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Hablemos de momias

Hablemos de momias

Con el desfile de momias reales que tuvo lugar en El Cairo vuelve este tema a la actualidad que, sin duda, nos parece atractivo por la mezcla de curiosidad y morbo que nos produce al observarlas “vivas” después de miles de años.

En primer lugar hablamos de las ya muy conocidas momias egipcias, a las que se sometía a un proceso de momificación artificial. Unas de las más conocidas son la del Gran Ramsés y también la de Tutankamón.

El proceso de momificación egipcio duraba unos cuarenta días. Los cuerpos se vaciaban de vísceras, que se desecaban en natrón y, ya secas, se guardaban en recipientes anejos al cuerpo, menos el corazón que se conservaba en su lugar. El cerebro se sacaba mediante un gancho a través de la nariz. Nada más ser eviscerados los cadáveres se sumergían en sales de natrón para desecarlos. Pasadas las seis semanas reglamentarias, se sacaban de las cubetas de sales y después de realizar la ceremonia de apertura de la boca, con la que se le daba vida a los muertos, se procedía a vendarlos con lino, colocando en lugares estratégicos de su anatomia ciertos amuletos de protección. Así quedaban listos para la vida eterna.

Qué poco imaginaban las susodichas momias que terminarían en museos, luciendo sus intimidades a la vista de cualquiera… pobres.

Otro ejemplo de momificación artificial, realizada con una técnica muy sofisticada, la encontramos en unas momias consideradas como las más antiguas halladas en Chinchorro (Chile), datadas del 5050 a C. (momias negras, rojas y con vendajes), un método utilizado por un antiguo pueblo de pescadores: todas las momias compartieron similitudes al ser enterradas, como el uso de peluca, mascarilla facial y palos para reforzar el cuerpo. En cada caso, la práctica mortuoria consistió en descuerar (quitar la piel del cadáver), eviscerar y secar con fuego o cenizas los cuerpos, para luego rellenarlos y modelarlos con arcilla, lana y fibra vegetal. Una vez terminado este proceso, volvían a colocarles su piel.

En el caso de Otzi, no intervino la mano humana, el hombre fue conservado entre hielo en Los Alpes, datado entre 3300-3200 a C. De unos 45 años, 1,65 de altura y unos 61 años. Murió desangrado por la herida de una flecha. Llevaba gorro, un hacha de cobre, una piedra para encender fuego, cuchillo y flechas; o sea, que iba muy bien equipado para aguantar el frío.

Otro ejemplo de momificación natural lo hallamos en este bebe peruano, conocido como el Niño de Detmold, de unos diez meses de edad, y que murió hace 6500 años. Su postura es fetal, brazos cruzados, ojos cerrados, envuelto en lino y con un amuleto de protección. Murió a consecuencia de una insuficiencia cardíaca.

Pobre chiquitín, inspira toda la ternura del mundo.

Aquí en España, concretamente en un pueblo de Zaragoza llamado Quinto, encontramos un museo de momias. Estos cadáveres se han conservado de forma natural al estar enterrados en una edificación con escaso índice de humedad. Fueron encontrados en unas obras de remodelación de una iglesia de estilo mudéjar del siglo XV, hoy desacralizada. Se hallaron alrededor de treinta momias, de las cuales quince están en un perfecto estado de conservación, incluso en algunas de ellas se pueden ver las pestañas y el peinado que lucían en la época. Los cuerpos están datados entre el XVIII y XIX. Las indumentarias bastante bien conservadas dan testimonio de la moda de aquellos siglos. Estas momias se exponen en el museo de las Momias de Quinto, por si alguien desea ir a visitarlas. El pueblo está repleto de historia y merece la pena ir hasta allí.

Increíble la conservación sin mediar productos para momificarlos.

Entre la fascinación que nos causan las momias, vivo recordatorio de nuestra caducidad humana, os dejo con unas lecturas relacionadas con ellas.

En mi libro “Relatos inquietantes de la nube”, hay dos historias que tienen momias como protagonistas, el primero es el de “Dioses olvidados”, y el segundo “La feria de las antigüedades”. Lo podréis encontrar en Amazon. (el enlace aparece encima del libro).

Otro de mis libros está inspirado en las momias de Qilakitsoq (Groenlandia) datadas en el siglo XV, concretamente en el conjunto de ocho momias entre las que aparece un bebé que fue enterrado vivo con su madre.Terrible ¿verdad? os dejo la foto que me impactó de tal manera que quise plasmarla en mi novela.

Me refiero al segundo libro de la trilogía de Zeru la detective llamado “Zeru y la magia de los inuit”. Está en Amazon y el enlace aparece al hacer clic en la fotografía.

Espero que este post os haya parecido interesante. Felices lecturas.

Teresa Echeverría