cuentos para nochebuena

LOS SECRETOS DE MI BELÉN.- (Relato navideño).-

Terminaba de cargar las cajas de adornos navideños cuando sentí unas extrañas vibraciones en una de ellas: el embalaje correspondía a las figuritas del nacimiento que estaban cuidadosamente envueltas en plástico de burbujas para evitar roces y roturas que pudieran deteriorarlas. Parecía estar habitado por algún animalillo. No me atrevía a mirar en su interior en un lugar tan lúgubre como aquel y decidí que perro o gato saldría de su escondite en mi casa, donde estaría suficientemente pertrechada para solventar cualquier contingencia que se presentase. Subí colocando todo aquello lo mejor que pude en el ascensor mientras la caja vibradora daba pequeños saltitos de acá para allá.

No sentía temor, pero sí una curiosidad desmedida por vaciar el susodicho envase. Cogí las tijeras, un cuchillo y la escoba ─las “armas” de que disponía a mano─. A la vez que abría los precintos con las pinzas de la carne, recordé un suceso ─enterrado profundamente en la memoria─ que había acaecido en las navidades anteriores: una noche en la que me levanté para ir al baño, al salir de la habitación, me llegó un apetitoso olor a pan recién hecho. Seguí la chocante fragancia descalza y de puntillas hasta que alcancé el salón, parándome en el quicio de la puerta y atisbando por la rendija entreabierta. Se escuchaba una tenue melodía al tiempo que un resplandor cálido y rojizo inundaba la estancia. Pensé que uno de los chicos se había desvelado y estaba viendo una película. Abrí la puerta de golpe y la oscuridad de la sala me envolvió como una nube densa. Encendí la luz de la lamparilla y recorrí el salón minuciosamente buscando una explicación a los fenómenos que había visto un instante antes. El perfume a bollería procedía del belén sin lugar a dudas, de la panadería para ser exactos: una voluta de humo escapó por su chimenea, yéndose a juntar con otras tantas que flotaban justo encima de las cocinas y fuegos que había distribuido a lo largo del suelo de cartulina. Me aseguré que la instalación eléctrica seguía desconectada y las débiles fumadas no suponían el origen de un incendio. Toqué las hogueras y sentí un calorcillo entre sus cenizas. No entendía cómo era posible que estando sin electricidad las minúsculas bombillas pudieran generar calor. Estuve un buen rato observando y examinando todo con suma atención. No me atrevía a volver a la cama por miedo a que algo se prendiera.

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El reloj dio las cuatro. Me estaba quedando gélida allí parada, delante del mueble, y sin las zapatillas. Resolví volver al dormitorio, pero antes de emprender el regreso me di cuenta de que las figuras no estaban donde las había colocado el día anterior. La única que seguía en su puesto ─el mismo que ocupaba cada Nochebuena─ era el niño Jesús. Me extrañaba que los chicos hubieran movido las figuritas, ya eran mayores para esos juegos y apenas pisaban la casa inmersos en sus múltiples actividades.

Desde que modelara las estatuillas ─las había creado año tras año─ siempre fantaseé con la posibilidad de que cobrasen vida cuando no eran observadas. Incluso cuando las dejaba secándose antes de pintarlas, cerraba la puerta de mi taller para evitar que deambulasen a mis espaldas: vana presunción de hacedora aficionada. Pero esa noche lo creí a pies juntillas, aunque en el trascurso de los días tampoco reuní muchas más pruebas que justificasen la certeza de que estaban vivas. Olvidé ese hecho como si nunca hubiera tenido lugar.

Al separar las solapas de cartón, el embalaje dejó de bailotear. Lo vacié cuidadosamente y no hallé insectos ni nada orgánico que justificase los movimientos de los que había sido testigo momentos antes. ¿Lo habría imaginado? Estaba segura que había una explicación para este misterio, aunque mi mente no fuera capaz de descubrirla. Saqué los adornos y materiales para montar el nacimiento y me puse a ello. Al fin estaba terminado. Encendí las luces y, de repente, un murmullo de vocecillas se escuchó con claridad. Ese ruido de fondo ya no calló ni ese día ni los siguientes. Me sentí feliz de no estar como una regadera, pero muy extrañada con el sorprendente fenómeno.

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Me acostumbré enseguida al parloteo de aquellos habitantes de arcilla, que se hacía más patente cuando me paraba a admirar el pueblito hebreo. Lo que me dejó terriblemente pasmada fue su capacidad de moverse, porque recorrían grandes distancias para ser tan pequeños. He de decir que jamás los vi “moverse”, pero comenzaron a aparecer en los lugares más insospechados de la casa: subidos a los taburetes de la cocina, aposentados en el sofá, escondidos en el centro de piñas y espumillón que adornaba la mesa del salón. Una mañana descubrí una figurita en mi almohada y casi me da un ataque. Me planteé seriamente recoger el belén y bajarlo al trastero, me daba cierto reparo estar a merced de tan impetuosas criaturillas: no pude por menos de rememorar a Gulliver despertándose en la arena, inmovilizado con cientos de sogas, mientras los liliputienses le observaban debatirse y retorcerse. Poco después abandoné la idea de deshacerme de las figuritas, sobre todo porque a mi familia no parecía importarle el incesante vagabundeo de las mismas; al contrario, les hacía mucha gracia y las hablaban igual que a las mascotas.

Tenía que hacerme con la situación, enseñarlas quién mandaba allí, pues tal y como se comportaban, era impensable invitar a nadie a casa. ¿Qué iban a decir los convidados  sobre semejante espectáculo? Fabriqué una lista de reglas que las esculturas debían seguir al pie de la letra, si no querían que las encerrase para siempre en su caja de cartón. Se las leí muy seriamente mientras estas murmuraban sin cesar. Se resumían en: delimitar su territorio de incursiones al salón y estarse quietas y calladas cuando algún extraño apareciese. Esperé la confirmación de que lo habían entendido con claridad. Como no comprendía su lenguaje ─hablaban bajito y en un idioma desconocido lleno de zumbidos y chasquidos─ no supe interpretar lo que respondieron. La incertidumbre no me dejó en paz ni un segundo, aunque me atreví a hacer algunas invitaciones para los próximos días.

Unas jornadas más tarde, se presentó una vecina con la que tenía mucha confianza. Muy a mi pesar, la introduje en el salón para que admirase el belén ─que venía a contemplar cada diciembre─ y me contara sus cuitas. Puse música para ahogar cualquier amago de voces o cánticos ─porque las figuritas “cantaban que se las pelaban”, sobre todo por las noches─. Lo cierto es que supieron portarse como estatuas, aunque, inmediatamente después de despedir a la visita, las esculturas comenzaron a irse de pingos ─tan rápido se movían que el ojo humano no lo captaba─, canturreando a pleno pulmón un villancico: tuve que chistarlas para que bajaran el tono.

Vinieron invitados en Nochebuena y el belén fue muy admirado, sobre todo por el aroma a vainilla, canela y jengibre que se respiraba en el salón. El panadero de arcilla, presente durante la elaboración de mi receta casera de galletas navideñas, repetía mis pasos para abastecer de dulces a los habitantes del nacimiento. He de decir que actuaron de modo admirable para lo que me tenían acostumbrada, es decir, no hablaron ni se movieron.

Era víspera de Reyes. Esa noche Melchor, Gaspar y Baltasar repartirían regalos a todos los niños que hubieran escrito su carta. Me sentía muy afortunada porque Papá Noel también había visitado mi hogar dejando algún que otro presente. Miré a las figurillas y sentí pena por ellas: no sabían escribir, desconocían tan moderna costumbre, y se quedarían, otra vez, sin nada… aunque ciertamente no parecía importarles demasiado: seguían tan contentas, paseándose y deslizándose por las estanterías con ese ímpetu infantil que las caracterizaba. No obstante, me puse manos a la obra y modelé unas cuantas cajas de arcilla, adornándolas con grandes lazos de colores. No me llevó mucho tiempo.

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Me levanté temprano para abrir mis regalos. Antes de hacerlo vi a las figurillas en la alfombra, todas reunidas, incluso habían movido la cuna del niño Jesús y presentaban una excéntrica formación. Miré en el belén, lo encontré desierto igual que una ciudad fantasma: los estuches de arcilla, que había fabricado con tanto esmero el día anterior, se habían esfumado. Mis ojos regresaron al grupo de figurillas del suelo: todas portaban algún trasto en sus manos: gorros de terciopelo o lana, herramientas relumbrantes, hebillas de filigranas, pañuelos de fina seda…. Una de ellas lucía un móvil pegado a la oreja… no podía creerlo. De pronto mi teléfono repiqueteó con impaciencia. Cuando lo cogí, antes de que se cortara la comunicación, se oyó con toda claridad la palabra “gracias” con un timbre de voces harto conocido.

Observad vuestros belenes con atención. Lo que sucede en mi salón, estoy segura de que acontece en los nacimientos de vuestros hogares. Ya sabéis… la magia de la Navidad.


Lecturas recomendadas para estas Navidades: En libro de papel y para lector kindle. Cuentos para niños y mayores.

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