Relato de miedo

LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

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OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


Novelas para vivir cien vidas:

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LA FIESTA DE LOS ESQUELETOS – (relato para Halloween).-


Para los amantes de las historias de misterio y miedo: versión kindle y en libro de papel.

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En el cementerio de Santa María de los Durmientes, una actividad frenética se había desatado por parte de sus permanentes inquilinos: a pocos días del 31 de octubre, noche de Halloween, los esqueletos preparaban su fiesta anual concienzudamente.

Como si un invisible resorte hubiera sido activado, llenándolos de una energía desmesurada, ─justamente la que se había extinguido con el último latido de sus corazones─ los hijos de la eternidad se removían en el fondo de sus tumbas. Túneles excavados durante siglos, con sus huesudos miembros, habían logrado comunicar a cada habitante del camposanto con sus vecinos más próximos, formando una red perfecta donde las noticias y los cotilleos volaban.

Maese Ruigómez, el más anciano de la necrópolis, con cuatro siglos en su haber, se enorgullecía de ser el director, un año más, de aquel auditorio de pocas carnes y muy mala leche. Con un estruendoso batir de mandíbula los convocó a todos, los arengó y dio instrucciones para que todo saliera a pedir de boca.

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El anciano Ruigómez era el esqueleto mejor conservado de los de su quinta, habiendo sido enterrado con la soldadesca de la batalla de Argel. Debido al buen drenaje de su fosa, sus restos brillaban que eran un primor, siendo una de sus cualidades más populares: reverberar igual que un grandioso espectro en la oscuridad de un pasadizo.

Con tamaño dignatario dirigiendo el cotarro, los arreglos para el festejo no se hicieron esperar: durante tres días se recopilaron y encerraron en grandes tarros todas las larvas, cucarachas y arañas que se encontraron en el territorio de los Durmientes. Se licuó la raíz de mandrágora, y se puso a macerar bajo la luz de la luna llena unas cuantas horas hasta que se volvió de un tono rojizo y denso, muy parecido al de la sangre. Se hicieron guirnaldas con tela de araña y huesos desechados iluminados con luciérnagas que decoraron enteramente los lúgubres pasajes que cruzaban el cementerio; se prepararon antorchas, bien empapadas en grasa humana ─rezumante en los cuerpos de los nuevos enterramientos─ que se encenderían nada más comenzar la celebración; adecentaron las lápidas limpiándolas a conciencia y recolocándolas aleatoriamente ─asunto que cada aniversario les divertía mucho, pues a la hora de retornar a sus tumbas se armaba un guirigay de padre y muy señor mío─; y, para terminar, excavaron unos cuantos hoyos en  la superficie, a los que acompañaron con sus correspondientes reclamos que nunca fallaban, tales como: una broche de oro, aquí, una pulsera de diamantes, allá, una diadema de plata pura, más abajo, etc., es decir, siendo las joyas colocadas estratégicamente para atraer a los insensatos que engrosarían, más tarde, las huestes subterráneas.

Llegó, al fin, el esperado momento de la festividad: las campanadas de la iglesia de Santa María repicaron doce veces lenta y lúgubremente y, al sonar la última, la gala de los esqueletos comenzó. La luna, días antes llena, ahora presentaba su aspecto más feroz de hoz sangrienta, irradiando una luminiscencia malsana que deformaba las sombras de las lápidas del camposanto, haciendo que se movieran como si tuvieran vida propia.

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Los corredores subterráneos se iluminaron súbitamente bajo el chisporroteo de los hachones encendidos, exhalando un aroma a cerdo tostado. Un rumor de pasos horadó la tierra hasta converger justo debajo de la gran plaza. Las mesas se montaron en segundos y los cráneos sin dueños, que actuarían como vasos, se fueron repartiendo entre la concurrencia. El elixir de Mandrágora fue servido, así como los aperitivos de larvas, lombrices e insectos. Se oyeron múltiples crujidos al masticar tan deliciosos bocados. Los Villegas, Zúñiga y Larrazábal, hablaban con ilustres compañeros como los Fierro, Miranda o con los temidos Montenegro, que siempre terminaban la fiesta propinando grandes palizas, cuestión bastante peliaguda para un esqueleto, que con un golpe certero se podía desintegrar en cuestión de segundos, o quedar despedazado, sirviendo solo para material de desecho. Sobre chistes y chascarrillos, los nuevos esqueletos traían, de vez en cuando, alguna frase novedosa que sorprendía por su lozanía, pero normalmente las chirigotas se repetían año tras año, sin dejar de producir la hilaridad que en un principio despertaran, simplemente porque la memoria no existía en aquellos cráneos vacíos:

            ─”Estaban en una procesión y le pregunta un señor a una señora:
-Oiga, quien es el muerto?
-Y la señora responde: Creo que el que va dentro de la caja”.─: Las risotadas comenzaron en ese punto y continuaron con el siguiente:

           ─” Mamá, mamá… ¿Puedo jugar con el abuelo?…

           − Bueno, pero después vuelve a enterrarlo ¿De acuerdo?─… Pero el chiste que hacía tirarse a los “Durmientes” por los suelos no era otro que este:

          ─ ¿Por qué mataron a Kung Fu?…

            – Porque lo “kunfundieron”.

 Y continuaron con la jocosa retahíla, sin saltarse uno, que parecía que estuvieran rezando el rosario. Las cuchufletas eran tan condenadamente manidas y otras, tan soeces, que las carcajadas surgían de seguido, siniestras y cavernosas, producidas por el aire al colarse entre las mandíbulas, provocando un timbre bronco y sepulcral que ponía los pelos de punta a quien los tuviera.

Mientras tanto, el concurso de “crear criaturas” se puso en marcha: con huesos abandonados e inservibles, los participantes debían “montar” una criatura que fuera capaz de decir tres palabras seguidas, tarea nada desdeñable. Los materiales ─toda clase de osamentas en sus más variopintas apariencias─ se hallaban amontonados en grandes pilas, al alcance de la mano de todos los concursantes. Maese Ruigómez dio una palmada como indicador de inicio de la prueba: inmediatamente los competidores se pusieron manos a la obra. Este era un pasatiempo que les deleitaba, les hacía sentirse igual que pequeños dioses. Después de un tiempo prudencial, el Maestro indicó con un silbido el final de la contienda. El jurado, compuesto por siete imponentes esqueletos adornados de medallas y galones, fue inspeccionando todas las obras expuestas una por una. En un derroche de fantasía y paroxismo sin igual, uno de los participantes había montado una encantadora niñita cadavérica, de falda de escápulas que le llegaban hasta las rodillas y coqueta melena de charlestón, hecha de jirones de tela, que fue capaz de decir con claridad: ─”te quiero, papá” antes de desmoronarse, igual que hacían todos los especímenes que lograban articular unas palabras. Las carcajadas de los reunidos se estuvieron escuchando durante un buen rato por todo el cementerio.

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El premio al autor de tan sugestivo “frankestein”, como no podía ser de otra manera, se concedió enseguida: los primeros visitantes al camposanto ─cotillas, avaros y drogatas─ ya habían llegado. Carne fresca que renovara a los antiguos inquilinos; más huesos para entretenerse en los largos días hasta la siguiente celebración; horas de diversión inimaginables.

El ganador tuvo el honor de ser el primero en retorcer el cuello del primer “humano vivo” que se acercó a uno de los hoyos. El crujido del pescuezo desató tal alharaca de chillidos sobrehumanos, que los visitantes de la superficie hicieron ademán de salir despavoridos. No fue posible su huida. De los agujeros excavados en la tierra, hordas de brazos y manos aprisionaron las presas y extinguieron sus vidas en un instante. Los cadáveres fueron llevados a la gran sala y, para acelerar su descomposición, fueron eviscerados y sangrados en un dos por tres. Sus huesos, sin duda, estarían listos para la próxima festividad.

Fue una gran fiesta, para eso tenían al mejor de los organizadores, aunque se saldó con unos cuantos esqueletos destrozados debido a los mamporros de unos y otros; tampoco lo lamentaron mucho, solía ser así: unos dejaban de existir y otros comenzaban a hacerlo en un ciclo interminable y eterno.

Los primeros albores del día fueron borrando las puertas de comunicación que se habían creado entre los muertos y los vivos en esa noche especial. El maestro ordenó a los habitantes del subsuelo retornar a sus tumbas, momento que se dilató bastante por el cambio efectuado en las lápidas y la juerga que implicó el rodar de un lado para el otro.

Cuando la tierra del camposanto de Santa María de los Durmientes se calentó, los seres óseos yacían sepultados en mil sueños fríos de vidas extinguidas. Relajados hasta límites insospechados, respiraban efluvios mezclados de vida y muerte, el aroma más dulce del cementerio: el de la descomposición.

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¡FELIZ HALLOWEEN!

María Teresa Echeverría Sánchez ( escritora)


LA CASA EMBRUJADA.-

La casa se despertó, al fin, después de estar aletargada durante unos cuantos meses. Abrió las ventanas y dejó entrar el aroma de la primavera. El perfume de las mimosas la puso melancólica trayendo a su memoria tiempos pasados, retazos de cuando estuvo habitada.

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Era una edificación centenaria, con cimientos recios, tan sólidos que habían resistido varios terremotos sin inmutarse. Pero lo que más temía no era precisamente esta clase de fenómenos sino a algunos hombres, esas criaturas pequeñas y enfermizas que pretendían destrozarla de arriba abajo.

Le encantaba estar habitada, recobraba cierta lozanía siempre que tenía nuevos inquilinos. Apreciaba a los que eran de temperamento tranquilo y la amaban tal como era, sin querer cambiar nada de su estructura. En cambio los “destructores”, que todo lo estropeaban, o los “renovadores”  que se liaban a tirar paredes a diestro y siniestro, se ganaban de inmediato todo su odio, y eso no era nada bueno.

La casa tenía dos plantas y un gran sótano: lugar donde escondía sus más sórdidos secretos, ─igual que cualquier otro edificio─ se decía cuando pensaba en ello. Allí ardía su corazón centenario junto con su colección de tesoros. Sólo de pensar en ello, hizo que el porche se curvara haciendo que el columpio se disparara de un lado al otro emitiendo incontables chirridos.

─¡Ah, la música!─ Pensó la mansión escuchando los sonidos de afuera y meneando las lámparas al compás. Alegre y peripuesta, se hallaba lista para recibir ya a sus nuevos invitados. Sin más dilación, acercó el cartel que tenía escondido entre los matorrales, que decía: “se vende”, hasta pegarlo en la verja, a la vista de todos los que pasaban. Los agentes inmobiliarios trataban de liquidarla a precio de saldo o, incluso, alquilarla, sin mucho éxito. Se la consideraba problemática, quizás porque ciertos objetos se movían a su antojo, o tal vez por los terribles sonidos que se escuchaban algunas noches. Ella se rio de los comentarios, se consideraba como cualquier otro hogar de la vecindad, ciertamente con más experiencia y un somero tufo a moho, pero sin duda moderna y funcional.

No tuvo que esperar mucho para recibir unas cuantas visitas. Se encargó personalmente de ahuyentar a los indeseables y se mostró encantadora con los demás. Sabía cómo agradar: abría puertas y ventanas hasta que el perfume del jardín lo invadía todo. Se mostraba obsequiosa con los niños y mascotas, a los que vigilaba para que no sufriesen el menor contratiempo cuando la inspeccionaban por primera vez. Amortiguaba los sonidos de las cañerías, taponaba las goteras, incluso encendía la chimenea si la temperatura así lo requería.

Al fin fue vendida. Con enorme ilusión esperó la mudanza de la nueva familia. Había hecho una sabia elección. Eran encantadores, excepto el abuelo que se iba a instalar en el sótano, su santuario. Aguantó estoicamente los días de extrema limpieza; las desinsectaciones; los cambios de grifería y a los pintores. Al fin estuvo lista para ser habitada y disfrutada en todo su esplendor. El barniz de los suelos brillaba como un espejo y la escalera fue restaurada, haciendo imposible que la casa pudiera mover los escalones, hecho que la enojó bastante. Aunque enseguida descubrió que uno de los peldaños había quedado suelto. ─¡Menudos chapuzas!─ Pensó alegremente. Le encantaba tener el control, era su territorio.

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El sótano fue alfombrado y adaptado al vejete, que siguió protestando cada día por cualquier nimiedad. El hombre daba patadas en el piso y bastonazos en las paredes intentando hacer desconchones y romper el pavimento. En una ocasión lo consiguió pero la mansión logró taponar aquel acceso a su mundo privado.  La casa disfrutaba cuando este se iba a visitar a sus amistades y podía acariciar sus posesiones enterradas en lo más profundo de sus cimientos. Harta del viejo personaje, decidió tomar cartas en el asunto: esa noche, cuando el anciano dormía, abrió un agujero en el piso y modeló unas escaleras. Despertó al anciano y entre cuchicheos y ruidillos logró atraerlo a su rincón. Rápida como el rayo, selló el suelo y encerró al vejete. Nadie volvió a saber de él. Su hija pensó que se había fugado y durante meses puso carteles por la vecindad por si alguien lo encontraba.

La casa esperó pacientemente a que solo quedara del anciano sus restos óseos, y colgó el esqueleto al lado de los demás. Esa noche escuchó a la banda del parque dar su audición mensual. Enseguida se unió a ella igual que hacía siempre: abrió varios agujeros en el subsuelo, meticulosamente estudiados, y dejó que el viento se encargara de interpretar su composición. El aire silbaba con fuerza inusitada penetrando en el santuario, empujando a los esqueletos a una frenética danza en la que entrechocaban sus huesos ininterrumpidamente. La balada alegró su alma de tierra fermentada provocando que las plantas de más arriba se movieran al terrible son. Los nuevos inquilinos, aterrorizados, asistieron a su primer concierto.

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LA PRIMA CARLOTA – (Relato para Halloween) Incluido en Relatos inquietantes de la nube.


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“Los buenos terminan felices; los malos, desgraciados. Eso es la ficción” (Oscar Wilde)

10-LA PRIMA CARLOTA (Relato incluido en RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE, de venta en Amazon)

La prima Carlota llegó a finales de septiembre. Hacía poco que su nombre había comenzado a sonar en nuestra casa como si esa persona no hubiera existido antes. El día de su llegada mis primos, que vivían con nosotros, y yo mismo, no despegamos la nariz del cristal hasta que vimos pararse un taxi enfrente de nuestro jardín. Éramos niños y cualquier cosa que se saliera de la rutina resultaba todo un acontecimiento. Atisbando la calle, impacientes y llenos de curiosidad, no imaginábamos ni por un instante de qué forma esta persona a la que esperábamos nos cambiaría totalmente la vida.

Mi madre, siempre obsequiosa con los invitados, abrió la puerta de entrada para recibirla con su rostro más alegre, pero la sonrisa se le quedó congelada en la boca. Enmarcada en el dintel, observamos a la criatura más desagradable que habíamos visto en nuestra corta existencia: Una mujer de mediana edad vestida de luto riguroso y de una delgadez esquelética, se apoyaba en un recio bastón con empuñadura de nácar. El pelo, ajado y divido en mechones similares al fino alambre, se pegaba al cuero cabelludo, asomando a la altura de la coronilla una enorme verruga encarnada. La frente pequeña e innoble, entroncaba con una afilada y torcida nariz ganchuda. Los ojos, juntos y mezquinos, se hallaban en curiosa asimetría: El de la izquierda estaba totalmente velado y lechoso. El parpado entornado le daba el aspecto de una almeja medio abierta. El derecho, vivo y malvado, reparó en nuestra presencia inmediatamente. Sus finos labios se curvaron en una espantosa sonrisa de satisfacción. Un diente de oro relumbró en esa oscura cavidad. Toda ella rezumaba maldad. Nada más penetrar en el recibidor, una bruma oscura y pestilente se coló en la casa. Un manto de congoja nos envolvió a los tres primos. Nos miramos impotentes y alarmados.

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Mis padres ya rehechos de la primera impresión, la recibieron con cariño y cordialidad como a cualquier invitado que visitaba nuestro hogar. Fuimos presentados los tres. Nos contempló durante unos segundos, como quien observa a unos bichos repulsivos. Sin decir una sola palabra nos dio la espalda y se dirigió al piso de arriba. Observamos su cadencioso caminar, de cojera crónica, hasta que desapareció por la escalera. Detrás fue mi padre y su voluminosa maleta. Todos los que quedamos en el recibidor lanzamos un suspiro de alivio cuando desapareció de nuestra vista.

Mi madre nos revolvió el pelo cariñosamente:

—¿Verdad que vais a ser buenos con la prima? Ha tenido una vida terriblemente desgraciada. Enferma y siempre sola, no tiene a nadie en el mundo, excepto a nosotros. Su casa se ha venido abajo de puro vieja. A partir de ahora éste será su hogar.

La volvimos a encontrar a la hora de la comida, sentada ya en la mesa, justo enfrente de nosotros. Silenciosamente masticamos nuestras raciones, cosa insólita entre los tres, que nos pasábamos las comidas y cenas metiendo bulla. Incluso mis padres aparecían mudos y expectantes. Sólo se escuchaba el tic- tac del reloj de pared.

—¡Estos chicos necesitan mano dura, prima! Debido a tu estado, y para que todo vaya bien hasta el final, te aliviaré de la pesada carga de su educación. A partir de ahora, yo me encargaré de ellos.

La voz de la prima Carlota sonó amenazadora y siniestra. Mi madre no se dejó amedrentar:

     —¿Cómo sabes lo de mi embarazo? No se lo he dicho a nadie

     —Es evidente para mí, poseo un… don para detectar estas cosas. No tenías bastante con traer uno y ahora vas a por otra bestezuela. Un pequeño monstruo más para añadir a la colección. Me ocuparé de estos mozalbetes mientras tú lo haces del que se está gestando ¡Algún día te darás cuenta del enorme trabajo que voy a llevar a cabo!

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     —Te agradezco el ofrecimiento, pero disfruto realizando la labor de educadora yo misma, tal y como ha sido hasta ahora. Que esté embarazada no cambia las cosas.

     Desde ese momento un halo oscuro se instaló en derredor de mi madre. Su alegría se esfumó. Comenzó a tener molestias de estómago. La comida le daba náuseas y dejó prácticamente de comer. Al tiempo que mi madre enfermaba, la prima Carlota comenzó a engordar y a presentar un aspecto menos cadavérico. En contraposición el tono de su piel sufrió una metamorfosis, del moreno cetrino se transformó en pálido y enfermizo, y paulatinamente se fue volviendo verdoso y macilento.

Para todos nosotros era un misterio la alimentación de la prima. Se sentaba a la mesa cuando comíamos, pero no probaba ni un solo bocado, limitándose a observarnos atentamente mientras masticábamos. El deglutir en su presencia se hizo insoportable y fuimos perdiendo el apetito mientras sus platos volvían intactos a la cocina. A parte de este hecho que nos tenía en ascuas, poseía unos hábitos bastante extravagantes: Hacia la medianoche, oíamos la puerta de su habitación cerrarse e inmediatamente se dirigía a la que compartíamos los tres primos. Siempre intentaba colarse en nuestro cuarto cuando se suponía que estábamos durmiendo, pero desde la primera noche de su llegada, decidimos atrancar nuestra puerta con la pesada cómoda. Un temor irracional a este ser malvado nos movía a comportarnos de esta insólita manera. Escuchábamos el pomo de la puerta moviéndose de un lado a otro, intentando forzar el obstáculo que le impedía el paso. El latido de nuestros corazones nos golpeaba el pecho a tal velocidad que parecía que iban a estallar en cualquier momento. Después de un rato de forcejeo, la prima soltaba un juramento harta de no obtener resultados y se iba pasillo adelante. Escuchábamos su cadencioso caminar de coja perdiéndose escaleras abajo.

No nos sentíamos seguros en su compañía, experimentábamos la insólita sensación de que nos habíamos convertido en sus presas. Durante el día soportarla nos resultaba bastante más fácil. Íbamos al colegio y al regresar pasábamos la mayor parte del tiempo en el jardín o en el cobertizo. La gata había tenido gatitos hacía unas semanas, y los cuatro cachorros eran nuestros juguetes predilectos.

—¿Dónde estáis pequeñas bestias?— Preguntó un día la prima desde la ventana.

—Aquí en el cobertizo ¿Quieres ver nuestros gatitos, prima?

—¡Tenéis gatos! ¡Cómo os atrevéis a convivir con esas fieras infernales e indignas de la creación! ¡Los quiero fuera de aquí inmediatamente!

Al escuchar los gritos salió mi madre, pálida, pura piel y huesos, con el cansancio pintando cada gesto de sus facciones:

—¡Los gatos se quedan! Están en el cobertizo, allí no molestan a nadie. Los chicos tienen prohibido traerlos a casa. ¡Tranquila, no los verás por aquí!

Y comenzaron las desapariciones. Haciendo memoria llegamos a la conclusión, los tres primos en conciliábulo, de que empezaron a sucederse en las fechas en las que la prima Carlota había llegado a nuestro hogar. Todos los insectos de la casa se esfumaron, incluso las cucarachas amén de los roedores. Más tarde les tocó el turno a los pájaros enjaulados de los vecinos, luego les siguieron las palomas y los patos del parque, y también algunos cachorros de perro. El colmo llegó cuando a todos éstos animales se sumaron varios bebés del barrio. La policía patrullaba la zona sin descanso sin encontrar, hasta la fecha, ninguna pista sobre los posibles malhechores. Mi madre con los nervios alterados tuvo que guardar cama constantemente. La prima había conseguido su objetivo, adueñarse de la casa.

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Con nuestra mentalidad de infantes, y tal y como estaban las cosas, cavilamos sobre la manera de congraciarnos con la prima Carlota. Hicimos un recuento de nuestras posesiones más amadas, resumiéndose en una colección de cromos de criaturas marinas junto con los cuatro adorables gatitos, que habían crecido considerablemente en estas semanas. Decidimos por unanimidad ofrecerle los singulares presentes como muestra de rendición incondicional. Para ello, y con el fin de darle una agradable sorpresa, preparamos en su habitación una gran caja con un enorme lazo, en la que metimos todos nuestros tesoros. Nos dispusimos a esperar el momento mágico que habíamos planeado con mucho cuidado, escondiéndonos detrás de la gruesa cortina del corredor desde donde teníamos una magnífica vista de la habitación de nuestra pariente. Estábamos convencidos de que la prima se sentiría conmovida por el detalle y sobre todo por poseer esas cuatro pelotas de pelo que nosotros juzgábamos tan juguetonas.

Desde el rellano escuchamos el tableteo de su bastón, ascendiendo ya por la escalera. Abrió la puerta de su dormitorio y allí mismo encontró el adornado embalaje. Miró detrás de sí, sorprendida. Vimos perfectamente su único ojo vuelto hacia nuestro escondite destilando tal odio que comenzamos a temblar. Seguidamente se volvió hacia la caja, doblándose un poco para arrancar el adorno de cuajo y destapó el regalo: Unos maullidos alarmantes y el grito horrorizado de la prima resonaron por toda la casa. Un estruendo, como de árbol derribado, nos sacó del escondrijo donde nos ocultábamos y nos llevó a penetrar en la habitación a toda velocidad.

La prima Carlota yacía tumbada en el suelo, en un gran charco de sangre que crecía sin parar. No se movía. La totalidad de la cara aparecía cubierta de surcos sanguinolentos, dejados por los cuatro felinos que, en forma de bolas de algodón, bufaban a la accidentada. Cuando nos acercamos a ella, terriblemente asustados, apenas respiraba. De repente, abrió el único ojo por el que veía de par en par, rojo y horroroso y, fijándole en mi rostro, me enganchó la manga del jersey con una fuerza inusitada, arrastrándome hasta ponerme a la altura de su boca. Su aliento pestilente me dejó al borde del vómito:

—¡Volveré a buscaros desde la tumba!— Dicho lo cual expiró.

Mi madre, alarmada por el grito, entró en ese momento en la habitación. Entre hipidos y sollozos, logramos contarle toda la historia. Llamó al médico y a mi padre. Ellos se hicieron cargo de todo. Nos explicaron que la prima había sufrido un accidente al resbalar y darse en la cabeza con el borde del baúl. A partir de ese día nuestra tranquilidad se evaporó.

La prima Carlota fue enterrada en el cementerio del pueblo. Cuando se llevaron su cuerpo, las horribles sombras que la habían acompañado durante su estancia en nuestro hogar junto con la pestilencia se esfumaron inmediatamente. Día a día mi madre recuperó el apetito y se restableció. La alegría retornó a la vivienda. Volvimos a hablar y a jugar tanto en casa como fuera de ella. Pero cuando llegaba la noche, para nosotros tres, todo cambiaba. Teníamos horribles pesadillas que nos hacían gritar como posesos. Durante una buena temporada nos dieron pastillas para dormir. Poco a poco las noches se hicieron más tolerables hasta que ya no necesitamos más medicación. Y llegó noviembre, vestido de otoño y llevando de la mano el Día de Difuntos.

En esa precisa fecha, amanecimos los tres primos muy nerviosos, nos sentíamos aterrorizados intuyendo que algo terrible iba a suceder. Por más que lo comentamos con mi madre, no nos hizo mucho caso. Bastante tenía con su embarazo que llegaba a su fin. Pensamos en pedir ayuda a alguien que supiera de muertos y fantasmas. Desesperados nos dirigimos a la iglesia para hablar con el cura. Estaba tan ocupado preparando la misa de difuntos que apenas nos prestó atención. Pero no realizamos el viaje en vano. El ambiente santo y misterioso de la capilla nos dio una solución a nuestro temor. Teníamos que defendernos de algo malévolo y demoníaco, y qué mejor arma que llevarnos una buena cantidad de agua bendita aprovechando la excursión. En la gasolinera nos hicimos con una lata de gasolina vacía que limpiamos lo mejor que fuimos capaces. Volvimos a la iglesia y nos deslizamos por la capilla hasta la pila de agua bendita. Con un pequeño cacillo que cogimos en la sacristía, conseguimos extraer el milagroso elemento y llenar el recipiente.

Ya en casa, y sin que mi madre lo advirtiera, rociamos con el sagrado líquido todo el contorno que ocupaban nuestras tres camitas juntas, incluso sobró la mitad de lo que habíamos recogido. Más tranquilos decidimos irnos a la cama temprano. Mi madre entró para contarnos un cuento y darnos las buenas noches. Estaba tan soñolienta que no reparó en el hilillo de agua que rodeaba los lechos. Cuando hubo salido, atrancamos la puerta con una silla y nos impregnamos de la santa esencia de arriba abajo. Nos dormimos inmediatamente iluminados por la tranquilizadora luz de la mesilla.

Entre sueños escuchamos las campanadas de la medianoche en el reloj del salón. Un crujido en el pasillo hizo que nos incorporásemos los tres al mismo tiempo. El sueño se evaporó y en su lugar un terror sin parangón nos paralizó totalmente. Reparamos en que la luz de la mesilla se había apagado y el interruptor no funcionaba. La habitación aparecía sumida en tinieblas espesas y malolientes. Un tenue rayo de luna, colándose por la persiana, nos permitía distinguir cada bulto de la estancia. Los tres nos abrazamos sobrecogidos de pánico con los ojos fijos en el picaporte. Destapé la botella que contenía el resto de nuestro valioso armamento. Volvieron los crujidos, ésta vez rítmicos y característicos, acompañados del tap, tap de un bastón. Se detuvieron en la puerta de nuestra alcoba. El pomo giró lentamente y la puerta se abrió de par en par. El mueble que impedía el paso a la habitación se había volatilizado.

Una nube podrida y maloliente, a carne putrefacta, lleno el recinto. El horror del momento nos impidió vomitar. La siniestra silueta se recortó a contraluz. El monstruo se acercó a las camas. Un siseo inhumano se escuchó seguido de un pavoroso alarido. El ser había pisado el círculo de agua bendita. Arrojé el resto del envase a la horrible figura. Una mano helada y huesuda trató de capturar mi brazo. Las fricciones del sacro elixir que me envolvían como una segunda piel, me salvaron de ser arrastrado fuera del círculo. Trozos de una masa informe y llena de gusanos quedaron adheridos, allí donde toco el infame ser. La silueta vencida y medio deshecha, se transformó en un venenoso gas que se alejó por las escaleras, perdiéndose en gemidos lejanos. No volvió a molestarnos el resto de la noche. Mi madre jamás pudo quitar las extrañas manchas, que como inexplicables huellas de pies descarnados, partían desde nuestra habitación hasta la puerta de la calle.

Los años pasaron y nos convertimos en hombres, pero hubo cosas que nos persiguieron a través de nuestra metamorfosis de niños a adultos. Una de ellas fue sin duda el recuerdo de la prima Carlota, el miedo que despertó en nosotros siendo pequeños, nos continuó persiguiendo año tras año.

           Hoy es Día de Difuntos: Se abrirá la puerta de comunicación entre el mundo de los vivos y los muertos. Y ésta noche, como cada año desde la muerte de la prima Carlota, los tres, allá donde nos encontremos, haremos el sagrado ritual de empaparnos y rodearnos por un círculo de agua bendita. Los muertos siempre cumplen sus promesas. FIN

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María Teresa Echeverría Sánchez.