cuentos de Papá Noel

Pastelito, el reno cojo.- (Incluido en “CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD”).-

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Pastelito nació, junto con su hermana Niebla, una templada tarde de primavera, en el rincón del bosque donde los zarzales y el espino se entremezclaban creando un refugio natural que cobijó a la indefensa madre y sus dos cachorros. El pequeño fue bautizado con este nombre tan dulce debido, sin duda, a la apariencia singular de su hocico: una gran nariz, negra como el carbón, entre denso pelaje níveo, exactamente con el mismo aspecto que un merengue de nata adornado con una enorme trufa de chocolate.

Se oía el aullido de los lobos en la lejanía y la nueva madre se alegró de estar tan bien resguardada, puesto que el último vástago que alumbró era débil y minúsculo, demorándose más de una jornada en ponerse en pie. Normalmente las crías eran capaces de correr, junto con sus madres, a las pocas horas de su nacimiento pero el pequeño Pastelito no podía andar bien. Una de sus patas traseras resultaba bastante más corta que las demás y se movía renqueando, lo que hacía que su caminar fuera desigual y muy lento.

Cuando al fin retornaron con la manada, se hizo un gran silencio entre los miembros del numeroso clan mientras observaban a la cría bambolearse de un sitio a otro. Los mayores movieron la cabeza en señal de lástima: de sobra sabían que si eran atacados por osos o lobos, el primero en caer sería el pequeño cojo. Las demás crías se acercaron a saludar a los dos recién llegados, parándose al lado del diminuto ejemplar que se movía con un vaivén que los hipnotizaba. Trataron de imitarle y varios se escurrieron dándose un buen trompazo. La mamá de Pastelito, muy protectora, resguardó a la cría entre sus patas y espantó a las demás emitiendo varios bufidos. Era tan dulce la mirada de ese retoño que le lamió con cariño mientras le cantaba una dulce melodía.

Las últimas camadas fueron creciendo a buen ritmo, excepto Pastelito que conservaba un tamaño bastante más escaso que el resto de sus compañeros. Aun así intentaba intervenir en los juegos que se desarrollaban entre brincos y mugidos junto con Niebla, pero siempre se quedaba rezagado en las carreras o no era lo suficientemente alto para alcanzar algunas de las jugosas bayas que crecían entre los espinos. El otoño, corto y lluvioso, dejó sitio al invierno que llegó anunciándose con una gran nevada.

Pastelito aprendió a jugar solo. Hablaba con amigos imaginarios y le gustaba ver su imagen reflejada en el hielo. En uno de esos días en los que platicaba a solas, escuchó a un pájaro que, posado en una rama cercana, le preguntó su nombre. De inmediato se hicieron amigos inseparables. El ave dormía sobre el lomo del reno, bien abrigado entre su pelaje. Jugaban a las escondidas, a hacer carreras por el hielo y a contarse historias disparatadas, asunto que les producía un mar de carcajadas.

Los jóvenes de la edad de Pastelito ya eran capaces de procurarse su propio alimento. Para el pequeño reno, encontrar algo para comer resultaba todo un reto, por esa razón se hallaba tan diminuto y escuálido. Si no se nutría lo suficiente, el frío del largo invierno acabaría con sus escasas fuerzas. A partir de conocer a Piquín aquel problema de supervivencia dejó de existir. El ave, haciendo un extenso vuelo raso y poniendo en juego su poderosa visión, le indicaba los lugares en los que había pasto enterrado bajo una ligera capa de nieve. Hacia allí se dirigía el reno encontrando un sinfín de sustento. Las frutas silvestres, muy escasas ya, que aún se veían en los infranqueables matorrales dejaron de ser inaccesibles para su corta estatura, pues el pájaro las arrancaba de los altos setos y las dejaba caer al suelo donde Pastelito daba buena cuenta de ellas. Tan excelsa sociedad formaron que el pequeño creció un montón hasta ponerse a la misma altura que los de su edad. Su mamá, observándole desde su lugar entre las hembras de la manada, se sintió muy dichosa. Quería con locura a su retoño, y se mostró muy complacida cuando Pastelito se negó a seguir aceptando parte de su comida. Ya era hora de que su madre mirara por sobrevivir sin preocuparse de él, pensó el reno.

Ese mañana ocurrió algo muy especial: la manada vio llegar a los elfos en su trineo conducido por dos enormes renos. Los conocían de sobra, eran los que habían sido reclutados el invierno anterior para formar parte del grupo destinado a llevar el mágico vehículo de Papá Noel. Los jóvenes del rebaño se agruparon para pasar la inspección anual, todos, menos Pastelito que ni siquiera se acercó a las diminutas criaturas. ¿Para qué? ─Pensó cabizbajo─ Era cojo y resultaría inútil para correr y mucho menos para volar. Muy triste se internó en el bosque alejándose de los vítores y bramidos de alegría que emitían sus congéneres al ser seleccionados por los elfos.

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Tantas horas anduvo ensimismado que la noche se le echó encima igual que un negro manto estrellado. Los aullidos de los lobos se dejaron oír con especial cercanía. Pastelito tembló de terror. Ni siquiera le acompañaba Piquín que había salido a hacer una batida en busca de alimento. No supo qué camino tomar y se quedó parado, totalmente perdido entre las ramas de los abetos.

Un gigantesco lobo plateado hizo su aparición justo delante de él.

─Hola muchacho. Estas lejos de tu rebaño. ¿Qué te trae por aquí, si puede saberse?

El reno temblaba esperando que, de un momento a otro, el carnívoro le hincara el diente.

─Estaba… buscando… comida. ─Contestó balbuceante.

─Es difícil encontrarla en invierno ¿verdad? Me ocurre exactamente lo mismo que a ti. Si quieres podríamos buscarla juntos. Conozco un lugar subiendo la ladera que te encantaría. ─Exclamó el lobo luciendo la mejor de las sonrisas por donde asomaban unos gigantescos dientes.

─Creo que no comemos lo mismo…ya sabe, señor lobo.

─Muy cierto pequeñín. ¡Ja, ja, ja!─ Rio la fiera divertida. ─Te será muy trabajoso hallar alimento con una pata tan… ¿fea?… ¿corta? ─Comentó el carnívoro observando la cojera de Pastelito.─ Seguramente los otros renos se ríen de ti y piensan que eres un lisiado que no sirve para nada. ─Continuó el lobo viendo a Pastelito derramar dos gruesas lágrimas. Y cambiando su áspero tono de voz continuó susurrando dulcemente: ─Pero tengo una solución para eso. Si quieres te puedo matar de una dentellada y todos tus problemas se borrarán en un instante.

Al fin, Piquín, después de mucho volar y buscar, había dado con su amigo. Escuchó muy enfadado lo que el lobo acababa de decir y, sin pensárselo dos veces, comenzó a emitir un zumbido de socorro que podía escucharse a varios kilómetros de distancia.

─¡Vamos, pequeño! ¡No tengo toda la noche para esperar tu decisión! ¿Término con tu insignificante existencia de una vez? Deberías estar agradecido a alguien que te quiere hacer un favor.

El sonido de unas campanillas hizo volverse al enorme carnívoro. Justo detrás de él apareció Papá Noel.

─¡Buenas noches, Boris! ¿No estás muy alejado de tu manada? Me prometiste que no cazarías en mis territorios.

─¡Hola Santa! Es cierto que lo prometí y lo he cumplido día tras día, aun cuando el hambre aprieta. No estaba cazando sino intentando hacer un gran favor a un amigo desesperado.

─¡Oh Boris, eres un pícaro! ¿No te da vergüenza pretender convencer a un crío para que se deje comer? Y tus hijos ¿qué pensaran si se llegan a enterar de esto? El gran cazador perdiendo el tiempo con una cría de reno.

El lobo, abochornado, bajó la cabeza, y despidiéndose rápidamente se perdió en la negrura del bosque. Pastelito, mientras tanto, se había secado las lágrimas y miraba fijamente a Papá Noel.

─No te alejes nunca de tu rebaño, pequeño. La crudeza del frío es dura para todos, especialmente para los lobos, que necesitan llevar con urgencia alimento a sus retoños.

─El lobo me debía haber matado, así hubiera resultado mucho más útil. No sirvo para nada, ni siquiera para encontrar mi propia comida.

─¡Ya veo que el frío te hace decir tonterías! ¡Ven, Pastelito, sube al trineo! Y mientras regresamos, charlaremos un buen rato. ─Ordenó Santa al reno─.

Ya acomodados en el vehículo, Papá Noel comentó con gran seriedad:

─Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir. Eres muy joven y tienes una vida larga y feliz por delante. Encontrarás el modo de resultar provechoso para la manada, ya lo verás. Te ayudaré a conseguirlo. Pero lo más importante de todo es que confíes en ti mismo; y lo harás, estoy seguro.

Continuaron la travesía corriendo por caminos helados. La temperatura bajaba rápidamente y el reno gigantesco que los llevaba interrumpió su loca carrera para cambiar el ritmo por un tranquilo trotecillo, señal de que el suelo que pisaba era muy frágil. Y estaba en lo cierto: con el peso del animal y del trineo, la superficie del lago ─que poseía una delgada capa de hielo─ se agrietó, y todos se precipitaron al agua helada sumergiéndose de inmediato.

Pastelito, de menor tamaño que los demás, alcanzó la superficie enseguida. Nunca había nadado pero flotaba igual que un pez. Se dio cuenta de que el reno y Santa seguían sumergidos y tomando aire buceó en su busca. Subió primero empujando a Santa que, volviendo en sí, logró trepar hasta salir del lago. El animalito retornó al fondo del lago una vez más. Esta vez se entretuvo dando firmes bocados a los arreos que impedían nadar a su congénere. Ya liberado, el gigantesco ejemplar alcanzó rápidamente la superficie. Un grupo de elfos, llegados en distintos vehículos, rescataron el trineo del lecho del lago. Papá Noel, ya seco y sonriente, se dirigió a Pastelito.

─¡Gracias por salvarnos, pequeño reno! ¡Has sido muy valiente y esa cualidad me gusta mucho! ¡Quedas reclutado para mi establo! ─Antes de que Pastelito fuera capaz de decir lo que pensaba, escuchó de labios de Santa lo siguiente: ─Por supuesto que puedes traer a tu amigo alado. Necesito animales tan llenos de coraje como vosotros dos. Seréis muy bienvenidos a las instalaciones del Polo Norte.

Pastelito fue colocado cómodamente en un habitáculo de las inmensas cuadras. Se le suministró heno y chocolate a partes iguales, dieta que seguían todos los herbívoros que habitaban el establecimiento de Santa. El pájaro siguió sin despegarse de su amigo ni un instante.

Varios elfos, especialistas en tallar juguetes en madera y trabajar delicados metales, se personaron para conocer al insigne personaje que había salvado la vida de Papá Noel. Le acariciaron y cepillaron, sin dejar de observar la pata atrofiada que el reno poseía. A la siguiente mañana comenzaron a sumergir el miembro encogido en agua caliente y a suministrarle friegas con aceites medicinales. Con el transcurso de las semanas, la pata tullida mejoró visiblemente. La articulación dejó de estar anquilosada y la pezuña en forma de garfio fue estirándose poco a poco. Los elfos, todos los días, le sacaban al gran corral: allí era donde aprendían a volar los renos que se preparaban para sustituir a los que iban envejeciendo. Pastelito debía ejercitarse durante horas, apoyando la pata atrofiada y fortaleciendo los músculos de la misma. A veces paraba unos instantes para admirar los volatines de sus compañeros, envidiando sus locas carreras para coger velocidad y elevarse ligeramente hacia el cielo.

La determinación de Pastelito no tenía límites y durante horas se afanaba por ejercitar su miembro encogido hasta que consiguió que se estirase del todo. Pero algo fallaba, la pata no había crecido conforme lo habían hecho las demás, y aunque recuperada y con fuerza no llegaba en altura a las otras. Los elfos, que conocían este hecho, le tranquilizaron e idearon un tacón que unieron mediante clavos a la pezuña del animal. De nuevo tuvo que educar ese miembro con prótesis hasta que fue capaz de responder igual que los demás.

El joven reno había pasado tantas jornadas observando las maniobras de sus compañeros intentando remontar el cercado que, una tarde, sin que nadie lo viera, repitió punto por punto, todas las consignas que los maestros impartían una y otra vez. Lo que ocurrió fue indescriptible: con tanto ejercicio las extremidades del reno se encontraban en un estado de total elasticidad y respondieron a los pasos que recomendaban los maestras, es decir, correr, tomar impulso y patalear, igual que si se estuviera nadando. Pastelito salió disparado hacia la luna en un rápido vuelo que le llevó a gritar de pánico durante los primeros segundos, y de alegría después. Surcó el cielo atravesando nubes esponjosas y sintiendo las cosquillas en sus patas de las copas de los abetos al sobrevolar los bosques. Llegó la hora de aterrizar y, para su sorpresa, descubrió que a esas clases no había asistido y no tenía idea de cómo hacerlo. Piquín dio la alarma rápidamente.

Unos cuantos renos, procedentes del escuadrón de Papá Noel, se pusieron a su lado de inmediato, acompañándole en sus volatines. Fueron dándole las órdenes precisas para que el aterrizaje fuera suave y sin consecuencias para sus patas.

Sin más contratiempos, Pastelito tomó tierra en pocos segundos. Papá Noel, en persona, se acercó a hablarle:

─¿Cómo se te ha ocurrido volar sin supervisión? Las consecuencias podrían haber sido terribles si no llegas a aterrizar correctamente.

─Lo siento mucho Santa. Sólo pensé en elevarme, en alcanzar la luna. Me dejé llevar, fui un necio.  No volverá a ocurrir, te doy mi palabra.

El anciano se rio con ganas de la promesa del joven reno. Acababa de tomar una decisión y así se la hizo saber:

─Desde ahora formarás parte de los renos sustitutos. La próxima Navidad será tu estreno. Debes practicar y hacer caso a tus instructores. ¡Volarás, Pastelito!

El reno no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que un ser que había nacido tullido, pudiera formar parte de lo más destacado del escuadrón? Recordó en ese instante las sabias palabras de Santa cuando le salvó del ataque del lobo hacía unos cuantos meses: “Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir”.

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En el desfile de Navidad del siguiente invierno, los trineos fueron pasando al ritmo marcado por los tambores de los elfos: ¡Pom, pom, pom! Primero lo hicieron los artesanos, luego los pintores, después los compositores de música navideña y, para terminar, los habitantes de la cuadra al completo, adornados con campanillas y arreos de terciopelo rojo, marchando marcialmente a lo largo de la linde del bosque. Todos los animales que habitaban en la foresta salieron, de inmediato, a admirar el espectáculo. Los osos, lobos, liebres, aves, renos, linces y glotones, hermanados en tan singular festividad, prorrumpiendo en vítores cuando aparecieron los protagonistas indiscutibles de la Navidad: Santa, enfundado en su traje escarlata y saludando risueño, seguido de un escuadrón de elfos y los doce renos que, formando un equipo perfecto, habían repartido, durante la pasada Nochebuena ─en las más mágicas horas del año─ millones de juguetes por todos los rincones del mundo

Mamá reno, llena de orgullo, junto con su hija Niebla vieron desfilar a Pastelito enganchado al magnífico trineo mientras las patas le caracoleaban en el aire. Gigantesco, poderoso y muy risueño el reno hizo sonar sus múltiples campanillas al divisar a su familia. Un sueño inalcanzable se había hecho realidad.

Posado en la oreja de Pastelito iba Piquín que le susurró entre gorjeos:

─¡Feliz Navidad, querido amigo!

FIN


 

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EL CHOCOLATE DE NAVIDAD.- (Cuento navideño para niños y mayores).-


 

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En el Polo Norte, dentro de los dominios de Papá Noel, se desarrollaba una actividad frenética debido a que la fecha de la Navidad se iba aproximando. Faltaban veinte días para la Gran Noche en la que todos los niños del mundo recibirían sus regalos.

La Señora Claus, muy atareada con la elaboración de cientos de galletas navideñas, pasaba los días prácticamente sin salir de la enorme y luminosa cocina en la que sus cinco hornos funcionaban a tope. Unas cuantas elfas, tocadas con un gorrito de un blanco inmaculado, ayudaban a la anciana señora a extender la masa sobre la gigantesca mesa de roble. La longeva mujer llevaba confeccionando este manjar, año tras año, siguiendo una antigua y secreta receta que se remontaba a siglos de antigüedad. Una vez que la pasta se hallaba bien alisada por unas cuantas pasadas de rodillo, se recortaba con los moldes de oropel, en multitud de formas navideñas: renos, hojas de acebo, bolas, trineos, campanas, velas, abetos, ángeles…Y seguidamente se colocaban en grandes bandejas para hornearlas en pocos minutos.

La despensa de Mamá Noel era una enorme habitación amueblada con estanterías de oscura madera barnizada, perfectamente alineadas y rotuladas, en las que siempre se encontraba lo que se buscaba en pocos segundos.

Era un almacén único y por eso mismo cuando se encendió la luz roja de “se está acabando el chocolate”, nadie lo puso en duda. La anciana comprobó que con el saquito de cacao que quedaba en la alacena, no tendría para rellenar de energía, los estómagos de todos los que iban a participar en el gran reparto de juguetes de la noche del 24 de diciembre. Hizo un recuento de los litros de chocolate que iba a necesitar para cumplimentar las necesidades para la Gran Noche. Lo primero de todo, precisaba de cantidad suficiente de cacao para fabricar las galletas de chocolate destinadas a los duendes, que al comerlas sacarían energía eficaz para terminar las últimas peticiones, recibidas en las cartas de los pequeños, y cargar el trineo de Santa Claus con millones de juguetes. Segundo punto a tener en cuenta, los renos siempre recibían, junto con su pienso, una ración extra de cacao calentito que hacía volar sus cuerpos y patas a velocidad de vértigo, produciendo un intenso resplandor en la nariz roja del reno-guía Rudolph. Tercero y más importante de todos, su marido Papá Noel no podía salir sin su termo de 100 litros de cacao, recién hecho y humeante, que le daría una fuerza sin igual en esa noche invernal, larga y mágica. ¡No había bastante cacao para todo eso!─Pensó apesadumbrada─ Tenía que hacer algo y enseguida.

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Convocó a los doce jefes elfos del Polo Norte que estuvieron ante ella antes de que pasaran dos segundos.

         ─Queridos amigos, nos encontramos en una situación crítica. No quiero molestar a mi marido con este problema, ya sabéis que se encuentra con los últimos preparativos de la Navidad y está terriblemente ocupado. El asunto es el siguiente, nuestras reservas de cacao han mermado tan alarmantemente que me encuentro con el grave apuro de no tener bastante chocolate para la Gran Noche.

         ─¡Ooooooh! ¡Eso es terrible! Impediría, sin duda, lograr todos los objetivos, terminar los juguetes a tiempo, ajustarlos mágicamente al trineo y permitir que el Gran Jefe llegase a cada rincón del planeta ─Comentaron los elfos trastornados─.

La anciana acostumbrada al temperamento de los duendes, los observó mientras se abrazaban unos a otros visiblemente acongojados. Les dio tiempo para sus quejas y lamentaciones y cuando terminaron se dirigió a ellos enérgicamente.

              ─Necesito un voluntario entre vosotros que vaya a buscar cacao con urgencia. Es un viaje difícil, ya lo sé, pero le apoyaremos con todos nuestros medios para que vuelva sano y salvo a casa, portando una buena carga de nuestro preciado alimento. Sólo podrá ir uno, los demás debéis estar para ayudar a mi marido, os necesita a todos.

De entre los pequeños elfos, un ser diminuto dio unos pasos hacia delante.

               ─¡Yo iré, Señora Claus!

Los murmullos de asombro se extendieron entre las filas de los duendes. Bel se les había adelantado, el más joven, intrépido e inexperto de todos ellos. Comenzaron las veladas protestas que fueron acalladas por la anciana:

             ─¡Irá Bel, es el primero que se ha ofrecido y sin duda lo hará muy bien! No tenemos tiempo para discusiones y pérdidas de tiempo. ¿Estáis todos de acuerdo conmigo?

               ─¡Sí Señora Claus! Sus decisiones siempre son sabias.

Respondieron los doce duendes al unísono como si fuera una clase de alumnos y la Señora Claus la profesora. La anciana estaba encantada de tratar con estos pequeños artesanos infatigables, aunque en muchas ocasiones se comportasen como niños de preescolar.

         ─Podéis volver al trabajo queridos elfos, informaré a mi esposo sobre el cambio de cometido de vuestro compañero sin darle demasiados detalles para no preocuparle. Bel, acompáñame. Debemos idear una estrategia para este apresurado viaje.

Sin más, los once elfos se esfumaron. Bel siguió a la anciana hasta la formidable cocina observando a las duendecillas, de doradas y largas trenzas, afanarse en colocar en vistosas cajas de esmalte las galletas de chocolate recién horneadas.

         ─Mi querido Bel, debes partir de inmediato esta misma noche. En el momento en que la aurora boreal toque la nieve, se desplegarán varios senderos de luz que iluminarán la noche del Polo Norte. Debes encaminarte por la senda esmeralda que te conducirá directamente a la estrella Polar. Desde ahí, deberás buscar otro medio de viajar hacia la nebulosa Templada, cuyo asteroide “Canela” es nuestro principal abastecedor de este precioso ingrediente. Una vez lo hayas alcanzado, deberás satisfacer el precio del cargamento, ellos te ayudarán a transportar el cacao hasta aquí.

La anciana sacándose de un bolsillo un pequeñísimo monedero, del tamaño de un dedal, se lo tendió al elfo que lo abrió delicadamente. Miró en su interior y descubrió cientos de monedillas de plata refulgiendo bajo la luz de la estancia. Se sonrió al ver que era un modelo funcional. Se podía esconder en un zapato sin apenas notarlo y, en cambio, su capacidad, que era inmensa, solo era conocida por la Señora Claus. No le pareció de buen gusto preguntar sobre este asunto. Tenía que dedicarse a la gran oportunidad que le brindaba su jefa. Su principal cometido era llegar a Canela para traer el cacao de vuelta en un corto espacio de tiempo. Ya estudiaría el monedero durante el viaje. También fue obsequiado con un pequeño gorro rojo. Cinco estrellas doradas lo adornaban dándole la apariencia de un aprendiz de mago. La anciana vio su expresión de deleite y sonrió.

         ─¡Me alegra ver que el gorro es de tu gusto. No solo se trata de que vayas elegante, como digno representante de nuestros dominios, sino que lo utilices como instrumento de comunicación entre nosotros, si surge algún problema. La primera estrella corresponde a un teléfono de un número único, el nuestro. Sólo con apretarla estarás en contacto con El Polo Norte. La segunda, es un portamonedas lleno de efectivo por si perdieses el que te acabo de dar. Nuestros proveedores de chocolate no admiten más que el pago en plata y en el momento de efectuar la compra. La tercera, te permitirá volar cortas distancias para que se aligere tu viaje y no se cansen tus pequeñas piernas. La cuarta, es un termo de chocolate caliente para que no pierdas tiempo buscando comida para elfos. En esos lugares es casi imposible encontrar miel, zumos de frutas, fresas y otros alimentos que os gusta comer. La quinta estrella es un arma para defenderte. No te preocupes no harás demasiado daño a nadie, debes ir preparado por si te topas con gente indeseable. Fuera de nuestra tierra existen malas personas que son felices fastidiando a todo el mundo, con esta clase de individuos no sirven las palabras, se han vuelto sordos y ciegos para escuchar y ver a los demás. Si te sintieras amenazado por alguno de ellos, al apretar la quinta estrella, saldrá un haz de luz electrificada que caerá contra tu enemigo.

El elfo miró atónito a la anciana, él nunca había hecho daño a nadie, ni siquiera se acordaba de haber dado patadas o empujado a algún compañero. No sabría si sería capaz de dirigir descargas eléctricas sin pensarlo seriamente.

Se puso el gorro y al instante se ajustó solo a su pequeña cabeza. Intentó quitárselo pero no pudo. La anciana rió divertida y le tranquilizó con estas palabras:

         ─No te lo podrás quitar hasta que regreses. Así nadie te lo robará y no lo perderás si hay una tormenta de aire o algo por el estilo. Él te mantendrá a salvo. Come unas galletas mientras te preparo un buen tazón de chocolate caliente, te dará una energía increíble ya verás.

Las galletas y el chocolate no se hicieron esperar. Toda la cocina se inundó del aroma de las especias que la anciana añadía al cacao. El olor delicioso y el gusto de las exquisitas galletas llenaron al pequeño de un empuje sin par. Vio que la noche se echaba encima. Despidiéndose de la anciana y de sus compañeros desapareció en el primer rayo de luz verde que tocó el hielo.

El viaje fue vertiginoso y divertido. Durante unas cuantas horas se deslizó por una carretera de luz esmeralda que ascendía hacia el espacio exterior. La experiencia no le pilló para nada de sorpresa ya que todos los elfos procedían de La Estrella Polar y, de vez en cuando, viajaban para reencontrarse con viejos amigos.

Sin perder el equilibrio se mantuvo en pie hasta llegar a su destino. Una estación flotante le proporcionó comida y un lugar donde descansar durante unas horas. ¡Estaba tan rendido que no tardó en dormirse!

Después de este merecido descanso se dedicó a buscar el medio para llegar a su próximo destino, La Nebulosa Templada, tan lejana en el espacio que apenas se vislumbraba como un tenue resplandor.

Observó un trasiego de gente entre unas cuantas casas pintadas de diferentes colores y, curioso por naturaleza, se dispuso a echar un vistazo. La primera construcción de color amarillo limón acogía a extraños seres dorados, anaranjados o marrones que jugaban con unos bolos de caramelo en forma de pingüinos. Hablaban sin parar y reían con gran estruendo cuando recibían algún golpe de las pelotas de los vecinos. Se hacían toda clase de apuestas para adivinar los bolos que iban a quedar en pie. Varios de estos insólitos entes, intentaron convencer al elfo de que apostara una buena cantidad de plata. No pudiendo persuadirle con palabras, le acorralaron para arrancarle el gorro y los zapatos. Unas cuantas descargas del mágico sombrero les convencieron para dejarle marchar. ¡Vaya si se había atrevido a usarlo! ¡Había que defenderse de los abusones! ¡Qué razón tenía la anciana!

Preguntó aquí y acullá cómo podría llegar a La Nebulosa Templada. Unos le enviaban al antro de donde había salido tan aprisa y otros le recomendaban dirigir sus pasos a la casa azul. Con más temor que curiosidad, esta vez se aventuró a visitar el nuevo lugar. Para su sorpresa encontró el sitio encantador. Nubes de pájaros azules con cabeza de peluche, hablaban y se saludaban educadamente mientras tomaban té con pastas o chocolate con churros. Se dirigió a la enorme mesa donde merendaban todos juntos y se sentó en una silla libre. Al instante se materializó ante sí una bandeja con exquisitos dulces que comenzó a devorar con fruición. Cuando sació su hambre comentó el motivo de su visita y todos los presentes, que lucían plumas de un intenso tono turquesa, le escucharon muy atentamente. Después de discutir entre ellos la forma más rápida de llegar a tan lejano lugar, llamaron a través de un interfono al Capitán Flown que se personó inmediatamente ante ellos.

El insigne personaje no pudo entrar dentro del edificio debido a su gigantesco tamaño, así que con gran cuidado quitó el tejado de la casa, que era de “quita y pon” para estos menesteres, y se encontró metido en la reunión como uno más. Las plumas de su corpachón, eran de un azul acerado, duras igual que el diamante, y capaces de soportar intensas temperaturas, tanto bajas como altas, resistiendo largos viajes espaciales. Su mirada de ave de presa no pasó desapercibida a Bel que se puso en guardia.

         ─¿Así que tú eres el interesado en llegar a La Nebulosa Templada? Es un viaje tremendamente peligroso. Normalmente se forma una caravana de “Voladores” para protegerse unos a otros de los peligros que puedan acechar a los viajeros. ─Exclamó con voz de trueno, haciendo temblar toda la casita azul hasta los cimientos. Bel sin arredrarse contestó:

         ─¿Qué clase de peligros son esos? No he viajado nunca fuera de la Estrella Polar.

         ─Bueno, están los temidos piratas de níquel, los monstruos ambarinos, los gases de la risa naranja, el come-hombres…

         ─¡Ya me hago una idea! ─Exclamó Bel─ No hace falta que pierda más tiempo enumerando horrores. Solo dígame una cosa ¿Cuándo podemos salir para allí?

La mirada del Capitán Flown brilló esta vez de emoción y aprobación. Le gustaba el diminuto muchacho, poco tamaño y mucha valentía.

         ─Si estás dispuesto a pagar una buena suma de plata, podríamos salir mañana al amanecer. Trescientas monedas por adelantado y quinientas cuando lleguemos a destino. ¿Conforme?

El elfo no sabía cuánta plata llevaba encima, así que dándose la vuelta para tener un poco de intimidad, sacó el minúsculo monedero que al contacto con sus dedos creció hasta permitirle introducir todo el brazo en su interior. Sin gran esfuerzo sacó la suma requerida. En el fondo se veían brillar todavía gran cantidad de monedas. Podía estar tranquilo, la Señora Claus había previsto cualquier eventualidad.

Estrecharon mano y ala para sellar el acuerdo y quedaron en verse al día siguiente muy temprano para emprender juntos la travesía hacia el destino lejano.

Bel mantenía informada a la anciana de todo lo que ocurría. Pulsaba la primera estrella de su gorro e inmediatamente alguien del Polo Norte contestaba al otro lado. En esta ocasión la voz de la Señora Claus le llegó alta y clara:

         ─¡Qué alegría recibir tan buenas noticias Bel! No conocemos al Capitán Flown, pero si está recomendado por los chicos de la Casa Azul, debe ser de fiar. Aquí la situación es desesperada. Solo me queda un barril de galletas de chocolate para estos días tan importantes. Mantenme informada mientras te sea posible comunicar con nosotros. Que tengas un buen vuelo y trae cuanto antes nuestro pedido de cacao querido Bel.

En efecto, la anciana al ver tan mermadas sus existencias de cacao, había recurrido a mezclar las galletas de chocolate con fresas y frutos secos. Los duendes lo comían encantados pero la energía que les aportaba no era comparable a la recibida solamente con el chocolate. Papá Noel tomaba la misma dieta y, extrañado del cambio de hábitos alimenticios, habló con su mujer:

         ─Querida, es raro que en estas fechas tan cercanas a Nochebuena, nuestra dieta no se haya incrementado en las habituales dosis de chocolate que nos obligas a tomar a todos en el Polo Norte.

La mirada intensa del mágico personaje leyó la preocupación en los ojos de su esposa. Con voz bondadosa y llena de cariño preguntó a la anciana:

         ─¿Qué ocurre, problemas con el cacao?

La Señora Claus contó de cabo a rabo todo lo relacionado con el tema. Su marido escuchó con mucha atención y al final comentó:

         ─Has hecho muy bien en enviar a uno de los inteligentes elfos. Confiemos en que se resuelva el problema a tiempo. No obstante con mi magia puedo multiplicar las galletas de chocolate hasta que lleguen los refuerzos ─La Señora Claus contestó preocupada:

         ─Pero Querido eso será un esfuerzo excesivo para ti. Bastante agotado estás con los preparativos –Papá Noel se rascó la barriga con una sonrisa y notó que casi había desaparecido.

         ─¡Con la dieta que seguimos ahora estoy recuperando mi figura de juventud! ¡Jo, jo, jo!… No te preocupes tanto, tú sigue dándonos frutas y yo me ocuparé de estirar las galletas.

Bel se personó en el aeródromo justo en el instante que el Capitán Flown se preparaba para partir. En una de las alas había instalado un pequeño y cómodo asiento para Bel. En la otra se veían cajas de provisiones perfectamente sujetas unas a otras.

         ─Ahora debemos protegernos del espacio exterior con azúcar glasé, o de lo contrario nos desintegraremos enseguida –Dijo el plumífero piloto.

Bel, muy sorprendido por este descubrimiento, se dejó pulverizar de arriba abajo de una dulce y blanquecina capa de azúcar que se adhirió a toda su persona como una segunda piel. El Capitán hizo lo mismo con su cuerpo y, blancos como la nieve, partieron hacia la negrura del espacio. El elfo pudo ver a un batallón de gnomos limpiando asteroides y llenándolos de luces de colores. Después, ya decorados, los apelotonaron formando un gigantesco ángel destellante. Observaron a más trabajadores abrillantando estrellas. Pensó Bel que por eso en Navidad las estrellas brillaban con más fuerza que en el resto del año.

Dejaron atrás todo lo conocido poniendo rumbo a la Galaxia Templada. Después de evitar a los gusanos naranjas, los cuales recibieron buenas dosis de calambrazos por parte del pequeño elfo, y a los Muertos “de miedo” que se pegaban a cualquiera que pasase por allí entre lúgubres y horribles lamentaciones, llegaron a los anillos rojos de la Galaxia Templada. Descubrieron que Canela, el asteroide que era su destino, no se hallaba demasiado lejos, en el tercer anillo lo encontraron por fin.

Descendiendo suavemente fueron obsequiados por un aroma a cacao que les abrió el apetito de una manera voraz. Un grupo de hombrecillos naranjas les dio la bienvenida.

         ─¡Bienvenidos extranjeros! Estáis en el planeta del cacao. Decidnos ¿en qué podemos ayudaros?

         ─Venimos de parte de Papá Noel. Se ha quedado sin chocolate y en 10 días será Nochebuena y ya imagináis lo que eso significa. Lo necesitamos ya.

Los anaranjados personajes echándose las manos a la cabeza corrieron a cargar varios contenedores. El jefe de capataces se acercó a ellos con expresión preocupada:

         ─Tenemos un problema con la entrega de vuestro encargo de cacao. Nuestros pájaros de servicio están todos repartiendo pedidos. No podremos enviar el cargamento hasta dentro de unos días.

El elfo comenzó a temblar de impotencia. ¿Qué podía hacer? ─¡Vamos piensa!─ Se dijo a sí mismo. De pronto miró al Capitán Flown y sonrió.

         ─Capitán, ¿Cuántos kilos podríamos llevar de vuelta a la Estrella Polar? – Flown sonrió. Al muchacho no se le escapaba una, era listo para abultar tan poco. Decididamente le caía bien, muy bien. Le iba a ayudar.

         ─Por lo menos 5.000 kilos, hijo. Será un placer ayudarte a llevarlo al Polo Norte. Aunque llegaré extenuado.

Bel sonrió ampliamente al enorme pájaro y le dio un gran abrazo que abarcó tres de las plumas del Capitán Flown. El gigante rió de buena gana, con tan grandes carcajadas, que hizo temblar la montaña de cacao más cercana.

Fueron alimentados con rico chocolate que les lleno de ganas de emprender nuevas aventuras. La carga se distribuyó cuidadosamente entre las plumas de la gran ave y para finalizar fueron rociados dos veces de azúcar glasé. El elfo informó al Polo Norte de las últimas noticias y de su plan de vuelo de emergencia. El mismo Papá Noel les deseó suerte y les aseguró que vigilarían el cielo para acudir en su ayuda cuando se aproximaran a su destino.

Sin más, los dos intrépidos viajeros se lanzaron a la oscuridad del espacio, volviendo sobre sus pasos en tiempo record. Cuando avistaron la Estrella Polar giraron a la izquierda poniendo rumbo hacia El Polo Norte. A los pocos minutos una agradable sorpresa les esperaba: Papá Noel, subido en su mágico trineo, les envolvió en una nube de energía que los mantuvo a fote en el cielo y, casi sin esfuerzo, los condujo hasta la misma puerta de la cocina de La Señora Claus, que con una sonrisa de felicidad abrazó a Bel y acarició al enorme pájaro.

El Capitán Flown se quedó a pasar la Navidad en el Polo Norte. Jamás estuvo tan a gusto como entre los miles de elfos que le miraban con ojos de sublime admiración. Probó los suculentos manjares que la anciana fue sacando de su gran cocina y se sintió rejuvenecido y lleno de alegría cuando paladeó el chocolate que la Señora Claus había confeccionado con el cacao traído del espacio, más los ingredientes secretos que agregó al calentarlo. El primer sorbo le supo a infancia, a canela, juegos, clavo, risas, anís… y, sobre todo, a pura Felicidad.

Llegó Nochebuena y entre todos consiguieron cargar millones de paquetes en el mágico vehículo volador. Para celebrar tan prodigioso éxito, cantaron villancicos y entre sonidos de campanillas y panderetas, despidieron a Papá Noel, ya ubicado a la cabeza de su enorme trineo, guiado por los nueve renos gigantescos, cargados de regalos para repartir por cada rincón de la tierra. Aunque este año el insigne personaje no iba sólo, un ayudante muy especial le acompañaba, y llevaba un curioso gorro rojo con cinco estrellas doradas. FIN.

¡Feliz Navidad!

María Teresa Echeverría Sánchez

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EL AMIGO DEL BOSQUE –

1.- EL AMIGO DEL BOSQUE.-  (Narración incluida en el libro CUENTOS DE JENJIBRE Y TURRÓN de Amazon, versión kindle y en libro).

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La última semana de noviembre llegó revestida de frío invernal. Hilachas de viento traían aparejados remolinos de nieve y hielo. Las cumbres se despertaron con un gorro de merengue helado. Al alba el bosque se estremeció de terror, habían llegado los taladores. El sonido de sus motosierras se extendió por la floresta.

El primero en caer fue el árbol más alto y majestuoso del collado. Su color verde refulgió como escarcha esmeralda cuando se precipitó hacia el suelo. Ese ejemplar único adornaría la plaza del pueblo en las fiestas que se avecinaban. A éste le siguieron muchos más, de todos los tamaños y formas, hasta que los camiones estuvieron bien cargados. Cuando el sol comenzó a ascender en el horizonte, los vehículos se movilizaron hacia la ciudad. Mientras, el bosque dio un hondo suspiro de alivio.

Los abetos murmuraron despedidas en el viento por los amigos que habían perdido. Poco a poco movieron sus raíces y se arremolinaron en torno a un pequeño montículo. Había que proteger al nuevo rey de la colina. Las ramas se entrelazaron formando una pared vegetal. El viento sopló travieso dejando al descubierto a un abeto diminuto de hojas de oro. Su padre, antes de caer, había sacudido sus ramas de nieve, enterrando al arbolito para que no pereciera. El pequeño gimió como lo hacen los abetos, moviendo sus ramitas de un lado al otro. La tristeza invadió su corazón de corteza y paró su crecimiento. Decidió secarse. No quería ser mayor para ser talado. ¡Echaba tanto de menos la compañía de su padre! El bosque susurró melodías de sosiego para tranquilizarlo, y al fin se durmió.

Jaime se despertó temprano, un estruendo en la lejanía lo sacó de la cama. Era sábado y no era día de trabajo. Su familia dormiría unas cuantas horas más. Asomó la nariz por la ventana y aspiró el aroma gélido del otoño. Observó el manto nacarado de la primera nevada. Una sonrisa se columpió en los labios. Iría al monte para hacer un enorme muñeco de nieve. Desayunó a toda prisa. Se abrigó a conciencia. A sus once años sabía de sobra como el viento serrano se podía colar entre los pliegues de la ropa y regalarle un buen resfriado. Tomando el trineo y la mochila salió hacia la colina.

Durante la ascensión comenzó a divisar tocones de árboles cortados. La ladera se percibía llena de huecos. Sacudió la cabeza con tristeza. Eligió un calvero para empezar su trabajo con la nieve. Algo le distrajo de su labor. Un voluminoso insecto se posó en su guante. El chaval lo estudió con detenimiento: era transparente como el cristal. En la cabeza portaba un diminuto gorro verde del que sobresalía un rojo flequillo. El bicho le habló con una vocecita chillona: ─¡Sígueme! ¡Te necesitamos!─. El chico, asustado, se quedó paralizado durante unos segundos, los suficientes para entrever una gran procesión de alados de cristal indicándole el camino.

Jaime culminó su ascensión. Un círculo de árboles fuertemente entrelazados coronaba la colina. Los seres de escarcha atravesaron la pared vegetal invitando al chico a que hiciera lo mismo. Le costó encontrar un hueco entre la prieta espesura. Al cruzar, por fin lo vio. Un arbolito de apenas un palmo de alto, todo oro y sol, tiritaba aterrorizado: ─¡No me hagas daño!─. Lloró el abeto. El chaval se sentó a su lado: ─¡Tranquilo, no te haré nada!─. Acarició las hojas del ejemplar suavemente hasta que se calmó. Cantó canciones y hablaron largamente hasta que las risas y la complicidad unieron a ambos. El abeto de oro, al fin feliz, creció un palmo.

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Las mariposas de escarcha se posaron en torno al chico, entablando una conversación: ─Gracias por la ayuda. Ya te puedes ir, nosotras cuidaremos del bosque─. Jaime respondió: ─Por lo que he visto allá abajo, no lo habéis hecho muy bien. ¡Tendríais que cambiar de métodos!─. Juntaron las cabezas, tocadas con gorros de colores, para conversar entre ellas y después le preguntaron: ─¿Y qué sugieres tú, humano? Ten en cuenta que no podemos atacar ni hacer daño a las personas─. El chico reflexionó unos instantes antes de contestar: ─¿No podríais alterar su percepción? Hacer que encuentren ciertas zonas desagradables… Confundirlos un poco─. Los entes de hielo movieron los flequillos en señal de aprobación: ─¡Eso haremos! Ahora vete y borraremos este lugar de tu memoria para mantener este lugar escondido─. La voz del arbolito de oro sonó enfadada: ─¡Ni hablar! ¡Es mi amigo y siempre será bien recibido en el círculo del bosque!─. Las mariposas respetuosas, sin rechistar, acataron la orden del rey de la colina. Jaime volvió a visitarle la jornada siguiente y muchos días más.

Llegó Navidad y Papá Noel hizo su incursión durante la noche en todas las casas del pueblo. Jaime alborozado encontró muchos regalos al pie del árbol de Noel. Halló la lista completa de lo pedido en su carta a Santa, y cargó el trineo con parte de aquellos presentes. Cuando llegó al círculo de piceas vació los sacos, esparciendo agujas y cortezas de pino alrededor del arbolito para protegerlo de las ventiscas. El abeto, de pura alegría, aumentó su tamaño unos cuantos centímetros y le mostró una minúscula piña dorada que había creado: ─Es para ti, ¡Feliz Navidad!

Pasaron los años y los amigos crecieron al unísono. La venta de las piñas que Jaime fue recibiendo del arbolito, le permitió ir a la universidad y estudiar medicina. El abeto alcanzó una altura gigantesca, comparable a su sabiduría de Señor del bosque. Ambos compartían vivencias y consejos en horas y horas de charlas, de silencios y de risas. El tiempo no empañó una amistad que surgió cuando eran simples aprendices de la vida, sino que la hizo más fuerte y profunda.

La montaña volvió a recuperar su manto esmeralda de piceas. Nadie sabía qué se escondía en la cima de la colina porque, en el instante que alguien decidía ir a investigar, a los pocos minutos de comenzar la ascensión, olvidaba su propósito. Y cuando eso sucedía se escuchaban en el eco del valle unas carcajadas de escarcha y cristal. FIN.

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Felices Fiestas. María Teresa Echeverría Sánchez.

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LO QUE NO VEMOS.- (cuento de Navidad incluido en CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN)


Este cuento lo podéis encontrar en el libro CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN en Amazon. En versión kindle y en libro. Con preciosas ilustraciones, ideal para regalar tanto a mayores como a pequeños.

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Nuestro cuento ha podido transcurrir en una noche de Navidad, y de hecho aunque no lo creáis, ocurre, como veréis más adelante, aunque la mayoría de nosotros no nos percatemos de ello.

Era un día frío y claro en el que el reflejo del sol se proyectaba a plomo en la nieve casi helada.

En todas las casas se hacían los preparativos para la celebración de estos días de fiesta. Las calles parecían más animadas con el ir y venir de la gente, llenas de luces y brillantes adornos que pendían de delgados cables sobre las personas y los coches que transitaban incansablemente.

Uno de estos hogares, en el que vivía una feliz familia compuesta por un matrimonio con tres niños, va a ser el escenario elegido para este relato.

Aquella tarde entre los tres niños pusieron el Nacimiento en un rinconcito del salón, marcando muy bien con serrín el camino por donde habrían de pasar los Reyes Magos hasta llegar al Portal de Belén. Los patos nadaban en un río de papel de plata, flanqueados en cada orilla por rebaños de blancas ovejas de barro. Cuando terminaron de colocarlo, desembalaron el árbol de Navidad al que ubicaron al lado de la ventana. Le colgaron pajaritos de algodón de colores, bolas de cristal y un enorme montón de figuras que quedaron columpiándose entre las ramas del abeto artificial, suspendidas de hilos dorados. Aunque pusieron mucho cuidado en coger los adornos, no pudieron evitar que algunos escaparan de sus manos y se rompieran.

Anocheció y después de cenar se acostaron agotados con el trajín de la decoración navideña.

A partir de media noche el salón se transformó súbitamente: El Nacimiento cobró vida: los pastores bajaban de las montañas, por senderos de serrín y musgo, con sus rebaños de albas ovejas de barro y esmalte, para adorar al Niño del pesebre; el panadero cocía su pan en el horno de arcilla para llevar su ofrenda al establo; el carpintero serraba unos troncos con los que fabricaba una cuna destinada al bebé que acababa de nacer en el establo de corcho y madera.

El árbol de Navidad se iluminó repentinamente. Los pájaros azules, rosas y verdes se pusieron a cantar; las bolas de cristal a parlotear con los ratones, los osos de algodón con los botijos plateados…Una bola se desperezó:

─¡Ohaaaaa! ─Y saludando a todos se puso a conversar con una guitarra de metal que hacía sonar sus cuerdas quedamente con una dulce melodía.

─Un año más aquí ¡Hay que ver qué rápido pasa el tiempo! ¿Has visto cómo han crecido los niños? ─ A lo que la guitarra contestó:

─¡Ya lo creo, están mucho más grandes! Ya son más cuidadosos porque el año pasado, ¿recuerdas?, rompieron más de diez adornos ─ Con un suspiro la bola dijo:

─¡No me lo menciones! Cuando me tomaron en sus manos, el terror me invadió, y mi color dorado se transformó en escarlata. Y… Hablando de otra cosa ¿Qué tal sitio te tocó en la caja donde nos guardan? ─ Siguió preguntando la bola cotilla.

─¡Muy bueno! Ya sé que a ti te colocaron abajo con el espumillón. Yo estuve en la parte de arriba y me entretuve mucho escuchando lo que se decía.

─¿Y qué se decía? Cuéntame, me tienes en ascuas.

─Verás, en primer lugar la mamá de los niños se quejaba mucho a su marido de la subida del colegio, de la ropa, de la comida…En fin ¡De todo! Parecía muy disgustada. Además dijo algo extraño como que “Los Reyes este año iban a venir flojos” ¿Qué habrá querido decir?

─¡Muy fácil! –Contestó la guitarra– Que los Reyes son ya muy viejos y que están muy débiles. ¡Imagínate las caminatas que se tienen que dar todos los años desde las tierras lejanas donde viven ¡Pobrecillos! No me extraña que estén “flojos”.

─También he oído al vecino de al lado, desde hace una temporada, cantar en francés a cada momento; dicen que es el idioma del amor, así que …Debe estar locamente enamorado; además “esto del amor”, según se rumoreaba en la caja, es algo que se lleva mucho, debe ser una nueva moda o algo por el estilo.

Un ratón de hocico azul comenzó a hablar de futbol con un pingüino. Una ardilla conversaba con una chocolatera que le rascaba la espalda con cada vaivén de su hilo. Todo eran risas y comentarios entre los pequeños habitantes del árbol.

Entre el murmullo se oyó una voz chillona que gritó: ─¡Silencioooo! –Todos asombrados levantaron la cabeza hacia las ramas más altas del árbol. El autor del grito resultó ser un gallo que poseía una hermosa cola de plumas de colores. Mirándolos uno por uno comenzó a hablar con voz enfadada y llena de rencor:

─No sé cómo os atrevéis a opinar sobre cualquier tema, vosotros, que os situáis en las ramas más bajas, y menos sobre uno tan importantes como es el amor, que nunca lo habéis experimentado en vuestras miserables vidas, ni lo haréis jamás; los únicos destinados a sentirlo son los hombres y los animales, y no vosotros, ¡atajo de ignorantes e inútiles desechos de adornos! ─ Siguió gritándolos desde las alturas mientras se pavoneaba desde la cima del árbol de Navidad.

─¿Quién os va a informar mejor que yo de las últimas noticias? Nadie de aquí por supuesto. ¡Vosotras bolas de la nueva ola sois tan ridículas como imprudentes! Con vuestro cuerpo de plástico os creéis tan modernas y resultáis tan ridículas. Las bolas de cristal que se rompieron eran mucho más respetuosas conmigo, se daban cuenta de mi gran inteligencia. ¡Y respecto a vosotros animales de escarcha, rebozados en brillos de oro y plata que os vuelven insulsos y sin gracia! ¡Resultáis feos y patéticos! ¡Dan ganas de tiraros directamente a la basura!

Los gritos se habían convertido en alaridos y el animal se desgañitaba en horribles cacareos y reproches contra todos los adornos de Navidad. Tanto chilló y alborotó que un pastor del Nacimiento, descolgándose por las patas del mueble, llegó hasta el árbol y dirigiéndose al gallo exclamó:

─¡Por favor! ¿No podrías dejar eso para otro momento? El Niño acaba de dormirse.

El pastor volvió a su lugar, dejando al gallo refunfuñando y de mal humor. Apagaron las luces del árbol y del Belén para no molestar al Recién Nacido. Todos se fueron quedando dormidos, menos el gallo, que pensaba en lo ridículo que había quedado ante los que quería haber impresionado con su sabia experiencia.

Repentinamente una corriente de aire abrió la ventana y sopló con fuerza durante unos instantes. En la oscuridad se oyó un grito y unos gemidos; después todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente los niños encontraron al gallo de la rama más alta en el suelo. Su vistosa cola de plumas de colores aparecía totalmente destrozada. En un primer momento pensaron en tirarlo a la basura, pero la figura era de las más antiguas que conservaban y decidieron no deshacerse de ella. Los niños después de deliberar, dispusieron al gallo en la última rama del árbol, escondiendo su deterioro detrás de una tira de espumillón. Colocaron en su lugar, en lo más alto del abeto, junto a la estrella, a un pajarito de suave algodón, mofletudo y sonriente.

El gallo, aquella noche, aprendió una dura lección para su orgullo: En el árbol de Navidad, nadie le consideraba especial, solo era un adorno roto, escondido entre el ramaje.

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María Teresa Echeverría Sánchez

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