Etiqueta: momias

Hablemos de momias

Hablemos de momias

Con el desfile de momias reales que tuvo lugar en El Cairo vuelve este tema a la actualidad que, sin duda, nos parece atractivo por la mezcla de curiosidad y morbo que nos produce al observarlas “vivas” después de miles de años.

En primer lugar hablamos de las ya muy conocidas momias egipcias, a las que se sometía a un proceso de momificación artificial. Unas de las más conocidas son la del Gran Ramsés y también la de Tutankamón.

El proceso de momificación egipcio duraba unos cuarenta días. Los cuerpos se vaciaban de vísceras, que se desecaban en natrón y, ya secas, se guardaban en recipientes anejos al cuerpo, menos el corazón que se conservaba en su lugar. El cerebro se sacaba mediante un gancho a través de la nariz. Nada más ser eviscerados los cadáveres se sumergían en sales de natrón para desecarlos. Pasadas las seis semanas reglamentarias, se sacaban de las cubetas de sales y después de realizar la ceremonia de apertura de la boca, con la que se le daba vida a los muertos, se procedía a vendarlos con lino, colocando en lugares estratégicos de su anatomia ciertos amuletos de protección. Así quedaban listos para la vida eterna.

Qué poco imaginaban las susodichas momias que terminarían en museos, luciendo sus intimidades a la vista de cualquiera… pobres.

Otro ejemplo de momificación artificial, realizada con una técnica muy sofisticada, la encontramos en unas momias consideradas como las más antiguas halladas en Chinchorro (Chile), datadas del 5050 a C. (momias negras, rojas y con vendajes), un método utilizado por un antiguo pueblo de pescadores: todas las momias compartieron similitudes al ser enterradas, como el uso de peluca, mascarilla facial y palos para reforzar el cuerpo. En cada caso, la práctica mortuoria consistió en descuerar (quitar la piel del cadáver), eviscerar y secar con fuego o cenizas los cuerpos, para luego rellenarlos y modelarlos con arcilla, lana y fibra vegetal. Una vez terminado este proceso, volvían a colocarles su piel.

En el caso de Otzi, no intervino la mano humana, el hombre fue conservado entre hielo en Los Alpes, datado entre 3300-3200 a C. De unos 45 años, 1,65 de altura y unos 61 años. Murió desangrado por la herida de una flecha. Llevaba gorro, un hacha de cobre, una piedra para encender fuego, cuchillo y flechas; o sea, que iba muy bien equipado para aguantar el frío.

Otro ejemplo de momificación natural lo hallamos en este bebe peruano, conocido como el Niño de Detmold, de unos diez meses de edad, y que murió hace 6500 años. Su postura es fetal, brazos cruzados, ojos cerrados, envuelto en lino y con un amuleto de protección. Murió a consecuencia de una insuficiencia cardíaca.

Pobre chiquitín, inspira toda la ternura del mundo.

Aquí en España, concretamente en un pueblo de Zaragoza llamado Quinto, encontramos un museo de momias. Estos cadáveres se han conservado de forma natural al estar enterrados en una edificación con escaso índice de humedad. Fueron encontrados en unas obras de remodelación de una iglesia de estilo mudéjar del siglo XV, hoy desacralizada. Se hallaron alrededor de treinta momias, de las cuales quince están en un perfecto estado de conservación, incluso en algunas de ellas se pueden ver las pestañas y el peinado que lucían en la época. Los cuerpos están datados entre el XVIII y XIX. Las indumentarias bastante bien conservadas dan testimonio de la moda de aquellos siglos. Estas momias se exponen en el museo de las Momias de Quinto, por si alguien desea ir a visitarlas. El pueblo está repleto de historia y merece la pena ir hasta allí.

Increíble la conservación sin mediar productos para momificarlos.

Entre la fascinación que nos causan las momias, vivo recordatorio de nuestra caducidad humana, os dejo con unas lecturas relacionadas con ellas.

En mi libro “Relatos inquietantes de la nube”, hay dos historias que tienen momias como protagonistas, el primero es el de “Dioses olvidados”, y el segundo “La feria de las antigüedades”. Lo podréis encontrar en Amazon. (el enlace aparece encima del libro).

Otro de mis libros está inspirado en las momias de Qilakitsoq (Groenlandia) datadas en el siglo XV, concretamente en el conjunto de ocho momias entre las que aparece un bebé que fue enterrado vivo con su madre.Terrible ¿verdad? os dejo la foto que me impactó de tal manera que quise plasmarla en mi novela.

Me refiero al segundo libro de la trilogía de Zeru la detective llamado “Zeru y la magia de los inuit”. Está en Amazon y el enlace aparece al hacer clic en la fotografía.

Espero que este post os haya parecido interesante. Felices lecturas.

Teresa Echeverría

LA FERIA DE LAS ANTIGÜEDADES- (Aventura incluida en el libro “Relatos inquietantes de la nube”).-

LA FERIA DE LAS ANTIGÜEDADES- (Aventura incluida en el libro “Relatos inquietantes de la nube”).-

Historia publicada en el libro “Relatos inquietantes de la nube” de venta en Amazon en versión kindle y en libro.

Relatos inquietantes kdportada relatos inquietantes

“Las antigüedades son el único campo en el que el pasado tiene aún futuro” (Harold Wilson)

 LA FERIA DE LAS ANTIGUEDADES.-

Me encontraba en una gigantesca exposición de objetos vetustos y desusados, ubicada en unos grandes almacenes. Las mercancías allí reunidas iban a salir a subasta pocos días después. Los interesados podíamos examinar los lotes a fondo, poniendo especial cuidado en la exploración de las piezas evitando, de este modo, posibles deterioros.

Aunque no tenía dinero para permitirme adquirir una sola pieza de las que allí se exponían, me gustaba admirar los anticuados objetos que, en poco tiempo, encontrarían nuevos dueños. Además iba en representación de mi jefe, ausente en un largo viaje, y cuya invitación había utilizado para colarme en esa fantástica exhibición de antigüedades.

En aquel momento me hallaba fascinada observando un espléndido sofá, con alma de madera maciza, de líneas tan sutiles que parecía tallado en junco. Se curvaba graciosamente en la parte de la espalda recortándose en una orla acabada en punta, esculpida en la misma madera y que se ajustaba en ovalada ondulación para cada una de las tres plazas. Estaba tapizado enteramente en terciopelo turquesa y por su color de cielo primaveral, destacaba entre muchas otras piezas allí expuestas.

sofa azul

Perdida en mil ensoñaciones, imaginaba el mueble dispuesto en un lugar preferente de mi buhardilla, muy cerca del caballete y los óleos, en mi rincón preferido, aquel donde la luz se colaba a raudales por el ventanal del techo. El sitio perfecto destinado a la lectura, a tomar una taza de café o también a tejer y soñar. Fantaseaba con esos momentos de placer mientras disfrutaba del suave tacto de la tela que lo envolvía, ajena a todo lo demás.

Repentinamente mis fantasías se deshicieron en hilachas al sentir la quemazón de una mirada en mi nuca; volví la cabeza y descubrí a un atractivo caballero situado al fondo del almacén, entrado ya en la cuarentena; era alto y con un porte soberbio, envuelto en ropajes antiguos que no hacían más que resaltar su imponente silueta. Una casaca ricamente bordada con galones de oro y plata, dejaba entrever una chupa a juego por donde asomaba la chorrera de encaje de una camisa blanca. Los calzones llegaban a la rodilla escondiendo el comienzo de unas medias de seda que torneaban unas piernas increíblemente vigorosas, rematadas por unos zapatos de tacón con hebillas. Imaginé que era un figurante contratado para la ocasión, la indumentaria resultaba espléndida y muy acorde con los objetos que allí se exhibían. El negocio de las subastas iba dirigido a un público especialmente escogido, millonario y poderoso, que había que mimar con mil detalles. El hombre me observaba en la lejanía de la sala, con tanta atención que mis mejillas comenzaron a arder por cuenta propia. Cuando nuestras miradas se cruzaron se encaminó hacia mí.

            —Parece interesada en este mueble ¿es lo que andaba buscando?— Preguntó amablemente, con una voz varonil y muy agradable.

            —Me encanta— Contesté algo azorada —Adoro su color, su olor a bosque y ceras; el artesano que realizó este sofá hizo un trabajo maravilloso. He de confesar que lo que más me atrae de él es su antigüedad. De todas las piezas aquí expuestas, la que colma mis preferencias es este diván sin lugar a dudas, viejo, usado y algo desgastado en algunos rincones, pero con mil historias que contar. Me atrevería a aseverar que ha sido mudo testigo de épocas maravillosas, de crujir de ricas telas, de roces de abanicos y manos enguantadas; y ha escuchado, con sus oídos de madera y brocado, conversaciones muy interesantes. Ojala pudiera hablar para narrar sus vivencias.

El hombre movió la cabeza asintiendo mientras escuchaba mis palabras, mostrándose muy interesado:

—¿Cree que los muebles podrían tener… alma?— Preguntó de nuevo.

            —No he querido expresar eso exactamente, pero creo que los sentimientos de las personas a las que pertenecieron, pueden perdurar en los objetos que formaron parte de sus vidas. Cosas que fueron apreciadas y amadas, quizá guarden en su interior el sentimiento que los hizo especiales a los ojos de sus dueños: tal vez una joya, un espejo, un libro, ciertas prendas de vestir, una pintura…

            — … Un sofá – Agregó sonriendo.

            — Sí. ¿Por qué no?

Clavando sus oscuros ojos en los míos, dijo:

—¡Interesante pensamiento! Y estoy completamente de acuerdo con usted señorita. Además, añadiré que existen ciertos individuos, especialmente perceptivos, que con sólo tocar dichos objetos, pueden revivir las emociones de sus antiguos propietarios.

La mirada de azabache y fuego me quemó la retina, haciéndome parpadear con nerviosismo.

—¿Le gustaría averiguar si usted es uno de ellos?

Sorprendida, le miré. Yo había dicho todo aquello sin demasiado convencimiento, esperando impresionar a tan atractivo galán. Pero confieso que sentí un pellizco de temor y curiosidad ante estas palabras. Un abismo se abría a mis pies, y yo, que siempre me movía en cómodos márgenes de seguridad, estaba dispuesta a saltar. Mi cara debió reflejar cierto recelo porque enseguida me espetó:

—No se preocupe, esta experiencia es indolora, se lo prometo. ¡Vamos, acepte, no se arrepentirá!

Mi decisión no se hizo esperar. Seguidamente mi pareja me pidió que me sentara en el sofá de mis preferencias, que se ajustó cómodamente a mi cuerpo al instante. Acto seguido, con un vistazo de águila asegurándose de que nadie nos observaba, me indicó que comenzara a deslizar las manos sobre la tapicería y los reposabrazos, con tenues movimientos, describiendo pequeños círculos concéntricos. Así lo hice. Poco a poco fui acariciando la superficie del mueble, sintiendo la sutileza de la tela y recorriendo las intrincadas filigranas de la madera.

De repente una ligera vibración se extendió por mis dedos; algo parecido a una sacudida eléctrica me recorrió todo el cuerpo. Cuando me repuse del vahído, continuaba sentada en el mismo diván, pero todo había cambiado a mi alrededor. Ya no estaba en el almacén de subastas, sino en un suntuoso salón de baile.

En el salón de baile

El recinto, fastuoso donde los hubiera, presentaba una buena colección de espejos, orlados de oropel y bronce, adosados a todo lo largo de las cuatro paredes, multiplicando visualmente el espacio y la luz de los candelabros de cada rincón. Me vi reflejada en aquellos muros de cristal, observando el ambiente igual que en un sueño. El techo mostraba unas pinturas gigantescas en las que cuatro diosas, hermosas y risueñas, se disputaban las esquinas del habitáculo. Dos lámparas de cristal, encopetadas con cientos de velas, iluminaban a una multitud envuelta en bordadas sedas de colores, donde el satén y el raso competían en mil tonalidades imposibles de describir. Toda esta ensalada visual se aderezaba con vistosas joyas en los escotes y orejas de las mujeres. El ventanal ponía sus ojos de cristal hacia una calle por donde discurría el agua de un riachuelo, perdiéndose entre una arboleda con parterres de flores que debían rodear la lujosa residencia.

Comenzaron los músicos de la orquesta a marcar el ritmo de una contradanza. Un joven se acercó para invitarme a bailar. Sin pensarlo un segundo acepté su mano que me condujo a la fila de las mujeres. Con una leve inclinación de cabeza comenzamos la danza en cuadrilla, y no fue difícil seguir el ritmo cadencioso de la misma. Cuando acabó la pieza, el caballero me besó la mano y me dijo:

-¡Espero que me reserve el próximo baile y…unos cuantos más, todos los de esta noche!-

En ese instante apareció mi pareja de viaje que, educadamente, informó al joven de que yo ya tenía el carnet de baile al completo. El hombre con un saludo de cortesía se retiró de nuestro lado mientras comenzaba a sonar un minué. Bailamos entre otras tantas parejas el baile de moda, según me informó mi amigo, era el que hacía furor en todos los salones de Europa desde Inglaterra a Francia. Después que acabara la música, fui conducida de nuevo al sofá.

—¡Me ha asombrado mucho que puedan verme! ¡No parecen sorprendidos por mi atuendo moderno!

—No todos son capaces de verla, sólo unos pocos— Comentó enigmáticamente.

           Seguí prestando atención a la gente de mi entorno. Dos individuos con pelucas blancas y engalanados para la ocasión se situaron justo detrás de mí, comenzando una conversación entre cuchicheos:

—Dicen que el rey está al llegar. ¿Estás preparado?

—¡Lo estoy! ¡Hay que acabar con este ser pusilánima y sin personalidad! Se deja gobernar por su mujer y el valido de ésta. ¡Seguro que también la visita en su alcoba!

—¿Y el arma?-

—La llevo en el bolsillo, un tiro en el corazón bastará para acabar con su vida.

Los autores de la conjura se dirigieron a las puertas del gran salón a la espera de que se presentara el personaje al que tenían reservada tamaña sorpresa.

—¿Ha escuchado eso? ¡Van a asesinar a un rey! ¿Qué podemos hacer?

—¡Nada! El pasado ya está escrito. Sólo somos testigos mudos sin poder de intervención. ¡No se preocupe y disfrute de la velada!

Pero cómo divertirme viendo este panorama. En esas estaba cuando comenzó a sonar una especie de himno y todo el mundo se puso en pie. Una escolta de varios soldados precedió a los personajes que hicieron su aparición en la gran sala. Los cortesanos se inclinaron en una profunda reverencia. Los imitamos. Cuando levanté los ojos del suelo, los conjurados habían desaparecido de la sala como si se los hubiera tragado la tierra. Seguramente habían sido apresados sin que nadie nos diéramos cuenta. Seguí observando la escena en la que monarcas saludaban a la larga fila de nobles que les esperaban. Tomaron asiento en sendos sillones que, a tal efecto, se había dispuesto para ellos.

¿Quiénes serían los regios protagonistas? Intrigada, esperé a que la multitud dejara un pasillo por el que pude vislumbrar a los afamados personajes. Reconocí a la pareja de inmediato, no porque fuera una experta en historia, pero recordé la imagen inconfundible de uno de los cuadros de Goya. No eran otros que Carlos IV, ataviado de seda oscura con peluca, casaca y calzones a juego, y su esposa María Luisa de Parma, engalanada de blanco y oro.

350px-La_familia_de_Carlos_IV

Una tenue ráfaga de viento me devolvió a la sala de antigüedades en compañía de mi apuesto y maduro acompañante.

            —¿Le ha gustado el viaje, señorita?— Me preguntó con una pizca de malicia y orgullo en su cara.

         —¡Es tan…! Creo que no puedo describirlo. Esto… ¿Es normal estas alucinaciones o me estoy volviendo loca?— Pregunté preocupada.

            —¡No diga eso por favor!— Me respondió —No hace falta estar loco para ver más allá de la realidad. Además los perturbados son seres enfermos, y usted nada tiene que ver con ellos. Venga por aquí, le mostraré algo que le va a cautivar.

Le seguí hasta que sus pasos se detuvieron ante un mueble en el que descansaba una lucerna romana, modelada en arcilla y ornamentada con esmaltes de pájaros exóticos. Era una pieza maravillosa. Mi acompañante me indicó que pusiera mi mano sobre la pieza. De inmediato volvía a sentir ese vahído que me indicaba que nos dirigíamos hacia un nuevo destino, esta vez Roma.

La lucerna

Nos materializamos en un rincón del peristilo de una lujosa “domus”. Los suelos eran de mármol rosado y todo el patio estaba rodeado de columnas, del mismo material que el pavimento. Una fuente adornaba con varios chorros el centro del mismo, así como las estatuas imitando a dioses y guerreros, de gran tamaño, que se disponían entre las columnas. El atardecer teñía de rosa el cielo cuando tres esclavos hicieron su aparición portando unas lamparillas de terracota encendidas directamente en el fuego de las dependencias donde los esclavos preparaban la comida, la llama que nunca se apagaba y que habitaba en las cocinas de todas las casas romanas. Llenaron con aceite las lucernas dispuestas alrededor del peristilo, introdujeron las mechas, y fueron prendiendo las bellas lámparas decoradas con animales y motivos vegetales. El rumor del agua del patio y la tenue iluminación daban al entorno un halo de cuento de hadas.

De repente se oyeron voces en el atrio, por fin había llegado el “pater familias”, justo a tiempo. Irrumpió en el patio con prisa inusitada, el nacimiento de su primer hijo era inminente y este hecho le colmaba de alegría y nervios por el desenlace del mismo. Él conocía el hecho de que mucho recién nacidos y sus madres morían en el parto.

lucerna

Un enjambre de esclavos rodeó al recién llegado para quitarle el “paludamentum” o capa roja de su condición de general y la coraza que todavía le recubría. En unos instantes le liberaron del peso del metal, trayéndole un recipiente con agua para que se lavase las manos. Después penetró en una de las habitaciones donde se despojó de la camisola sucia que llevaba, vistiéndose con una túnica limpia. Un par de esclavos le colocaron encima una toga de fina lana de un color blanco inmaculado. Volvió a salir al patio para pasear entre las columnas. El murmullo de la fuente le tranquilizó.

A los pocos minutos, apareció la matrona portando al recién nacido, ya limpio de sangre y mucosidades, envuelto en un paño blanco de algodón. Siguiendo la ancestral costumbre, sin decir una palabra depositó al bebé en el suelo. El niño lloró desconsoladamente en contacto con el frío mármol. La mujer abrió el paño para mostrar al recién nacido. El hombre constató que no tenía ninguna malformación. Con ternura lo alzó del suelo y lo consoló entre sus brazos. Con este gesto acababa de aceptar al neófito como nuevo miembro de la familia. Si lo hubiera rechazado, el pequeño hubiera ido a parar a un vertedero o a un tratante de esclavos.

Con el bebé en los brazos se dirigió al aposento donde estaba su esposa. La mujer yacía entre blancas sábanas, totalmente agotada por el esfuerzo.

—¡Bienvenido esposo mío!— El hombre besó a la mujer y depositó al bebé en su regazo que calló inmediatamente cuando se puso a mamar.

—¿Te has fijado, tiene tu nariz y el color de tus ojos?

—¡Se nota que es un Escipión!— Contestó el hombre con una sonrisa.

—Las noticias que llegaron de Hispania fueron muy halagüeñas, has vencido a los cartagineses, por fin. Has vengado las muertes de tu tío y tu padre. Y los tesoros que has enviado son incalculables. No se habla de otra cosa en el foro— Siguió la mujer — ¿Y ahora qué harás?-

—Intentaré convencer al Senado para que me deje ir a África y atacar Cartago, es la única forma que tenemos de hacer que Aníbal abandone el asalto a nuestras ciudades.

—¡Difícil tarea, esposo mío! Sobre todo contando con la negativa de tu enemigo Fabio Máximo.

—No más que la tuya, al traer al mundo a nuestro primer hijo ¡Lo lograré, ya verás!

El hombre se dirigió a una hornacina que se abría en el muro de la habitación, donde los protectores de su casa descansaban. Oró unos momentos ante las estatuillas de los dioses del hogar, dando gracias por haber librado a su esposa y a su hijo de las garras de la muerte.

Besando a su mujer, abandonó la estancia y llamó al jefe de esclavos. Había que organizar una gran fiesta. Toda Roma debía enterarse de que había llegado ya, victorioso, y, lo más importante, que tenía un hijo, su primogénito.

Nuestra presencia, en esta ocasión, pasó totalmente inadvertida. Nadie reparó en nosotros, ni los protagonistas, ni tan siquiera los esclavos. Bueno, hubo un chiquillo que pasó barriendo el pavimento y se quedó parado unos instantes mirándonos de arriba abajo. Enseguida retomó su trabajo y volvió a ignorarnos.

Un viento inesperado nos hizo regresar de nuevo a nuestro tiempo, a la gran sala de exposiciones.

—¿Se convence ahora de que no es ninguna alucinación?

—¡Es increíble viajar en el tiempo! Nunca hubiera imaginado los colores que tenían las casas romanas. ¡Hemos visto a Escipión el Africano!

Estaba tan excitada que tuve que hacer un gran esfuerzo para no derramar alguna que otra lágrima, costumbre que me perseguía en cualquier ocasión que algo me tocaba el corazón. Después de canalizar mis emociones, llegó el momento de sincerarme con el hombre tan especial que tenía ante mí.

—Tengo que decirle que no poseo ninguna gran fortuna. No estoy en el nivel económico de la gente que nos rodea. He venido a esta exposición porque siempre me han encantado las antigüedades pero jamás he podido adquirir ninguna. Aproveché la invitación que enviaron a mi jefe, de viaje en estos momentos, para asistir a este evento singular. Espero que me perdone y que no pierda más el tiempo conmigo. Seguro que habrá otros compradores a los que debería convencer para pujar por ciertas piezas. Ése es su trabajo ¿no?-

—¡Vamos, señorita, no se ponga tan melodramática! Muchos de los que pululan por aquí no tienen fortuna propia. Como usted, dependen de un salario para sobrevivir. La gente interesada de verdad viene a ver las piezas “in situ”, los demás las estudian por catálogo y envían a alguien en su nombre para que los represente en las pujas. ¡Sé muy bien cuál es mi trabajo y con quien lo quiero realizar! De todos modos gracias por su sinceridad y en prueba de mi amistad, permítame acompañarla en una nueva aventura, si está dispuesta…

—¡Claro que sí! ¡Nada me gustaría más!

Siguiendo a mi guía nos acercamos a una estantería donde se exponían unas cuantas figurillas egipcias.

—¿Sabe lo que son?

—¡Claro que sí! Estatuillas funerarias, llamados ushebtis. Los pequeños trabajadores que acompañaban a las momias pudientes en sus enterramientos.

—¡Exacto! Viajemos al antiguo Egipto.

El ushebti

Froté la figurilla delicadamente y un fogonazo de luz me deslumbró. En el momento que mis ojos se acostumbraron al entorno, observé la presencia de un hombre ataviado con un taparrabos blanco que, sentado en el suelo, rellenaba unos moldes de cerámica. Nos encontrábamos en el interior de una estancia con piso de tierra apisonada, de dimensiones regulares. Varias baldas de madera recogían una buena colección de pequeñas figuras que representaban a sirvientes recolectando cereales, cortando carne, haciendo cerveza, moliendo grano, arando los campos e incluso pescando. Unas estaban realizadas en madera policromada, otras en fayenza de color azul celeste o en barro cocido y pintado con esmaltes. Algunas de las esculturas tenían grabados ciertos símbolos en el pedestal.

Offering_bearers

—¡Ojala pudiera entender lo que dicen estos jeroglíficos!— Comenté a mi compañero que asintió con el cabeza, dispuesto a responderme, pero antes de que lo hiciera, el artesano que se encontraba trajinando en su rincón se puso en pie y, solícito, vino hacia nosotros para explicar:

—El primer signo que ve es el nombre de la persona a la que la estatuilla va a suplantar en los trabajos del más allá, en este caso Naunet, el nombre de mi hija. El otro grabado corresponde al dios Anubis como símbolo de protección en el mundo de los muertos.

El artesano podía vernos y se dirigía a nosotros con agrado, parecía necesitado de hablar con alguien.

—¿Su hija ha muerto?

—Sí, hace cuarenta días. Muchas de las figuras que se encuentran en la tienda, están realizadas por ella misma antes de fallecer. Durante un año agonizó presa de una enfermedad de los pulmones. ¡Era una gran artesana a pesar de su juventud! Entre los dos llevábamos el negocio. Ha sido una perdida doblemente dolorosa, se ha ido mi queridísima hija y mi ayudante en la tienda. Todos mis ahorros los he invertido en su momificación, muy costosa y solo asequible a la clase noble, pero tengo el gran consuelo de que de este modo le aseguraré su vida eterna. Se enjuagó unas lágrimas con el dorso de la mano-

—Un sacerdote, amigo de la infancia, me propuso realizar la tarea por la mitad de precio, siempre que contara con mi ayuda. Le acompañé en la tarea de eviscerar y limpiar el cadáver de mi hija y lo dejamos sumergido en sales de natrón para su deshidratación. Ahora me disponía a salir para La Casa de la Muerte a terminar la labor que comenzamos hace cuarenta días. Llevaré su ajuar para hacer el enterramiento esta misma noche.

Sacó unas artesas de esparto e inició la tarea de rellenarlas con paja y figurillas hasta los bordes. Le acompañamos mientras cargaba el camello con las preciadas mercancías. Le seguimos a través del barrio de los obreros, formado enteramente por pequeñas y blancas casitas de adobe y techo de hojas de palma, hasta desembocar en una gran plaza donde la gente se había reunido para presenciar una obra de teatro. Subidos a una plataforma de piedra, varios actores portando cabezas de los dioses Osiris, Anubis e Isis se movían de un lado al otro del escenario, declamando versos a voz en grito. En uno de los rincones se apreciaba a la clase pudiente, ataviados con pesadas pelucas, tanto hombres como mujeres, salpicadas de conos de olor para soportar la pestilencia de la muchedumbre. Algunos hombres junto con la falda plisada o shenti portaban en la cabeza el pañuelo nemes para protegerse de los despiadados rayos solares. Las mujeres se vestían con túnicas finas y ligeras de lino blanco ribeteadas en color azafrán y rojo.

—Hoy se celebra la primera crecida del Nilo. Es una festividad muy importante porque el dios del agua nos ha bendecido y hará que la cosecha de alimentos sea grandiosa. A mi hija le encantaban los días de asueto, solía ver las representaciones teatrales junto con sus amigas— Nuevamente las lágrimas no le dejaron seguir hablando.

Llegamos a un edificio impresionante y gigantesco donde entramos por una pequeña puerta reservada a los criados y esclavos. Primero pasamos por una sala donde varios operarios trabajaban preparando un cadáver, y después de recorrer varias estancias más, alcanzamos una muy amplia donde nos esperaban. Nuestro guía saludó a un hombre totalmente rasurado, con aspecto de sacerdote, envuelto en una túnica blanca que nos acercó hasta lo que parecía una gran bañera. Entre los dos hombres sacaron el cuerpo de la joven, totalmente desecado, y de color terroso; lo colocaron encima de una plancha de piedra. Ya estaban preparadas las vendas de lino para ser utilizadas. Antes de comenzar a envolver el cadáver le depositaron el primer amuleto de protección, el anj o cruz egipcia, justo encima del corazón. Éste era el único órgano que no se extraía del cuerpo. Los egipcios pensaban que allí residía el alma del difunto y no lo separaban del cuerpo. El resto de los órganos, ya sacados de una vasija de natrón, pulmones, intestinos, estómago e hígado, secos y encogidos se depositaron en los vasos canopos, traídos por el artesano para tal fin.

Entre los dos egipcios fueron fijando los vendajes con resina, envolviendo el cuerpo de la joven e introduciendo, de cuando en cuando, talismanes de protección para su largo viaje. Cuando hubieron finalizado la ardua tarea, el sol se ponía en el horizonte. El sacerdote realizó la ceremonia de la apertura de la boca, con la cual dotaba de voz a la difunta en el submundo.

La momia, ligera como una pluma, envuelta en un sudario de lino, se cargó en la espalda del camello. Siguiendo los pasos del animal, nos encaminamos hacia el desierto. Después de recorrer una buena distancia alcanzamos una pequeña edificación en forma de pirámide truncada, era una mastaba, vieja y casi derruida, que llevaba siglos aguantando las terribles temperaturas del desierto. El artesano nos condujo por un estrecho pasillo de techo muy bajo y asfixiante hasta ganar un enorme habitáculo. Había cascotes por el suelo, como si hubiera sido saqueada en la antigüedad. En uno de los muros, un gran nicho se encontraba excavado ya.

—¡Aquí, mi pequeña Naunet, estará a salvo para toda la eternidad! Nadie sospechará que se esconde un cuerpo en un enterramiento que ha sido robado varias veces durante siglos hasta que ya no ha quedado nada.

Introdujo la momia en el nicho excavado rodeándola de los vasos canopos y de cientos de ushabtis; ellos ararían los campos, llenarían los canales de agua y moverían las arenas del desierto del este al oeste, en nombre de la difunta. Después selló la pared con los cascotes y una mezcla de arena, agua y cal. En el momento que el muro quedó alisado, se dispuso a colorearlo imitando las pinturas que todavía se divisaban en las paredes. El trabajo quedó concluido con unas marcas de protección que el padre realizó en el enlucido.

Allá dejamos al artesano despidiéndose de su hija, a la que había demostrado todo su amor y devoción de padre. Conmovidos, regresamos a la Sala de Antigüedades de nuevo.

—Si el artesano supiera que la momia de su hija descansa en un museo y que las figurillas se han desperdigado por el mundo, se sentiría muy decepcionado.

—¡Seguramente! Pero nunca lo conocerá. Él hizo todo lo que estuvo en su mano para el descanso eterno de Naunet. ¡Eso es lo importante!

—¡El amor que le demostró!

—¡Eso es!

Mi acompañante me ofreció su brazo y juntos nos acercamos a unos objetos de tocador, el más llamativo de todos era un espejo de plata y bronce. Unos angelotes se sujetaban en la parte superior del objeto y el mango se asemejaba al cuerpo de un pájaro.

—¿A quién perteneció este espejo? Pregunté curiosa.

—A una reina francesa, ¿Quiere conocerla?

 

El espejo de la reina María Antonieta

Sin más dilación, describí algunos círculos en el espejo y la bruma nos trasladó a unos jardines extraordinarios. En la lejanía vislumbré la fachada gigantesca e inconfundible del palacio de Versalles.

Un enjambre de cortesanos rodeaba a la reina María Antonieta a las puertas del Pequeño Trianón. En el césped, entre mullidos cojines, se solazaba la insigne mujer, jugando con sus tres hijos a la sombre de un tejo. Los pequeños gritaban regocijados ante las cosquillas que su madre les prodigaba. Se levantó la reina y comenzó a perseguirlos entre los parterres de flores. Después de un rato de carreras y escondidas, encontró a los pequeños solapados en el pueblito, detrás del molino de cuento de hadas que tanto le gustaba contemplar. Gracias al vestido de bucólica pastora que lucía esa tarde, y que le dejaba más de un palmo de piernas en libertad, corría como un gamo sintiéndose dichosa y libre, ya que en esos ratos de asueto el resto del mundo, antipático y hostil, se diluía como si no existiese. Cuando tuvo a los tres pequeños bien agarrados entre sus brazos, los colmó de besos, conduciéndolos a tomar un refrigerio a la mesa de dulces que se hallaba dispuesta, a tal fin, entre los jardines.

Marie_Antoinette_Adult4

Sentada en la hierba y sofocada por la alocada carrera que había protagonizado momentos antes, pidió un vaso de agua y un espejo. Mientras se bebía el líquido a pequeños sorbos, se contempló en el espejo. La peluca se había corrido ligeramente hacia uno de los lados, mostrando parte de su rubio y corto cabello. Desde el nacimiento de su primer hijo, el pelo había comenzado a abandonar su cabeza lentamente hasta que llegó un momento que este hecho se tornó en alarmante. Gracias a múltiples lociones que le recomendó su maestro perfumista, había recuperado parte de lo perdido. Aun así se sometió al dictamen infalible de su peluquero, proponiéndola un novísimo peinado acorde con su escasa cantidad de pelo. La reina totalmente convencida, se hizo cortar el pelo al estilo “chico”. Las cortesanas enseguida la imitaron. Resultaba mucho más práctico para lavarlo y esconderlo debajo de las pelucas que tanto la gustaba lucir.

Por un momento sus ojos claros se tiñeron de una sombra de honda tristeza: El pueblo la odiaba, siempre lo había hecho, por su origen austriaco, enemigo de siempre de Francia, y aunque llevaba viviendo entre ellos desde su matrimonio, a los catorce años, se la calumniaba e insultaba por cualquier hecho. El último epíteto que circulaba por todo Paris y alrededores sobre su persona era de “despilfarradora”. Gran parte de la Corte tampoco la quería y la había abandonado. ¡A veces se sentía tan sola! ¡Echaba tanto de menos su patria y a su familia!

Apartó esos pensamientos con un mohín de inquietud. Ahora tenía su propia familia, su marido el rey y sus hijos, a los que adoraba. Le encantaban los niños, tan llenos de franqueza y siempre con sus eternas ganas de reír y jugar. Parte de su grandioso presupuesto lo dedicaba a obras de caridad para los pequeños más desfavorecidos. Mandaba traer a los hijos de los sirvientes para que jugaran junto con los suyos. Pensaba que esta toma de contacto con la plebe ayudaba a sus retoños a ser más benévolos y comprensivos con los más desfavorecidos.

Se cansó de pensar, y abandonando el precioso espejo en manos de una camarera, sintió la necesidad de reír y divertirse. Reunió a su grupo de cortesanos y propuso un nuevo juego, interpretar una obra de teatro. Mientras se encaminaba hacia el pequeño teatro azul y oro que le había regalado su esposo, sintió que la tristeza se esfumaba de golpe.

La niebla nos cubrió en el viaje de retorno a la gran sala de antigüedades.

—Tuvo un terrible final, le cortaron la cabeza ¿no?

—Exacto, primero ajusticiaron a su marido, el rey, le separaron de sus hijos, y luego le guillotinaron entre el odio exacerbado de su pueblo.

—Pero realmente vivió ajena al hambre de su pueblo, tenía que pagar las consecuencias, y éstas fueron horribles.

Nos quedamos pensativos unos instantes hasta que, lanzando una profunda mirada a mi acompañante, cambié de tema y le pregunté:

—Vivir todos estos retazos de historia ¡Ha sido una experiencia increíble!- Y añadí: —¿No será usted un mago o un poderoso hechicero, verdad? Siempre creí que la magia existía, pero solo en los libros, nunca pude imaginar una cosa como ésta.

A lo cual el caballero sonriendo contestó:

—¡Hay mucho más embrujo a nuestro alrededor del que usted pueda sospechar!-

En ese preciso instante un equipo de televisión y algunos reporteros de varios diarios comenzaron a grabar y a tomar fotos de la exhibición de objetos antiguos, deteniéndose en las piezas de una belleza sin igual, que alcanzarían, en la subasta, los precios más exorbitantes. Iniciaron una serie de entrevistas a las personas que nos encontrábamos disfrutando del evento. Después de contestar a un par de preguntas, a las que el caballero dio su aprobación con una sonrisa cómplice, dejándome total protagonismo ante las cámaras, vino la sesión de fotos. Por fin, abandonaron nuestra compañía para pasar de grupo en grupo, haciendo su trabajo, hasta que los perdí de vista en el enorme almacén.

Agradecimos recuperar nuestra pequeña intimidad y seguimos conversando hasta que miré el reloj: el tiempo había volado y era ya la hora de regresar a mi hogar. Con gran pesar, me despedí de mi acompañante, hombre extremadamente educado y enigmático.

            —Espero volver a verla pronto, señorita— Me dijo.

            —Esta ciudad es muy grande. Quizás sea difícil que volvamos a coincidir— Contesté.

            —Tal vez en una próxima exposición de objetos antiguos. Le aseguro que soy un experto en ellos; permítame que me presente. Soy Francisco Jiménez de Vargas, Conde de Montemayor –

            A lo que respondí sorprendida:

            – Encantada por haber disfrutado del placer de su compañía, señor Conde. Ya me parecía a mí que usted no trabajaba a las órdenes de nadie— Dije esbozando una sonrisa— Mi nombre es María Sáez García. Aquí tiene mi tarjeta de empresa ¡Hasta la próxima exposición, Señor Jiménez de Vargas!— Casi grité estas últimas palabras mientras me dirigía hacia la salida. Me volví a observarle y su mirada taladrante me siguió hasta que desaparecí por la puerta.

Pasaron unos cuantos días después de aquello. En mi memoria guardaba el recuerdo de esos momentos tan especiales compartidos con el enigmático personaje. Una tarde, se presentó la ocasión de ver el reportaje de la exposición en una de las cadenas de televisión. Disfruté de la suerte de haber llegado al principio del mismo. Allí estaban los objetos tan familiares para mí, entre ellos el sofá de terciopelo y demás trebejos. Los mismos que había acariciado siguiendo las indicaciones de mi apuesto caballero. Llegó la escena en la que éramos entrevistados delante de una cámara, pero curiosamente sólo se veía mi humilde persona, sola, hablando, riendo, y dirigiendo sonrisas al vacío…No apareció el atractivo galán, en ningún momento de la crónica.

La extrañeza me hizo adquirir en el kiosco de la esquina unas cuantas publicaciones. Leí minuciosamente cada una de ellas y en un artículo sobre antigüedades, que publicó un periódico local, pude admirar la gran cantidad de fotos de toda la exposición. De repente me reconocí, justo al lado del sofá, pero completamente sola. La imagen del aristócrata maduro se había esfumado. Me quedé confusa. No lograba explicármelo.

Intrigada regresé al almacén donde se había celebrado la exposición. Decepcionada advertí que la mayoría de los objetos ya se habían vendido, y el sofá de mis sueños había desaparecido. Al preguntar acerca de su paradero me respondió uno de los organizadores de la subasta:

            —¡Ah!, se refiere al sofá del Conde de Montemayor ¡Ha sido subastado y vendido ya!— Contestó el experto.

            —¿Me podría decir quién lo compró?- Pregunté interesada y llena de curiosidad.

            —Me está prohibido dar esa información, por ser detalles confidenciales, espero que lo comprenda.

        —¡Era tan amable el caballero que me atendió aquel día, empeñado en que pujara por el sofá! Seguro que él conoce al comprador!— Seguí fingiendo pena y una tristeza indescriptible, con el fin de sonsacar algún detalle más, algún tipo de información que me condujera hasta el paradero del mago de la subasta.

            —¿Es que quizás el Conde tiene problemas económicos? ¡Es difícil comprender el deseo de desprenderse de una pieza tan valiosa!—Comenté de nuevo.

            El anticuario me lanzó una curiosa mirada por encima de sus gafas de miope; sonrió y me reveló lo siguiente:

            —El Conde hace mucho tiempo que no tiene problemas de ningún tipo, señorita. Murió en 1728 –

            Balbuceé como un bebé algunas palabras inconexas. Mi interlocutor me contempló con preocupación.

            —¿Y no tiene descendientes vivos?

            —No señora, no tuvo hijos ni sobrinos. Todo su legado murió con él.

            —¿Se encuentra bien, quiere que le traiga un vaso de agua?

            —¡No, no gracias! Iré a que me dé un poco el aire— Y salí de allí a todo correr.

Asombrada, apenada y confusa regresé a mi hogar. En el porche de mi casa habían dejado un objeto grande, muy bien embalado.

            Ni en sueños podría haber imaginado lo que mis ojos vieron al quitar la multitud de capas protectoras y descubrir, por fin, lo que se escondía en el fondo. ¡El maravilloso sofá azul! Venía junto con un sobre ocre de una calidad excelente que olía a antiguo, casi a pieza de museo; contenía una tarjeta con una caligrafía de tinta china muy elaborada y decía lo siguiente:” ¡Disfrútelo como lo hice yo, querida! y recuerde que tenemos una cita en la próxima exposición de antigüedades”.

            A partir de entonces, todos los días compro el periódico para estar informada de cuándo y dónde será la próxima subasta de objetos antiguos.

            Sé que aquella mañana en la que viajé al pasado no fue producto de mi imaginación, y que estuve con un excéntrico, misterioso y antiguo personaje. Nuestros caminos volverán a cruzarse, lo presiento. ¡Tengo una cita con el pasado!


SAM_3629

María Teresa Echeverría Sánchez autora de:

Novelas: destino magicola nueva vida libro

Relatos:portada relatos inquietanteshistorias librolibro asombrososrelatos inquietantes de la nube (II)

Cuentos para niños:Coral libro nuevoportada un cuento de la selva libroEspejo libro


 

 

DIOSES OLVIDADOS .- (Historia publicada en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE).-

DIOSES OLVIDADOS .- (Historia publicada en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE).-



 

“Donde miremos hay frescor de luces de dioses y de Budas” (Masaoka Shiki)

 5-DIOSES OLVIDADOS,. (Relato publicado en el libro RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE, de Amazon) (En versión kindle y en libro) (Pinchad en la imagen para seguir el enlace)

Relatos inquietantes kdrelatos inquietantes libro


La primera visión llegó cuando estaba trabajando en el laboratorio de restauración arqueológica de la universidad. La mayor parte del equipo se encontraba escarbando en el interior de un sarcófago egipcio hallado recientemente en Sakkara. La madera de la tapa mostraba una hermosa representación de la anfitriona, de nombre Ekmut, que aparecía al lado de una fórmula mágica del Libro de los Muertos. Turbada ante la visión de un rostro tan bello, quise rendirle un merecido homenaje recitando en alta voz todos los signos del lenguaje antiguo que acompañaban a esta desconocida muchacha, coronando cada sonido gutural con todo el énfasis de la emoción. Mientras lo hacía, pensaba en esa religión arcaica profesada por tan espléndido ser que imaginó poder vivir eternamente.

            La fuerza de las palabras en el antiguo lenguaje era extraordinaria, salían de mi laringe dotadas de vida propia.

—“Oh ser bello, renaces y te vuelves a hacer joven bajo la forma de Atón. Los muertos suben para verte, respiran el aire y miran tu cara cuando Atón brilla en el horizonte”.

Al acabar la última silaba, escuché un eco extraño en algún punto del recinto; la vibración de mi voz, rebotando de pared a pared, fue perdiéndose en los pasillos del centro.

            La momia cubierta de vendas grisáceas de los pies a la cabeza, se escondía tras una máscara de oro que le ocultaba el rostro y se encontraba en perfecto estado de conservación. Los antiguos operarios de la Casa de Los Muertos habían realizado un buen trabajo con ella. La mujer yacía reposando en una de las mesas de acero inoxidable de la sala especial, donde la atmósfera de humedad y temperatura se adecuaban para trabajar con tan sutil y quebradizo material. En la radiografía, hecha previamente, se observaba su pertenencia al género femenino y, lo que más me interesaba, la posición exacta de cada talismán protector entre los vendajes; conté siete en total, uno en el pecho, y el resto repartido en abdomen, brazos y piernas. Los órganos no se encontraban desecados en el cuerpo, exceptuando el corazón, sino guardados celosamente en los vasos canopos que acompañaban al reciente lote de antigüedades. Este hecho me indujo a pensar que había sido embalsamada conforme a una alta posición social.

Mi trabajo consistía en hacer una pequeña incisión en las vendas milenarias, procurando estropear la menor superficie de tela posible. Extraía el amuleto, seguidamente lo fotografiaba, luego lo sometía a las pruebas de carbono 14 para datar su antigüedad y por último lo volvía a dejar en su sitio, cerrando el corte diminuto con resina y cera, respetando su composición original. Entre los objetos incautados al cadáver encontré un escarabeo de lapislázuli situado en el pecho muy cerca del corazón, propiciador de la vida eterna; en cada mano portaba un ojo de Horus wadjet, de oro esmaltado, para rechazar los encantamientos malignos; la cruz ansata, el Ankh, sinónimo de vida, aparecía ubicada en la fisura del abdomen por donde el cadáver había sido vaciado de sus vísceras. También tomé una pequeña muestra de tejido óseo para determinar el ADN, así podríamos conocer diversos lazos familiares entre las momias estudiadas hasta el momento.

250px-Sarcofago_Egipcio

“Nunca hice nada malo en mi vida, por eso los dioses me aman. Si alguien toca mi tumba, se lo comerán un cocodrilo, un hipopótamo y un león”. Volví a recitar en alta voz este viejo encantamiento de los muchos que se hallaron a la entrada del enterramiento, pensando en lo severa que sonaba pronunciada con el áspero lenguaje de los jeroglíficos, y en lo ingenuas que resultaban en nuestra época ese tipo de expresiones. De repente, advertí que de la momia salía una especie de neblina roja; Muy alarmada me acerqué a toda prisa armada con el extintor de la pared seguida por mi compañero de equipo. Pensábamos, sin lugar a dudas, que el viejo cadáver se estaba quemando por algún tipo de reacción química al exponerlo a una atmósfera distinta de la que disfrutaba en su tumba. A la par que alcanzamos el cuerpo embalsamado, escuchamos una voz femenina y atronadora que repitió tres veces las mismas palabras:

—¡Ayuda a Usermaatra!..

Ante ese grito abrumador mi ayudante y yo nos quedamos petrificados. La bruma escarlata se disipó rápidamente dejándonos estupefactos.

—¿No será una de tus bromas? Pregunté enfadada

—¡Te aseguro que no!— Respondió mi compañero lívido de terror.

Sin atrevernos a respirar apenas, estuvimos inmóviles hasta que la razón venció al miedo. Cuando la adrenalina se nos disolvió en la sangre recordé dónde había oído el misterioso nombre.

—Manu, ¿recuerdas la exposición itinerante del museo arqueológico, la que acaba de llegar con material de las últimas excavaciones? En la propaganda que he leído esta mañana cuando pasaba en el bus por delante de la fachada, estoy segura de haber visto la palabra “Usermaatra” entre los personajes cuyas pertenencias estarían en la exhibición. Deberíamos ir a echar un vistazo. Me pica la curiosidad, me gustaría por fin saber si hay alguna relación entre nuestra momia y esta celebridad ¿Qué opinas al respecto?

Dijo que sí entusiasmado. Por eso Manu era un compañero ideal para compartir cualquier tarea en la que hubiera trabajo y emoción. Ponía el corazón en cada labor que emprendía. Para mí, sus opiniones eran de lo más valiosas, añadiendo ese toque “sensible” tan característico de su personalidad.

            Merecía la pena investigar el apelativo “Usermaatra” que habíamos oído tan claramente en esa especie de ensoñación momentánea. Quedamos de acuerdo en acercarnos al evento arqueológico después de terminar nuestra jornada. Seguimos con la difícil tarea de catalogar los trebejos que escondía entre sus vendas la buena de Ekmut, que se dejó hacer sin volver a interferir en nuestro trabajo.

RamsésII

            Ya situados en las inmensas estancias de la exposición del museo descubrimos, después de un buen rato de observación, lo que estábamos buscando. Para llegar a tan feliz hallazgo, nos habíamos dividido, mi ayudante y yo, las salas de exhibición en dos cuadrantes que comenzamos a supervisar de inmediato, cada uno por un lado, repasando objeto por objeto allí expuesto, procedente de los últimos descubrimientos realizados en las excavaciones en las que nuestro equipo estaba llevando a cabo en Egipto, y que se habían expuesto primeramente en el Museo arqueológico de El Cairo. Buscábamos alguna pista que nos iluminara acerca de las misteriosas palabras escuchadas en la universidad.

Colocada en el centro de uno de los recintos, una enorme figura de piedra atrajo mi atención de inmediato. Sentí como si un poderoso imán tirara de mí en aquella dirección. Me acerqué a observar la gigantesca escultura. Inconfundible, hierático, imponente, el faraón más famoso de todos los tiempos me miraba con pétrea expresión.  En un cartel pegado a un costado se podía leer claramente: “Usermaatra Setepenra – Ramses Meriamon, (Poderoso en la justicia de Ra, El elegido de Ra)”. El gigantón era nada menos que “Ramsés El Grande”.

Sin embargo, aunque su boca de labios gruesos no se movía, observé una luminiscencia en la base de la estatua. Letras de fuego componían el siguiente mensaje:   “¡Extranjera, tienes que ayudarme! ¡Acepta la súplica de un dios olvidado! ¡Ayúdame te lo ruego! “

Con un respingo salí corriendo del museo aterrorizada. Pensé por un momento que podía tratarse de una broma de mal gusto, pero enseguida deseché la idea. Mi compañero me siguió alarmado ante mi huida sin explicaciones. Por fin me detuve frente a la puerta de la cafetería esperando a Manu, entramos y buscamos un rincón donde pudiéramos mantener una conversación privada. Después de narrarle lo sucedido, habiendo hecho acopio de valor tras tomar un café bien cargado, y razonar sobre el extraño asunto en el que nos hallábamos metidos, pensamos que lo mejor era volver junto al coloso para recabar más información acerca del extraño fenómeno que estábamos experimentando.

La regia figura, estática en su aspecto, redobló sus ardientes peticiones de auxilio. Más tranquilos proseguimos nuestra inspección rodeando el recio monumento.

          —¡Mira aquí!— Indicó Manu – ¡Nos está señalando el lugar a dónde quiere que nos dirijamos! ¡Observa cómo flamean las letras!

Los caracteres del sagrado lugar danzaban un bailoteo de llameantes ráfagas componiendo las ardientes palabras “Abu Simbel”.

Al salir del museo buscamos un sitio donde cenar y, mientras reponíamos fuerzas, comenzamos a analizar nuestra asombrosa vivencia.

            —¡Parece que Ramsés El Grande necesita ayuda urgente!

            —¡Esto es de locos! Estamos haciendo caso a una estatua de un museo. ¿Estaremos perdiendo la cabeza?

            —¿Los dos al mismo tiempo? ¡Algo o alguien nos necesita y con premura!

            —¡Pero, no podemos ir a Egipto así sin más! Aunque hayamos tenido una buena colección de “regias alucinaciones”, no disponemos de dinero para el viaje y si abandonamos nuestro trabajo nos retiran del proyecto— Contesté preocupada— ¡Esto es de dementes! ¡Nos envían mensajes desde el mundo de los muertos por medio de una momia y con letras que escupen fuego!— Comenté al borde de un ataque de nervios.

Manu como siempre, sereno y cabal, después de engullirse una enorme hamburguesa encontró la solución perfecta.

              —Tenemos un equipo trabajando en Sakkara ¿No es así? Quizá podríamos pedir el traslado. Con la gran cantidad de nuevas piezas descubiertas, necesitaran más mano de obra para catalogarlas antes de la temporada de las lluvias, y estaríamos más cerca para hacer una excursión a Abu-Simbel, uno de los templos de nuestro faraón preferido, teniendo la oportunidad de investigar el origen de todo esto ¿Qué te parece la idea?

Yo seguía reflexionando sobre la suma de hechos de los que habíamos sido testigos.

               —¡No se me ocurre qué asunto puede soliviantar a un personaje de más de 4000 años de antigüedad, ni la forma en la que podríamos  ayudarle!

            La petición de traslado siguió su curso y en menos de dos semanas estábamos a bordo de un avión, con momia incluida, que como una hija pródiga, retornaba a su país de origen para vivir el más allá en una sala acondicionada del museo de El Cairo. Igual que en un sueño, aterrizamos envueltos en una anaranjada puesta de sol, salpicada de ocres arenas del desierto y azules reflejos de agua del Nilo.

Después de regatear con el taxista el precio de los 30 kilómetros que teníamos que recorrer hasta nuestro destino, la ciudad de Sakkara nos dio la bienvenida con su vetusta y única pirámide escalonada. Esta antigua urbe de los muertos, era el cementerio de la vieja Menfis, una de las antiguas capitales del imperio antiguo. Llegamos, por fin, al campamento que nos iba a servir de casa en los próximos seis meses.

Los compañeros de las excavaciones nos recibieron con los brazos abiertos; más manos para ayudar en la inmensa tarea que se les avecinaba. A la tumba recién descubierta se accedía por un estrecho corredor, el cual desembocaba en una sala decorada con motivos religiosos y escenas de la vida cotidiana de diversos artesanos; ceramistas, escultores, pintores y arquitectos se daban cita en las coloristas escenas de los muros. Una rampa considerablemente inclinada conducía al gran recinto donde reposaban los sarcófagos recientemente hallados, en madera y roca, embutidos en los huecos de la gruta. Todavía quedaban varios de ellos colocados en su lugar de origen a los que no se les había podido estudiar convenientemente. A los lados se abrían dos pequeñas estancias, la capilla y un reducido cuarto para las ofrendas.

El enterramiento se había librado milagrosamente de las garras de los salteadores de tumbas y, siglos después, siguió invisible para los “nada escrupulosos” recolectores de cadáveres embalsamados, que empleaban cantidades ingentes de momias molidas para la elaboración de medicinas y pócimas, que revendían a precios exorbitantes a los crédulos turistas para curar todo tipo de enfermedades.

El número de momias halladas era de 32, incluida la de un gato. Cada una de ellas se encontraba insertada en un bello nicho decorado con papiros y hojas de acanto y encerradas en sus milenarios estuches. Calculábamos que databan de alrededor de tres o cuatro mil años de antigüedad. El estudio de la disposición de las vísceras en multitud de vasos canopos, amuletos, posturas, acompañado de las pruebas radiológicas de huesos y otros detalles más, serían de gran valor cronológico para encuadrarlas en una dinastía, un estatus social y para determinar el sexo. Por la estatura y los dibujos de sus sarcófagos, dos de ellas eran niños sin lugar a dudas. E cadáver de un felino, la diosa con cabeza de gato Bastet, se encontraba entre los infantes como dios protector, portando una advertencia –“¡Tal vez viniste para hacer daño a este niño, no permitiré que le hagas mal!”- Esta vez no me atreví a leer la sentencia en voz alta.

ramses momia

Los mensajes en los sueños comenzaron a alcanzarme desde la primera noche que pasé en el campamento. Una Ekmut joven y radiante en su blanco vestido de lino, habiendo dejado atrás sus vendas de momia y sus amuletos, se paseaba por mis visiones llenándolas de gran cantidad de información.

Con dulce y modulada voz, la joven aparición, comenzó una extensa explicación:

             —“Como fiel servidora de los dioses y siendo reclamada por uno de ellos, conocido como “Glorioso sol de Egipto” e “Imagen perfecta de Ra”, te envío el mensaje íntegro de aquél que te suplica su ayuda”— Igual que si recitara una sagrada letanía, la adolescente fue desgranando la historia y por fin averigüé el motivo por el cual nos encontrábamos a cientos de kilómetros de nuestra casa:

            —“Edificado en Nubia, patria de Nefertari “Por la que brilla el sol” y muy amada esposa real de Ramsés El Grande, el complejo de Abu Simbel se construyó formado por dos templos; el más grande dedicado a cuatro de los grandes dioses de Egipto, Amón, Ra, Ptah y Ramsés (el faraón reinante y artífice de esta magna obra).  El templo más pequeño fue consagrado al culto de Hathor, diosa del amor y la belleza, así como a Nefertari, considerada la encarnación de esta diosa”.

abu 1

La chica-momia siguió dándome lecciones de historia sobre el lugar en cuestión, información que en algún momento de mi carrera almacené “no sé dónde” y que olvidé en recónditos cajones de mi memoria.

          —“Los hombres prescindieron de los antiguos dioses y durante milenios este múltiple recinto religioso quedó oculto, tragado por el desierto; las tormentas se abatieron sobre él y cayó en su eterna sepultura de polvo y olvido. Al principio del siglo dieciocho fue descubierto y limpiado de toneladas de arena; su cálido y seco sudario resultó ser un inmejorable ambiente para mantener las edificaciones intactas durante tan larga espera”— Aquí la voz cambió su modulación para hacerse triste y casi un susurro —“En la segunda década del siglo veinte, los templos se desmantelaron y se trasladaron 65 metros más altos y 200 metros más alejados del punto de origen, para evitar ser engullidos por el agua almacenada en una gran presa, Asuán, acabada de construir en aquella época.” –

¡Qué versada me pareció Ekmut! Continuó su exposición con esa suave voz gutural que la caracterizaba. Sus palabras sonaban con la emoción contenida al borde del llanto:

         — “Al cambiar la ubicación de los templos, el arcaico circuito mágico que los unía quedó roto. Los esposos reales se vieron atrapados cada uno en su lugar de adoración, sin posibilidad de poder comunicarse entre sí. La desesperación se adueñó del dios-faraón y comenzó a enviar cientos de llamadas de socorro. Hasta ahora sois los únicos que habéis acudido a esta tierra después de recibir el mensaje ¡La esperanza y el futuro de esta real pareja se encuentra en vuestras manos, extranjeros! ¡Debéis restablecer el recorrido sobrenatural que existía antaño! Si esta acción no se llevara a cabo, las ánimas de los esposos se desvanecerán sin remedio de la mano de la tristeza y el desaliento, y nunca volverán a reunirse en el más allá”-

Desperté con lágrimas en la cara y el corazón encogido. Me vestí a toda prisa y fui a hablar con Manu. La sorpresa volvió a dejarme muda de asombro. Habíamos compartido el mismo sueño durante la noche. Coincidía conmigo en que debíamos intentar algo para solucionar esta penosa situación de los milenarios esposos.

          —Sintetizando el problema, se podría definir como “una gran historia de amor interrumpida por una mudanza”

          —¡No te burles Manu!— Contesté un poco enfadada —El amor es el protagonista; Igual que una gran fuerza que mueve montañas, que perdura a través de la muerte y que lo impregna todo

        —¡Eso mismo es lo que acabo de decir!—Dijo Manu defendiéndose —¡Es impresionante! O sea que, ¡Estamos aquí por amor!— Y se quedó unos momentos pensativo y concentrado. Recuerdo una cita de San Agustín sobre este sentimiento tan poderoso: “La medida del amor es amar sin medida”. Ramsés amó a esta mujer más que a cualquiera de sus otras esposas. Quizá tenga que ver el hecho de que Nefertari murió muy joven, y se convirtió en su “amor idealizado”.

         — Ahora lo más importante es viajar a nuestro destino, Abu-Simbel e intentar solucionar el problema – Dije entre susurros; varios compañeros se acercaban a nuestra mesa con las bandejas del desayuno— Tenemos que investigar los ritos de sacralización de los templos; lo que hacían los sacerdotes egipcios para consagrar los lugares destinados a los dioses. Parece que ésta será nuestra labor. Y sé además quién nos puede ayudar en esta tarea.

Cuando terminé mi turno de trabajo busqué a Alberto, un compañero con el que había estudiado parte de mi carrera, experto en textos antiguos; los leía como su propia lengua materna; interpretaba los jeroglíficos sin ninguna dificultad, siempre que estuvieran completos y no faltara ningún carácter. A la hora de improvisar se quedaba en blanco y había que echarle un cable. Le encontré en una de las casetas prefabricadas en la que se amontonaban gran cantidad de papiros de la tumba en la que estábamos trabajando.

           —¡Hola! ¿Estás muy ocupado? Quería que me informaras sobre unos temas que dominas muy bien – Esbocé mi más encantadora sonrisa e hice mi pregunta estrella:

                —¿Dónde podría encontrar información sobre poderosos hechizos hechos por los antiguos sacerdotes y oraciones dedicadas a los principales dioses? –

Levantó los ojos del manuscrito que estaba traduciendo y me dijo:

                — ¡Vaya, por fin!… ¡Ya era hora de que me dedicaras unos minutos! He estado intentando entablar una conversación contigo miles de veces, sin ningún éxito hasta ahora. Tu amigo, “el pegatina”, siempre te arrastra afuera a ver no sé qué. ¡Qué raro que no vengas con tu sombra inseparable!— Estaba claro que eso lo decía por mi ayudante Manu. Y pude descubrir en sus palabras cierto regusto de envidia. Con tono de guasa le contesté:

              — Cualquiera diría que estas sufriendo un ataque de celos…Pero no he venido a que me recrimines. Estoy haciendo un memorándum sobre una de las momias y necesito cierta información que solo tú, como gran experto, puedes resolver. El tiempo apremia y te agradecería con toda el alma que me dieras la información que te he pedido. ¡Y deja de decir bobadas sobre sombras!— Salí por la tangente vistiendo mi mejor gesto de inocencia. Hacía dos semanas que nos habíamos unido al grupo de excavaciones y desde entonces él trataba de ligar conmigo; la verdad es que la idea no me disgustaba pero tenía la cabeza en otra parte y no estaba para romances precisamente.

 Al principio comenzó la explicación de mala gana e intentando disimular su mal humor, pero luego, conforme avanzaba en sus descripciones, sus enormes ojos comenzaron a despedir chispas verde esmeralda, su voz se tornó tan sensual… y sus manos cobraron vida propia por la emoción de tener una alumna que bebía, literalmente, cada una de sus palabras y frases.

            — Los altos servidores de los dioses, cuando oraban murmuraban fórmulas del libro de Las Siete Puertas acompañadas de algún objeto o pintura emblemática de cada dios al que fuera consagrado el recinto.

Lanzado como estaba en uno de sus temas favoritos comenzó a mostrarme, con todo lujo de detalles, diversas pautas y palabras que me hacía repetir en alta voz hasta que le daba el tono que él consideraba adecuado. Este fue el comienzo de unas memorables clases particulares y de algo más.

Durante diez días acudí puntualmente a su tienda, después de cambiar turnos y hacer lo indecible por estar a la hora que me citaba. Me empapaba de todo lo referente a rituales y fórmulas mágicas escritas hacía miles de años para las celebraciones de una buena colección de ceremonias de esta religión panteísta. En este lapsus de tiempo, hubo un acercamiento entre profesor y alumna, traducido en pequeños detalles tales como miradas que se alargaban, roces de manos que nos hacían callar de pronto, sonrisas bobaliconas sin venir a cuento ¡Le encontraba tan terriblemente atractivo con sus gafas de intelectual! Siempre le hallaba con la nariz metida en algún antiguo papiro o estudiando fotos de inscripciones de tumbas, y en ese instante tenía que hacer esfuerzos para no lanzarme a sus brazos. Poseía un aura tan misteriosa y hechizante que fui arrastrada a su mundo de dioses, signos y otras ternuras, perdiendo en el camino mi claro concepto de no meterme en líos.

Uno de los días en los que estuvo especialmente optimista, me comentó su más reciente hallazgo: creía haber encontrado un paralelismo entre el grupo de momias descubiertas recientemente y uno de los templos más emblemáticos construidos por Ramsés el Grande, Abu Simbel. El destino o la casualidad me mostraron la oportunidad que Manu y yo andábamos buscando. En la conversación que manteníamos puse mi granito de arena para llegar a un objetivo concreto, mientras escuchaba la perorata de Alberto.

—Las momias podrían ser miembros de un equipo de construcción de Abu Simbel. Necesitamos un estudio detallado de las inscripciones que aparecen en los dos templos. Los artesanos solían firmar las obras a golpe de cincel, seguro que buscando estos signos concretos, encontramos algún  nexo de unión con nuestras momias.

fachada

Las palabras surgieron en torrente de mi garganta:

– Manu y yo haremos las fotos de cada centímetro de los recintos y las tendrás de inmediato para que prosigas con tu investigación ¡Deseo tanto ver con mis propios ojos el templo más famoso de Nubia! ¡Me haría tanta ilusión realizar este trabajo! – Con expresión algo contrariada me dio el visto bueno. Sellamos el pacto con un increíble y apasionado beso, preludio de un romance que nos uniría a través de los años. Se cumplía, una vez más, la máxima de que el amor mueve el mundo.

            Me hice con una colección ingente de encantamientos antiguos y unos cuantos arcaicos y preciosos amuletos que tomamos prestados de los recientemente encontrados en las excavaciones. Sin más, el anochecer nos sorprendió saliendo con dirección a Nubia y a nuestro objetivo. Las pequeñas figurillas, tan importantes para los rituales que íbamos a realizar, se encontraban escondidas en los pliegues de nuestros pantalones y en el forro de la gorra que portábamos. No queríamos exponerlos a la vista de nadie. Estábamos moviendo objetos protegidos y, si nos veían con ellos, podríamos ser condenados como salteadores de tumbas, hecho penado con la muerte en aquel país.

            Formábamos parte de una caravana de veinte coches pertenecientes a investigadores y periodistas de diversos países; íbamos flanqueados por turismos de la policía que nos protegerían de cualquier eventualidad hasta nuestro destino. Era una larga travesía por el desierto y, a veces, grupos de asaltantes atacaban los autocares de extranjeros. La hora de llegada estimada sería alrededor de las 4 de la mañana. Eso nos daría un margen de 3 o 4 horas para trabajar, antes de ser invadidos por la ingente masa de turistas.

La noche nos arrullaba con su oscuridad y frescor y así medio dormidos, el estruendoso frenazo nos cogió totalmente desprevenidos. Ante nuestro coche se alzaba una tormenta del desierto, un muro de arena pulverizada que nos impedía avanzar y reunirnos con los demás vehículos. El conductor, obligado por la fuerza del viento, nos empujó hacia una oscura construcción que se divisaba entre el polvo. Ya cerca del objetivo vimos que era una mastaba, un enterramiento funerario, predecesor de las pirámides.

            Bajamos a toda prisa y nos refugiamos en el oscuro interior de la misma. Nuestras linternas se pusieron en funcionamiento al instante para descubrir un largo pasillo que se deslizaba hacia el interior de la tierra. El guía nos aconsejó que nos quedáramos cerca de la puerta pero nuestro grupo, formado por dos periodistas y varios estudiosos, decidió que era la hora de investigar. Así comenzamos nuestro descenso al interior del monumento. Cuando llevábamos un buen rato caminando comencé a vislumbrar una luminiscencia que marcaba claramente el camino a seguir. En este instante nuestros compañeros de aventuras se echaron atrás e intentaron convencernos de que hiciéramos lo mismo. Sentían pánico a seguir la senda. Manu y yo acordamos continuar el camino iluminado que se perdía en las revueltas de la distancia. Intentaron convencernos para retornar juntos y al final nos tacharon de irresponsables. Apagamos nuestras linternas. Según íbamos avanzando el resplandor crecía y no necesitábamos ayuda extra para ver, con todo lujo de detalles, nuestra ruta y la decoración de la mastaba que se encontraba desdibujada por el paso de los milenios.

Seguimos descendiendo durante un buen rato. Tanto Manu como yo misma percibíamos las palabras de aliento de nuestra chica-momia. Alcanzamos una enorme sala presidida por un sarcófago de basalto. Sentada sobre la tapa nos esperaba la hermosa Ekmut.

            —Bienvenidos al reino de las sombras. Los amuletos que portáis os sirven de protección y salvoconducto entre los devoradores de almas, los pobladores de la noche. Mi dios, Osiris, me ha enviado para conduciros hasta vuestro destino sin sufrir ningún daño. ¡Seguidme extranjeros!

            Sin más preámbulos caminamos a la guisa de tan sin par criatura, bella y extraña, precediéndonos en los interminables vericuetos del camino. Después de lo que nos parecieron horas, salimos al exterior donde la sorpresa nos esperaba de nuevo.

            Ante nuestros asombrados ojos, se recortaba en el tibio y rosado amanecer, la silueta de una montaña que resultó insólita desde la primera ojeada. Cuatro grandes colosos, que reproducían los rasgos físicos del faraón Ramsés II, en el esplendor de su juventud, nos contemplaban con sus ojos vacíos, desde la fachada del santuario. Ekmut y la boca del túnel que nos habían conducido hasta allí se esfumaron sin dejar rastro.

            El lugar estaba desierto. El convoy de vehículos no había llegado todavía, la tormenta los mantenía prisioneros a medio camino. Con pasos decididos nos dirigimos a la entrada del templo más grande, sin dejar de admirar el tamaño de los gigantes de roca que, imperturbables, contemplaban el reflejo del sol de sangre en las aguas de cristal líquido del Nilo. Pudimos reconocer entre las pequeñas estatuas, colocadas a los pies de las enormes esculturas, a la madre del faraón, a Nefertari y a varias princesas.

2850-abu-simbel

            Ya en la primera sala las monumentales columnas nos sorprendieron por su singular belleza; las cabezas de Osiris seguían con la pauta de todos los monumentos levantados por el faraón, reproduciendo su rostro en cada una de las esculturas. Pasamos a la segunda sala sostenida por cuatro enormes columnas y decorada con pinturas del anfitrión abrazado por diversas deidades. Tres puertas nos condujeron al tercer recinto donde pudimos admirar escenas de ofrendas y adoración. Por fin llegamos al sitio más sagrado, el santuario; un altar aparecía en primer término; al fondo, igual que en una muda reunión de trabajo, sorprendimos sentados juntos a los cuatro dioses: Ptah, Amón, Ramsés y Ra. Estaban tallados directamente en la roca de la montaña, y nos observaban con pétrea curiosidad. Pero algo ocurrió.

Repentinamente uno de los cuatro dioses de piedra de los que se encontraban sentados en el fondo de la cripta, se puso en pie con brusquedad. La estatua de roca comenzó a licuarse transformándose en un joven alto y apuesto, ataviado con un inmaculado shenti o falda corta, y llevando en la cabeza el nemes de franjas azules y blancas terminado en una cobra dorada, distintivo característico de un faraón. Su rostro revestido de autoridad, aparecía hermoso, de labios gruesos y nariz prominente. Nos encontrábamos en presencia de Ramsés el Grande luciendo todo el esplendor de su juventud ¡Realmente era un personaje muy atractivo, bronceado, musculoso… pero también triste y abatido. El apuesto fantasma despedía un halo tan sugestivo que nos hizo borrar de nuestra memoria los conceptos que sobre él habíamos estudiado en la universidad, tales como “indiferente al hambre del pueblo, mujeriego, tirano, déspota, megalómano y cruel”.

            Con la esperanza y el agradecimiento pintando su mirada nos habló en los siguientes términos:

          —¡Bienvenidos extranjeros! ¡Os aguardaba impaciente! No os preocupéis por los individuos que os acompañaban, ellos acaban de llegar en este instante a este mismo templo, pero no los veremos, tampoco ellos a nosotros. Ahora nos movemos en un plano atemporal donde las ánimas moran en los lugares que amaron. ¿Estáis preparados?— Se movió hacia mí e instintivamente busqué la protección de Manu —¡Mujer!— dijo mirándome con sus ojos de halcón:

            —Tus palabras en el antiguo idioma tienen una fuerza superior a la de muchos sacerdotes de mi época. Te recomiendo cautela en tus futuras acciones, podrías despertar a divinidades que no aman a los vivos.

Al escuchar estos últimos vocablos, un escalofrío recorrió mi espalda al tiempo que un enorme rugido llenaba el recinto. Despierto de su sueño de milenios Ptah, señor de la oscuridad, habló así:

          —Extranjeros, sois extraños  en mi templo. Como Señor de la magia os conmino a salir inmediatamente de aquí o apresaré vuestras almas en la piedra y os atormentaré eternamente.

Manu y yo nos pusimos a temblar como la gelatina, sobre todo cuando la estatua hizo ademán de levantarse. Ramsés se dirigió a ella con premura:

           —¡Yo los he llamado! Están aquí para realizar el ceremonial para conectar estos templos al circuito de magia que une todos los lugares de culto de los dioses. Te ruego paciencia para que terminen su labor.

            —¡Qué vengan los sacerdotes a restablecerlo! ¡Ellos son los que deberían estar aquí!

          —Ya no hay nadie que nos rinda culto, ni sacerdotes ni plebe. Fuimos olvidados hace miles de años. Sólo éstos extraños han atendido mis ruegos.

         —¡Los hombres nos aman y temen porque somos eternos y poderosos! ¡No puede ser que vivamos en el olvido!— Atronó la estatua una y otra vez hasta que se quedó totalmente quieta y muda. Después de unos momentos Ramsés nos invitó a ponernos junto al altar frente a la triada de dioses que no mostraron el menor signo de vida en sus pétreos rostros. Comenzamos a colocar los utensilios para la ceremonia en el orden que creíamos debían ser utilizados. Nuestro regio guía los reorganizó señalándonos la correcta disposición de las mismos.

          —¡Que hable solo la mujer! —Ordenó con voz de trueno— ¡Ella tiene el poder de las palabras!

dioses abu

Mis nervios estaban tan tensos que tuve que hacer varias inspiraciones antes de comenzar. En la mano derecha sostenía la representación de un disco solar alado, de tamaño pequeño y con esmaltes, que había sacado de un pliegue de mi pantalón; con la izquierda y, acompasadamente, tocaba el sistro, un instrumento musical egipcio parecido a un sonajero, que había viajado escondido en el fondo de mi bolso. Y comencé:

— ¡Ra eres dios del templo y del espíritu! ¡Se ha quebrado la casa y los espíritus de la muerte la dominan! ¡Con tu poder de brillo celestial que sube todos los días, restablece lo que se ha partido!— En ese instante un rayo de sol penetró del exterior barriendo todas las salas hasta posarse en la estatua de Ra. Una indicación del monarca me hizo continuar con mis fórmulas. De reojo veía a Manu temblando y pude sentir el frío de su mano al entregarme el amuleto de un carnero de arcilla. Pasé a invocar al siguiente dios:

—¡Amón eres el único creador de cuanto existe, el sublime sanador. Los seres humanos proceden de tus ojos y los dioses son el fruto de tu palabra! ¡Ayuda a mantener el nuevo equilibrio restablecido en este templo como transformación de las tinieblas a la luz!— Al finalizar la última sílaba otro haz de luz solar iluminó la estatua del dios protagonista de la plegaria.

Ramsés seguía las oraciones asintiendo con la cabeza en todo momento; aprobaba mi entonación y, con el fulgor de sus ojos oscuros me animaba a seguir. La voz de Alberto, lejana, sonaba como una letanía en mi memoria, recordándome la justa entonación de cada sílaba mil veces repetida. El pobre Manu controlaba a duras penas el temblor de sus miembros y con mirada desorbitada observaba la inquietante ceremonia.

            El turno del tercer dios, el díscolo, había llegado. Con el talismán de lapislázuli en forma de buey en mi mano comencé a recitar:

—“Tú tejiste la tierra, reuniste tus componentes, abrazaste tus miembros, y te encontraste en la condición de Uno que hizo su sede y formó las Dos Tierras”, “De la misma forma te rogamos que tejas un camino de protección para el nuevo equilibrio de este lugar sagrado, con las gotas de sangre del buey Apis”

            El frasquito con sangre de vaca que llevaba oculto en mi gorro se había roto. Miré al monarca desolada pidiéndole ayuda, no sabía de dónde iba a sacar las gotas de sangre que se pedían en la fórmula mágica. Su respuesta fue instantánea; cogiendo el amuleto, lo frotó enérgicamente y, de la nada, apareció un espléndido y manso animal, un buey negro con una gran mancha blanca en la frente. El filo del puñal real brilló en la oscuridad y de un gran tajo comenzó a manar un chorro de sangre; llené el recipiente que me tendió Manu y preocupada por el bovino, me quede observando la manera en que se cerraba la herida, el bicho empequeñecía nuevamente para retornar a su forma original. El amuleto que representaba al buey quedó suspendido en el aire antes de caer al suelo estrepitosamente. Vertí la sangre sobre la estatua del dios que, haciendo gala de su fama tenebrosa, se hizo más oscura; un halo de sombra la cubrió de la cabeza a los pies y dejó escapar un sonido doliente y horrible. Miré alarmada a Ramsés, pero el asintió con la cabeza. Recordé de pronto que cuando el sol penetraba por la puerta del santuario, hecho que solo ocurría dos veces al año, el único dios que quedaba en las sombras era Ptah, el soberano de las tinieblas. Y así quedó en la más densa negrura.

Manu y yo nos volvimos hacia el faraón para decirle lo siguiente: —Ahora es su turno Señor de Las Dos tierras. Este recipiente contiene agua del Nilo y cuando comience a recitar las antiguas fórmulas, deberá ir vertiendo unas gotas de líquido a la par que nos vamos moviendo hacia el exterior— Asintió con enérgico gesto y agarró la botella de agua.

Continué con el ceremonial asiendo en mi mano derecha una pequeña figura que reproducía a un hipopótamo, representación de Hapi dios del Nilo, comencé a recitar las invocaciones: —“Usermaatra, glorioso sol de Egipto, Montaña de Oro, Imagen perfecta de Ra, Sol de todos los países, abre el ojo de Horus en este día, ven en paz para regar con gotas de Hapi los rayos que Ra ha extendido en este sacro lugar. Sigue la estela del río sagrado, haciendo que puedas entrar y salir según tu deseo de la montaña del Oeste”-

Fuimos saliendo hacia el exterior dejando un reguero de gotas de agua. En el instante de traspasar el umbral, Ramsés se detuvo un momento, por fin iba a poder salir; primero adelantó un pie, luego el otro, y caminó unos pasos por el exterior sin terminar de creérselo. Su rostro se iluminó con una sonrisa esplendorosa. El templo había recobrado la magia de los dioses, ahora debía conectarse con el de Nefertari.

—¡Vamos no hay tiempo que perder, caminemos en busca de mi gran amor! ¡Deprisa!

En pocas zancadas estuvimos en la entrada del templo dedicado a Hathor diosa de la belleza, la música y la danza, y sobre todo a Nefertari como muestra del gran afecto que le profesaba su real esposo; uno de los pocos templos dedicados a una mujer. El testimonio de la pasión por su consorte había quedado grabado en la piedra, hacía miles de años, con estas palabras:-“Una obra perteneciente por toda la eternidad a la Gran Esposa Real Nefertari–Merienmut, por la que brilla el Sol”.

Detail of Mural Painting of Queen Nefertari in her Tomb in the Valley of the Queens --- Image by © Roger Wood/CORBIS

            A pesar de la prisa, no dejamos de admirar las seis figuras de diez metros que, adosadas a la pared, presidían la fachada. Cuatro de ellas eran estatuas de Ramsés esculpidas hábilmente con la Nemes y la doble corona del Alto y Bajo Egipto; a su lado y con la misma estatura que el gran faraón-dios, aparecía Nefertari encarnando a la diosa Hathor con altas plumas y cuernos de vaca.

Entramos en la sala hipóstila; seis columnas con capiteles de la deidad, se revestían con inscripciones a cerca del rey y la reina rodeados de diversas fórmulas y encantamientos destinados a conseguir el eterno favor de varias deidades femeninas. Seguimos hacia el santuario donde la diosa de piedra nos aguardaba.

            Una sombra salió a nuestro encuentro después de que el faraón gritara el nombre de su consorte con desesperación. El monarca corrió a fundirse con su amada. Poco a poco la neblina se pintó de formas y colores. Apareció ante nosotros una joven bellísima de piel oscura como el ébano, de cabello largo con pinceladas de azabache y perla. El noble rostro, adornado de grandes y rasgados ojos negros, nos observaba inquisitivo. La sonrisa vistió sus labios, donde unos dientecillos de marfil asomaron curiosos. Un vestido-tubo, de lino semitransparente, dejaba entrever las sinuosas formas de la reina.

Los esposos, después de murmurarse toda clase de ternuras, nos indicaron que comenzásemos la ceremonia de restablecimiento de la sagrada magia en el recinto, no sin antes escuchar unas palabras de la exquisita boca de Nefertari. –“Gracias hombre y mujer de un país lejano por venir en nuestra ayuda, mi desesperanza estaba destruyéndome “.

            Manu y yo nos miramos sorprendidos por la sinceridad de sus palabras. Ya más tranquilo, mi compañero se mostró eficiente a la hora de preparar los diversos presentes para el repertorio de diosas mayores y menores que habitaban el santuario. Las fórmulas mágicas iban acompañadas de instrumentos musicales, el sistro que manejaba con mi mano izquierda y los címbalos o platillos que tocaba Manu acorde con el ritmo y la cadencia de mis palabras. Parecíamos un grupo de música étnica interpretando melodías para un selecto y real público. Haciendo oídos sordos a nuestro sentido del ridículo procedimos con el ritual.

            Después de nombrar a todas y cada una de las deidades y hacer las consiguientes ofrendas en forma de ushebtis o estatuillas de piedra, plumas y cuernos de animales, dimos por terminado el rito con las siguientes palabras:

—“Restablecido el circuito mágico, tú Nefertari, Señora de las Dos Tierras, Esposa del Dios, Princesa Heredera, Amada de Mut, ya puedes entrar y salir según tu deseo de la montaña del Oeste”.

Las sombras tenebrosas del templo desaparecieron como por encanto y nos dejaron contemplar la belleza deslumbrante de las pinturas que decoraban los muros.

La pareja real con las manos entrelazadas nos precedieron en nuestra salida al exterior. Un tibio sol de primavera nos contempló con su cara amarilla y caliente. Más adelante la transparencia del Nilo se fundía con el cielo en una mezcla de líquidos reflejos dorados, añiles y turquesas. Los soberanos se volvieron para hablarnos:

—¡Os decimos adiós sabios extranjeros, nuestra gratitud os acompañará más allá de la muerte! ¡Llevaos nuestra bendición de dioses para toda la eternidad! ¡Qué vuestras vidas se tornen llenas de dicha y prosperidad!”.

Hacia la orilla se encaminaron mirándose a los ojos, felices y majestuosos. Estuvimos observándolos hasta que se fundieron con la bruma del río.

Regresamos despacio al gran santuario. Estábamos agotados y emocionados por el feliz final de la historia de amor. Al entrar por la puerta advertimos que el grupo que nos acompañaba en el autocar y que habíamos dejado en la mastaba, se encontraba deambulando de una a otra estancia del templo. Se mostraron sorprendidos y encantados por nuestra aparición. Cientos de preguntas quedaron en el aire sin respuesta coherente. Dijimos que no recordábamos nada de nuestra excursión por la mastaba. Por fin, convencidos con nuestra amnésica actuación, nos dejaron en paz. El material fotográfico yacía en el suelo en un rincón donde el guía, bien adiestrado, lo había amontonado; nos dirigimos hacia allí.

—No tendremos mucho tiempo para realizar las fotografías, pongámonos inmediatamente manos a la obra— Dije, consultando el reloj —¡Qué raro! Manu ¿Qué hora tienes?

—¡Es increíble! ¡Solo han transcurrido sesenta minutos desde que nos desligamos del grupo en el pasadizo de la mastaba!

—El tiempo en el plano en el que nos hemos movido sigue un ritmo diferente al nuestro.

—Sí, sin duda, no creo que las leyes de nuestro universo tengan nada que ver con las de allá.

No perdimos más tiempo haciendo conjeturas y nos pusimos a trabajar.

            Cuando llegaron los primeros autobuses de turistas ya habíamos acabado de sobra el reportaje fotográfico de los dos santuarios. Contentos y muy cansados nos dirigimos a nuestro vehículo a la espera de que la escolta nos diera luz verde para regresar a Sakkara. En una hora la comitiva de turismos se puso en marcha hacia el desierto para desandar el camino realizado durante la madrugada.

            En el campamento me esperaba una romántica cena con velas, suave música y una noche de ternura inolvidable. Quedo claro para Alberto que Manu tenía otras preferencias sexuales que no tenían nada que ver con las suyas. Manu y yo, de común acuerdo, no narramos nada de lo acaecido en el lapsus de tiempo que estuvimos perdidos entre dos mundos. Era tan increíble que no queríamos aparecer como un par de pirados. Seguimos con nuestro trabajo rutinario. Días después las fotos de nuestro documental llenaban varias paredes del local de Alberto. Nos felicitó a los dos por la labor realizada, en especial, por una imagen que estaba dando la vuelta a medio mundo; varias publicaciones la habían adquirido, y ya estaba colgada en Internet.

La instantánea aumentada a tamaño colosal reproducía a los monarcas de Abu Simbel, los auténticos, esos que tan bien conocíamos, en todo su regio esplendor vestidos de oro y piedras preciosas, rodeados de varios sirvientes que les ofrecían alimentos; una escena de ensueño. Como fondo de las imágenes asomaban las bellas columnas de la sala hipóstila del templo de Nefertari.

—¡Qué composición tan bella! ¡Os ha quedado genial! ¡Me tenéis que contar como lo habéis logrado! ¿Quiénes eran los modelos? ¡Qué disfraces tan magníficos llevan los actores! ¡Con tan poco tiempo y que bien lo habéis organizado!—Respondí lo primero que me vino a la mente:

—No te podría narrar paso a paso el método seguido, sería demasiado… complicado de explicar. Me gustaría que lo vieras bajo un punto de vista mucho más romántico, quizá como una “instantánea” de los regios fantasmas que habitan los recintos sagrados.

—Bueno, no os obligaré a confesar vuestro secreto— Exclamó Alberto— Debéis saber que hasta nuestra universidad nos ha felicitado. Va a ver varias donaciones para seguir con nuestra labor aquí durante años. ¡Ah, por cierto, las momias eran de los múltiples maestros artesanos y de sus familias! Debió ser un regalo del faraón en agradecimiento por su labor.

Manu y yo nos miramos y prorrumpimos en carcajadas. Los reales fantasmas nos estaban favoreciendo desde el más allá. Alberto, sin saber el motivo de nuestra particular algazara, también se unió al coro de risas.

En días sucesivos las ofertas de trabajo no se hicieron esperar. Unos recientes terremotos habían sacado a la luz unas momias en la selva de Perú. Seis meses después, Alberto, Manu y yo, nos encontrábamos a bordo de un avión que nos llevaría a la inhóspita selva inca. Manu haciéndome un guiño, me susurro al oído:

—¡Mucho cuidado con recitar en alta voz palabras del pasado inca!

Sonreí traviesa. No sabía si iba a poder resistir la tentación. FIN.

María Teresa Echeverría Sánchez (escritora)