Cuentos a partir de seis años

CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD

Selección de siete cuentos navideños con preciosas ilustraciones: “El ángel de las alas rotas”; “El deshollinador de estrellas”; “Encuentro en Navidad”; “La lavandera del belén”; “La Navidad de Dora”; “Pastelito, el reno cojo” y “Una aventura con los Reyes Magos de Oriente”. Se vende en Amazon en formato libro de papel y para el lector kindle. Recomendado a partir de seis años.

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Aquí podéis ver algunas de las ilustraciones, 21 en total.

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¡Feliz Navidad! María Teresa Echeverría Sánchez (autora).


 

EL ÁRBOL GUARDASUEÑOS.- (Cuento de Navidad) –

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Cuento incluido en el libro ilustrado CUENTOS DE JENJIBRE Y TURRÓN, de venta en Amazon. (Para seguir el enlace, pinchad en la portada).


 

Ana tejía sin descanso. Hacía rato que no sentía los dedos, estaban tan entumecidos que no parecían suyos. El entrechocar de las agujas se perdía en la madrugada. El frío de la casa se metía en los huesos y en el alma. No había dinero para calefacción ese invierno. Fuera, enormes montones de nieve escondían coches y caminos, amortiguando cualquier sonido. En diciembre la ciudad se congelaba, al igual que sus habitantes. La Navidad se aproximaba a pasos agigantados, haciendo aflorar la nostalgia y el desaliento que escondía en el corazón. Se sintió más sola que nunca.

El niño se despertó: ─Mamá ¿ha nevado?─. Contestó la madre: ─¡Si, cielo! Otra vez─. Y como un rayo salió de la cama y se acercó a la ventana. Su mirada de infante se iluminó de alegría. Desayunaron la leche muy caliente con el pan y se arreglaron para salir. Hoy tocaba mercado y había muchas posibilidades de vender todos los guantes y bufandas que había tejido durante los últimos días. El abrigo terminó de envolver las diferentes capas de ropa que llevaban para soportar las bajas temperaturas. El pequeño tosió varias veces. El sonido bronco de los pulmones añadió otra arruga de preocupación al rostro de Ana. La calle en invierno no era el mejor lugar para un pequeño de cinco años.

Amanecía cuando salieron de casa. A mitad de camino Ana observó en la basura algo inusual: un pequeño árbol de Navidad, viejo y medio destrozado, destacaba entre los deshechos, lanzando señales de socorro con sus brillos de escarcha. Decidida lo cogió. Intentaría recomponerlo, se le daba muy bien arreglar pequeños cachivaches. Fue un gran día de ventas, todas las prendas fueron adquiridas. Un suspiro de alivio escapó de su pecho. El niño tosió de nuevo. Habría que comprar medicinas. No sobraría mucho dinero para comida. Tuvieron la suerte de encontrar unos cuantos trozos de carbón, tirados en mitad de la carretera, perdidos por algún camión de carga. Los recogieron con mimo, compraron la medicina y se metieron en casa al amor de la lumbre.

Después de la frugal cena, el niño se durmió. Ana limpió cuidadosamente cada esquina del reciente hallazgo. Recompuso las ramas del abeto sujetándolas firmemente con alambre. Entre ellas, escondido, apareció un diminuto duende de madera, sucio y destrozado. Le quito los harapos e hizo un traje de punto a juego con un gorro. Vistió al muñeco y repintó los ojos y la boca, casi difuminados. Cuando finalizó, colocó el adorno en la repisa de la ventana. El árbol parecía contento y el duende, colgado de un hilo dorado, se columpiaba feliz con su sonrisa de estatua.

Ana tejía vuelta tras vuelta, sin descanso; oyó dar las once y las doce. Sintió el paso de las horas en sus manos, cansadas de tejer bufandas. Ningún ruido interrumpió su concentración aquella noche, ni oyó las campanadas del reloj. Un sinfín de artículos de punto se amontonaba sobre la mesa. Agotada, optó por acostarse un rato: ─Seguro que pronto amanecerá─ Pensó. Miró el despertador de la repisa. Marcaba las doce y cuarto de la noche ¿se habría estropeado? Sus ojos se dirigieron al ventanal donde se observaba el reloj de la iglesia: señalaba exactamente la misma hora que su despertador: ─¡Qué extraño!─ Pensó ─He trabajado durante mucho rato. Tengo una enorme cantidad de prendas terminadas y solo han transcurrido dos horas desde que comencé a tricotar. ¡Es imposible!─ Reflexionó Ana. Confusa y agotada se durmió al lado de su hijo.

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La luz del amanecer despertó a los felices durmientes. La muchacha se levantó rápidamente, visiblemente descansada. Había algo inusual en la casa. Observó el pequeño apartamento. Los cuatro muebles que poseían, viejos y desvencijados, lucían como nuevos bajo una luz dorada de sol de invierno. La estancia estaba caliente, el carbón seguía ardiendo con fiereza, como si acabara de ser echado al fuego. Las prendas de punto se alineaban en un perfecto montón, mullido y suave que olía a lavanda. El pequeño tosió sin agonía. El jarabe y el calor de la casa le sentaban bien. El aroma de un pastel recién hecho los atrajo hasta el horno. Un dorado bizcocho se cocía para el desayuno. Encantados, tomaron el delicioso alimento y se prepararon para salir a vender sus mercaderías. Al poco rato estaban de vuelta en el hogar. La totalidad de las prendas habían sido adquiridas en unos minutos. Ana no podía creer en su buena estrella y, desde la muerte de su marido, por fin, sonrió.

Llegó Nochebuena. Semanas antes, la muchacha estuvo trabajando sin parar. Había tejido montañas de prendas de punto que se vendieron sin el menor esfuerzo. La popularidad de sus géneros había traspasado las fronteras del mercado. Mucha gente de toda la ciudad venía exclusivamente para adquirir una de sus labores. Su puesto se había hecho más grande y confortable. Las noches la cundían como nunca: sus manos se transformaban en una máquina rápida y perfecta de tejer. Aunque seguía sin entender el modo en que se dilataban las horas de vigilia y oscuridad, hasta el punto de encontrarse descansada y feliz cada mañana. A esto había que añadir la sorpresa de encontrar un tierno pastel, cada mañana, cociéndose en el horno. Una enorme sonrisa iluminó su rostro. Por fin el futuro presentaba un rostro amable y esperanzador. Podrían disfrutar de la Navidad plenamente. Ana y el pequeño salieron a la nieve para jugar.

Desde la ventana el pequeño duende de madera, aupado en las ramas del árbol de Navidad, observó a Ana y al niño, mientras se lanzaban bolas de nieve. Su carita de muñeco se curvó en una sonrisa. Oyó la ronca voz del abeto susurrar: ─¡Buen trabajo, elfo!


¡Felices Fiestas!

María Teresa Echeverría Sánchez

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EL BURRITO DE ARCILLA – (Cuento navideño incluido en “Cuentos de jenjibre y turrón”).-

DESCARGA GRATUITA viernes 20 de noviembre de CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN.- Con preciosas ilustraciones, relatos ideales para descubrir la magia de la Navidad. (También lo encontraréis en formato libro)

Cuentos escarcha y mazapán


Este cuento y muchos más los encontraréis en mi libro ilustrado “CUENTOS DE JENJIBRE Y TURRÓN” (En versión kindle y en libro). Recomendado para niños y mayores, especial para leer en estos días tan entrañables.

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(Cuento publicado en “Miradas de Navidad 6” (2010) – Editorial La Fragua del trovador)

Papá y mamá me llevaron a un mercadillo navideño de mi ciudad. Cientos de figuras de barro, de todos los tamaños, se hacinaban en unos cuantos puestos. Entre la inmensa colección, elegimos unas cuantas para poder montar nuestro belén.

Regresamos a casa portando un montón de cajas con nuestras compras y, entre los tres, nos pusimos manos a la obra: desembalamos todos los materiales y forramos con tela el lugar que iba a servir de escenario. En él, mis padres colocaron luces y casas, y a mí me dejaron poner las figuras, después de haberme dado toda clase de recomendaciones para que pusiera el máximo cuidado al manejarlas. Eran estatuillas muy frágiles y se podían romper con facilidad.

Ya era de noche cuando terminamos y pudimos verlo iluminado en la penumbra del salón. Nos felicitamos unos a otros por el efecto conseguido: Una pequeña aldea en miniatura, con multitud de detalles, se extendía a lo largo de la gran mesa del salón.

Antes de irme a la cama le eché el último vistazo. En ese instante mis ojos se detuvieron súbitamente, atraídos por uno de los personajes que habitaba el minúsculo mundo: un pequeño burro de arcilla. Con él en la mano me fui a la dormir.

Estaba tan profundamente enterrado en el sueño que me costó abrir los ojos. Alguien me susurraba al oído unas palabras:

─ ¡Abrígate y sígueme! ¡No olvides coger polvorones!

Intenté localizar a la persona que me había despertado. No era otro que el burrito de barro, que en esos momentos brincaba sobre mi almohada haciendo ademanes de que me levantara. Me puse el abrigo y salí detrás de él. Ya en el salón la figura se paró delante de la bandeja de dulces navideños. Obedecí sus indicaciones y llené todos los bolsillos de mi anorak hasta que el plato quedó totalmente vacío. Acto seguido el animal comenzó a crecer, o eso me pareció a mí, hasta que miré el entorno que me rodeaba:

─¡Móntate en mi lomo, vamos a hacer un viaje!

Eso hice sin dejar de observar los gigantescos muebles de la habitación que, como montañas, se perdían en la lejanía.

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De un prodigioso salto, el pollino se encaramó al pueblito instalado en la enorme mesa. Hacía frío, pequeños copos de nieve y sal caían sobre nosotros. Me arrebujé en el abrigo. Comenzamos a transitar por los caminos de serrín que se bifurcaban en callejuelas a derecha e izquierda. Cruzamos un río de papel de plata que nacía serpenteante entre unas altísimas colinas de corcho. Los patos del estanque se deslizaban de una orilla a otra, picoteando diminutos brotes de musgo. Las casas de cartón y madera se encontraban iluminadas; las ovejas comían sin parar manojos de líquenes al lado de los pastores. Numerosas hogueras, con luz roja de bombillas, calentaban y mantenían a la gente alrededor, unida en círculo y cantando villancicos. Al pasar delante del horno del panadero, un agradable aroma a hogaza cocida nos cosquilleó la nariz. Unos muchachos, vestidos con harapos, mendigaban comida en las esquinas del puente de troncos. Mi compañero se detuvo y sin que dijera una sola palabra, entendí su mensaje. De los bolsillos extraje gran cantidad de polvorones y comencé a repartirlos entre la chiquillería jubilosa que extendían sus diminutas manos de arcilla en espera de los dulces. Seguimos recorriendo toda la ciudad alegrando la noche a todos los pobres que se cruzaban en nuestro camino. Las horas pasaron volando parándonos en cada rincón de la villa, saludando a los vecinos y tomando chocolate en la posada. Cansados y con los bolsillos vacíos retornamos a la alcoba y a la cama.

Al despertar encontré a mi compañero acurrucado en mi mano, me observó con ojos impasibles de estatua, intenté que me hablara, pero esta vez no dijo nada. ─¡Qué tonto soy!─ Pensé ─¡Solo ha sido un sueño!

Oí a mi madre que gritaba algo muy excitada. Fui corriendo hacia el salón: todos los polvorones de la monumental bandeja habían desaparecido. En el Nacimiento unos cuantos pilluelos de arcilla, de amplia sonrisa desdentada, sostenían entre sus manos montones de dulces navideños. FIN


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¡Felices días!