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Poemas para un recién nacido

Poemas para un recién nacido

PARA JON (Teresa Echeverría 2021)

Mamá, mi sol,

color de cielo en tus ojos,

calor de hoguera en invierno,

cuna de brazos y abrazos

de amor, pétalo rosado.

Mamá, mi luz

luna amarilla de verano

rio de leche, de nieve

caricia sin fin, leve

amor eterno, azul.

Mamá, comparto tu alma,

por siempre tú y yo.

Mother Janne nursing her baby (1907) Mary Stevenson Cassat.

ABRIL (Juan Ramón Jiménez)

El chamariz en el chopo.
-¿Y qué más?
El chopo en el cielo azul.¿Y qué más?
El cielo azul en el agua.

¿Y qué más?
El agua en la hojita nueva.

¿Y qué más?
La hojita nueva en la rosa.

¿Y qué más?
La rosa en mi corazón.

¿Y qué más?
¡Mi corazón en el tuyo!

Maternidad, Pablo Picasso 1904-5

APEGADO A MÍ (Gabriela Mistral)

Velloncito de mi carne

que en mis entrañas tejí,

velloncito tembloroso,

¡duérmete pegado a mí!

La perdiz duerme en el trigo

escuchándola latir.

No te turbe por aliento,

¡duermete pegado a mí!

Yo que todo lo he perdido

ahora tiemblo hasta al dormir.

No resbales de mi pecho,

¡duérmete pegado a mí!

Madre, de Kuzma Petrov-Vozkin 1913

MI NIÑO SE VA A DORMIR (Rafael Alberti)

Mi niño se va a dormir
con los ojitos cerrados,
como duermen los jilgueros
encima de los tejados.
La voz de este niño mío
es la voz que yo más quiero,
parece de campanita
hecha a mano de platero.
Arrorró, la Virgen.
Arrorró, José.
Y los angelitos,
arrorró, también.

Maternidad, Henri Lebasque, 1905

VERSOS DE LA MADRE (Gloria Fuertes)


Cierra los ojitos, mi niño de nieve.

Si tú no los cierras, el sueño no viene.

Pájaros dormidos

-el viento les mece-.

Con sueño,

tu sueño sobre ti se extiende…

Arriba, en las nubes,

las estrellas duermen;

y abajo, en el mar,

ya sueñan los peces. …

Mi niño travieso,

mi niño no duerme.

Ángel de su guarda,

dime lo que tiene.

Que venga la luna que a la estrella mece,

que este niño tuyo lucero parece.

Maternidad, Tamara Lempicka, 1928

Los zapatitos

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En un olvidado rincón del armario tropecé con algo singular, unos minúsculos zapatitos. Dos pares iguales, amarillos con rayas blancas, y tan pequeños que parecían pertenecer a algún duende. Apoyándolos en la palma de la mano, cual mágico resorte, volé al país de los recuerdos de caramelo: Días de sol y parque, de columpio, cubo y pala; de andares inseguros con besos de babas; de “Jesusito de mi vida” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”.

Perdida en mis ensoñaciones no escuché el ruido de la puerta de la calle al cerrarse.

-¡Mamá hemos encontrado trabajo!-

Y los duendes se metamorfosearon “ipso facto” en hombres hechos y derechos. Los miré sorprendida: ¿En qué parte de ellos vivirían esos bebés, dueños de los zapatos?

La respuesta la encontré en sus ojos. Ahí bailaba la mirada de cristal de unos niños felices.