Y se quedó mirándome, intentando reunir valor para pedirme algo. La conocía muy bien.

            ─Oiga joven…

            ─Me llamo Dirian.

            ─¡Qué nombre más bonito! Si hubiera tenido un hijo creo que le hubiera llamado así… ¿No entenderás de fontanería, verdad?

Arreglé dos grifos que no paraban de gotear. Descolgué unas cortinas para que “mi madre” las pudiera lavar. Colgué un cuadro que llevaba años anclado detrás de una puerta, cogiendo mugre. Y así se pasó el día. Tuve que simular masticar un bocadillo para que la mujer no se preocupara por mi alimentación. Aun así me trajo un pedazo de tarta de manzana.

Los vampiros podíamos comer cualquier cosa, pero el sabor era nulo a nuestro paladar, igual que deglutir papel engomado. Y además, con la energía invertida en la digestión de esa materia inútil que nuestro organismo rechazaba, se abría nuestro apetito con pujante ferocidad. Pero no importaba hacer el esfuerzo para complacer a la que fuera mi madre.

Antes de marcharme, quedé en regresar en tres días. La mujer parecía encantada de tenerme cerca. Ya hacía planes de las cosas que íbamos a hacer cuando apareciera en mi próximo día de trabajo.

De regreso al parque, la punzada del hambre se hizo insoportable. Como llovido del cielo observé un camión averiado, parado en un recodo del camino, lugar por el que no solía pasar demasiada gente. El conductor, un hombre obeso y grandote, sudaba copiosamente intentando empujar aquella mole. Su cabeza, roja igual que una linterna, relumbraba como si estuviera en llamas. Entendí lo que quería decir Mariel con lo de “tensión alta”. ¡Me pareció un espécimen muy apetitoso!

            ─¿Quiere que le eche una mano?

            ─Sí, gracias. Empuje de ahí, a ver si logramos sacarlo del socavón.

Con un ligero empujón liberé el vehículo de su trampa pringosa y me dirigí hacia el individuo. Una gran barriga se interpuso entre los dos. Le eché el aliento rápidamente y el hombre cayó fulminado al suelo. Lo arrastré debajo del camión y emprendí mi bien ganado almuerzo. Esta vez el “clic” tardó en sonar y me abandoné a succionar como un poseso. El sabor ligeramente salado, exquisito y nutritivo me embargó por completo. Mi estómago rebosaba sangre cuando terminé. Para mi sorpresa el individuo me habló:

            ─¡Qué masaje más agradable! ¡Me ha quitado el horrible dolor de cabeza! ¡Gracias!.

Y cerró los ojos adormilado. Comenzaba a hacer frío ya. Los últimos rayos de sol se escondían en la penumbra. Coloqué al hombre dentro de la cabina del camión. Le di unos cuantos cachetes para espabilarle y así fue capaz de poner el camión en marcha y alejarse lentamente. Esa velada dormiría como un bebé.

Llegué al árbol y la noche se echó encima. Di un brinco para entrar por la oquedad y me llevé un buen porrazo contra la dura corteza. Me costó diez intentos acertar con el salto que me permitió acceder al agujero. Me sentí muy feliz de haberlo conseguido sin ayuda. Me dirigí a la sala común, a “enchufarme” unas horas a la pared vegetal. No vi la sombra que me siguió desde la entrada hasta el recinto, no hasta que apareció Mariel riéndose silenciosamente antes de entrar en el gran salón.

IV.- UNA CHICA ESPECIAL.-

¡Un buen día me enamoré! Sin planearlo ni pensarlo, ocurrió de repente. Me encontraba trabajando en el jardín de los que fueran mis padres antes de convertirme en vampiro y, una cabecita preciosa apareció entre las tablas de la valla del jardín.

            ─¡Eh, oye! ¿Te queda mucho para terminar de cortar el césped? El ruido de la cortadora impide que me concentre.

Paré de inmediato el artilugio y me dirigí hacia la muchacha. Parecía muy joven, su cara en forma de corazón brillaba con un matiz perlado igual que una sutil talla de madona renacentista. Las mejillas sonrosadas y los ojos azules le daban un toque tan candoroso y encantador que daban ganas de comérsela, literalmente.

            ─¿Qué estudias?

            ─Medicina… ¿Hace mucho que trabajas para los Borne?

            ─Unos meses. Nunca te había visto por aquí. ¿Eres nueva en el vecindario?

            ─¡No qué va! He estado estudiando fuera. He conseguido una beca para continuar mi formación cerca de mis padres.

            ─Me llamo Rebeca.

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¡Dios mío! Era la pequeña “Bequi”. La última vez que la había visto llevaba trenzas y un peto vaquero. Siempre estaba incordiando con sus preguntas de niña “sabelotodo”. La metamorfosis de la adolescencia la había convertido en toda una mujer. Me quedé embelesado mirándola.

            ─Soy Dirian, el jardinero, a su servicio majestad─ Mientras decía esto hice una reverencia de lo más formal. Noté su mirada risueña recorriendo mi torso sin camiseta, parándose en cada músculo, emitiendo pequeños sonidos de aprobación.

            ─Dirian ¿eh?…Bueno Dirian, ya que no conozco a mucha gente de mi edad por aquí, me encantaría que tomáramos una cerveza cuando termines tu trabajo… ¡Eso, si estás libre, claro!

            ─¡Por supuesto! Me parece estupendo. ¡Estudia mucho! Luego nos vemos.

La fui a buscar después de acabar con mis múltiples tareas. Había pintado el porche de arriba abajo. Estaba dejando la vieja casa como nueva.

Nos tomamos unas cervezas, paseamos, nos reímos y volvimos a vernos en días sucesivos. Los ojos de Mariel me observaban inquisitivos. A veces la veía pasar cuando estaba trabajando en el jardín, vigilándome. Otras, la encontraba encaramada al tejado de la casa, siguiendo mi labor con curiosidad. Una de las noches en las que regresé más tarde después de acompañar a mi amiga, la vampira me estaba esperando al pie de la guarida arbórea.

            ─¿Qué tal con tu “novia”? ¿Sabe ya que eres un vampiro?

            ─Todavía no se lo he dicho. Pronto se lo contaré, aunque no sé cómo va a reaccionar.

            ─En esta ciudad estamos bastante integrados entre la gente. Sus habitantes saben que estamos aquí, aunque desconocen nuestra madriguera. Es importante que sigan sin ubicar este lugar. No todos los humanos son comprensivos y tolerantes. Hay un grupo de radicales que nos ven solamente como depredadores, seres repulsivos bebedores de sangre humana, monstruos que hay que exterminar. En realidad eso es lo que somos “adictos a su sangre”; sin los hombres no existiríamos.

            ─Estoy seguro de que Rebeca será comprensiva. Le encanta la aventura y las situaciones límite. Y tener una relación con un “chupasangre” lo es.

            ─Dirian, yo ya he pasado por esto varias veces. No quiero desanimarte pero…las relaciones mixtas no funcionan.

            ─Cuando se está enamorado, se hace que la relación camine sorteando todos los problemas. Gracias por preocuparte tanto Mariel y por vigilarme, eres un ángel guardián muy efectivo, te veo a todas horas.

            ─¡Si, es parte de mi trabajo! ¡Me siento responsable! Yo te metí en esto, ya sabes…

            ─Te lo agradezco enormemente. Tenías razón, mi vida era un desastre y estaba echada a perder. Pero ahora veo a mis padres muy a menudo, les hago la vida más fácil y además estoy enamorado… ¿Qué más puedo pedir?

            ─Hablas como un humano pero no olvides que ya no lo eres, ni volverás a serlo jamás. Y ahora vamos dentro.

En el cubil los muchachos se mofaron de mí y de mi nueva relación todo lo que les vino en gana. Supuse que así sería el humor vampírico, amargo, seco y salvaje. Fulco me llevó a un rincón para advertirme:

            ─No te vayas de la lengua y cuentes a tu “nena” donde tenemos el escondrijo… ¡Mucho cuidado, aprendiz!

Los ojos de aquel monstruo fulguraron con una luz rojiza y terrible. En ese instante pensé que no me gustaría ver a Fulco enfadado de verdad.

La primavera fue transcurriendo lenta e inexorablemente. Mi chica se recogió para estudiar con más ahínco, y la veía muy poco. En una de nuestras escasas salidas le confesé mi condición. Tal y como había previsto, este hecho me hizo más irresistible a sus encantadores ojos. Además ya no podía esconder por más tiempo lo que era. Cuando estaba a su lado tenía que hacer terribles esfuerzos para no morderla. Esto me provocaba una reacción inusual, mi cuerpo perdía gravidez, se volvía ligero igual que el aire, y me elevaba sobre el suelo unos cuantos centímetros. En cualquier momento se hubiera dado cuenta de mi rareza. Estaba convencido de que en el amor siempre se debía ir con la verdad por delante.

            ─¡Tienes que llevarme a tu guarida!

            ─¡No puedo! ¡Es secreta!

            ─¡No tanto como tú crees! ¡Sé muy bien dónde se encuentra! Y algunos de mis conocidos también. Es bastante popular por aquí ¿No lo sabías?

            ─¡Llévame hasta allí y veamos si has acertado!

Me cogió de la mano y me arrastró al otro lado de la ciudad. Un sendero solitario conducía al cementerio.

            ─¡Es aquí, lo sé! Mi intuición nunca falla─ Gritó con la ilusión de una niña.

Caminamos entre las tumbas hasta la zona de los panteones. Se paró delante del más viejo. Miré la fecha de construcción que se adivinaba con mucha dificultad. Tenía más de dos siglos y un siniestro halo de lugar maldito. La estructura de piedra granítica era la más grande del entorno, se hallaba negruzca y cubierta aquí y acullá por líquenes y malas hierbas. La verja que impedía el paso se encontraba totalmente enmohecida, medio rota y abierta de par en par. Un olor pútrido salía de aquella boca negra de humedad.

            ─Este es el lugar. Me gustaría mucho entrar contigo. ¿Te he traído al sitio indicado?

No dije una palabra. ¿Para qué quitarle la ilusión? Los ojos le brillaban como ascuas y yo lo único que hacía era flotar igual que una pompa de jabón. Entramos en esa boca tenebrosa iluminada débilmente con la linterna que llevaba Rebeca en el bolso. Los sarcófagos que en su día, se encajaban en los huecos de la pared se hallaban rotos y los restos óseos esparcidos por doquier. En el pecho de la mayoría de los cadáveres se podía ver un trozo de madera clavado en el esternón o en las costillas. Alguien con mucho odio acumulado, había hecho un trabajo espantoso en aquel lugar. Se me revolvieron las tripas y deseé con todas mis fuerzas irme de allí.

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            ─¡Oh, mira eso! ¡Han acabado con todos los vampiros! ¡Te han dejado sin familia! ¡Cuánto lo siento! ¡Echemos un vistazo a las paredes del panteón! ¡Ven, sígueme, a ver si podemos salvar a alguno!

Fuimos observando aquel horror de cráneos aplastados y esqueletos desmembrados. En un rincón, para burlarse con más ahínco de los míos, vimos un esqueleto sentado en una especie de trono. Estaba hecho de trozos de hueso unidos con cinta aislante. En la mano derecha sostenía una tibia a modo de cetro. El cráneo se hallaba coronado por una columna vertebral enrollada sobre sí misma. Mi novia estalló en carcajadas y sacó el móvil para hacer una foto. Dejé de flotar inmediatamente.

            ─¡Les va a encantar a mis “compis” de la “uni” ver al rey de los vampiros. Tienes una familia muy pintoresca.

Y mientras se reía y hacía las fotos desde varios ángulos, sonó un clic en mi cabeza. Exhalé mi aliento sobre ella e inmediatamente cayó desmayada. Apliqué mis colmillos a su yugular y chupé con saña. Seguí haciéndolo aun cuando escuché en mi interior la alarma de que debía parar. Con un esfuerzo sobrehumano y dejando a un lado la decepción, tiré el débil cuerpo de la que fuera mi novia encima del supuesto rey de huesos. Emitió un quejido al darse contra el esqueleto. Borré su memoria y me fui de allí no volviendo la vista atrás ni una vez.

Me encaminé hacia el parque. Aunque aquellos esqueletos no pertenecían a vampiros, ni mucho menos, merecían respeto. ─Si lo hubieran sido no seguirían allí tirados, puesto que un ser de mi condición, en el instante en el que muere se desintegra sin dejar rastro─ .Mi felicidad se había truncado en solo una tarde. ¡Qué efímera era la dicha!

A los pocos días fui a trabajar a la finca de mis padres. Cuando plantaba unas petunias oí a alguien que  me chistó desde la valla del jardín.

            ─¡Eh, oye! ¿Eres nuevo aquí, verdad?

            ─Sí.

            ─¡Vaya! Eres de pocas palabras, ya veo. ¿Te gustaría pasar a mi casa a tomar una cerveza? Cuando termines, claro.

            ─¡No puedo, ya he quedado! Si me disculpas tengo que seguir con mi trabajo.

Me alejé de la preciosa Rebeca que se quedó con la boca abierta. Estaba acostumbrada a conseguir todo y a todos los que quería. Esta vez le salió el tiro por la culata.

Di una vuelta por la ciudad, me apetecía estar solo. Aunque sabía que no muy lejos de mi espalda tenía a mi protectora vigilando mis pasos. Esta vez Mariel se acercó a toda velocidad hasta alcanzarme. Una sombra de preocupación teñía sus bonitos ojos verdes.

            ─Acabamos de recibir un correo urgente. Ha aparecido un “golem de sangre”. El horror se ha desatado.

V.- El golem de sangre.-

Los cuarenta vampiros del árbol del parque nos hallábamos reunidos. Una espantosa amenaza tanto para nosotros como para los humanos se encontraba haciendo terribles estragos en el territorio del clan de los Dacios. Nos hallábamos sentados en la gran sala, con nuestras espaldas apoyadas en la madera de la pared. Podíamos leernos el pensamiento sin dificultad pero el grave asunto requería todas las palabras posibles. Se leyó el mensaje de Dánut, el vampiro más antiguo de la familia de los Cárpatos, que decía lo siguiente:

            ─”La magia que mantenía al “golem de sangre” sujeto bajo el hechizo del sueño de siglos, se ha esfumado. No conocemos la razón por la que ha fallado la magia ancestral. Como consecuencia de la libertad del pavoroso ente, toda una región ha sido devastada esta madrugada sin que hayamos encontrado ningún superviviente. El rastro de cualquier forma de vida, tanto humana, vegetal, animal o vampírica, ha sido exterminado. Seis de nuestros más antiguos miembros del clan han perecido en un encuentro con “el engendro”. Pedimos ayuda a todos los clanes, se avecinan tiempos difíciles. Si no hacemos algo enseguida, todos moriremos sin remisión”.

Después de escuchar estas líneas escalofriantes, mis compañeros se pusieron a discutir unos con otros, enfadados y aterrados. Yo no sabía que los vampiros pudieran mostrarse tan miedosos, pero este asunto les superaba.

Yo les miraba y escuchaba sus viejas historias, pero no sabía ni una palabra sobre el terror ancestral que nos acechaba. Estaba harto de estar callado en un debate que nos incluía a todos, y no vi ningún mal en hacer la siguiente pregunta:

            ─Perdonad mi interrupción, pero no sé qué es ”un golem de sangre” ¿Tan peligroso resulta?

Todos callaron y me miraron con cierto resentimiento. Había detenido sus deliberaciones y se preparaban para machacarme, sobre todo en aquellas circunstancias en las que los ánimos se encontraban soliviantados. Mariel, mi protectora, rauda como el viento vino en mi ayuda:

            ─Han transcurrido pocos meses desde que Dirian ingresó en el grupo. No conoce muchos hechos y leyendas que nos han precedido durante siglos. Deberíamos explicarle el origen de “esta horrible conciencia”, con detenimiento. Sus ideas, precisamente por estar todavía muy cerca de su “humanidad”, quizá nos sean precisas para tomar las decisiones pertinentes.

Y así comenzó la narración, encabezada por Mariel y seguida por las intervenciones de los demás miembros del clan.

            ─”Hace miles de años, en la Europa de los Balcanes existió un vampiro famoso  por hacerse con el título del señorío de un gran territorio. Su fama de inmortalidad y poder se extendió como la pólvora, y cientos de pequeños terratenientes se acercaron a tan insigne dictador para estar bajo su protección y obtener toda clase de prebendas. El caudillo se mostró muy complacido ante la reunión de caballeros de tan rancio abolengo, que se congregaban en sus dominios. Su alegría no era precisamente porque fueran de sangre noble sino por el gran número de hombres que traían con ellos. El vampiro se hartó de sangre fresca perteneciente a los extranjeros durante muchos meses, años y siglos. Los descendientes de aquellos señores siguieron la misma táctica empleada por sus antecesores para obtener toda clase de beneficios, poniendo a disposición de su señor toda la “bebida” que necesitaba para seguir con vida. Cientos de guerreros perecieron bajo los caninos del vampiro.

Pero el tedio, la peor de las enfermedades que puede padecer un “no vivo”, se adueñó de su alma. Esas mentes pequeñas, egoístas y mezquinas le tenían en un estado de hastío crónico. ¡No los soportaba! El territorio le parecía ínfimo, los hombres mediocres, y los otros vampiros que estaban a su servicio, fastidiosos y agoreros. Debía hacer algo enseguida o se volvería loco. Durante días se aisló en lo alto de una torre y no quiso probar una sola gota de sangre. Sus más allegados creyeron que moriría de inanición.”

Siguió Berta narrando:

─“Un buen día salió de su encierro con un apetito feroz y con la solución a su problema. Después de despachar a una docena de súbditos, a los que dejó sin una gota en las venas, mandó excavar un gran agujero, profundo y grande. Cuando estuvo terminado comenzó con la carnicería. Durante meses se dedicó a desangrar a miles de víctimas en aquel pozo insalubre. Los cadáveres se pudrían en grandes montones. Los gusanos campaban a sus anchas por ese territorio de cadáveres y trozos de cuerpos. La piscina se llenó de sangre oscura, espesa y maloliente. El hedor se extendía cientos de kilómetros a la redonda haciendo vomitar a cualquier persona que pasara a una distancia prudencial.

 Después de dar muerte a cada ser vivo que rondaba en las inmediaciones de sus tierras, soldados, clérigos, labradores, mujeres y niños, el ser insaciable y terrible, hizo lo mismo con sus compañeros del clan. Los fue aniquilando poco a poco. Elegía el momento oportuno, justo cuando se estaban alimentando, instantes en los que los “chupasangres” se hallaban más desprotegidos.”

Continuó Osian:

─“En una noche sin luna, oscura y fría como la muerte, Ivnon se quitó los jirones de sus ropas y se sumergió en aquel pozo hediondo, negro y maloliente. Al agitar sus aguas, el fondo de lodo se removió en una gran espiral que arrastró al dictador hasta la parte más profunda del mismo. A través de la oscuridad sintió presencias terribles a su lado. Los dioses antiguos y más poderosos del orbe se hallaban allí, atraídos sin duda por el festín de sangre putrefacta que se hacía notar a descomunales distancias. Todo el horror de estas sombras que se proyectaban ante él, en su más puro estado de maldad, le volvió loco. Sus sesos se licuaron a la par que los ojos saltaban de sus cuencas. Todo su cuerpo, su ser, se sintió aniquilado, derretido en el vientre de aquella poza terrible.

Igual que en un útero espantoso, algo comenzó a gestarse. Cuando las tinieblas ciclópeas y los sonidos ensordecedores cesaron, una sopa espesa, ponzoñosa y burbujeante quedó en el pantanal. La masa vil se hallaba viva y comenzó a moverse fuera del hueco en el que fuera concebida. El fango tomó una forma humanoide para proseguir con una destrucción sistemática allá donde se moviera. El engendro del mal se había gestado con el poder de aquellos dioses cósmicos que fueron atraídos a la tierra, a través de la sangre de miles de víctimas y por la depravación del vampiro más poderoso del orbe. Nada pararía a aquella criatura recién nacida, sería indestructible.”

golem

Como un presagio, las últimas palabras reverberaron dentro de la casa árbol, perdiéndose en ecos de espanto.

            ─Pero algo o alguien logró inmovilizarlo ¿no?─ Seguí con mi razonamiento─ Porque según dice la carta del clan de los Dacios, el hechizo bajo el que estaba el monstruo había dejado de funcionar.

            ─¡Eso es! En la antigüedad existió una raza de magos que se fueron extinguiendo al correr de los siglos. Seres muy poderosos, lo mismo que pequeños dioses, fueron los encargados de doblegar al golem, pero resultaron incapaces en sus intentos de exterminio.

            ─¿Por qué la magia antigua ha dejado de funcionar, justo ahora?

            ─Buena pregunta, joven Dirian─ Exclamó Fulco con vehemencia ─Es lo primero que debemos averiguar. Vamos a conectarnos todos al árbol, investigaremos mejor en conexión con las mentes de nuestros compañeros.

Nos desnudamos y nuestros cuerpos se fundieron con la conciencia arbórea. De inmediato nos hallamos interconectados con miles de vampiros que intentaban hallar una solución para el peligro que acechaba.

Al poco rato me abstraje de tanta cháchara y me desligué de la gente de mi clan para deslizar mi mente entre las raíces de miles de especies vegetales. El humus era un conductor estupendo para llegar a cientos de lugares. Un rugido espantoso resonó en mi cabeza; me había acercado al monstruo sin darme cuenta. Emprendí la retirada pero la curiosidad paralizó este movimiento defensivo. Procuré no pensar en nada y dejar que las imágenes llenaran el pensamiento. Una conciencia tenebrosa y podrida me llenó por completo. Aguanté todo lo que pude para sondear el alcance de tanta acumulación de maldad. En un resquicio de la mente del ser observé algo singular, fui testigo de que el ente era empujado por otras mentes ancestrales que se resguardaban allí, utilizando esa carcasa de poder ilimitado. Sentí un frío terrible y grité tratando de salir de aquello. Mi mente chirrió dolorida. Noté los tentáculos de los vegetales luchando denodadamente, en un intento de rescate desesperado. Con un alarido espeluznante salí despedido de la pared de madera hacia el centro de la gran sala. Mis compañeros seguían conectados a las mentes de los otros clanes. Nadie se había dado cuenta de mi “excursión”.

Me descubrí extraño, como si algo hubiera cambiado en mi interior. La experiencia había sido terrible y seguramente aparecerían secuelas. Intenté no preocuparme por esto y volví a conectarme con los miembros de mi clan.

            ¡No sé qué ha podido fallar! Los ocho magos hicieron sus sortilegios que irían más allá del tiempo.

            ─La magia ancestral se ha roto porque los dioses cósmicos desean una vuelta a este mundo─ Dije con total seguridad.

Todos quedaron en silencio. No se oía ni el crepitar de las raíces de los árboles. Al momento mi mentora contestó:

            ─¿En qué te basas para pensar eso, Dirian?

            ─En mi propia experiencia, los he sentido. He seguido el flujo de mis pensamientos y me han conducido hasta el golem. Le he permitido entrar en mi mente y ahí estaban, escondidos en un resquicio del ser, empujando el barro destructor igual que a un muñeco de cuerda, unos entes cósmicos, llenos de vacío y terror, algo indescriptible. Esperan que el “golem de sangre” produzca la aniquilación, violencia y mezquindad suficientes para abastecer sus almas degeneradas con este combustible de horror. Deben tener hambre. Son vampiros del sufrimiento y del dolor, con ellos se nutren y crecen.

            ─¿No te das cuenta que a través de ti, podrían haber accedido a todos nosotros y habernos barrido de un plumazo? ¡Eres un irresponsable! ¡Debería aniquilarte inmediatamente─ Gritó Fulco enfadado.

            ─¡No lo harás porque tiene sentido todo lo que ha narrado! Además si los entes cósmicos hubieran hallado algún resquicio por el que colarse hacia nosotros, estaríamos todos muertos. Ha sabido protegerse muy bien─ Contestó Mariel. Todos se mostraron de acuerdo.

            ─Como primer paso, habría que cerrar el acceso a este universo a esos “vampiros galácticos”. Después nos encargaríamos del golem─ Dije intentando no demostrar temor ante los ojos de Fulco que parecían dos carbones al rojo.

            ─Debemos consultar los grandes libros para hallar esta sabiduría ancestral de los antiguos magos y de la que carecemos los vampiros.

Nos desconectamos del árbol y Fulco dijo:

            ─Prepárate para partir joven Dirian. Tú, Mariel y yo nos vamos de viaje.

            ─¿No deberían ir los más antiguos?

            ─¡No! Existen tres poderosas razones para que seamos nosotros los encargados de esta misión: la primera que todos conocéis, soy el vampiro más viejo de aquí; la segunda, Mariel es la tutora y responsable del muchacho y la tercera, es sin duda la más importante: Dirian es el único que los ha visto y sigue vivo.

El Libro de las cinco Puertas.-

En menos de dos horas nos encontrábamos a bordo de un avión con destino a Luxor. Fulco apenas hablaba, encontrándose totalmente abstraído. Tanto Mariel como yo, desesperados ante su silencio, nos conectamos a su mente. Un caos de pensamiento nos absorbió. Cientos de imágenes volaban por doquier, entre ellas, pude distinguir las altísimas cordilleras del Tibet junto con las pirámides de Gizeh, en pensamientos superpuestos a velocidad de locura.

            ─¡Fulco! ¿Qué buscamos en Egipto, un libro quizá?… ¿Tal vez el Necronomicón del “árabe loco” Abdul Alhazred?─ Los pensamientos del viejo vampiro se tranquilizaron unos momentos y logré captar su atención.

            ─No se trata del Necronomicón. Es algo mucho más antiguo que ese libro─ Y se quedó unos instantes pensativo antes de continuar ─¡Lo hallaremos en el país de las pirámides, de la esfinge, de los antiguos dioses, donde habitaron los mayores magos que existieron en la historia de la humanidad! Sus estudios y secretos no los plasmaron en libros de papel, sino en las paredes de muchos de los ancestrales enterramientos de los primeros faraones.

            ─¡Eso es como buscar una aguja en un pajar! ¿Debemos visitar “todas las tumbas”? ¡Es un trabajo imposible!

            ─Ten en cuenta “joven Dirian” que he vivido, leído y escuchado historias y leyendas durante dos mil años de mi existencia. ¡Sé muy bien en qué tumba debemos mirar!

Me fulminó con sus ojos amarillos y seguidamente se sumió en el mar agitado de sus ideas. Mariel y yo cruzamos una mirada de resignación. No había nada que hacer hasta que el avión aterrizase.

Tomamos tierra bien entrada la tarde. No perdimos mucho tiempo en las colas de las aduanas. Fulco sabía resultar muy persuasivo con el enjambre de funcionarios que pululaban por allí. Alquilamos un taxi que nos condujo hacia el Valle de los Reyes. Cuando alcanzamos nuestro objetivo, acababan de cerrar el acceso a las visitas. Dos vigilantes apostados en la puerta, enarbolando sendos fusiles de asalto, nos indicaron que no nos acercásemos más. Fulco, durante unos breves instantes, los miró atentamente con una intensidad inusitada. Los hombres, igual que autómatas se dispusieron a franquearnos la entrada sin emitir la menor protesta.

            ─¡Eh, Fulco! ¡Siempre persuadiendo al personal en tiempo record! ─ Gritó alguien detrás de nosotros.

Nos volvimos sorprendidos para encontrarnos con un nutrido grupo de turistas, comandados por varios guías, pálidos como la luna.

            ─¡Vaya, vaya a quien tenemos aquí! ¡Los chupasangres de las tumbas!

Los turistas nos observaron con atención mientras intercambiábamos saludos y demás cortesías.

            ─¿Cómo va el negocio?─ Preguntó Fulco con una sonrisa llena de sarcasmo.

            ─¡Estupendamente! Nuestros gentiles acompañantes pasarán la velada en la tumba de Tutankamón. Esperan ver su espíritu y sacar unas fotografías esplendorosas de fantasmas y demás.

            ─¡Seguro que verán todo lo que les hayáis prometido! Y pagarán un precio muy alto por ello ¿verdad? ¿Unos cuantos litros de…sangre?

            ─¡Por supuesto! ¡Son nuestra cena! Hay que mimarlos. Si os apetece apuntaros al evento, seréis bien recibidos.

            ─¡Gracias, pero lo dejaremos para otra ocasión! Nos trae otro asunto muy urgente que no admite demora. ¡Buen provecho!

Los turistas, temblando de emoción y temor, se alejaron en pos de sus guías. Fulco, con paso seguro, denotando que conocía de sobre el camino, nos condujo hasta la tumba KV57. Antes de entrar en aquel agujero, vi las últimas luces del alba escondiéndose detrás de Meretseger, la colina tebana, “la que ama el silencio”, rematada en su cima por una pirámide natural.

libro de los muertos

El enterramiento presentaba porciones de su estructura inacabadas. Al ser de la dinastía XVIII, muy antigua, parte de los colores de las paredes se hallaban bastante deteriorados. Bajamos una escalera y exploramos tres corredores hasta alcanzar una antecámara y una sala hipóstila. Fulco nos guio por un pasillo lateral que desembocaba en la cámara funeraria. Dentro ya de la misma, siguiendo las indicaciones del anciano vampiro, pudimos admirar las representaciones de varios dioses, entre los que observamos la presencia del faraón Horemheb, anfitrión y dueño del enterramiento. Continuamos admirando los adornados muros llenos de bajorrelieves del Libro de las Puertas.

Anubis, dios de los muertos, de la necropolis

            ─¡Esto es lo que hemos venido a leer! Los fragmentos del Libro de las Puertas. Como podéis ver no es un “libro” al uso. En esta tumba se comenzó a representar por primera vez “las hojas que componen el libro”. Es, sin duda, algo parecido a una “primera edición de la época”. Luego, en años posteriores, su influencia se extendió a otros enterramientos.

Dicho lo cual comenzó a estudiar cada signo y representación minuciosamente. Mi mentora y yo guardamos silencio respetuosamente mientras el cerebro del vampiro se concentraba en aquel arduo trabajo.

Transcurrieron unas tres horas antes de que Fulco volviera a dirigirnos la palabra. Mientras él estuvo en ese trance, Mariel se dio una vuelta por toda la tumba, era un ser tan bello como inquieto y suponía un suplicio terrible estar esperando a que el vampiro terminara de hacer su estudio.

─¡Estaré cerca por si me necesitáis!─ Dicho lo cual desapareció por uno de los corredores.

 Sin decir una palabra, me senté en el suelo contra una de las paredes bellamente labradas. Algo ocurrió, insólito sin duda, porque un instante después, los tentáculos que solían salir cuando me encontraba en contacto con el árbol que nos servía de morada, hicieron su aparición a través de mi camisa. Se clavaron en la roca y de inmediato me vi arrastrado hacia el alma pétrea que componía el enterramiento. El frío de la piedra no me afectó, pero he de decir que era muy distinto el contacto mental con la roca; prefería el del árbol, sin lugar a dudas, pero aquí no había elección. La pared quería comunicarme algo. Uní mi mente a aquella memoria pétrea y vi correr los siglos hasta el momento en el que la tumba fue construida. Siete personajes vestidos de ropajes muy ricos, confeccionados con el más fino y puro algodón blanco, adornados en cuellos y mangas de bordados de oro y pedrería, irrumpieron en el recinto, todavía vacío de cualquier representación pictórica. Entonaban unos cánticos con voz solemne. Supe que eran sacerdotes, los magos de aquellos antiguos tiempos. Con unos trozos de carbón escribieron varias fórmulas en una de las paredes de la cámara donde se alojaría el cuerpo del faraón.

            ─Debemos asegurarnos que las puertas que separan los dos universos, se puedan cerrar desde el que habitamos. El espíritu de Amenhotep debe poder moverse con libertad, pero también con la seguridad de que por esas aberturas no se cuelen los dioses tenebrosos. Hemos de construir cerraduras para ser accionadas cuando la amenaza se materialice.

Después de escribir unos cuantos jeroglíficos, repitieron en alta voz aquello que habían escrito.

            La Puerta del Fuego se cerrará cuando la llama del candil se apague en el ocaso mientras se recitan las siguientes palabras: “Con el humo de este último fuego se borrará el umbral de esta puerta, quedando cerrada para toda la eternidad”

Después siguieron así:

            ─La Puerta del Agua se clausurará al cantar en alta voz mientras se arrojan cuatro dedos del líquido ancestral: “Agua, fuente de vida, de frescor, de resurgimiento, aumenta tu poder para ser también un poderoso instrumento para destruir este paso para siempre”

Las calvas rasuradas de los hombres relucían al fuego de las velas mientras seguían con su trabajo incansablemente, llenando las paredes de cientos de signos.

            ─La Puerta de la Tierra se condenará, cuando se grite con voz potente mientras se está postrado en la tierra: ¡Tiembla tierra feroz! ¡Enseña tus colmillos de cólera! ¡Destruye esta entrada, impide que los que no son tus hijos penetren en ti y te corrompan!

Los magos permanecieron trabajando incansablemente. Su magia era muy poderosa, tanto para abrir puertas al cosmos como para destruirlas.

            ─La Puerta del Aire se evaporará cuando un viento inusual, creado por la mano del hombre, sople con tal fuerza que estas palabras queden ahogadas en él: “Fuerza arrolladora borra este umbral con tu boca de viento, como si nunca hubiera existido”.

El último trozo de pared que quedaba libre, fue cubierto de caracteres en un santiamén, mientras los sabios decían:

            ─Ésta es la última puerta, la del Amor, la más fácil de abrir y más difícil de cerrar. La destruirán solo los enamorados de corazón de plata, los que unan sus destinos para siempre, los que estén preparados para morir el uno por el otro: “Nuestro amor vivirá para siempre con la misma fuerza que destruirá este último pórtico”.

Inmediatamente recuperé la conciencia. Los tentáculos volvieron a retraerse debajo de la camisa. Aturdido observé como Fulco, agotado, se dejaba caer en el suelo. Mariel apareció en la cámara:

            ─¿Has logrado averiguar algo?─ Preguntó la mujer dirigiéndose al anciano.

            ─Tenemos que destruir cinco puertas, las mismas que se abrieron hace miles de años para que los espíritus de algunas personas circularan entre dos mundos. En esta tumba seremos capaces de cerrar cuatro de ellas, pero la quinta no sé dónde puede estar.

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            ─¡Yo sí!─ Contesté sin poderme contener. El vampiro me miró con fastidio en un primer momento y luego con asombro.

            ─¡Tú has estado allí! ¡Sabes el camino! Lo que desconoces son las fórmulas para clausurar esa abertura del cosmos.

Suspiré hondo antes de contarles mi nueva experiencia. Parecía el “listillo” del grupo, y esa sensación no me gustaba nada, ni a mis compañeros tampoco. Fui desgranando la vivencia, repitiendo cada palabra y acción de los sacerdotes con todo lujo de detalles. Cuando acabé, esta vez no hallé ira en la mirada de Fulco, sino un sincero deje de admiración.

Cerrando las puertas del éter.-

Agotados y hambrientos, dejamos el enterramiento de Horemheb y nos dirigimos al exterior para ir en busca de los vampiros que se habían llevado al numeroso grupo de turistas. Necesitábamos comer con urgencia, y qué mejor forma de hacerlo que aprovechar la apetecible sangre fresca que se nos servía en bandeja.  Nos hallábamos al límite de nuestras fuerzas y aún  tuvimos que recorrer la distancia caminando, ni siquiera nos quedaban fuerzas para un último vuelo.

Cuando aparecimos en la tumba de Tutankamon más conocido como“Tut-ang-Aton”, “imagen viva de Atón”, un faraón que sólo vivió 9 años de reinado, nos quedamos boquiabiertos. El enterramiento no era muy grande, el monarca murió muy joven y no tenía preparado todavía su “lugar para el más allá”, así que tuvieron que improvisar y ubicarle en esta pequeña tumba. Enseguida llegamos a la cuarta sala, la del sarcófago, y hallamos al gran grupo de extranjeros tirados en el suelo, amontonados unos encima de otros en un gran charco de sangre. Al acercarnos vimos la razón de aquella marea roja, uno de los vampiros había reventado de tanto comer y se retorcía de dolor entre las carcajadas de sus compañeros.

            ─¡Ayudadle inmediatamente!─ Gritó Fulco con toda la autoridad de sus 2000 años de antigüedad.

            ─¡Es que es tan divertido ver a este tragón obtener su merecido! Ja, ja, ja ¡Vaya, al fin te has decidido a aceptar nuestra invitación! ¡Pues llegas tarde!─ El vampiro siguió riéndose.

Los tres nos acercamos al herido que aullaba en medio de terribles dolores. Fulco sacó una aguja e hilo de un pequeño bolsillo de su chaqueta y comenzó a coser el estómago del vampiro mientras sus compañeros le sujetaban. Cuando terminó aplicó sus manos sobre el costurón y comenzó el proceso de cicatrización. Tuvo que interrumpir su trabajo a la mitad pues la debilidad hacía que sus manos temblasen descontroladas. Uno de los  compañeros siguió con la tarea mientras nosotros tres buscábamos a las víctimas idóneas para alimentarnos. Encontramos seis que todavía no habían sido succionadas, las demás se hallaban vacías hasta el agotamiento. Nos las repartimos y bebimos grandes y suculentos tragos de sangre caliente. Cuando estuvimos satisfechos, que no ahítos, dejamos a las víctimas roncando tranquilamente. Observamos que la mayoría de los turistas se hallaban al borde del colapso.

            ─Pero ¿Es que no os han enseñado vuestros mentores a pasar lo más desapercibidos posibles en el entorno en el que vivís? Si mueren, mañana esto estará lleno de policías y será difícil terminar nuestro trabajo. ¿Qué pensabais, inconscientes?

            ─¡Solo queríamos divertirnos un rato!

            ─¿Habéis traído bocadillos y bebidas?

            ─¡Por supuesto, ahí están, en la bolsa! Nuestro plan consistía en despertarles antes del amanecer para que se recuperaran de sus “pérdidas”.

            ─¡Hacedlo ya y que coman o no sobrevivirán al nuevo día!

El vampiro herido se encontraba casi totalmente restablecido. Cuando abandonamos el lugar los turistas, al fin, habían recuperado la consciencia, y hacían ímprobos esfuerzos por masticar sus bocadillos correosos.

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Salimos volando del recinto y nos dirigimos al bazar Jan -el- Jalili, en el corazón de El Cairo. Algunos comerciantes habían comenzado a abrir sus tiendas. Teníamos que adquirir todos los materiales necesarios para impedir que los dioses vampiros del cosmos, inhumanos, crueles y horribles, tuvieran más accesos del que ya disponían con el golem de sangre. No habían aprovechado todavía las puertas restantes, abiertas de par en par por aquellos antiguos sacerdotes, por la sencilla razón de que necesitaban a alguien que les sirviera de vehículo, un anfitrión para penetrar en nuestra realidad. Por el momento, solo les había servido el depravado Ivnón. Pero que hallaran a más monstruos, era solo cuestión de tiempo.

Encontramos la vela para el encantamiento de la Puerta de Fuego, el recipiente para llevar líquido, nombrado en los versos concernientes a La Puerta del Agua, y un ventilador al que se le podía acoplar un transformador, que serviría para clausurar la Puerta del Viento. Debíamos hacer tiempo hasta el momento en el que el sol estuviera a punto de ocultarse, detrás de la gran montaña, instante que retornaríamos a la tumba de Horemheb, para acabar nuestro trabajo.

Dimos vueltas por el mercadillo que ya bullía de gente autóctona y turistas de varias nacionalidades. Le regalé un chal a Mariel que, risueña igual que una niña, se lo puso envolviéndose la cabeza. Resultaba cautivadora con su tez blanca como el alabastro y esos ojos oscuros y sabios moviéndose inquietos, viejos y, a veces, inocentes.

Probamos un montón de especias de todos los colores imaginables, que se esparcían por el ambiente en sutiles nubecillas de olor. La única que nos deleitó porque le encontramos algo de sabor, tarea imposible para un vampiro, fue la canela. Nos entretuvimos en chupar los palitos fragantes uno tras otro hasta que se nos deshacían en la boca. Fulco nos observaba malhumorado. Yo le vigilaba por el rabillo del ojo mientras pensaba que si envejecer significaba volverse irritable e intratable, me resistiría todo lo que pudiera. El viejo vampiro leyó mi pensamiento y sus ojos fulguraron con más enfado. Puse cuidado con lo que dejaba “traslucir” en mi cabeza porque mis compañeros leían cada palabra de mis pensamientos. Miré alarmado a Muriel, ella seguro que había visualizado mi comentario de admiración. Si no hubiese sido un vampiro, en ese instante me hubiese ruborizado hasta las orejas…Puse barreras mentales inmediatamente para no resultar tan traslúcido.

            ─Debemos comer más, aunque no estemos aún hambrientos. A saber con qué dificultades vamos a bregar─ Comento Mariel dirigiéndome una sonrisa burlona.

            ─Ayer aprendiste otra lección, Dirian. No debemos llenar nuestros estómagos excesivamente puesto que puede ocurrir lo que viste, que estallen en mil pedazos. Aunque no nos causa la muerte, el dolor es horrible, lo sé por experiencia. Te aconsejo que bebas siempre con mesura─ Comentó Mariel metida muy en su papel de “maestra”.

Nos apostamos en un callejón estrecho, en el que apenas pasaba nadie. Las pocas personas que lo hicieron, retornaron a sus quehaceres pesando bastante menos.

Un perro nos comenzó a seguir. Aunque estaba sucio, tenía unos luminosos ojos color miel. Me pareció tan simpático que lo adopté. No era muy grande y debajo de toda aquella mugre, debía esconderse un pelaje precioso. Compre una pastilla de jabón y me dirigí a una de las fuentes que había en la calle. Comencé a enjabonar al chucho que se dejó hacer sin protestar. Fulco suspiró exasperado.

            ─¡Tendrás que dejarle cuando nos vayamos de aquí!

            ─¡No lo abandonaré! ¡Me lo llevaré allá donde vaya!

            ─Los vampiros no tenemos mascotas. No las necesitamos ni tú tampoco.

            ─Bueno, seré un vampiro con perro.

            ─¡Eres demasiado humano para mi gusto! Me dan ganas de darte un buen mordisco.

            ─¡Y tú eres demasiado agrio y protestón para ser un viejo vampiro!

            ─¡Basta ya!─ Dijo Mariel muy seria ─Parecéis parvulitos. Fulco, déjale que sea feliz. Ya decidirá si tiene que dejar al perro o no. ¡Es mayorcito!

La tarde fue avanzando y nos encaminamos hacia el Valle de los Reyes. Metí al perro en mi cazadora. Olía divinamente a lilas después del baño. Dejé unos centímetros de la cremallera bajada para que el bicho respirase. Era precioso, cubierto de un pelaje negro ensortijado y brillante. Estaba muy bien educado porque no ladraba, apenas emitía unos bramidos sordos cuando algún desconocido se acercaba a nosotros. Llegamos sin dificultad al enterramiento donde haríamos las ceremonias. Vimos que el sol estaba a punto de ponerse en el horizonte y emprendimos el camino de bajada a la cámara del sarcófago del faraón Horemheb.

Sentados en la cámara del sepulcro, comenzamos con las ceremonias ancestrales. Encendí la vela y el vozarrón de Fulco llenó cada rincón del recinto cuando dijo: “Con el humo de este último fuego─ Ahí apagué la vela, siguiendo las indicaciones  de los magos ancestrales ─ Se borrará el umbral de esta puerta, quedando cerrada para toda la eternidad”.

Repentinamente un espantoso rugido resonó en la cámara mientras ésta temblaba sacudida por unas fuerzas invisibles. Los aullidos de frustración dejaron de oírse cuando la sala dejó de temblar. La Puerta de Fuego había quedado clausurada.

Con el recipiente lleno con cuatro dedos de agua, siguiendo la antigua medida egipcia, Fulco se dispuso a acometer el siguiente hechizo mientras Muriel arrojaba el líquido al suelo:

─“Agua, fuente de vida, de frescor, de resurgimiento, aumenta tu poder para ser también un poderoso instrumento para destruir este paso para siempre”

Antes de que terminara la última palabra sentí una presencia que me tanteó casi físicamente. Oí el gruñido del perro, ronco y fuerte. En una fracción de segundo un tentáculo con garras se materializó y me enganchó de un brazo. Comenzó a arrastrarme hacia un agujero invisible que cada vez se hacía más pequeño. El perro atacó aquella cosa con ferocidad impidiendo que me llevara con ella. El chasquido de la Puerta de Agua cerrándose, partió ese miembro horrible dejándolo enganchado a mi cazadora. Aparté el perro de allí, no fuera que aquel miembro pudiera meterse, de alguna manera, dentro de mi mascota. Dejé caer “el miembro” al suelo. Fulco encendió fuego e intentó quemar la garra. No hubo forma. Dejamos al viejo vampiro vigilando ese trozo de “ente” asqueroso y nos dirigimos a buscar una caja para encerrar la extremidad cercenada. Hallamos una jaula de pájaros muy antigua, pero en perfecto estado de uso. Enjaulamos aquella cosa, ayudándonos de varios palos, evitando en todo momento entrar en contacto con ella. Cogí al perrito y le examiné la boca; con una potente bocanada de aire le limpié cualquier rastro que hubiera quedado entre los dientes del can. Después le volví a poner dentro de mi  cazadora.

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Seguimos con la ceremonia de clausura de la tercera puerta, la de la Tierra. Nos tumbamos los tres en el suelo, boca abajo, puse especial cuidado en no aplastar al perro que nos miraba con curiosidad:

            ─”¡Tiembla tierra feroz! ¡Enseña tus colmillos de cólera! ¡Destruye esta entrada, impide que los que no son tus hijos penetren en ti y te corrompan!

La sala comenzó a sufrir un seísmo muy violento. Algunos trozos del techo cayeron sobre nosotros. Si aquello se derrumbaba pereceríamos sin remedio. Esta vez los gritos inhumanos se escucharon muy lejanos, como si aquellos seres no estuvieran cerca de la puerta que se acababa de cerrar.

Pasamos al último hechizo, el correspondiente a la Puerta del Aire. Fulco se había quedado sin energía, tal era el esfuerzo requerido en pronunciar los encantamientos. Esta vez fue Mariel la encargada de repetir las palabras de poder, mientras Fulco y yo encendíamos el ventilador a toda potencia:

            ─“Fuerza arrolladora borra este umbral con tu boca de viento, como si nunca hubiera existido”.

Las palabras de mi compañera quedaron sepultadas en el ruido del aire del gran ventilador que teníamos funcionando. Repentinamente un pico gigantesco, de más de un metro se coló por la ranura que se cerraba ya, intentando ensartarnos y tragarnos. Tuvo que desistir en su intento asesino y desapareció con el último resquicio de aquel universo.

Todos respiramos profundamente, incluso el perro.

Parte de la tarea se encontraba acabada, pero aún quedaba la más ardua, cerrar la última puerta, la del Amor.

Los candidatos vampiros.-

Regresamos a casa en el primer vuelo de la mañana. El perro iba a mi lado en una pequeña jaula de viaje. Mariel sonreía con cierta ironía cuando me observaba hablar con mi nuevo compañero.

            ─Amiguito, qué bien te estas portando. Tendré que buscar un nombre para ti.

El perro me miró con ternura y al hacerlo un apelativo apareció rutilante en mi cabeza: “Upuat”. Sin duda era egipcio y tenía un poderoso sonido al pronunciarlo, pero no sabía muy bien si me lo acababa de inventar o correspondía a algún ser conocido.

            ─Escucha Fulco. Como eres el que más ha vivido de los tres, tal vez te suene de algo el nombre que le acabo de poner a mi perro, “Upuat”.

            ─¡Claro que sé muy bien de quién se trata! Corresponde a un dios egipcio que fue muy venerado en Abidos, en el Alto Egipto. Según la vieja mitología acompañó a Osiris, como guerrero, en su viaje a tierras remotas. Era invocado por los soldados para que los protegiese en la lucha y les ayudara a abrir caminos donde no existían, igual que lo hacía en la barca solar de Ra, cada amanecer, y con los muertos en el inframundo. ¿Por qué has elegido ese nombre?

            ─¡No lo sé! De repente apareció en mi cabeza. Por lo que has dicho representa a un ser poderoso, luchador y protector. ¡Eso me gusta! A ti también ¿Verdad Upuat?

El perro demostró su alegría con sordos gruñidos de satisfacción. Poseía un protector perruno, me encantaba esta idea.

Llegamos a nuestra morada bien pasada la tarde. Los del clan nos dieron la bienvenida y nos contaron un resumen de las últimas noticias sobre el golem de sangre. No eran nada buenas. Decidimos conectarnos todos juntos de inmediato, a nuestro querido guardián y protector, el gran árbol del parque, fiel transmisor de los pensamientos vampíricos.

Nos quitamos la ropa, pusimos las espaldas contra la cálida corteza y enseguida entramos en conexión con aquel ser que se fundía con cada uno de nosotros. Reconocí lo mucho que le había echado de menos en los días de viaje. En un instante, viajamos a la zona de los Cárpatos, entrando en contacto con uno de los clanes más importantes que habitaban esas montañas, el de los Dacios. Nos pusieron al día de los últimos pormenores sobre la extinción de la vida en cientos de kilómetros a la redonda.

            ─El golem a su paso va dejando la tierra yerma, igual que un desierto. Pero hemos detectado que en las extensas zonas en las que solo queda polvo, han surgido una especie de esferas ovoides del tamaño de un elefante. No sabemos lo que contendrán en su interior porque cuando nos hemos acercado a una de ellas, una descarga eléctrica descomunal nos ha derribado. Imagino que esta desolación sirve de cuna para el  nacimiento de “otros entes” que ayudarán a convertir nuestro mundo en un lugar baldío. Conocemos de sobra vuestras hazañas al cerrar cuatro de las cinco puertas del cosmos. Debemos buscar una solución para deshacernos de “los huevos” y cerrar la última puerta. Han venido varios grupos de diversos clanes para enfrentarse al monstruo. Todos han sido exterminados. Tenemos que luchar de otra manera, debe existir un modo que resulte más efectivo.

Cuando nos desconectamos comenzamos a hablar entre nosotros.

            ─Creo que deberíamos probar con armas nucleares─ Dijo Oriol.

            ─Pienso que tampoco les haríamos ni un rasguño─ Contestó Fulco.

            ─Deberíamos atacar su mente con todas las nuestras unidas como si fuera una sola.

            ─Sí, podría ser el camino, pero falta algo. Según los hechiceros que abrieron el umbral, solo los enamorados, de corazón de plata que unan su destino para siempre y estén dispuestos a morir el uno por el otro, serán los encargados de destruir la puerta. Imagino que tendría que ser una pareja enamorada ¿Conocéis alguna que no les importe morir en esta empresa?

Se hizo el silencio más absoluto mientras las cabezas de todos los reunidos se afanaban en buscar  a alguien con esas características.

            ─Quedan descartados los mortales, son más débiles tanto física como mentalmente. Conozco a una pareja de vampiros homosexuales que llevan juntos desde hace siglos. Se los sigue viendo muy enamorados. Tal vez estén dispuestos a realizar esta gran cruzada. Viven en París. Habría que ir a hablar con ellos.

Fulco asintió con la cabeza y fijó sus  ojos centelleantes en los míos.

            ─Volvemos a viajar, chicos─ Nos advirtió Fulco ─ Esta vez iremos una decena de nuestro clan. No sé cuándo regresaremos a nuestro hogar, y si lo haremos alguna vez. La lucha es ya a muerte. Tenemos que hallar a los enamorados para que salven este planeta de su destrucción.

Visité a los que habían sido mis padres, sentía cierto apego por aquella pareja de ancianos. Me abrazaron igual que si fuera de la familia. Los encontré más viejos y acobardados. Arreglé el jardín, una tubería a punto de saltar, dos enchufes rotos y puse bombillas nuevas en las lámparas de toda la casa. En poco rato les hice la vida un poco más cómoda. Todavía notaba el nexo de pertenencia a esa familia como algo tangible, con lo cual las tareas las realizaba de mil amores. Los vi felices durante este rato. Eso era lo importante.

Al día siguiente, salimos para París. Encontramos al Clan de los Bois de Boulogne, refugiados en su cubil, las catacumbas parisinas. Accedimos a ellas por uno de los túneles del metro. Estaban constituidas por una muralla realizada en su totalidad con los huesos de seis millones de parisinos, formando una red subterránea de unos trescientos kilómetros. Si hubiera sido humano seguramente lo encontraría espeluznante pero como vampiro, lo hallé curioso, incluso íntimo.

Al fin conocimos a los dos enamorados, Polin y Marcel, sentado uno junto al otro, unidos por un invisible cordón umbilical. Sabían de nuestras últimas andanzas y observaron atentamente cada movimiento y frase con gran admiración. Nos sentamos a su lado y les explicamos con detalle en qué consistiría la misión. Al llegar al capítulo en el que “ellos” eran los elegidos como la pareja estrella para el trabajo, comenzaron a cambiar de color, cosa bastante curiosa para un vampiro. Se pusieron verdes igual que las esmeraldas y más tarde, rojos como el fuego.

            ─Yo os acompañaré─ Dije intentando infundirles un valor que no aparecía por ningún lado. Se cogieron de las manos y se negaron a moverse del lugar. Tenían un terror irracional a que uno de los dos muriera. Los candidatos no nos servían, el terror los bloqueaba con tan solo pensar en el peligro. Tendríamos que continuar con la búsqueda.

Se celebró una gran reunión en la que aparecieron algunas parejas voluntarias. La mayoría eran tan ancianos que sus movimientos se hallaban terriblemente anquilosados. Los más jóvenes, guerreros avezados, con ganas de aventuras, después de mucho hablar, no estaban dispuestos a dar la vida por su pareja si se presentaba el caso. Eso fue motivo para que dos pares de vampiros separaran sus caminos definitivamente.

            ─Resulta un tanto chocante que en Paris, ciudad por excelencia del romanticismo, no podamos hallar dos personas tan enamoradas que estén dispuestas a morir la una por la otra.

            ─Creo que si me enamorara, lo daría todo por mi chica─ Dije con total convicción. Mariel me miró algo perpleja y llena de curiosidad.

            ─No nos queda más remedio que ir visitando clanes por doquier─ Comentó Fulco asumiendo su papel de líder  del grupo.

Viajamos inmediatamente para Alemania. Allí ocurrió casi lo mismo que en Paris. Los vampiros que podían, no querían morir o viceversa.

Salí a pasear y alimentarme con Mariel. Hacía tiempo que no me daba consejos de profesora. Nos hallábamos ya en la fase de compañeros. Adivinábamos lo que uno quería decir antes de pronunciarlo. Nos amoldábamos cada vez mejor el uno al otro.

En plena tarea de búsqueda de candidatos para cenar, encontré una víctima perfecta. Grande, oronda, con una salud excelente, una mujer que despedía un aroma maravilloso a sangre caliente y a canela. Upuat emitió un gruñido aprobatorio. Se había convertido en todo un cazador. El can atraía con sus gracias a numerosos individuos para que pudiera alimentarme. Era muy inteligente. Éste fue el caso. La señora se acercó para decir monerías al perro, quedando dormida bajo mi aliento. Inmediatamente llamé a Mariel que se hallaba a poca distancia de mí, acechando su comida. Le ofrecí el presente, en recuerdo de aquel día en el que nos hartamos de chupar palitos de canela en el mercadillo egipcio. Tomó el pesado regalo entre sus brazos y comenzó a saborearlo lentamente. Su rostro se transformó en un gesto de puro gozo. Olvidé por completo que debía comer, absorto como estaba en la observación de mi mentora. Cuando finalizó me dirigió una mirada tan intensa que la sentí en cada poro de mi piel. Desconcertado, no supe cómo catalogarla. En breves instantes mi mentora cazó un ejemplar para mí. No era tan suculento como aquella fragante mujerona, pero un regalo así no era para menospreciarlo, y menos viniendo de Mariel.

Juntos, nos perdimos por la Selva Negra, entre pequeños pueblos de plazas de piedra. Nos encaramamos a los pinos más altos para columpiarnos. Tocamos las campanas de una decena de iglesias mientras volábamos. Nos reímos y flotamos a merced del viento hasta la desembocadura del Rhin. El perro iba metido en mi cazadora al abrigo del frío de las alturas. Tan entretenidos nos encontrábamos que perdimos por completo la noción del tiempo. Estábamos hartos de buscar a los cruzados ideales, tarea que parecía casi imposible. En esas horas el problema se esfumo como por encanto y solo pensamos en divertirnos.

Cuando regresamos al cubil de los Lupus, Fulco nos fulminó con sus ojos de loco.

            ─¿Dónde os habíais metido? Nos vamos de viaje, aquí no tenemos nada que hacer.

Esta vez llegamos a Moscú. De allí nos perdimos por extensas estepas donde no había nadie, hasta alcanzar una gran población. Los del Clan Matrioska vivían al abrigo de un castillo de piedra, viejo y destartalado. En ese congelado lugar conocimos a los que, por fin, serían los candidatos ideales para cerrar la Puerta del Amor, Lara y Vladimir.

La pareja venía viviendo junta hacía más de quinientos años. Se habían casado cien  veces por todos los ritos conocidos. Sostuvimos una extensa conversación con ellos y nos convencieron de que habíamos encontrado a los guerreros enamorados. Sabían de antemano los peligros a los que iban a exponerse y tenían miles de planes para atajar cualquier ataque. Les comunicamos que no era una lucha física sino mental. No entendieron nada. Habría que invertir tiempo en adiestrarles, resultaban brutales y un poco obtusos. Por la noche les someteríamos a un exhaustivo examen, tanto nuestro grupo como el resto de su clan. Debíamos ver si existía alguna fisura en su “consistente cariño”, base para resistir aquella fuerza inmensurable y llena de maldad.

Faltaban varias horas para la gran reunión, así que Upuat, Mariel y yo, salimos a dar un paseo. El perro hizo sus necesidades y compramos comida para alimentarle. Cuando finalizó, seguimos recorriendo la ciudad. Alquilamos una barca de remos y nos deslizamos por el río haciendo toda clase de juegos. Mientras yo pateaba el agua, mi mentora dirigía la canoa igual que si se tratara de un fueraborda, yendo a una velocidad de vértigo. Luego Mariel patinó un rato sobre las tranquilas y heladas aguas hasta que comencé a cantar a pleno pulmón canciones italianas, imitando a los gondoleros de Venecia. La mujer se reía a carcajadas mientras yo hacía el payaso a grito pelado. Hicimos una parada técnica para alimentarnos debajo de un puente. Unos cuantos pescadores intentaban coger algunos peces. Los probamos a todos y los fuimos puntuando por aroma y sabor de sus sangres. Ganó el que había pescado un esturión y le dimos un premio. Al llegar a casa encontraría algún que otro pez más en la cesta.

Seguimos con nuestros juegos, adentrándonos en el corazón de la ciudad, en la zona de los garitos. Observamos a un grupo de vampiros atacando a sus víctimas sin ningún miramiento. Apuraron hasta la última gota de sangre de sus venas. Los cuerpos sin vida  de los humanos, fueron arrojados a una alcantarilla. De repente repararon en nuestra presencia.

            ─¡Vaya, mira quién ha venido a visitarnos! ¡Unos sabrosos extranjeros!

Eran alrededor de veinte individuos. Su expresión brutal y asesina fue el prólogo para la violencia que se desencadenó a continuación.

            ─¿Por qué los habéis matado? ¿Es que no os importa que nos descubran? ¿Los asesinatos de vampiros del pasado no significan nada para vosotros?─ Gritó Mariel muy enfadada.

            ─¡Habrá que informar de vuestro comportamiento, sin falta!

Los vampiros rusos nos rodearon. Instintivamente mi mentora y yo nos pusimos espalda contra espalda. Y así comenzó la lucha, cruel, despiadada, a muerte.

            ─¡Inmovilizarlos inmediatamente! ¡Los exprimiremos igual que a limones! ¡No hay nada mejor para comer que la sangre de vampiro fresca!

Nos habíamos topado con una tribu de vampiros caníbales. Mariel sabía de su existencia, pero para mí resultó un descubrimiento nuevo y bastante desagradable. No nos arredramos ante semejante compañía. El perro saltó de mi cazadora y comenzó con la labor de entretener al personal. Los mordisqueaba aquí y acullá, escurriéndose continuamente de entre las manos de los asesinos. Nosotros dos, unidos mentalmente, nos convertimos en una sola máquina de dar golpes, igual que un martillo pilón. Después de tres horas de dura lucha, logramos dejar a todos los miembros del grupo fuera de combate. Mariel sacó una soga con hilo de plata. Los fue atando a todos. Recuperé a Upuat que nos asombró con su destreza para hallar el punto débil de cada uno de los atacantes. Donde ponía las mandíbulas, machacaba carne y huesos en la embestida.

            ─¿No se desatarán?

            ─¡No lo creo! La cuerda está tejida con plata pura, es indestructible para nuestra especie.

            ─¡Avisaremos mentalmente al clan para que venga a hacerse cargo de ellos!

En breves minutos aparecieron varios integrantes de la familia Matrioska y, enseguida,  se llevaron a los prisioneros. Nos agradecieron infinitamente la captura del grupo díscolo. Llevaban tras ellos décadas. Los caníbales eran expertos en hacer desaparecer a un buen número de la población humana. Hasta la fecha, habían logrado escapar de la policía del clan. Ya era hora de que alguien les diera su merecido. Seguramente se les extirparían las glándulas de “melis” que protegían la piel de cada vampiro y serían expuestos a las primeras radiaciones solares que los desintegrarían en segundos.

Volvimos saltando de chimenea en chimenea, haciendo intentos por alcanzar la luna que lucía en todo su redondo esplendor. Cuando nos acercábamos a la zona del castillo, unas sombras de nácar, vampiros sin duda, resplandecieron entre los arbustos. Distinguimos a Vladimir haciendo el amor a todo gas con una rubia fogosa que no era su compañera “legal” Lara. El hallazgo nos conmovió profundamente. La pareja ideal se había ido al traste. ¿Qué haríamos ahora? El perro, saltando entre los helados hierbajos, emitió un sordo gruñido mientras nos encaminábamos al puente levadizo de la construcción.

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En breves instantes comenzaría la reunión de todos los vampiros del castillo Matrioska. Los dos nos sentimos tan descorazonados que nos abrazamos en busca de consuelo. Y hallamos tal alivio en estar próximos, enlazados que, de súbito, nos separamos para mirarnos profundamente a los ojos. No hubo palabras, su mente y la mía se dijeron todo lo que necesitaban, sin barreras, bañándose en las sensaciones del otro. Sellamos nuestro pacto eterno con un beso profundo y largo, lleno de mil futuros de los que seguramente no dispondríamos. Y así, cogidos de la mano, irrumpimos en la gran sala de reuniones

En la Puerta del Amor.-

Mariel, Upuat y yo, fuimos los últimos en llegar al antiguo salón del trono. El habitáculo era gigantesco y todavía ostentaba numerosos detalles de su glorioso pasado como edificio real. Los techos excesivamente altos, se hallaban llenos de pinturas alegóricas, desvaídas en las esquinas, mostrando batallas y luchas con dragones. Las lámparas, grandiosas y rutilantes, del más fino cristal de Murano, destellaban en cada punto de la estancia. Los colosales ventanales se revestían de los terciopelos más diversos, visiblemente ajados por el tiempo. Las alfombras, perdido el color en las zonas de paso, ocupaban la mayor parte del suelo, dejando entrever trozos de tarima, rallada y renegrida, justo en los puntos donde éstas no llegaban.

Los vampiros, unos dos mil individuos reunidos allí, se hallaban repartidos por toda la sala. Los más ancianos se sentaban en cómodos sillones; otros se les veía enganchados a las cortinas, columpiándose en las lámparas de cristal o colgando bocabajo de los artesonados del techo. Fulco, al otro lado del salón, lejos de la puerta, nos miró de hito en hito, fulminándonos con la mirada. Unimos nuestras mentes a la suya, informándole de las buenas nuevas. La mirada del viejo vampiro mostró unos instantes de sorpresa para, más tarde, emitir una señal de conformidad.

 El jefe de aquel extenso clan abrió la sesión. Primeramente unos cuantos soldados de la guardia especial, trajeron al grupo de los caníbales para ser juzgados por su larga trayectoria criminal. Los delitos fueron leídos al detalle y, tras unos minutos de deliberación, los más viejos del clan, erigidos en jueces implacables, les condenaron a morir bajo los primeros rayos de sol del amanecer. Gimieron y suplicaron, e incluso intentaron liberarse de sus ataduras mientras proferían insultos terribles contra la jerarquía que había emitido el veredicto. Allí mismo les extirparon las glándulas de “melis”, de un tirón,  eficaz líquido protector contra las radiaciones solares.

Acto seguido, mientras los alaridos de los condenados se perdían en la lejanía, camino de las mazmorras, dio comienzo el interrogatorio a la pareja de voluntarios para la gran misión. Se mostraban encantados de ser el foco de atención de tantos vampiros. Sus rostros iluminados por las sonrisas, hacían gestos exagerados a uno y otro lado de la sala.

            ─¿Estáis seguros de que no hay fisuras en vuestra relación? ¿Tan sólida es?─ Preguntó el jefe del clan.

            ─Para mí, solo existe ella─ Contestó Vladimir.

            ─Él lo es todo en mi vida─ Respondió Lara

            ─Entonces Vladimir ¿cómo se explica que hace escasamente media hora, estuvieses retozando con otra mujer que no era tu esposa, en los acantilados de la ladera?─ Gritó Fulco con vehemencia.

La sala se llenó de murmullos. Si el asunto no resultara tan transcendental para las dos razas, los humanos y los vampiros, la carcajada habría estallado igual que una gigantesca explosión, y los ecos de esta reunión habrían dado material para cotillear durante siglos.

En esta ocasión el silencio se hizo más elocuente que cualquier otro ruido en la estancia.

            ─Bueno…Ha sido un momento de debilidad. Pero esto no me sucede con frecuencia─ Añadió Vladimir.

            ─¿Cómo qué no? ¿Te recuerdo la chica de las trenzas moradas de hace una semana, o la de las ligas rojas, o tal vez las gemelas sangrientas del mes pasado?─ Le recriminó Lara.

            ─¿Tienes ganas de pelea, verdad? Posees una memoria muy frágil, querida. ¿Qué tal con el jovencito de la capa verde, el último que convertiste este año? Porque a ti te gustan tiernos, jugosos, con sabor a humanos…

Asistimos a un prolongado intercambio vergonzante de “los pecados privados de una pareja” que se disparaban los dos vampiros, cual dardos envenenados, hasta que intervino la jerarquía silenciándolos de inmediato.

            ─¿Tenemos alguna alternativa a estos dos?─ Preguntó el jefe del clan, visiblemente desmoralizado.

Muriel y yo, todavía cogidos de la mano, avanzamos por el pasillo central hacia el estrado donde se sentaban las más altas jerarquías vampíricas. Un murmullo de asombro resonó en la inmensidad del salón.

            ─¿Estáis seguros de vuestra decisión?

            ─¡Si, lo estamos!─ Contestamos los dos con una sola voz.

De inmediato abrimos las mentes para que todos los allí reunidos pudieran examinar nuestros sentimientos, y juzgaran si nos consideraban aptos para “el gran trabajo”.

            ─El lleva siendo vampiro cinco años. Es demasiado joven para una tarea tan delicada─ Apuntó uno.

            ─Pero ya ha entrado en contacto con el otro lado de la Gran Puerta. Es el único que ha llegado hasta allí y conseguido regresar sin sufrir ningún daño.

Después de un rato de cuchicheos y discusiones, el gran portavoz dijo:

            ─¡Os elegimos Mariel y Dirian como pareja estelar para proceder a la clausura de la última puerta y para eliminar al terror que nos está aniquilando! ¡Buena suerte y gracias por presentaros voluntarios!

tenebroso

Entre aplausos salimos de allí a toda prisa. Nos apetecía estar solos. No quedaba demasiado tiempo para estar juntos antes de entrar en batalla. Aprovechamos el resto de la noche para conectarnos a un árbol bastante grande que crecía bajo la protección del alero del patio de armas. Nos extrañó encontrar un olivo en aquellas latitudes, pero allí estaba. Dejamos nuestra piel desnuda para que el contacto con el ser vegetal fuera el idóneo. Enseguida nos fundimos con su alma de trescientos años. La savia nos alimentó y repuso la energía perdida en estos días de viaje. En contraposición, avivamos su sistema inmunológico para combatir a las plagas y le procuramos más sustento nutritivo al excavar más hondo el hueco donde descansaban sus raíces. El olivo agradecido, nos deleitó con escenas del pasado. Observamos guerras que habían tenido lugar en aquel castillo. Entre historias de amor, luchas y reconstrucciones de aquella imponente mole de roca, el amanecer nos sorprendió ahítos de savia y con las mentes entrelazadas como una sola. Nos vestimos, salimos al encuentro de Fulco y los nuestros. Enseguida nos dispusimos a viajar al aeropuerto más cercano para dirigirnos hacia los Cárpatos. En el instante de abandonar el lugar, oímos los gritos de los ajusticiados antes de ser calcinados por el sol. El horrible sonido nos acompañó el resto del viaje.

Vimos la desolación mientras nuestro avión se aproximaba a la desembocadura del Danubio. Después de aterrizar, nos dirigimos a la ciudad rumana de Orsova. Allí se libraría la batalla final, en las mismas Puertas de Hierro, barrera natural de roca, último reducto de los montes Cárpatos.

Nuestro amor estalló de improviso, lo mismo que una tormenta tropical. Así eran las caricias entre los vampiros, brutales, profundas, y sonoras. Menos mal que el lugar que habíamos elegido para nuestro primer encuentro se hallaba lejos de la parte civilizada. Por la noche, la víspera del gran combate, salimos a alimentarnos después de haber hecho el amor una docena de veces. En esta agradable tarea se nos fue una gran parte de la energía que teníamos acumulada. Todavía el hambre no era acuciante pero debíamos tener las baterías cargadas al máximo. De ello iba a depender nuestra capacidad de resistencia en la batalla final. Nos relajamos durante unas horas, sintiéndonos muy cerca, anclando el cariño compartido en lo más profundo de nuestro ser.

Cuando regresamos, Fulco salió a recibirnos y nos condujo al centro del gran campamento. Miles de vampiros se hallaban sentados en el suelo, conectados con buena parte de sus cuerpos al subsuelo. Mariel y yo nos desnudamos e hicimos lo mismo. Trajeron la jaula con el trozo del ente cósmico que había intentado atraparme. La puse a mi lado. La conexión de nuestro ejército se hizo una sola. Para mi sorpresa, en mi mente apareció Upuat ladrando alegremente.

            ̶ ¿Qué haces aquí, pequeño? ¿Cómo has logrado conectar conmigo?

            ̶ Un buen perro, jamás abandona a su amo en una situación peligrosa ̶  Y mientras decía esto con un vozarrón fuerte y poderoso, su aspecto fue cambiando hasta convertirse en un guerrero gigantesco, ataviado a la manera egipcia.

            ̶ ¡Eres un dios!

            ̶ Elegí ayudarte en esta empresa tan ardua. Te conduciré hasta la misma Puerta del Amor, te protegeré y lucharé por ti. Me has dado tu cariño y amistad cuando mi imagen era la de un perro. En agradecimiento, estaré a tu lado hasta el final, sea cual sea éste.

Me llenó de alivio poseer tan buen guardaespaldas, pero sentí una punzada de pena al no reconocer en aquel maravilloso ser al bueno de mi can.

Nos pusimos en movimiento yendo al encuentro del golem de sangre. En la mano llevaba la jaula con aquel pedazo de garra, perteneciente a un ente sanguinario, que todavía seguía retorciéndose entre las rejas. Enseguida alcanzamos esa mente depravada, corrompida y envenenada, en la que solo había lugar para la destrucción. El odio lo inundó todo tratando de echarnos de allí, en un principio, para instantes después proceder a la aniquilación. Upuat, sacando una pequeña vara de su shenti inmaculado, la dirigió hacia esa ola de maldad que amenazaba con ahogarnos. Del extremo del báculo salió la luz del sol, un rayo limpio y puro que destrozó la amenaza. Seguimos al guía a través de una marisma llena de pozos de pus y soberbia. Algunos de los nuestros quedaron atrapados en ellos al aproximarse demasiado. Luchando a brazo partido contra la envidia y la depresión, logramos esquivar los últimos obstáculos hasta alcanzar el alma de aquel ser. Era negra, pero no porque estuviera envuelta en carbón, como suele ser la de los vampiros, sino porque lo peor de nuestra raza y la de los hombres se hallaba allí, en una concentración singular, formando un triángulo duro y pestilente. Rayos incandescentes comenzaron a bombardearnos. Me concentré en aquella cosa repulsiva, quería destruirla para siempre. Mientras tanto Mariel y Upuat, flanqueando los laterales de aquel camino, luchaban contra las hordas de serpientes de odio que nos atacaban.

El alma oscura, de repente, se puso roja como la sangre y seguidamente, estalló. El monstruo se paró y cayó fulminado. Por fin había conseguido aniquilarle, no obstante, ahora venía la parte más difícil de la empresa. Teníamos que encontrar en su interior el umbral de la puerta, la que se hallaba invadida por una presencia cósmica y horrible. Con tiento, avanzamos a través de ese lúgubre paisaje, lleno de una pestilencia sin límites. Unos dedos de niebla comenzaron a deslizarse desde un rincón. Las hilachas se iban acercando amenazadoras. Habíamos topado con lo que buscábamos. La presencia terrible y gigantesca se materializó de improviso, delante de nosotros, dividiéndonos.

Quedé inmovilizado en un rincón, debilitado todavía por la lucha con el golem de sangre. Mi mente clamaba por un descanso para poder recuperarse. Desde allí pude ver a Upuat, báculo en mano, atacando aquella neblina espantosa que intentaba colarse por los agujeros de la nariz. Un calambrazo de un poder inimaginable sacudió al dios egipcio. Trastabilló unos instantes y cayó cuan largo era. Una garra ciclópea se dirigió hacia Mariel. Ésta retrocedió aterrada. La uña descomunal la alcanzó de lleno en el pecho, desgarrándoselo completamente. Sentí tanto dolor y rabia que venciendo el poder que me empujaba contra el suelo, me arrastré hacia mi amada.

Una boca ávida y monstruosa se materializó entre la niebla espesa y pestilente, dispuesta a tragarse el alma de Mariel. Observé la esencia de mi amor, saliendo de su pecho abierto. Mariel se desvaneció en la nada. Con un rápido salto agarré su alma de vampira y la empujé contra mi pecho desnudo, haciendo una pequeña incisión. Mi alma se hizo más pequeña para dejar sitio a la de Mariel. Sentí como las dos se unían formando una sola, más grande y poderosa.

El ente chilló frustrado al perder tan suculento bocado y vino a destruirme enfurecido. Metí la mano en la jaula y agarré aquel pedazo de zarpa que se movía sin cesar. Armado con ella, arremetí contra esa singular boca monstruosa en primer lugar y después destrocé toda aquella neblina insana que se cortó igual que la mantequilla. El ente gritó herido y se dirigió hacia el umbral de la puerta del Amor. Le hostigué para que cruzara al otro lado, y cuando lo hizo, pronuncié el conjuro con mi voz y la de Mariel al unísono: “Nuestro amor vivirá para siempre con la misma fuerza que destruirá este último pórtico”.  El agujero se fue cerrando con rapidez hasta que se extinguió. Esta vez habíamos vencido. Rompí la conexión con todas las demás mentes y fui a decir adiós a Upuat que comenzaba a enderezarse.

            ─Siento no haber evitado la muerte de tu compañera─ Dijo Upuat.

            ─No importa, sé que los has intentado con todas tus fuerzas. Ella ahora forma parte de mí, no ha muerto, ha perdido su cuerpo pero sigue viva. Le buscaré otro que se ajuste a ella como un guante aunque tarde miles de años en hallarlo. Tengo todo el tiempo por delante.

Upuat se despidió y lo vi alejarse en la barca del sol, deslizándose hacia los reinos de la luz. Le echaría de menos.

vampiros enamorados

Regresé al campamento. El ejército se había movilizado para quemar el cadáver del golem de sangre y los numerosos huevos que alfombraban la yerma meseta. Aquello ardió durante semanas hasta que no quedó ni rastro de su existencia. A partir de ese instante la tierra se tornó muy fértil. Los cultivos que allí se sembraban crecían en un tiempo record. Fue colonizada de nuevo por los humanos.

Los que quedamos del grupo, incluido Fulco, regresamos a nuestra ciudad y al árbol del parque.

Desde entonces, cada mañana, salgo antes de que amanezca para observar a la gente que viene a pasear a esta zona. Sigo buscando un cuerpo para mi amada. Aunque oigo su voz y la siento viviendo dentro de mí, echo de menos su cuerpo, poder tenerla entre mis brazos y sobre todo perderme en esos ojos de cientos de años. Estoy seguro de que pronto encontraré lo que busco. Lo presiento.


María Teresa Echeverría Sánchez : Novelas, libros de relatos, cuentos para niños, todo ello en Amazon, para descargar en lector kindle y en libros de papel.

 

 

LOS SECRETOS DEL JARDÍN ESCONDIDO- (Un relato de hadas y seres mágicos)


 

Incluido en el libro “Relatos inquietantes de la nube II” (Para descargar en el kindle y también en formato libro de papel)

relatos inquietantes de la nube (II)

 

“He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe”. (José Ortega y Gasset)

LOS SECRETOS DEL JARDÍN ESCONDIDO

La herencia.-

Hacía unos cuantos años que mi madre, ya muy anciana, había muerto, dejándome huérfana y sin familia. Como fui hija única disfruté de muchos caprichos y del amor incondicional de mis padres a manos llenas, aunque a veces echaba de menos el compartir juegos, pensamientos y travesuras con otros niños. Los escasos primos que tuve murieron a edades muy tempranas. Por este motivo me extrañó encontrar una carta en mi buzón, por la que fui informada de la reciente muerte de mi tía abuela. En mi mente se encendió una pequeña luz.

Recuerdo que mi madre hablaba de su tía, aludiendo a una mujer bastante estrafalaria y consentida, lo cual influyó sobremanera en la educación erudita que recibió, a petición propia, y en su pertinaz soltería, hechos que se salían totalmente de los cánones de su época que condenaban a la mujer a ser esposa, madre y una pieza más de mobiliario en la casa de su futuro marido.

La tía Úrsula, inquieta y curiosa, después de leer montones de libros, de aprender varios idiomas y de hacer ejercicio todas las mañanas, corría como un gamo por las extensas propiedades de mis bisabuelos, dijo que se marchaba a la India. La madre se opuso llorando, siendo presa de un ataque de histeria que la mantuvo en el lecho por bastantes días; el padre accedió de inmediato, igual que hacía con cualquiera de sus deseos. Sólo puso una condición, la de llevar una señorita de compañía, tal y como mandaban las normas del decoro, requisito que demoró considerablemente el viaje, ya que ninguna de las candidatas presentadas estaba dispuesta a sobrepasar las fronteras europeas.

Por fin, una viuda, conocida de la familia, accedió a desempeñar el puesto de “escolta” femenina. Entre las dos mujeres surgió una estrecha amistad a pesar de los veinte años que se llevaban. La tía Úrsula encontró sin proponérselo su alma gemela. Lucrecia, apenas transcurridos unos días desde el entierro de su marido, se enteró del viaje que preparaba la joven Úrsula y de su deseo de encontrar urgentemente una acompañante. Ante ella vio la oportunidad que su corazón ansiaba desde que era una niña, viajar.

Las dos mujeres vivieron durante ocho años en Bombay, aprendiendo varios dialectos de la zona y recorriendo esas tierras de cabo a rabo, a pesar de verse envueltas en varias contiendas bélicas de aquellos años. Úrsula ni siquiera retornó para el entierro de sus padres, a los que no volvió a ver nunca desde su partida.

Después de la India, vino China, luego África y más tarde embarcaron para Cuba. Allí murió la asidua y muy querida compañera de la tía Úrsula que, ante la irreparable pérdida, se encontró muy sola. Este hecho terriblemente doloroso, avivó la pequeña llama de la nostalgia que todavía pervivía en su interior, e hizo que se replanteara el retorno a su patria. Meses después así lo hizo.

Su regreso fue muy sonado, siendo la comidilla de la ciudad durante meses. Vino cargada de cientos de cajas y de mucho dinero, asunto que disparó las envidias de familiares y conocidos igual que si alguien hubiera encendido un cohete. No había conversación en la que no se le echara en cara su comportamiento alocado durante todos esos años vividos en el extranjero, y se la conminaba a poner su fortuna a cargo del entonces cabeza de familia. La tía Úrsula se rio de todos y de todo, e hizo lo que le dio la gana, comenzando por distanciarse de tan selecta sociedad que la quería atar y amordazar lo mismo que a una esclava. Se alejó de toda la familia, física y espiritualmente. Compró varias propiedades en diversos puntos de la geografía hispana, pasando largas temporadas en cada una de ellas. Una década después, los años, según versión de su familia, o lo que fuera que pensara, le aquietaron el espíritu eligiendo una de estas residencias como lugar permanente. Vendió las demás posesiones y se recluyó en dicho lugar del que no salió nunca, puesto que sus huesos, según decía la carta, descansaban enterrados en la finca.

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La tía Úrsula fue olvidada, ella tampoco hizo nada por evitarlo, rompiendo todo contacto con la familia. Al correr de los años, los cada vez más escasos familiares la dieron por muerta, relegando su recuerdo al olvido.

Otro dato que leí en la carta y que me dejó sin respiración fue el siguiente: mi pariente había fallecido a la edad de 120 años. Pensé que la vista me fallaba y lo releí varias veces ¡No podía ser posible! ¡Los seres humanos no vivían tanto! ¡Seguro que este  informe estaba equivocado!

Como única pariente viva de la tía Úrsula, me convertí en heredera de una propiedad enclavada en un recóndito valle navarro cerca de la selva de Irati. La extensión de la misma era gigantesca, poseyendo terrenos de labranza, caballeriza, jardines, piscina, pista de tenis e invernadero. Un lujo jamás imaginado ni en mis más locos anhelos.

Llamé por teléfono al gabinete de abogados que me había escrito para darme la buena nueva. Me confirmaron la avanzada edad de mi tía en el momento de su fallecimiento y la perfecta disposición física y mental de la que había disfrutado hasta el mismo instante de su muerte, acaecida unas semanas atrás. Me quedé estupefacta ante este hecho sin parangón, estado en el que seguí cuando escuché cierta información. Tuve que hacer un gran esfuerzo para seguir conversando con la persona que me notificaba sobre la última voluntad de mi pariente, siendo ésta la de ser enterrada en un rincón de sus tierras bajo el secretismo más absoluto. Dicho enclave seguiría estando oculto incluso para mi persona, su propia heredera.

Todo lo relacionado con mi desconocida pariente era de lo más extraño, no obstante, para una simple secretaria de librería, el hecho de convertirse en millonaria de la noche a la mañana borró cualquier recelo, y en pocos días dejé mi puesto de trabajo, me despedí de mis compañeros y amigos para trasladarme a la otra punta del mapa. Cerré mi minúsculo piso, pobre en comodidades y rico en una buena colección de libros, para tomar posesión de mi nueva casa.

El viaje resultó agradable y pronto me encontré ante la verja de mi mansión, antesala de un lugar más parecido a un sueño que a la realidad. En la estación de ferrocarril fui recibida lo mismo que una condesa, en olor de multitudes. Y aunque no eran muchos los que aguardaban mi llegada, a mí me parecieron suficientes para sentirme importante. Entre el chófer y el mozo de las maletas, se encontraba el orondo dueño del bufete de abogados que había atendido las finanzas de mi pariente difunta. Se presentó haciendo una cortés inclinación de cabeza y salpicando el suelo de sudor. El hombre parecía estar bajo una constante ducha invisible, que trataba de atenuar con un enorme pañuelo tan empapado como él mismo. Un coche nos trasladó hasta la misma puerta de la casa, en la que me esperaba el ama de llaves, única compañía que toleró Úrsula en la casona.

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La fotografía que recibí por correo de la casa, no hacía justicia a la belleza que emanaba de cada línea de su delicada arquitectura. Esbelta, señorial, elegante y algo decrépita, mi nueva morada me recibió con una mirada de superioridad en sus increíbles balconadas de ojos de cristal. La mansión se encontraba asentada en lo alto de una suave colina, desde la que se divisaban unas inmejorables vistas hacia un pequeño pueblo por el lado norte, por el sur, se adosaba a un tupido bosque que se perdía en la distancia de las montañas.

Descendiendo de la colina por un encantador caminillo bordeado de azaleas, se hallaba un jardín de pérgolas y fuentecillas, al más puro estilo francés, alfombrado de césped esmeralda y salpicado de hayas longevas que atrapaban entre sus raíces un gran lago en el que se movían, al cadencioso ritmo de la brisa, unas cuantas barquichuelas.

Edurne, el ama de llaves, tan rolliza y coloradota como agradable, salió de la casa para saludarme muy efusivamente:

            —¡Es usted el vivo retrato de su tía abuela! ─Exclamó la mujer con entusiasmo─ ¡Espero que todo lo encuentre a su gusto! ¡Si no es así, dígame lo que quiere cambiar y me amoldaré, encantada, a sus costumbres!

De momento me limité a sonreír como una tonta y a dejarme llevar de un lugar a otro por el solícito notario. Cuando terminamos de visitar todos los terrenos, ya era hora de almorzar. Por fin pude entrar dentro de mi nuevo hogar y echarle un buen vistazo. Una amalgama de objetos se encontraba expuesta en el gigantesco comedor. Durante la exquisita comida, prácticamente no hablé, dedicada por completo a la contemplación de todo lo que colgaba del techo y de las paredes: cuadros, banderas, tapices…

Después de tomar un café, mi cicerone me llevó a matacaballo por todo aquel palacete, en el que pude admirar una sala hindú, ornamentada exclusivamente con mobiliario y adornos traídos de aquellas lejanas tierras y otra china, llena hasta los topes de pinturas, porcelanas y muebles orientales lacados en mil colores. Los dormitorios no se libraban de la influencia viajera de mi antepasada, de los diez que pude admirar elegí sin dudarlo el más espartano, y mucho más acorde con mi personalidad. Allí mandé subir mi equipaje.

            ─¡Ha elegido la antigua habitación de Úrsula, qué casualidad!

Se me atragantó el té con pastas, al escuchar las palabras de mi acompañante. Cuando comenzó a anochecer, el hombre se despidió y por fin me dejó sola. Me levanté del sillón para vislumbrar desde la cristalera, los últimos rayos de sol antes de esconderse en el horizonte. Y allí le vi por primera vez en toda la hermosura del atardecer. Su enorme silueta se acercó cadenciosamente hacia el lago, bebió con tranquilidad grandes tragos, luego irguió su testa en la que lucía una esplendorosa cornamenta y dirigió una mirada hacia la balconada. Aunque parezca irreal, me dio la impresión de que me observaba con interés. De repente, una multitud de pequeñas luces voladoras le cercaron por completo haciéndole resoplar de embeleso. Nunca había visto a las luciérnagas comportarse así, conectadas unas a otras. Durante unos segundos el animal y los insectos parecieron sumirse en una interesante conversación.

La irrupción del ama de llaves en el saloncito para encender la chimenea, me distrajo momentáneamente de lo que acontecía en el lago. Cuando volví a mirar ya no había nadie, ni luces ni herbívoro en las inmediaciones. Después de cenar retorné al mirador para observar la densa oscuridad que envolvía la propiedad, apenas rota por alguna que otra luz solar, apostada en el caminillo de acceso a la casa. Me pareció vislumbrar un enjambre de pequeñas luces, surgido de algún rincón de la casa, dirigiéndose en loca carrera hacia el bosque. ¿De qué lugar de la mansión podrían salir tantos insectos juntos? Me pregunté intrigada.

Dueña y señora del lugar.-

En días sucesivos hubo tal ajetreo en la casona, que los del pueblo cercano, situado a cuatro kilómetros, pensaron que desmantelaba la propiedad para venderla al mejor postor. Ejerciendo de secretaria competente, puesto que había ocupado los últimos quince años de mi vida, di muestras de mi habilidad llamando a numerosos museos que, de inmediato, se interesaron por conocer las colecciones que no habían visto la luz hasta ahora. Recibí cuantiosas visitas a las que mostré una gran cantidad de objetos que debían de constituir, al primer vistazo, un tercio del total de todos los enseres y cachivaches que se guardaban allí. La mansión estaba tan atestada que apenas pude colocar mis escasas pertenencias. Me deshice de los elementos que no me gustaban tales como tapices apolillados, banderolas ennegrecidas, armaduras, ropajes hindúes, chinos, japoneses y africanos. Entre las piezas más valiosas se encontraban unos jarrones de porcelana gigantescos, muy lejanos a mi concepto del buen gusto, que doné generosamente a uno de los museos. Tenían un valor tan excesivo que solo unos pocos coleccionistas hubieran podido satisfacer el cuantioso importe, pero no quería perder el tiempo entre ofertas y contraofertas, unas negociaciones que habrían retrasado su salida de mi casa. También vendí una colección de guerreros de ébano y marfil que me observaban con ojos amenazadores de madreperla y cornalina. Me deshice de pieles de cocodrilo, cebra e hipopótamo. Olían horriblemente y su solo vistazo me atenazaba el espíritu. Deduje que pertenecían a una de las épocas de la indómita Úrsula en las que le dio por cazar todo lo que se le ponía a tiro. Menos mal que no debió de durar mucho, a juzgar por las escasas pieles que hallé.

Cuando los camiones abandonaron mi propiedad atestados de mercancías, bajé al sótano a echar un vistazo. Al igual que el resto de la casa se encontraba abarrotado. Había que ir desembalando objeto por objeto para decidir su destino. Al clarificar los salones de la mansión pude admirar el mobiliario tan extraordinario que rellenaba las paredes. No entendía de maderas pero consultando a un experto averigüé que la mayoría eran de roble, aunque algunas piezas estaban hechas en nogal, olivo y cerezo. Se veían bien cuidadas y con una abundante capa de cera protectora. Las vitrinas exponían colecciones de cucharillas, abanicos, rosarios y temas marinos. Respeté el nácar, las estrellas de mar, los corales y las ofiuras, pero todo lo demás se fue camino de algún museo. ¡Lo que daba de sí toda una vida de viajes!

Los muebles vacíos pronto exhibieron muchos de los artículos rescatados en el sótano: figurillas de cristal, instrumentos musicales, pequeñas tallas de madera…todo aquello que se me hacía agradable a la vista.

Después de un mes agotador de remodelar y adaptar el entorno en el que estaba viviendo, decidí tomarme unos días de asueto, disfrutando de la tranquilidad de aquellos maravillosos jardines que, por cierto, fue lo único que no toqué de la propiedad…o eso creía yo.

Una mañana bajé a desayunar temprano. Edurne, mujer encantadora y eficiente, me cuidaba igual que a un miembro de su familia. La vi venir a toda velocidad con un gran tarro de metal entre las manos:

─¡Niña, mire lo que he encontrado! ─Dijo con cierto temor─ Me tendió el recipiente como si le quemase. ─Doña Úrsula lo pedía todas las mañanas a la hora del desayuno. Nunca supe qué había dentro hasta hace unos instantes. Estaba limpiando las estanterías de la despensa y esto ha aparecido detrás de una caja de galletas─

anemonas Monet

Abrí la tapa del recipiente con cierto reparo. Un aroma de azúcar y canela lo impregnó todo. La mujer me acercó un plato para que volcara el contenido. Y así lo hice. No podía dar crédito a lo que veía allí: pequeños cráneos del tamaño de un huevo de codorniz se mezclaban con descarnadas cajas torácicas, huesecillos de brazos y piernas junto con algunos trozos semejantes a hojas caramelizadas. El olor era embriagador y decidí hacer caso a mi instinto probando un trocito de aquello. El sabor era delicioso, ofrecí al ama de llaves una porción. Las dos sonreímos encantadas. Deduje que aquellos dulces debían de ser un regalo muy preciado para mi difunta tía abuela. Edurne volvió a la cocina visiblemente tranquilizada y yo picoteé algo más de aquellas delicias que se deshacían en la boca. Sentí unas ganas terribles de ponerme a trabajar. Y así lo hice durante tres horas, lo mismo que una máquina a todo gas. Luego noté cierto cansancio y me fui a sentar un rato en el jardín, no antes de hacer un viaje a la cocina.

Edurne siempre tenía alguna tarta preparada para mí. Probé un sinfín de ellas, a cual más exquisita: de melocotones, frutos rojos, arándanos, moras, peras, castañas…A mitad de la mañana solía acercarme a la cocina a cortar un buen pedazo de pastel y acompañarlo con un vaso de leche helada con canela. Y eso hice. Con mi bandeja bien surtida busqué un rinconcito a la sombra de un serbal, y comencé a deleitarme con los dulces. Después de dos bocados, me entró mucho sueño. Me quedé profundamente dormida hasta que escuché la campanilla de la comida. Cuando abrí los ojos, la tarta había desaparecido del plato y la leche del vaso. Miré por todas partes pero no vi a nadie. El jardinero se encontraba trabajando cerca del lago, muy ocupado plantando rosales. Los demás empleados se iban al amanecer para trabajar las tierras y llevaban los caballos a pastar a la montaña. No salía de mi asombro. ¿Quién había tenido la desfachatez de tomarse mi comida?

Pronto olvidé este hecho y proseguí, en días sucesivos, con mis labores de quitar trastos de la casa hasta que llegué al corazón de la mansión: La biblioteca, lugar al que Úrsula concedió la máxima importancia. Por supuesto esta zona quedó exenta de mi afán reestructurador. Se encontraba magníficamente surtida y me ofrecía la posibilidad de cumplir uno de mis mayores anhelos: leer un libro en plena naturaleza sin ser molestada por ruido alguno. Y eso hice. Después de desayunar bajaba al lago para sentarme en una manta, recostando la espalda contra unos de los robles, y allí me perdía entre las páginas de un libro o en la contemplación fascinante de la quietud de unas aguas que reflejaban las luces y sombras del entorno, siempre acompañada de un trozo de pastel. Me acostumbré a compartir el dulce con la persona u animal que, aprovechaba mis distracciones para comer o beber lo que dejaba en el plato. Nunca pude atrapar al ladrón. El libro absorbía toda mi atención y cuando levantaba la cabeza, la comida había volado.

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Una de esas mañanas algo me distrajo de mi lectura. Un ciervo colosal se acercó cadenciosamente hacia el roble donde me ubicaba. El animal se paró a unos cuantos pasos de mi manta y clavó sus ojos en los míos, como si me reconociera. Fue un momento bello y de común unión. No me levanté para no asustarlo y estuve allí observándolo mientras se paseaba por la orilla del lago y mordisqueaba unas cuantas plantas. Bebió agua y con un leve mugido se despidió, dirigiendo sus pasos al bosque que quedaba a espaldas de la casa. El ciervo volvió algunos días más tarde. Yo le esperaba en el mismo lugar, debajo de mi gigantesco roble que crecía cerca de unas flores silvestres. El animal comió cada campanilla y bocado de diente de león con deleite y se acercó hasta los límites de la manta. Con cuidado aparté una de las esquinas para que siguiera comiendo. Así llegó a mi lado. Levantó la cabeza y me olió. Subí la mano muy despacio para acariciarle; toqué su testa cubierta de pelo duro. Emitió unos ruidillos de complacencia. Le hablé, igual que se habla a los perros o a cualquier mascota, con cariño, contándole cosas que él parecía entender. Escuchó todo lo que le dije con sumo interés, asintiendo de vez en cuando, mostrando su total acuerdo. Me puse en pie para despedirme. El tamaño de la bestia era gigantesco, parecía un caballo percherón. Lentamente se acercó más y frotó su hocico contra mi mejilla, luego se alejó despacio, despareciendo enseguida.

Una noche después de cenar, desde mi cristalera, observé al ciervo regresar hasta el lago. Pude ver cómo surgía, desde un punto de las caballerizas, un río de luces que se movieron hacia el animal. El herbívoro resplandeció contento y su silueta punteada de motitas iridiscentes reverberó en el lago. No pude apartar los ojos de aquella escena mágica hasta que las luces retornaron por donde habían llegado. El ciervo desapareció en la noche. Decidí investigar aquello. Cogí una linterna y mi abrigo, la temperatura bajaba considerablemente a la caída de la tarde. Me dirigí a los establos,  lugar de la casa donde los insectos luminiscentes se habían esfumado. En algunos de los habitáculos los caballos resoplaron al ver la luz de la linterna. Les hablé para calmarlos y me dirigí a la pared del fondo. No sabía muy bien qué era lo que debía buscar, así que dirigí el haz de luz a la piedra del muro, escudriñando cada rincón. Lo que encontré extraño fue la ausencia de baldas en esa pared gigantesca. Era raro que no hubiera algo colgado como en las otras. Empujé con fuerza cada una de las rocas, intentando que se movieran hacia algún lado. Agotada por el esfuerzo me senté en la paja y apagué la linterna. Pensaba que la imaginación me había traicionado con la escena del lago, cuando atisbé una gran luminosidad por una de las ranuras del muro. Al acercarme, en las tinieblas vi el contorno de una puerta. Busqué un picaporte o un mecanismo para entrar. Al fin mis dedos tropezaron con un saliente en la piedra que cedió bajo la presión. Empujé la pesada puerta con todas mis fuerzas. El exceso de luz me cegó momentáneamente. A medida que mis ojos se fueron haciendo a la luminiscencia, pude adivinar qué era aquello…

 El jardín escondido.-

Si hubiera tenido que hablar con alguien en ese momento, me habría resultado del todo imposible. La sorpresa paralizaba cada centímetro de mis músculos por completo. La retina ya acostumbrada al entorno, captaba las imágenes más bellas que nunca pude imaginar que existieran. El pequeño edén debía tener un tamaño aproximado al que ocupaban las cuadras. Se encontraba rodeado de los altos muros de la casa que justo en esas paredes no presentaban ninguna ventana. Una puerta de recia madera se encastraba en el muro del oeste. ─¿Cómo no fui capaz de encontrarla cuando inspeccioné la casa? ─Me pregunté mientras intentaba ubicar la oquedad en la mansión. Un roble gigantesco presidía lo que parecía el centro del recinto. Cada rincón de su corteza se encontraba plagado de diminutas puertas y ventanas en tonos pastel, a cual más encantadora, que se asemejaban a la residencia de unos cuantos duendes. Un riachuelo casi seco cruzaba la propiedad, entrando y saliendo entre las piedras de las paredes. Rodeaba en su goteo incesante a un cenador de helechos y madreselva que escondía una escalera en su interior. Algunas flores languidecían entre los parterres resecos, ocupando la mayor parte del patio.

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De improviso, multitud de luces me rodearon de la cabeza a los pies. Lo que había tomado por luciérnagas, resultaron ser un enjambre de seres alados con cabeza, tronco y extremidades, en los que se incluían dos pares de membranosas y trasparentes alas. Los entes voladores exhibían la más encantadora de las sonrisas mientras era sometida a un completo escrutinio.

            ─¡Has regresado!─ Dijo uno.

            ─¡Por fin estás aquí!─  Dijo otro.

            ─¡Te hemos echado tanto de menos!─ Cantaron a coro unos cuantos.

Antes de que pudiera decir una sola palabra, quedé absolutamente cubierta de cuerpos brillantes que extendieron sus bracitos todo lo que pudieron para tratar de abrazarme. Un agradable calorcillo trepó por mis mejillas, mientras, con sumo cuidado, moví los brazos intentando observar más detenidamente a los seres que me cubrían.

Los diminutos rostros presentaban diversas tonalidades, los había rojizos, azulones, verdosos, blancos, rosados, dorados, plateados, irisados, lilas. Los mismos colores de las caritas se extendían por brazos y piernas que sobresalían de unas vaporosas vestimentas. Las alas lucían igual que pequeños neones de plata y oro. No eran insectos sino pequeñas muñequitas voladoras. Entre el enjambre de cuerpos se abrió rápidamente un pasillo por el que avanzaba un hada, muy seria y digna, llevando en su cabeza una tiara de luces de plata. Llegó volando hasta quedar suspendida a la altura de mis ojos y me observó por espacio de unos minutos. El silencio lo llenó todo.

            ─¡Es evidente que no eres Úrsula! ¡Qué tremendo parecido guardas con ella! ¡Una joven y la otra anciana! La mirada es la misma, llena de calor y confianza.

            ─¡Soy Lucrecia, su sobrina nieta! Úrsula hace unos meses que murió.

            ─¡Oh, qué terrible pérdida para las hadas! ¡Me extrañaba tanto que no se ocupara ya de nosotras! ¡Siempre tomando mil precauciones para que nadie sospechara de nuestra existencia!

Los seres dejaron de tocarme pero no se alejaron de mi persona. Cerré la puerta de la cuadra para salvaguardar la intimidad del lugar. No sentía ningún temor, estaba convencida de que me encontraba viviendo un hermoso sueño que luego recordaría con anhelo. Me dirigí al cenador y tomé asiento en un tocón. Las hadas me siguieron y se dispusieron alrededor. En sus rostros se pintaba la curiosidad y la alegría de mi visita.

            ─Es evidente por tu cara de sorpresa que no conocías la ubicación de este lugar. Te contaré la historia de cómo llegamos aquí. Procedemos de Cuba. Hace miles de años comenzamos a habitar los densos bosques que cubrían prácticamente todo aquel territorio allende los mares. El hombre fue destruyéndolos a medida que necesitaba cultivar la tierra. Nos vimos empujadas a una recóndita región de bosques y selvas donde todavía podíamos subsistir. Alguien descubrió nuestra existencia y el más preciado de los secretos: el poder de nuestros huesos. Hechiceros de todas las partes del país venían a cazarnos. ─Un escalofrío recorrió la espalda del pequeño ser─ Luego nos mataban. En el momento de nuestra muerte, nos convertíamos en polvo, dejando atrás solo el esqueleto. Pronto descubrieron que la consumición de nuestros huesos les mantenía jóvenes y podían vivir muchos años más que cualquier otro ser humano. Empleaban este ingrediente en sus ceremonias de vudú y en todo lo relacionado con ritos esotéricos. Cuando Úrsula nos encontró sólo quedábamos con vida dos de nosotras.

Mientras la frágil reina se tomaba un respiro y un sorbo de agua, aproveché para aclarar mis dudas.

            ─¿Cómo habéis conseguido ser un grupo tan numeroso?

            ─Porque tuvimos la ayuda inestimable de tu antecesora para perpetuar nuestra especie. Tenemos un ciclo vital de cuatrocientos años. Para que nazca una de nosotras, primero hay que poner en la tierra una base de nuestros propios restos, bien triturados, luego tierra y por último hay que plantar rosales y azaleas, violetas y narcisos. Nacemos de ellas y también nos procuran el polen que necesitamos igual que hacen con los insectos, por ejemplo las abejas. Es nuestro principal nutriente. Ahora mismo estamos pasando una época de penuria. Casi no ha llovido y las plantas se han marchitado. Gracias a los trozos de pastel y a la leche con canela que nos procurabas, hemos podido sobrevivir.

¡Vaya, había dado por fin con los ladrones de comida! Sonreí complacida.

            ─Tengo en mi poder un gran frasco lleno de huesos de hadas que perteneció a Úrsula. Esta mañana he comido un puñado de ellos. Espero no haber hecho algo diabólico.

            ─Trajo a este país una buena colección de ellos. Entre las tres logramos rescatar un buen montón de esqueletos para que nuestra especie tuviera un futuro en estas tierras. Para eso necesitábamos, aparte de la complicidad de Úrsula, sobre todo, que estuviera en excelentes condiciones físicas para que pudiera protegernos. Ella también tomaba una ración de huesos cada día en el desayuno. Sospecho que decidió dejar esta dieta, seguro que tenía sus razones. En lo alto del cenador solía pasar muchas tardes escribiendo. Me consta que ahí podrás encontrar muchas respuestas.

            ─¡Lo leeré, sin dudarlo! Pero ahora decidme cómo puedo resultaros útil.

            ─¡Necesitamos comida y agua fresca! Úrsula venía a regar el jardín casi todos los días; plantaba los rosales y otras flores para que tuviésemos comida suficiente. Algunas noches salíamos del reciento. Podemos cambiar nuestro tamaño, haciéndonos más pequeñas, así la gente que nos ve piensa que somos luciérnagas. Pero no somos capaces de volar distancias largas y con tan poca comida, es casi imposible llegar hasta el gran lago de fuera.

            ─¡Erais vosotras las que hablabais con el ciervo!

            ─¿Nos viste? ─Preguntó asombrada─ ¡Pero si tuvimos mucho cuidado!

Me levanté de mi asiento y me dirigí hacia la puerta que había descubierto en uno de los muros. Después de unos instantes de forcejeo, logré abrirla. Daba a un pequeño cuartito en el que había pequeñas herramientas de jardín, abono, semillas de flores y una gran manga riega conectada a un grifo. Me dispuse a regar el jardín. Las hadas chillaban presas de una excitación sin límites. Tenía que ir con cuidado para no pisarlas o aplastarlas. Se duchaban, chapoteaban, salpicaban y gritaban. Cuando terminé, cogí las semillas y las planté en los parterres, poniendo un buen chorro de abono en una regadera con agua, regué todo aquello a conciencia. Recogí todo y abrí la otra puerta del trastero, la que comunicaba con alguna parte de la mansión. ¡No podía creerlo, al cruzar el rellano me encontré dentro de uno de los armarios de mi dormitorio! El que había pertenecido a Úrsula anteriormente.

Volví al jardín, siempre perseguida por las hadas juguetonas, subí las escaleras del cenador para descubrir el rincón favorito de mi antepasada. Un rústico despacho compuesto de una mesa con cajones y una cómoda silla parecían esperar a alguien, porque en el momento que entré en el reducido habitáculo, se iluminó completamente. Hallé un grueso diario en uno de los cajones, así como una preciosa estilográfica. Salí de allí con mi tesoro entre los brazos. La reina de las hadas me esperaba a la salida para seguir con la charla.

            ─Úrsula estaba disponiendo nuestra mudanza.

            ─¿A dónde?─ Pregunté sorprendida.

            ─A un rincón del bosque, pero no sé más. El ciervo conoce el lugar. Estuvo con Úrsula en varias ocasiones. Estoy convencida de que el diario te informará de todo esto. Ella decía que aquí no estábamos seguras.

Hice una excursión a la cocina para llevar provisiones a los famélicos seres del jardín. Preparé una gigantesca jarra de leche con azúcar y canela, y la acompañé de la tarta que Edurne había preparado para el desayuno. Así pertrechada llegué al roble donde dispuse la tarta en pequeños pedazos y serví la leche en vasos del tamaño de un dedal. Todas se pusieron a comer alegremente, como hacían a cada instante. Eran los seres más jubilosos y optimistas que había conocido a lo largo de mi vida. Me juré que haría lo imposible por proteger a estos entrañables entes. Amanecía cuando dejé el jardín escondido y me acurruqué en la cama. Debía dormir algunas horas para estar lúcida y poder continuar la obra que Úrsula no había podido llevar a cabo. El diario relumbró con luz propia mientras los ojos se me cerraban de sueño…

Buscando un refugio para las hadas.-

Dormí hasta bien entrada la mañana. Las horas que descansé estuvieron cuajadas de imágenes extrañas. Soñé que el diario de Úrsula, colocado en la mesilla de noche, de repente se abría emitiendo un poderoso resplandor, haciendo que las letras resaltasen en el papel igual que si estuvieran escritas con fuego. A la par que mis ojos desgranaban los renglones, una voz cálida iba repitiéndolos en voz alta. A medida que las palabras iban adueñándose de mi mente, dejé de ver las páginas de las memorias de mi pariente,  y vislumbré con toda claridad cada hecho que la narradora describía con pelos y señales. Asomada a esa ventana mágica pude observar de primera mano, toda la vida de Úrsula, desde su infancia hasta su último apunte. La vi crecer ante mis ojos, dejando atrás su tiempo de “potrilla indomable” para convertirse en una indómita jovencita con sed de viajar. Conocí a su amiga del alma, la joven viuda que la acompañara en su trayectoria de trotamundos, y las escolté en su periplo, viviendo mil aventuras, ya escritas hacía décadas, que me permitieron conocer en profundidad los sentimientos y pasiones que habitaban en mi tía abuela. No tenía nada que ver con las mujeres de su época; ella decidía lo que había que hacer en cada instante, sin la más mínima duda.

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La seguí en el rescate de algunos niños raptados por piratas; cacé animales salvajes que asolaban las pequeñas aldeas de la selva. Fui testigo de las numerosas escuelas que Úrsula abrió para educar a las futuras generaciones, de las cuales muy pocas prosperaron. La admiré en su incesante búsqueda de un tesoro escondido en la jungla. Crucé varios desiertos, subí y bajé picos y mesetas hasta que, por fin, las letras del diario acompañadas de esa voz tan apasionada, me condujeron a Cuba.

Viví el fin de su querida amiga, muerta repentinamente de unas fiebres que la abrasaron por dentro y por fuera. El dolor tan profundo que aquella muerte dejó en su ánimo, un agujero imposible de llenar. Para aliviar su tristeza salía a cabalgar, sola, desde el amanecer hasta que la noche teñía el horizonte de sombras amenazadoras. En uno de sus muchos paseos en los que se perdía por la selva, a riesgo de su propia vida, descubrió a las dos hadas entretenidas en hacer juegos de luces que, por cierto, hacían de forma singular, simulando diminutos estallidos pirotécnicos. Enseguida los dos entes salieron a su encuentro y le contaron su triste historia, atraídas por su apariencia sincera y por un halo invisible de pura confianza que la recubriera lo mismo que una segunda piel. Las vi a las tres trabajando afanosamente para desenterrar pequeñas osamentas, cráneos y fémures de hadas,  con el fin de rellenar unos cuantos frascos de cristal, elemento en el que se conservaban de maravilla. Los huesos milagrosos que, cuidadosamente mezclados con la tierra y las semillas, permitirían el nacimiento y, por tanto, el retorno de los seres alados.

Fui testigo del viaje de retorno a la patria, en el que Úrsula llevaba los dos entes escondidos en su bolso, procurándoles bizcochos, jugos de frutas y tostadas con mermelada para que sobrevivieran a la larga travesía. Después de la llegada a España, Úrsula invirtió su cuantioso capital en la compra de mansiones en varios puntos del extenso territorio, viviendo una temporada en cada una, y de ese modo  decidir el lugar idóneo en el que las hadas se encontrarían más felices y seguras. Estuve en el momento de la elección y compra de la mansión que yo habitaba en estos instantes, y fui partícipe del arduo trabajo de repoblar el pequeño jardín de seres alados. El tiempo transcurrió a velocidad pasmosa, y Úrsula fue envejeciendo imperceptiblemente: una pequeña arruga en la frente; unas cuantas canas en el pelo; se suavizó la fiereza de sus ojos; su estatura encogió un poco. Aparte de estos pequeños cambios, el paso del tiempo no parecía afectar en demasía a su destreza física que se mostraba inagotable.

En otra escena del diario, aparecieron dos tipos mal encarados, grandes como castillos, merodeando la casona. Mi pariente, muy preocupada, los observaba desde el mirador a oscuras. Poseía una visión más que excelente, agudizada, sin duda, por la dieta de huesos de hada. Los hombres debían creer que una anciana viviendo con una sirvienta, podría ser presa fácil para un robo. Se había extendido por ahí el rumor de que la vieja escondía un gran tesoro en un rincón de su mansión, después de que ciertas gentes que pasaron cerca de la propiedad, aseguraron haber visto algunas luces intempestivas moviéndose, de un lado al otro  de la propiedad, pasada la medianoche;  también habían escuchado murmullos y risas de seres fantasmales. Pero lo que más sorprendía a toda la vecindad era la cantidad de animales salvajes que campaban por aquellos enormes jardines igual que si estuvieran en su casa: venados, ciervos, zorros, puercoespines… este hecho no tenía explicación racional. Muchos aseguraron haber escuchado el ruido de picos y palas durante ciertas madrugada …Los rumores fueron aumentando con los años, a los que se añadió la imaginación y las palabras de unos pocos, que no hicieron otra cosa que inflar cualquier hecho que aconteciera en esa propiedad, transformándolo en antinatural.

 Aquellos sinvergüenzas que se movían en las sombras, queriendo adueñarse de tesoros imaginarios, fueron los primeros de una larga serie de malhechores que pretendieron hacer daño a Úrsula. Pero nunca pasaron de los intentos, ella tenía todo preparado para espantarlos. Se solía esconder en la copa de algunos de los árboles más tupidos desde donde disparaba pequeñas flechas con una cerbatana. La sustancia de la que impregnaba las puntas de las saetas era un potente alucinógeno que, a los intrusos, ladrones y vecinos cotillas, les producía horribles visiones que les perseguían durante horas. A lomos de un ciervo hostigaba a los fisgones hasta que desaparecían de la finca. Cuando recobraban el juicio, huían despavoridos. La mujer no se atrevía a contratar vigilancia extra, ante el temor de que se descubriera la existencia de las hadas.

Úrsula se preocupó ante el hecho de que sus tierras se hallaran tan cerca del pueblo, y tarde o temprano alguien se topara con alguna de sus mágicas amigas. Estos entes estaban hechos para vivir en la naturaleza, no para estar encerrados en un patio. Y así comenzó una búsqueda incesante por encontrar un rincón seguro para las hadas. Lo primero que se le vino a la cabeza fue localizar una persona que la ayudara en esta tarea, digna de toda confianza y que no se arredrara ante el hecho de admitir la existencia de ciertos entes mitológicos. Pero este pensamiento no prosperó. Ella no era un ser sociable por lo que no confiaba en nadie del entorno, y la lista de sus amistades era prácticamente nula. Tendría que hacer el trabajo, igual que hacía todo, sola. Sus paseos por los bosques, unas veces a pie y otras a lomos de algún ciervo, le sirvieron, al fin, para dar con la persona idónea para convertirla en su ayudante.

hada-bosque

Un día en el que se hallaba perdida entre la fronda, repentinamente se topó cara a cara con un hombre que parecía conversar con una presencia sumergida en el río, un regato no muy profundo que pasaba por allí. El individuo se encontraba tan concentrado en su tarea que no vio ni oyó a Úrsula. Ésta se quedó quieta, observando atentamente la escena que se desarrollaba ante sí. Los ojos se le abrieron de puro asombro al vislumbrar con toda claridad a una mujer desnuda, de larga melena del color del cielo, asomando entre la corriente del arroyo, y saludando muy educadamente al caballero en cuestión. Después de un rato de charla la extraña mujer, de la que se vislumbraba un torso de nácar con unos senos perfectos que movía graciosamente incitando al individuo a perder la cabeza. Minutos después, se despidió de su acompañante sumergiéndose en las aguas para no emerger más.

Aunque Úrsula no acertó a escuchar con nitidez lo que aquellos dos hablaban, se percató al instante de que esa ninfa desnuda no era humana. Decidida se acercó para hablar con el individuo.

            ─¡Buenos días, caballero!

El hombre pegó un respingo ante la irrupción de la visita inesperada.

            ─¡Buenos días! ¿Se ha perdido?

            ─¡No, ni mucho menos! ¡Voy con un buen guía! ─Dijo señalando al ciervo. El individuo puso cara de asombro al descubrir la montura.

            ─¡Es un ciervo! ¡Jamás hubiera pensado que se dejara montar por un humano! ¿Lo ha domesticado, verdad?

            ─¡No, es un ser salvaje! ¡Me hace el favor de llevarme mucho más rápido que si caminara! Además él no se pierde y yo, seguramente, lo haría.

            ─¡Es increíble!

            ─También lo es su amistad con la lamia.

            ─¿La ha visto?

            ─Si, cuando hablaba con usted.

            ─Le rogaría que no contara lo sucedido aquí. Soy maestro y ya conoce a la gente del pueblo, enseguida te tachan de loco o de brujo. Me echarían de mi trabajo ¿comprende?

            ─No se preocupe su secreto está a salvo conmigo. Pero a cambio me gustaría que me prestara su ayuda…

            ─¡No faltaba más! La ayudaré en lo que me pida.

            ─Necesito encontrar un lugar recóndito, bien pertrechado de flores y muy resguardado de cualquier caminante extraviado. No sé si existe el paraje que acabo de describir, caballero.

El hombre se quedó pensando unos instantes hasta que por fin dijo:

            ─Creo que conozco un sitio como el que usted acaba de detallar. Si tiene tiempo, puedo conducirla hasta allí. Tardaremos unas horas, está lejos.

            ─No lo crea, teniendo el transporte adecuado verá cómo llegamos en un periquete.

Úrsula habló con el ciervo. El animal mugió varias veces en unas cuantas direcciones. Entre la espesura apareció otro ejemplar de su misma familia que se acercó trotando sin demostrar el menor recelo. El hombre, encantado de vivir una aventura sin par, encabezó el grupo a lomos de la bestia recién llegada. A gran velocidad recorrieron parte de los montes hasta que se internaron en una zona boscosa y muy empinada. A lo lejos se escuchó el rumor de un manantial.

Los árboles crecían tan juntos que la luz del sol apenas traspasaba el follaje. La marcha se hizo mucho más lenta y llegó un momento, en el que los animales fueron incapaces de penetrar en el interior de aquella maraña palpitante. El individuo y la anciana se bajaron de sus monturas y caminaron hacia el murmullo del agua. Tuvieron que gatear los últimos metros hasta que alcanzaron un gran claro. Una hermosísima pradera cuajada de flores albergaba en su seno a un lago del color del cielo. Un arroyo alimentaba la extensión de agua, precipitándose hacia allí en una espumosa catarata. Era un paraje tan bonito que los dos se sentaron a contemplarlo sin decir palabra. Los insectos iban y venían muy atareados, probando un poco de cada flor. El aroma del bosque lo llenaba todo.

            ─Este es el lugar, sin duda alguna ─Dijo Úrsula ─¡Las traeré aquí!

            ─ ¿A quién va a traer, si no es mucha indiscreción?

La mujer se quedó unos instantes dubitativa, observando al individuo hasta que, al fin, se decidió a contestar:

            ─¡Ah! ¿No se lo había dicho? ¡A las hadas que habitan mi jardín!

Justo en ese instante, el sonido del aspirador del ama de llaves me sacó de mi bonito sueño. Sonreí complacida. Ya conocía el lugar al que debía llevar a las hadas y a la persona que iba a ayudarme con mi nueva tarea.

El ataque.-

En pocos días las semillas plantadas en el jardín de las hadas, crecieron a una velocidad pasmosa, convirtiéndose en unas plantas frondosas y cargadas a reventar de capullos a punto de abrirse. Aunque no era la dieta más idónea para ellas, seguí alimentando a los seres alados a base de zumos de frutas, leche azucarada con canela, bizcochos y pasteles, mientras las flores terminaban de abrirse.  Una mañana encontré los parterres cuajados de rosas, narcisos, margaritas, nomeolvides y un montón de especies más. Fui testigo del nacimiento de unas cuantas hadas envueltas, cual diminutos paquetitos, entre los estambres de ciertas flores, seres liliputienses al principio, no más grandes que una mosca. ¡Eran tan hermosos y deslumbrantes!

Comenzaron a alimentarse con el néctar de las flores, sustancias mucho más acordes para su salud, y dejé de llevarles los dulces que últimamente sustraía a escondidas de la cocina. Suponía que Edurne debía de estar muy sorprendida ante mi hambre descomunal. Todos los días hacía una tarta que no tardaba en desaparecer ni un instante.

Seguí leyendo el diario de mi tía abuela durante el día y, por la noche, la voz de mi pariente me iba narrando los hechos allí anotados, adornados con todo lujo de imágenes. Mientras era testigo de los desvelos de mi tía por salvaguardar la vida de las hadas, en mi mente se escondía la siguiente pregunta: ¿Por qué había dejado de tomarse los huesos de éstos seres que la daban un vigor sin igual, dejando a las hadas totalmente abandonadas a su suerte?

En las últimas páginas del diario describía sus salidas al bosque, unas veces acompañada de Gabriel, el maestro, y otras en solitario. La ilusión con la que iba construyendo casas de cortezas de árbol en aquel claro esmeralda allí donde la laguna, que reflejaba el cielo, ponía ese toque musical entre notas de agua, preparando con esmero el traslado de los pequeños seres que habitaban su jardín.

En una de sus excursiones se perdió entre unos senderos humeantes cubiertos de maleza y hojas muertas. El olor de la podredumbre le llenó los pulmones. Se sentía observada por varios pares de ojos malévolos que susurraban quejidos inhumanos, intentando asustarla y echarla de allí. A partir de ese momento se extravió varias veces, como si alguien o algo se empecinaran en verla vagar cansada y descompuesta entre esa extraña maleza. Tuvo suerte porque en estas ocasiones fue rescatada por un ser gigantesco que se escondía entre la fronda y aparecía cuando más agotada se hallaba y, gracias a sus silbidos, los cuales iba siguiendo, fue capaz, en todo momento, de encontrar el camino de regreso. Siempre dejó un trozo de bollo o media barra de pan para aquel ser que tan bien se portaba con ella y del que solamente conocía su inmensa silueta peluda.

hada en tela de araña

Uno de esos días, el ciervo que montaba fue atraído hacia un lugar inhóspito del bosque. El sol hacía décadas que no se asomaba entre el ramaje. La humedad y la niebla cubrían el suelo hasta las rodillas. El animal se paró en seco, confundido, en medio de aquel lodazal. Úrsula se apeó de su montura y trató de moverse hacia algún lado. No pudo. El barro le inmovilizaba las botas. Gritó con toda su alma pidiendo socorro hasta que se quedó ronca. Después de estar allí durante unas cuantas horas, aparecieron de la nada un grupo de ancianas, feas y arrugadas, con la piel del color de la tierra oscura. Iban vestidas con cortezas y trajes de hierbas entrelazadas. La ayudaron a salir de allí sin muchos miramientos, tanto a ella como al ciervo, y los llevaron hasta la boca de una cueva.

              ─¡Por qué te empeñas en traer a nuestros bosques unas criaturas que no han nacido aquí? ¡No las queremos!

La mujer se quedó boquiabierta ante tan extraña perorata. ¿Cómo sabían de sus intenciones? Llegó a la conclusión de que las conversaciones en los bosques no eran privadas, miles de orejas escuchaban todo y a todos, y cientos de ojos observaban cada movimiento que se producía en el entorno. ¡Había que ir con mucho cuidado!

            ─¡Las hadas están en peligro! -Gritó Úrsula ardorosamente─ Si son descubiertas los hombres las mataran. Tienen que refugiarse en un entorno de agua, luz y sol. Proceden de la selva, no podrán sobrevivir  mucho tiempo encerradas entre cuatro paredes. ¡No entiendo qué tenéis contra ellas! ¡Ni siquiera las conocéis!

            ─Este bosque  pertenece a todos los que lo habitamos desde tiempo inmemorial. No hay sitio para extranjeras. No las queremos. ¡No regreses nunca más por aquí! Tampoco aceptamos tu presencia. ¡Eres peligrosa para la supervivencia del bosque!

             ─¡Estáis equivocadas! Las hadas con criaturas encantadoras. Ellas atraen la luz, la alegría, son portadoras de vida.

            ─¡Justo por eso las odiamos! Romperían el equilibrio de nuestra floresta. No nos gusta la luz, ni la alegría. Aquí reina la tierra en descomposición, el humus que el bosque necesita. ¡Te hemos avisado! ¡Mantente lejos de aquí!

Las viejas brujas, arrugadas y arrogantes, despacharon al ciervo y a su amazona en un santiamén, sacándolos fuera de sus dominios de oscuridad. A partir de ese encuentro Úrsula perdió la energía que la caracterizaba. Desde mi ensoñación observé el cambio radical que se operó en la mirada de mi tía. Las luces que bailaban inquietas en sus ojos, súbitamente se apagaron. Perdió el apetito y una honda tristeza anidó en su pecho. Fui testigo del desfile de personas, muy pocas por cierto, que en algún momento de su vida habían tocado su corazón de ésta u otra manera. ¡Los echó tanto de menos! Su tiempo hacía décadas que había caducado. ¡Qué ganas tenía de seguir a todos aquellos que habían partido ya!

Llegué a la última página del diario, justo en el instante en el que mi antepasada había decidido morir. Aunque no la conociera personalmente, una gran pena me inundó, y me juré que terminaría el trabajo que ella había emprendido con tanto ardor.

Esa noche dormí mal, entre terribles pesadillas. Antes del amanecer abrí los ojos, presa de un temor que no me dejaba respirar. Rápidamente me vestí y atravesé el armario en dirección al jardín escondido. El espectáculo que hallé era desolador. El vergel había sido bombardeado con bizcochos desmigados, ahora de aspecto verdusco y maloliente, en cantidades ingentes. Multitud de hadas yacían en el suelo presas de terribles dolores y convulsiones. Un pequeño grupo, en perfecto estado, trataba de socorrer a sus compañeras.

            ─¿Qué ha ocurrido, reina Bell?

            ─¡Nos han envenenado! Lanzaron los dulces por encima de la tapia y enseguida muchas de mis compañeras los comieron, no haciendo caso de mis voces de atención.

La reina tenía el rostro descompuesto, lleno de lágrimas. Ante mis ojos varias hadas se desintegraron dejando tras de sí unos restos renegridos y de olor pútrido. Salí a toda velocidad hacia la cocina. Hice una olla de manzanilla con azúcar y volví al encuentro de las moribundas. Con un cuentagotas fui administrando la infusión a las que todavía vivían. Después de unas cuantas bocanadas del líquido azucarado, comenzaron a vomitar. Poco a poco fueron sintiéndose mejor. Seguí administrándoles el remedio hasta que recuperaron el color irisado que las caracterizaba. Después recogí en una gran bolsa los restos de bizcocho y los cadáveres de los seres que habían fallecido. Dejé al cuidado de la reina la administración de la poción, mientras me dirigía al exterior con mi bolsa al hombro. Hice una hoguera y quemé todo aquello. Un humo negro y denso subió hacia el cielo. ¿Quién habría hecho algo así? ¡Tenía que proteger a las hadas! Pero ¿cómo debía proceder? ¡Necesitaba ayuda urgente!

Buscando protección.-

Mientras terminaba con mi tarea intentando no dejar ningún rastro que revelara la existencia de los seres alados, fui dando vueltas en la cabeza a todo lo que había leído en el diario de mi tía. Sentí la mente revolverse inquieta ante la realidad que estaba viviendo; nunca antes me había planteado la existencia de entes que no fueran humanos. Qué lejos vi mi trabajo en el despacho de abogados. En el tiempo que llevaba en aquella casona, el universo conocido se había vuelto del revés.

Fui a la cocina, cabizbaja y meditabunda. Edurne ya se había levantado y trajinaba en la de un lado al otro.

            ─¡Buenos días Lucrecia! ¿Tienes hambre? Ahora mismo preparo café ─Me miró con cariño y sus ojos se pararon, preocupados, en las ojeras violáceas, en mi aspecto cansado y deprimido ─Si quieres te sirvo el desayuno en el porche, desde allí puedes contemplar el lago y las praderas.

            ─¡No, gracias! Prefiero quedarme aquí charlando contigo. Hoy necesito compañía.

La mujer me contempló extrañada y no dijo más, mientras ponía la mesa para las dos. Guardamos un extraño silencio, hasta que Edurne se levantó como movida por un resorte:

            ─¡He olvidado traer el tarro de los huesecillos de azúcar!

─¡Gracias, pero no hace falta, no voy a comer “esos” dulces! No me apetecen.

Solo pensar en el origen de los mismos me revolvía el estómago.

            ─¿Hay algún tarro más, similar en su contenido, en la despensa?

─El cuartito es muy amplio, con muchos recovecos, tendría que registrar todo a fondo. A veces hallaba a tu tía recolocando las baldas, pero nunca me dijo nada al respecto.

─Si encuentras más envases parecidos, con los dulces que ella solía desayunar, los sacas a esta mesa. A saber cuánto tiempo llevan allí metidos. Seguro que los productos están echados a perder.

─¿Quieres que haga otra tarta que no sea de almendra? Parece que no te gusta. Lleva ahí varios días y me extraña porque últimamente las devorabas.

─¡Claro que me gusta de almendras! Hace unos días, compartía los dulces con los animales que bajaban de la selva, ya sabes, un ciervo y algún otro más, y ahora no, creo que no es el alimento más idóneo para los animales.

El ama de llaves me miró a los ojos mientras me hablaba con tono de preocupación.

            ─¿Ya has conocido al ciervo? Lo amaestró tu tía, lo utilizaba como montura, igual que a un caballo. Era extraño verla corretear por ahí a lomos del inmenso animal; se internaba en el bosque donde pasaba horas.

La mujer calló durante unos instantes, perdida en imágenes del pasado.

            ─Edurne, imagino que estos bosques tendrán muchas leyendas y personajes fantásticos, cada lugar los tiene sin duda, pero no sé nada de las típicas historias de la Selva de Irati.

            ─¡Son relatos para niños! Se cuentan en las largas tardes de invierno, al lado de la chimenea, cuando la nieve y el frío hace imposible los juegos en la calle. Los principales protagonistas son las Lamias, mujeres que tienen aletas de pez y que habitan en las fuentes y ríos. Se peinan sus largos cabellos con peines de oro. Suelen ser amables con los hombres ─Y la mujer rió mientras se desprendía de la vergüenza en la voz, igual que si hablar de todo aquello estuviera prohibido en una conversación para adultos─ El más conocido de todos los mitos es, sin duda, el Basajaún, el señor del bosque. Un ser gigantesco cubierto de pelo, con forma humanoide. Ayuda a la gente que se pierde entre la fronda. Antiguamente los pastores le dejaban trozos de pan en señal de reconocimiento. Los duendes también existen en estos bosques, son bastante traviesos y a veces, malvados. Iratxo es, sin duda, el peor de todos ellos. Puede hacer que te pierdas por caminos angostos y que vagues entre los árboles hasta que mueras de extenuación. No podemos olvidarnos de las brujas, villanas y ruines; son mujeres centenarias que habitan los bosques desde el principio de los tiempos. Odian a los hombres profundamente; son las que más temen los niños, ya sabes, pueden volar en escobas y entrar por la chimenea para llevárselos. Por eso, si te has fijado en las casas del pueblo, en lo alto de la chimenea tienen colocados los “espanta brujas”, que consisten en unos tejadillos enrejados para evitar que, cualquiera de ellas, pueda colarse por ahí. Antiguamente, y quizá ahora también, cuando llegaba la noche, antes de acostarse, entre las cenizas del hogar, se ponían las tenazas de atizar el fuego en “forma de cruz” para alejar a los seres malévolos.

Me hizo gracia la mezcla de las creencias ancestrales y paganas con las cristinas. Pero no me reí. Sentía la cabeza como una auténtica jaula de grillos.

Ante el silencio de la mujer, supuse que ya había terminado de enumerar a todo el tropel de criaturas mágicas que se conocían en la zona. Me atreví a preguntarle:

            ─Edurne, ¿tú crees en todos estos especímenes del bosque?

            ─¡Claro que no! Son cuentos para los críos, nada más que eso. Aunque no viene nada mal tener a mano un poco de “eguzkilore”, una flor parecida al cardo, muy abundante por aquí, que se suele colocar en las puertas de las casas para ahuyentar a los genios, brujas y otros espíritus malignos. Ya sé que no existen, que son pura fantasía, pero no está demás protegerse por si acaso…

            ─¡Quizá deberíamos colocarlas en todas las puertas! Porque esta casona tiene muchas, y como tú bien dices, por si acaso. Si tienes un momento, salimos a los prados y traemos unas cuantas y así tomamos un poco el sol.

            ─¡Me parece fantástico! Tiré todas las flores secas que había cuando murió tu tía. No quería dar una imagen demasiado supersticiosa del lugar a los herederos de Úrsula.

─De donde yo vengo, colocamos en las ventanas un ramito de hojas de olivo, bendecido en la misa del domingo de ramos. Así nuestro hogar se encuentra igualmente protegido del mal. Distintos dioses, costumbres diferentes, pero la esencia es sin duda, buscar la protección contra todo lo negativo. ─Comenté a Edurne camino ya de los prados.

Hacía una mañana espléndida y paseamos un rato antes de recolectar los cardos. Seguimos charlando de mil cosas y así descubrí que mi ama de llaves no tenía familia, que se encontraba igual de sola que yo misma. Poseía una filosofía muy simple de todo, lo cual facilitaba mucho cualquier conversación. Sabía escuchar estupendamente y en cada mirada y frase había una calidez especial. Aun así no me atreví a confiarle el secreto del jardín escondido. Algo me decía que cuantas menos personas lo supieran sería mejor para las hadas y también para mí.

Ya de regreso, pregunté al ama de llaves por Gabriel, el maestro que mi tía nombraba en el diario.

            ─¿Conoces a un tal Gabriel, un maestro que vive en el pueblo?

            ─¡Claro que le conozco! Mis padres eran vecinos de los suyos hace muchos años. Es un hombre un tanto extraño. Creo que no le gusta demasiado la gente y siempre vaga solitario por los bosques. Era uno de los conocidos de tu tía.

Esta última frase la pronunció con sincera preocupación, como si la amistad de aquel hombre hubiera sido una mala influencia para mi pariente.

Colocamos los cardos en las puertas, dando un toque campestre a toda la casa. Me llevé unos cuantos para ubicarlos en los muros del jardín escondido. Las hadas habían quedado diezmadas con el veneno. Enseguida se acercaron a saludarme, tal y como hacían siempre, alegres y llenas de energía. A Bell se la veía sería y taciturna en un rincón. Era la más vieja y sabia de todas ellas, y mostraba un rictus de honda preocupación por el futuro de su especie. Allí las dejé para dirigirme al pueblo.

Me salí del sendero encaminándome hacia el gran lago. Estaba precioso con el sol reflejándose en sus aguas. Oí un trote a mis espaldas. El ciervo me alcanzo antes de llegar a la orilla. Le saludé y él contestó en su idioma de mugidos. Le dije que le necesitaría muy pronto para una misión importante y respondió con un asentimiento de cabeza. Le ofrecí un puñado de diente de león y me despedí para alejarme en dirección a las casas que se vislumbraban nada más salir de la propiedad.

Siguiendo las indicaciones de Edurne, localicé la casa del maestro en un santiamén. Me crucé con varias personas por las calles y nos saludamos como si nos conociésemos desde siempre. Yo no era como mi antepasada, a mí me encantaba la gente y necesitaba su contacto. Llamé a la puerta que aparecía cerrada a cal y canto. No hubo respuesta. Insistí varias veces porque vi una sombra atisbando detrás de las cortinas de la ventana principal. Al fin, el enorme portón se abrió de par en par. Antes de que dijera nada, un hombre alto y fornido, con canas en el pelo y un gran bigote, me gritó desabridamente:

            ─Pero ¿Quién se ha creído que es para venir a aporrear la puerta de esta manera? ¡Fuera de aquí, si no quiere que la eche a perdigonazos!…

La entrevista con el maestro.-

No me arredré ante ese energúmeno que salió a mi encuentro con aire amenazador y de pronto, abrió mucho los ojos y se quedó entre pasmado y asustado.

            ─Soy la sobrina nieta de Úrsula.

Recobrándose de su mutismo el maestro contestó:

            ─Por un segundo he pensado que era su tía la que tenía delante de mí. Aunque fui testigo de su entierro, los ojos, a veces, nos confunden.

            ─¿Puedo pasar? Me gustaría hablar con usted.

El hombre, de mala gana, se hizo a un lado del vestíbulo para dejarme entrar. El salón estaba prácticamente a oscuras, excepto por una lamparilla de colores que iluminaba con decisión un sillón de orejas, de cuero negro, gastado y viejo. En el asiento se veía un libro cuidadosamente señalizado. En la penumbra adiviné las siluetas de un aparador de madera y una extensa biblioteca. Olía a cera para muebles. Una gruesa alfombra escondía, en gran manera, el entarimado del suelo. Las ventanas apenas dejaban pasar la luz, revestidas de pesados cortinajes. Pensé que el polvo campaba a sus anchas por la casa entre oscuridad, telas gruesas y poca ventilación. Tomé asiento sin que mi anfitrión me diera su permiso. El maestro frunció las cejas ante la posibilidad de que la charla se alargara más de lo que le gustaría, y tomó asiento a su vez en el sillón, retirando con mimo el ejemplar que estaba leyendo y reteniéndolo en la mano igual que si fuera un escudo.

            ─Ya veo que está ocupado y lamento interrumpir sus tareas, pero su nombre aparece en el diario que escribía mi tía, y he supuesto que quizá entre ustedes hubiera una buena amistad. Seguramente conocerá el hecho de que ella no tenía muchos amigos.

El maestro se tomó unos minutos para contestar, tiempo que aproveché para observarle intensamente. La luz de la lamparilla le daba de lleno en buena parte del torso y los pantalones. Debía tener alrededor de sesenta años. Era alto y fuerte, con una incipiente barriga que sabía disimular respirando hondo. El pelo, escondido por la penumbra, relumbraba con la claridad de las canas, peinado de cualquier manera. Un mechón le caía en los ojos, añadiendo un toque sensual y atractivo a aquel cascarrabias. Las manos cuidadas demostraban que era hombre intelectual, no acostumbrado a duros menesteres.

            ─¡No los tenía, ni yo tampoco! Y sobre su suposición de que nos unía una estrecha amistad, está muy equivocada. Coincidíamos algunos días en nuestros paseos por el bosque. A los dos nos gustaba caminar y explorar, pero nuestras conversaciones no eran de tipo social. Seguramente nos sentíamos a gusto en mutua compañía por el mutismo compartido. No llegué a conocerla bien, ni tuve el menor interés. Era un ser extraño, de mirada de anciana y con ademanes de adolescente.

            ─¿Nunca le hizo ninguna confidencia?

            ─Estaba interesada en descubrir lugares, según sus palabras, “con encanto” dentro de la foresta. Le enseñé algunos de ellos.

            ─¿Y no le hablo de cierto problema que debía solucionar? ¿De ciertas criaturas que habitaban en su propiedad?

            ─Si tenía problemas de alimañas, no soy la persona indicada para solucionarlos. Mi profesión es la enseñanza, no cazar bichos por ahí. Esa es la respuesta que le hubiera dado a su tía a las preguntas que acaba de hacer.

            ─Usted que conoce el bosque, ¿no ha visto alguna criatura extraña en sus innumerables excursiones?

            ─¡Ya sé por dónde va, señora! Y no voy a seguirla el juego. Las leyendas que existen en esta parte de Navarra, son solo eso, cuentos para niños. Su tía era la que tenía fama de andar buscando extrañas apariciones, subida al ciervo galopando, igual que una loca, siempre recorriendo incansablemente los bosques, hablando sola, farfullando extrañas letanías. Así la encontré varias veces, parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas, desgreñada y gritando que la perseguían. Nunca vi a nadie. Aunque físicamente no aparentaba más de setenta años, usted sabe que era muy anciana. Un día me enseñó su partida de nacimiento, porque no podía dar crédito a sus palabras. Cuando murió acababa de cumplir ciento veinte años. ¡Eso es imposible en un ser humano!

Gabriel parecía no verme mientras relataba todo aquello. En sus ojos pude observar un gran desasosiego, incluso temor, mientras me hacía la siguiente confesión:

            ─¿Y su entierro? Di mi palabra de no revelar la ubicación de su tumba y los ritos que tuvimos que hacer para cumplimentar sus deseos. Pero usted es su sobrina y ha heredado todo, a saber qué sorpresas le aguardan en esa casa.

            ─¡Ya he tenido unas cuantas, no crea! Pero dígame ¿quién más estuvo en ese entierro? Prometo no molestar a esas personas, es sólo por curiosidad.

            ─El jardinero, el abogado y yo. Nos convocó a los tres en su lecho de muerte, le quedaba poco tiempo para fallecer. Estuvimos toda la noche con ella, junto con el médico, hasta que dio el último suspiro. El entierro se hizo al anochecer del siguiente día, sin testigos, solo nosotros tres. El lugar elegido estaba ubicado junto a una tapia que lindaba con el bosque. Nos fue muy difícil llegar hasta allí con el féretro, la fronda nos cerraba el paso a cada instante. El agujero se hallaba ya excavado en el muro y solo tuvimos que arrojarlo al fondo del mismo. Cuando la fosa estuvo llena, procedimos a vaciar en la misma, varios frascos de cristal, en los que se adivinaban huesecillos que parecían de pájaro. Volvimos a echar tierra encima y plantamos un rosal, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra.

Me quedé pasmada al escuchar todo aquello. No sabía de qué modo tomármelo. El silencio llenó la gran sala. Al fin, el hombre viendo mi turbación preguntó:

            ─¿Quiere una copa?

            ─¡Sí, por favor!

Me bebí la copa de vino a pequeños sorbos que parecieron entonar mi mente sombría.

            ─Una última pregunta Gabriel, ¿mi tía nunca le habló de sus “hadas”?

            ─¿Hadas? Por aquí no hay de eso. Lo auténtico de la tierra son las lamias, duendes, el basajaún, las brujas y algún que otro fantasma, pero las “hadas” son intrusas en el folclore de la región. Si existieran, habría que echarlas de aquí. Este no es su territorio.

Cuando el hombre pronunció la palabra “intrusas” fui capaz de vislumbrar tal cúmulo de odio en su pronunciación que me dejó anonadada.

Me despedí del maestro abruptamente y con ganas de salir de allí lo más rápidamente posible. Cuando cerraba la puerta tras de mí, le oí murmurar:

            ─¡No venga a visitarme nunca más!

John_Atkinson_Grimshaw_-_Spirit_of_the_Night

Dando traspiés, por el vino que me acababa de tomar o por la información recibida, llegué a la verja de mi casa. Anochecía en esos instantes y la silueta del ciervo se dibujó nítidamente cerca del lago. Me miraba con mucha atención, parecía esperarme. Me acerqué a toda velocidad hacia él. Le vi allí, majestuoso, maravilloso, balanceando su pesada cornamenta, esperando que le hablara. Fui incapaz, él acercó su cabezota a mi mejilla y le abracé. Las lágrimas surgieron en torrente y lloré durante un buen rato. Tenía que sacar fuera la decepción de tener una pariente que estaba loca, que la cantidad de huesos de hadas ingeridos no solo habían ralentizado su envejecimiento sino que la habían trastornado la mente. Se había hecho un enterramiento al más puro estilo “hada”, sepultada entre montones de mágicos huesecillos. Me sentí tan decepcionada por haber creído a pies juntillas en su diario. Y luego estaba el maestro, ese hombre lleno de rabia y odio a la gente, a la alegría, a lo que le era desconocido. Parecía mentira que un estudioso como él llegara a ser tan obtuso. ¿Estaría también loco, igual que mi tía? Mi mente me dijo que sí, que su aislamiento le había trastornado hasta límites insospechados.

El ciervo estuvo a mi lado sin mover un músculo hasta que me calmé. Poco a poco recobré el dominio de mí misma. Tenía que sacar a las hadas de mi mansión cuanto antes.

            ─Te espero al amanecer, en este mismo sitio. Llevaremos una carga muy especial. Me tienes que conducir a un lugar del bosque, un sitio especial que hallaste con Úrsula. ¿Entiendes todo lo que te digo?

El animal afirmó con la cabeza emitiendo pequeños bramidos de asentimiento. Le acaricié la cabeza con cariño. Cadenciosamente se dirigió hacia el bosque, se paró varias veces para mirarme, le dije adiós y subí por el sendero hacia la casa. Olía a pescado al horno, la cena estaba casi lista. Me demoré unos instantes en mi habitación para dirigirme al jardín escondido detrás de la puerta de mi armario. Llamé a las hadas que, obedientes, se colocaron a mi alrededor.

            ─Mañana, antes del amanecer, partiremos hacia el bosque, en busca del lugar que Úrsula eligió para vosotras. Os esconderé dentro de una caja de zapatos, no quiero que vuestro fulgor os delate. Viajaremos en el ciervo que usaba mi tía para sus excursiones. Él es el único que conoce el camino. ¡Estad preparadas!

Deseé buenas noches a los cariñosos entes, que me abrazaron como solían hacer en cuanto me descuidaba, mientras la reina Bel y yo cruzábamos una mirada de temor.

Bajé a cenar con Edurne. Los guisos de esta mujer eran deliciosos. Aunque el hambre había volado con los disgustos, la sopa de verduras me sentó igual que un tónico vivificante.

            ─Edurne, mañana saldré temprano a dar una vuelta por el bosque. No hace falta que te levantes para preparar el desayuno. Ya me las apaño sola.

            ─¿Irás con el ciervo?

            ─¡Sí, sola no me atrevería! El conoce el bosque mejor que nadie.

Una sombra de preocupación se dibujó en el rostro del ama de llaves.

            ─¡Ah, se me olvidaba! He encontrado un montón de frascos más en la despensa. ¿Qué hago con ellos?

            ─Mañana cuando regrese de mi paseo, decidiré su destino. Gracias Edurne.

            ─No me gustaría que perdieras la razón como tu tía.

            ─¿Tú también piensas que estaba loca?

            ─No solo yo, todos los que la vimos alguna vez, montada en el ciervo, hablando sola y persiguiendo no sé qué seres que veía.

            ─Edurne, ¿alguna vez te habló de las hadas?

            ─¡Pues no! Además esos seres nunca han habitado nuestros bosques. No son de aquí. ─Y riéndose, comentó─ Si vinieran, se tendrían que ir más que deprisa, nuestros habitantes de los bosques se las comerían con patatas ─Y rio de buena gana.

En la soledad de mi habitación, después de dar un último vistazo al diario, pensé que no estaba segura de que el secreto de mi tía no hubiera trascendido. Alguien odiaba a los seres que vivían en mi jardín, tanto, que los quería muertos, y yo conocía a más de un candidato con esas características.

Cuando puse la cabeza en la almohada, una pregunta se perfiló en mi cabeza: ¿Por qué la tía Úrsula había tardado tantos años en buscar una ubicación en el bosque para las hadas?

La ciudad de las hadas.-

Apenas pegué ojo en esas horas. El desasosiego campaba a sus anchas con cada inspiración. Todavía la noche se mostraba oscura y fresca cuando me asomé a la ventana. El ciervo, puntual igual que un reloj suizo, se encontraba esperando en la cerca del lago. Cogí una caja de zapatos e hice varias perforaciones en la tapa. A continuación forré su interior con algodón, acolchando en lo posible el cartón, para evitar golpes a las futuras ocupantes.

Bajé a la cocina para preparar un café bien cargado. Comí un buen trozo de bizcocho de zanahoria con queso fresco y preparé una porción para llevar en el camino. Mientras desayunaba, observé los frascos de cristal que contenían huesos de las habitantes del pequeño jardín. Mi tía se había aprovechado de esos inocentes seres para lograr vivir los años que le había dado la gana. ¡Menuda bruja egoísta! ¿Siempre había sido tan taimada, o quizá la sustancia que ingería cada mañana la fue transformando poco a poco?

Estaba muy enfadada conmigo misma por haber confiado totalmente en una desconocida, por muy pariente mía que fuera, tanto, que la razón se encontraba adormecida, esperando el momento de funcionar. Y lo hizo durante aquella extraña excursión, ya lo creo que sí.

Subí a buscar a las hadas que, contentas con salir de su encierro, daban grititos de alegría mientras se acomodaban en la caja de cartón. Con ella en la mano me dirigí a las cuadras en busca de arreos para montar al ciervo. Encontré una silla preciosa con las iniciales de mi pariente, una manta, cabezada y bridas, todo cuidadosamente colgado de uno de los ganchos de la pared. Supuse que era el aparejo que ella utilizaba en sus salidas a la fronda. Hice varios viajes para llevar todo aquello hasta la cerca donde esperaba el animal. La caja de las hadas iba conmigo a todas partes, no me separé de ella ni un instante. No sabía si había ojos vigilando cada uno de mis movimientos.

El ciervo me ayudó sobremanera a colocar aquella colección de extraños artilugios en su sitio. Até la caja a la silla de montar, dejándola bien anclada para que aguantara la galopada que íbamos a emprender. Tuve que subirme a un tocón para montar en el ciervo porque en mi vida había hecho algo semejante y era poco diestra en encaramarme a lomos de ninguna bestia. Finalmente nos dirigimos hacia el bosque, mientras una tenue franja de luz se dibujaba en el horizonte.

Estábamos a principios del otoño y hacía mucho frío en aquella madrugada. Los colores de la Selva de Irati se mezclaban entre verdes, ocres y rojos. Aún quedaban gran cantidad de hojas en los árboles, no obstante, el suelo se encontraba totalmente alfombrado del revestimiento estival de varios de sus longevos habitantes. Íbamos rápidamente, pero sin dejarnos arrastrar por una carrera alocada, y nos alejábamos cada vez más de la civilización. Al rato de cabalgar comencé a sentir las piernas entumecidas por la postura. No me atreví a parar en medio de la fronda, me sentía constantemente vigilada por cientos de ojos.

Durante dos horas correteamos por senderos que mi montura conocía a la perfección. El último tramo resultó el más duró. Hubo que bajar un terraplén muy inclinado, pero el ciervo lo descendió lentamente, asegurando cada pata antes de dar el siguiente paso. Era un animal excelente, había que reconocer la ingente labor de mi tía en el entrenamiento del herbívoro.

El sol se encontraba en su zenit cuando arribamos a un calvero, muy extenso, que se dilataba hasta donde me alcanzaba la vista. El animal se paró, indicándome que aquel era el lugar que buscábamos con tanto ahínco. Bajé de mi montura y con la caja de zapatos entre mis brazos, hice una somera inspección del terreno.

En el centro del claro se divisaba un pequeño lago, alimentado por una catarata que nacía en lo alto de un risco. El prado presentaba una hierba esmeralda salpicada de cientos de florecillas silvestres. Observé que alguien se había tomado la molestia de hacer una pequeña muralla de flores protectoras, las eguzkilores. Estuve admirando la multitud de diminutas construcciones que se adosaban a los árboles, parecidas a casitas de pájaros. Estaban construidas con las cortezas de algunos de los ejemplares que crecían por el contorno y, aparte de resultar encantadoras, parecían muy confortables.

Abrí la caja esperando que las hadas salieran disparadas, riendo y gritando, pero el espectáculo fue otro. Presentaban un tono verdoso y respiraban con dificultad. ¡Se habían mareado! Previendo este incidente, saqué de mi mochila un vaso en el que vertí agua de la catarata y un sobre de azúcar. Con una jeringuilla, comencé a administrarlo, gota a gota, en la boca de los pequeños seres. En unos instantes se fueron recobrando del trance sufrido y se comportaron como tenían por costumbre, igual que una pandilla de mocosos en el recreo del colegio. Hubo zambullidas en el lago, vuelos rasantes en la catarata, y gritos de júbilo al encontrar el acomodo preparado.

Bell vino a agradecerme todo lo que había hecho por ellas durante el tiempo que me había ocupado de su  bienestar.

            ─El agradecimiento es tan infinito que no sé con qué podría recompensarte.

            ─No necesito regalos, de verdad. Saber que estáis bien aquí, es un premio más que suficiente para mí.

            ─¡Ah! Ya sé qué te podemos dar. Te guardaré unos cuantos huesos para que tu vida sea mucho más longeva que la de tu tía, así podrás visitarnos y vigilar que nadie nos haga daño.

            ─Gracias reina Bell por tus buenos deseos, pero no quiero restos de hadas. Moriré cuando llegue mi momento, no me gustaría sobrevivir a mi tiempo. Con respecto a vuestra seguridad, es un tema que me preocupa, pero seguro que cuando os conozcan los habitantes de por aquí, os apreciarán mucho.

El hada se quedó un poco sorprendida por mi rechazo hacia su regalo, pero no se enfadó, esa reacción no estaba en su naturaleza cariñosa e inocente.

Me senté a la orilla de la laguna, viendo los juegos de las nuevas inquilinas de la floresta. ¡Se las veía tan felices! Sentí una paz interior que hacía tiempo que no recobraba y mi cerebro, igual que movido por un resorte, se puso a trabajar.

¿Por qué una persona egoísta, antojadiza y loca, había hecho una labor tan intensa en ese lugar, demostrando un gran interés en acondicionar el calvero para que los seres alados estuvieran a gusto? E igual que las piezas de un puzle, todo cuadró en mi cabeza.

Me dispuse a verificar mi teoría y llamé al ciervo para emprender el camino de regreso. Antes de montar convoqué a las hadas para despedirme.

            ─Ansío con todo mi corazón que este lugar sea un maravilloso hogar para vosotras. No os preocupéis por vuestra seguridad, hay alguien que velará para que no os ocurra nada malo, os lo garantizo. No volveré nunca por aquí, pondría en peligro vuestra protección. Este debe ser un lugar secreto para todos. ¡Adiós, pequeñas, hasta siempre!

Las hadas me rodearon, apretando con sus pequeños brazos parte de mi anatomía. Compungidas, me despidieron mientras desaparecía montada en el ciervo. Ningún ser u animal visible o invisible nos estorbó en nuestro largo recorrido. Cuando arribábamos a mi propiedad, le pedí a mi montura que me llevara al muro donde se debía ubicar la tumba de mi tía.

Nadie se dio cuenta de nuestro regreso ya que no llegamos a salir de la fronda. Un terraplén cuajado de árboles y maleza llegaba hasta la misma pared de mi propiedad. Desde el sitio en el que me encontraba, unos metros más arriba, pude observar una parte de mi jardín escondido. Cualquiera que vigilara mi casa exhaustivamente se hubiera percatado de que escondía algo importante en ese vergel. Tuve que apearme de mi montura porque los dos no cabíamos en los espacios que la naturaleza dejaba en nuestro lento avance. Al fin alcanzamos el muro. Un gigantesco rosal, con flores del tamaño de coles ciclópeas, se extendía a lo largo de dos metros del mismo. Me agaché a tocar la tierra que parecía recién removida. Las enormes raíces se enterraban varios metros más abajo, sin duda, sustentadas y alimentadas por los huesos que habían pertenecido a mi pariente. Sonreí al comprobar que Úrsula había tenido éxito en su transformación. Un nuevo ente vivía en el bosque, el mejor protector que podían tener las hadas.

Mi tía había tomado una dieta especial de esqueletos molidos durante sesenta años, para convertirse en un ser como los que poblaban aquellos bosques. La ingesta de esas sustancias le había permitido “ver” a los demás habitantes de la floresta, los que vivían en la imaginación y en las historias de las personas. Conocía el odio que profesaban todos aquellos contra los intrusos y por eso no permitió la mudanza de las hadas hasta que estuvo segura de poder protegerlas.

Pero ¿Cómo sabría que yo me ocuparía de ellas cuando muriera? Jamás hizo indagaciones sobre la familia, y parecía tenerle sin cuidado conocer la supervivencia de alguien de su sangre. ¿Estaría al corriente de mi existencia?

Me despedí del ciervo. Le abracé igual que a un familiar. Había sido mi único amigo en todo lo relacionado con las hadas. Comprensivo, cariñoso y, sobre todo, eficiente.

            ─Vuelve al bosque y escóndete bien de los cazadores. No volveré a montarte. Eres un animal salvaje y así debes seguir. Ya has cumplido de sobra tu misión. ¡Sé feliz allá donde vayas, querido amigo!

El animal me contestó con ligeros relinchos, igual que solía hacer cada vez que le hablaba y, enseguida, desapareció en el bosque. Mientras me secaba unas cuantas lágrimas, llegué a la puerta de la casa. Edurne trajinaba en el salón, había descolgado las cortinas y se afanaba en limpiar la cristalera gigantesca.

            ─¡Hola Edurne! Ya estoy de vuelta. Creo que esta casa es demasiado grande para que la arregles tú sola. Estaría bien que contratáramos algo de ayuda ¿te parece?

            ─¡Una idea excelente! Tu tía no quería extraños rondando por sus tierras e hice lo que pude por mantener la mansión medianamente cuidada, pero era y es una tarea imposible para una persona sola.

Allí dejé al ama de llaves, ocupada con su trabajo y me dirigí al jardín escondido. La magia de sus ocupantes no se había desvanecido, perduraba en cada rincón. Me metí en el árbol que había servido de refugio a mi tía, subiendo las escaleras hasta alcanzar el confortable habitáculo. La primera vez que estuve allí, no realicé una exhaustiva exploración. Al encontrar en uno de los cajones el diario, me di por satisfecha. Ahora era el momento de registrar el lugar palmo a palmo. En los cajones no hallé nada de interés. Miré la mesa por todos los lados, en busca de algún rincón secreto. No hubo suerte. La pequeña estantería que se adosaba a la pared tenía tres únicos libros que abrí esperando tropezar con algún papel o una carta que explicara su interés por sus descendientes.

Agotada de tanto trajín, me senté con la cabeza entre las manos, intentando pensar. ¿Dónde escondería algo para que nadie lo encontrara?… Estaba claro que lo dejaría a la vista, disimulado entre otras cosas, pero no oculto en un cajón. Paseé la mirada por el recinto. Se hallaba decorado con hojas secas pegadas a la pared y con multitud de fotografías. En ellas aparecía mi tía en sus diversos viajes, acompañada de otra mujer, y también sola, posando muy sonriente. Había que reconocer el gran parecido físico que nos unía, si hubiera nacido en su tiempo, sin duda, nos hubieran tomado por gemelas. Una de las fotografías me llamó especialmente la atención, aunque estaba en blanco y negro, al igual que las demás, me resultó muy familiar. ¡Claro que lo era! Se trataba de mi despacho en la firma de abogados. Y la mujer que aparecía en la imagen no ese trataba de Úrsula sino de mí misma. Me habían retratado mientras trabajaba afanosamente en la corrección de unos papeles.  ¡Ella sabía de mi existencia! Seguro que fui investigada concienzudamente.

Emocionada con este nuevo descubrimiento bajé a la cocina a comer. La tarde la dediqué a contratar a unos albañiles para reestructurar mi habitación. Quería que el jardín escondido dejara de serlo y formara parte de las vistas espectaculares que tenía desde allí. Después de la cena, decidí ocuparme de los tarros de los huesos. Los fui echando en el fogón uno por uno. Al poco rato Edurne me llamó para que saliera afuera. Abrigándome bien me uní al ama de llaves, hallándola envuelta en una manta, en el lugar desde donde miraba pasmada la chimenea de la casa. Alzando la cabeza observé un humo malva que estallaba en mil luces con la misma intensidad de unos  pequeños fuegos artificiales. Estuvimos allí ancladas, vigilando el maravilloso espectáculo, hasta que la neblina de colores desapareció. Edurne volvió a la casa. Me quedé unos instantes rezagada, admirando el extenso jardín. Algo se movió en la floresta. Mi mirada agudizó su enfoque para descubrir la tenue luminosidad de una silueta arto conocida: una mujer de pelo de plata, a lomos de un gigantesco ciervo, me observaba desde la oscuridad de los árboles. Desapareció en un pestañeo, dejándome un regusto de sueño cumplido.

Al fin había visto con mis propios ojos a uno de los seres de las leyendas.


María Teresa Echeverría Sánchez (novelas, libros de relatos y literatura infantil y juvenil).-


 

LA MALDICIÓN – (Historia incluida en RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II)


 

Jueves 31 de marzo, DESCARGA GRATUITA de la novela LA NUEVA VIDA DE ZERU, (primer libro de la saga de la detective “Soñadora de espíritus”).

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“Cuando el hechizo entra por la puerta, el sentido común sale por la ventana”. (Salman Rushdie).

 

4.- LA MALDICIÓN

Llovía a mares cuando salimos del Getty´s Bar, el sitio de moda donde se daban cita todos los artistas sin dinero que pululaban por la ciudad del Sena. Los charcos reflejaban las luces ambarinas de los cabarets que iluminaban la noche parisina. Precisamente esa velada había decidido dejar atrás la tristeza de sentirme huérfana aceptando una invitación de mis amigas. Hice que me cortaran la melena a la altura de los pómulos, me puse mi mejor vestido recubierto de flecos de plata, en el que destacaba mi única joya, un antiguo broche de zafiros y rubíes que heredé de mi madre junto con un abrigo de pieles bastante ajado. Ella murió cuando yo tenía un año, dejándome al cuidado de un inexperto padre, también fallecido recientemente.

Paris 2

 Disfruté tanto de la fiesta, llena de charlestón, jazz y tangos, que por un momento olvidé que debía volver a mi piso, frío y desierto, que hacía tiempo había perdido la cualidad de llamarse hogar. Mis amigas decidieron asistir a la actuación de Josephine Baker, en un garito de snobs, dos calles más abajo. Ella era una cantante de color que se encontraba muy de moda en aquellos meses. Yo me hallaba tan agotada que paré al primer taxi que pasó y me despedí de ellas para regresar a mi casa. Comuniqué mi dirección al chofer y el coche partió a toda velocidad atravesando La Place Vendôme y perdiéndose entre mil callejuelas. De repente, observé aterrada que nos encontrábamos a las afueras de París, cruzando como una centella el Bosque de Boulogne.

—¡Oiga, pare inmediatamente! ¡Este no es el camino que le he dicho!— Grité desesperada. Pero el coche continuó con su loco traqueteo—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me han secuestrado! ¡Ayuda!— Seguí chillando como una posesa hasta quedar afónica. El conductor siguió haciendo caso omiso a mis gritos. Pensé en saltar del coche pero era tal la velocidad y los bandazos que íbamos dando que desistí. Me preparé para lo peor. Ya me imaginaba violada, asesinada y enterrada en aquel bosque donde nunca encontrarían mi cadáver. Comencé a temblar y a buscar entre mis pertenencias algún tipo de arma con el que defenderme. Cogí el alfiler que me sujetaba el gorro y lo sopesé en la mano. Armada con mi humilde estilete con cabeza de perla, aguardé mi destino.

El coche se internó por un caminillo de piedras y se detuvo a la puerta de una mansión vieja y deslustrada, pero que todavía conservaba el halo de haber sido, hacía años, un edificio elegante, de líneas clásicas, con cierto toque renacentista en unas columnas dóricas, lugar en el que se asentaba un porche que se abría a un enorme jardín. La luz de la luna me reveló una gigantesca extensión de verdor donde un lago reflejaba el astro de la noche bañado en brumas de agua. Al fin, el coche se detuvo justo ante la puerta principal de la edificación. El chófer, un hombre maduro y bastante atractivo, vestía un anticuado uniforme, y me tendió una mano solícita para ayudarme a bajar del vehículo. En su rostro vi reflejado un sentimiento de lástima inimaginable. Lo achaqué a mi lamentable aspecto. El mareo de tan ajetreado viaje todavía me producía ciertas dificultades al caminar, y tuve que agarrarme a aquel brazo obsequioso y galante que me condujo a través de un portón de madera, hasta pararse en el interior de un fabuloso salón en el que ardía una alegre fogata, quizá demasiado escasa para tan magno recinto. Un anciano, envuelto en un batín de seda, se levantó con mucha dificultad para saludarme efusivamente.

casa

—¡Mi querida niña! ¡Qué alegría conocerte al fin! ¡Soy tu bisabuelo! Sé que te estarás haciendo mil preguntas y ahora mismo voy a responder a cada una de ellas. Pero ¡Siéntate, por favor! Acércate para que te mire. Eres la viva imagen de tu madre. Mi única hija te apartó de esta casa intentando evitar lo inevitable. ¡No podemos perder más tiempo! ¡Arrímate al calor de la chimenea y escucha atentamente lo que tengo que decirte!

¡No podía creer lo que estaba oyendo! En diez minutos fui informada sobre una maldición hecha hacía cinco siglos, que condenaba a morir a las mujeres de la familia cuando cumplían los veinticinco años. El viejo observó el broche que llevaba sujeto en mi vestido e inmediatamente señaló uno de los cuadros que presidía el salón. Una mujer vestida con ricas y antiguas ropas, exhibía la misma joya que yo portaba, aposentada entre un mar de encajes. El prendedor era inconfundible, presentaba la silueta de una cortesana danzante, absolutamente tachonada de zafiros y rubíes colocados estratégicamente que, al atrapar la luz, producían la ilusión óptica de movimiento constante. La sorpresa me dejó sin palabras, y no solo esa noche sino varios días después. Me instalé en la mansión con mis pertenencias, abandonando el húmedo y lúgubre piso en el que había vivido hasta ahora, olvidando mi mala situación económica que mi bisabuelo se encargó de mejorar notablemente. Allí me dediqué en cuerpo y alma a tratar de salvar la vida de un horrible fin. Tenía de plazo un año para intentar zafarme de la terrible amenaza que se cernía sobre mí. Se me asignó el ala izquierda de la mansión donde encontré cantidades ingentes de material de estudio que había pertenecido a mis antepasadas.

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La felicidad que experimenté al encontrar a mi bisabuelo quedó eclipsada por las terribles muertes de mis antecesoras, narradas por mi pariente con pelos y señales, haciéndome temblar de puro terror ante mi destino.

—¡Todas perecieron entre las llamas!— El bisabuelo susurró entre gemidos. Testigo de la muerte de su hija primeramente y de su nieta años después; vio arder a ambas en el lago próximo a la mansión.

La información que me dio mi pariente, junto con ciertas investigaciones que realicé por mi cuenta, me revelaron, sin ninguna duda, el origen del sortilegio que había perseguido a las mujeres de mi familia desde hacía cuatro siglos: El vizconde de Marais, personaje viudo, rico y muy poderoso, ligado con cierta secta adoradora de Isis y los sacrificios humanos, profundamente prendado de la belleza legendaria de una de mis antepasadas, Marguerite Campagne, quiso añadirla a su colección de esposas. Ella haría la número seis, cifra cabalística muy arraigada en las creencias del futuro esposo en cuestión.

Puso en marcha todo su encanto y también su dinero para conseguir la mano de mi antepasada; como muestra de su profundo amor y para la petición de mano, la obsequió con el magnífico broche, que ahora yo poseía, realizado por un  misterioso orfebre y cabalista judío.

La muchacha, embarazada de pocos meses, de un novio que resultó muerto en el campo de batalla, se hallaba en situación desesperada al igual que el honor de su familia. Cuando tal propuesta llegó a manos del Marqués de Campagne, padre de la joven, no dudó un segundo de que la proposición de matrimonio era la respuesta del cielo a sus plegarias, una solución perfecta para su hija. Así, en el corto plazo de dos semanas, la muchacha, cuyo embarazo apenas se notaba, fue obligada a casarse con un hombre al que no amaba.

 En poco tiempo una llama de pasión brotó entre ambos esposos, sentimiento que quedó extinguido cuando la vizcondesa dio a luz una niña, perfectamente formada, a los cinco meses de su matrimonio. El marido percatándose del engaño del que había sido objeto, juró venganza ante la estatua de Isis e inmoló a su consorte en una pira, pronunciando la pavorosa maldición con la que condenaba a muerte a todas las descendientes de su esposa. Oyendo los alaridos terribles de su mujer quemándose en la hoguera, a la que había llegado a amar profundamente, arrepentido de su acción saltó a la misma intentando salvarla. Pero ya era tarde y los dos perecieron abrasados.

Encontré la tumba de los Vizcondes de Marais, ubicada en el cementerio de Montparnase. En una lápida medio destrozada por el paso del tiempo, aún se adivinaban los nombres de los aristócratas. Y allí, ante ellos, me juré a mí misma que yo sería la excepción de la larga lista de muertes en mi familia.

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Dejando mi tesis doctoral abandonada, me dediqué por entero a “salvar mi vida”, sumergiéndome de lleno en el estudio de muchos de los papeles que poseía. Así comencé mi estudio sobre la diosa Isis, cuyo terrible poder me dejaría convertida en una pavesa humana si no me espabilaba:

”Por muchos milenios, Isis fue una diosa de los Antiguos Egipcios, que mantenía el equilibrio entre el Mar Mediterráneo y el corazón de África, puente entre la cultura Europea y Africana. Después, hace poco más de dos mil años, el culto a Isis emigró alrededor del Mediterráneo hacia el mundo griego, después a Roma extendiéndose por todo el Imperio romano, llegando incluso hasta los límites de occidente como era la mismísima Gran Bretaña. A medida que su culto se movió más allá de los confines de Egipto, Isis absorbió las cualidades y atributos de las otras grandes diosas del mundo Mediterráneo y las tierras de alrededor. Ella se convirtió en Isis de los muchos apelativos y de cientos de naturalezas: Isis Reina del Cielo, Isis Estrella del Mar, Isis Fortuna, Isis Minerva, llegando a ser conocida por gran cantidad de nombres más”. Así averigüe cómo una deidad del Antiguo Egipto había echado raíces en la capital del Sena.

En un manuscrito de la obra de Boccaccio, llamada “De claris mulieribus”, conservado en la Biblioteca Nacional de París,  encontré una miniatura en la que se veía, con toda claridad, una figura sentada en una barca arribando a una ciudad que se parecía mucho a París.  Bajo la imagen, el capítulo comenzaba de este modo: “La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios…”. Me quedé atónita al leer la palabra “Barís” (muy semejante a París) escrita en letras góticas en aquel bote que portaba a la divina mujer. La villa del dibujo representaba una ciudad fluvial muy parecida a la capital de Francia que, en aquel tiempo, fue designada con ese mismo nombre “Barís” que luego evolucionó a París. La diosa egipcia tuvo su primer templo no lejos del Sena en la que hoy en día es la iglesia de Saint Germain-des-Prés (el templo más antiguo de París).

Hacía allí encaminé mis pasos dispuesta a conocer, al fin, a mi rival. No había ni rastro de estatua alguna, sólo unas páginas en las que se decía que en el siglo XVIII se había descubierto una escultura de esta diosa donde se la describía igual que una mujer delgada, alta, erguida, negra, casi desnuda, ataviada con ropa vaporosa adornada de pliegues alrededor de sus extremidades y que se encontraba situada en la pared del lado norte, al lado del crucifijo de la iglesia y era conocida como el ídolo de Saint-Germain-des-Prés. La iglesia a finales del mismo siglo había sufrido una explosión fortuita que afectó al claustro y un incendio que destruyó su importante biblioteca. La estatua desapareció en aquel periodo sin dejar rastro.

Para no regresar a mi hogar con las manos vacías, me hice con un gran garrafón que llené, con el permiso del párroco, de ingentes cantidades de agua bendita, líquido que nunca venía mal contra las fuerzas oscuras. Me di un buen baño con ese elixir pero no noté nada especial. La maldición seguía acechándome.

Probé toda clase de baños para alejar el mal: de hojas de ruda y clavo de olor que, según decían, ahuyentaba las influencias negativas; encendí velas blancas, dibujé seres de luz que me protegiesen cubriéndolos de pétalos de rosas y claveles blancos como la nieve. Mi bisabuelo me observaba muy preocupado mientras probaba, incansablemente, fórmulas mágicas que iba consiguiendo en libros antiquísimos, con el fin de librarme de mi destino. Al mirarle a los ojos vi que temía no sólo por mi vida, sino por mi equilibrio emocional.

Entre investigaciones y estudios llegué a la fecha anterior a mi aniversario y me encontré absolutamente desesperada.

Mi ánimo se tornó de lo más sombrío ¡Iba a morir sin remisión! Un terror sin precedentes me dejó por unos momentos paralizada. Luego mi naturaleza combativa salió a flote. Me vestí mis mejores ropas, que dicho sea de paso, eran muchas y lujosas, regalo de mi bisabuelo que me demostró siempre un cariño sin límites, quizá porque era el único miembro de su familia que todavía quedaba con vida o tal vez porque estaba convencido de que iba a morir en breve y deseaba darme cualquier capricho en este corto periodo de tiempo.

En la solapa me prendí el broche de la bailarina de piedras preciosas a juego con una valiosa pulsera mandada hacer por mi bisabuelo recientemente. Agarré mi bolsa de herramientas, el frasco de agua bendita, mi colección de crucifijos, amuletos de todos los tamaños y formas, más una selección de reliquias compuesta por una veintena de objetos sagrados de muchas religiones que, por su pequeño tamaño, eran fáciles de transportar.

El chofer, hombre que siempre estaba a mi servicio, que en estos últimos meses se había mostrado leal y dispuesto a acompañarme en las aventuras más descabelladas, cargó con mis utensilios mientras yo me despedía de mi bisabuelo.

            —¡No te vayas, niña! Quiero estar a tu lado pase lo que pase.

            —¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada! ¡No quiero que veas cómo me consumo! Lo que me llena de tranquilidad es saber con certeza que la maldición morirá conmigo. No tengo descendientes que puedan transmitir este estigma y, por fin, esta pesadilla que comenzó hace tres siglos se terminará.

Con un gran abrazo lleno de lágrimas y de puro agradecimiento, monté en el vehículo y me dispuse a ir al escenario ideal para abandonar mi corta vida, la tumba de mis antepasados.

Cuando el crepúsculo del atardecer teñía el cielo de rosas y grises, el chófer y yo saltamos por una de las vallas más deterioradas del cementerio de Montparnasse y nos internamos en él, recorriendo caminillos y vericuetos que nos condujeron hasta el mausoleo familiar. Faltaban pocas horas para la media noche y quería aprovecharlas hablando, gritando e increpando a los que me habían metido en tan descomunal atolladero.

 Comencé mi perorata que fue subiendo de tono conforme mi enfado salía a la superficie. A la luz de las linternas observé esas viejas esculturas que no reflejaban odio ni terror, un hombre y una mujer vestidos con ropas antiguas que miraban con amor al bebé de piedra que sostenía la mujer entre sus brazos. Me subí en la plataforma de mármol para observar mejor las estatuas. Los fui acariciando uno por uno, en un vano intento de hallar algo de calor en el trío familiar que, inamovible, miraba al vacío. Mis dedos tocaron al niño de piedra, recorriendo su carita redonda de rasgos de angelote. Percibí que esta escultura no parecía haberse tallado en el mismo bloque que las de los adultos. Había cierta holgura entre ellos. Solicité la ayuda del chófer para separar aquella pequeña estatua del conjunto de mármol. No costó demasiado esfuerzo hasta que sostuve entre mis manos al bebé de piedra. Un gran agujero se abría entre las estatuas. Alumbre con una antorcha aquella oquedad que parecía esconder algo en su interior. Con mano decidida, ya no tenía nada que perder, me apresuré a inspeccionar el agujero con detenimiento. Toqué un objeto que pude sacar sin esfuerzo por la boca de la oquedad. Se hallaba envuelto en una funda de tela encerada. Ante mis ojos vi aparecer a Isis en todo su esplendor de oros y piedras preciosas, presentando en su pedestal unas cuantas frases grabadas en latín. Leí atentamente aquellas palabras antiguas y supe de inmediato, aún sin conocer ese lenguaje, que se trataba de la maldición. ¡Por fin tenía delante a mi rival, la diosa que había destruido a todas las mujeres de mi familia!

Me separaban escasos minutos de la media noche, fecha en la que oficialmente cumpliría veinticinco años y la maldición se cumpliría, una vez más. Decidí aprovecharlos al máximo. Bañé a la diosa en agua bendita, le colgué unos cuantos crucifijos y recé fervorosamente a mi Dios implorando su ayuda; ni siquiera con el pensamiento rogué a aquella diosa antigua que me repugnaba sobremanera por ser el origen de la maldición.

Aterrada, vi desfilar en mi mente las imágenes de mis antepasadas portando el lujoso broche. Me lo quité de la solapa y lo acuné entre mis manos y, en ese instante,  un círculo de fuego me envolvió. La estatua de la diosa, colocada en la tumba, pareció reírse de mi infortunio. Furiosa como jamás lo había estado, cogí una piedra y destrocé la joya machacándola, pulverizándola sin piedad. Un grito desgarrador de dolor inconmensurable escapó del broche, llevándose con sus alaridos las llamas abrasadoras que habían prendido en mis zapatos. No quedó rastro del fuego que hacía un instante amenazaba con engullirme. Pasaron unos minutos de las doce de la noche y yo seguía viva. Casi no me atrevía a respirar por temor a que el fuego hiciera de nuevo su aparición. Pero no fue así, el hechizo se había roto, por fin, al destrozar esa prenda de amor que guardó tan celosamente mi antepasada. Me percaté, sin embargo, de que la estatua de la diosa antigua había desaparecido. Por más que la busqué no pude dar con ella. Pero ya no me importó.

 Ante mis ojos atónitos el mundo se llenó de color. El chofer y yo nos abrazamos emocionados ¡Por fin había recuperado mi futuro!


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