cuentos para amantes de la Navidad

Pastelito, el reno cojo.- (Incluido en “CUENTOS MÁGICOS DE NAVIDAD”).-

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Pastelito nació, junto con su hermana Niebla, una templada tarde de primavera, en el rincón del bosque donde los zarzales y el espino se entremezclaban creando un refugio natural que cobijó a la indefensa madre y sus dos cachorros. El pequeño fue bautizado con este nombre tan dulce debido, sin duda, a la apariencia singular de su hocico: una gran nariz, negra como el carbón, entre denso pelaje níveo, exactamente con el mismo aspecto que un merengue de nata adornado con una enorme trufa de chocolate.

Se oía el aullido de los lobos en la lejanía y la nueva madre se alegró de estar tan bien resguardada, puesto que el último vástago que alumbró era débil y minúsculo, demorándose más de una jornada en ponerse en pie. Normalmente las crías eran capaces de correr, junto con sus madres, a las pocas horas de su nacimiento pero el pequeño Pastelito no podía andar bien. Una de sus patas traseras resultaba bastante más corta que las demás y se movía renqueando, lo que hacía que su caminar fuera desigual y muy lento.

Cuando al fin retornaron con la manada, se hizo un gran silencio entre los miembros del numeroso clan mientras observaban a la cría bambolearse de un sitio a otro. Los mayores movieron la cabeza en señal de lástima: de sobra sabían que si eran atacados por osos o lobos, el primero en caer sería el pequeño cojo. Las demás crías se acercaron a saludar a los dos recién llegados, parándose al lado del diminuto ejemplar que se movía con un vaivén que los hipnotizaba. Trataron de imitarle y varios se escurrieron dándose un buen trompazo. La mamá de Pastelito, muy protectora, resguardó a la cría entre sus patas y espantó a las demás emitiendo varios bufidos. Era tan dulce la mirada de ese retoño que le lamió con cariño mientras le cantaba una dulce melodía.

Las últimas camadas fueron creciendo a buen ritmo, excepto Pastelito que conservaba un tamaño bastante más escaso que el resto de sus compañeros. Aun así intentaba intervenir en los juegos que se desarrollaban entre brincos y mugidos junto con Niebla, pero siempre se quedaba rezagado en las carreras o no era lo suficientemente alto para alcanzar algunas de las jugosas bayas que crecían entre los espinos. El otoño, corto y lluvioso, dejó sitio al invierno que llegó anunciándose con una gran nevada.

Pastelito aprendió a jugar solo. Hablaba con amigos imaginarios y le gustaba ver su imagen reflejada en el hielo. En uno de esos días en los que platicaba a solas, escuchó a un pájaro que, posado en una rama cercana, le preguntó su nombre. De inmediato se hicieron amigos inseparables. El ave dormía sobre el lomo del reno, bien abrigado entre su pelaje. Jugaban a las escondidas, a hacer carreras por el hielo y a contarse historias disparatadas, asunto que les producía un mar de carcajadas.

Los jóvenes de la edad de Pastelito ya eran capaces de procurarse su propio alimento. Para el pequeño reno, encontrar algo para comer resultaba todo un reto, por esa razón se hallaba tan diminuto y escuálido. Si no se nutría lo suficiente, el frío del largo invierno acabaría con sus escasas fuerzas. A partir de conocer a Piquín aquel problema de supervivencia dejó de existir. El ave, haciendo un extenso vuelo raso y poniendo en juego su poderosa visión, le indicaba los lugares en los que había pasto enterrado bajo una ligera capa de nieve. Hacia allí se dirigía el reno encontrando un sinfín de sustento. Las frutas silvestres, muy escasas ya, que aún se veían en los infranqueables matorrales dejaron de ser inaccesibles para su corta estatura, pues el pájaro las arrancaba de los altos setos y las dejaba caer al suelo donde Pastelito daba buena cuenta de ellas. Tan excelsa sociedad formaron que el pequeño creció un montón hasta ponerse a la misma altura que los de su edad. Su mamá, observándole desde su lugar entre las hembras de la manada, se sintió muy dichosa. Quería con locura a su retoño, y se mostró muy complacida cuando Pastelito se negó a seguir aceptando parte de su comida. Ya era hora de que su madre mirara por sobrevivir sin preocuparse de él, pensó el reno.

Ese mañana ocurrió algo muy especial: la manada vio llegar a los elfos en su trineo conducido por dos enormes renos. Los conocían de sobra, eran los que habían sido reclutados el invierno anterior para formar parte del grupo destinado a llevar el mágico vehículo de Papá Noel. Los jóvenes del rebaño se agruparon para pasar la inspección anual, todos, menos Pastelito que ni siquiera se acercó a las diminutas criaturas. ¿Para qué? ─Pensó cabizbajo─ Era cojo y resultaría inútil para correr y mucho menos para volar. Muy triste se internó en el bosque alejándose de los vítores y bramidos de alegría que emitían sus congéneres al ser seleccionados por los elfos.

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Tantas horas anduvo ensimismado que la noche se le echó encima igual que un negro manto estrellado. Los aullidos de los lobos se dejaron oír con especial cercanía. Pastelito tembló de terror. Ni siquiera le acompañaba Piquín que había salido a hacer una batida en busca de alimento. No supo qué camino tomar y se quedó parado, totalmente perdido entre las ramas de los abetos.

Un gigantesco lobo plateado hizo su aparición justo delante de él.

─Hola muchacho. Estas lejos de tu rebaño. ¿Qué te trae por aquí, si puede saberse?

El reno temblaba esperando que, de un momento a otro, el carnívoro le hincara el diente.

─Estaba… buscando… comida. ─Contestó balbuceante.

─Es difícil encontrarla en invierno ¿verdad? Me ocurre exactamente lo mismo que a ti. Si quieres podríamos buscarla juntos. Conozco un lugar subiendo la ladera que te encantaría. ─Exclamó el lobo luciendo la mejor de las sonrisas por donde asomaban unos gigantescos dientes.

─Creo que no comemos lo mismo…ya sabe, señor lobo.

─Muy cierto pequeñín. ¡Ja, ja, ja!─ Rio la fiera divertida. ─Te será muy trabajoso hallar alimento con una pata tan… ¿fea?… ¿corta? ─Comentó el carnívoro observando la cojera de Pastelito.─ Seguramente los otros renos se ríen de ti y piensan que eres un lisiado que no sirve para nada. ─Continuó el lobo viendo a Pastelito derramar dos gruesas lágrimas. Y cambiando su áspero tono de voz continuó susurrando dulcemente: ─Pero tengo una solución para eso. Si quieres te puedo matar de una dentellada y todos tus problemas se borrarán en un instante.

Al fin, Piquín, después de mucho volar y buscar, había dado con su amigo. Escuchó muy enfadado lo que el lobo acababa de decir y, sin pensárselo dos veces, comenzó a emitir un zumbido de socorro que podía escucharse a varios kilómetros de distancia.

─¡Vamos, pequeño! ¡No tengo toda la noche para esperar tu decisión! ¿Término con tu insignificante existencia de una vez? Deberías estar agradecido a alguien que te quiere hacer un favor.

El sonido de unas campanillas hizo volverse al enorme carnívoro. Justo detrás de él apareció Papá Noel.

─¡Buenas noches, Boris! ¿No estás muy alejado de tu manada? Me prometiste que no cazarías en mis territorios.

─¡Hola Santa! Es cierto que lo prometí y lo he cumplido día tras día, aun cuando el hambre aprieta. No estaba cazando sino intentando hacer un gran favor a un amigo desesperado.

─¡Oh Boris, eres un pícaro! ¿No te da vergüenza pretender convencer a un crío para que se deje comer? Y tus hijos ¿qué pensaran si se llegan a enterar de esto? El gran cazador perdiendo el tiempo con una cría de reno.

El lobo, abochornado, bajó la cabeza, y despidiéndose rápidamente se perdió en la negrura del bosque. Pastelito, mientras tanto, se había secado las lágrimas y miraba fijamente a Papá Noel.

─No te alejes nunca de tu rebaño, pequeño. La crudeza del frío es dura para todos, especialmente para los lobos, que necesitan llevar con urgencia alimento a sus retoños.

─El lobo me debía haber matado, así hubiera resultado mucho más útil. No sirvo para nada, ni siquiera para encontrar mi propia comida.

─¡Ya veo que el frío te hace decir tonterías! ¡Ven, Pastelito, sube al trineo! Y mientras regresamos, charlaremos un buen rato. ─Ordenó Santa al reno─.

Ya acomodados en el vehículo, Papá Noel comentó con gran seriedad:

─Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir. Eres muy joven y tienes una vida larga y feliz por delante. Encontrarás el modo de resultar provechoso para la manada, ya lo verás. Te ayudaré a conseguirlo. Pero lo más importante de todo es que confíes en ti mismo; y lo harás, estoy seguro.

Continuaron la travesía corriendo por caminos helados. La temperatura bajaba rápidamente y el reno gigantesco que los llevaba interrumpió su loca carrera para cambiar el ritmo por un tranquilo trotecillo, señal de que el suelo que pisaba era muy frágil. Y estaba en lo cierto: con el peso del animal y del trineo, la superficie del lago ─que poseía una delgada capa de hielo─ se agrietó, y todos se precipitaron al agua helada sumergiéndose de inmediato.

Pastelito, de menor tamaño que los demás, alcanzó la superficie enseguida. Nunca había nadado pero flotaba igual que un pez. Se dio cuenta de que el reno y Santa seguían sumergidos y tomando aire buceó en su busca. Subió primero empujando a Santa que, volviendo en sí, logró trepar hasta salir del lago. El animalito retornó al fondo del lago una vez más. Esta vez se entretuvo dando firmes bocados a los arreos que impedían nadar a su congénere. Ya liberado, el gigantesco ejemplar alcanzó rápidamente la superficie. Un grupo de elfos, llegados en distintos vehículos, rescataron el trineo del lecho del lago. Papá Noel, ya seco y sonriente, se dirigió a Pastelito.

─¡Gracias por salvarnos, pequeño reno! ¡Has sido muy valiente y esa cualidad me gusta mucho! ¡Quedas reclutado para mi establo! ─Antes de que Pastelito fuera capaz de decir lo que pensaba, escuchó de labios de Santa lo siguiente: ─Por supuesto que puedes traer a tu amigo alado. Necesito animales tan llenos de coraje como vosotros dos. Seréis muy bienvenidos a las instalaciones del Polo Norte.

Pastelito fue colocado cómodamente en un habitáculo de las inmensas cuadras. Se le suministró heno y chocolate a partes iguales, dieta que seguían todos los herbívoros que habitaban el establecimiento de Santa. El pájaro siguió sin despegarse de su amigo ni un instante.

Varios elfos, especialistas en tallar juguetes en madera y trabajar delicados metales, se personaron para conocer al insigne personaje que había salvado la vida de Papá Noel. Le acariciaron y cepillaron, sin dejar de observar la pata atrofiada que el reno poseía. A la siguiente mañana comenzaron a sumergir el miembro encogido en agua caliente y a suministrarle friegas con aceites medicinales. Con el transcurso de las semanas, la pata tullida mejoró visiblemente. La articulación dejó de estar anquilosada y la pezuña en forma de garfio fue estirándose poco a poco. Los elfos, todos los días, le sacaban al gran corral: allí era donde aprendían a volar los renos que se preparaban para sustituir a los que iban envejeciendo. Pastelito debía ejercitarse durante horas, apoyando la pata atrofiada y fortaleciendo los músculos de la misma. A veces paraba unos instantes para admirar los volatines de sus compañeros, envidiando sus locas carreras para coger velocidad y elevarse ligeramente hacia el cielo.

La determinación de Pastelito no tenía límites y durante horas se afanaba por ejercitar su miembro encogido hasta que consiguió que se estirase del todo. Pero algo fallaba, la pata no había crecido conforme lo habían hecho las demás, y aunque recuperada y con fuerza no llegaba en altura a las otras. Los elfos, que conocían este hecho, le tranquilizaron e idearon un tacón que unieron mediante clavos a la pezuña del animal. De nuevo tuvo que educar ese miembro con prótesis hasta que fue capaz de responder igual que los demás.

El joven reno había pasado tantas jornadas observando las maniobras de sus compañeros intentando remontar el cercado que, una tarde, sin que nadie lo viera, repitió punto por punto, todas las consignas que los maestros impartían una y otra vez. Lo que ocurrió fue indescriptible: con tanto ejercicio las extremidades del reno se encontraban en un estado de total elasticidad y respondieron a los pasos que recomendaban los maestras, es decir, correr, tomar impulso y patalear, igual que si se estuviera nadando. Pastelito salió disparado hacia la luna en un rápido vuelo que le llevó a gritar de pánico durante los primeros segundos, y de alegría después. Surcó el cielo atravesando nubes esponjosas y sintiendo las cosquillas en sus patas de las copas de los abetos al sobrevolar los bosques. Llegó la hora de aterrizar y, para su sorpresa, descubrió que a esas clases no había asistido y no tenía idea de cómo hacerlo. Piquín dio la alarma rápidamente.

Unos cuantos renos, procedentes del escuadrón de Papá Noel, se pusieron a su lado de inmediato, acompañándole en sus volatines. Fueron dándole las órdenes precisas para que el aterrizaje fuera suave y sin consecuencias para sus patas.

Sin más contratiempos, Pastelito tomó tierra en pocos segundos. Papá Noel, en persona, se acercó a hablarle:

─¿Cómo se te ha ocurrido volar sin supervisión? Las consecuencias podrían haber sido terribles si no llegas a aterrizar correctamente.

─Lo siento mucho Santa. Sólo pensé en elevarme, en alcanzar la luna. Me dejé llevar, fui un necio.  No volverá a ocurrir, te doy mi palabra.

El anciano se rio con ganas de la promesa del joven reno. Acababa de tomar una decisión y así se la hizo saber:

─Desde ahora formarás parte de los renos sustitutos. La próxima Navidad será tu estreno. Debes practicar y hacer caso a tus instructores. ¡Volarás, Pastelito!

El reno no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que un ser que había nacido tullido, pudiera formar parte de lo más destacado del escuadrón? Recordó en ese instante las sabias palabras de Santa cuando le salvó del ataque del lobo hacía unos cuantos meses: “Cada criatura de este mundo, por pequeña, deforme e insignificante que sea tiene una razón para existir”.

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En el desfile de Navidad del siguiente invierno, los trineos fueron pasando al ritmo marcado por los tambores de los elfos: ¡Pom, pom, pom! Primero lo hicieron los artesanos, luego los pintores, después los compositores de música navideña y, para terminar, los habitantes de la cuadra al completo, adornados con campanillas y arreos de terciopelo rojo, marchando marcialmente a lo largo de la linde del bosque. Todos los animales que habitaban en la foresta salieron, de inmediato, a admirar el espectáculo. Los osos, lobos, liebres, aves, renos, linces y glotones, hermanados en tan singular festividad, prorrumpiendo en vítores cuando aparecieron los protagonistas indiscutibles de la Navidad: Santa, enfundado en su traje escarlata y saludando risueño, seguido de un escuadrón de elfos y los doce renos que, formando un equipo perfecto, habían repartido, durante la pasada Nochebuena ─en las más mágicas horas del año─ millones de juguetes por todos los rincones del mundo

Mamá reno, llena de orgullo, junto con su hija Niebla vieron desfilar a Pastelito enganchado al magnífico trineo mientras las patas le caracoleaban en el aire. Gigantesco, poderoso y muy risueño el reno hizo sonar sus múltiples campanillas al divisar a su familia. Un sueño inalcanzable se había hecho realidad.

Posado en la oreja de Pastelito iba Piquín que le susurró entre gorjeos:

─¡Feliz Navidad, querido amigo!

FIN


 

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EL VENDEDOR – (cuento de Navidad)

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Era casi Nochebuena y todavía no había comprado los regalos con los que quería obsequiar a mi familia en estas fechas, así que decidí salir aquella mañana e ir al centro de la ciudad para tener más variedad donde elegir.

Estuve echando un vistazo a lo largo de varias secciones de unos grandes almacenes; el conjunto de objetos que se encontraban expuestos para regalar en esas “fechas especiales” me parecían triviales y demasiado convencionales: pañuelos, colonias, guantes, corbatas, etc. Todo demasiado caro, luciendo precios abusivos. Buscaba un detalle especial, que cumpliera dos premisas importantes, ajustarse a mi exiguo presupuesto y que se saliera de lo “normal”.

Comencé a callejear sin dirigirme a ningún lugar concreto; veía desfilar ante mis ojos decenas de escaparates; vendedores ambulantes exponían sus mercancías en el suelo, apretujados unos contra otros. El gentío era insoportable, empujones, pisotones…y yo seguía mirando y valorando cada objeto nuevo pero sin resultados, pasaba el tiempo y no había nada que atrajera especialmente mi atención.

Se hizo la hora de volver a casa. Me esperaban para comer por lo que ya no podía demorarme más en mi búsqueda. Notaba el frío que se iba metiendo más en mis doloridos y ateridos pies. Con la desilusión y el cansancio pintados en mi rostro, me introduje por un estrecho callejón, con la esperanza de acortar camino, de librarme de la gente y de llegar cuanto antes a la parada del autobús.

Iba a doblar la última esquina cuando tropecé con un vendedor ambulante. Entre sonrisas, el hombre me ofreció con un ademán su mercancía colocada cuidadosamente encima de una preciosa alfombra. En un principio pensé que se trataba de las típicas bolitas de cristal, ésas que cuando les dabas la vuelta, caía una lluvia de nieve tipo ventisca, que duraba cinco segundos. Solían gustar mucho porque se sentía la ilusión de poseer un mundo en la mano, uno que podía ser nuestro en un instante, despertando en nosotros anhelos de ilusión olvidados en la infancia. ¡Eran decorativas y preciosas! ¡Estaba cansada de buscar y con la paciencia absolutamente agotada! ¡Sin duda, había dado con el regalo ideal para todos, tanto pequeños como mayores.

Mirándolas con suma atención observé que no eran las habituales que se vendían por ahí, que estaban construidas por manos artesanas; pequeñas piezas de madera, muy bien cortadas y lijadas, con apariencia de ser muy antiguas, presentaban esa pátina oscura que dan las décadas. En su interior se observaba la casa de Papá Noël con su establo, todo pintado y lacado en colores muy llamativos, y no por eso exentos de encanto; aparte de estas construcciones, adosado a la cabaña, había un corral, del que partía hacia el cielo de las bolas, el conocido trineo, tirado por unos ocho renos, y cargadísimo de regalos, moviéndose una y otra vez hacia arriba, vuelta tras vuelta, despacio, para que el que estaba observando, apreciara cada regalo, tallado y pintado por manos expertas. Pude ver igualmente que la puertecita de la casa, se abría y cerraba, dejando entrar o salir a diminutos duendes de orejas puntiagudas, ataviados con casacas de mil colores donde unos toques de oropel destellaban lo mismo que ascuas ardientes.

Pregunté al vendedor qué clase de pilas utilizaban las preciosas esferas, para hacer acopio de unas cuantas y entregar los regalos en perfectas condiciones de funcionamiento. El hombre me contestó que no se movían con pilas sino con la magia de la Navidad. Me gustó tanto la respuesta que decidí adquirirlas en el acto. Compré un buen número de ellas. Recordé que en casa tenía bastante remanente de pilas de varios tamaños, ya vería cual era el modelo idóneo que se adaptaba a las bolas. Me aseguré, eso sí, de que todas se movieran a la perfección.

Poco después, me encontraba sentada en el autobús, cargada con un montón de preciosos paquetes, feliz, con la sensación de haber realizado un buen trabajo, en este caso, una buena compra, llena de pura satisfacción.

Llegó Nochebuena, acompañada de su Nacimiento de corcho, con pequeñas y delicadas figuritas de barro, perdidas en caminos de musgo y serrín, cruzando puentes de maderas y cartón sobre ríos de cristal; con sus villancicos de zambomba y panderetas, y el inconfundible olor a turrón y mazapán como telón de fondo; y, sobre todo, la cena en la que nos reuníamos toda la familia…y por fin, los regalos. Las bolas de nieve fueron un completo éxito.

Y como en todas las Nochebuenas, siempre esperaba sentir esa magia que conocía tan bien desde que era una niña. Cuando todo el mundo se acostó, repetí el ritual que llevaba haciendo año tras año antes de irme a descansar: escudriñar el cielo con especial atención esperando vislumbrar un brillo o una silueta esperada. En la negrura de la noche siempre creía adivinar una sombra en forma de trineo volador tirado por renos que, en una exhalación, pasaba ante mis ojos, recortándose en la oscuridad de los tejados; y sonreí sabiéndome poseedora de esta visión que no regresaría hasta la próxima Navidad. La nostalgia me mordió, como solía hacer cada año antes de abandonarme al sueño.

Días después me aventuré a seguir el mismo camino que me había conducido al amable vendedor, con la esperanza de que tuviera expuestos sobre su manta, otro tipo de objetos exclusivos tan antiguos y artesanales como los que había adquirido días atrás. No pude encontrarlo por ningún sitio. Pregunté en varios comercios de la zona y no supieron decirme nada sobre él, nadie lo había visto, y no sabían nada de las bolas que él vendía; y poniendo un gesto de desdén en sus caras, me confesaron que esas cosas ya no se vendían porque estaban pasadas de moda. Una parte de mí se sentía intrigada, porque parecía que era yo, la única persona que había visto al vendedor; y la otra, decepcionada, por no haberle encontrado en el lugar donde le hallé la vez anterior.

Y llegó el siete de enero. Volvimos a la rutina de siempre, los niños al colegio, los mayores a trabajar; los adornos y objetos de Navidad a reposar en sus estuches y cajas del trastero, esperando un próximo mes de diciembre.

Estaba guardando los adornos del árbol cuando recibí la primera llamada telefónica; hubo una segunda, una tercera… hasta diez; eran todas de mi familia; las bolas que les había regalado se habían parado, no tenían luz; en su lugar aparecía una niebla que no desaparecía, como si estuvieran rellenas de gas. Había preocupación en sus voces, querían saber si podían ser peligrosas.

Me pareció un hecho tan insólito que, inmediatamente, fui a buscar mi bola. Tenían razón los que me habían llamado, una densa niebla cubría la esfera por completo. No se podía apreciar ni casas, ni trineo, nada… Busqué algún rincón en el que pudiera tener escondidas unas pilas, pero no hallé ningún lugar posible. Confieso que me sentí bastante decepcionada, no sabía si tirarla a la basura o guardarla. Sopese la posibilidad de que el gas fuera peligroso, pero aquel objeto olía a ilusión y a niñez. Opté por la segunda opción. Y así, bien envuelta en papel de seda, la metí en un cajón.

El vendedor

Debo confesar que con la vida tan ajetreada que llevaba, me olvidé completamente de este incidente. Durante todo el año ni se me ocurrió desenvolver la bola para mirarla.

Llegó, el final del otoño, y con el principio del invierno, nos vimos inmersos en una nueva Navidad.

Ese día puse el Nacimiento, con su nieve de plástico y sus montañas de cartón pintado, con su río azul de gel de baño y sus estrellas de papel brillante. De pronto eché de menos algo; apresuradamente me dirigí al cajón; cogí la bola entre mis manos, notando una extraña vibración; quité el papel y apareció fulgurando con toda su luz y su esplendor; el trineo y los duendes habían recobrado su habitual movimiento; la niebla se había disipado y en su lugar se distinguían pequeñas montañas de nieve, escondiendo el establo y las casas….Qué curioso, hubiera jurado que aparecían más detalles y personajes que cuando la compré en su día. Pude observar un perrito en la puerta de la casa; un muñeco de nieve, con su bufanda y su gorro rojo; y un olor a chocolate recién hecho que impregnaba el ambiente cada vez que agitaba la bola. Los demás miembros de mi familia, tampoco se habían deshecho de los artilugios, y me contactaron ilusionados ante el prodigio que ocurría en sus casas.

Hace una década que la conservo y, aunque parezca mentira, se sigue produciendo el mismo fenómeno con cada nueva Navidad. Tuve mucha suerte en encontrarla, y en disfrutar de ella. Nunca pude volver a comprar más bolas de estas características, ni yo, ni nadie que yo haya conocido hasta ahora. Desde entonces he pensado que el vendedor tenía razón al decir que no necesitaban pilas para moverse, su motor ha sido siempre la magia de la Navidad. Y seguirán funcionando una y otra vez, mientras haya alguien que agite con brío estas esferas de ilusión esperando vislumbrar un trineo volador. FIN.


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LO QUE NO VEMOS.- (cuento de Navidad incluido en CUENTOS DE ESCARCHA Y MAZAPÁN)


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Nuestro cuento ha podido transcurrir en una noche de Navidad, y de hecho aunque no lo creáis, ocurre, como veréis más adelante, aunque la mayoría de nosotros no nos percatemos de ello.

Era un día frío y claro en el que el reflejo del sol se proyectaba a plomo en la nieve casi helada.

En todas las casas se hacían los preparativos para la celebración de estos días de fiesta. Las calles parecían más animadas con el ir y venir de la gente, llenas de luces y brillantes adornos que pendían de delgados cables sobre las personas y los coches que transitaban incansablemente.

Uno de estos hogares, en el que vivía una feliz familia compuesta por un matrimonio con tres niños, va a ser el escenario elegido para este relato.

Aquella tarde entre los tres niños pusieron el Nacimiento en un rinconcito del salón, marcando muy bien con serrín el camino por donde habrían de pasar los Reyes Magos hasta llegar al Portal de Belén. Los patos nadaban en un río de papel de plata, flanqueados en cada orilla por rebaños de blancas ovejas de barro. Cuando terminaron de colocarlo, desembalaron el árbol de Navidad al que ubicaron al lado de la ventana. Le colgaron pajaritos de algodón de colores, bolas de cristal y un enorme montón de figuras que quedaron columpiándose entre las ramas del abeto artificial, suspendidas de hilos dorados. Aunque pusieron mucho cuidado en coger los adornos, no pudieron evitar que algunos escaparan de sus manos y se rompieran.

Anocheció y después de cenar se acostaron agotados con el trajín de la decoración navideña.

A partir de media noche el salón se transformó súbitamente: El Nacimiento cobró vida: los pastores bajaban de las montañas, por senderos de serrín y musgo, con sus rebaños de albas ovejas de barro y esmalte, para adorar al Niño del pesebre; el panadero cocía su pan en el horno de arcilla para llevar su ofrenda al establo; el carpintero serraba unos troncos con los que fabricaba una cuna destinada al bebé que acababa de nacer en el establo de corcho y madera.

El árbol de Navidad se iluminó repentinamente. Los pájaros azules, rosas y verdes se pusieron a cantar; las bolas de cristal a parlotear con los ratones, los osos de algodón con los botijos plateados…Una bola se desperezó:

─¡Ohaaaaa! ─Y saludando a todos se puso a conversar con una guitarra de metal que hacía sonar sus cuerdas quedamente con una dulce melodía.

─Un año más aquí ¡Hay que ver qué rápido pasa el tiempo! ¿Has visto cómo han crecido los niños? ─ A lo que la guitarra contestó:

─¡Ya lo creo, están mucho más grandes! Ya son más cuidadosos porque el año pasado, ¿recuerdas?, rompieron más de diez adornos ─ Con un suspiro la bola dijo:

─¡No me lo menciones! Cuando me tomaron en sus manos, el terror me invadió, y mi color dorado se transformó en escarlata. Y… Hablando de otra cosa ¿Qué tal sitio te tocó en la caja donde nos guardan? ─ Siguió preguntando la bola cotilla.

─¡Muy bueno! Ya sé que a ti te colocaron abajo con el espumillón. Yo estuve en la parte de arriba y me entretuve mucho escuchando lo que se decía.

─¿Y qué se decía? Cuéntame, me tienes en ascuas.

─Verás, en primer lugar la mamá de los niños se quejaba mucho a su marido de la subida del colegio, de la ropa, de la comida…En fin ¡De todo! Parecía muy disgustada. Además dijo algo extraño como que “Los Reyes este año iban a venir flojos” ¿Qué habrá querido decir?

─¡Muy fácil! –Contestó la guitarra– Que los Reyes son ya muy viejos y que están muy débiles. ¡Imagínate las caminatas que se tienen que dar todos los años desde las tierras lejanas donde viven ¡Pobrecillos! No me extraña que estén “flojos”.

─También he oído al vecino de al lado, desde hace una temporada, cantar en francés a cada momento; dicen que es el idioma del amor, así que …Debe estar locamente enamorado; además “esto del amor”, según se rumoreaba en la caja, es algo que se lleva mucho, debe ser una nueva moda o algo por el estilo.

Un ratón de hocico azul comenzó a hablar de futbol con un pingüino. Una ardilla conversaba con una chocolatera que le rascaba la espalda con cada vaivén de su hilo. Todo eran risas y comentarios entre los pequeños habitantes del árbol.

Entre el murmullo se oyó una voz chillona que gritó: ─¡Silencioooo! –Todos asombrados levantaron la cabeza hacia las ramas más altas del árbol. El autor del grito resultó ser un gallo que poseía una hermosa cola de plumas de colores. Mirándolos uno por uno comenzó a hablar con voz enfadada y llena de rencor:

─No sé cómo os atrevéis a opinar sobre cualquier tema, vosotros, que os situáis en las ramas más bajas, y menos sobre uno tan importantes como es el amor, que nunca lo habéis experimentado en vuestras miserables vidas, ni lo haréis jamás; los únicos destinados a sentirlo son los hombres y los animales, y no vosotros, ¡atajo de ignorantes e inútiles desechos de adornos! ─ Siguió gritándolos desde las alturas mientras se pavoneaba desde la cima del árbol de Navidad.

─¿Quién os va a informar mejor que yo de las últimas noticias? Nadie de aquí por supuesto. ¡Vosotras bolas de la nueva ola sois tan ridículas como imprudentes! Con vuestro cuerpo de plástico os creéis tan modernas y resultáis tan ridículas. Las bolas de cristal que se rompieron eran mucho más respetuosas conmigo, se daban cuenta de mi gran inteligencia. ¡Y respecto a vosotros animales de escarcha, rebozados en brillos de oro y plata que os vuelven insulsos y sin gracia! ¡Resultáis feos y patéticos! ¡Dan ganas de tiraros directamente a la basura!

Los gritos se habían convertido en alaridos y el animal se desgañitaba en horribles cacareos y reproches contra todos los adornos de Navidad. Tanto chilló y alborotó que un pastor del Nacimiento, descolgándose por las patas del mueble, llegó hasta el árbol y dirigiéndose al gallo exclamó:

─¡Por favor! ¿No podrías dejar eso para otro momento? El Niño acaba de dormirse.

El pastor volvió a su lugar, dejando al gallo refunfuñando y de mal humor. Apagaron las luces del árbol y del Belén para no molestar al Recién Nacido. Todos se fueron quedando dormidos, menos el gallo, que pensaba en lo ridículo que había quedado ante los que quería haber impresionado con su sabia experiencia.

Repentinamente una corriente de aire abrió la ventana y sopló con fuerza durante unos instantes. En la oscuridad se oyó un grito y unos gemidos; después todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente los niños encontraron al gallo de la rama más alta en el suelo. Su vistosa cola de plumas de colores aparecía totalmente destrozada. En un primer momento pensaron en tirarlo a la basura, pero la figura era de las más antiguas que conservaban y decidieron no deshacerse de ella. Los niños después de deliberar, dispusieron al gallo en la última rama del árbol, escondiendo su deterioro detrás de una tira de espumillón. Colocaron en su lugar, en lo más alto del abeto, junto a la estrella, a un pajarito de suave algodón, mofletudo y sonriente.

El gallo, aquella noche, aprendió una dura lección para su orgullo: En el árbol de Navidad, nadie le consideraba especial, solo era un adorno roto, escondido entre el ramaje.

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María Teresa Echeverría Sánchez

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