Cuentos de Navidad

Pastelito, el reno cojo.- (Incluido en “CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD”).-

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Pastelito nació, junto con su hermana Niebla, una templada tarde de primavera, en el rincón del bosque donde los zarzales y el espino se entremezclaban creando un refugio natural que cobijó a la indefensa madre y sus dos cachorros. El pequeño fue bautizado con este nombre tan dulce debido, sin duda, a la apariencia singular de su hocico: una gran nariz, negra como el carbón, entre denso pelaje níveo, exactamente con el mismo aspecto que un merengue de nata adornado con una enorme trufa de chocolate.

Se oía el aullido de los lobos en la lejanía y la nueva madre se alegró de estar tan bien resguardada, puesto que el último vástago que alumbró era débil y minúsculo, demorándose más de una jornada en ponerse en pie. Normalmente las crías eran capaces de correr, junto con sus madres, a las pocas horas de su nacimiento pero el pequeño Pastelito no podía andar bien. Una de sus patas traseras resultaba bastante más corta que las demás y se movía renqueando, lo que hacía que su caminar fuera desigual y muy lento.

Cuando al fin retornaron con la manada, se hizo un gran silencio entre los miembros del numeroso clan mientras observaban a la cría bambolearse de un sitio a otro. Los mayores movieron la cabeza en señal de lástima: de sobra sabían que si eran atacados por osos o lobos, el primero en caer sería el pequeño cojo. Las demás crías se acercaron a saludar a los dos recién llegados, parándose al lado del diminuto ejemplar que se movía con un vaivén que los hipnotizaba. Trataron de imitarle y varios se escurrieron dándose un buen trompazo. La mamá de Pastelito, muy protectora, resguardó a la cría entre sus patas y espantó a las demás emitiendo varios bufidos. Era tan dulce la mirada de ese retoño que le lamió con cariño mientras le cantaba una dulce melodía.

Las últimas camadas fueron creciendo a buen ritmo, excepto Pastelito que conservaba un tamaño bastante más escaso que el resto de sus compañeros. Aun así intentaba intervenir en los juegos que se desarrollaban entre brincos y mugidos junto con Niebla, pero siempre se quedaba rezagado en las carreras o no era lo suficientemente alto para alcanzar algunas de las jugosas bayas que crecían entre los espinos. El otoño, corto y lluvioso, dejó sitio al invierno que llegó anunciándose con una gran nevada.

Pastelito aprendió a jugar solo. Hablaba con amigos imaginarios y le gustaba ver su imagen reflejada en el hielo. En uno de esos días en los que platicaba a solas, escuchó a un pájaro que, posado en una rama cercana, le preguntó su nombre. De inmediato se hicieron amigos inseparables. El ave dormía sobre el lomo del reno, bien abrigado entre su pelaje. Jugaban a las escondidas, a hacer carreras por el hielo y a contarse historias disparatadas, asunto que les producía un mar de carcajadas.

Los jóvenes de la edad de Pastelito ya eran capaces de procurarse su propio alimento. Para el pequeño reno, encontrar algo para comer resultaba todo un reto, por esa razón se hallaba tan diminuto y escuálido. Si no se nutría lo suficiente, el frío del largo invierno acabaría con sus escasas fuerzas. A partir de conocer a Piquín aquel problema de supervivencia dejó de existir. El ave, haciendo un extenso vuelo raso y poniendo en juego su poderosa visión, le indicaba los lugares en los que había pasto enterrado bajo una ligera capa de nieve. Hacia allí se dirigía el reno encontrando un sinfín de sustento. Las frutas silvestres, muy escasas ya, que aún se veían en los infranqueables matorrales dejaron de ser inaccesibles para su corta estatura, pues el pájaro las arrancaba de los altos setos y las dejaba caer al suelo donde Pastelito daba buena cuenta de ellas. Tan excelsa sociedad formaron que el pequeño creció un montón hasta ponerse a la misma altura que los de su edad. Su mamá, observándole desde su lugar entre las hembras de la manada, se sintió muy dichosa. Quería con locura a su retoño, y se mostró muy complacida cuando Pastelito se negó a seguir aceptando parte de su comida. Ya era hora de que su madre mirara por sobrevivir sin preocuparse de él, pensó el reno.

Ese mañana ocurrió algo muy especial: la manada vio llegar a los elfos en su trineo conducido por dos enormes renos. Los conocían de sobra, eran los que habían sido reclutados el invierno anterior para formar parte del grupo destinado a llevar el mágico vehículo de Papá Noel. Los jóvenes del rebaño se agruparon para pasar la inspección anual, todos, menos Pastelito que ni siquiera se acercó a las diminutas criaturas. ¿Para qué? ─Pensó cabizbajo─ Era cojo y resultaría inútil para correr y mucho menos para volar. Muy triste se internó en el bosque alejándose de los vítores y bramidos de alegría que emitían sus congéneres al ser seleccionados por los elfos.

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Tantas horas anduvo ensimismado que la noche se le echó encima igual que un negro manto estrellado. Los aullidos de los lobos se dejaron oír con especial cercanía. Pastelito tembló de terror. Ni siquiera le acompañaba Piquín que había salido a hacer una batida en busca de alimento. No supo qué camino tomar y se quedó parado, totalmente perdido entre las ramas de los abetos.

Un gigantesco lobo plateado hizo su aparición justo delante de él.

─Hola muchacho. Estas lejos de tu rebaño. ¿Qué te trae por aquí, si puede saberse?

El reno temblaba esperando que, de un momento a otro, el carnívoro le hincara el diente.

─Estaba… buscando… comida. ─Contestó balbuceante.

─Es difícil encontrarla en invierno ¿verdad? Me ocurre exactamente lo mismo que a ti. Si quieres podríamos buscarla juntos. Conozco un lugar subiendo la ladera que te encantaría. ─Exclamó el lobo luciendo la mejor de las sonrisas por donde asomaban unos gigantescos dientes.

─Creo que no comemos lo mismo…ya sabe, señor lobo.

─Muy cierto pequeñín. ¡Ja, ja, ja!─ Rio la fiera divertida. ─Te será muy trabajoso hallar alimento con una pata tan… ¿fea?… ¿corta? ─Comentó el carnívoro observando la cojera de Pastelito.─ Seguramente los otros renos se ríen de ti y piensan que eres un lisiado que no sirve para nada. ─Continuó el lobo viendo a Pastelito derramar dos gruesas lágrimas. Y cambiando su áspero tono de voz continuó susurrando dulcemente: ─Pero tengo una solución para eso. Si quieres te puedo matar de una dentellada y todos tus problemas se borrarán en un instante.

Al fin, Piquín, después de mucho volar y buscar, había dado con su amigo. Escuchó muy enfadado lo que el lobo acababa de decir y, sin pensárselo dos veces, comenzó a emitir un zumbido de socorro que podía escucharse a varios kilómetros de distancia.

─¡Vamos, pequeño! ¡No tengo toda la noche para esperar tu decisión! ¿Término con tu insignificante existencia de una vez? Deberías estar agradecido a alguien que te quiere hacer un favor.

El sonido de unas campanillas hizo volverse al enorme carnívoro. Justo detrás de él apareció Papá Noel.

─¡Buenas noches, Boris! ¿No estás muy alejado de tu manada? Me prometiste que no cazarías en mis territorios.

─¡Hola Santa! Es cierto que lo prometí y lo he cumplido día tras día, aun cuando el hambre aprieta. No estaba cazando sino intentando hacer un gran favor a un amigo desesperado.

─¡Oh Boris, eres un pícaro! ¿No te da vergüenza pretender convencer a un crío para que se deje comer? Y tus hijos ¿qué pensaran si se llegan a enterar de esto? El gran cazador perdiendo el tiempo con una cría de reno.

El lobo, abochornado, bajó la cabeza, y despidiéndose rápidamente se perdió en la negrura del bosque. Pastelito, mientras tanto, se había secado las lágrimas y miraba fijamente a Papá Noel.

─No te alejes nunca de tu rebaño, pequeño. La crudeza del frío es dura para todos, especialmente para los lobos, que necesitan llevar con urgencia alimento a sus retoños.

─El lobo me debía haber matado, así hubiera resultado mucho más útil. No sirvo para nada, ni siquiera para encontrar mi propia comida.

─¡Ya veo que el frío te hace decir tonterías! ¡Ven, Pastelito, sube al trineo! Y mientras regresamos, charlaremos un buen rato. ─Ordenó Santa al reno─.

Ya acomodados en el vehículo, Papá Noel comentó con gran seriedad:

─Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir. Eres muy joven y tienes una vida larga y feliz por delante. Encontrarás el modo de resultar provechoso para la manada, ya lo verás. Te ayudaré a conseguirlo. Pero lo más importante de todo es que confíes en ti mismo; y lo harás, estoy seguro.

Continuaron la travesía corriendo por caminos helados. La temperatura bajaba rápidamente y el reno gigantesco que los llevaba interrumpió su loca carrera para cambiar el ritmo por un tranquilo trotecillo, señal de que el suelo que pisaba era muy frágil. Y estaba en lo cierto: con el peso del animal y del trineo, la superficie del lago ─que poseía una delgada capa de hielo─ se agrietó, y todos se precipitaron al agua helada sumergiéndose de inmediato.

Pastelito, de menor tamaño que los demás, alcanzó la superficie enseguida. Nunca había nadado pero flotaba igual que un pez. Se dio cuenta de que el reno y Santa seguían sumergidos y tomando aire buceó en su busca. Subió primero empujando a Santa que, volviendo en sí, logró trepar hasta salir del lago. El animalito retornó al fondo del lago una vez más. Esta vez se entretuvo dando firmes bocados a los arreos que impedían nadar a su congénere. Ya liberado, el gigantesco ejemplar alcanzó rápidamente la superficie. Un grupo de elfos, llegados en distintos vehículos, rescataron el trineo del lecho del lago. Papá Noel, ya seco y sonriente, se dirigió a Pastelito.

─¡Gracias por salvarnos, pequeño reno! ¡Has sido muy valiente y esa cualidad me gusta mucho! ¡Quedas reclutado para mi establo! ─Antes de que Pastelito fuera capaz de decir lo que pensaba, escuchó de labios de Santa lo siguiente: ─Por supuesto que puedes traer a tu amigo alado. Necesito animales tan llenos de coraje como vosotros dos. Seréis muy bienvenidos a las instalaciones del Polo Norte.

Pastelito fue colocado cómodamente en un habitáculo de las inmensas cuadras. Se le suministró heno y chocolate a partes iguales, dieta que seguían todos los herbívoros que habitaban el establecimiento de Santa. El pájaro siguió sin despegarse de su amigo ni un instante.

Varios elfos, especialistas en tallar juguetes en madera y trabajar delicados metales, se personaron para conocer al insigne personaje que había salvado la vida de Papá Noel. Le acariciaron y cepillaron, sin dejar de observar la pata atrofiada que el reno poseía. A la siguiente mañana comenzaron a sumergir el miembro encogido en agua caliente y a suministrarle friegas con aceites medicinales. Con el transcurso de las semanas, la pata tullida mejoró visiblemente. La articulación dejó de estar anquilosada y la pezuña en forma de garfio fue estirándose poco a poco. Los elfos, todos los días, le sacaban al gran corral: allí era donde aprendían a volar los renos que se preparaban para sustituir a los que iban envejeciendo. Pastelito debía ejercitarse durante horas, apoyando la pata atrofiada y fortaleciendo los músculos de la misma. A veces paraba unos instantes para admirar los volatines de sus compañeros, envidiando sus locas carreras para coger velocidad y elevarse ligeramente hacia el cielo.

La determinación de Pastelito no tenía límites y durante horas se afanaba por ejercitar su miembro encogido hasta que consiguió que se estirase del todo. Pero algo fallaba, la pata no había crecido conforme lo habían hecho las demás, y aunque recuperada y con fuerza no llegaba en altura a las otras. Los elfos, que conocían este hecho, le tranquilizaron e idearon un tacón que unieron mediante clavos a la pezuña del animal. De nuevo tuvo que educar ese miembro con prótesis hasta que fue capaz de responder igual que los demás.

El joven reno había pasado tantas jornadas observando las maniobras de sus compañeros intentando remontar el cercado que, una tarde, sin que nadie lo viera, repitió punto por punto, todas las consignas que los maestros impartían una y otra vez. Lo que ocurrió fue indescriptible: con tanto ejercicio las extremidades del reno se encontraban en un estado de total elasticidad y respondieron a los pasos que recomendaban los maestras, es decir, correr, tomar impulso y patalear, igual que si se estuviera nadando. Pastelito salió disparado hacia la luna en un rápido vuelo que le llevó a gritar de pánico durante los primeros segundos, y de alegría después. Surcó el cielo atravesando nubes esponjosas y sintiendo las cosquillas en sus patas de las copas de los abetos al sobrevolar los bosques. Llegó la hora de aterrizar y, para su sorpresa, descubrió que a esas clases no había asistido y no tenía idea de cómo hacerlo. Piquín dio la alarma rápidamente.

Unos cuantos renos, procedentes del escuadrón de Papá Noel, se pusieron a su lado de inmediato, acompañándole en sus volatines. Fueron dándole las órdenes precisas para que el aterrizaje fuera suave y sin consecuencias para sus patas.

Sin más contratiempos, Pastelito tomó tierra en pocos segundos. Papá Noel, en persona, se acercó a hablarle:

─¿Cómo se te ha ocurrido volar sin supervisión? Las consecuencias podrían haber sido terribles si no llegas a aterrizar correctamente.

─Lo siento mucho Santa. Sólo pensé en elevarme, en alcanzar la luna. Me dejé llevar, fui un necio.  No volverá a ocurrir, te doy mi palabra.

El anciano se rio con ganas de la promesa del joven reno. Acababa de tomar una decisión y así se la hizo saber:

─Desde ahora formarás parte de los renos sustitutos. La próxima Navidad será tu estreno. Debes practicar y hacer caso a tus instructores. ¡Volarás, Pastelito!

El reno no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que un ser que había nacido tullido, pudiera formar parte de lo más destacado del escuadrón? Recordó en ese instante las sabias palabras de Santa cuando le salvó del ataque del lobo hacía unos cuantos meses: “Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir”.

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En el desfile de Navidad del siguiente invierno, los trineos fueron pasando al ritmo marcado por los tambores de los elfos: ¡Pom, pom, pom! Primero lo hicieron los artesanos, luego los pintores, después los compositores de música navideña y, para terminar, los habitantes de la cuadra al completo, adornados con campanillas y arreos de terciopelo rojo, marchando marcialmente a lo largo de la linde del bosque. Todos los animales que habitaban en la foresta salieron, de inmediato, a admirar el espectáculo. Los osos, lobos, liebres, aves, renos, linces y glotones, hermanados en tan singular festividad, prorrumpiendo en vítores cuando aparecieron los protagonistas indiscutibles de la Navidad: Santa, enfundado en su traje escarlata y saludando risueño, seguido de un escuadrón de elfos y los doce renos que, formando un equipo perfecto, habían repartido, durante la pasada Nochebuena ─en las más mágicas horas del año─ millones de juguetes por todos los rincones del mundo

Mamá reno, llena de orgullo, junto con su hija Niebla vieron desfilar a Pastelito enganchado al magnífico trineo mientras las patas le caracoleaban en el aire. Gigantesco, poderoso y muy risueño el reno hizo sonar sus múltiples campanillas al divisar a su familia. Un sueño inalcanzable se había hecho realidad.

Posado en la oreja de Pastelito iba Piquín que le susurró entre gorjeos:

─¡Feliz Navidad, querido amigo!

FIN


 

LOS SECRETOS DE MI BELÉN.- (Relato navideño).-

Terminaba de cargar las cajas de adornos navideños cuando sentí unas extrañas vibraciones en una de ellas: el embalaje correspondía a las figuritas del nacimiento que estaban cuidadosamente envueltas en plástico de burbujas para evitar roces y roturas que pudieran deteriorarlas. Parecía estar habitado por algún animalillo. No me atrevía a mirar en su interior en un lugar tan lúgubre como aquel y decidí que perro o gato saldría de su escondite en mi casa, donde estaría suficientemente pertrechada para solventar cualquier contingencia que se presentase. Subí colocando todo aquello lo mejor que pude en el ascensor mientras la caja vibradora daba pequeños saltitos de acá para allá.

No sentía temor, pero sí una curiosidad desmedida por vaciar el susodicho envase. Cogí las tijeras, un cuchillo y la escoba ─las “armas” de que disponía a mano─. A la vez que abría los precintos con las pinzas de la carne, recordé un suceso ─enterrado profundamente en la memoria─ que había acaecido en las navidades anteriores: una noche en la que me levanté para ir al baño, al salir de la habitación, me llegó un apetitoso olor a pan recién hecho. Seguí la chocante fragancia descalza y de puntillas hasta que alcancé el salón, parándome en el quicio de la puerta y atisbando por la rendija entreabierta. Se escuchaba una tenue melodía al tiempo que un resplandor cálido y rojizo inundaba la estancia. Pensé que uno de los chicos se había desvelado y estaba viendo una película. Abrí la puerta de golpe y la oscuridad de la sala me envolvió como una nube densa. Encendí la luz de la lamparilla y recorrí el salón minuciosamente buscando una explicación a los fenómenos que había visto un instante antes. El perfume a bollería procedía del belén sin lugar a dudas, de la panadería para ser exactos: una voluta de humo escapó por su chimenea, yéndose a juntar con otras tantas que flotaban justo encima de las cocinas y fuegos que había distribuido a lo largo del suelo de cartulina. Me aseguré que la instalación eléctrica seguía desconectada y las débiles fumadas no suponían el origen de un incendio. Toqué las hogueras y sentí un calorcillo entre sus cenizas. No entendía cómo era posible que estando sin electricidad las minúsculas bombillas pudieran generar calor. Estuve un buen rato observando y examinando todo con suma atención. No me atrevía a volver a la cama por miedo a que algo se prendiera.

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El reloj dio las cuatro. Me estaba quedando gélida allí parada, delante del mueble, y sin las zapatillas. Resolví volver al dormitorio, pero antes de emprender el regreso me di cuenta de que las figuras no estaban donde las había colocado el día anterior. La única que seguía en su puesto ─el mismo que ocupaba cada Nochebuena─ era el niño Jesús. Me extrañaba que los chicos hubieran movido las figuritas, ya eran mayores para esos juegos y apenas pisaban la casa inmersos en sus múltiples actividades.

Desde que modelara las estatuillas ─las había creado año tras año─ siempre fantaseé con la posibilidad de que cobrasen vida cuando no eran observadas. Incluso cuando las dejaba secándose antes de pintarlas, cerraba la puerta de mi taller para evitar que deambulasen a mis espaldas: vana presunción de hacedora aficionada. Pero esa noche lo creí a pies juntillas, aunque en el trascurso de los días tampoco reuní muchas más pruebas que justificasen la certeza de que estaban vivas. Olvidé ese hecho como si nunca hubiera tenido lugar.

Al separar las solapas de cartón, el embalaje dejó de bailotear. Lo vacié cuidadosamente y no hallé insectos ni nada orgánico que justificase los movimientos de los que había sido testigo momentos antes. ¿Lo habría imaginado? Estaba segura que había una explicación para este misterio, aunque mi mente no fuera capaz de descubrirla. Saqué los adornos y materiales para montar el nacimiento y me puse a ello. Al fin estaba terminado. Encendí las luces y, de repente, un murmullo de vocecillas se escuchó con claridad. Ese ruido de fondo ya no calló ni ese día ni los siguientes. Me sentí feliz de no estar como una regadera, pero muy extrañada con el sorprendente fenómeno.

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Me acostumbré enseguida al parloteo de aquellos habitantes de arcilla, que se hacía más patente cuando me paraba a admirar el pueblito hebreo. Lo que me dejó terriblemente pasmada fue su capacidad de moverse, porque recorrían grandes distancias para ser tan pequeños. He de decir que jamás los vi “moverse”, pero comenzaron a aparecer en los lugares más insospechados de la casa: subidos a los taburetes de la cocina, aposentados en el sofá, escondidos en el centro de piñas y espumillón que adornaba la mesa del salón. Una mañana descubrí una figurita en mi almohada y casi me da un ataque. Me planteé seriamente recoger el belén y bajarlo al trastero, me daba cierto reparo estar a merced de tan impetuosas criaturillas: no pude por menos de rememorar a Gulliver despertándose en la arena, inmovilizado con cientos de sogas, mientras los liliputienses le observaban debatirse y retorcerse. Poco después abandoné la idea de deshacerme de las figuritas, sobre todo porque a mi familia no parecía importarle el incesante vagabundeo de las mismas; al contrario, les hacía mucha gracia y las hablaban igual que a las mascotas.

Tenía que hacerme con la situación, enseñarlas quién mandaba allí, pues tal y como se comportaban, era impensable invitar a nadie a casa. ¿Qué iban a decir los convidados  sobre semejante espectáculo? Fabriqué una lista de reglas que las esculturas debían seguir al pie de la letra, si no querían que las encerrase para siempre en su caja de cartón. Se las leí muy seriamente mientras estas murmuraban sin cesar. Se resumían en: delimitar su territorio de incursiones al salón y estarse quietas y calladas cuando algún extraño apareciese. Esperé la confirmación de que lo habían entendido con claridad. Como no comprendía su lenguaje ─hablaban bajito y en un idioma desconocido lleno de zumbidos y chasquidos─ no supe interpretar lo que respondieron. La incertidumbre no me dejó en paz ni un segundo, aunque me atreví a hacer algunas invitaciones para los próximos días.

Unas jornadas más tarde, se presentó una vecina con la que tenía mucha confianza. Muy a mi pesar, la introduje en el salón para que admirase el belén ─que venía a contemplar cada diciembre─ y me contara sus cuitas. Puse música para ahogar cualquier amago de voces o cánticos ─porque las figuritas “cantaban que se las pelaban”, sobre todo por las noches─. Lo cierto es que supieron portarse como estatuas, aunque, inmediatamente después de despedir a la visita, las esculturas comenzaron a irse de pingos ─tan rápido se movían que el ojo humano no lo captaba─, canturreando a pleno pulmón un villancico: tuve que chistarlas para que bajaran el tono.

Vinieron invitados en Nochebuena y el belén fue muy admirado, sobre todo por el aroma a vainilla, canela y jengibre que se respiraba en el salón. El panadero de arcilla, presente durante la elaboración de mi receta casera de galletas navideñas, repetía mis pasos para abastecer de dulces a los habitantes del nacimiento. He de decir que actuaron de modo admirable para lo que me tenían acostumbrada, es decir, no hablaron ni se movieron.

Era víspera de Reyes. Esa noche Melchor, Gaspar y Baltasar repartirían regalos a todos los niños que hubieran escrito su carta. Me sentía muy afortunada porque Papá Noel también había visitado mi hogar dejando algún que otro presente. Miré a las figurillas y sentí pena por ellas: no sabían escribir, desconocían tan moderna costumbre, y se quedarían, otra vez, sin nada… aunque ciertamente no parecía importarles demasiado: seguían tan contentas, paseándose y deslizándose por las estanterías con ese ímpetu infantil que las caracterizaba. No obstante, me puse manos a la obra y modelé unas cuantas cajas de arcilla, adornándolas con grandes lazos de colores. No me llevó mucho tiempo.

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Me levanté temprano para abrir mis regalos. Antes de hacerlo vi a las figurillas en la alfombra, todas reunidas, incluso habían movido la cuna del niño Jesús y presentaban una excéntrica formación. Miré en el belén, lo encontré desierto igual que una ciudad fantasma: los estuches de arcilla, que había fabricado con tanto esmero el día anterior, se habían esfumado. Mis ojos regresaron al grupo de figurillas del suelo: todas portaban algún trasto en sus manos: gorros de terciopelo o lana, herramientas relumbrantes, hebillas de filigranas, pañuelos de fina seda…. Una de ellas lucía un móvil pegado a la oreja… no podía creerlo. De pronto mi teléfono repiqueteó con impaciencia. Cuando lo cogí, antes de que se cortara la comunicación, se oyó con toda claridad la palabra “gracias” con un timbre de voces harto conocido.

Observad vuestros belenes con atención. Lo que sucede en mi salón, estoy segura de que acontece en los nacimientos de vuestros hogares. Ya sabéis… la magia de la Navidad.


Lecturas recomendadas para estas Navidades: En libro de papel y para lector kindle. Cuentos para niños y mayores.

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CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD

Selección de siete cuentos navideños con preciosas ilustraciones: “El ángel de las alas rotas”; “El deshollinador de estrellas”; “Encuentro en Navidad”; “La lavandera del belén”; “La Navidad de Dora”; “Pastelito, el reno cojo” y “Una aventura con los Reyes Magos de Oriente”. Se vende en Amazon en formato libro de papel y para el lector kindle. Recomendado a partir de seis años.

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Aquí podéis ver algunas de las ilustraciones, 21 en total.

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¡Feliz Navidad! María Teresa Echeverría Sánchez (autora).


 

CÓMO HACER PEQUEÑOS COMPLEMENTOS PARA NUESTRO BELÉN .-

1.- ALFOMBRAS PERSAS PARA UN VENDEDOR O PARA ADORNAR SUELOS.-

Las podéis realizar en tela bordándolas en punto de cruz, si os gusta coser. Para seguir enlace, pinchad en la fotografía.

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También se pueden hacer de forma más fácil, sacando fotocopias de alfombras de verdad y pegándolas en la tela, incluso aprovechando trozos de alfombra que tengamos en casa. (Para tutoriales pinchad en las fotos).

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2.-CÓMO HACER  PALOMAS O  CIGÜEÑAS VOLANDO.-

Quedan geniales.Van talladas en porexpan extruido para que pesen muy poco y sujetas a un alambre fino. Son fáciles de hacer, lo digo por experiencia porque las fabriqué el año pasado para mi nacimiento. Os dejo el paso a paso de Lola Temprado que es una gran belenista.

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3.- FRASQUITOS DE PERFUME PARA UN VENDEDOR DEL NACIMIENTO.-

Son muy fáciles de realizar y quedan espectaculares.

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4.- CANDELABROS PARA DECORAR UN RINCÓN DEL BELÉN.-

Preciosos ¿verdad? Sigue el paso a paso pinchando en la imagen.

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5.- JAULA PARA UNA PERDIZ.-

Queda genial y no es difícil de realizar. Para el paso a paso pinchad en la imagen.

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6.- CANASTAS PARA NUESTROS VENDEDORES DEL NACIMIENTO.-

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7.- HUMO CASERO PARA EL BELÉN.-

Con un cono de incienso colocado en una superficie metálica. Para ver el video pinchad en la imagen.

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8.-TINAJA ROTA CON ACEITUNAS.-

No me digáis que no es una preciosidad y además no es difícil de hacer. Seguid el paso a paso pinchando en la imagen.

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9.-GARRAFAS MÍNIMAS PARA EL BELÉN.-

Mirad que cositas tan monas. Y se hacen reciclando esas botellitas de ambientadores o de lacas de uñas. Para seguir el tutorial, pinchad en la foto.

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10.- ORZAS O TINAJAS CON ENVASES DE ACTIMEL.-

Muy fáciles de hacer. Para confeccionar las tapas podemos usar las bandejas de porexpán del pollo o la fruta. Os dejo el tutorial pinchando en la fotografía.

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11.-HACIENDO FAROLILLOS PARA EL BELÉN.-

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12.-CONSTRUYENDO UNA FUENTE REDONDA PARA EL BELÉN.-

Os dejo el tutorial con el que hice la mía como podéis ver en mi belén. Los chorros los hice con silicona. Es muy fácil de hacer y queda muy bonita.

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LECTURAS NAVIDEÑAS.-

Para acompañar estos días de magia os dejo tres de mis libros en los que encontraréis preciosos cuentos con ilustraciones. Aprovechad para leer con los peques.

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¡Felices días!


 

CUENTOS DE JENGIBRE Y TURRÓN.- Especial Navidad.-

Publicación en formato libro de papel y también para dispositivo Kindle. Cuentos con ilustraciones. Indicado a partir de 7 años. Para regalar, descargar y para compartir preciosos sueños. ¡No os lo perdáis!

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Uncluye siete cuentos entre los que se encuentran:

1.- EL AMIGO DEL BOSQUE

2.- EL ÁRBOL GUARDASUEÑOS

3.- EL BURRITO DE ARCILLA

4.- EL HOMBRECILLO DE CENIZA

5.- MAX, EL MULTISOMBRAS

6.- UNA EXTRAÑA NAVIDAD

7.- EL JARDÍN DE ALEX


Especialmente indicado para leer con los “peques”.- Toda la vida compartiréis esos bonitos recuerdos.

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MARÍA TERESA ECHEVERRÍA SÁNCHEZ.-


 

EL REGALO MÁS DULCE .- (Aventuras de una compradora en pleno trajín navideño)

Era víspera de Navidad. Las calles aparecían cubiertas de alfombras humanas que se deslizaban arriba y abajo en un flujo incesante de empujones y algarabía atronadora. Y precisamente allí me encontraba yo, justo en el medio de todo el jaleo, parada bajo el alero del tejadillo de un quiosco de periódicos. La lluvia se había sumado a la escenografía, pintando un ambiente de agua y frío. Los charcos reflejaban las luces de colores de la iluminación de las fiestas. Miré mis pies, las botas se habían calado y notaba la humedad trepando por los tobillos. Las manos llenas de voluminosas bolsas, los regalos que había comprado para mi familia, ahogaban al paraguas que, tímido, se escondía en el pliegue del codo, no mostrándose dispuesto a cobijarme en los momentos que más le necesitaba. Le odié por eso con la intensidad con la que se desprecia a los objetos contra los que nos hemos golpeado o se interponen en nuestro camino.

Agotada, había intentado encontrar algún hueco en las cafeterías cercanas, sin éxito, solo para entrar en calor y poder liberarme, por unos instantes, de las bolsas que parecían haberse incrustado en mis manos. Pero aquí no acababa mi pequeño drama: había perdido los guantes, mis preferidos, los forraditos de piel de borrego, tan calentitos como suaves; además, mi pelo chorreaba sobre mis hombros con un goteo de tortura china y se erizaba en todo su esplendor de melena rebelde, después de haberme sometido a una interminable y carísima sesión de peluquería; la mascara de pestañas se había corrido, ocasionándome un continuo y molesto escozor en los ojos. Al borde del llanto me acurruqué contra la pared y cerré los ojos en un vano intento de despertar en el calor de mi cama. No funcionó tal tentativa de fuga, allí seguía yo bajo la lluvia y cargada de paquetes, igual que un camello de los reyes Magos.

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A través de las lágrimas, prismas de cristal de pura desesperación, que comenzaban a aflorar ya sin vergüenza, divisé un dorado fulgor que fue en aumento. Parecía una cabalgata acercándose rápidamente hacia mi posición. Pensé por un instante que mi mala suerte me iba a abandonar para dejarme disfrutar del espectáculo en primera fila. Y llegó la exhibición llena de luz y música de villancicos serpenteando entre la muchedumbre hasta alcanzar mi ubicación. La lluvia torrencial se esfumó repentinamente y dejó paso al engalanado grupo de oropel, cristal, plata y oro. Delante de mí se abrieron las filas de los integrantes de tan fastuosa troupe, franqueando el paso a un personaje alto que portaba una extravagante y vistosa indumentaria, dándole el aspecto de un príncipe escapado de algún cuento infantil. El atractivo joven llegó hasta mí luciendo en su rostro la más encantadora sonrisa que jamás imaginé. Me alzó en sus brazos y me besó larga y apasionadamente como nunca nadie lo había hecho.

Me despertaron las campanadas de la media noche. Cuando abrí los ojos, mis paquetes y yo estábamos en casa disfrutando del calor de la chimenea.

María Teresa Echeverría Sánchez

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PREPARANDO EL COBERTIZO – (Cuento navideño)

PREPARANDO EL COBERTIZO .– Está incluido en el libro ilustrado “CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN” publicado en Amazón. (Para seguir el enlace, pinchad en la fotografía). (Lo encontraréis en libro y en versión para kindle).

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I

 

Araña tejía con frenesí. Unos días atrás, antes de la primera helada del otoño, había notado que un poderoso motor, hasta ahora desconocido para ella, se había puesto en marcha dentro de su acorazado tórax, obligándola a no estar quieta ni un segundo, atareada con hacer que su casa resultara lo más acogedora posible. Estaba convencida de que algo había tenido que ver la lluvia de estrellas caída recientemente sobre su establo, bañándolo todo de una luminosidad de plata que refulgía especialmente por las noches. Lo que ella ignoraba era que en ese humilde tendajo iba a tener lugar la primera Navidad del mundo.

Araña habitaba en un destartalado cobertizo de paredes de adobe y paja que poseía un espacio regular, permitiendo en cada época del año resguardar a todo tipo de animales, así como a pastores y caminantes. El recinto se cerraba con un gran portón de madera podrida, dividido en dos hojas medio desvencijadas a las que le faltaban varios trozos, dando la impresión al primer vistazo, de ser una boca mellada gigantesca. Aun así las puertas seguían cumpliendo su función y se solían atrancar al anochecer cuando los animales se recogían para dormir. El suelo de tierra batida, estaba cubierto en su totalidad de heno. Colgados de la pared aparecían toscas herramientas de agricultor, tales como un rastrillo, una horquilla o una escoba de recias raíces. En uno de los rincones, un pesebre se mostraba siempre lleno de forraje para acoger al ganado. El techo, construido a dos aguas y agujereado en una esquina, se hallaba sostenido por seis vigas de madera macizas que se entrecruzaban de lado a lado, constituyendo un recio esqueleto sólido y vetusto. La pared de poniente presentaba una oquedad en su centro que hacía las veces de ventana, no solo permitiendo la ventilación del interior sino que consentía que el invierno y el verano se colasen, sin pedir permiso, nada más llegar al ruinoso recinto.

No lejos del establo se levantaban los restos de lo que, en su día, fuera una vivienda, quedando como mudo testigo de su pasado un hogar de ladrillos de adobe con una delgada chimenea que, todavía, se mantenía en pie, en la que el viento silbaba extrañas melodías de aire.

Estas edificaciones semiderruidas se encaramaban en la cima de una suave colina desde donde se divisaba un pueblito de casas blancas como la sal y techumbres moriscas. La villa se engalanaba con algunos patios de palmeras datileras en los que se reunían los vejetes y la chiquillería al amor del sonido cristalino de unas cuantas fuentes, alimentadas por un río de aguas de plata que venía serpenteando desde las montañas distantes, más allá del desierto. Aunque el arroyo no era muy ancho ni profundo, se ornamentaba con un puente de recios tablones de madera por donde cruzaban los pastores con sus rebaños y arribaban los forasteros de tierras lejanas.

Araña tenía la rara certidumbre de que el cobertizo era suyo. No existía obstáculo que ella no pudiera rodear, atravesar o saltar agarrada a su hilo como una gran volatinera. Recorría cada rincón a su antojo y la totalidad del establo formaba su territorio. Era un ser de carácter generoso que compartía su hogar no solo con los huéspedes ocasionales, sino con otros tantos que vivían allí durante todo el año, respetando cada uno el espacio del vecino. Sin ir más lejos, en la viga más alta, muy cerca del boquete del techo, se acomodaba un nido de lechuzas. Los dos polluelos de algodón blanco eran muy pedigüeños y armaban una gran escandalera a todas horas exigiendo su pitanza. La abnegada madre lechuza, de precioso plumaje gris y ojos enormes y amarillos, se pasaba la noche cazando ratones que, como buenos roedores, siempre estaban dispuestos a comer lo que encontrasen, en este caso era el grano de unos sacos de trigo olvidados en el zaguán hacía décadas. Completaban la vecindad unos cuantos murciélagos, negros como la tinta china, acomodados en el techo aprovechando la zona más sombría, colgados boca abajo como los chorizos en el secadero. Dormían de día y salían a comer por la noche con un bullicioso batir de alas, para regresar al amanecer y decorar el resto del día la desvencijada techumbre con sus oscuros cuerpos suspendidos en el vacío.

Pero los invitados preferidos de la tejedora, los que siempre eran bienvenidos a cualquier hora y momento estacional, no podían ser otros que los insectos: moscas, escarabajos, mariposas, avispas…Ella no hacía ascos a ninguno ya que todos formaban parte de su exquisito menú.

Araña era muy vieja, había vivido ya unas cuantas primaveras. Su cuerpo rollizo de color pardo oscuro, fuerte y coriáceo, llevaba adosadas unas largas patas erizadas de poderosas púas que la permitían ejecutar un sinfín de movimientos. Toda su figura estaba cubierta de una pelusa dorada de cerdas flexibles que en la zona de la cabeza se asemejaba a una cresta. Su vista era estupenda y nunca perdía un detalle, gracias a sus ocho ojos que movía sin pestañear teniendo cada rincón del granero vigilado. Era un ejemplar raro y longevo, seguramente único, y ella lo sabía.

Sus apetencias eran de lo más simples para una araña, siendo la predilecta, sin dudar un segundo, la de comer un suculento insecto, aunque también había otra actividad con la que disfrutaba y la hacía sentirse mucho más grande de lo que en realidad era. Ésta consistía en trepar por la abertura del techo y pararse a contemplar el paisaje, posando su mirada multifacética en cada dirección para no perderse un detalle. Adoraba observar los cambios de estación, no sólo cuando arribaba el otoño que pintaba los árboles de ocre, sino también la primavera que derretía el hielo y calentaba el corazón.

Por las noches solía asomarse a ver reverberar las estrellas y se quedaba extasiada admirando la luna picuda y creciente durante horas. En esos instantes de intimidad absoluta, su oscura cabecita de flequillo dorado, revivía imágenes del pasado y analizaba sus recuerdos concienzudamente. Y ahí estaba admirando el éter, recostada en una teja, cuando sus ojos avistaron un sutil cambio en el cielo nocturno, un punto rutilante, dorado y flameante se destacaba entre el brillo de los demás astros, moviéndose a velocidad pasmosa dirigiéndose directamente al cobertizo, o eso le pareció a Araña. Según su experiencia de observadora, calculó que la estrella llegaría en apenas unas semanas. Este hecho, añadido al insólito brillo que presentaba el establo en el crepúsculo, la llevó a la conclusión de que un suceso sin parangón acontecería en los próximos días.

Se consideraba a sí misma un ser solitario dado que no tenía otras congéneres con las que disputar o charlar. Este hecho sí que se juzgaba inaudito en un cobertizo: Cada primavera se convertía en madre, portando los huevos sobre su abdomen durante meses, fertilizados por algún macho pasajero que se quedaba lo justo para cumplir su trabajo. Unas semanas después, los huevos eclosionaban y salían un montón de arañitas minúsculas que se dispersaban en todas direcciones, pero ninguna permanecía en el cobertizo, como si supieran que el sitio ya tenía dueña.

Araña recordaba que también estuvo a punto de irse con sus hermanas cuando era del tamaño de una cabeza de alfiler. Ellas la animaron a partir, a salir al exterior y dejar su lugar de nacimiento, a viajar encaramándose sobre alguna hoja que planeara en el viento o suspendiéndose de las crines de los caballos o de las vacas, para dirigirse a tierras desconocidas. Recordó el momento justo cuando unas semillas con alas pasaron por su lado. Pero no fue capaz de dar el salto que la hubiera permitido abandonar el tendajo. Presintió que su sitio estaba allí, y ahí seguía, esperando no sabía el qué ni a quién.

Tantos años de hilar y experimentar haciendo hebras de todos los grosores y de diferentes calidades, la habían convertido en la tejedora más hábil de varios kilómetros a la redonda. Sabía cómo sacar de su abdomen los hilos más finos y suaves o por el contrario, bastos y resistentes. También era muy ducha en la técnica de crear hebras pegajosas que se volvían invisibles, formando una red en la que quedaban atrapados montones de insectos. Cuando los encontraba pegados en su trampa de seda, primero los paralizaba con veneno, después los iba envolviendo con filamentos como a las momias, y así se quedaban bien atados entre sus hebras engomadas, simulando pequeños paquetes de comida del supermercado. Para finalizar su tarea de trampera, se los llevaba a la despensa, situada en su viga favorita, de donde los iba consumiendo según sus apetencias. Como cazadora no tenía parangón y esa actividad la fascinaba.

Durante el tiempo que había permanecido habitando el tendejón, fue testigo de multitud de hechos e historias que tuvieron lugar unos metros más abajo y que Araña visualizó con todo lujo de detalles desde su palco particular, donde dormía, comía y, a veces, sonreía con una mueca traviesa de tejedora pizpireta. Tuvo que reconocer que en sus primeros años se limitó a ser una mera espectadora, y aunque contempló situaciones que la hicieron pensar, no despertaron la sensibilidad de su interior. No como ahora, que sentía los latidos de un corazón que nunca creyó poseer.

II

Perdida en multitud de reflexiones, mientras observaba una puesta de sol desde la techumbre del cobertizo, rememoró la primera fiesta de la que fue espectadora. Ocurrió durante su primer invierno. Soplaba un viento cortante que se colaba por cada hueco del cobertizo, convirtiéndolo en una especie de frigorífico natural. Ella se resguardaba en el agujero de una de las vigas donde la corriente de aire no se hacía notar. Un jaleo atronador la despertó de su letargo cuando las puertas del edificio se abrieron dejando entrever una tromba humana de risas y hachones encendidos. El cobertizo se iluminó como por arte de magia y un hombre extraordinariamente fuerte sacó un gran cuchillo de un envoltorio de trapos: era el matarife, como supe poco después.

En la parte de afuera, donde se situaba el antiguo hogar, surgió una fogata que crepitaba alegremente, consumiendo troncos y ramas de madera a una velocidad pasmosa, mientras los hombres se apiñaban a su alrededor. Y allí apareció el protagonista de la fiesta, el cerdo, enorme, sonrosado y totalmente aterrorizado. Sus gritos de fiera acosada se perdían en la lejanía. Entre un grupo de gañanes sujetaron al gigantesco animal, recostándolo sobre la tierra. El matachín se acercó blandiendo el afilado machete que hundió en el cuello del verraco. Este aulló de espanto mientras por su garganta se le escapaba la vida a chorros, llenando la tina de líquido escarlata. Con su último estertor terminaron de llenar el cubo de sangre y se dispusieron a dejar que el precioso manjar cuajara antes de cocinarlo. Se abrió el cerdo en canal, se sacaron las tripas y se vació completamente de vísceras. El bofe y el hígado se trocearon y con gruesos trozos de manteca y cebolla se condimentaron en una sartén. El bicho fue dividido en trozos que se llevaron a la hoguera donde los más avezados requemaron las duras cerdas de la piel.

Las mujeres con las manos rojas de sangre lavaron las tripas en el río de escarcha, y se rieron diciendo chascarrillos mientras sus ateridas extremidades se congelaban junto con el agua que tocaban. Deshuesaron cada trozo del cerdo, menos patas y paletillas que curaron con salmuera y que, poco después, colgaron de una viga.

Araña se acercó a inspeccionar ese alimento desconocido que las gentes habían dejado tan a su alcance. Se paseó por cada trozo, impregnándose las patitas de restos de sal. Aquello olía raro y nada apetitoso, no gustándole en absoluto. Y sacudiéndose de arriba abajo llenó todo de hilos de seda como si a los jamones les hubieran puesto fundas de lujo. Volvió a su rincón desde el que continuó observando la celebración que tenía lugar a sus pies.

Mientras las mujeres picaban y guisaban la carne para, más tarde, embutirla en las tripas del animal, los hombres comían las asaduras y bebían vino para librarse del intenso frío que amenazaba con congelarlos a todos, mientras cantaban tonadas populares que acompañaban golpeando los panderos de piel de oveja y las sartenes ya vacías. El viento también se sumó al jolgorio soplando fuerte por la chimenea produciendo espantosos rugidos de fieras salvajes que aterrorizaban a la chiquillería.

A la caída de la tarde, cuando el sol comenzó a ocultarse y el último chorizo fue embutido, se dio por terminada la matanza de aquel año. Todos aquellos personajes, igual que vinieron, similares a un huracán de ruido y fuego, así se alejaron llevándose con ellos los chorizos, los cantos y los jamones. Se negaron a dejarlos en el cobertizo, lugar ideal para su curación, por temor a los ladrones, tan numerosos en aquellas tierras como variopintos, existiendo los de dos piernas o de cuatro patas, igualados en astucia y picardía. No todos los chorizos volvieron a la villa, los ratones habían observado a la tejedora realizando su inspección de los novedosos manjares, y aprovecharon la oportunidad de llegar a la comida cuando unas cuantas hebras semitransparentes, fuertes como el acero, se descolgaron hasta ellos. Treparon por las mismas en un santiamén, haciéndose con un sustancioso botín. Desde ese momento admiraron a la habitante de la viga central nombrándola “ama del establo”, un título muy celebrado entre aquellos animales. Todo un honor para Araña si hubiera entendido el lenguaje de los roedores.

El solitario testimonio que quedó de la fiesta del cerdo fue la fogata que, igual que un mudo espectador, se fue apagando poco a poco y murió durante la noche entre extraños pitidos de la chimenea. Y así Araña aprendió su primera lección: No había nada que uniera más a los hombres que una gran celebración con música, canciones, y, sobre todo, gran cantidad de comida y bebida para compartir.

III

Unas jornadas después recordó otra vigilia memorable de su juventud acaecida hacía muchas primaveras: En plena noche cuando la escarcha embarraba los caminos, aparecieron dos individuos portando un farol y hablando quedamente entre ellos como si se contasen secretos:

─¿Estás seguro de que vendrá? ─Preguntó el más alto.

─Sí, lo hará. Estate preparado ─Contestó el más gordo.

─¿Y dónde me escondo para que no me vea?

El hombre gordo se puso a dar vueltas por el cobertizo en busca de un sitio en el que su amigo pasase desapercibido.

─Mira, ese rincón, detrás de esos sacos, ahí no podrá verte.

El más alto se hizo un muro de sacos y probó a esconderse. Satisfecho con el resultado, se dirigió al tipo gordo:

─¿Y por qué tenemos que matarle? ¿Y si acudimos al alguacil y se lo contamos?

Contestó el compañero en tono fastidioso:

─Porque si no lo hacemos él acabará con nosotros. Es un mal tipo, ya lo conoces, y muy vengativo. No podemos decir nada a nadie, tiene parte del pueblo comprado, no nos harían caso.

Pasaron lentamente los minutos mientras el más alto de los dos, paseaba de un lado al otro del zaguán muy intranquilo:

─No sé si seré capaz de hacerlo

El gordo le miró irritado:

─¡Lo harás! Piensa en tu hija, en mis pequeños, en el daño que nos causará si no terminamos con él de una vez.

Ya no hubo más diálogo entre los hombre porque en la lejanía se escucharon los cascos de un caballo cruzando el puente de madera. Inmediatamente el hombre alto se escondió detrás de los sacos de trigo y el gordo se sentó en un fardo de paja simulando una tranquilidad que no sentía. La puerta del cobertizo se abrió estrepitosamente dejando entrever la silueta de un hombre enorme, a la par que una descomunal tormenta dibujaba en el cielo culebrillas de fuego.

─Vaya sitio que has elegido para la cita. El lugar ideal para hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro ─El gigante sonrió enseñando unos dientes amarillentos entre los cuales brilló uno de oro.

─Espero que hayas traído todo el oro que os pedí a tu socio y a ti, porque si no es así, habrá graves consecuencias, horribles diría yo. Vuestras familias sufrirían los resultados de tan descomunal tacañería ─Y prorrumpiendo en estruendosas carcajadas ahogó el estampido de un trueno.

─Sí, lo he traído pero tenemos que hablar. Este es el último pago que podemos hacerte sin arruinarnos. Te has quedado con las ganancias ahorradas de todos estos años. No tenemos más. Hemos vendido hasta el último cordero para pagarte. ¡Déjanos tranquilos!

El gigante sacó un puñal de su faja y antes de que el gordo reaccionara, le asestó un pinchazo, no muy profundo, en uno de los costados y, hubiera seguido con el martirio de los aguijonazos si sus ojos, totalmente cegados por un repentino torrente de sangre, chorro que debería haber caído en la paja, y que, sin embargo, brotó de la herida del hombre gordo lo mismo que un pequeño surtidor encaminado directamente a su cara. El agresor se mostró bastante sorprendido por el resultado de su tormento y, mientras se limpiaba la sangre con un pañuelo, siguió amenazando a su víctima.

─Yo decidiré cuando os dejo tranquilos, si alguna vez os… dejo, ja, ja…-Prorrumpió en estentóreas carcajadas agarrándose la barriga y limpiándose la sangre del rostro. Justo detrás de él surgió el hombre alto portando un gran cuchillo. El momento ideal para hundirlo en la espalda del gigante era ése, pero el atacante se quedó petrificado, no siendo capaz de asestar el golpe mortal. El truhán, que parecía tener ojos en el cogote, se dio la vuelta para atrapar al individuo que temblaba totalmente paralizado con el arma en la mano. La paliza que tuvo lugar a continuación fue terrible aunque no llegó a ser mortal porque las balas de heno del cobertizo parecían haber cobrado vida propia y amortiguaban las caídas de los dos desgraciados moviéndose incesantemente. El bandido después de golpear a los chantajeados durante un buen rato hasta que quedó extenuado, y bastante extrañado por no haber podido acabar con las vidas de aquellos mequetrefes, le arrebató la talega de oro al más grueso y se dirigió hacia la puerta. Maltrechos, con los ojos hinchados por los golpes y goteando sangre, el hombre gordo y el alto vieron al gigante abrir el portón. Ya en la salida se volvió y les gritó lleno de rabia:

─¡Vuestros hijos me conocerán en fechas muy cercanas! ¡Y no me olvidarán jamás os lo garantizo! ¡Ya me ocuparé de ello!

Era tal la injusticia que se llevaba a cabo con esos dos hombres que, en ese momento, Araña deseó con toda su ansia que el bribón obtuviera su merecido.

Una gran risotada detuvo al maleante en medio de la lluvia, o quizá fuera el viento gritando su nombre, nunca lo supo, pues en el instante en el que se volvió a observar las maniobras de los heridos intentando ponerse en pie, un rayo le alcanzó de lleno. Su cuerpo carbonizado se convirtió en una pavesa andante y rugiente. En pocos segundos no quedó nada de él. Las cenizas se las llevó el viento como si nunca hubieran existido.

Araña decidió no asomarse a ver la tormenta pues había aprendido dos estupendas lecciones ese día: La primera, que los rayos eran más peligrosos que los hombres, lo acababa de ver. Desintegraban a cualquiera por muy grande, temible y fuerte que pareciera. Y la segunda, era referente a sus anhelos; últimamente sus deseos se hacían realidad y esto la sorprendió gratamente.

IV

En otra velada, hallándose tendida sobre la techumbre del tendajo, observaba a esa insólita estrella de cola plateada, aumentando de tamaño en el cielo de otoño, Araña rememoró, así mismo, el día en que una loba con su camada se instaló en el establo buscando cobijo.

A lo lejos se perdieron los ladridos de unos perros de caza que perseguían a la bestia. El río, no muy crecido en esa época del año, había permitido cruzar al animal y a los cachorros por un vado, haciendo que el agua hiciera de pantalla para enmascarar su olor y volviendo locos a los perros que corrían en todas direcciones intentando encontrar el rastro.

La loba, grande y de pelaje oscuro, husmeó el ambiente del cobertizo, encontrándolo totalmente aceptable. Dirigió a su prole hacia lo más profundo del zaguán y espero pacientemente a que los cazadores y sus perros se cansaran de perseguirlos. Y así ocurrió. Al día siguiente salió la loba a cazar, tenía que traer comida para la camada, si no morirían. No lejos de allí halló un conejo del que dieron buena cuenta sus tres retoños. Por la noche volvió a salir para alimentarse ella misma. No fue muy lejos, los pastores tenían los rebaños en los rediles y allí dirigió sus pasos. Un cordero le sirvió de cena, pero también suministró detalles a los cazadores de que su presa estaba cerca. Pasaron unos días y la loba decidió arriesgarse a salir para traer más carne a los pequeños lobitos. Un poco más abajo, en la falda de la colina, los cazadores la estaban esperando. Los perros acorralaron y atacaron sin piedad a la bestia que se revolvió contra los canes, dos de ellos quedaron fuera de combate al recibir multitud de dentelladas. Al final la loba cayó entre la jauría. Entre tanto, las horas pasaron y Araña observaba a los pequeños que deambulaban por el cobertizo, hambrientos e inquietos por la tardanza de su madre. Aunque la tejedora dejaba caer al suelo pequeños paquetitos de insectos, los cachorros no comieron nada en todo el día.

Atardecía cuando los dos machos encontraron una tabla suelta de la puerta por la que se colaron al exterior en busca de algo comestible. Poco a poco se alejaron del lugar perdiéndose en el monte. La hembra, pequeña y débil, se quedó en la puerta sin atreverse a seguir a sus hermanos. Sus aullidos lastimeros se escuchaban por todo el valle. Este sonido atrajo a dos individuos que participaban en la batida de la loba. Abrieron las puertas del cobertizo y se encontraron con una cría blanca como la nieve que gimió con terror.

─¡Qué extraño que solo haya un cachorro! ¡Las lobas suelen tener cuatro o cinco cachorros! ¡Busquemos por los rincones y acabemos con ellos de una vez!-

Y se pusieron a revolver el cobertizo de arriba abajo sin ningún resultado. La cría se había refugiado en un esquinazo y observaba sus andanzas con espanto.

─¡Habrá que matar a ésta! ─Dijo uno de los individuos señalando a la lobita con la mano.

Araña deseó con todas sus ganas que aquellos hombres no atraparan a los cachorros huidos y que no hicieran daño a la cría que se escondía detrás del pesebre.

─¡Voy fuera a rastrear a los otros, encárgate de ésta! ─Uno de los hombres salió mientras el otro se acercó poco a poco al cachorro que gimió aterrorizado aplastándose contra las tablas de la pared. Agarrándolo por el pellejo de la nuca lo alzó hasta la altura de los ojos. El cazador observó unos hermosos ojos azules llenos de pánico. El bicho gemía de miedo sin parar. El individuo sacó su cuchillo y se dispuso a acabar con la vida del animal. En ese instante la luz del atardecer, roja y plateada, iluminó el pelaje albo de la lobita. Ante tan increíble espectáculo el cazador fue incapaz de acabar con un animal tan hermoso. Acurrucó al cachorro en sus brazos mientras rebuscaba unos mendrugos de pan y carne seca que llevaba en el morral. La lobita husmeó la comida intranquila, la probó y el hambre se impuso con toda su pujanza. Cuando el compañero asomó la cabeza por el portalón, el cachorro lamía las últimas migas de la mano del individuo.

─¡Ni rastro de los cachorros! Pero bueno, ¡Tenías que matar a la cría, no darle de comer! ─Exclamó contrariado.

─Y ahora ¿Qué vas a hacer con ella?

─La llevaré al monte, con las ovejas ─Exclamó el hombre.

─Pero se las comerá cuando crezca, es su naturaleza.

─La enseñaré a respetarlas ¡Ya verás cómo se convierte en una excelente guardiana del rebaño!

Allá se fueron los hombres cargando al cachorro que, sintiéndose seguro, se quedó dormido entre los brazos de su salvador.

Araña meditó sobre lo que había observado desde su atalaya. Qué extraños eran los hombres, unas veces capaces de matar salvajemente sin escrúpulos y otras, en cambio, sentían piedad por sus víctimas. No lo entendió, ella todavía no sabía de sentimientos, solo de comer, mirar las estrellas y de no desear matanzas innecesarias en su cobertizo.

V

Otra de sus muchas noches en vela, posada en la techumbre de la construcción, un lugar ideal para cavilar sobre sus experiencias aprendidas a lo largo de la vida, teniendo el marco incomparable del firmamento titilando por los brillos de los astros, evocó un nuevo episodio que tuvo lugar en una madrugada parecida a aquella, que olía a invierno y a nieve.

Tres soldados se colaron en el cobertizo huyendo de la escarcha que caía suavemente en el campo. Iban vestidos con brillantes corazas y unas capas de piel. Sus cascos reverberaban en la oscuridad del zaguán. El soldado de más rango, el que lucía un hermoso penacho rojo y una capa de lana púrpura comentó:

─Deberíamos encender un fuego o moriremos congelados. Aquí hace tanto frío como ahí fuera.

─Comandante, creo que hay unas cuantas linternas con sebo suficiente para que duren toda la noche. Si encendemos todas a la vez y nos ponemos alrededor de ellas, entraremos en calor. No podemos encender fuego aquí dentro, ardería toda la paja y el cobertizo entero en un segundo.

Y así lo hicieron, juntaron los cinco faroles, los encendieron y se sentaron lo más cerca de ellos que pudieron. Al rato notaron un calorcillo agradable y se permitieron unos momentos de risas y confidencias.

─¡Menos mal que no tenemos que luchar esta noche! ¡Seguro que esta madrugada nos quedamos sin enemigos, porque por la mañana ya estarán todos congelados! ─Y prorrumpieron en atronadoras carcajadas. Mientras se enjuagaban las lágrimas entre hipidos, el portón se abrió de golpe dando paso a tres guerreros enemigos ataviados con grasientas corazas de cuero y metal. En un segundo la lucha se volvió encarnizada, pero no lo suficiente como para acabar los unos con los otros. Durante la finta se hicieron cortes diminutos respectivamente, dando la impresión de no querer matarse. Al fin, agotados los seis contendientes quedaron tendidos en el suelo respirando entrecortadamente. Cuando recuperaron el resuello, el comandante del gran plumero rojo dijo:

─Creo que todos estamos agotados de luchar durante tantos días. ¿Qué os parece si nos lo jugamos a las tabas? Los que pierdan se convertirán en prisioneros de los ganadores automáticamente.

La idea fue aceptada de inmediato. ¿Quién no hubiera deseado un rato de juego y charla al amor de un foco de calor en una noche como aquella? Uno de los bárbaros sacó una botella de licor de lagartija que todos bebieron encantados. Hablaron de los compañeros perdidos en las batallas, de las tierras en las que nacieron, lejanas e inalcanzables, y de sus sueños. Los bárbaros perdieron la partida y se rindieron considerándose prisioneros del ejército invasor. Echaron un sueñecito por turnos, y ya llegada la mañana el jefe del plumero encarnado comentó:

─Si quisierais escapar, seguramente no lo advertiríamos hasta pasadas unas horas, estamos tan cansados que tenemos el sueño muy profundo ─Dijo el oficial de más rango, poniéndose a roncar teatralmente. Los bárbaros entendiendo el mensaje que les enviaban los durmientes soldados, salieron velozmente del cobertizo y cruzando el puente se dirigieron en busca de su ejército. Los otros tres soldados, momentos después, abandonaron el tendajo y tomaron la dirección contraria a los fugitivos, encaminándose hacia el territorio ocupado por su ejército.

Araña apenas pegó ojo en toda la noche observando a unos y a otros, anhelando con todas sus fuerzas que no hubiera derramamiento de sangre entre aquellos militares. Cuando todos desaparecieron por el gran portón, pensó que los soldados pese a ser fieros asesinos, ávidos de sangre, riqueza y gloria, también se cansaban de la guerra y de su olor a muerte.

VI

En días sucesivos antes de caer en el letargo nocturno y de vigilar a la estrella errante que ya presentaba en la distancia una hermosa cola de polvo de oro, solía revisar en su cabeza los retratos de aquellos que, a través de los años, habían pasado por su hogar. Esa madrugada una imagen quedó congelada en su pensamiento, la de aquella golondrina que la amó igual que a una madre.

En los primeros años que habitó en el tendajo, un nido de golondrinas se sumaba a los vecinos existentes en el recinto. Se hallaba ubicado en la esquina de la primera viga con la pared. Estaba construido de saliva y barro y habitado por una pareja de pájaros que atendían cada primavera a su nidada. En aquellos días los pollos aún no habían nacido y la pareja se turnaba en mantener calientes los huevos. Una mañana el macho no regresó. La hembra quedó sola al cuidado de los futuros pájaros y no se alejaba mucho de los huevos por temor a que se enfriaran, comiendo lo que encontraba a pocos metros, gusanos y algún que otro insecto.

Una tarde, después de una gran tormenta, una culebra de gran tamaño se coló en el recinto, detectando inmediatamente su comida favorita: huevos de pájaro. La ladrona se puso en marcha trepando por la viga hasta llegar al nido. La golondrina defendió valerosamente su posición privilegiada, pero según pasaba el tiempo sus fuerzas se iban agotando. Extenuada, cayó en las fauces del ofidio que la tragó en un segundo, y lo mismo hubiera hecho con los huevos si la lechuza que habitaba en la esquina contraria, no hubiera decidido servir culebra de cena a sus crías. Allá quedaron los huevos solos y perdiendo calor por momentos.

Los ratones que eran bastante espabilados para los asuntos de encontrar comida, fueron los primeros en aparecer y llevarse el primer huevo. Y como no fue suficiente para tan extensa familia, poco después, regresaron a por el segundo. Araña que observó a los ladrones trajinando con los huevos, movida por un ataque de curiosidad, se acercó al nido. Arrinconado en su lecho de hojas, encontró el último huevo, más pequeño que los demás. Con sumo cuidado lo envolvió en varias capas de seda y suspendiéndolo de un grueso hilo se lo llevó a su almacén. Ya decidiría qué hacer con él más adelante. Nunca había poseído nada tan esférico y suave al tacto. Estaba tan admirada con su nueva adquisición que se quedó dormida pegada a él.

Unos curiosos ruidillos la despertaron horas después, para entrever un agujero en el huevo por donde salía un pico. Araña se alejó alarmada encaramándose a una madera hasta que el pollo logró salir del cascarón. La primera imagen que se grabó en la retina del polluelo de golondrina fue la de Araña y sus ocho ojos observándole intensamente. La cría abrió el pico amarillo como un embudo y comenzó a emitir un ruidillo chillón. Tenía mucha hambre. Araña analizó la situación fríamente. Tenía dos opciones: La primera, dejar morir al pollo de inanición entre gritos y chillidos espeluznantes. La segunda, dar de comer al pájaro hasta que creciera y se alejara de allí. Descartó la primera porque no quería muertes innecesarias en su hogar y solo le quedó un camino a seguir, el de la crianza del pequeño. Quizá en esos instantes le apetecía hacer algo distinto para variar y la tarea de educadora prometía ser entretenida. Comenzó a traer los insectos que tenía en la despensa y que pasaron a formar parte del menú del pollo, acabando con todas sus reservas. Araña cazaba sin descanso. Recorrió todo el cobertizo sembrándolo de trampas invisibles y pegajosas. Cuando terminó de instalar la última, comenzó a recolectar los insectos atrapados.

El pichón engullía con fruición todo aquello que Araña le llevaba. Con tan buena alimentación, el pollo creció en pocos días e hizo sus primeros intentos de volar, cayéndose repetidamente de la viga. Araña con una paciencia infinita, rescataba al pollo y lo remolcaba nuevamente hasta la traviesa que le servía de guarida. Fueron días duros para ella, con tanto trajín su cuerpo adelgazó considerablemente. Llegó un momento en el que el pájaro fue capaz de comer por sí mismo y revolotear por el alero del cobertizo. Pasaron algunas semanas y Araña instó al pájaro a marcharse con sus congéneres. El pollo no quería abandonar a su madre adoptiva y se resistía a unirse a los suyos. Una mañana, al fin, el ave no pudo resistir la llamada de las bandadas de pájaros que sobrevolaban la colina. Después de lanzar una última mirada de despedida en dirección a Araña, se elevó en el cielo, perdiéndose entre las nubes de golondrinas que trinaban felices de ser libres.

Araña respiró aliviada. ¡Qué duro era ser una madre pájaro! Cuando sus hijas nacían no necesitaban que ella las alimentase, enseguida eran capaces de apañárselas solas. A partir de ese momento, cada primavera que oía a las golondrinas regresar, no podía evitar dirigir su mirada al cielo, quizá en busca de aquella que se fue.

VII

Después de evocar, recapitular y revivir múltiples escenas de su extensa existencia, se encontró una noche de diciembre, de nuevo, vigilando el astro gigantesco que prometía una llegada inminente.

A la zaga quedó el letargo del verano en el que Araña se halló sumida por el tórrido calor y los lanudos huéspedes que tuvo que soportar en las templadas noches de estío. Las ovejas hablaban y balaban sin parar, con un diálogo tonto y caprichoso, mostrándose tal y como eran, bobas. Después de que ellas se fueran, dejando un rastro de lana y bolas de excremento, para regocijo de los escarabajos peloteros, trajeron a una yegua preñada.

La nueva visitante, negra cual una noche sin luna, de mirada triste y lastimera, emitía de vez en cuando algún quejido de que algo no iba bien en su embarazo. Fue en ese momento de finales de verano, de ver penando a la yegua día tras día, cuando un leve tic se despertó dentro de ella, una inquietud que no conocía y que la arrastraba de una viga a otra vigilando intensamente el momento del alumbramiento.

En plena noche nació el potrillo entre nubes de agua y relinchos de agotamiento de la madre. La yegua debilitada por las largas horas del parto no podía mover ni un músculo de su cuerpo, ocupada como estaba en hacer acopio de fuerzas para levantarse. Araña observó que el potrillo apenas respiraba. Una alarma se encendió en su oscura cabecita, haciéndola abandonar su viga a toda velocidad y aterrizar sobre el cuerpo caliente y húmedo del recién nacido. Sin entretenerse ni un instante se dirigió hacia la nariz de la cría, introduciéndose por uno de los oscuros agujeros que la condujeron directamente hasta la tráquea ¿Qué podía impedir que el potrillo respirase? Se preguntó mientras corría rápida lo mismo que un rayo por la laringe de la cría, hasta que se dio de bruces con una pared delante de ella: un enorme muro de mucosidad taponaba la garganta del pequeño. Decidida a horadar la masa gelatinosa se lanzó contra ella con todas sus fuerzas. Una tenue brecha se abrió permitiendo que el oxígeno llegase a los pulmones del pequeño, pero no era suficiente para que sobreviviera, el potrillo necesitaba que la lengua de su madre le limpiara todas las secreciones que se agolpaban en la garganta y la nariz.

La yegua seguía echada sin mostrar el menor interés por el recién nacido. Araña se acercó enfadada y encaramándose al hocico del animal le aguijoneó con los quelíceros en la nariz haciendo que volviera a la realidad con un relincho de dolor. La yegua se levantó y fue a atender a su potrillo. En poco tiempo y bajo los atentos cuidados de Araña, todo volvió a la normalidad y los dos inquilinos durmieron tranquilos y sin contratiempos. Un buen día un hombre se los llevó y nunca más volvió a verlos. Esa fue la primera vez que sintió la tristeza y la nostalgia de la ausencia y anheló no estar tan sola.

Cubiertas 1

VIII

Las tormentas de principios de otoño trajeron al cobertizo a un grupo de ladrones. Venían contentos porque en la feria del pueblo, habían desplumado a unos cuantos incautos, atraídos, sin duda, por observar sus habilidades escondiendo una rana en uno de los tres vasos que movían a la velocidad del rayo. Mientras que varios hombres se distraían mirando en qué dirección iba cada recipiente, e intentando averiguar el vaso que contenía al batracio, el resto de los rufianes aligeraban los bolsillos de los allí presentes. Araña, desde su puesto de vigía encaramada a una de las vigas, fue testigo del reparto del botín. Un gran montón de monedas de oro creció en el centro del tendejón después de volcar un cúmulo de carteras y sacos. Se hicieron cuatro partes para cada uno de los canallas, mientras Araña se descolgaba muy despacio e iba robando pequeñas cantidades de monedas que, envueltas cuidadosamente en tela pegajosa, fijaba al hueco de una de las vigas.

Los ladrones se pasaron los días contando los montones de monedas una y otra vez, pues las cuentas no terminaban de cuadrar. Al final, como eran truhanes y pendencieros, pensaron que todos se robaban entre sí. Tuvo lugar una feroz pelea en la que se dieron de mamporros hasta caer rendidos. Cuando se recuperaron, sin mediar palabra entre ellos, abandonaron el lugar, cada uno por un sitio, arrastrando sus sacos de ganancias bastante aligerados por la tejedora. Araña disfrutó enormemente esos días, riéndose de los ladrones, no soportaba la estupidez fuera humana o animal y estos ladrones colmaban el grado de extrema imbecilidad. Quedó convertida en la tejedora más rica del mundo, pero este hecho a ella no la importaba, disfrutaba observando el brillo del sol reflejándose en aquellos círculos metálicos, tiñendo el cobertizo de luz y oro y, de este modo, continuó esperando y trabajando, igual que hacía siempre.

IX

Tres días más tarde, llegaron unos ancianos, un hombre y una mujer, los dos muy viejos y encorvados. A duras penas pudieron sentarse en los montones de heno y cuando lo hicieron, se dieron cuenta de que sin ayuda, quizá nunca lograrían ponerse en pie. No dijeron ni una palabra, tal era el grado de fatiga en el que se encontraban. Cuando las sombras se disiparon, con la luz de la luna colándose por las rendijas de la techumbre, sacaron de su bolsa unos mendrugos de pan que mojaron en un recipiente con agua para poder comerlos. Era tan triste verlos así, vencidos, que Araña no tuvo corazón para seguir observándolos. Se acurrucó en su hueco favorito y se durmió.

De madrugada los viejecitos comenzaron a hablar en voz baja y Araña escuchó su triste historia: Tras contraer matrimonio, la pareja había arrendado unas tierras en las que, con ahínco, trabajaban noche y día para conseguir que las cosechas salieran adelante. Durante años lucharon contra las plagas, la sequía, las inundaciones y el desánimo. En esos intervalos nacieron sus tres hijos, fuertes y hermosos llenando su hogar de alegría y esperanza hasta que una guerra les arrebató todo lo que poseían, incluso a uno de sus retoños. Con los años recuperaron la alegría y los ahorros. Los hijos conocieron a dos lindas campesinas y se casaron con ellas. Las muchachas resultaron retorcidas y egoístas y poco a poco volvieron a los hijos en contra de los padres. Ya viejos y enfermos. un buen día los hijos, con el corazón endurecido por las palabras de sus esposas, les echaron al camino sin ningún remordimiento. Los ancianos desfallecidos por la caminata, llegaron hasta el hospitalario cobertizo, que vistió sus mejores galas de plata refulgente en su honor.

Araña sintió algo parecido a la piedad en su pequeño corazón y comenzó a pensar en cómo podría ayudar a la patética pareja. La luz del amanecer se reflejó en el oro tiñendo el tendejón de un resplandor maravilloso. Araña cogió unas cuantas monedas e hizo un atadillo con ellas y rápidamente las deslizó hasta ponerlas en sus manos.

Los ancianos al despertar, se percataron del inmenso tesoro que habían encontrado y se sintieron muy felices, pero la alegría duró poco; agotados y desfallecidos, no fueron capaces de moverse. Durante la siguiente noche la pareja murió, uno en brazos del otro. Araña lloró, por primera vez, lágrimas de seda y se dispuso a amortajarlos como mejor sabía. Tejió, con su hilo más duro e irisado, un resistente sudario que recubrió los cuerpos de los viejecitos. Cuando hubo terminado los veló durante horas y abriendo una pequeña grieta en la pared, permitió que la luz del atardecer templara sus cuerpos yertos. La tela de los envoltorios reverberó de la misma forma que si estuviera tejida de pequeños diamantes y, poco a poco, sus siluetas se fueron diluyendo en los rayos luminosos del atardecer. Con las últimas luces del día se volatilizaron los restos de los dos viejecitos en una nube que escapó por el agujero del techo rumbo a las estrellas. La huella de sus cuerpos quedó impresa en el heno, perfilada de hilos de seda. Araña estuvo unos días pensativa y triste porque jamás le había afectado tanto la muerte de un ser vivo.

Preparando el cobertizo

X

Esa noche subió al tejado y observó la gigantesca estrella de cola de oro a poca distancia del tendajo. La prisa encendió su cuerpo y se puso a trabajar a toda velocidad. Rellenaba las últimas grietas y oquedades del cobertizo de finísima y brillante seda. Subía, bajaba lanzándose como una acróbata de una pared a otra, rebotando en una viga, o en el techo, perdiéndose en mil cabriolas y piruetas para alcanzar el punto o la esquina que requería de su atención. Y así siguió hora tras hora, afanándose sin descanso, minuciosamente con sus patitas de vieja artesana y sin agotarse. Intuía que su pequeño y viejo hogar iba a ser escenario de algo maravilloso y mágico. Presentía que tenía poco tiempo para convertir su ajada y fría casa, lugar de encuentro de humedades, ventiscas y tormentas, en el hueco más acogedor y caliente de los alrededores.

Unos hombres trajeron nuevos inquilinos al tendejón, se trataba de una mula y un buey que tomaron posesión del rincón donde el heno se hallaba más espeso. Su calor animal se hizo notar en el entorno, templando en poco tiempo el ambiente. Araña los saludó en su lenguaje de suave siseo y para su sorpresa las bestias contestaron agradeciéndole su amabilidad. Y después hablaron los ratones, las lechuzas y los murciélagos. Parecía que todos habían encontrado un idioma común en el que se podían comunicar. La tejedora ya no se sintió sola, uno de sus anhelos más profundos se acababa de cumplir. Y como ama del cobertizo organizó a cada familia para que el hogar quedase lo más placentero posible.

Mientras Mula y Buey comían su heno, Araña comenzó a fabricar una pequeña manta. Utilizando su gran maestría puesta a prueba en años de experta cazadora, se la veía concentrada como jamás lo estuvo una araña. Hilos de oro y plata se entrelazaban formando grecas de una belleza incomparable. Primorosamente tejida y terminada, la prenda recubrió el pesebre. Ultimando los preparativos, envolvió varias luciérnagas a modo de linternas y las sujetó cuidadosamente entre las viejas vigas. Una tenue y cálida luz inundó el establo. Afuera sobre el tejado, la estrella de cola dorada se había quedado quieta, suspendida en aquel punto, agitando sus bordes a modo de cartel indicador de algún hecho maravilloso.

Al fin estaba todo el cobertizo preparado para recibir a los ilustres invitados que llegarían muy pronto. Araña se asomó por un resquicio de la puerta y su corazón dio un vuelco de emoción en su pecho quitinoso. A lo lejos, cruzando el puente, unas figuras se perfilaron en el ocaso con un halo de oro y escarcha. Un hombre tiraba de las riendas de un pequeño borriquillo en el que se encaramaba una mujer visiblemente embarazada. El silencioso grupo, con andar cansino de venir muy lejos, se encaminó directamente hacia el establo.

Araña supo el porqué de su destino, su espera había terminado y se sintió la más dichosa de las arañas. Comprendió que cada ser vivo tenía un gran trabajo que realizar en el mundo, que todos eran igual de importantes, incluso el papel que desempeñaba una pequeña araña de cobertizo. FIN

¡Feliz Navidad para todos vosotros! Que la Paz y el Amor estén siempre presentes en vuestras vidas.

Maria Teresa Echeverría Sánchez

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