relato de misterio

LA ENGAÑOSA LUZ DEL CREPÚSCULO.-

Todo sucedió en primavera. El día tocaba a su fin cuando el resplandor del atardecer me quemó la retina.  Me tenía aturdida la visión espectacular del cielo en llamas: las nubes reflejaban los rayos locos y desesperados de un sol que no quería desaparecer entre las montañas teñidas de oscuridad.

Fue una visión, un roto en el tejido del universo, algo imposible de olvidar. Deslumbrada por el atracón visual de la puesta de sol y la rápida desaparición de tan rutilante presencia, mis ojos se movieron inquietos en un mundo tenebroso y amenazador. Los vi justo en ese momento, en un pestañeo; cientos de ellos, quizá miles, apelotonados muy juntos, esperando para atacar. Las garras se dispararon, los dientes hendieron el aire, ávidos de una presa que despedazar. Una fuerza sobrehumana me hizo saltar hacia atrás, un resorte que disparó el terror más absoluto. Aun así, no me libre de los arañazos del cuello y el mordisco de la mano.

En una fracción de segundo los ojos se acostumbraron al ambiente, visualizando las tranquilizadoras formas del salón de mi casa a la vez que los monstruos se esfumaban. Me pareció despertar de una pesadilla larga y cruenta que me tenía atrapada sin remisión. Abandoné el cristal de la ventana sin darle la espalda, erizados los pelos de la nuca, en espera de que las abominaciones se materializaran en el cuarto. Aguardé largo rato casi sin atreverme a respirar. Al fin llegó mi madre de hacer la compra. Oí su llave arañar la cerradura. Encendió las luces del pasillo y me vio parada en medio del salón.

─Marga, ven a echarme una mano con la compra.

Vaciábamos bolsas en un trajín acompasado, colocando botes y envases encima de la mesa. En uno de los virajes, mamá me atrapó la mano.

─¿Dónde la has metido? Está más negra que el carbón. ¡Mira que eres cochina! ¡Lávate bien esas manos, que vas a poner todo perdido!

Y al chorro del grifo del baño restregué con furia la negrura que la envolvía. Cuanto más la friccionaba más pequeña se volvía, hasta que apenas me quedó mano.  Al levantar la mirada hacia el espejo observé las lágrimas escapar de los ojos al mismo tiempo que descubrí  las oscuras y horrendas marcas del cuello. Me pregunté cuanto tardaría en morir si, al lavarme, el cuello desaparecía.

Desde entonces siento pavor a los días de lluvia, a las bañeras, barcos y estanques. Camino a través de los años escondida en ropajes plásticos y gafas oscuras. Nunca he vuelto a observar un atardecer de luces rojas. No obstante, siento unas presencias acechantes que en cualquier momento me atraparán.

OCURRIÓ EN CARNAVAL.-

Fue el colmo de las peleas. Esta vez el jarrón chino, sobreviviente a los últimos altercados, se hizo añicos en el suelo: la onda Ming, formada de minúsculos trozos de porcelana, se incrustó en la frente de Pierre produciendo el trabajo de un centenar de pequeñísimas cuchillas. Se formó un rio carmesí con muchos afluentes. El reguero rojo le cegó al momento. Su cólera, avivada por las heridas, hizo que saliera de su escondite y se dirigiera directamente al de la muchacha. Esquivando objetos voladores, llegó hasta Mar, la sacó a rastras del hueco del sofá y comenzó a zarandearle mientras gritaba.

            ─¿Qué demonios te pasa, estúpida? ¡Mira cómo has dejado el suelo…, mi jarrón… serás hija de…! ─Chilló igual que un demente mientras el puño se hundía en el muro de la pared. La chica tembló aterrorizada, escabulléndose hacia la puerta. En su carrera arrastró la mantita de cuadros que sobrevivía intacta a la intensa batalla. Se precipitó escaleras abajo como una tromba de desesperación y salió a la calle. Corrió hacia la vía principal huyendo de Pierre. En la huida acertó a envolverse con la tela, aislándose del frío de la noche. El viento gélido se llevó los olores de la manta mezclando las imágenes de felicidad con la de un amor hecho añicos. No soportaba las mentiras de Pierre, el tono conciliador de su voz, sus regalos caros y absurdos que le gustaban sólo a él mezclado con el aroma de sándalo de su perfume, con el que se bañaba, dejando un reguero de olor masticable en sábanas, sofá y toallas, igual que un perro meando en las esquinas. En consecuencia, le odiaba profundamente, con el mismo calado al que había llegado su amor. Empezó a hacerlo cuando le perdonó la primera vez, y fue en aumento conforme hacían las paces tras las riñas, que se sucedían pegadas, unas a otras, como las cuentas de un rosario. Lo peor de todo fue descubrir que no se reconocía a sí misma.

 Se alegró de ver la sangre correr por el rostro de Pierre. Este disfrute era insano y demencial, lo sabía, pero merecía la pena: al fin había rasgado la superficie de un animal que se escondía bajo piel humana. Oyó su voz  de demonio desde el balcón:

            ─¡Nunca escaparás de mí. Te encontraré, Mar, allá donde te escondas!

Porque siempre la descubría y ejercía su poder para convencerla y tornar la verdad en duda y lo amargo en dulce. Parecía leer sus ideas, conocía el modo de meterse en su cabeza. Quizá se había vuelto demasiado predecible y eso no era bueno para ninguno de los dos. La dependencia de su cercanía la llevaba a repetir el mismo error una y otra vez.

Se paró en el escaparate de los electrodomésticos y observó su reflejo en el cristal del televisor apagado. Envuelta en la manta, con el pelo revuelto y el rímel corrido, desprendía un aura de patetismo que la produjo dolor físico. Se dobló en dos igual que si un puño invisible la hubiera golpeado en los intestinos. Los ojos de loca la buscaron una vez más en aquel espejo oscuro, hasta que en su mente brilló la solución a sus problemas con una sorprendente claridad: debía llegar al viaducto, allí el sufrimiento acabaría. Era el límite de la frontera, un salto hacia la libertad.

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La música de las comparsas la hizo volver en sí. Se vio inmersa entre el gentío que acompañaba un ataúd abierto por el que asomaba una sardina gigantesca, envuelta en escamas de oro y plata. Un grupo de viudas enlutadas, lloraba a gritos el final del carnaval. Hombres, mujeres y niños seguían el cortejo, disfrazados unos, riéndose otros. La marea humana la arrastró entre gemidos lúgubres, sollozos y ritmo de tambores. Logró zafarse del populacho en una calleja oscura y miserable. Sus pasos se perdieron en el cemento de la acera produciendo un eco de soledad absoluta. Se volvió inquieta antes de tomar un nuevo rumbo. Un individuo con máscara de porcelana y túnica hasta los pies acababa de dejar el desfile para seguir sus mismos pasos. La alarma sonó en su cabeza y echó a correr presa del pánico. Torció a la derecha, luego a la izquierda, golpeándose con las esquinas, trastabillando entre las motos aparcadas. Se escondió en un portal con el fin de despistar a tan horrendo personaje. No escuchó ruido de botas o zapatos; un silencio asfixiante había extinguido cualquier sonido. Por fin salió de su escondrijo y atisbó la calle. Le vio fluctuar, a unos cuantos metros de allí, aguardando impasible. Al verla aparecer, de inmediato se dirigió hacia ella sin emitir ni un susurro. Parecía volar sobre el suelo. Aterrorizada, corrió entre callejuelas que jamás había pisado hasta que el agotamiento la venció. Se acurrucó entre unos cartones esperando que su presencia pasara desapercibida, aguardando con el corazón golpeando a ritmo de salsa. Procuró tranquilizarse, temía que sus latidos pudieran alertar al perseguidor. Aguardo sin apenas respirar.

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Agotada, los ojos se le cerraron en una vigilia de pesadillas y rostros de porcelana. Cuando recobró la conciencia, desde su escondrijo de cartón, lanzó una mirada sondeando los alrededores. Todo se hallaba desierto y el alivio se coló en sus pulmones. Se zafó de las cajas con el firme propósito de volver al calor de su casa, de perdonar una vez más al odioso Pierre; incluso esta opción le pareció aceptable.

Llevaba caminando un buen rato tratando de orientarse en la extensa red de callejuelas malolientes. Le dolían los pies y notaba el frío pegado a los huesos. De vez en cuando volvía el rostro a su espalda esperando ver al espectro que la acosaba. Se persuadió de que el individuo era fruto de una de las pesadillas que solían habitar sus sueños. Al volver una esquina se topó con él, apenas estaba a dos palmos de su cara, esperándola. Le observó con detenimiento mientras un escalofrío reptaba por la columna vertebral y erizaba todo su vello: Llevaba una túnica negra, densa y pesada. La máscara de porcelana reverberaba en nácar y dorado confiriéndole la apariencia de un fantasma. Las telas que le recubrían temblaban al compás de un soplo de viento que nacía y se extinguía a su lado, originando en los tejidos ondulaciones como si flotaran en una atmósfera sin oxígeno.

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            ─¡Ya está bien! ¿Qué quieres? ─ La muchacha se encaró  con el espectro.

            ─A ti. Vengo a cumplir tu deseo. ─Escuchó en su cabeza.

Mar tembló. Supo enseguida a qué se refería. Ya no huyó, al fin y al cabo era lo que ansiaba. Esperó a que la dantesca figura le diera alcance y, poniéndose de puntillas, le arrancó la máscara. Una niebla enlutada escapó de aquel agujero de negrura envolviéndola de inmediato. Notó la laxitud de la falta de sangre y la vida escapando lejos. Mientras se deshacía en polvo, los recuerdos se proyectaron ante sus ojos a velocidad portentosa, hasta que perdieron color transformándose en cenizas. Antes de dejar de ser, encontró el que atesoraba en un rincón oculto: la imagen de su madre. Se aferró a ella desintegrándose las dos a un tiempo.

Lo único que Pierre halló en el viaducto, fue la mantita de cuadros del sofá y una máscara de porcelana. Esta vez Mar había escapado.

María Teresa Echeverría.


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LA CASA EMBRUJADA.-

La casa se despertó, al fin, después de estar aletargada durante unos cuantos meses. Abrió las ventanas y dejó entrar el aroma de la primavera. El perfume de las mimosas la puso melancólica trayendo a su memoria tiempos pasados, retazos de cuando estuvo habitada.

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Era una edificación centenaria, con cimientos recios, tan sólidos que habían resistido varios terremotos sin inmutarse. Pero lo que más temía no era precisamente esta clase de fenómenos sino a algunos hombres, esas criaturas pequeñas y enfermizas que pretendían destrozarla de arriba abajo.

Le encantaba estar habitada, recobraba cierta lozanía siempre que tenía nuevos inquilinos. Apreciaba a los que eran de temperamento tranquilo y la amaban tal como era, sin querer cambiar nada de su estructura. En cambio los “destructores”, que todo lo estropeaban, o los “renovadores”  que se liaban a tirar paredes a diestro y siniestro, se ganaban de inmediato todo su odio, y eso no era nada bueno.

La casa tenía dos plantas y un gran sótano: lugar donde escondía sus más sórdidos secretos, ─igual que cualquier otro edificio─ se decía cuando pensaba en ello. Allí ardía su corazón centenario junto con su colección de tesoros. Sólo de pensar en ello, hizo que el porche se curvara haciendo que el columpio se disparara de un lado al otro emitiendo incontables chirridos.

─¡Ah, la música!─ Pensó la mansión escuchando los sonidos de afuera y meneando las lámparas al compás. Alegre y peripuesta, se hallaba lista para recibir ya a sus nuevos invitados. Sin más dilación, acercó el cartel que tenía escondido entre los matorrales, que decía: “se vende”, hasta pegarlo en la verja, a la vista de todos los que pasaban. Los agentes inmobiliarios trataban de liquidarla a precio de saldo o, incluso, alquilarla, sin mucho éxito. Se la consideraba problemática, quizás porque ciertos objetos se movían a su antojo, o tal vez por los terribles sonidos que se escuchaban algunas noches. Ella se rio de los comentarios, se consideraba como cualquier otro hogar de la vecindad, ciertamente con más experiencia y un somero tufo a moho, pero sin duda moderna y funcional.

No tuvo que esperar mucho para recibir unas cuantas visitas. Se encargó personalmente de ahuyentar a los indeseables y se mostró encantadora con los demás. Sabía cómo agradar: abría puertas y ventanas hasta que el perfume del jardín lo invadía todo. Se mostraba obsequiosa con los niños y mascotas, a los que vigilaba para que no sufriesen el menor contratiempo cuando la inspeccionaban por primera vez. Amortiguaba los sonidos de las cañerías, taponaba las goteras, incluso encendía la chimenea si la temperatura así lo requería.

Al fin fue vendida. Con enorme ilusión esperó la mudanza de la nueva familia. Había hecho una sabia elección. Eran encantadores, excepto el abuelo que se iba a instalar en el sótano, su santuario. Aguantó estoicamente los días de extrema limpieza; las desinsectaciones; los cambios de grifería y a los pintores. Al fin estuvo lista para ser habitada y disfrutada en todo su esplendor. El barniz de los suelos brillaba como un espejo y la escalera fue restaurada, haciendo imposible que la casa pudiera mover los escalones, hecho que la enojó bastante. Aunque enseguida descubrió que uno de los peldaños había quedado suelto. ─¡Menudos chapuzas!─ Pensó alegremente. Le encantaba tener el control, era su territorio.

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El sótano fue alfombrado y adaptado al vejete, que siguió protestando cada día por cualquier nimiedad. El hombre daba patadas en el piso y bastonazos en las paredes intentando hacer desconchones y romper el pavimento. En una ocasión lo consiguió pero la mansión logró taponar aquel acceso a su mundo privado.  La casa disfrutaba cuando este se iba a visitar a sus amistades y podía acariciar sus posesiones enterradas en lo más profundo de sus cimientos. Harta del viejo personaje, decidió tomar cartas en el asunto: esa noche, cuando el anciano dormía, abrió un agujero en el piso y modeló unas escaleras. Despertó al anciano y entre cuchicheos y ruidillos logró atraerlo a su rincón. Rápida como el rayo, selló el suelo y encerró al vejete. Nadie volvió a saber de él. Su hija pensó que se había fugado y durante meses puso carteles por la vecindad por si alguien lo encontraba.

La casa esperó pacientemente a que solo quedara del anciano sus restos óseos, y colgó el esqueleto al lado de los demás. Esa noche escuchó a la banda del parque dar su audición mensual. Enseguida se unió a ella igual que hacía siempre: abrió varios agujeros en el subsuelo, meticulosamente estudiados, y dejó que el viento se encargara de interpretar su composición. El aire silbaba con fuerza inusitada penetrando en el santuario, empujando a los esqueletos a una frenética danza en la que entrechocaban sus huesos ininterrumpidamente. La balada alegró su alma de tierra fermentada provocando que las plantas de más arriba se movieran al terrible son. Los nuevos inquilinos, aterrorizados, asistieron a su primer concierto.

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LA MALDICIÓN – (Historia incluida en RELATOS INQUIETANTES DE LA NUBE II)


 

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“Cuando el hechizo entra por la puerta, el sentido común sale por la ventana”. (Salman Rushdie).

 

4.- LA MALDICIÓN

Llovía a mares cuando salimos del Getty´s Bar, el sitio de moda donde se daban cita todos los artistas sin dinero que pululaban por la ciudad del Sena. Los charcos reflejaban las luces ambarinas de los cabarets que iluminaban la noche parisina. Precisamente esa velada había decidido dejar atrás la tristeza de sentirme huérfana aceptando una invitación de mis amigas. Hice que me cortaran la melena a la altura de los pómulos, me puse mi mejor vestido recubierto de flecos de plata, en el que destacaba mi única joya, un antiguo broche de zafiros y rubíes que heredé de mi madre junto con un abrigo de pieles bastante ajado. Ella murió cuando yo tenía un año, dejándome al cuidado de un inexperto padre, también fallecido recientemente.

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 Disfruté tanto de la fiesta, llena de charlestón, jazz y tangos, que por un momento olvidé que debía volver a mi piso, frío y desierto, que hacía tiempo había perdido la cualidad de llamarse hogar. Mis amigas decidieron asistir a la actuación de Josephine Baker, en un garito de snobs, dos calles más abajo. Ella era una cantante de color que se encontraba muy de moda en aquellos meses. Yo me hallaba tan agotada que paré al primer taxi que pasó y me despedí de ellas para regresar a mi casa. Comuniqué mi dirección al chofer y el coche partió a toda velocidad atravesando La Place Vendôme y perdiéndose entre mil callejuelas. De repente, observé aterrada que nos encontrábamos a las afueras de París, cruzando como una centella el Bosque de Boulogne.

—¡Oiga, pare inmediatamente! ¡Este no es el camino que le he dicho!— Grité desesperada. Pero el coche continuó con su loco traqueteo—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me han secuestrado! ¡Ayuda!— Seguí chillando como una posesa hasta quedar afónica. El conductor siguió haciendo caso omiso a mis gritos. Pensé en saltar del coche pero era tal la velocidad y los bandazos que íbamos dando que desistí. Me preparé para lo peor. Ya me imaginaba violada, asesinada y enterrada en aquel bosque donde nunca encontrarían mi cadáver. Comencé a temblar y a buscar entre mis pertenencias algún tipo de arma con el que defenderme. Cogí el alfiler que me sujetaba el gorro y lo sopesé en la mano. Armada con mi humilde estilete con cabeza de perla, aguardé mi destino.

El coche se internó por un caminillo de piedras y se detuvo a la puerta de una mansión vieja y deslustrada, pero que todavía conservaba el halo de haber sido, hacía años, un edificio elegante, de líneas clásicas, con cierto toque renacentista en unas columnas dóricas, lugar en el que se asentaba un porche que se abría a un enorme jardín. La luz de la luna me reveló una gigantesca extensión de verdor donde un lago reflejaba el astro de la noche bañado en brumas de agua. Al fin, el coche se detuvo justo ante la puerta principal de la edificación. El chófer, un hombre maduro y bastante atractivo, vestía un anticuado uniforme, y me tendió una mano solícita para ayudarme a bajar del vehículo. En su rostro vi reflejado un sentimiento de lástima inimaginable. Lo achaqué a mi lamentable aspecto. El mareo de tan ajetreado viaje todavía me producía ciertas dificultades al caminar, y tuve que agarrarme a aquel brazo obsequioso y galante que me condujo a través de un portón de madera, hasta pararse en el interior de un fabuloso salón en el que ardía una alegre fogata, quizá demasiado escasa para tan magno recinto. Un anciano, envuelto en un batín de seda, se levantó con mucha dificultad para saludarme efusivamente.

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—¡Mi querida niña! ¡Qué alegría conocerte al fin! ¡Soy tu bisabuelo! Sé que te estarás haciendo mil preguntas y ahora mismo voy a responder a cada una de ellas. Pero ¡Siéntate, por favor! Acércate para que te mire. Eres la viva imagen de tu madre. Mi única hija te apartó de esta casa intentando evitar lo inevitable. ¡No podemos perder más tiempo! ¡Arrímate al calor de la chimenea y escucha atentamente lo que tengo que decirte!

¡No podía creer lo que estaba oyendo! En diez minutos fui informada sobre una maldición hecha hacía cinco siglos, que condenaba a morir a las mujeres de la familia cuando cumplían los veinticinco años. El viejo observó el broche que llevaba sujeto en mi vestido e inmediatamente señaló uno de los cuadros que presidía el salón. Una mujer vestida con ricas y antiguas ropas, exhibía la misma joya que yo portaba, aposentada entre un mar de encajes. El prendedor era inconfundible, presentaba la silueta de una cortesana danzante, absolutamente tachonada de zafiros y rubíes colocados estratégicamente que, al atrapar la luz, producían la ilusión óptica de movimiento constante. La sorpresa me dejó sin palabras, y no solo esa noche sino varios días después. Me instalé en la mansión con mis pertenencias, abandonando el húmedo y lúgubre piso en el que había vivido hasta ahora, olvidando mi mala situación económica que mi bisabuelo se encargó de mejorar notablemente. Allí me dediqué en cuerpo y alma a tratar de salvar la vida de un horrible fin. Tenía de plazo un año para intentar zafarme de la terrible amenaza que se cernía sobre mí. Se me asignó el ala izquierda de la mansión donde encontré cantidades ingentes de material de estudio que había pertenecido a mis antepasadas.

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La felicidad que experimenté al encontrar a mi bisabuelo quedó eclipsada por las terribles muertes de mis antecesoras, narradas por mi pariente con pelos y señales, haciéndome temblar de puro terror ante mi destino.

—¡Todas perecieron entre las llamas!— El bisabuelo susurró entre gemidos. Testigo de la muerte de su hija primeramente y de su nieta años después; vio arder a ambas en el lago próximo a la mansión.

La información que me dio mi pariente, junto con ciertas investigaciones que realicé por mi cuenta, me revelaron, sin ninguna duda, el origen del sortilegio que había perseguido a las mujeres de mi familia desde hacía cuatro siglos: El vizconde de Marais, personaje viudo, rico y muy poderoso, ligado con cierta secta adoradora de Isis y los sacrificios humanos, profundamente prendado de la belleza legendaria de una de mis antepasadas, Marguerite Campagne, quiso añadirla a su colección de esposas. Ella haría la número seis, cifra cabalística muy arraigada en las creencias del futuro esposo en cuestión.

Puso en marcha todo su encanto y también su dinero para conseguir la mano de mi antepasada; como muestra de su profundo amor y para la petición de mano, la obsequió con el magnífico broche, que ahora yo poseía, realizado por un  misterioso orfebre y cabalista judío.

La muchacha, embarazada de pocos meses, de un novio que resultó muerto en el campo de batalla, se hallaba en situación desesperada al igual que el honor de su familia. Cuando tal propuesta llegó a manos del Marqués de Campagne, padre de la joven, no dudó un segundo de que la proposición de matrimonio era la respuesta del cielo a sus plegarias, una solución perfecta para su hija. Así, en el corto plazo de dos semanas, la muchacha, cuyo embarazo apenas se notaba, fue obligada a casarse con un hombre al que no amaba.

 En poco tiempo una llama de pasión brotó entre ambos esposos, sentimiento que quedó extinguido cuando la vizcondesa dio a luz una niña, perfectamente formada, a los cinco meses de su matrimonio. El marido percatándose del engaño del que había sido objeto, juró venganza ante la estatua de Isis e inmoló a su consorte en una pira, pronunciando la pavorosa maldición con la que condenaba a muerte a todas las descendientes de su esposa. Oyendo los alaridos terribles de su mujer quemándose en la hoguera, a la que había llegado a amar profundamente, arrepentido de su acción saltó a la misma intentando salvarla. Pero ya era tarde y los dos perecieron abrasados.

Encontré la tumba de los Vizcondes de Marais, ubicada en el cementerio de Montparnase. En una lápida medio destrozada por el paso del tiempo, aún se adivinaban los nombres de los aristócratas. Y allí, ante ellos, me juré a mí misma que yo sería la excepción de la larga lista de muertes en mi familia.

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Dejando mi tesis doctoral abandonada, me dediqué por entero a “salvar mi vida”, sumergiéndome de lleno en el estudio de muchos de los papeles que poseía. Así comencé mi estudio sobre la diosa Isis, cuyo terrible poder me dejaría convertida en una pavesa humana si no me espabilaba:

”Por muchos milenios, Isis fue una diosa de los Antiguos Egipcios, que mantenía el equilibrio entre el Mar Mediterráneo y el corazón de África, puente entre la cultura Europea y Africana. Después, hace poco más de dos mil años, el culto a Isis emigró alrededor del Mediterráneo hacia el mundo griego, después a Roma extendiéndose por todo el Imperio romano, llegando incluso hasta los límites de occidente como era la mismísima Gran Bretaña. A medida que su culto se movió más allá de los confines de Egipto, Isis absorbió las cualidades y atributos de las otras grandes diosas del mundo Mediterráneo y las tierras de alrededor. Ella se convirtió en Isis de los muchos apelativos y de cientos de naturalezas: Isis Reina del Cielo, Isis Estrella del Mar, Isis Fortuna, Isis Minerva, llegando a ser conocida por gran cantidad de nombres más”. Así averigüe cómo una deidad del Antiguo Egipto había echado raíces en la capital del Sena.

En un manuscrito de la obra de Boccaccio, llamada “De claris mulieribus”, conservado en la Biblioteca Nacional de París,  encontré una miniatura en la que se veía, con toda claridad, una figura sentada en una barca arribando a una ciudad que se parecía mucho a París.  Bajo la imagen, el capítulo comenzaba de este modo: “La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios…”. Me quedé atónita al leer la palabra “Barís” (muy semejante a París) escrita en letras góticas en aquel bote que portaba a la divina mujer. La villa del dibujo representaba una ciudad fluvial muy parecida a la capital de Francia que, en aquel tiempo, fue designada con ese mismo nombre “Barís” que luego evolucionó a París. La diosa egipcia tuvo su primer templo no lejos del Sena en la que hoy en día es la iglesia de Saint Germain-des-Prés (el templo más antiguo de París).

Hacía allí encaminé mis pasos dispuesta a conocer, al fin, a mi rival. No había ni rastro de estatua alguna, sólo unas páginas en las que se decía que en el siglo XVIII se había descubierto una escultura de esta diosa donde se la describía igual que una mujer delgada, alta, erguida, negra, casi desnuda, ataviada con ropa vaporosa adornada de pliegues alrededor de sus extremidades y que se encontraba situada en la pared del lado norte, al lado del crucifijo de la iglesia y era conocida como el ídolo de Saint-Germain-des-Prés. La iglesia a finales del mismo siglo había sufrido una explosión fortuita que afectó al claustro y un incendio que destruyó su importante biblioteca. La estatua desapareció en aquel periodo sin dejar rastro.

Para no regresar a mi hogar con las manos vacías, me hice con un gran garrafón que llené, con el permiso del párroco, de ingentes cantidades de agua bendita, líquido que nunca venía mal contra las fuerzas oscuras. Me di un buen baño con ese elixir pero no noté nada especial. La maldición seguía acechándome.

Probé toda clase de baños para alejar el mal: de hojas de ruda y clavo de olor que, según decían, ahuyentaba las influencias negativas; encendí velas blancas, dibujé seres de luz que me protegiesen cubriéndolos de pétalos de rosas y claveles blancos como la nieve. Mi bisabuelo me observaba muy preocupado mientras probaba, incansablemente, fórmulas mágicas que iba consiguiendo en libros antiquísimos, con el fin de librarme de mi destino. Al mirarle a los ojos vi que temía no sólo por mi vida, sino por mi equilibrio emocional.

Entre investigaciones y estudios llegué a la fecha anterior a mi aniversario y me encontré absolutamente desesperada.

Mi ánimo se tornó de lo más sombrío ¡Iba a morir sin remisión! Un terror sin precedentes me dejó por unos momentos paralizada. Luego mi naturaleza combativa salió a flote. Me vestí mis mejores ropas, que dicho sea de paso, eran muchas y lujosas, regalo de mi bisabuelo que me demostró siempre un cariño sin límites, quizá porque era el único miembro de su familia que todavía quedaba con vida o tal vez porque estaba convencido de que iba a morir en breve y deseaba darme cualquier capricho en este corto periodo de tiempo.

En la solapa me prendí el broche de la bailarina de piedras preciosas a juego con una valiosa pulsera mandada hacer por mi bisabuelo recientemente. Agarré mi bolsa de herramientas, el frasco de agua bendita, mi colección de crucifijos, amuletos de todos los tamaños y formas, más una selección de reliquias compuesta por una veintena de objetos sagrados de muchas religiones que, por su pequeño tamaño, eran fáciles de transportar.

El chofer, hombre que siempre estaba a mi servicio, que en estos últimos meses se había mostrado leal y dispuesto a acompañarme en las aventuras más descabelladas, cargó con mis utensilios mientras yo me despedía de mi bisabuelo.

            —¡No te vayas, niña! Quiero estar a tu lado pase lo que pase.

            —¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada! ¡No quiero que veas cómo me consumo! Lo que me llena de tranquilidad es saber con certeza que la maldición morirá conmigo. No tengo descendientes que puedan transmitir este estigma y, por fin, esta pesadilla que comenzó hace tres siglos se terminará.

Con un gran abrazo lleno de lágrimas y de puro agradecimiento, monté en el vehículo y me dispuse a ir al escenario ideal para abandonar mi corta vida, la tumba de mis antepasados.

Cuando el crepúsculo del atardecer teñía el cielo de rosas y grises, el chófer y yo saltamos por una de las vallas más deterioradas del cementerio de Montparnasse y nos internamos en él, recorriendo caminillos y vericuetos que nos condujeron hasta el mausoleo familiar. Faltaban pocas horas para la media noche y quería aprovecharlas hablando, gritando e increpando a los que me habían metido en tan descomunal atolladero.

 Comencé mi perorata que fue subiendo de tono conforme mi enfado salía a la superficie. A la luz de las linternas observé esas viejas esculturas que no reflejaban odio ni terror, un hombre y una mujer vestidos con ropas antiguas que miraban con amor al bebé de piedra que sostenía la mujer entre sus brazos. Me subí en la plataforma de mármol para observar mejor las estatuas. Los fui acariciando uno por uno, en un vano intento de hallar algo de calor en el trío familiar que, inamovible, miraba al vacío. Mis dedos tocaron al niño de piedra, recorriendo su carita redonda de rasgos de angelote. Percibí que esta escultura no parecía haberse tallado en el mismo bloque que las de los adultos. Había cierta holgura entre ellos. Solicité la ayuda del chófer para separar aquella pequeña estatua del conjunto de mármol. No costó demasiado esfuerzo hasta que sostuve entre mis manos al bebé de piedra. Un gran agujero se abría entre las estatuas. Alumbre con una antorcha aquella oquedad que parecía esconder algo en su interior. Con mano decidida, ya no tenía nada que perder, me apresuré a inspeccionar el agujero con detenimiento. Toqué un objeto que pude sacar sin esfuerzo por la boca de la oquedad. Se hallaba envuelto en una funda de tela encerada. Ante mis ojos vi aparecer a Isis en todo su esplendor de oros y piedras preciosas, presentando en su pedestal unas cuantas frases grabadas en latín. Leí atentamente aquellas palabras antiguas y supe de inmediato, aún sin conocer ese lenguaje, que se trataba de la maldición. ¡Por fin tenía delante a mi rival, la diosa que había destruido a todas las mujeres de mi familia!

Me separaban escasos minutos de la media noche, fecha en la que oficialmente cumpliría veinticinco años y la maldición se cumpliría, una vez más. Decidí aprovecharlos al máximo. Bañé a la diosa en agua bendita, le colgué unos cuantos crucifijos y recé fervorosamente a mi Dios implorando su ayuda; ni siquiera con el pensamiento rogué a aquella diosa antigua que me repugnaba sobremanera por ser el origen de la maldición.

Aterrada, vi desfilar en mi mente las imágenes de mis antepasadas portando el lujoso broche. Me lo quité de la solapa y lo acuné entre mis manos y, en ese instante,  un círculo de fuego me envolvió. La estatua de la diosa, colocada en la tumba, pareció reírse de mi infortunio. Furiosa como jamás lo había estado, cogí una piedra y destrocé la joya machacándola, pulverizándola sin piedad. Un grito desgarrador de dolor inconmensurable escapó del broche, llevándose con sus alaridos las llamas abrasadoras que habían prendido en mis zapatos. No quedó rastro del fuego que hacía un instante amenazaba con engullirme. Pasaron unos minutos de las doce de la noche y yo seguía viva. Casi no me atrevía a respirar por temor a que el fuego hiciera de nuevo su aparición. Pero no fue así, el hechizo se había roto, por fin, al destrozar esa prenda de amor que guardó tan celosamente mi antepasada. Me percaté, sin embargo, de que la estatua de la diosa antigua había desaparecido. Por más que la busqué no pude dar con ella. Pero ya no me importó.

 Ante mis ojos atónitos el mundo se llenó de color. El chofer y yo nos abrazamos emocionados ¡Por fin había recuperado mi futuro!


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“Algunos sostienen que la palabra VENETIA significa VENI ETIAM, es decir, vuelve una y otra vez, porque por muchas veces que vengas a esta ciudad, siempre verás nuevas cosas y nuevas bellezas” (Jacopo DÁntonio Sansovino)

RELATO VENECIANO.- (“Relatos inquietantes de la nube” – de venta en Amazon)

Había llegado el momento de la gran elección. Acabada mi carrera de arte ahora tenía que decidir el tema de mi tesis.

De todas las asignaturas que cursé, la que me había producido una especial fascinación durante los años que la investigué, fue sin duda la pintura, lo cual reducía el campo de estudio considerablemente; ahora tenía que elegir un pintor o un tema, incluso un cuadro para centrar en el mismo mi riguroso estudio.

Andaba fascinada por las pinturas de la escuela veneciana, pero no me decidía por ninguna obra concreta de Tintoretto, Tiziano o Veronés. Me atraía sutilmente Catena con sus cuadros de hermosas mujeres retratadas con etérea delicadeza y lujo, pero quería otro enfoque. Tal vez algo de tipo mitológico o incluso religioso. Necesitaba tiempo para meditarlo tranquilamente.

Comenté mis dudas en casa, una noche cenando la familia al completo; mis hijos y mi marido estuvieron de acuerdo que lo mejor que podía hacer, sin lugar a dudas, era pasar unos días en Venecia. Me encantó la idea y sobre todo que surgiera de ellos, así tan espontánea; sin pensarlo dos veces, decidí realizarlo cuanto antes.

En la agencia de viajes del barrio me encontraron billete para salir de inmediato. En dos días, me encontré volando con rumbo a la ciudad de las góndolas y los canales.

En el avión me dio tiempo a reflexionar sobre lo que había sido mi vida hasta este momento. Me vino a la memoria mis tiempos de secretaría antes de tener a mis hijos; mis años de mamá oca dedicada exclusivamente a educar y disfrutar de mis niños gemelos; luego mi etapa de estudiante ya entradita en años; lo difícil que me había resultado adaptarme a la universidad, sobre todo al principio, pero luego lo gratificante que fue aprender cosas nuevas, volver a estudiar, a hincar codos otra vez igual que cuando era adolescente; y sobre todo ver el orgullo en la mirada de los míos, cada vez que aprobaba un examen o les servía de guía en alguna de nuestras excursiones.

Por fin llegué a mi destino. Un transporte del hotel me esperaba y sin más llegué a mi residencia en el barrio de la “Accademia”. Dejé mi maleta y de inmediato me sumergí en las calles de la que iba a ser, por una temporada, mi nueva ciudad.

palacio ducal

No había visitado nunca este esplendoroso lugar. El encanto flotaba como una neblina enroscándose en cada rincón. Había oído decir que la Serenísima era una ciudad museo o también se la definía como un tentador escaparate de caprichos carísimos. Nada más lejos de lo que sentí recorriendo sus calles, algunas con solitarias plazas donde los pozos labrados de antaño todavía coexistían con modernas canalizaciones de agua; paseando por sus numerosos puentes veía pasar las góndolas, tranquilas, reflejándose en las verdes aguas de los canales que atrapaban en sus aguas una luz especial. Recordé una frase de Nietzsche que traducía en aquel instante mi visión de la ciudad: “Cien profundas soledades forman juntas la ciudad de Venecia, ésa es su magia”.

Perdida entre los pliegues de la Divina, desemboqué en una estrecha calleja atestada de gente que literalmente me llevaba, me resultaba incluso difícil detenerme para admirar los escaparates de máscaras, maravillosamente trabajadas en vivo y en directo por los artesanos, o los bordados de Burano, tan tenues y elegantes. El cristal de Murano de lámparas y figuras multiplicaba las chispas de luz, transformando las vitrinas en joyas irisadas. Embrujada por tanto encanto me detuve ante un escaparate de divinas máscaras y allí quedé con la nariz pegada al cristal admirando cada centímetro de lo expuesto, ajena al ajetreo de la zona.

            Repentinamente alguien me asió del brazo, arrastrándome con fuerza sobrehumana al interior de una de las tiendas. Me volví furiosa dispuesta a encararme con mi agresor, para encontrarme con un vejete de cara afable que me dijo entre susurros de misterio:

           —Señora, ya tengo su máscara terminada ¡Pase y pruébesela!

           —Pero yo no he encargado ninguna… ¡Eh! ¿Pero qué hace?

El anciano volvió a cogerme del brazo y me llevó a la trastienda. Para ser tan mayor tenía una fuerza sobrehumana. La protesta quedó congelada en mis labios al contemplar los increíbles antifaces que yacían esparcidos por las estanterías. El eficiente viejo trasteaba entre los rincones en busca de lo que me quería vender a toda costa. En unos segundos me encontré con una máscara atada a la cabeza y admirando el resultado frente a un espejo.

La carátula, en negro y oro y de apariencia felina, se adaptaba a mi cara como un guante; piedras preciosas ribeteaban las ranuras para los ojos. El acabado era impecable y poseía una apariencia de ser una pieza única, parecía muy antigua.

          —¡Es preciosa! Resulta muy cómoda de llevar, pero le repito que no he hecho ningún encargo.

          —Usted misma no, pero su tía vino hace unos días a pedirla expresamente para que estuviera lista para hoy.

mascara

Sin quitarme la máscara me volví a replicarle; el hombre había cambiado su ropa por un disfraz, o eso me pareció… al mirar hacia la tienda descubrí a otros personajes vestidos con trajes arcaicos que deambulaban entre los objetos de artesanía, probándose tocados y revolviendo el género. Confusa y asustada me quité la máscara y se la devolví al artesano. La gente de alrededor seguía allí pero, increíblemente, había recobrado su aspecto más moderno, el de nuestro tiempo. Un vahído se apoderó de mis sentidos. Me apoyé contra una de las estanterías hasta que el malestar pasó. Cuando abrí los ojos, todavía aturdida por la extraña visión, el anciano me colocó un envoltorio en las manos.

          — ¡Tenga su paquete, señora, y que la disfrute!

No sabiendo muy bien como encajar todo aquello, seguí paseando por callejuelas encantadoras, con mi bolsa de la mano, intentando quitarme el regusto de temor y sorpresa que el incidente me había producido.

En los escaparates, la pasta italiana se mostraba de todos los colores del arco iris, de grosores y tamaños inigualables. A la vista de tan suculento manjar, comenzó a entrarme hambre; compré una porción de pizza y una botella de agua y sentada sobre un puentecillo, di buena cuenta de tan exquisito banquete.

Me dirigí a la parada más próxima del “vaporetto”, la línea de barquitos que servían de autobuses acuáticos y que recorrían la ciudad y las islas cercanas. Compré un bono para varios viajes, resultaba más barato que pagarlos uno a uno, y me subí en el primero que llegó, comenzando así mi travesía por el Gran Canal.

Palacios con pies de agua se extendían pegados los unos a los otros, formando como alguien dijo “la calle más hermosa del mundo”. Los más antiguos se remontaban al siglo XIII, con detalles bizantinos, luego estaban los de estilo gótico como el que pasaba en ese instante delante de mí, ”Ca d’ Oro” con sus arcos entrelazados igual que un gigantesco encaje de bolillos. Las entradas de los edificios se encontraban por la parte del canal, rivalizando en ostentación y en algunos casos decrepitud y abandono. Recordando la última información que había leído sobre la ciudad y desplegando mi plano, encontré algunos edificios muy curiosos envueltos en leyendas negras. Uno de ellos enseguida lo ubiqué, se trataba de la “Casa Asesina” envuelta en mil leyendas que invariablemente siempre acabaron con la muerte de todos los dueños que la habían poseído. Había sido adquirida hacía poco tiempo, otro nuevo dueño intentaba romper la maldición ¡Pobre! ¡Lo que le esperaba! En el paisaje que contemplaba en esos instantes aparecieron los palacios del siglo XVI con la impronta renacentista y los edificios barrocos de una opulencia sin precedentes.

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Miré mi paquete, lo había guardado en una bolsa plegable y lo saqué para tantearlo. No me atrevía a abrirlo. Con los dedos seguí el contorno del objeto que se hallaba en su interior. No me quedaron dudas al respecto ¡Era una máscara! ¡La misma que alguien había encargado en mi nombre!

Volví a guardar el envoltorio. Su tacto me producía sentimientos encontrados de temor y atracción. Ya decidiría qué hacer con ella más adelante y seguí disfrutando de mi paseo. Después de un buen rato de navegar y observar el entorno con un enfoque de turista maravillada, llegué a la Plaza de San Marcos. Una emoción incontenible hizo que mis ojos se empañaran al punto del llanto.

La basílica con sus cinco cúpulas bizantinas, hermosa y orgullosa de sentirse especial, se mostraba ante mí con su exquisito vestido de oro y mármol.  El sepulcro de San Marcos descansaba rodeado de los elementos más lujosos que jamás hubiera imaginado, vigilado por las innumerables pinturas religiosas que lo bordeaban.

Cuando salía de allí me tropecé con un hombre que casi me tira al suelo; me pidió un montón de disculpas en italiano. Yo le contesté en español y enseguida entablamos conversación.

            —¡Qué bien habla el castellano!

            —Estuve un año trabajando allá, en su patria

            —¿Le gusta esto?

           —¡Por supuesto! Pero curiosamente “callejear” es con lo que más disfruto, imaginando cómo era la ciudad en su época más esplendorosa. Encontrando esos rincones que apenas visitamos los turistas y que son los que guardan la esencia del pasado.

           —Puedo acompañarla a lugares escondidos con una historia pintoresca que solo conocemos los de aquí, y después cenar juntos y así le puedo mostrar… mi pequeño palacio.

           —¡No, gracias! Prefiero descubrir los secretos de Venecia por mí misma.

          —Una dama tan gentil no debería ir sola por ahí. Permítame ser su guía mientras esté aquí. Estoy muy interesado en conocerla más…a fondo.

Decliné amablemente su oferta varias veces. Ya me marchaba cuando me ofreció una rosa que llevaba prendida en la solapa intentando impresionarme. El hombre se conducía de forma muy empalagosa. Lo cierto es que poseía un porte muy atractivo, alto, moreno, de ojos oscuros, el típico “amante latino” que, sin lugar a dudas, tenía mucho éxito con las extranjeras, un pequeño Casanova acostumbrado a llevarse a su lecho de seda oscura a toda la que se le ponía al alcance. Allí se quedó buscando una nueva presa.

Resultaba halagador que “todavía” siguiera recibiendo ciertas ofertas. Con una sonrisa en los labios subí al Campanile, donde pude disfrutar de una impresionante vista de la ciudad; luego vino la visita obligada al Palacio Ducal, el puente de los Suspiros, por el que los condenados se despedían del cielo y el mar con un último suspiro antes de ir a las mazmorras, lugar en el que estuvo cautivo el siempre recordado Casanova. Me fijé sobre todo en las magníficas pinturas de Tintoretto, decorando salas y techos.

Agotada y desfallecida, decidí volver al hotel. El día siguiente iba a ser decisivo en mi elección, cuando inspeccionara por primera vez el Museo de la Accademia. Al ser gratuito, podía visitarlo tantas veces como quisiera y estudiar detenidamente las obras que llevaba en mi guía cuidadosamente seleccionadas. Una de ellas sería la elegida.

La mañana llegó y a las 9 y media estaba ya en el museo, pateando la primera planta. Me entretuve con Bellini, luego pasé a “La Leyenda de Santa Ursula” de Carpaccio, después le llegó el turno al “San Marcos” de Tintoretto. Al entrar en una de las salas, mi vista se vio atrapada de inmediato por un cuadro que sobresalía entre los demás, “La Tempestad” de Giorgione. Lo miré y admiré desde todos los ángulos. Por fin ya tenía mi tema para la tesis.

la tempestad giorgione

Me senté en un banco para seguir admirando su luz y los personajes de la obra. Allí mismo sentí una intensa vibración seguida de un gran fogonazo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, observé que la estancia había cambiado y me encontraba en un estudio de pintura. Lienzos sin terminar se mostraban en los caballetes. Otros descansaban contra las paredes de oscura madera. Colgados por todas las enormes paredes se exhibían telas pintadas que tenían algo en común, los colores, la luz y los temas. Me acerqué al que parecía ser el maestro. Ni siquiera levantó la cabeza para saludarme o preguntarme qué hacía allí. Estaba pintando el cuadro que unos segundos antes se encontraba colgado en la pared del museo.

           —¡Oh, Dios mío, el maestro Giorgione en persona! – Exclamé en voz baja. No sé cuánto tiempo estuve admirando su técnica en mezclar tonos, en rectificar y colorear.

            —Esta mañana has venido temprano ¡Pásame el bermellón y siéntate ante tu lienzo a trabajar! Hoy tienes que procurar acabarlo para que seque bien. Hay que entregar el encargo enseguida— No me echó ni un vistazo y siguió poniendo y quitando colores totalmente abstraído.

Cuando iba a abrir la boca para preguntar sobre qué pintura debía trabajar, la escena desapareció y me encontré de nuevo sentada en la sala del museo. Venecia me afectaba la mente de un modo aterrador, o quizá existía otra explicación que ahora no llegaba a comprender. ¿Se estaría formando un coágulo en mi cerebro? Pero me encontraba bien, no tenía vahídos ni jaquecas. Era buena señal, decidí seguir con mi rutina e ignorar los insólitos hechos como si nada hubiera ocurrido.

 Ante mí se abría el comienzo de una intensa investigación, tanto del cuadro como de su autor, personaje misterioso con un pasado un tanto singular. El lienzo, datado en 1508, de 82 x 73 cm, mostraba un paisaje tormentoso con algunos rayos al fondo; en primer plano se observaba los arrabales de una ciudad, que servía como escenario a una mujer semidesnuda sentada a la derecha, amamantando a un rollizo bebé. A la izquierda un hombre sonriente miraba más allá de la mujer, como si la ignorara ¡Una pintura realmente inquietante!

Decidí darme un respiro para reponerme de tanta emoción y salí a pasear. El Canal me invitaba a visitarlo de nuevo; me dejé seducir por la imaginaria llamada y subí al “vaporetto”. La luz quedaba atrapada entre el agua y los palacios, tiñendo el entorno con ese aire antiguo de siglos pasados. Comencé a fijarme en la gente. Muchas mujeres iban con una rosa. Se celebraba el día de San Marcos y los amantes gentilmente ofrecían un capullo de rosa a sus enamoradas. Miré la que había recibido del seductor caballero de la catedral y sonreí divertida.

En una de las paradas que hizo el barquito, subió una anciana muy bien vestida y enjoyada; a pesar de sus años se podía adivinar la excepcional belleza que había sido en su juventud. Se encaminó hacia el hueco libre que había quedado a mi lado. Me lanzó una mirada perspicaz de sondeo profundo que no alcanzó su objetivo, pues en un segundo ésta se transformó en desmesurada sorpresa. Chocó contra el asiento y a punto estuvo de caer al suelo sino la hubiera sujetado del brazo. Su rosa salió volando por los aires y fue a caer al otro lado de la nave. Me levanté para recuperar la flor y solícita se la devolví.

          —Perdóneme por favor— Exclamó la mujer —Siento haberla molestado, joven.

Le aseguré que no tenía de qué preocuparse y comenzamos a charlar. De vez en cuando se quedaba callada observándome con ojos sabios y escrutadores. Fui estudiada concienzudamente y sin duda aprobada por la sonrisa que apareció en la comisura de su boca.

          —Ya llego a mi parada, todavía me siento algo mareada— Exclamó la anciana— Si no tiene nada que hacer ahora, ¿le importaría mucho acompañarme un rato? Perdone si abuso de su buena voluntad, pero debo decirle que estoy encantada charlando con usted ¿Qué contesta?

Accedí a su ruego. Cómo no aceptar una ocasión tan interesante como la que se me ofrecía en bandeja para aprovechar los conocimientos de tan extraordinaria guía.

Cuando nos bajamos del “vaporetto”, me tomó del brazo y tarareando una dulce musiquilla nos dirigimos a su casa. No lejos de allí me enseñó uno de los puentes más sorprendentes “Ponte delle Tette”. Con su voz de experta narradora comenzó su relato:

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          —“Antiguamente los pescadores embarcaban durante cinco o seis meses al año. No veían a ninguna mujer en ese periodo. Puede imaginar que satisfacían sus oscuros deseos entre ellos. Cuando llegaban a tierra después de este largo periodo, seguían con las mismas costumbres sodomitas adoptadas durante el viaje. El Dogo siendo testigo de esta práctica que ponía en peligro la demografía de la república, y bastante preocupado por ello, permitió que las mujeres se exhibieran con los senos desnudos en este punto, atrayendo las miradas y el deseo de los hombres. Más tarde quienes heredaron esta costumbre fueron las prostitutas”—

          —Curiosa historia— Comenté— ¡Seguro que sabe muchísimas más!– La anciana sonriendo dijo:

          —Ya lo creo, tantas que estaría días hablando sin parar.

Seguimos comentando y riendo hasta que llegamos a un hermoso palacete de tres plantas. Llamó al timbre e inmediatamente la puerta se abrió de par en par. Una gruesa mujer nos miró con simpatía desde el interior.

          —¡Ahora ya está a salvo en su casa!—Dije— Es hora de que continúe con mi paseo— Con grandes aspavientos la anciana retuvo mi mano entre las suyas.

           —No querida niña, es usted mi invitada y comerá conmigo, además tengo que hacerle una proposición— Intrigada, acepté de buen grado y la seguí al interior de la mansión.

             —Ante todo voy a presentarme debidamente, me llamo Ana, la condesa Ana Stampalia.

Mi asombro llegó al límite ese día. ¡Una condesa, madre mía! Contesté a mi vez:

           —Soy Alicia Sánchez, estudiante de arte.

Debí de poner una expresión muy cómica porque la buena señora prorrumpió en carcajadas mientras me hacía ademanes de que la siguiera. De esta manera, entre lagrimones, comenzó a mostrarme el impresionante edificio. De la nada se materializaron cinco gatos; negro, marrón, gris, canela y blanco; cada uno de un color diferente; rollizos, bien alimentados y muy zalameros.

—Aquí estimamos mucho a los felinos, desde hace siglos— Comentó la anciana.

           —La Santa Inquisición los consideró malditos pues según su versión, el diablo se encarnaba en ellos. Fueron masacrados; las ratas sin tener como guardianes a sus enemigos naturales, comenzaron a invadir la ciudad y con ellas apareció la Peste Negra y la muerte. Miles de personas murieron aquí. A partir de esa aciaga época, los gatos han formado parte importante de las casas en toda la ciudad.

            La mujer se tomó unos momentos en los que me observó atentamente:

          —¿Así que estudiante de arte? Venga por aquí creo que esto le va a entusiasmar.

Abrió la puerta de una enorme sala y la seguí. Singular y lujoso mobiliario se extendía a lo largo de la estancia. Las paredes aparecían revestidas de cuadros antiguos, algunos oscuros, con la pátina de los siglos a cuestas. Reconocí varios de ellos.

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           —¡Qué colección tan asombrosa exclamé— ¡Cómo me gustaría tener tiempo para estudiarlos uno por uno!— Ella respondió:

          —Esa es la propuesta de la que le hablaba anteriormente. Podría venir a alojarse aquí, como verá, aparte de María, mi ama de llaves, Catalina, la cocinera y mi querido Martin, no tengo más familia. Piénselo mientras comemos, y ya me contestará luego, sin prisa.

La comida típicamente veneciana consistió en pasta con deliciosas verduras, pescado con polenta y unos extraordinarios dulces. Nuestra conversación siguió y entrelazamos temas de familia, trabajo, política y religión. Cuando llegó el café nos habíamos hecho muy amigas; a pesar de ser una mujer octogenaria su visión de la vida era dinámica y moderna.

Mi respuesta a tan generosa proposición fue afirmativa y esa misma tarde acompañada de Martín, el chofer-gondolero, el hombre de confianza de la condesa, hice la mudanza del hotel a la mansión, incluyendo en ella la bolsa con la máscara que me había sido regalada en tan extrañas circunstancias. La corta excursión me permitió subir en la góndola privada de la condesa y disfrutar como nadie de los pequeños canales por los que navegamos.

El muelle del palacete donde acababa de fijar mi nueva residencia, era pequeño y viejo y se encontraba señalizado con redondos maderos de colores, ubicado en la imponente fachada del edificio, solo visible si se entraba por el Gran Canal.

Mi habitación me encantó, era enorme, alegre y soleada y miraba con sus ojos de vidrio a un pequeño canal propiedad de la casa. La gran cama con dosel presidía la estancia. Las cortinas y la colcha se perdían en hojas de otoño que la vista seguía a través de unos sillones tapizados a juego. Los gigantescos armarios guardaban en su interior multitud de vestidos de épocas diferentes, lo que pude observar después de abrir varios de ellos. En el último encontré suficiente espacio para guardar mis escasas pertenencias.

Enchufé mi ordenador, colocado en la mesa de despacho junto a uno de los ventanales y me senté sintiendo bajo mis pies la mullida alfombra que cubría todo el cuarto. Me felicité por haber aceptado la oferta de la condesa, era igual que si hubiera reservado una suite en un hotel de cinco estrellas.

María me avisó de que la cena estaba lista. Mi anfitriona y yo disfrutamos nuevamente de nuestra mutua compañía y de la frugal cena que elegimos. Había sido un día muy largo e intenso y temprano me retiré a dormir.

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Y soñé que era despertada por la condesa Ana y María la doncella. Llevaban cada una un candelabro con multitud de velas encendidas.

           —¿Qué ocurre?— Pregunté soñolienta.

           —Vamos niña, deprisa, sal de la cama y ponte este vestido.

           —¿Ahora mismo? ¡Pero si es de noche! ¿Vamos a algún sitio?— Dije ahogando un bostezo.

           —Naturalmente que sí querida— Contestó la condesa— Esta noche es la recepción del Dux y estamos invitadas.

            —¿Yo también lo estoy?— Inquirí comenzando a desentumecer el cerebro.

            —¡Por supuesto que sí! ¡No preguntes más y ven que te voy a maquillar yo misma!

Me encontré embutida en un vestido de terciopelo verde esmeralda. La condesa me extendió por rostro y escote unos polvos que guardaba en un bello estuche de porcelana, haciendo especial hincapié en el antojo en forma de corazón que poseía en el seno izquierdo; delineó mis ojos con un precioso lápiz de oro; los toques de colorete me tiñeron de coral las mejillas pálidas de polvo blanco. El pelo recogido en un prieto moño fue adornado con pequeñas flores de colores. Deslizó un collar en mi cuello a juego con unos pendientes que se fundían en el tono del vestido. Para terminar sacó la máscara de su envoltorio y me la sujetó a la cabeza.

            —¡Menos mal que la has recogido en la tienda! ¡Todos los invitados debemos llevarlas hoy sin falta ¿Recuerdas?

En el espejo, mi imagen se asemejaba a una pintura renacentista; el disfraz me favorecía enormemente haciendo resaltar el color de mis ojos— ¡Qué sueño tan hermoso!— Pensé para mí — ¡Ojala que se alargue un rato más y no despierte enseguida!

La condesa iba de negro y oro, inclusive la máscara, luciendo un impresionante collar de perlas y cubriéndose la cabeza con un chal de encaje oscuro. Rápidamente subimos a la góndola que nos condujo, guiada por las expertas manos de Martín, a las escaleras del Palacio Ducal. Un río de personajes disfrazados desfilaba sin cesar por la entrada del mismo. Trepamos por la imponente escalera de los Gigantes, flanqueada por Marte y Neptuno; atravesamos numerosas habitaciones hasta llegar a la sala del “Maggior Consiglio”, en la que se celebraba el evento. Iba a la zaga de la condesa que conocía a todos y saludaba sin cesar a cuantos nos cruzábamos.

Fui presentada al Dux, hombre solemne y orgulloso; en su mirada se observaba el centelleo de una inteligencia acostumbrada a gobernar con mano férrea y a promover el arte en todas sus manifestaciones. Reconocí a mi pintor favorito Giorgione, inconfundible a pesar de la máscara, educado en sus ademanes, y en ese preciso instante afinando un laúd, instrumento que tocaba muy bien. Allí estaba “mi pintor” charlando animadamente con un grupo de gente. Me las arreglé para situarme a su lado y así emprendí un interrogatorio en toda regla a tan enigmático personaje. No me costó demasiado trabajo que comenzará a hablar de la pintura que había elegido para mi tesis. Además parecía conocerme muy bien, pues en un momento dado de la charla, me llevó aparte para decirme:

            —¡Pero qué preguntona te has vuelto de repente! ¡Como si mañana no fueras a volver al taller! Eres una de las pocas mujeres que ha demostrado tener más talento que cualquiera de mis aprendices. Y ahora es el momento de la diversión, ya hablaremos de pintura en el taller ¿O quizá quieras que hablemos del…amor, mi dulce ragazza?

           Había tomado notas mentales de cada una de sus frases sobre “la Tempestad” que podría incluir en mi trabajo. No quería coquetear con el pintor que se veía bastante ducho en este campo. Me despedí agradecida por esos momentos y busqué a mi mentora con la mirada.

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La encontré esperándome sentada en un lujoso sofá; a su lado una atractiva mujer le daba conversación. Con mi mejor sonrisa prendida en los labios me fui acercando a ellas. Fijé la mirada en la desconocida para someterla a un exhaustivo escrutinio. El gesto se quedó congelado en mi cara. La sorpresa, igualmente, tiñó las mejillas de la acompañante de la condesa Ana. Se puso de pie y nos miramos frente a frente. Nos quitamos sendas máscaras.

La risa estalló entre nosotras, nos cogimos de las manos sin saber qué decir. Mi gemela, una mujer idéntica a mí, me observaba con una mirada pícara que yo conocía muy bien. La condesa dijo:

           —Diremos a todo el mundo que es tu prima lejana. El parecido es asombroso sin lugar a dudas, sois iguales.

Pasamos el resto de la noche parloteando y riéndonos de cientos de chismes en los que fui puesta al día. Nos entendíamos divinamente. Antes de que una terminara de expresar un pensamiento, la otra contestaba rápida como el rayo. Las miradas, los gestos que nos cruzábamos, eran un lenguaje muy especial entre las dos. Yo que nunca había tenido hermanas, era totalmente dichosa aquella velada en la compañía de mi doble. La música comenzó y nuestra charla se vio interrumpida por numerosas peticiones de danza. Y hacia el salón de baile nos dirigimos con nuestras respectivas parejas, una de verde, la otra de azul y prendida la mirada en un sinfín de vueltas y volatines. Así se pasaron las horas, sin sentir, hasta que Ana nos reclamó para regresar.

Ya nos íbamos de la fiesta y en la salida formamos una larga fila a la espera de las góndolas. Ocupaba el último puesto de la cola de gente. Ana y mi doble charlaban animadamente con otras conocidas suyas, y entonces escuché claramente, desde un apartado rincón, que alguien me chistaba. Intrigada me dirigí hacia allí. No viendo a nadie, me di la vuelta para retornar con mi cuadrilla, y en ese instante alguien me retuvo. Fui arrastrada a un oscuro rincón, detrás de unas cortinas, donde un individuo me arrancó la máscara y me empotró contra una dura pared. Una boca se pegó a la mía, ávida, en un beso largo, tierno e interminable. La lengua del hombre se metió en mi boca casi hasta la garganta. Sentí una de sus manos palpándome el trasero debajo de las faldas. Intenté escurrirme para evitar el magreo al que estaba siendo concienzudamente sometida, pero no pude mover ni un centímetro de mi cuerpo hasta que el individuo aflojó un poco el abrazo. Cuando por fin fui capaz de respirar, observé de hito en hito al artífice de tan fogoso galanteo. Un hombre alto, de larga melena oscura, guapo a rabiar, me dirigía toda clase de ternezas y mimos entre susurros. Era tal el tono de su voz que resultaba embriagador escucharle. Decía:

           —Hoy estás más bella que nunca, mi estrella nocturna, pareces una princesa extranjera llena de misterio; eso me excita tanto que moriría por lograr otro beso tuyo y por posar mis labios en cada punta de estas arrebatadoras montañas.

Y extendió las manos hacia mis pechos con ánimo de estrujarlos. Cuando me llenaba los pulmones para pedir auxilio a grito pelado, justo detrás de él, apareció mi sosias que prorrumpió en estentóreas carcajadas al advertir mi cara de pánico.

El caballero se volvió rápidamente; confuso nos miró primero a una y luego a la otra para, después de unos largos minutos, dirigirse a mí finalmente:

           —Espero que pueda perdonar mi atrevimiento y no me guarde rencor, no quería incomodarla. Mis palabras y mis…atenciones iban dirigidas a otra persona.

Perturbada y divertida al mismo tiempo, me sequé los labios con un pañuelo y asentí sin saber qué decir. Fui presentada formalmente y el rubor que sentía me dejó muda durante la breve entrevista en la que el hombre siguió deshaciéndose en disculpas.

Así terminó la velada entre risas y chanzas. Nos despedimos “mi prima” y yo con grandes promesas de volvernos a encontrar y disfrutar de nuestra mutua compañía. Y Sin más dilación la condesa y yo regresamos al palacete.

Cuando abrí los ojos, bien entrada la mañana, me encontré en mi cama, descansada y con mucha hambre. En el desayuno relaté a la anciana mi sueño con todo lujo de detalles que hicieron que mi mentora prorrumpiera en sonoras carcajadas en varias ocasiones, sobre todo con la narración del amante equivocado.

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En días sucesivos, comencé mi tesis con un entusiasmo desbordante. Todo el material extra de consulta de antiguos legajos, de pinturas de colecciones particulares y demás investigaciones, me lo facilitaba mi mentora, a quien todo el mundo estimaba y abría sus puertas. Incluidos en el lote encontré unos viejos pergaminos que resultaron ser cartas de mi pintor Giogione y otras personalidades de la época, las cuales fueron puestas bajo mi inquieta nariz de investigadora y lo que descubrí en unan de ellas me llenó de pesar:

Mientras Giorgione atendía a honrarse a sí mismo y a su patria, en el mucho conversar que él hacía para entretener con la música a muchos amigos suyos, se enamoró de una señora y mucho gozaron el uno y la otra de sus amores. Ocurrió que en año de 1511 ella se contaminó de peste; pero Giorgione, ignorante de su enfermedad, siguió tratándola y se contagió, de manera que en breve tiempo, a la edad de 34 años, pasó a la otra vida, no sin dolor de sus amigos, que le amaban por sus virtudes

Los días pasaron veloces. Llegó el verano y aún me faltaban tres meses de arduo trabajo para retornar a mi hogar; mi marido me echaba de menos y vino a visitarme. Me sentía encantada de reencontrarme con él cara a cara; lo cierto era que a pesar de estar terriblemente ocupada, le había echado mucho en falta. Su compañerismo, su lealtad y su cariño me coparon aquellas jornadas igual que cuando comenzamos a ser novios hacía mil años. Con muestras de extraordinario cariño y amabilidad fue recibido por parte de la anciana condesa como si de un familiar se tratase. Le guié por Venecia, llevándole a cada placita descubierta en mis muchas excursiones y a todos los lugares que el tiempo nos dio de sí en una semana. Después de su marcha quedé bastante desangelada, pero poco a poco el ritmo de trabajo volvió a llenar cada instante de mi día a día.

Estuve seis meses en aquel palacio encantador hasta que terminé mi trabajo, documentado y listo para ser expuesto ante mi profesor.

Una mañana en la que ya preparaba mi marcha para España, Ana me cogió de la mano y me condujo con mucho misterio a unas habitaciones que tenía cerradas en el otro lado del edificio. Siempre creí que ese ala del palacete se encontraba en desuso, porque las condiciones reinantes en las estancias que lo componían eran pésimas, debido a la impredecible laguna que con sus inexplicables subidas corroía absolutamente todo. Como aquel 4 de noviembre de 1966, ese nefasto día en que el agua subió 1,90 metros llenándolo todo de humedad y costra salina durante meses.

Lo que vislumbré dentro de una de las salas me dejó totalmente anonadada. Una colección de retratos al óleo, al pastel y un número incontable de acuarelas, se exponían a lo largo de las paredes, en orden cronológico, tal y como debían ser antiguamente los álbumes de familia. Comencé a inspeccionarlas y descubrí la imagen vívida y magnifica de la que fuera “mi prima” en el sueño que protagonicé meses antes. En la mano llevaba la máscara de cara de gato que me había obsequiado el artesano, aquel lejano día que arribé a la ciudad.

           ─¡Ana, es ella, la muchacha de mi sueño! ¡Existió en realidad!
─¡Sí querida! Fue una de mis antepasadas. Puedes imaginar mi sorpresa cuando te vi por primera vez en el barco. Eras su vivo retrato. Tan encantadora, tan inteligente, no podía dejarte ir.

Abracé a la anciana que emocionada me palmeó la mejilla. No comenté nada más sobre aquella mujer que parecía una réplica exacta de mi persona y cuyo retrato estaba datado en el siglo XIII. Ya habría tiempo para nuevas confesiones más adelante. Si algo había aprendido de mi anfitriona era que, en ciertas ocasiones, dejaba entrever un mundo pasado y a veces  irreal en el que nunca se vislumbraba la frontera entre lo imaginado o lo vivido. Pensé que serían consecuencias de la edad de la condesa y decidí esperar a más confidencias.

          —Ven, te voy a llevar de excursión, tenemos que aprovechar los últimos días que pasaremos juntas antes de tu vuelta a España.

Fuimos a Burano para contemplar las seductoras casitas de colores, que se extendían una junto a la otra formando calles enteras de amalgama cromática, escapadas de la paleta de algún pintor impresionista. Pertenecían a los pescadores; así cuando éstos estaban faenando en la laguna, podían localizar su hogar de un solo vistazo.  Le Corbusier dijo una vez refiriéndose al hogar: “La casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de felicidad”. Aquí este hecho se cumplía a rajatabla.  Después de esta visita que nos alegró el alma considerablemente, cogimos el barco a Torcello. Isla bella, solitaria e inquietante. Visitamos el “Ponte del Diavolo”, que según la leyenda, Satán construyó en un solo día, y dónde suele aparecerse en forma de gato la noche del 24 de diciembre a las 12 en punto  ¡Lástima que ya no estuviera en esas fechas para ser testigo de tan formidable evento!

Fue un día inolvidable como tantos otros disfrutados en compañía de la anciana. Al término de aquella jornada memorable la condesa me dio las buenas noches con un beso, sellando una intimidad que nos había unido en tan corto periodo y, dichosas, nos fuimos a dormir. Ya de madrugada me desperté súbitamente, sintiendo que el mundo había perdido su ritmo y barruntando una desgracia. Me levanté y salí de la habitación hacia la cocina. Oí ruidos y gemidos en el pasillo y me dirigí hacía ellos con el corazón en un puño. La puerta abierta del dormitorio de la condesa me reveló la imagen de María hecha un mar de lágrimas. Entré en la habitación temblando, Ana, pálida y helada, yacía sobre la cama. Su corazón hacía horas que se había parado.

Todo se trastocó en un instante y lo único que recuerdo de aquello momentos fue un revuelo a todas horas, un ir y venir incesante de gentes por la casa. El entierro fue muy destacado, Ana era una de las últimas aristócratas de Venecia y todos sus amigos se movilizaron para honrarla en su viaje póstumo a la isla cementerio donde descansaría con sus antepasados. Al mismo asistieron mi marido y mis hijos, recién llegados de España. El día estuvo envuelto en lluvia y fue gris, pareciendo que la atmósfera se había contagiado de mi dolor. Ana llegó a ser para mí en esos meses, la abuela que no llegué a conocer nunca, un miembro más de mi familia.

Dejó una carta con mi nombre escrita en impecable letra gótica; estaba firmada unas semanas antes de la fecha de su muerte. En ella me comunicaba que me había nombrado su heredera en el nuevo testamento que acababa de firmar. No teniendo parientes vivos, ni nadie que reclamara nada de su patrimonio, me hice cargo de aquel fabuloso palacete y sus tesoros.

Tuve más sueños perturbadores, viajes al pasado que me permitieron ir conociendo la grandiosidad y el funcionamiento de la que fue “La Serenísima República de Venecia”. Nunca comenté estos fenómenos con nadie, ni siquiera con mi pareja, temiendo siempre que se me considerara un ser perturbado y se me prohibiera retornar a esta ciudad de ensueño.

Uno de estos misteriosos traslados a otra época, ocurrió en una iglesia desacralizada en la que me encontraba escuchando un concierto de música de cámara. Vivaldi y sus Cuatro Estaciones eran el eje principal de la audición, sonaban los violines, el contrabajo contestaba en un diálogo de excitación y alegría que plasmaba el incierto tiempo de la primavera. Después de un pequeño vahído, que tan familiar me resultaba a esas alturas, observé que la gente de alrededor había cambiado. Las sillas de loneta, habían sido sustituidas por sillones tapizados de madera lacada y torneada en mil filigranas. Todos vestían trajes ricamente confeccionados con terciopelo y encajes; los caballeros llevaban el pelo recogido en una coleta con un gran lazo. Las damas se movían en un mar de sedas, brocados y joyas a cual más rutilante. Los labios rojo carmesí se curvaban en sonrisas cuando las miradas de unas y otros se entrelazaban. Las espectaculares lámparas de cristal de Murano, procedentes de la “ciudad de vidrio”,  encendidas de mil velas, multiplicaban los haces de luz, barriendo sombras de los rincones más alejados. Las soberbias pinturas daban el colofón ideal, como la guinda en el pastel, llenando paredes de mudos y estáticos testigos en contraluz. El techo de la misma estaba cubierto de pinturas alegóricas sobre la vida y la muerte.

Mi doble, resplandeciente y chispeante igual que un rubí, se encontraba sentada a mi lado; de vez en cuando me lanzaba un guiño para que observase los juegos de lánguidas miradas que se dirigían entre un caballero ya entrado en años, ubicado al lado de su oronda esposa, y una bella y espectacular joven que le iba enredando en sus sonrisas arrebatadoras.

          —Te veo poco últimamente, “prima”– Me susurró al oído. Hice esfuerzos por no soltar una carcajada.

         —He estado muy ocupada. He recibido la visita de mi familia y ya puedes imaginar las excursiones realizadas a las islas y la ilusión que experimento al compartir con ellos todos estos momentos de estar juntos. Además estoy volcada con mis estudios de arte a los que les dedico todo el tiempo del que dispongo.

          —Me alegro de que  tu “ausencia” sea por una buena causa, porque Ana y yo te echamos de menos.

Una cabeza muy familiar se asomó por encima de la de mi gemela. La condesa me miró con dulzura. La emoción me llenó los ojos de lágrimas ¡Tan cerca y tan lejos! Ana seguiría viviendo en el pasado para siempre.

Nos sonreímos muy afectuosamente intentando que nuestras miradas entrelazadas nos unieran el mayor tiempo posible, sabedoras de que en cualquier momento este nexo se rompería. Un estruendo me hizo retornar al concierto. Cuando volví a enfocar los sillones vecinos, mi gemela junto con Ana habían desaparecido; las sillas de loneta estaban de vuelta en la sala de la iglesia y con ellas los aplausos del público que, entusiasmado, pedía una pieza más. Me enjugué las lágrimas y suspiré con nostalgia.

Nada más regresar a Madrid, tras aprobar mi tesis, se planteó en casa el hecho de que yo debía residir varios meses al año en Venecia para poner en marcha y mantener el legado de mi amiga. Venciendo las reticencias de mi marido que se convenció de que la ciudad de los canales no se ubicaba al otro lado del mundo, no hubo problemas para encontrar el apoyo emocional para emprender este gran trabajo.

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Volví a Venecia, que se me había metido en el alma de modo irremediable. Ordené papeles, arreglé catálogos de arte; aseguré obras, doné unas cuantas a los museos de la ciudad y otras tantas a entidades españolas. El único lienzo que conservé fue el de mi doble, no podía desprenderme de él. Mi marido creyó a pies juntillas que había sido retratada durante la temporada que había pasado con la condesa. No le saqué de su error. No hubiera podido dar explicaciones racionales a nadie. Las cuantiosas sumas de dinero que Ana guardaba en los bancos, las empleé en restaurar la casa que estaba bastante deteriorada por el ambiente de humedad constante.

Cuando por fin me decidí a entrar en la habitación de Ana para tocar sus cosas, sin que las lágrimas corrieran por mis mejillas, encontré su mueble joyero. Bandejas enteras contenían collares y pendientes de los colores del arco iris; piedras preciosas de todos los tamaños, superponiéndose en un coro de mudas luces de matices soberbios. En un compartimento hallé el collar y los pendientes de esmeraldas que lucí una vez en un lejano sueño. Allí también encontré las perlas que destellaban en el cuello de Ana la noche de la gran fiesta. Y me pregunté una vez más:“¿Fue solo un sueño?”

Una única explicación se me ocurre a los fenómenos de los que he sido testigo desde que vine por primera vez a Venecia: Esta ciudad posee un halo tan especial, no sólo reflejado en la luz, la música, o los colores, sino también en esa sutil barrera que se halla entre el antes y el después, que se levanta de vez en cuando igual que un telón, mezclando el tiempo en el reflejo de la laguna.

Estoy convencida de que llegué en el momento oportuno, de la misma forma que las aves cuando emigran a su destino, igual que una gota del pasado que cae de nuevo en el mismo sitio de siempre, encajando, “como una vetusta pieza de puzle”, en la ciudad de los mil canales. FIN.


María Teresa Echeverría Sánchez

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